Tinta y tinto: 'Pablo Escobar'
Tinta y tinto

Tinta y tinto: ‘Pablo Escobar’

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.

Pablo Hermoso de Mendoza es un gestor cojonudo. Conrado Escobar es un político cojonudo. Si consiguiéramos que ambos hicieran el truco de ‘fusión’ que hacían Goku y Vegeta en Bola de Dragón, tendríamos en Logroño al alcalde infinito cual Abel Caballero en Vigo con mayorías absolutas que asustarían al mismísimo miedo. Pablo Escobar sería su nombre. Amado por el pueblo y con mano de hierro para llevar a cabo sus planes -entiéndase que aquí hablamos de proyectos de ciudad y no de matar a nadie-.

Hermoso de Mendoza desembarcó en la Alcaldía de Logroño en 2019 porque el proyecto del PP estaba agotado. Igual que Concha Andreu al Palacete. Consiguieron los populares una prórroga de cuatro años gracias a las directrices que llegaron de Madrid a los dirigentes de Ciudadanos, quienes salvaron a los azules del cambio en 2015 merced a pactos que finiquitaron la ilusión naranja en tiempo récord. Acuerdos a nivel municipal y regional que sólo maquillaron momentáneamente lo que demandaba la siempre conservadora sociedad riojana. En una comunidad que tradicionalmente ha apostado porque nunca pase nada, más que los méritos de los socialistas (también los tienen, claro) pesaron las inercias adquiridas durante lustros por la entonces dividida maquinaria del PP.

Llegó el alcalde al poder como un político antipolítico. Y eso gustó (basta ver al neoestoico de Gonzalo Capellán). Sin embargo, hasta los políticos antipolíticos deben adaptarse a la política si no quieren acabar siendo estrellas fugaces a las que los ciudadanos acaban olvidando porque no son capaces de cumplir sus deseos. Estalló la pandemia y su plan para transformar Logroño en cuatro años tuvo la mitad de tiempo y el triple de dinero gracias a los fondos europeos. Entonces Hermoso de Mendoza enloqueció y su antipolítica le condenó a proyectar en la ciudad en dos años todo lo que la ciudad demandaba desde hacía una década. Error. Los tiempos a la hora de gestionar son igual de importantes que los hechos en sí y Hermoso de Mendoza no supo verlo.

Al no consultar ni tratar con la ciudadanía, las “calles abiertas” se convirtieron en la principal condena del primer edil socialista. Consiguió el dinero, lanzó los proyectos y enfadó al ochenta por ciento de sus votantes. Cosas del buen gestor y el mal político al no medir las reacciones que tenían sus acciones con las urnas a la vuelta de la esquina. Mientras tanto, Conrado Escobar iba tomándole el pulso a un Logroño cada vez más cabreado con los cambios en las aceras y carreteras. ¿Qué prometió? Diálogo. Simplemente hablar con los vecinos de las zonas afectadas para que expresaran su opinión, pese a que esta pueda no estar argumentada con criterios técnicos.

Así hemos llegado a febrero de 2024, fecha casi límite para no perder el dinero logrado por la anterior corporación en Duquesa de la Victoria, Sagasta, el Mercado de San Blas, el puente sobre la A-13 al polígono Cantabria, San Antón… ¿y qué ha hecho el equipo de Conrado Escobar? Hablar con los vecinos. Fácil y sencillo. Explicarles en qué va a consistir la obra y anotar algunas ideas realizables para que todo el mundo esté contento. Porque resulta que en el caso del primer proyecto se realizarán cambios que afectarán únicamente al 0,38 por ciento de lo ya presentado. En el caso de Sagasta, la cosa tampoco variará mucho de la idea inicial (unos metros más y unos metros menos de plataforma única).

Ya eliminó el carril bici de Avenida Portugal y puso semáforos en el cruce con María Zambrano como le pedían los vecinos. Y en el caso del carril ciclopeatonal al polígono Cantabria, su eliminación (supone devolver 339.000 euros de fondos europeos, aunque así el Ayuntamiento no gastará otros 400.000 de fondos propios) parece que sólo ha soliviantado a las plataformas más acérrimas a las dos ruedas y a sus principales activistas. Nadie más ha levantado la voz. El cabreo es pequeño. Contenido. El buen político sabe que eso no cuesta votos, por lo que puede ir hacia delante (o hacia atrás, en este caso) con ello. Al final, Logroño verá cómo se transforma Duquesa de la Victoria, cómo cambia la calle Sagasta, cómo se levanta la Glorieta del Doctor Zubía… aunque sea un par de años más tarde. Parecidos proyectos, pero diferentes estrategias. En una hay política (gestión también, claro) y en otra no. Adivina cuál puede servir para revalidar una Alcaldía, por mucho que todas las intenciones sean buenas.

El caso de Hermoso de Mendoza y Escobar evidencia que en el complejo mundo de la política, donde la gestión y la retórica se entrelazan como una danza, es crucial equilibrar el pragmatismo con la empatía ciudadana. Mientras el primero optó por lanzar proyectos a diestro y siniestro sin considerar el pulso de la ciudadanía, Escobar prefirió el diálogo, ese arte casi olvidado en la política moderna, y ha logrado con eficacia calmar los ánimos de los logroñeses y avanzar hacia sus objetivos. Ya hemos vuelto a ser ese extraño y querido lugar donde nunca pasa nada.

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