Jordi Pujol, el doble discurso | Olimpiadas Barcelona 92

LOS 92 DEL 92

Jordi Pujol, el doble discurso

Jordi Pujol, en 1982.

Jordi Pujol, en 1982. / Efe

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Rafael Jorba
Rafael Jorba

Periodista. Secretario del comité editorial de EL PERIÓDICO

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Si el doble discurso de Jordi Pujol fue una de las claves de su éxito en los 23 años de presidente de la Generalitat, la carrera olímpica del 92 es el paradigma de esta actitud. En el plano político, como gobernante, apoyó una candidatura que contribuiría a proyectar Catalunya en el mundo, pero paralelamente activó los resortes del movimiento nacionalista para asegurar la ‘catalanización’ de los Juegos. Aquella táctica, sin embargo, estuvo a punto de descarrilar con ocasión de los incidentes que rodearon la inauguración del Estadio Olímpico.

La tarde del 8 de septiembre de 1989 se produjeron un cúmulo de contratiempos que acabaron en fiasco: el injustificado retraso en la llegada del Rey, un fuerte aguacero que puso en entredicho el acabado de las obras y el boicot activo de la JNC –rama juvenil de CDC– y de la Crida. El ‘president’ intentó corregir aquella deriva con la campaña ‘Freedom for Catalonia’, promovida por Òmnium Cultural. “Pujol se sirve de una vieja táctica que siempre le ha dado resultados: genera una polémica (…) y después acota el territorio”, resume José Antich en su libro ‘El Virrei’.

En efecto, Jordi Pujol Ferrusola, primogénito del ‘president’, y Marc Prenafeta, hijo mayor del exsecretario general de Presidència, estaban en el centro de operaciones en el que figuraban también, entre otros, Joaquim Forn y Oriol Puig. Seis de los siete hijos de Pujol recibieron en la Cerdanya, el 17 de junio de 1992, la antorcha olímpica, con una pancarta de ‘Freedom for Catalonia’ de por medio. Días después, el 23 de junio, resumió ante los suyos aquello que no se podía hacer en la ceremonia inaugural del 25 de julio: “Ni silbar ni abroncar himnos, banderas o instituciones. No realizar actos violentos. Evitar provocaciones a las fuerzas de orden. No interferir en los actos de los Juegos”. Los estudios de la arqueología del ‘procés’ deben remontarse al núcleo promotor del ‘Freedom’.

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Pujol se sentía poco reconocido: no solo intentaba evitar que se reprodujeran los incidentes de 1989, sino que apoyaba activamente la candidatura. Esgrimía su hoja de servicios a la estabilidad española. Así, con ocasión del Día de las Fuerzas Armadas que se celebró en Barcelona tras el 23-F de 1981, se había desmarcado del independentismo en una entrevista en ‘Reconquista’: “Cataluña ha contribuido a este proceso [la formación de España] con su identidad propia de lengua y cultura, con un bagaje histórico que lo enlaza con el resto de los pueblos de España y con su renovada y firme decisión política, pero también afectiva y sentimental, de trabajar y convivir hermanada con ellos”.

La obsesión de Pujol se focalizaba en el alcalde Maragall y el ministro Serra. Ambos mantenían una relación directa con Miquel Roca, entonces secretario general de CDC, que se remontaba a su militancia conjunta en el FOC. En 1987, en un incidente protocolario con Narcís Serra en el Palau de la Generalitat, citado por Josep M. Bricall en un artículo en la revista ‘política&prosa’, Manuel Ortínez, exconseller de Tarradellas, pronunció una frase premonitoria: “Volen fer un Estat independent i l’han convertit en una província maleducada”.