Críticas

El frío páramo regado de sangre caliente

La tierra prometida (The Bastard)

Otros títulos: The promised land.

Bastarden. Nikolaj Arcel. Dinamarca, 2023.

Póster de La tierra prometida¿Qué estás dispuesto a dejar atrás por un sueño? Esa pregunta flota en el aire del desolado páramo que sirve de escenario en La tierra prometida (The Bastard) (Nikolaj Arcel, 2023), película brutal, rodada con suma elegancia, pero sin compasión ninguna. Cine desde las tripas, los personajes parecen fuerzas de la naturaleza capaces de arrasar con todo a su paso. El choque entre el orden y el caos produce una onda expansiva que resuena entre el silencio de un lugar que parece abandonado por el mismo Dios. Las reglas de la civilización se diluyen y solo queda la ley del más fuerte.

La tierra prometida (The Bastard) nos traslada a inhóspitos parajes de la Dinamarca del siglo XVIII, a tierras en las que cualquier intento de domesticarlas se salda con el fracaso, el olvido e incluso la muerte. El capitán Kahlen, sin nada que perder, se embarca en la aventura de convertir el indomable páramo en un lugar habitable y fértil. La única carta que puede jugar es la determinación.

Como no podía ser de otra forma, el ambicioso protagonista encuentra otra fuerza inamovible en la figura de Frederik de Schinkle, caprichoso y amoral terrateniente que considera esas tierras de su propiedad. La confrontación está servida, entre dos voluntades inquebrantables. Kahlen se aferra a la ley, a las instituciones y a su palabra. Schinkel abraza sin tapujos la brutalidad de su privilegio, intocable por su posición en lo alto de la sociedad danesa. Está por encima del bien y del mal, su capricho es ley, y será capaz de cualquier cosa con tal de convertir en polvo las ambiciones de Kahlen.

El villano de La tierra prometida

La tierra prometida arremolina en su conjunto un buen puñado de intenciones y referencias, que tienen en el drama humano el consistente pilar que sostiene la película. Las pasiones desatadas parecen contenidas gracias a la clase con la que Nikolaj Arcel maneja los tiempos de su propuesta. Se puede confundir esta elegancia formal con frialdad, pero nada más lejos de la realidad. La sangre hierve en los corazones de los protagonistas, y se dejan arrastrar por la marea de sus propias decisiones, terribles golpes de pasión exacerbada. Da igual quién queda por el camino, nadie está dispuesto a ceder terreno en este viaje a lo inevitable.

Por su idiosincrático escenario, el páramo que se transforma en un personaje más, la película toma hechuras de western fronterizo, y es que, a pesar del particular ritmo que sustentas los tiempos de La tierra prometida, atisbamos cierto espíritu Fordiano en la esencia. La tragedia de aires Shakespearianos que define al director americano en sus míticos viajes al salvaje oeste flota en cada decisión que toma Arcel para conducir su película con pulso firme. La soledad, la idea de un hombre frente al mundo aferrado a la ley (que recuerda al conflicto de fondo de El hombre que mató a Liberty Valance), el sueño de un hombre contra la tierra hostil, son temas recurrentes y reconocibles en el texto de la película.

Arcel no se duerme en la parsimonia de los tiempos extendidos, en la belleza terrible del páramo. En su idea de poesía visual, golpea al espectador como una tormenta en los brutales cambios de tono que definen los momentos clave de la película. La violencia descarnada se adentra inmisericorde en la apuesta por el realismo que defiende el director, y produce el impacto inesperado que redondea la experiencia de La tierra prometida. La forma en las que presenta el interior de los protagonistas, con hechos concretos reflejados sin piedad en la pantalla, es una lección de cine. Los contrastes entre los antagonistas,  la relación que estos establecen entre ellos y los demás personajes, es de las cosas más orgánicas y directas que he visto en una película en mucho tiempo.

El drama está servido en La tierra prometida

Por supuesto, la forma de mantener la intensidad de un drama tan descarnado, es tener al frente a actores entregados. En ese sentido, La tierra prometida es un recital. La sobriedad de Mads Mikkelsen en modo imperial rebosa matices. El manejo de la rabia contenida en el rostro impenetrable del obstinado capitán está en las miradas, en la modulación perfecta de la voz de un personaje parco en palabras, en las explosiones inesperadas de emotividad. Actuación soberbia que hipnotiza al público.

En el otro lado del ring, Simon Bennebjerg, impecable en la construcción del detestable terrateniente. Quizá sea un villano algo arquetípico, pero el actor consigue llevarlo a un terreno repugnante y fascinante al mismo tiempo, némesis histriónica perfecta para el circunspecto Mikkelsen

Entre medias de estos dos titanes en pleno choque, destaca Amanda Collins, dueña de un personaje deslumbrante que sirve de contrapunto, con sus propios fantasmas, elegante y casi etérea hasta que se desata la furia. De aplauso.

La tierra prometida es toda una experiencia que va directa al estómago del espectador, sometido a la inclemencia de un director dispuesto a llevarnos a lugares incómodos, en los que nos hace reflexionar sobre la ambición, la injusticia y los espeluznantes efectos de la pérdida de humanidad. Película inmensa, de las que quedan en la memoria.

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Ficha técnica:

La tierra prometida (The Bastard)  / The promised land (Bastarden),  Dinamarca, 2023.

Dirección: Nikolaj Arcel
Duración: 127 minutos
Guion: Nikolaj Arcel, Anders Thomas Jensen
Producción: Koch Films, Nordisk Film, SVT, Zentropa, Plaion Pictures, Nordisk Film, TV2
Fotografía: Rasmus Videbæk
Música: Dan Romer
Reparto: Mads Mikkelsen, Amanda Collin, Simon Bennebjerg, Melina Hagberg, Kristine Kujath Thorp, Gustav Lindh, Magnus Krepper, Lise Risom Olsen, Søren Malling, Thomas W. Gabrielsson, Jacob Lohmann, Felix Kramer

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