The Wanderer

lunes, 10 de agosto de 2020

Apuntes para tiempos de peste

por Javier Anzoátegui

[El Dr. Javier Anzoátegui redactó un interesante trabajo sobre la actual situación mundial debido a la peste, en el que reflexiona a partir de la fe cristiana y las Escrituras. Publicó aquí un capítulo del ese artículo. Quienes quieran, pueden leerlo en su totalidad aquí]
[A fin de facilitar la lectura, he eliminado las numerosas referencias bibliográficas, las que podrán ser verificadas en el archivo completo]


La unificación del poder, el control social y la tiranía de las pantallas

Constato que se ha instalado –o, mejor dicho, se ha puesto de manifiesto la existencia de- un poder global virtualmente unificado, que ejerce un control social nunca antes visto, y que ha sido aceptado sin oposición -y hasta con beneplácito- por todos, inclusive por la Iglesia oficial.

Por virtud de este poder, todos los habitantes del planeta fueron confinados en sus hogares y excluidos de los espacios públicos. Esta fue la reacción y la conducta de la mayoría de los gobiernos nacionales, de los medios de comunicación, de las empresas y de las personas individuales.

El motivo de esta forma de actuar ha sido el miedo al Coronavirus. En definitiva, el miedo a contagiarse y a morir. Por eso no hizo falta demasiada acción estatal. Más bien, todas las personas acataron con singular docilidad las directivas de los gobiernos. No ha habido quejas de envergadura, pese a que en casi todos los países el encierro ha durado, cuanto menos, dos o tres meses.

Las disposiciones, es cierto, fueron tomadas por los gobiernos nacionales, de modo que no es posible hablar de un Gobierno Mundial formal. Pero el problema ha sido enfrentado por los Estados individuales de una forma unívoca. De una forma que absolutamente ningún gobierno nacional ha podido soslayar, porque eso le habría significado un costo político enorme. Pese a que la situación ha provocado graves perjuicios, sufrimientos e inconvenientes para los ciudadanos, para las empresas, y para los propios gobiernos, nadie se ha alzado contra ella. Esta forma de actuar monolítica de la totalidad de los Estados nacionales revela, a mi juicio, que por encima de ellos hay otro poder, de características globales, el cual, utilizando distintas herramientas –la Organización Mundial de la Salud, fundaciones y organizaciones no gubernamentales, los medios masivos de comunicación y las redes sociales, entre otros- ha literalmente constreñido la actuación de los países individuales. Por eso hablo de “poder global virtualmente unificado”.


Esta sugerencia de una suerte de gobierno mundial, es lo que parece inferirse de las reflexiones de Bill Gates, el hombre más rico del mundo, convertido hoy también en una especie de consultor acerca de la pandemia: 

Desde que el mundo detectó la presencia del patógeno, los Gobiernos se han centrado en respuestas nacionales, preguntándose cómo pueden proteger a las personas que viven dentro de sus fronteras. Su reacción es comprensible, pero tratándose de un virus tan contagioso y extendido, los líderes tienen que reconocer también que mientras la Covid-19 siga presente en algún lugar, será un problema para todo el mundo.

Henry Kissinger, otro de los poderosos de la tierra, dijo algo parecido en su columna del “Wall Street Journal”, el 3 de abril de 2020:

Los líderes están enfrentando la crisis con un abordaje básicamente nacional, pero los efectos de disolución social de esta pandemia no reconocen fronteras. Si bien el ataque a la salud humana será -esperemos- temporal, la conmoción política y económica que ha desencadenado podría durar generaciones. Ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede superar la crisis con un esfuerzo exclusivamente nacional. Hacerle frente a las necesidades de corto plazo debe estar asociado a una visión y a un programa de cooperación globales. Si no podemos hacer ambas cosas a la vez, nos enfrentaremos a lo peor de cada una.

Como una aproximación al tema, puede resultar de interés el artículo “Coronavirus: claves para reconocer un operativo globalista”, de Claudio Fabián Guevara, publicado en el blog de Alexandr Dugin, “Geopolítica”:

El coronavirus es una operación globalista planetaria de alcances nunca vistos. Su agenda central parece proponerse la imposición masiva de restricciones a las libertades fundamentales (derecho a la reunión, a la manifestación masiva, a la libre circulación y expresión), fomento del miedo a los demás (nociones de “distancia social”) y proyectos de programas de vacunación forzosa. Además, el colapso inducido de la economía mundial permitirá un reseteo del agónico sistema financiero, y la ruina de sectores medios y bajos de la economía en todo el mundo prepara el escenario para la aceptación de ‘medidas extraordinarias’. 

En cuanto a la Escritura, el Apocalipsis alude expresamente a esta unificación del poder: 

Toda la tierra seguía admirada de la bestia […] Fuele otorgado hacer la guerra a los santos y vencerlos. Y le fue concedida autoridad sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación. La adoraron todos los moradores de la tierra, cuyo nombre no está escrito, desde el principio del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado.

En el ámbito de los intérpretes, el P. Castellani se ha referido al punto:

Siendo esto así, se podría conjeturar para un futuro próximo:

[…] 

La concentración rápida del poder económico-político (totalitarismo capitalista) en pocas manos, y la formación de grandes grupos internacionales, precursores de un Imperio Universal Anticristiano, o Primera Bestia. 


  Y, en el mismo plano, otra vez Newman:

Sin duda, existe actualmente una confederación del mal, que recluta sus tropas de todas partes del mundo, organizándose a sí misma, tomando sus medidas para encerrar a la Iglesia de Cristo como una red, y preparando el camino para una Apostasía general.

Desde la narrativa no faltan referencias al tema. Al asumir el Gobierno Mundial, el Anticristo de Soloviev aseguró la paz universal: 

¡Os doy mi paz! ... Las promesas se han cumplido. La paz universal está asegurada. Toda tentativa por turbarla encontrará inmediatamente una resistencia invencible. Porque de ahora en más hay sobre la tierra una autoridad central más fuerte que todas las otras autoridades.

Este control social mundial ha intensificado algo que ya venía siendo apabullante en todo el mundo. Algo que yo llamo “la tiranía de las pantallas”. Si antes de estos episodios la gente estaba pendiente varias horas por día del televisor, de la PC, de Internet y de los celulares, hoy la sujeción a una pantalla resulta insoslayable: “home office”, escuelas y universidades a distancia, aplicaciones para poder salir de nuestras casas, noticias al instante, diversiones –sanctas y non sanctas-, reuniones virtuales, y una larga lista de etcéteras. En el artículo cuya referencia hago al pie –y que lleva el sugestivo título de “Bill Gates, la vacunación y los chips bajo el 666”- se advierte que el control y la tecnología no necesariamente son ajenos a la escatología.

En 1931, de viaje por Estados Unidos, Chesterton dictó una conferencia titulada “La cultura y el peligro que viene”, en la que señaló que tal peligro no eran el comunismo, ni una próxima gran guerra, sino:

  la sobreproducción intelectual, educativa, psicológica y artística, que, junto con la sobreproducción económica, amenazará el bienestar de la civilización contemporánea. La gente se verá inundada, cegada, ensordecida y mentalmente paralizada por un torrente de exterioridades vulgares y sin gusto, que no le dejará tiempo para descansar, pensar o divertirse por sí misma.  

Es cierto, no se ha desatado aún una tiranía universal, y no ha aparecido el Hombre de Pecado, el Anticristo. Pero la actual situación del mundo se parece bastante a un anticipo. O, derechamente, a un comienzo. Porque jamás en nuestra historia se verificó un control social por parte del Estado, de alcances mundiales, y de tamaña intensidad y extensión temporal.




miércoles, 5 de agosto de 2020

Newman, siempre Newman


Porque cuando la desilusión con el mundo nos supera, entonces nos damos cuenta de que “Todavía anhelamos algo, no sabemos bien qué; pero estamos seguros de que es algo que el mundo no nos ha dado” (Parochial and Plain Sermons I, 19-20).


“Un grueso velo negro se extiende entre este mundo y el próximo. Nosotros, los hombres mortales, lo recorremos de arriba a abajo, de un lado a otro, y no vemos nada. No hay acceso a través de él al otro mundo. En el Evangelio este velo no se quita; permanece, pero de vez en cuando se nos revela maravillosamente lo que hay detrás. A veces parece que vislumbramos una forma de lo que más adelante veremos cara a cara. Nos acercamos, y a pesar de la oscuridad, nuestras manos, o nuestra cabeza, o nuestra frente, o nuestros labios se vuelven, por así decirlo, sensibles al contacto de algo más que terrenal. No sabemos dónde estamos, pero nos hemos bañado en el agua, y una voz nos dice que es sangre. O tenemos una marca en la frente que habla del Calvario. O recordamos una mano puesta sobre nuestras cabezas, y seguramente tenía la huella de unos clavos, y se parecía a Aquel que con un toque dio la vista a los ciegos y resucitó a los muertos. O hemos estado comiendo y bebiendo; y no fue un sueño seguramente, que Uno nos alimentó de su costado herido, y renovó nuestra naturaleza por la carne celestial que dio. Así pues, de muchas maneras Él, que es el Juez para nosotros, nos prepara para ser juzgados, - Él, que está para glorificarnos, nos prepara para ser glorificados, para que no nos tome desprevenidos; pero para que cuando la voz del Arcángel suene, y seamos llamados a encontrarnos con el Esposo, estemos preparados (Parochial and Plain Sermons X, 11).

viernes, 31 de julio de 2020

Y sigue Mons. Taussig con sus andanzas, y otra carta para él

Hoy, Mons. Eduardo Taussig ha recibido una carta de su amigo (¿o ex amigo?), Mons. Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata:




Querido Eduardo:

Lamento profundamente lo que ha ocurrido en San Rafael, a causa de un gravísimo error tuyo: el decreto sobre el modo de comulgar. Te he manifestado mi opinión las dos veces que me llamaste por teléfono. Las razones las he expuesto en mi artículo «La comunión en tiempo de pandemia», publicado en «InfoCatólica».

 Rezo por vos, y por la diócesis. Y, de un modo muy especial, por los sacerdotes y seminaristas. Espero que esas vocaciones no se pierdan.


+ Héctor Aguer

Arzobispo Emérito de La Plata



A pesar del escándalo que él mismo provocó, y en vez que bajar el perfil y calmar las aguas, ha enviado hoy una amonestación canónica a tres sacerdotes de su diócesis, amenazándolos con quitarle las licencias ministeriales, y obligándolos a dar la comunión exclusivamente y prohibiendo que los fieles coloquen sobre ellas un pequeño corporal. 

Todo esto no hace más que demostrar que se trata de un hombre irascible. Si la Santa Sede ha sido tan presurosa en intervenir en otros casos, no se entiende por qué no interviene en San Rafael y desplaza de una buena vez de su puesto a un personaje que tanto daño está causando a los sacerdotes y fieles de su diócesis.






 


jueves, 30 de julio de 2020

Mons. Viganò sobre el escándalo de San Rafael



A Su Excelencia Reverendísima

Mons. Eduardo María Taussig

Obispo de San Rafael


Excelencia,


He quedado confundido y herido al enterarme por la prensa internacional de la decisión de cerrar el Seminario de la Diócesis de San Rafael y despedir a su Rector, el P. Alejandro Miguel Ciarrocchi.

Esta decisión habría sido tomada, trámite su celosa recomendación, por la Congregación para el Clero, que consideró inadmisible la negativa de los clérigos bajo su jurisdicción a administrar y recibir la Sagrada Eucaristía en la mano y no en la boca. Me imagino que la conducta loable y consecuente de los sacerdotes, clérigos y fieles de San Rafael le ofreció un excelente pretexto para cerrar el mayor seminario argentino y dispersar a los seminaristas para reeducarlos en otro lugar, en seminarios tan ejemplares que están vacíos. Su Excelencia fue admirablemente capaz de traducir en la práctica esa invitación a la parresía, en nombre de la cual la plaga del clericalismo denunciada por el Santo Padre, debería ser derrotada.

Puedo entender su decepción al ver que, a pesar de la martilleante labor de adoctrinamiento ultramoderno realizada en estas décadas, todavía hay buenos sacerdotes y clérigos que no anteponen la obediencia cortesana al debido respeto al Santísimo Sacramento; y me imagino su despecho al ver que incluso los fieles laicos y familias enteras —de lo que se llama “la Vendée de Los Andes”— siguen a los buenos pastores, de los que, como dice el Evangelio, “reconocen la voz”, y no a los mercenarios que no se preocupan por las ovejas (Jn 10,4. 13).

Estos episodios confirman la acción del Espíritu Santo en la Iglesia: el Paráclito infunde el don de la Fortaleza en los humildes y los débiles y confunde a los orgullosos y a los poderosos, haciendo manifiesta la fe en el Santísimo Sacramento del Altar por un lado, y su profanación culpable por el respeto humano por otro. Conformarse a la mentalidad del mundo tal vez merezca a Vuestra Excelencia la alabanza fácil e interesada de los enemigos de la Iglesia, pero no evitará ni la desaprobación unánime del bien, ni el Juicio de Dios, que bajo los velos de la Eucaristía está presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Y que pide a los Sagrados Pastores que sean sus testigos, no sus traidores y perseguidores.

Su Excelencia me permitirá señalar cierta incoherencia en su comportamiento con el lema que ha elegido para su escudo: Paterna atque fraterna charitate. No veo nada paternal en castigar a los sacerdotes que no quieren profanar la Sagrada Eucaristía, ni ninguna forma de verdadera caridad para los que han desobedecido una orden inadmisible. La caridad se ejerce para el Bien y para la Verdad: si tiene el error como principio y el mal como fin, no es más que una grotesca parodia de la Virtud. Un Obispo que, en lugar de defender el honor que se debe al Rey de Reyes y de alabar a los que trabajan para este noble propósito, termina cerrando un floreciente Seminario y reprendiendo públicamente a sus clérigos, no realiza un acto de Caridad, sino un deplorable abuso, por el que será llamado a responder ante el tribunal de Dios. Rezo para que entienda cómo su gesto, evaluado sub specie aeternitatis, es grave en sí mismo y escandaloso para los sencillos. Sus estudios en el Angelicum deberían ayudar a Su Excelencia en este trabajo de sano arrepentimiento, que también impone sub gravi también la necesaria reparación.

La prensa informa que en la Diócesis de Basilea, en la iglesia de Rigi-Kaltbad, una mujer vestida con ropas sagradas solía simular la celebración de la misa en ausencia de un sacerdote ordenado, omitiendo sólo las palabras de la Institución. Me pregunto si Monseñor Félix Gmür se distinguirá por el mismo celo que le animó a usted, y recurrirá a los Dicasterios romanos para que la puesta en escena sacrílega sea castigada de manera ejemplar.

Me temo, sin embargo, que la inflexibilidad mostrada por usted al castigar a los sacerdotes que han desobedecido obedientemente no encontrará émulos en Suiza. Ciertamente, si en ese altar un sacerdote hubiera celebrado la misa en el rito tridentino, los secuaces del Ordinario no habrían tardado en golpearlo; pero una mujer que celebra la misa de manera abusiva y sacrílega es considerada hoy en día una cosa insignificante, tanto como exponer el Santísimo Sacramento del Altar a la profanación.

Junto con los clérigos y los laicos de vuestra Diócesis, a los que habéis golpeado injustamente y ofendido gravemente, rezo por Vos, Excelencia, por los jerarcas de la Santa Sede, y en particular por el Cardenal Beniamino Stella, a quien conocí como devoto sacerdote y como fiel Nuncio Apostólico, al que visité en Bogotá como Delegado de las Representaciones Pontificias. Alguna vez fue amigo mío, trabajé con él durante años en la Secretaría de Estado: desgraciadamente desde hace algún tiempo ya no puedo reconocerlo como tal, debido a su participación en los trabajos de demolición de la Iglesia de Cristo.

Rezamos por su conversión, una conversión a la que todos estamos llamados, pero que es inevitable para aquellos que trabajan no para la gloria de Dios, sino contra el bien de las almas y el honor de la Iglesia.

Todos rezamos por los seminaristas y por los fieles de San Rafael a los que usted, Su Excelencia, ha declarado la guerra.

Con caridad fraternal, en la verdad, 


+ Carlo Maria Viganò


(Fuente: Marco Tossatti) 


martes, 28 de julio de 2020

Mons. Taussig y el cierre del seminario de san Rafael

Aunque parezca intempestiva, la decisión de Mons. Eduardo Taussig de cerrar su seminario diocesano, con cuarenta seminaristas en formación, responde a su particular psicología.

El comunicado de prensa —que publicamos ayer— fue escueto pero luego, el vocero episcopal fue un poco más claro con los medios de comunicación. La decisión, dice, fue tomada por la Santa Sede debido a la desobediencia demostrada por buena parte del clero sanrafaelino al negarse a dar la comunión exclusivamente en la mano tal como había dictaminado su ordinario. Es decir, el seminario se cierra porque los sacerdotes son desobedientes.

Estas declaración del vocero de Taussig merece un análisis.

En primer lugar, resulta muy raro que la Santa Sede tome motu proprio una definición de tamaña gravedad —estamos hablando del seminario más numeroso de Argentina—, en un tiempo tan breve y sin mediar siquiera una visita o una investigación más profunda. No es ese el modo de proceder de la Curia. Lo que estimo es que el propio Mons. Taussig le ofreció a Roma el cadáver de su seminario. Es decir, planteó en Roma las cosas según se versión, les dijo que quería cerrar el seminario y Roma, lógicamente, dio su apoyo. Y no tanto porque San Rafael fuera un seminario conservador, sino porque era esa la voluntad de su obispo, que es príncipe en su diócesis.

En segundo lugar, la mentalidad de Taussig traslada la culpa de la decisión a sus sacerdotes que, según él, son desobedientes. Ellos son los culpables —y el vocero episcopal se preocupa de dejarlo claro—, del cierre del seminario y pesará en sus conciencias. ¿Tendrá razón?

Los sacerdotes, efectivamente, desobedecieron pero no lo hicieron por un ánimo de rebeldía o por una personalidad revolucionaria. Lo hicieron por una cuestión de conciencia, y en este punto resulta clave recurrir a San John Henry Newman, que tan claramente estableció los estrechos límites entre conciencia y obediencia. 

Su teología de la conciencia en relación con la autoridad magisterial de la Iglesia, y por tanto del propio obispo, sostiene la soberanía pero no la autonomía de la conciencia individual. La conciencia es soberana porque es “vicaria de Dios”, su sustituta o delegada, pero no es autónoma porque no es un dios sino una sierva de Dios. La conciencia es la portavoz no de la personalidad individual o del propio temperamento sino de Dios. Dado que los católicos creemos que Dios habla a través de su Iglesia, la conciencia católica escucha el eco de la voz de Dios en las enseñanzas de la Iglesia. Si ellas son afirmativas o positivas (“dar la comunión sólo en la mano”, por ejemplo), la conciencia individual debe juzgar su aplicabilidad en cada caso particular. Pero incluso cuando son absolutas o negativas (“no dar la comunión en la boca en ningún caso”, por ejemplo), la conciencia debe decidir si una acción particular cae de hecho dentro de esa orden. Tanto la enseñanza positiva como la negativa requieren una cuidadosa evaluación teológica y una interpretación de acuerdo con las normas teológicas y las tradiciones de la Iglesia. Según Newman, entiendo, los sacerdotes de San Rafael actuaron de acuerdo a su conciencia que, en este caso particular, primaba sobre la orden del obispo. 

Podrá decirse con razón que, si quieren seguir su conciencia, que estén dispuesto a atenerse a las consecuencias. Y ellos los estaban. De hecho, varios de ellos las sufrieron siendo expulsados de sus puestos como informamos en este blog. Pero nadie esperaba que las consecuencias las sufrieran otros, en este caso, el seminario diocesano.  

En conclusión, los sacerdotes actuaron como corresponde a un católico. Con Newman, ellos también podrían brindar por Mons. Taussig, su legítimo obispo, pero antes brindarían por su conciencia.

Alguien comentó en este blog que la culpa la tenían los laicos que habían manejado imprudentemente la situación. Quizás en algunos casos hubo imprudencia, pero no me parece que así sea en términos generales. Lo que los laicos hicieron fue solicitar respetuosamente al obispo que les permitiera comulgar en la boca y, luego, juntarse a rezar a las puertas del seminario y de la catedral. No fue el caso de algunos católicos mexicanos que obligaron a sus sacerdotes a punta de pistola a celebrarles misa.

Muchos entienden que el cierre del seminario fue una decisión personal del Papa Francisco y que Taussig no es más que su ejecutor. No lo creo. Si Bergoglio hubiese tenido en mente cerrar el seminario de San Rafael, lo habría hecho hace años. Y en esto conviene ser realistas, y más allá del afecto que pueda tenerse por ese semanario, hay que reconocer que se trata de una casa de formación de una diócesis marginal, pequeña y pobre. San Rafael no es el centro del mundo, ni de Argentina y ni siquiera de Cuyo, y tampoco es la universidad de París del siglo XIII. No entra dentro del radar pontificio. Esto no significa que Francisco no haya estado al tanto de la decisión. Seguramente así fue, y la aprobó, pero lo hizo a instancias de Taussig.

¿Por qué entonces el obispo tomó tamaña decisión que le granjeará el odium plebis y le impedirá asomar la nariz fuera de su guarida? En un primer momento, supuse que habría negociado una salida: “Yo les hago el trabajo sucio y usted me sacan de San Rafael y me ubican en una diócesis mejor”. Ya no estoy tan seguro que sea así. Taussig actuó de ese modo como reacción propia y previsible de su psicología sin medir las consecuencias. No me parece probable que  a Bergoglio, que es quien controla la iglesia en Argentina, le interese promoverlo. Sabe quién es y lo desprecia. Más aún, no sería raro que ese mismo odium plebis sea el motivo para misericordiar a Taussig como han sido misericordiados otros obispos que no gozan de las simpatías pontificias. Y si es que Taussig quiso negociar con Bergoglio, se equivocó de cabo a rabo: quien gitanea con los gitanos, irremediablemente pierde.

Esta hipótesis se fortalece por el hecho de la enorme imprudencia demostrada al anunciar el cierre del seminario seis meses antes de su efectivización. Un gobernante prudente habría anunciado solamente el nombramiento de un nuevo rector y, a fin de año, anunciaría el cierre. ¿Cómo hará el rector para regir los meses que quedan? El ambiente de los seminarios es siempre malsano; en este caso será irrespirable. No sería raro que dentro de un mes, de los cuarenta seminaristas sólo queden cuatro. ¿Qué motivo tendrán los pobres muchachos para seguir allí?

¿Qué harán? Pues tendrán que discernirlo, y yo les sugiero que no lo hagan a la sombra de Taussig o sus mandaderos. Sólo espero que no se les ocurra optar por algún otro seminario argentino; sabemos lo que son, y no resistirían allí más que unos pocos meses. Si me lo permiten la sugerencia, lo que yo les aconsejarían es que opten por algún instituto tradicional, donde podrán terminar una formación aceptable y ejercer un apostolado fecundo. El Instituto del Buen Pastor, o el de Cristo Rey o la Fraternidad San Pedro son opciones. Aquí se ha mencionado a la FSSPX. No lo veo. No hay compatibilidad en ninguna de las dos partes.


A pesar de que mis pecados son muchos y espero salvar mi alma, no quisiera estar yo el pellejo de Mons. Taussig cuando, en su lecho de muerte, se enfrente a su historia y a su conciencia y, cargado con esos petates, se presente ante el tribunal divino.