(PDF) La segunda guerra mundial - Antony Beevor | Tony Martínez - Academia.edu
LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL — oOo — Título Original:The Second World War Traducción: Teófilo de Lozoya y Juan Rabaseda © Antony Beevor, 2012 Ediciones de Pasado y Presente, S.L., 2012 ISBN: 978-84-939863-3-9 Para Michael Howard INTRODUCCIÓN En junio de 1944 un joven soldado asiático se rindió a un grupo de paracaidistas americanos durante la invasión aliada de Normandía. En un primer momento, sus captores pensaron que era un japonés, pero en realidad se trataba de un coreano. Se llamaba Yang Kyoungjong. En 1938, a los dieciocho años, Yang Kyoungjong había sido reclutado a la fuerza por los japoneses para integrarse en su ejército de Kwantung en Manchuria. Un año más tarde, fue hecho prisionero por el Ejército Rojo en la batalla de Khalkhin-Gol y enviado a un campo de trabajos forzados. Las autoridades militares soviéticas, durante un período de crisis en 1942, lo obligaron, junto con otros varios miles de prisioneros, a integrarse en sus fuerzas. Posteriormente, a comienzos de 1943, fue hecho prisionero durante la batalla de Kharkov, en Ucrania, por las tropas nazis. En 1944, vistiendo uniforme alemán, fue enviado a Francia para servir en un Ostbataillon que supuestamente reforzaba el Muro Atlántico desde la península de Cotentin, en la zona del interior próxima a la Playa de Utah. Tras pasar una temporada en un campo de prisioneros en Gran Bretaña, se trasladó a los Estados Unidos, donde no diría nada de su pasado. Se estableció en este país y falleció en Illinois en 1992. En una guerra que acabó con la vida de más de sesenta millones de personas y cuyo alcance fue mundial, Yang Kyoungjong, veterano a su pesar de los ejércitos japonés, soviético y alemán, fue, comparativamente, afortunado. No obstante, el relato de su vida tal vez siga ofreciéndonos el ejemplo más sorprendente de lo que fue la indefensión de la mayoría de la gente corriente ante las que serían unas fuerzas abrumadoras desde el punto de vista histórico. Europa no estalló en guerra el 1 de septiembre de 1939. Algunos historiadores hablan de una «guerra de treinta años», de 1914 a 1945, en la que «la catástrofe original» fue la Primera Guerra Mundial.1 Otros sostienen que la «larga guerra», que empezó con el golpe de estado bolchevique de 1917, se prolongó como una especie de «guerra civil europea»2 hasta 1945, e incluso algunos indican que esta no llegó a su fin hasta la caída del comunismo en 1989. La historia, sin embargo, nunca es una sucesión de hechos inapelables y sistemáticos. Sir Michael Howard sostiene convincentemente que el ataque de Hitler a Francia y a Gran Bretaña por el oeste de Europa en 1940 fue, en muchos sentidos, una extensión de la Primera Guerra Mundial. Gerhard Weinberg hace también hincapié en que la guerra que empezó con la invasión de Polonia en 1939 fue el primer paso dado por Hitler para poder cumplir su primer objetivo, el Lebensraum, esto es, conseguir «espacio vital», en el este. Ni que decir tiene que está en lo cierto, pero las revoluciones y las guerras civiles que estallaron entre 1917 y 1939 introducen diversos factores que complican el panorama. Por ejemplo, la izquierda ha creído siempre firmemente que la Guerra Civil Española marcó el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, mientras que la derecha afirma que representó el primer enfrentamiento de una Tercera Guerra Mundial entre el comunismo y la «civilización occidental». Del mismo modo, los historiadores occidentales han solido pasar por alto la guerra chino-japonesa de 1937-1945 y la manera en la que esta quedó incluida en el marco de una guerra mundial. Por otro lado, diversos historiadores asiáticos sostienen que la Segunda Guerra Mundial comenzó en 1931 con la invasión de Manchuria por parte de los japoneses.3 Podemos dar vueltas y vueltas alrededor de todos estos argumentos, pero lo cierto es que la Segunda Guerra Mundial fue claramente una amalgama de conflictos. En su mayoría fueron conflictos entre naciones, pero la guerra civil internacional existente entre la izquierda y la derecha influyó en muchos de ellos e incluso fue su factor dominante. Por lo tanto, es sumamente importante que, desde la retrospectiva, observemos algunas de las circunstancias que desencadenaron el conflicto más cruel y destructivo que haya conocido la humanidad. Fueron tan horribles las consecuencias de la Primera Guerra Mundial que, al finalizar el conflicto, Francia y Gran Bretaña, sus principales vencedoras en Europa, se encontraban completamente exhaustas y tenían la firme determinación de no repetir, costara lo que costara, aquella terrible experiencia. Los estadounidenses, tras su contribución vital a la derrota de la Alemania imperial, querían desentenderse de lo que consideraban un Viejo Mundo corrupto y depravado. Europa central, fragmentada por las nuevas fronteras acordadas en Versalles, tenía que afrontar la humillación y la penuria de la derrota. Con su orgullo herido, los oficiales del ejército austrohúngaro Kaiserlich und Königlich vivieron una especie de cuento de la Cenicienta, pero sin final feliz: sus uniformes de cuento de hadas fueron sustituidos por ropas raídas propias de un desempleado. La amargura de tantos oficiales y soldados alemanes ante la derrota se intensificaba aún más al pensar que hasta julio de 1918 sus ejércitos no habían sido derrotados, lo que hacía parecer el repentino colapso de la nación totalmente inexplicable y siniestro. En su opinión, todos los amotinamientos y revueltas vividos en Alemania durante el otoño de 1918 que precipitaron la abdicación del kaiser habían sido provocados por bolcheviques judíos exclusivamente. Los agitadores de la izquierda habían desempeñado ciertamente un papel en todo ello, y en 1918-1919 los líderes revolucionarios alemanes más destacados habían sido judíos, pero las causas principales del descontento habían sido el agotamiento causado por la guerra y el hambre. La perniciosa teoría de la conspiración impulsada por la derecha alemana —la «leyenda de la puñalada por la espalda»— formaba parte de su tendencia inherente e irracional a confundir causa y efecto. La gran inflación de 1923-1924 vino a socavar la seguridad y la rectitud de la burguesía germánica. La amargura provocada por un sentimiento de vergüenza nacional y personal dio paso a una ira irracional. Los nacionalistas alemanes soñaban con que llegara el día en el que poder vengar la humillación del Diktat de Versalles. El nivel de vida fue mejorando en Alemania durante la segunda mitad de los años veinte, principalmente gracias a los cuantiosos préstamos realizados por los norteamericanos. Pero la depresión que azotó al mundo tras el hundimiento de la Bolsa de Wall Street en 1929 supuso para Alemania un golpe aún más duro cuando Gran Bretaña y otros países abandonaron el patrón oro en septiembre de 1931. El temor a una nueva etapa de enorme inflación impulsó al gobierno del canciller Brüning a seguir vinculando el valor del marco alemán al precio del oro, lo que provocó una sobrevaloración de esta moneda. Los Estados Unidos habían cerrado el grifo del crédito, y la política de proteccionismo cerró los mercados a las exportaciones alemanas. Todo ello dio lugar a un desempleo masivo, lo cual no hizo más que favorecer espectacularmente las promesas demagógicas que apostaban por soluciones radicales. La crisis del capitalismo había acelerado la crisis de la democracia liberal, que acabó perdiendo toda su efectividad en muchos países europeos debido a la fragmentación de la representación proporcional. Incapaz de solucionar los grandes desórdenes civiles, la mayoría de los sistemas parlamentarios, creados tras la caída de tres imperios continentales en 1918, se vio engullida por esta espiral. Y las minorías étnicas, que habían vivido relativamente en paz con los antiguos regímenes imperiales, comenzaron a verse amenazadas por doctrinas que hablaban de pureza nacional. El recuerdo reciente de la Revolución Rusa y de la violenta destrucción provocada por otras guerras civiles en Hungría, Finlandia, el litoral báltico y, de hecho, la propia Alemania, favoreció enormemente el proceso de polarización política. Con aquel ciclo de miedo y hostilidad se corría el peligro de convertir la retórica incendiaria en una profecía autorrealizada, como no tardarían en demostrar los acontecimientos en España. Cualquier alternativa maniquea apuesta por romper un centrismo democrático basado en el compromiso. Y en esa nueva época colectivista, las soluciones violentas parecían sumamente heroicas a ojos de numerosos intelectuales, tanto de la izquierda como de la derecha, y de los resentidos veteranos de la Primera Guerra Mundial. Ante aquel desastre financiero, el corporativismo estatal se convirtió de repente en el orden moderno natural de buena parte de Europa y en una respuesta al caos provocado por las luchas de facciones. En septiembre de 1930, el Partido Nacional Socialista pasó del 2,5 por ciento de los votos a obtener el 18,3 por ciento. La derecha conservadora de Alemania, con su poco respeto por la democracia, acabó destruyendo la República de Weimar, abriéndole a Hitler así las puertas de par en par. Subestimando peligrosamente la implacabilidad de Hitler, pensó poderlo utilizar como una marioneta populista para defender su idea de Alemania. Pero, a diferencia de la derecha alemana, el futuro dictador sabía perfectamente lo que quería. El 30 de enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller e inmediatamente se puso manos a la obra para acabar con cualquier oposición potencial. Para las futuras víctimas de Alemania, la tragedia fue que una parte importantísima de la población del país, harta de tanto desorden y tanta desconsideración, estaba dispuesta a seguir ciegamente al criminal más temerario que haya conocido el mundo. Hitler consiguió despertar sus peores instintos: el resentimiento, la intolerancia, la arrogancia y el más peligroso de todos, el sentimiento de superioridad racial. Independientemente de la poca o mucha que quedara, la confianza en el Rechtsstaat, esto es, en el estado de derecho, se vino abajo ante la insistencia de Hitler en que el sistema judicial tenía que estar al servicio del nuevo orden.4 Las instituciones públicas —los tribunales, las universidades, el estado mayor y la prensa— se sometieron a los dictados del nuevo régimen. Los opositores se vieron irremediablemente aislados, y fueron acusados de traicionar el nuevo concepto de Patria, no solo por el propio régimen, sino también por todos aquellos que le daban su apoyo. Sorprendentemente, a diferencia del NKVD de Stalin, la efectividad de la Gestapo era escasa. Casi todas sus detenciones respondían simplemente a las denuncias de unos ciudadanos alemanes por otros. El cuerpo de oficiales del ejército, que se había jactado siempre de su tradición apolítica, también se dejó seducir por la promesa de reforzar las fuerzas militares y de un rearmamento a gran escala, aunque sintiera un profundo desprecio por un pretendiente tan vulgar y desaliñado. El oportunismo se alió con la cobardía ante la amenaza de la nueva autoridad. En cierta ocasión, el mismísimo Otto von Bismarck declaró que la valentía moral era una virtud muy rara en Alemania, que cualquier alemán perdía inmediatamente en el instante que se vestía de uniforme.5 Como no es de extrañar, los nazis querían conseguir que prácticamente todo el mundo se pusiera un uniforme, empezando por los niños. El mayor talento de Hitler consistía en saber descubrir y explotar las debilidades de sus adversarios. La izquierda alemana, marcadamente dividida entre el partido comunista y los socialdemócratas, no había supuesto ninguna amenaza real. Con gran facilidad, el dictador alemán superó tácticamente a los conservadores que, arrogantes e ingenuos, pensaban que podían controlarlo. En cuanto logró consolidar su poder con una serie de estrictos decretos y con encarcelamientos en masa, se centró en poner fin a las limitaciones que suponía el tratado firmado en Versalles. En 1935 volvió a entrar en vigor el servicio militar obligatorio, los británicos aceptaron que Alemania reforzara su poder naval y se constituyó oficialmente la Luftwaffe. Ni Gran Bretaña ni Francia protestaron con determinación ante aquel programa acelerado de rearmamento. En marzo de 1936 tropas alemanas volvieron a ocupar Renania violando abiertamente, por primera vez, los tratados de Versalles y de Locarno. Esta bofetada en toda regla a Francia, que había controlado la región durante los últimos diez años, provocó en Alemania que la figura del Führer comenzara a ser venerada por toda la población en general, incluso por muchos de aquellos que no lo habían votado en las pasadas elecciones. Su apoyo y la débil reacción anglo-francesa animaron a Hitler en su determinación. Con gran astucia, Hitler había restaurado el orgullo alemán, mientras su plan de rearmamento, mucho más que su tan cacareado programa de obras públicas, ponía freno al desempleo. Pero aquello tenía un precio, la brutalidad de los nazis y la pérdida de libertad, precio que, en opinión de la mayoría de los alemanes, merecía la pena pagar. Paso a paso, con la defensa a ultranza de su política, Hitler fue seduciendo al pueblo alemán, que comenzó a perder los valores humanos. Donde este hecho se hizo más evidente fue en la persecución a la que se vio sometida la población judía, que se desarrolló a rachas. A diferencia de lo que generalmente se cree, solía estar más dirigida desde el seno del partido nazi que desde las altas esferas. Las apocalípticas arengas de Hitler contra los judíos no significaban necesariamente que ya hubiera decidido llegar a una «solución final» de aniquilación física. Simplemente deseaba que los «camisas pardas» de la SA pudieran agredir a los judíos, atacar sus tiendas y empresas y saquear sus posesiones para así satisfacer una mezcla incoherente de codicia, envidia y supuesto resentimiento. Llegado este punto, la política nazi tuvo como objetivo desposeer a los judíos de sus derechos civiles y de todas sus pertenencias, para luego, con la humillación y el acoso, obligarlos a abandonar Alemania. «Los judíos tienen que salir de Alemania, sí, tienen que salir de toda Europa», comentó a Goebbels el 30 de noviembre de 1937. «Esto costará un tiempo, pero debe conseguirse y se conseguirá».6 En su obra Mein Kampf, mezcla de autobiografía y manifiesto político publicada por primera vez en 1925, Hitler había dejado bastante claro su plan de convertir Alemania en la potencia hegemónica de Europa. En primer lugar, llevaría a cabo la unificación de Alemania y Austria y, a continuación, poblaría de alemanes los territorios que fuera recuperando al otro lado de las fronteras del Reich. «Los pueblos de una misma sangre deben compartir una patria común», escribió. Solo cuando esto se cumpla, el pueblo alemán tendrá la «justificación moral» de «tomar posesión de tierras extranjeras. El arado sucederá entonces a la espada; y de las lágrimas de la guerra brotará para las generaciones venideras el pan de cada día».7 Su política de agresión quedaba perfectamente de manifiesto en la primera página de Mein Kampf. Aunque todas las parejas de alemanes que contraían matrimonio debían adquirir un ejemplar de su libro, parece que pocas se tomaron en serio sus belicosas predicciones. Preferían creer sus últimas declaraciones, repetidas hasta la saciedad, en las que manifestaba no desear la guerra. Y los osados movimientos de Hitler ante la flaqueza británica y francesa venían a confirmarles sus esperanzas de que el Führer podría conseguir todo lo que quisiera sin que se desencadenara un grave conflicto. No veían que la sobrecalentada economía alemana y la firme determinación de Hitler de hacer uso de la ventaja armamentística del país hacían que la invasión de países vecinos se convirtiera en un hecho mucho más que probable. Hitler no pretendía simplemente recuperar los territorios perdidos por Alemania con el Tratado de Versalles. Consideraba una infamia limitarse a dar solo un paso tan tímido como aquel. Hervía de impaciencia, convencido de que no viviría lo suficiente para hacer realidad su sueño de una supremacía alemana. Quería que toda Europa central y todos los territorios de Rusia hasta el Volga quedaran integrados en el Lebensraum alemán. Su sueño de subyugar regiones del este había sido alimentado por la breve ocupación alemana en 1918 de los estados bálticos, parte de Bielorrusia, Ucrania y el sur de Rusia hasta Rostov del Don. Esta expansión fue consecuencia del Tratado de Brest-Litovsk, un Diktat de Alemania al flamante régimen soviético. El «granero» de Ucrania tenía un interés especial para Alemania, sobre todo tras la hambruna vivida en este país durante la Primera Guerra Mundial a causa del bloqueo británico. Hitler estaba firmemente decidido a impedir que en Alemania volviera a reinar una desmoralización como la de 1918, que dio paso a la revolución y al hundimiento del país. Esta vez serían otros los que pasarían hambre. Pero uno de los principales objetivos de su proyecto del Lebensraum era apropiarse de la producción petrolífera del este de Europa. El Reich se veía obligado a importar, incluso en tiempos de paz, alrededor del 85 por ciento del petróleo que consumía, lo que se convertiría en el talón de Aquiles de Alemania durante la guerra. Parecía que la posesión de colonias en el este era la mejor solución para que Alemania asegurara su autonomía, pero las ambiciones de Hitler iban mucho más allá que las de cualquier otro nacionalista. En línea con su pensamiento social darwinista de que la existencia de una nación dependía de la lucha por su hegemonía racial, Hitler pretendía reducir drásticamente la población eslava utilizando deliberadamente unos medios salvajes: el hambre y la esclavización de los supervivientes, convirtiéndolos en siervos. Su decisión de intervenir en la Guerra Civil Española en el verano de 1936 no fue una cuestión de oportunismo como se ha indicado en numerosas ocasiones. Hitler tenía la firme convicción de que una España bolchevique, junto con un gobierno de izquierdas en Francia, supondría una verdadera amenaza estratégica para Alemania por el oeste, sobre todo en un momento en el que debía enfrentarse a la Unión Soviética de Stalin por el este. Una vez más, supo aprovecharse del pavor de las democracias a una guerra. Los británicos temían que el conflicto español pudiera derivar en otra conflagración europea, y el nuevo gobierno francés del Frente Popular tenía miedo de actuar solo. Todo ello permitió que los nacionales de Franco se aseguraran la victoria final gracias al flagrante apoyo militar de los alemanes, y que la Luftwaffe de Hermann Göring pudiera poner a prueba sus flamantes aparatos y experimentar nuevas tácticas. La Guerra Civil Española también permitió un acercamiento de Hitler con Mussolini, cuyo gobierno fascista colaboró con el envío de un cuerpo de «voluntarios» italianos para luchar junto al ejército de los nacionales españoles. Pero a Mussolini, a pesar de todas sus bravatas y de sus pretensiones en el Mediterráneo, le preocupaba seriamente la determinación de Hitler en cambiar drásticamente el statu quo. El pueblo italiano no estaba preparado, ni desde el punto de vista militar ni desde el punto de vista psicológico, para una guerra europea. En su afán por obtener un aliado más para la futura guerra con la Unión Soviética, Hitler estableció un pacto anti- Comintern con Japón en noviembre de 1936. El imperio nipón había comenzado su expansión colonial en Extremo Oriente en la última década del siglo XIX. Aprovechando la decadencia del régimen imperial chino, había entrado en Manchuria, invadido Taiwán y ocupado Corea. Tras derrotar a la Rusia zarista en la guerra de 1904-1905, se había convertido en la principal potencia militar de la región. A raíz del colapso de la Bolsa de Wall Street y de la subsiguiente depresión mundial, en Japón había crecido un sentimiento antioccidental. Y una clase dirigente cada vez más nacionalista veía Manchuria y China de una manera muy similar a cómo los nazis contemplaban la Unión Soviética en sus planes: una vasta región con una población a la que someter para cubrir las necesidades de las islas que constituían el estado nipón. Durante mucho tiempo, el conflicto chino-japonés ha sido la pieza que faltaba en el rompecabezas de la Segunda Guerra Mundial. Por haberse iniciado mucho antes del estallido de la guerra en Europa, a menudo se ha tratado como un asunto totalmente distinto, pese a haber sido testigo del mayor despliegue de fuerzas terrestres japonesas en Extremo Oriente, así como de la intervención tanto de los Estados Unidos como de la Unión Soviética. En septiembre de 1931, los militares japoneses idearon el llamado «incidente de Mukden», en el que dinamitaron un tramo de una línea férrea para justificar la anexión de Manchuria a su país. Debido a la precaria situación de su agricultura, querían convertir esta región en una importante zona de producción de alimentos con los que abastecer sus necesidades internas. La llamaron Manchukuo y establecieron en ella un régimen títere, con el emperador chino depuesto, Henry Pu Yi, como cabeza visible. El gobierno civil de Tokio, que no era del agrado de los militares, se vio obligado a apoyar al ejército. Y la Sociedad de Naciones, con sede en Ginebra, rechazó las peticiones chinas de sancionar a Japón. Grandes cantidades de colonos japoneses, en su mayoría procedentes del campo, comenzaron a llegar a la región para apropiarse de las tierras con la complicidad del gobierno, cuyo plan era conseguir que, en veinte años, se establecieran en la zona, en calidad de colonos, «un millón de familias» de campesinos nipones. Todos estos actos dejaron a Japón aislado desde el punto de vista diplomático, pero el país se sentía exultante por su triunfo. Esto marcó el inicio de una progresión fatídica del expansionismo japonés y de la influencia militar en el gobierno de Tokio. Una nueva administración mucho más predadora y el ejército de Kwantung en Manchuria extendieron su control prácticamente hasta las puertas de Pekín (Beijing). El gobierno del Kuomintang de Chiang Kai-shek, con sede en Nanjing, se vio obligado a ordenar la retirada de sus fuerzas. Chiang pretendía ser el heredero de Sun Yat-sen, que había querido introducir en China una democracia de estilo occidental, pero, en realidad, no era más que el generalísimo de unos señores de la guerra. Los militares japoneses comenzaron a dirigir su mirada hacia el vecino soviético del norte y hacia las regiones del Pacífico del sur. Evidentemente, en esta zona sus objetivos eran las colonias de Gran Bretaña, Francia y Holanda en el sudeste asiático, con los yacimientos petrolíferos de las Indias Orientales Neerlandesas. De repente, en China, el 7 de julio de 1937, los japoneses dieron un paso adelante en aquella situación de calma tensa, llevando a cabo un acto de provocación en el puente de Marco Polo, a las afueras de Pekín. En Tokio, el ejército imperial garantizó al emperador Hiro Hito que China podía ser derrotada en pocos meses. Se enviaron refuerzos al continente, iniciándose una campaña marcada por el horror, impulsada en parte por la matanza de civiles japoneses llevada a cabo por los chinos. El ejército imperial reaccionó, dando rienda suelta a su furia. Pero la guerra chino-japonesa no terminó con una rápida victoria nipona como habían pronosticado los generales de Tokio. La sorprendente violencia de los agresores sirvió para estimular aún más la férrea resistencia de los agredidos. Cuatro años después, Hitler ignoraría este hecho durante su ataque a la Unión Soviética. Algunos occidentales comenzaron a ver una gran analogía entre la guerra chino-japonesa y la Guerra Civil Española. Robert Capa, Ernest Hemingway, W. H. Auden, Christopher Isherwood, el realizador cinematográfico Joris Ivens y muchos periodistas visitaron China y expresaron sus simpatías por la causa de este país. Varios izquierdistas, algunos de los cuales se desplazaron hasta el cuartel general de los chinos comunistas en Yan'an, apoyaron a Mao Zedong, aunque Stalin respaldara a Chiang Kai-shek y el Kuomintang. Pero ni el gobierno norteamericano ni el británico estaban preparados para intervenir de manera eficaz. El gobierno de Neville Chamberlain, al igual que la mayoría de la población británica, seguía estando dispuesto a convivir con una Alemania rearmada y revitalizada. Muchos conservadores consideraban a los nazis una especie de baluarte contra el bolchevismo. Chamberlain, un antiguo alcalde de Birmingham de rectitud trasnochada, cometió el gran error de pensar que los demás estadistas compartían valores similares a los suyos, así como el pavor a la guerra. Había sido un ministro muy capaz y un eficiente canciller del Exchequer, pero no sabía nada de política exterior ni de asuntos de defensa. Con su camisa de cuello de puntas, su bigote eduardiano y su eterno paraguas, demostró no saber estar a la altura de su cargo en el momento de afrontar la evidente implacabilidad del régimen nazi. Otros, incluso muchos de los que expresaban sus simpatías por la izquierda, también fueron reacios a enfrentarse al régimen de Hitler, pues seguían estando plenamente convencidos de que Alemania había recibido un trato sumamente injusto en la conferencia de Versalles. Además, les resultaba difícil poner objeciones a las pretensiones de Hitler de anexionar al Reich, por cuestiones étnicas, regiones fronterizas con Alemania, como la de los Sudetes, en las que había población de origen germánico. Lo que más horrorizaba a británicos y franceses era la idea de que pudiera estallar otra guerra en Europa. Permitir que la Alemania nazi se anexionara Austria en marzo de 1938 no parecía un precio demasiado elevado para salvaguardar la paz mundial, sobre todo porque la mayoría de austríacos había votado en 1918 a favor del Anschluss, o unión con Alemania, y veinte años después celebraba el triunfo nazi. Las pretensiones austríacas al final de la guerra de que ellos habían sido las primeras víctimas de Hitler, eran completamente infundadas. Más tarde, Hitler decidió que quería invadir Checoslovaquia en octubre.8 Con ello pretendía asegurar el bienestar de la población después de la recolección de las cosechas por parte de los agricultores alemanes, pues los ministros nazis temían que se produjera una crisis en el suministro de alimentos de la nación. Sin embargo, para exasperación de Hitler, Chamberlain y Daladier, durante las negociaciones de Munich en septiembre, le concedieron los Sudetes en la esperanza de mantener la paz. La actitud de estos dos dirigentes dejaba a Hitler sin su guerra, aunque al final le permitiera ocupar todo el país sin derramar una gota de sangre. Chamberlain también cometió un grave error al negarse a hablar con Stalin. Esta postura influyó en la decisión del dictador soviético en agosto de aceptar que se firmara el llamado Pacto Molotov-Ribbentrop. Como creería más tarde Franklin D. Roosevelt que podía hacer con Stalin, Chamberlain pensó, con absurda autosuficiencia, que él solo podía convencer a Hitler de que mantener buenas relaciones con los Aliados occidentales iba en interés del dictador alemán. Algunos historiadores sostienen que, si Gran Bretaña y Francia hubieran estado dispuestas a entrar en guerra en el otoño de 1938, los acontecimientos se habrían desarrollado de manera muy distinta. Desde luego, es probable que hubiera sido así desde un punto de vista alemán. Pero lo cierto es que ni el pueblo británico ni el francés estaban preparados psicológicamente para comenzar una guerra, sobre todo porque no habían sido informados correctamente de la situación por los políticos, los diplomáticos y la prensa. Cualquiera que hubiera intentado advertir de los peligros que implicaban los planes de Hitler, como hizo Winston Churchill, habría sido tachado simplemente de belicista. No fue hasta noviembre cuando comenzaron a abrirse los ojos y a comprobar la verdadera naturaleza del régimen de Hitler. Tras el asesinato de un funcionario de la embajada alemana en París por un joven judío de origen polaco, los «camisas pardas» nazis se lanzaron a las calles, dando inicio al pogromo alemán que conocemos con el nombre de la noche de los cristales rotos, Kristallnacht, por los destrozos que sufrieron las ventanas y los aparadores de las tiendas. Aquel otoño, con la amenaza de la guerra cerniéndose sobre Checoslovaquia, una «violenta energía» comenzó a apoderarse del Partido Nazi. Los «camisas pardas» de la SA prendieron fuego a las sinagogas, agredieron y asesinaron a judíos y rompieron los escaparates y los aparadores de sus tiendas, lo que permitió que inmediatamente Göring lamentara el coste en divisas extranjeras que suponía recomponer aquel destrozo con vidrio importado de Bélgica.9 Muchos alemanes quedaron horrorizados ante esos hechos, pero, en poco tiempo, la política nazi de aislamiento de los judíos consiguió que la inmensa mayoría de la población se mostrara indiferente a la suerte que corrían sus conciudadanos. Y fue también una parte importante de la población la que no tardó en dejarse llevar por la tentación de apropiarse fácilmente de las posesiones y los bienes incautados a los judíos y por lo que representaba la «arianización» de sus negocios y empresas. La manera en la que los nazis fueron enredando cada vez a más ciudadanos alemanes en su trama criminal pone de relieve su extraordinaria astucia. La ocupación del resto de Checoslovaquia en marzo de 1939 —una violación flagrante de la convención de Munich— vino a demostrar que la pretensión de Hitler de poner al amparo del Reich a las minorías étnicas alemanas no era más que un pretexto para anexionarse territorios. Ello obligó a Chamberlain a comprometerse con Polonia, como señal de advertencia a Hitler ante otros posibles proyectos de expansión del dictador. Más tarde, el Führer se lamentaría de no haber conseguido entrar en guerra en 1938 debido a que «los británicos y los franceses aceptaron todas mis exigencias en Munich».10 En la primavera de 1939 contó al ministro de asuntos exteriores rumano lo impaciente que estaba, utilizando los siguientes términos: «Ahora tengo cincuenta años», dijo. «Prefiero entrar en guerra ahora que cuando tenga cincuenta y cinco o sesenta».11 (En agosto expresó este mismo pensamiento al embajador británico.12) Así pues, Hitler reveló que pretendía cumplir su objetivo de dominación europea en el arco de una vida, la suya, que suponía que iba a ser corta. Su vanidad obsesiva le impedía confiar en otra persona para llevar a cabo la misión que se había impuesto. Se consideraba literalmente insustituible, e incluso dijo a sus generales que el destino del Reich dependía exclusivamente de él. El Partido Nazi y todo su caótico sistema de gobierno nunca fueron concebidos para ofrecer estabilidad o continuidad. Y la retórica hitleriana del «Reich milenario» ponía de manifiesto una significativa contradicción psicológica, viniendo, como venía, de un soltero impenitente que por un lado sentía la satisfacción perversa de poner fin a la reproducción de sus genes, y por otro ocultaba una fascinación insana por el suicidio. El 30 de enero de 1939, con motivo del sexto aniversario de su ascensión al poder, Hitler pronunció un importante discurso ante los miembros del Reichstag. En él incluía una «profecía» fatídica, una profecía que él y los que lo siguieron en su «solución final» recordarían compulsivamente. Declaró que los judíos se habían mofado de su presagio de que iba a dirigir Alemania y de que también iba a «poner solución al problema judío». Luego dijo en tono vehemente: «Hoy voy a volver a ser profeta: si la comunidad financiera judía internacional, dentro y fuera de Europa, consigue conducir de nuevo a las naciones a una guerra mundial, el resultado no será la bolchevización del planeta y, por lo tanto, la victoria de los judíos, sino la aniquilación de la raza judía en Europa».13 Esta vertiginosa confusión de causa y efecto yacía en lo más profundo de la obsesiva espiral de mentiras e imposturas con las que el propio Hitler se llevaba a engaño. Aunque Hitler estuviera preparado para la guerra y deseara la guerra con Checoslovaquia, seguía sin entender por qué la actitud de los británicos había cambiado tan de repente, pasando del entreguismo a la resistencia. No había dejado de lado su idea de atacar a Francia y Gran Bretaña más tarde, pero en el momento que él decidiera. El plan nazi, tras la dura lección aprendida durante la Primera Guerra Mundial, contemplaba abordar aisladamente cada uno de los conflictos para evitar combates en más de un frente a la vez. La sorpresa de Hitler ante la reacción británica fue una muestra más de la falta de conocimientos históricos de este autodidacta tiránico. Desde el siglo XVIII, la intervención de Gran Bretaña en casi todas las crisis europeas había respondido a un modelo, modelo que explicaba perfectamente la nueva política del gobierno de Chamberlain. El cambio de actitud no tenía nada que ver con la ideología o el idealismo. Gran Bretaña no estaba preparándose para detener el fascismo o el antisemitismo, aunque este aspecto moral resultara útil más tarde para la propaganda nacional. Las razones de aquel cambio de postura había que buscarlas en su estrategia tradicional. La invasión hostil de Checoslovaquia por parte de Alemania ponía claramente de manifiesto la firme determinación de Hitler de dominar Europa. Esto suponía una amenaza en toda regla al statu quo, que ni siquiera una Gran Bretaña debilitada y contraria a la guerra podía permitir. Hitler también subestimó la ira de Chamberlain, que vio cómo había sido completamente engañado en Munich. Duff Cooper, que había presentado su dimisión como Primer Lord del Almirantazgo por la traición cometida por su gobierno con los checos, escribió que Chamberlain «nunca conoció en Birmingham a alguien que se pareciera en lo más mínimo a Adolf Hitler... Nadie en Birmingham había roto nunca la palabra dada al alcalde».14 Quedaba terriblemente claro cuáles eran las intenciones de Hitler. Y la sorpresa que supuso su pacto con Stalin en agosto de 1939 no vino sino a confirmar que Polonia era su siguiente víctima. «Las fronteras de los estados», había escrito en Mein Kampf, «las crean los hombres, y ellos mismos son los que las modifican». Visto en retrospectiva, tal vez parezca que el ciclo de resentimientos que comenzó tras la firma del Tratado de Versalles hizo inevitable el estallido de otra guerra mundial, pero lo cierto es que en la historia nada está predestinado. Como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, buena parte de Europa quedó dividida por fronteras inestables, y convertida en escenario de innumerables tensiones. Pero no cabe la menor duda de que fue Adolf Hitler el principal arquitecto de aquella segunda, y mucho más terrible, conflagración, que se extendió por todo el mundo para llevarse millones de vidas, y al final incluso la suya propia. Y, sin embargo, en lo que resulta una intrigante paradoja, el primer enfrentamiento armado de la Segunda Guerra Mundial —aquel en el que Yang Kyoungjong fue hecho prisionero por primera vez— se desencadenó en Extremo Oriente. 1 EL ESTALLIDO DE LA GUERRA (junio-agosto de 1939) El 1 de junio de 1939, Georgi Zhukov, un general de caballería de corta estatura y robusto, recibió un mensaje en el que se le requería que acudiera inmediatamente a Moscú.1 La purga del Ejército Rojo iniciada por Stalin en 1937 seguía en marcha, por lo que Zhukov, que ya había sido acusado en una ocasión, supuso que en aquellos momentos había sido declarado «enemigo del pueblo» por alguna denuncia. El siguiente paso consistía en meterlo en la «picadora de carne» de Lavrenti Beria, como solía decirse para indicar el sistema de interrogatorios que seguía el NKVD. En la paranoia que desató el «Gran Terror», los altos oficiales fueron de los primeros en ser fusilados como espías trotskistas-fascistas. Unos treinta mil fueron detenidos. Entre los de mayor rango, muchos habían sido ejecutados, y la mayoría torturados para obtener de ellos ridículas confesiones. Zhukov, amigo de muchas de las víctimas, tenía preparada una bolsa —con lo necesario para pasar una temporada en prisión— desde que comenzara la purga dos años atrás. Llevaba tiempo esperando aquel momento, y escribió una carta de despedida a su esposa. «Solo te pido una cosa», comenzaba diciendo. «No llores, mantente fuerte, e intenta resistir con dignidad y honradez esta amarga separación».2 Pero cuando el tren en el que viajaba llegó a Moscú al día siguiente, Zhukov no fue detenido ni trasladado a la Gran Lubyanka. Le indicaron que se dirigiera al Kremlin para entrevistarse con el viejo camarada de Stalin del I Ejército de Caballería de los tiempos de la guerra civil, el mariscal Kliment Voroshilov, por aquel entonces comisario del pueblo para la defensa. Durante la purga, este soldado «mediocre, desconocido y de pocas luces»3 había reforzado su posición, eliminando celosamente a otros comandantes de talento. Más tarde, Nikita Khruschev lo llamaría con una gran crudeza descriptiva «el saco de mierda más grande del ejército».4 Zhukov se enteró de que tenía que volar hasta el estado satélite soviético de Mongolia Exterior. Allí, debía asumir el mando del LVII Cuerpo Especial, formado por hombres del Ejército Rojo y de las fuerzas mongolas, para infligir un golpe decisivo al Ejército Imperial de Japón. Stalin estaba furioso porque, por lo visto, el comandante local apenas había obtenido resultados positivos. Con la amenaza de los nazis de una guerra en el oeste, quería poner fin a los actos de provocación que llevaban a cabo constantemente los japoneses desde su estado títere de Manchukuo. La rivalidad existente entre Rusia y Japón se remontaba a los tiempos de los zares, y era evidente que la humillante derrota sufrida por la primera en 1905 no había sido olvidada por el régimen soviético. Con Stalin, se había reforzado enormemente su presencia militar en el este asiático. Las autoridades militares japonesas estaban obsesionadas con la amenaza del bolchevismo. Y desde la firma en noviembre de 1936 del pacto anti-Comintern entre Alemania y Japón, habían aumentado en la frontera mongola las tensiones existentes entre los destacamentos fronterizos del Ejército Rojo y el ejército nipón de Kwantung. La situación se había caldeado considerablemente a raíz de una serie de choques fronterizos en 1937, y de un importante enfrentamiento armado en 1938, el llamado «incidente de Changkufeng», en el lago Khasán, a unos ciento quince kilómetros al suroeste de Vladivostok. Los japoneses también estaban furiosos porque la Unión Soviética prestaba su apoyo al enemigo chino no solo desde el punto de vista económico, sino también bélico, con el envío de tanques T-26, numerosos asesores militares y escuadrones aéreos formados por «voluntarios». Los líderes del ejército de Kwantung se veían cada vez más atados de pies y manos, sobre todo después de que el emperador Hiro Hito se negara en agosto de 1938 a permitir que se respondiera a los soviéticos de manera contundente con un ataque masivo. Su arrogancia se basaba en la creencia errónea de que la Unión Soviética se quedaría de brazos cruzados. Pidieron carta blanca para actuar como consideraran oportuno en cualquier incidente fronterizo que pudiera producirse en un futuro. Pero lo que en realidad les movía era un interés personal. Si se mantenía vivo un conflicto menor con la Unión Soviética, Tokio se vería obligado a aumentar el número de efectivos del ejército de Kwantung, no a disminuirlo. Temían que, de lo contrario, algunas de sus formaciones pudieran ser trasladadas al sur para luchar contra los ejércitos nacionalistas chinos de Chiang Kai-shek.5 Algunos miembros del estado mayor imperial en Tokio veían con buenos ojos la postura beligerante de las autoridades de Kwantung. Pero la Armada y los políticos civiles estaban seriamente preocupados. Las presiones de la Alemania nazi para que Japón considerara a la Unión Soviética el principal enemigo los incomodaba sumamente. No querían meterse en una guerra en el norte de China, en las regiones que limitaban con Mongolia y Siberia. Esta división de opiniones provocó la caída del gobierno del príncipe Konoe Fumimaro. Pero cada vez era más evidente que iba a estallar la guerra en Europa, y las discrepancias en el gobierno y en los círculos militares no disminuyeron. El ejército y los grupos de extrema derecha no dejaban de hablar públicamente, a menudo exagerando los hechos, del número cada vez mayor de enfrentamientos que tenían lugar en las fronteras del norte. Y el ejército de Kwantung, sin informar a Tokio, promulgó una orden en virtud de la cual se permitía al comandante sobre el terreno llevar a cabo la acción que considerara pertinente para castigar a los posibles agresores. La orden en cuestión fue aprobada con la llamada prerrogativa de «iniciativa sobre el terreno»6, que autorizaba a los ejércitos el movimiento de tropas por razones de seguridad dentro de su zona de acción, sin tener que consultar con el estado mayor imperial. El incidente de Nomonhan, llamado más tarde en la Unión Soviética la batalla de Khalkhin Gol por el río en el que tuvo lugar, comenzó el 12 de mayo de 1939. Un regimiento de la caballería mongola cruzó el Khalkhin Gol, buscando pastos para sus peludas y pequeñas monturas en las onduladas tierras de la vasta estepa. Adentrándose en la zona, se alejaron unos veinticinco kilómetros del río que los japoneses consideraban la frontera, hasta llegar a una gran aldea, Nomonhan, donde la República Popular de Mongolia situaba la línea fronteriza. Fuerzas manchúes del ejército de Kwantung forzaron su retirada al río Khalkhin Gol, pero luego los mongoles contraatacaron. Las escaramuzas entre unos y otros continuaron durante dos semanas. El Ejército Rojo envió tropas de refuerzo. El 28 de mayo soviéticos y mongoles destruyeron un contingente japonés de doscientos hombres y varios vehículos blindados bastante obsoletos. A mediados de junio, los bombarderos de la aviación del Ejército Rojo atacaron diversos objetivos mientras sus fuerzas terrestres avanzaban hacia Nomonhan. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Las unidades del Ejército Rojo en la zona recibieron refuerzos del distrito militar Trans-Baikal, como había solicitado Zhukov a su llegada el 5 de junio. El problema principal al que se enfrentaban las fuerzas soviéticas era que tenían que operar a casi setecientos kilómetros de distancia del centro ferroviario más próximo al que llegaban los pertrechos y suministros, lo que significaba un esfuerzo logístico inmenso, con camiones desplazándose por unas pistas de tierra tan maltrechas que para realizar un viaje de ida y vuelta tardaban cinco días. Semejante dificultad indujo al menos a los japoneses a subestimar la capacidad de combate de las fuerzas que iba reuniendo Zhukov. Enviaron la 23.ª División del teniente general Komatsubara Michitaro y parte de la 7.ª a Nomonhan. El ejército de Kwantung pidió mucha más presencia aérea para apoyar a sus tropas. Esta solicitud generó preocupación en Tokio. El estado mayor imperial mandó una orden prohibiendo cualquier acto de represalia, y anunció que uno de sus oficiales iba a desplazarse inmediatamente hasta allí para analizar la situación e informar debidamente a Tokio. Esta noticia hizo que los comandantes de Kwantung decidieran completar la operación antes de que los obligaran a interrumpirla. La mañana del 27 de junio, enviaron varias escuadrillas aéreas para bombardear bases soviéticas en Mongolia Exterior. En Tokio, el estado mayor se puso hecho una furia y expidió una sucesión de órdenes prohibiendo toda actividad aérea. La noche del 1 de julio, aprovechando las horas de oscuridad, los japoneses cruzaron el Khalkhin Gol y se apoderaron de una colina estratégica, poniendo en peligro el flanco soviético. Tras tres días de intenso combate, sin embargo, Zhukov consiguió al final repelerlos y enviarlos de vuelta al otro lado del río con la ayuda de sus tanques. A continuación, ocupó parte de la margen derecha del Khalkhin Gol y puso en marcha su gran operación de engaño, la denominada por el Ejército Rojo maskirovka. Mientras preparaba secretamente una gran ofensiva, Zhukov simulaba que sus tropas creaban una línea defensiva estática. Se enviaron mensajes mal codificados en los que se pedía más y más material para la construcción de búnkeres, con la ayuda de altavoces se difundía el ruido de martinetes en funcionamiento, y se distribuyeron panfletos titulados Lo que debe saber sobre defensa el soldado soviético en cantidades ingentes para que algunos cayeran en manos del enemigo. Mientras tanto, Zhukov iba reuniendo y escondiendo tanques de refuerzo aprovechando la oscuridad de la noche. Los conductores de los camiones soviéticos acabaron exhaustos después de traer las reservas de municiones necesarias para la ofensiva por las terribles carreteras que separaban aquel lugar del centro ferroviario al que llegaban los pertrechos.7 El 23 de julio, los japoneses lanzaron un nuevo ataque frontal, pero no consiguieron romper las líneas soviéticas. A raíz de sus problemas para abastecerse de pertrechos, tuvieron que esperar algún tiempo antes de volver a estar preparados para poder emprender un tercer ataque. Pero ignoraban que para entonces las fuerzas de Zhukov habrían aumentado hasta los cincuenta y ocho mil hombres, con aproximadamente quinientos tanques y doscientos cincuenta aparatos aéreos. A las 05:45 del domingo 20 de agosto, Zhukov lanzó su ataque sorpresa, al principio bombardeando con la artillería durante tres horas, y luego con tanques y aviones, así como con las fuerzas de infantería y de caballería. El calor era asfixiante. Con unas temperaturas que superaban los 40°, se cuenta que las ametralladoras y los cañones se atascaban y que las polvaredas y las cortinas de humo que levantaban las explosiones dejaron en tinieblas el campo de batalla.8 Mientras la infantería soviética, que incluía tres divisiones de fusileros y una brigada paracaidista, resistía con firmeza en el centro, entreteniendo al grueso de las fuerzas niponas, Zhukov envió a sus tres brigadas de blindados y una división de caballería mongola desde una posición más atrasada para que fueran rodeándolas. Entre sus carros de combate, que a gran velocidad vadearon un afluente del Khalkhin Gol, había varios T-26, modelo utilizado en la Guerra Civil Española para ayudar a los republicanos, y unos prototipos más rápidos de lo que luego sería el T-34, el tanque medio más efectivo de la Segunda Guerra Mundial. Los obsoletos tanques japoneses no tuvieron ninguna oportunidad. Sus cañones no podían disparar proyectiles perforadores de blindaje. La infantería japonesa, pese a carecer de cañones antitanque efectivos, combatió desesperadamente. El teniente Sadakaji fue visto cargando contra un tanque mientras blandía su espada samurai hasta que por fin cayó abatido. Los soldados japoneses lucharon desde sus trincheras blindadas, causando importantes bajas entre sus atacantes, que en algunos casos trajeron tanques lanzallamas para acabar con ellos. Zhukov parecía no inmutarse por las pérdidas que sufría. Cuando el comandante en jefe del Frente Trans-Baikal, que había venido para observar el desarrollo de la batalla, sugirió la conveniencia de detener la ofensiva, Zhukov respondió lacónicamente a su superior. Si interrumpía los ataques y luego volvía a lanzarlos, dijo, las pérdidas soviéticas se multiplicarían por diez «por culpa de nuestra falta de decisión».9 A pesar de la firme determinación de los japoneses de no rendirse al enemigo, sus anticuadas tácticas y su armamento obsoleto los condujeron a una derrota humillante. Las fuerzas de Komatsubara fueron rodeadas y prácticamente aniquiladas en lo que fue una prolongada matanza en el curso de la cual se produjeron sesenta y una mil bajas. En el Ejército Rojo, siete mil novecientos setenta y cuatro hombres murieron en combate, y quince mil doscientos cincuenta y uno resultaron heridos.10 La mañana del 31 de agosto la batalla había concluido. Mientras se libraba este combate, se firmaba en Moscú el pacto nazi-soviético, y cuando llegó a su final, tropas alemanas se concentraban cerca de las fronteras de Polonia, listas para comenzar la guerra en Europa. Hasta finales de septiembre fueron produciéndose enfrentamientos aislados, pero en vista de lo que ocurría en el mundo, Stalin decidió que era prudente acceder a las peticiones japonesas de alto el fuego. Zhukov, que poco antes se había dirigido a Moscú pensando en su inminente detención, volvió entonces a la capital para recibir de las manos de Stalin la estrella dorada de Héroe de la Unión Soviética. Su primera victoria, un magnífico acontecimiento en un momento horrible para el Ejército Rojo, tuvo importantes consecuencias para todos. Japón había sido sacudido hasta los cimientos por esta inesperada derrota, que sirvió para enardecer el ánimo de sus enemigos chinos, tanto el de los nacionalistas como el de los comunistas. En Tokio, la facción que abogaba por «golpear el norte» y por una guerra contra la Unión Soviética, recibió un duro revés. Los partidarios de «golpear el sur», encabezados por la Armada, vieron, pues, reforzada su posición. Pocas semanas antes de la Operación Barbarroja, en abril de 1941, y para consternación de los alemanes, rusos y nipones firmarían un pacto de no agresión. Así pues, la batalla de Khalkhin Gol tuvo una importancia determinante en la posterior decisión de Japón de dirigir sus fuerzas contra las colonias francesas, holandesas y británicas del sudeste asiático, y enfrentarse a la marina de los Estados Unidos en el Pacífico. La negativa de Tokio de atacar a la Unión Soviética en el invierno de 1941 tendría, pues, una gran influencia en el drástico giro geopolítico que daría la guerra, en lo concerniente tanto a Extremo Oriente como al enfrentamiento a vida o muerte de Hitler con la Unión Soviética. La estrategia de Hitler durante los años anteriores al estallido de la guerra había carecido de consistencia. Unas veces el Führer había confiado en llegar a una alianza con Gran Bretaña como paso previo a su objetivo final de atacar a la Unión Soviética, para luego cambiar de idea y preferir dejar inefectiva cualquier influencia de ese país en el continente, lanzando un ataque preventivo contra Francia. Para proteger su flanco oriental si por fin optaba por atacar primero por el oeste, Hitler había obligado a su ministro de asuntos exteriores, Joachim von Ribbentrop, a entrar en conversaciones con Polonia para proponer una alianza. Los polacos, perfectamente conscientes del peligro que suponía cualquier provocación a Stalin, y sospechando acertadamente que Hitler deseaba convertir su país en un estado satélite, se mostraron sumamente cautelosos. Pero el gobierno polaco había cometido un gravísimo error por puro oportunismo. Cuando Alemania entró en los Sudetes en 1938, sus fuerzas ocuparon la provincia checoslovaca de Teschen, que Polonia venía reivindicando desde 1920 por considerarla étnicamente polaca, y también avanzó su frontera hasta los Cárpatos. Este movimiento irritó a los soviéticos y alarmó a los gobiernos británico y francés. El exceso de confianza de los polacos no hizo sino favorecer los planes de Hitler. Al final quedó demostrado que la idea de Polonia de que podía crearse un bloque centroeuropeo para frenar la expansión de Alemania —la que llamaban una «Tercera Europa»— no era más que una quimera. El 8 de marzo de 1939, poco antes de que sus tropas ocuparan Praga y el resto de Checoslovaquia, Hitler indicó a sus generales que tenía la intención de aplastar a Polonia. Sostenía que entonces Alemania podría aprovechar los recursos polacos y extender su dominio hasta el sur de Europa central. Había decidido asegurarse el control de Polonia con la conquista, no con la diplomacia, antes de lanzar un ataque por el oeste. También les habló de su intención de acabar con la «democracia judía» de los Estados Unidos.11 El 23 de marzo, Hitler invadió el distrito lituano de Memel para anexionarlo a Prusia oriental. Decidió acelerar su plan de guerra por el temor a un rápido rearme de Gran Bretaña y Francia. No obstante, seguía sin tomarse en serio las palabras pronunciadas por Chamberlain el 31 de marzo en la Cámara de los Comunes, prometiendo su apoyo a Polonia. El 3 de abril ordenó a sus generales que planificaran la llamada operación «Caso Blanco», esto es, un proyecto para invadir Polonia que tenía que estar preparado a finales de agosto. Chamberlain, cuyo visceral anticomunismo hacía que fuera reacio a entenderse con Stalin, sobrestimó la capacidad de los polacos y no supo crear a tiempo un bloque defensivo para frenar a Hitler en Europa central y los Balcanes. De hecho, en sus garantías a Polonia los británicos excluían implícitamente a la Unión Soviética. El gobierno de Chamberlain solo comenzó a reaccionar a esta clara omisión cuando llegaron informes que hablaban de negociaciones comerciales entre alemanes y soviéticos. Stalin, que detestaba a los polacos, estaba muy preocupado porque los gobiernos de Francia y Gran Bretaña no habían conseguido poner coto a las ambiciones de Hitler. Por otro lado, el hecho de que no lo hubieran invitado un año antes a discutir el futuro de Checoslovaquia solo había servido para aumentar su resentimiento. Además, sospechaba que los británicos y los franceses solo querían meterlo en un conflicto con Alemania para no verse ellos obligados a recurrir a las armas. Como es de suponer, prefería que fueran los estados capitalistas los que se enzarzaran en una guerra de desgaste. El 18 de abril, Stalin puso a prueba a los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, ofreciéndoles una alianza que contemplaba la prestación de ayuda a cualquier país de Europa central que se viera amenazado por una fuerza agresora. Los británicos no sabían qué hacer. En un primer momento, dejándose llevar por su instinto, tanto lord Halifax, ministro de exteriores, como sir Alexander Cadogan, su secretario permanente, consideraron la démarche soviética una maniobra con fines «malévolos».12 Chamberlain temía que aceptar semejante propuesta solo iba a servir para provocar a Hitler. De hecho, fue lo que impulsó a Hitler a llegar a un acuerdo con el dictador soviético. En cualquier caso, polacos y rumanos recelaban de ese ofrecimiento. Temían, con razón, que la Unión Soviética exigiera que el Ejército Rojo pudiera entrar en sus territorios. Por su parte, los franceses, que desde antes de la Primera Guerra Mundial ya veían en Rusia su aliado natural contra Alemania, se mostraron mucho más receptivos a la idea de una alianza con la Unión Soviética. Y, dándose cuenta de que debían actuar conjuntamente con Gran Bretaña, comenzaron a presionar a Londres para que accediera a entablar negociaciones militares con Moscú. A Stalin no le sorprendió la vacilante reacción de los británicos, pues también tenía secretamente en su agenda un plan de expansión de las fronteras soviéticas por el oeste. Ya le había echado el ojo a la Besarabia rumana, a Finlandia, a los estados bálticos y a Polonia oriental, especialmente a los territorios de Bielorrusia y Ucrania cedidos a Polonia tras su victoria de 1920. Los británicos, reconociendo al final la conveniencia de un pacto con la Unión Soviética, no comenzaron a entablar negociaciones hasta finales de mayo. Sin embargo, Stalin sospechaba, no exento de razón, que lo único que quería el gobierno británico era ganar tiempo. Al dictador soviético le sorprendió aún menos la legación militar de franceses y británicos que el 5 de agosto, a bordo de un lento vapor, partió rumbo a Leningrado. El general Aimé Doumenc y el almirante sir Reginald Plunkett-Ernle-Erle-Drax no tenían ningún poder de decisión. Solo podían informar a París y a Londres. Su misión, en cualquier caso, estaba condenada al fracaso por otras razones. Doumenc y Drax se encontraron con un problema insalvable: la insistencia de Stalin en que las tropas del Ejército Rojo tuvieran derecho de paso por los territorios de Polonia y Rumania. Era una exigencia con la que ninguno de los dos países iba a transigir. Ambos estados sentían una desconfianza visceral hacia todos los comunistas, sobre todo a Stalin. El tiempo iba pasando mientras las estériles negociaciones se prolongaban hasta la segunda mitad de agosto, pero ni siquiera los franceses, que querían desesperadamente alcanzar un acuerdo, consiguieron convencer al gobierno de Polonia de que cediera en ese punto. El comandante en jefe de las fuerzas polacas, el mariscal Edward Śmigly-Rydz, dijo que «con los alemanes corremos el peligro de perder nuestra libertad, pero con los rusos perderíamos nuestra alma».13 Hitler, airado por la pretensión de británicos y franceses de incluir a Rumania en un pacto defensivo contra cualquier futura agresión de Alemania, decidió que había llegado la hora de considerar seriamente dar un paso impensable desde el punto de vista ideológico: firmar un acuerdo con los soviéticos. El 2 de agosto, Ribbentrop habló por primera vez de la idea de establecer un nuevo tipo de relación con el representante soviético en Berlín. «No hay ningún problema, desde el Báltico hasta el mar Negro», le dijo, «que no pueda ser resuelto entre nosotros dos».14 Ribbentrop no ocultó los planes alemanes de agredir Polonia, insinuando que podían dividirse el botín. Al cabo de dos días, el embajador alemán en Moscú comentó que su país estaba dispuesto a considerar los estados bálticos una zona bajo la esfera de influencia soviética. El 14 de agosto, Ribbentrop planteó la idea de visitar Moscú para comenzar las negociaciones. Molotov, el nuevo ministro soviético de asuntos exteriores, expresó su preocupación por el apoyo alemán a Japón, cuyas fuerzas seguían combatiendo con el Ejército Rojo a uno y otro lado del Khalkhin-Gol, poniendo, no obstante, de manifiesto la predisposición soviética a seguir con las negociaciones, especialmente en lo tocante a los estados bálticos. Para Stalin, los beneficios parecían cada vez más evidentes. En realidad, desde la firma del tratado de Munich, no había dejado de considerar la posibilidad de alcanzar un acuerdo con Hitler. En la primavera de 1939 se dio un paso más en este sentido. El 3 de mayo, tropas del NKVD rodearon el comisariado de asuntos exteriores. «Purga a los judíos del ministerio», fue la orden de Stalin. «Limpia bien la "sinagoga"».15 Maxim Litvinov, el veterano diplomático soviético, fue sustituido como ministro de asuntos exteriores por Vyacheslav Molotov, y diversos judíos fueron detenidos. Un acuerdo con Hitler permitiría a Stalin ocupar los estados bálticos y Besarabia, por no hablar de Polonia oriental si los alemanes invadían este país por el oeste. Y, como sabía que el siguiente paso de Hitler iba a ser contra Francia y Gran Bretaña, confiaba en que el poder alemán se debilitara en lo que esperaba que se convirtiera en una guerra sangrienta con el oeste capitalista. Ello le daría tiempo para reconstruir su Ejército Rojo, debilitado y desmoralizado en aquellos momentos por sus propias purgas. Para Hitler, un acuerdo con Stalin iba a permitirle comenzar su guerra, primero contra Polonia, y luego contra Francia y Gran Bretaña, incluso sin contar con aliados. El llamado «Pacto de Acero» firmado con Italia el 22 de mayo significaba muy poco, pues Mussolini no creía que su país estuviera preparado para la guerra hasta 1943. Hitler, sin embargo, seguía apostando por su corazonada de que Gran Bretaña y Francia se acobardarían y no entrarían en guerra cuando invadiera Polonia, por mucho que hubieran garantizado lo contrario. La propaganda de guerra de la Alemania nazi contra Polonia se intensificó. Los polacos fueron convertidos en los causantes de la invasión que estaba germinándose contra su país. Y Hitler tomó todas las precauciones necesarias para evitar cualquier tipo de negociación, pues esta vez no estaba dispuesto a verse privado de una guerra por unas concesiones acordadas en el último minuto. Para arrastrar a la opinión pública alemana en aquella empresa, no dudó en explotar el resentimiento de su pueblo hacia Polonia por haberse quedado con Prusia occidental y parte de Silesia tras el detestado acuerdo firmado en Versalles. La Ciudad Libre de Danzig y el corredor polaco que separaba Prusia oriental del resto del Reich fueron utilizados como ejemplos de las injusticias cometidas por el Tratado de Versalles. Pero el 23 de mayo, Hitler declaró que la guerra que se avecinaba no era por la Ciudad Libre de Danzig, sino por un Lebensraum en el este. Los informes que hablaban de la opresión a la que se veían sometidos los casi un millón de individuos de origen alemán de Polonia fueron manipulados burdamente. No es de sorprender que las constantes amenazas de Hitler a Polonia dieran lugar a una serie de medidas discriminatorias contra esas personas, y a finales de agosto unas setenta mil huyeron al Reich. Las declaraciones de los polacos, acusando a los individuos de origen alemán de participación en actos subversivos antes de que estallara la guerra, eran, casi con absoluta seguridad, falsas. En cualquier caso, la prensa alemana cada vez se hacía más eco de noticias que hablaban de persecuciones de las minorías alemanas en Polonia. El 17 de agosto, durante unas maniobras del ejército alemán a orillas del Elba, dos capitanes británicos de la embajada, que habían sido invitados en calidad de observadores, percibieron que los oficiales alemanes más jóvenes se mostraban «muy confiados y seguros de que el Ejército Alemán podía enfrentarse al mundo». 16 Sus generales y altos funcionarios del ministerio de exteriores, sin embargo, temían que la invasión de Polonia desencadenara un conflicto armado en Europa. Hitler seguía creyendo que los británicos al final no empuñarían las armas. En cualquier caso, pensaba, la firma inminente de un pacto con la Unión Soviética acabaría por tranquilizar a aquellos generales a los que les asustaba la posibilidad de que se desencadenara una guerra en dos frentes. Pero el 19 de agosto, por si los británicos y los franceses declaraban la guerra, el Grossadmiral Raeder ordenó que los acorazados de bolsillo Deutschland y Graf Spee, junto con dieciséis submarinos, se echaran a la mar y pusieran rumbo a aguas del Atlántico.17 El 21 de agosto, a las 11:30, el ministro de asuntos exteriores alemán anunció desde la Wilhelmstrasse que se había propuesto la firma de un pacto de no agresión nazi- soviético. Cuando en el Berghof se recibió la noticia de que Stalin estaba dispuesto a entablar negociaciones, se cuenta que Hitler, cerrando el puño en señal de victoria, dio un golpe en la mesa y exclamó ante los allí presentes: «¡Ya son míos! ¡Ya son míos!». 18 «En las cafeterías los alemanes demostraban su alegría, pues pensaban que aquello significaba la paz», observaría un miembro del personal de la embajada británica.19 Y el embajador, sir Nevile Henderson, informó a Londres poco después en los siguientes términos: «La primera impresión en Berlín fue de gran alivio... Una vez más, se ha visto reafirmada la fe del pueblo alemán en la capacidad de Herr Hitler para alcanzar sus objetivos sin entrar en una guerra».20 La noticia conmocionó a los británicos; pero para los franceses, que habían depositado muchas más esperanzas en un pacto con su aliado tradicional, Rusia, fue una verdadera bomba. Curiosamente, el generalísimo español, Francisco Franco, y las autoridades japonesas fueron los que quedaron más sorprendidos. Se sintieron traicionados, pues nadie les había dicho que el instigador del pacto anti- Comintern estaba deseando firmar en aquellos momentos una alianza con Moscú. El gobierno de Tokio se vino abajo al recibir la noticia, que, sin embargo, suponía un duro revés para Chiang Kai-shek y los nacionalistas chinos. El 23 de agosto, Ribbentrop realizó un vuelo histórico a la capital soviética. Apenas quedaban unas pocas cuestiones espinosas que aclarar en las negociaciones, pues los dos regímenes totalitarios se habían dividido Europa central en un protocolo secreto. Stalin exigió que se le concediera toda Letonia, a lo que Ribbentrop accedió tras consultarlo con Hitler por teléfono y recibir su aprobación. Una vez firmados el pacto público de no agresión y los protocolos secretos, Stalin propuso un brindis por Hitler, y le dijo a Ribbentrop que era perfectamente consciente del «gran amor que siente la nación alemana por su Führer». Aquel mismo día, en un último intento por evitar la guerra, sir Nevile Henderson se había dirigido a Berchtesgaden con una carta de Chamberlain. Pero Hitler se limitó simplemente a culpar a los británicos de apoyar a los polacos en su postura antialemana. Henderson, aunque era un ferviente partidario de la política de apaciguamiento, al final se convenció de que «el cabo de la pasada guerra estaba sumamente ansioso por demostrar lo que era capaz de hacer en la siguiente en calidad de generalísimo y conquistador».21 Aquella misma noche, Hitler ordenó que el ejército se preparara para invadir Polonia tres días después. A las 03:00 del 24 de agosto, la embajada británica en Berlín recibió un telegrama de Londres con una contraseña: «Raja». Los diplomáticos, algunos de ellos aún en pijama, empezaron a quemar documentos secretos. A mediodía, se comunicó a todos los súbditos británicos que debían abandonar el país. El embajador, aunque apenas había dormido tras su viaje a Berchtesgaden, jugó una partida de bridge con miembros de su personal aquella tarde. Al día siguiente, Henderson volvió a entrevistarse con Hitler, que ya había regresado a Berlín. El Führer se ofreció a firmar un pacto con Gran Bretaña una vez concluida la invasión de Polonia. Sin embargo, Henderson lo exasperó cuando respondió que, para alcanzar un acuerdo, Alemania debía desistir de su política de agresión y marchar, además, de Checoslovaquia. De nuevo, Hitler declaró que, si tenía que estallar una guerra, mejor que fuera entonces y no cuando tuviera cincuenta y cinco o sesenta años. Aquella noche, para verdadera sorpresa y consternación de Hitler, fue firmado oficialmente el pacto anglo-polaco. En Berlín, los diplomáticos británicos se prepararon para lo peor. «Habíamos trasladado todo nuestro equipaje personal al salón de recepciones de la embajada», escribiría uno de ellos, «que ya empezaba a parecer la estación Victoria tras la llegada de un tren procedente de alguna de las ciudades portuarias».22 Las embajadas y los consulados de Alemania en Gran Bretaña, Francia y Polonia recibieron instrucciones exigiendo que se ordenara a todos los ciudadanos alemanes que regresaran al Reich o se trasladaran a un país neutral. El sábado, 26 de agosto, el gobierno alemán canceló las celebraciones con motivo del XXV aniversario de la batalla de Tannenberg. Pero, en realidad, aquella ceremonia había sido utilizada para camuflar una concentración masiva de tropas en Prusia oriental. El viejo acorazado Schleswig- Holstein había llegado a las costas de Danzig el día anterior, supuestamente en visita de buena voluntad, pero sin haber informado previamente de ella a las autoridades polacas. Los depósitos del buque estaban llenos de bombas con las que los alemanes iban a atacar las posiciones polacas de la península de Westerplatte junto al estuario del Vístula. Aquel fin de semana los habitantes de Berlín disfrutaban de un tiempo espléndido. En Grünewald, a orillas del Wannsee, se concentraba un gran número de nadadores y de personas tumbadas al sol, que parecían ignorar la amenaza de una guerra, a pesar de que la radio ya había anunciado la inminente introducción de las cartillas de racionamiento. En la embajada británica, el personal empezó a beber las últimas botellas de champagne que quedaban en la bodega. Se había dado cuenta de que en las calles había cada vez más soldados, muchos de ellos calzados con botas nuevas de color amarillento que aún no habían sido debidamente ennegrecidas con betún. El inicio de la invasión había sido programado para aquel día, pero Hitler, ante la resolución de Gran Bretaña y de Francia de prestar apoyo a Polonia, había decidido la noche anterior que se aplazara la acción. Seguía esperando que los británicos dieran señales de vacilación. Sin embargo, incomprensiblemente, una unidad de los comandos de Brandenburgo, que no recibió a tiempo la orden de aplazamiento de la operación, se había adentrado en territorio polaco para ocupar un puente de importancia vital. Hitler, esperando aún poder responsabilizar a los polacos de la invasión, hizo ver que estaba dispuesto a entablar negociaciones tanto con Gran Bretaña como con Francia, y también con Polonia. Y puso en escena una farsa: no solo se negaba a exponer a las autoridades polacas los puntos de las posibles conversaciones, sino que advertía que no estaba dispuesto a recibir a ningún emisario de Varsovia, fijando, además, un plazo límite, la medianoche del 30 de agosto. También rechazaba la oferta de mediación del gobierno de Mussolini. El 28 de agosto, ordenó de nuevo que el ejército se preparara para comenzar la invasión el 1 de septiembre por la mañana. Ribbentrop, mientras tanto, se convirtió en una figura ilocalizable tanto para el embajador polaco como para el británico. Esta actitud concordaba con su postura habitual de mantenerse apartado y observar el desarrollo de los acontecimientos desde cierta distancia, ignorando a todos los que lo rodeaban como si no fueran dignos de compartir sus pensamientos. Al final, accedió a entrevistarse con Henderson el 30 de agosto, a medianoche, justo cuando expiraba el plazo para aceptar los términos de una paz que nunca habían sido comunicados. Según el informe de Henderson, Ribbentrop «elaboró un extenso documento que me leyó en voz alta en alemán, o más bien que me recitó atropelladamente, con un tono de máxima irritación... Cuando terminó, le pedí, como era de esperar, que me permitiera verlo. Herr von Ribbentrop se opuso categóricamente, arrojó el documento sobre la mesa con gesto de desprecio y dijo que ya había caducado porque no había llegado a Berlín emisario alguno de Polonia antes de que dieran las doce de la noche».23 Al día siguiente, Hitler emitió la Directiva n° 1 para la llamada operación «Caso Blanco», la invasión de Polonia, cuya puesta en marcha había venido gestándose durante los últimos cinco meses. En París, la noticia fue recibida con sombría resignación, por el recuerdo del más de un millón de muertos de la anterior guerra. En Gran Bretaña, aunque se había anunciado la evacuación masiva de niños de la ciudad de Londres para el i de septiembre, la mayoría de la población seguía creyendo que todo aquello no era más que una fanfarronada del líder nazi. Los polacos no pensaban lo mismo, aunque en Varsovia no se vieran signos de pánico, solo de determinación. El último intento nazi de construir un casus belli sería verdaderamente representativo de sus métodos. Ese acto de propaganda negra había sido planificado y organizado por el brazo derecho de Himmler, Reinhard Heydrich. Heydrich había formado un grupo de élite, seleccionado cuidadosamente entre los hombres de la SS de su mayor confianza. Dicho grupo debía simular un ataque contra un puesto aduanero alemán y contra la emisora de radio de la localidad fronteriza de Gleiwitz; a continuación tenía que transmitir un mensaje en polaco. Hombres de la SS se encargarían de ejecutar a unos cuantos prisioneros del campo de concentración de Sachsenhausen, previamente drogados y vestidos con uniformes polacos, cuyos cuerpos dejarían abandonados como testimonio del ataque. El 31 de agosto, por la tarde, Heydrich telefoneó al oficial que había dejado al mando del plan para ordenarle que diera la contraseña que indicaba la puesta en marcha de la operación: «¡Abuela fallecida!»24 Resulta escalofriantemente simbólico que las primeras víctimas de la Segunda Guerra Mundial en Europa fueran prisioneros de un campo de concentración asesinados para escenificar una burda farsa. 2 «LA DESTRUCCIÓN TOTAL DE POLONIA»1 (septiembre-diciembre de 1939) En las primeras horas del 1 de septiembre de 1939, las fuerzas alemanas estaban listas para cruzar la frontera polaca. Para todos sus efectivos, con la excepción de los veteranos de la Primera Guerra Mundial, iba a ser la primera experiencia en el campo de batalla. Como cualquier soldado, la mayoría de esos hombres se preguntaba en la soledad de la noche cuántas probabilidades tenían de sobrevivir y si iban a salir indemnes de aquella empresa. Mientras aguardaban la orden de encender motores, el comandante de uno de los tanques que se encontraban en la frontera de Silesia describió el fantasmagórico paisaje que lo rodeaba en los siguientes términos: «El bosque en tinieblas, la luna llena y una ligera neblina conforman un escenario irreal».2 A las 04:45 se dispararon desde el mar, cerca de Danzig, los primeros obuses. El Schleswig-Hotstein, un veterano de la batalla de Jutlandia, se había trasladado durante las últimas horas de la noche previas al alba a una posición próxima a las costas de la península de Westerplatte. Abrió fuego contra la fortaleza polaca con su armamento principal de 280 mm. Una compañía de las tropas de asalto de la Kriegsmarine, que había permanecido escondida a bordo del Schleswig-Holstein, lanzó más tarde un ataque en la costa, pero fue repelida con gran firmeza. En la ciudad de Danzig, los voluntarios polacos se volcaron en la defensa de las oficinas centrales de Correos situadas en Heveliusplatz, pero poco pudieron hacer cuando las tropas de asalto nazis, la SS y las fuerzas regulares alemanas comenzaron a ocupar sigilosamente la ciudad. Casi todos los supervivientes polacos fueron ejecutados tras la batalla. Las banderas nazis empezaron a ondear en los edificios públicos, y las campanas de las iglesias a sonar, mientras sacerdotes, profesores y maestros y otras figuras destacadas de la ciudad eran detenidas junto a los judíos.3 En el vecino campo de concentración de Stutthof tuvieron que acelerarse los trabajos para acomodar a los nuevos prisioneros que iban llegando. Más tarde, ya en plena guerra, Stutthof se convertiría en el principal centro de suministro de cuerpos humanos para los experimentos del Instituto Médico Anatómico de Danzig en los que se procesaban cadáveres para la obtención de cuero y jabón.4 La decisión de Hitler de retrasar seis días la invasión había supuesto para la Wehrmacht la oportunidad de movilizar y desplegar otras veintiuna divisiones de infantería y dos divisiones motorizadas más. En aquellos momentos, el ejército alemán contaba con casi tres millones de hombres, cuatrocientos mil caballos y doscientos mil vehículos.5 Un millón y medio de efectivos había sido trasladado a la frontera con Polonia, muchos de ellos provistos exclusivamente de cartuchos de fogueo con el pretexto de que iban a realizar ejercicios de maniobras. Pero cualquier duda sobre su verdadera misión quedó disipada cuando recibieron la orden de cargar sus armas con balas reales. No se procedió, en cambio, al despliegue de todas las fuerzas polacas, pues los gobiernos británico y francés habían advertido a Varsovia de que un llamamiento a las armas prematuro habría dado a Hitler la excusa perfecta para lanzar un ataque. Los polacos habían pospuesto la orden de movilización general al 28 de agosto, pero luego, al día siguiente, volvieron a cancelarla cuando los embajadores de Francia y Gran Bretaña les instaron a contener la acción en la esperanza de que, en el último minuto, fructificaran las negociaciones diplomáticas. Al final, la orden fue dada el 30 de agosto. Pero tantos cambios habían dado lugar a una situación de verdadero caos. Solo alrededor de un tercio de las tropas de vanguardia polacas se encontraban en su puesto el 1 de septiembre. Su única esperanza era resistir hasta que los franceses lanzaran en el oeste la ofensiva prometida. El general Maurice Gamelin, el comandante en jefe francés, les había garantizado el 19 de mayo que dicha ofensiva tendría lugar con «el grueso de sus fuerzas»6 como máximo quince días después de que su gobierno ordenara la movilización. Pero los tiempos, al igual que la geografía, no favorecieron a los polacos. Los alemanes no tardarían en alcanzar el corazón de su país desde Prusia oriental por el norte, Pomerania y Silesia por el oeste y la Eslovaquia bajo control nazi por el sur. Desconocedor del protocolo secreto del pacto Molotov-Ribbentrop, el gobierno polaco no puso empeño en establecer una férrea defensa en la frontera oriental. La idea de una doble invasión coordinada conjuntamente por los gobiernos nazi y soviético seguía pareciendo una paradoja política demasiado lejana. A las 04:50 del 1 de septiembre, mientras esperaban recibir la orden de ataque, las tropas alemanas pudieron oír el rugido de los motores de los aparatos aéreos que se acercaban por la retaguardia. Y cuando la nube de aviones Stuka, Messerschmitt y Heinkel pasaba por encima de sus cabezas, los soldados del Reich comenzaron a proferir gritos de júbilo, sabedores de que la Luftwaffe se dirigía hacia los aeródromos polacos para llevar a cabo un ataque preventivo. Sus oficiales les habían informado de que los polacos responderían con tácticas engañosas, utilizando francotiradores civiles y prácticas de sabotaje.7 Se decía que los judíos polacos eran «amigos de los bolcheviques y germanófobos».8 El plan de la Wehrmacht consistía en invadir Polonia simultáneamente desde el norte, desde el oeste y desde el sur. Su avance debía ser «rápido e implacable», 9 utilizando tanto columnas blindadas como aviones de la Luftwaffe para coger por sorpresa a los polacos antes de que estos pudieran establecer unas líneas defensivas adecuadas. Las formaciones del Grupo de Ejércitos Norte atacarían desde Pomerania y Prusia oriental. Su prioridad sería enlazar en el corredor de Danzig y avanzar hacia Varsovia en dirección sudeste. El Grupo de Ejércitos Sur, a las órdenes del coronel general Gerd von Rundstedt, tenía que avanzar rápidamente desde el sur de Silesia hacia Varsovia formando un gran frente. El objetivo era que los dos grupos de ejércitos cortaran el paso al grueso de las fuerzas polacas que se encontraban al oeste del Vístula. El X Ejército, situado en el centro de aquella hoz en el sur, disponía del mayor número de formaciones motorizadas. Por su derecha, el XIV Ejército avanzaría hacia Cracovia, mientras tres divisiones de montaña, una división panzer, una división motorizada y tres divisiones eslovacas atacaban hacia el norte desde Eslovaquia, estado títere de los alemanes. En el centro de Berlín, la mañana de la invasión, formaciones de guardias de la SS ocupaban a Wilhelmstrasse y la Pariser Platz mientras Hitler se dirigía desde la cancillería del Reich hasta la Ópera de Kroll, donde el Reichstag celebraba sus sesiones tras el famoso incendio de su sede. El Führer manifestó que sus razonables peticiones a Polonia, aquellas que con tanta cautela había evitado exponer al gobierno de Varsovia, habían sido rechazadas. Ese «plan de paz de dieciséis puntos» fue publicado aquel mismo día en un cínico intento de demostrar que las autoridades polacas eran las únicas responsables del conflicto. Para júbilo de todos los presentes, anunció la recuperación de Danzig para el Reich.10 El diplomático suizo Carl-Jakob Burckhardt, alto comisionado de la Sociedad de Naciones para esta ciudad, fue obligado a abandonarla de inmediato. En Londres, una vez aclaradas ciertas dudas referentes al modo en que se había desarrollado la invasión, Chamberlain dio la orden de movilización general. Hacía diez días que Gran Bretaña había dado los primeros pasos con el fin de prepararse para la guerra. Chamberlain no había querido ordenar una movilización total por miedo a que ello provocara, como ocurrió en 1914, una reacción en cadena en Europa. Las defensas antiaéreas y las de las costas habían sido su principal prioridad. En cuanto se tuvo noticia de la invasión alemana, su postura dio un giro de ciento ochenta grados. En aquellos momentos nadie podía creer que las declaraciones de Hitler habían sido simples faroles. En el país y en la Cámara de los Comunes los ánimos estaban mucho más exacerbados que un año atrás, cuando la crisis de Munich. No obstante, el Gabinete y el Foreign Office tardaron casi todo el día en redactar un ultimátum dirigido a Hitler exigiendo que retirara sus tropas de Polonia. Pero cuando ya estuvo terminado, el documento en cuestión distaba mucho de parecer un verdadero ultimátum, pues en él no se fijaba plazo alguno para cumplir con lo requerido. Al día siguiente de recibirse en el consejo de ministros francés un informe de Robert Coulondre desde Berlín, Daladier dio la orden de movilización general. «La palabra guerra, propiamente dicha, no será pronunciada en el curso de este Consejo», dijo uno de los asistentes al mismo.11 Se hizo referencia a la guerra solo con eufemismos. También se dictaron instrucciones para proceder a la evacuación de niños en ambas capitales. Todos suponían que las hostilidades comenzarían con numerosas incursiones aéreas de los bombarderos alemanes. Aquella misma noche se impuso un apagón eléctrico general. En París las noticias de la invasión habían provocado una gran conmoción, pues durante los últimos días habían aumentado las esperanzas de que pudiera evitarse el estallido de un conflicto bélico en Europa. Georges Bonnet, ministro de exteriores y el más firme partidario del apaciguamiento, culpaba a los polacos por su «estúpida y obstinada actitud».12 Continuaba queriendo recurrir a Mussolini para que actuara como mediador con el fin de llegar a otro acuerdo como el de Munich. Pero la mobilisation genérale siguió adelante, con trenes llenos de reservistas partiendo de la Gare de l'Est de París rumbo a Metz y a Estrasburgo. Como cabía esperar, en el gobierno polaco de Varsovia se empezaba a temer que los Aliados volvieran a tener miedo de enfrentarse a Hitler. Incluso algunos políticos de Londres sospecharon, por la imprecisión de la nota emitida y por la ausencia en ella de un plazo determinado de tiempo, que Chamberlain quisiera intentar rehuir su compromiso con Polonia. Pero lo cierto es que Gran Bretaña y Francia estaban siguiendo las vías diplomáticas convencionales, como si con ello estuvieran marcando las diferencias con los partidarios de una Blitzkrieg no declarada. En Berlín, la noche del 1 de septiembre seguía siendo atípicamente densa y calurosa. La luz de la luna iluminaba las calles oscuras de la capital del Reich que en aquellos momentos sufría un apagón eléctrico general por temor a posibles incursiones aéreas de los polacos. También se impuso otro tipo de apagón. Goebbels decretó una ley en virtud de la cual quedaba terminantemente prohibido escuchar emisiones radiofónicas extranjeras. Ribbentrop se negó a recibir la visita conjunta de los embajadores británico y francés, de modo que a las 21:20 Henderson entregó la carta exigiendo la retirada inmediata de las fuerzas alemanas que habían entrado en Polonia. Media hora después Coulondre entregaba la versión francesa de esta petición. Hitler, tal vez incitado por la poca contundencia de dichas misivas, seguía estando convencido de que, en el último momento, los gobiernos de ambos emisarios se echarían atrás. Al día siguiente, antes de trasladarse al hotel Adlon, situado a la vuelta de la esquina, el personal de la embajada británica se despidió de los alemanes que estaban a su servicio. Dio la impresión de que las capitales de las tres naciones entraban en una especie de limbo diplomático. En Londres volvió a pensarse en una nueva posibilidad de apaciguamiento, pero el retraso se debía a una petición del gobierno francés, pues este necesitaba más tiempo para movilizar a sus reservistas y proceder a la evacuación de civiles. Los dos gobiernos estaban convencidos de la necesidad de una actuación conjunta, pero Georges Bonnet y sus aliados seguían esforzándose por posponer el funesto momento. Por desgracia, Daladier, cuya falta de resolución era notoria, permitía que Bonnet siguiera alentando la idea de celebrar una conferencia internacional con el gobierno fascista de Roma. Bonnet se puso en comunicación telefónica con Londres para solicitar el apoyo inglés, pero tanto lord Halifax, ministro de exteriores británico, como Chamberlain, hicieron hincapié en que no había nada de qué hablar mientras las tropas alemanas siguieran en territorio polaco. Más tarde, Halifax también se puso en comunicación telefónica con Ciano para despejar cualquier posible duda en este sentido. La frustración por no haber conseguido fijar un plazo en el impreciso ultimátum había provocado una crisis de gobierno en Londres a última hora de aquella tarde. Chamberlain y Halifax explicaron que era necesario actuar codo con codo con los franceses, lo que significaba que de estos dependía la decisión final. Pero los escépticos, con el respaldo de los jefes del estado mayor que se encontraban presentes, rechazaron esta lógica. Su temor era que, sin una iniciativa firme por parte de Gran Bretaña, los franceses no dieran ningún paso. Había que fijar un plazo de tiempo. Chamberlain estaba aún más conmocionado por la manera en la que había sido recibido en la Cámara de los Comunes hacía apenas tres horas. Los argumentos que había esgrimido para justificar su tardanza en declarar la guerra fueron escuchados con un silencio hostil. Luego, cuando Arthur Greenwood, actuando como líder del Partido Laborista, se levantó para responderle, pudo oírse gritar incluso a algunos de los conservadores más acérrimos, «¡Habla en nombre de Inglaterra!» Greenwood dejó bien claro que Chamberlain tenía que dar una respuesta a la Cámara a la mañana siguiente. Aquella noche, mientras en Londres resonaban con furia los truenos de una fuerte tormenta, Chamberlain y Halifax se reunieron con el embajador francés, Charles Corbin, en Downing Street. Se pusieron en comunicación telefónica con París para hablar con Daladier y Bonnet. El gobierno galo seguía insistiendo en que no se le pusiera prisa, aunque Daladier ya hubiera recibido hacía unas pocas horas el apoyo unánime de la Chambre des Députés para entrar en guerra. (Sin embargo, la palabra «guerra» propiamente dicha seguía evitándose supersticiosamente en los círculos oficiales franceses. En su lugar se habían utilizado durante los debates en el Palais Bourbon eufemismos como las «obligations de la situation Internationale».) Como Chamberlain, llegado este punto, ya estaba plenamente convencido de que su gobierno iba a caer al día siguiente si no se presentaba un ultimátum rotundo, Daladier acabó por aceptar que la respuesta firme de su país no podía ser objeto de más dilaciones. Dio su promesa de que Francia también presentaría su ultimátum al día siguiente. A continuación, Chamberlain reunió a los miembros del Gabinete británico. Poco antes de la medianoche quedó redactado y aprobado el ultimátum definitivo. Sería presentado en Berlín al día siguiente, a las 09:00, por sir Nevile Henderson, y expiraría dos horas después. La mañana del domingo, 3 de septiembre, sir Nevile Henderson cumplió al pie de la letra las instrucciones que había recibido. Hitler, al que Ribbentrop había asegurado una y otra vez que los británicos se echarían atrás en el último momento, quedó petrificado. Cuando terminaron de leerle el texto del ultimátum, se produjo un largo silencio. Finalmente, el Führer, dirigiendo su mirada a Ribbentrop, preguntó furioso: «¿Y ahora qué?»13 Ribbentrop, un tipo arrogante y afectado, cuya propia suegra no había dudado en describirle como «un tonto extremadamente peligroso»,14 llevaba tiempo garantizándole a Hitler que sabía perfectamente cómo iban a reaccionar los británicos. En aquellos momentos acababa de quedarse sin respuesta. Cuando más tarde Coulondre entregó el ultimátum francés, Göring, dirigiéndose al intérprete de Hitler, comentó: «¡Que el cielo se apiade de nosotros si perdemos esta guerra!». Tras la tormenta de la noche anterior, Londres amaneció con el cielo sereno y despejado. No había llegado respuesta alguna de Berlín al ultimátum cuando el Big Ben repicó once veces. Desde Berlín, Henderson confirmó telefónicamente que tampoco tenía noticias. Uno de los secretarios a su servicio detuvo el reloj de la embajada cuando este marcaba las once, y en la tapa de cristal que cubría su esfera pegó un papel en el que se decía que el aparato no volvería a funcionar hasta que Hitler hubiera sido derrotado. A las 11:15, Chamberlain se dirigió por radio a la nación desde la sala de reuniones del gabinete en el n°10 de Downing Street. En todo el país, hombres y mujeres se pusieron en pie cuando al finalizar la transmisión sonó el himno nacional. A muchos se les saltaron las lágrimas. El primer ministro había hablado con sencillez y elocuencia, pero gran parte de la población destacaría cuan triste y cansado había parecido el tono de su voz. En cuanto terminó de pronunciar su brevísimo discurso, saltaron las sirenas que anunciaban la inminencia de un ataque aéreo. En tropel, hombres y mujeres de todas las edades y condición se dirigieron a sótanos y refugios, esperando que el cielo se cubriera con la llegada de enjambres de aviones negros. Pero se trataba de una falsa alarma, y no tardó en oírse la señal de «todo despejado». Una reacción muy británica y generalizada fue poner a calentar agua en una caldera para preparar el té. Y en numerosísimos casos, sin embargo, la reacción distó mucho de ser flemática, como demuestra un informe de la organización Mass Observation. «De casi todas las poblaciones de cierta importancia se dijo que durante los primeros días de la guerra habían sido bombardeadas hasta quedar en ruinas», comunicaba el documento. «Centenares de individuos habían visto aviones precipitándose en llamas».15 A los soldados que cruzaban la ciudad en los camiones de tres toneladas del ejército se les podía oír entonar It's a long way to Tipperary, canción que, a pesar de su alegre música, recordaba a la gente los horrores de la Primera Guerra Mundial. Londres estaba poniendo en marcha su aparato de guerra. En Hyde Park, enfrente del cuartel de Knightsbridge, las excavadoras a vapor comenzaron a remover toneladas de tierra con las que habrían de rellenarse los sacos que serían utilizados para proteger edificios gubernamentales. La Guardia Real del palacio de Buckingham había cambiado sus gorros de piel de oso y sus casacas rojas por otra indumentaria. En aquellos momentos llevaban cascos metálicos, trajes de faena y bayonetas afiladas. Por todo Londres se veía cómo flotaban los globos de barrera plateados que cambiaban por completo el paisaje de la ciudad. En los característicos buzones de correos de color rojo había parches de pintura amarilla capaz de detectar gases venenosos. En las ventanas se habían pegado tiras de papel adhesivo para minimizar el peligro de las posibles roturas de cristales. La población de la ciudad también cambió, con muchos más uniformes y numerosos civiles que llevaban sus máscaras antigás en cajas de cartón. Las estaciones ferroviarias se llenaron de niños evacuados que llevaban colgadas de la ropa etiquetas de identificación con su nombre y dirección, y muñecas de trapo y ositos de peluche entre los brazos. Por la noche, debido a la orden de apagón general, todo resultaba completamente irreconocible. Solo unos pocos se aventuraban a transitar muy cautelosamente con sus vehículos con los faros medio tapados. Muchos se limitaban simplemente a quedarse en casa a escuchar la BBC por la radio con las cortinas corridas.16 Australia y Nueva Zelanda también declararon la guerra a Alemania aquel mismo día. El gobierno británico de la India hizo lo mismo, pero sin consultarlo con ningún líder indio. Sudáfrica la declaró tres días más tarde, después de un cambio de gobierno, y Canadá entró oficialmente en guerra al cabo de una semana. Esa noche el crucero británico Athenia fue hundido por el submarino alemán U-30. De las ciento doce personas que perecieron en el incidente, veintiocho eran de origen norteamericano.17 Uno de los asuntos examinados a lo largo de aquel día fue la decisión de Chamberlain, escasamente entusiasta, de hacer entrar en el gobierno al hombre que más crítico se había mostrado con él. El regreso de Churchill al Almirantazgo hizo que el Primer Lord del Mar comunicara a todos los buques de la Marina Real: «¡Winston ha vuelto!». En Berlín hubo muy pocas celebraciones cuando se dio la noticia de que Gran Bretaña había declarado la guerra. Casi todos los alemanes quedaron perplejos y abatidos. Habían confiado en la extraordinaria racha de suerte de su Führer, pensando que esta también le permitiría obtener una victoria rotunda sobre Polonia sin que se desencadenara ningún conflicto en Europa. Además, a pesar de todos los intentos de prevaricación de Bonnet, el plazo que daba el ultimátum francés (cuyo texto seguía evitando la palabra maldita, «guerra») expiraba a las 17:00 horas. Aunque la postura predominante en Francia era reconocer con resignación que «il faut en finir» —«hay que acabar con ello»—, parecía que la izquierda antimilitarista coincidía con los derrotistas de derechas en no querer «morir por Danzig». Y lo que resultaba más alarmante: algunos oficiales franceses empezaban a convencerse de que los británicos los habían empujado a la guerra. «Es para ponernos ante el hecho consumado», escribió el general Paul de Villelume, oficial de enlace en jefe con el gobierno, «pues los ingleses tienen miedo de que nos volvamos blandos».18 Nueve meses más tarde ejercería una nefasta influencia derrotista en el siguiente primer ministro de Francia, Paul Reynaud. No obstante, la noticia de la doble declaración de guerra produjo escenas de gran júbilo en las calles de Varsovia. Desconocedora de las reticencias francesas, una multitud de entusiasmados polacos se congregó frente a las embajadas de los dos países. Los himnos nacionales de los tres aliados sonaban constantemente por la radio. El optimismo desmesurado convenció a muchos polacos de que la prometida ofensiva francesa iba a cambiar rápidamente el curso de la guerra a su favor. En otras zonas del país se produjeron, sin embargo, escenas mucho menos emotivas. Algunos polacos se volvieron contra sus vecinos de origen alemán para vengarse de la invasión. En medio del pánico, la rabia y el caos provocados por aquella guerra repentina, la población de origen alemán fue víctima de agresiones en diversas localidades. En Bydgoszcz (Bromberg en alemán), el 3 de septiembre, una serie de tiroteos efectuados de manera aleatoria en las calles de la ciudad contra ciudadanos polacos desencadenó una matanza en la que perdieron la vida doscientas veintitrés personas de origen germano, aunque la historia oficial alemana eleva esta cifra a mil.19 El número total de individuos de origen alemán asesinados en Polonia varía según los cálculos, pues unos hablan de dos mil y otros incluso de trece mil, pero lo más probable es que fueran alrededor de seis mil. Más tarde, Goebbels elevaría la cifra a cincuenta y ocho mil, en su intento por justificar el programa alemán de limpieza racial emprendido contra los polacos. Aquel primer día de guerra en Europa, el IV Ejército alemán que lanzaba un ataque desde Pomerania consiguió por fin asegurar el corredor de Danzig en el punto en que este más se ensanchaba. Prusia oriental quedó anexionada al resto del Reich. Varios elementos de la avanzadilla del IV Ejército también ocuparon una cabeza de puente en el bajo Vístula. El III Ejército, en su avance desde Prusia oriental, marchó hacia el sureste, en dirección al río Narew, con la intención de rodear Modlin y Varsovia. El Grupo de Ejércitos Sur, por su parte, obligó a los ejércitos de Łódź y de Cracovia a emprender la retirada, provocando un gran número de bajas. La Luftwaffe, tras haber acabado con el grueso de las fuerzas aéreas polacas, comenzó a concentrarse en apoyar a sus tropas de tierra y a destruir ciudades tras las líneas polacas con el fin de bloquear las comunicaciones. Los soldados alemanes no tardaron en expresar una mezcla de horror y desdén por el estado de miseria que presentaban las aldeas polacas por las que iban pasando. En muchas de ellas parecía que no había ningún polaco, solo judíos. Las describieron como lugares «terriblemente sucios y culturalmente muy atrasados».20 El sentimiento de desprecio de los soldados alemanes aumentó aún más cuando vieron a «judíos orientales» con largas barbas y vestidos con caftanes. Su aspecto físico, su «mirada huidiza»21 y la manera «zalamera»22 con la que «se quitaban respetuosamente el sombrero»23 parecían encajar mucho mejor con las caricaturas de la propaganda nazi del semanario Der Stürmer,24 obsesivamente antisemita, que con los habitantes de origen judío perfectamente integrados en la sociedad alemana que habían conocido en el Reich. «Cualquiera que todavía no fuera un antisemita radical», escribió un Gefreiter (cabo), «lo sería después de ver esto».25 Los reclutas alemanes, no ya solo los miembros de la SS, comenzaron a disfrutar maltratando a los judíos, propinándoles palizas, cortando las barbas de los ancianos, humillando, e incluso violando, a las mujeres jóvenes (a pesar de las leyes de Nuremberg que prohibían cualquier tipo de contacto sexual con judíos) y prendiendo fuego a las sinagogas. Lo que sobre todo recordaban los soldados eran las advertencias que habían recibido acerca del peligro de posibles sabotajes y de los disparos a traición de los francotiradores. Cuando se oía un disparo aislado, solía sospecharse de cualquier judío que anduviera por allí, aunque fuera mucho más probable que se tratara de un ataque de partisanos polacos. Al parecer, se produjeron diversas matanzas después de que algún centinela, asustado, abriera fuego, y se unieran al tiroteo el resto de sus compañeros, llegando a veces a matarse unos a otros. Los oficiales estaban sumamente preocupados por la falta de rigor a la hora de abrir fuego, pero daba la impresión de que eran incapaces de detener lo que denominaban una Freischärlerpsychose26 esto es, un miedo obsesivo a recibir un disparo de algún civil armado. (A veces lo llamaban una Heckenschützenpsychose, esto es, la obsesión de que alguien disparara contra ellos oculto tras un seto.) Pero fueron pocos los oficiales que intervinieron para detener los horribles actos de represalia que más tarde se produjeron. Los soldados alemanes comenzarían a lanzar granadas en los sótanos de las casas, que eran los lugares en los que solían refugiarse las familias, no los partisanos. En su opinión, semejantes prácticas no eran crímenes de guerra, sino actos de legítima defensa. La continua obsesión del ejército alemán con los francotiradores dio lugar a un patrón sistemático de ejecuciones sumarísimas y de quema de pueblos y aldeas. Muy pocas unidades quisieron perder tiempo con procedimientos legales. En su opinión, los polacos y los judíos simplemente no merecían un trato tan exquisito. Algunas formaciones destacaron más que otras en la ejecución y el asesinato de civiles. Según parece, la guardia personal armada del Führer, la SS Leibstandarte Adolf Hitler, fue la peor. Sin embargo, en su mayoría las matanzas fueron llevadas a cabo en la retaguardia por Einsatzgruppen de la SS, por la Policía de Seguridad y por la milicia del Volksdeutscher Selbstschutz (Autodefensa del Pueblo Alemán), cuya sed de venganza era insaciable. Las fuentes alemanas dicen que en el curso de los cinco días de campaña fueron ejecutados más de dieciséis mil civiles.27 La cifra real probablemente sea muy superior, pues rondó los sesenta y cinco mil a finales de año. Unos diez mil polacos y judíos fueron asesinados por las milicias germanas en unas canteras cerca de Mniszek, y otros ocho mil en un bosque próximo a Karlshof.28 También se prendió fuego a casas, y a veces a aldeas enteras, a modo de represalia colectiva. En total, fueron más de quinientos los pueblos y aldeas arrasados. En algunos lugares, la línea del avance alemán quedaba marcada por la noche por un resplandor rojizo en el horizonte provocado por las aldeas y las granjas en llamas. Los judíos, al igual que los polacos, no tardaron en buscar escondites en los que refugiarse cuando llegaban las tropas alemanas. Esta circunstancia aumentaba el nerviosismo de los soldados, pues estaban convencidos de que no solo eran observados desde las ventanas de los sótanos y los tragaluces, sino que también les apuntaban armas que no podían ver. A veces, da la impresión de que muchos soldados quisieran destruir lo que consideraban unas aldeas insalubres y hostiles para que la infección que a su juicio estas suponían no lograra expandirse a la vecina Alemania. Sin embargo, esta idea no impidió que se dedicaran al saqueo en cuanto tenían la oportunidad: dinero, ropa, joyas, alimentos, sábanas y mantas. Y en lo que cabría calificar de una confusión más de causa y efecto: el odio que encontraban a medida que avanzaban parecía en cierto sentido justificar la propia invasión. Aunque a menudo combatiera con desesperación y evidente bravura y arrojo, el ejército polaco tenía dos graves carencias: un armamento obsoleto y, sobre todo, falta de aparatos de radio. La retirada de una formación no podía ser comunicada a las que se encontraban a sus flancos, con unas consecuencias desastrosas. El mariscal Śmigły-Rydz, su comandante en jefe, ya se había convencido de que la guerra estaba perdida. Incluso si los franceses lanzaban al final la ofensiva prometida, esta llegaría demasiado tarde. El 4 de septiembre, Hitler, cada vez más seguro de su triunfo, dijo a Goebbels que no temía un ataque por el oeste. Pronosticaba allí una Kartoffelkrieg,29 una «guerra de la patata» estacionaria. La antigua ciudad universitaria de Cracovia fue ocupada el 6 de septiembre por el XIV Ejército, y el Grupo de Ejércitos Sur de Rundstedt seguía implacablemente su avance mientras los defensores de Polonia huían en retirada. Pero al cabo de tres días, al alto mando del ejército —el OKH, esto es, el Oberkommando des Heeres — empezó a preocuparle la posibilidad de que los ejércitos polacos trataran de evitar la operación de envolvimiento planeada al oeste del Vístula. Dos cuerpos del Grupo de Ejércitos Norte recibieron, pues, la orden de avanzar más hacia el este, si era necesario hasta la línea del Bug, o más allá de este río, para atrapar al enemigo en una segunda línea. Cerca de Danzig, los heroicos polacos encargados de la defensa de las posiciones de Westerplatte, tras quedarse sin municiones, se vieron obligados a deponer las armas el 7 de septiembre después de sufrir los constantes ataques de los bombarderos Stuka y de las baterías del Schleswig- Holstein. El viejo acorazado puso a continuación rumbo al norte para participar en el ataque al puerto de Gdynia, que cayó el 19 de septiembre. En Polonia central, la resistencia había ido endureciéndose a medida que los alemanes se aproximaban a la capital. Una columna de la 4.ª División Panzer llegó a las inmediaciones de la ciudad el 10 de septiembre, pero fue obligada a emprender una veloz retirada. La firme determinación de los polacos de pelear ferozmente por Varsovia se puso en evidencia con la concentración en la margen derecha del Vístula de su artillería, dispuesta a abrir fuego contra su propia ciudad. El 11 de septiembre, la Unión Soviética retiró a su embajador y a su personal diplomático de Varsovia, pero los polacos seguían ignorando la puñalada trapera que les preparaban por el este. En otros lugares, las operaciones de envolvimiento de tropas polacas llevadas a cabo por los alemanes con la ayuda de sus fuerzas mecanizadas ya habían comenzado a producir cantidades ingentes de prisioneros. El 16 de septiembre, los alemanes empezaron una gran batalla de envolvimiento a unos ochenta kilómetros al este de Varsovia, después de atrapar a dos ejércitos polacos en la confluencia del río Bzura con el Vístula. Con los ataques de la Luftwaffe allí donde se concentraban las tropas se logró acabar con la férrea resistencia que ofrecían los polacos. Fueron hechos prisioneros unos ciento veinte mil hombres. Ante el poderío de los impecables aviones Messerschmitt, poco pudo hacer la valiente fuerza aérea polaca con sus apenas ciento cincuenta y nueve P-11, unos aparatos obsoletos que, más que cazas, parecían Lysanders.* Pronto se esfumaron las pocas esperanzas que abrigaban los polacos de ser salvados por una ofensiva aliada en el oeste. El general Gamelin, con el apoyo del primer ministro francés, Daladier, se negó a dar ningún paso hasta que se hubiera desplegado la Fuerza Expedicionaria Británica y se hubieran movilizado a todos sus reservistas. También dijo que Francia necesitaba adquirir equipamiento militar de Estados Unidos. En cualquier caso, la doctrina militar francesa era fundamentalmente defensiva. Gamelin, a pesar de su promesa a los polacos, quiso desentenderse de la posibilidad de llevar a cabo una gran ofensiva, convencido de que superar la barrera formada por el valle del Rin y la línea defensiva alemana del Muro del Oeste era una hazaña impracticable. Los británicos apenas mostraron mayor agresividad en su postura. El nombre que daban al Muro del Oeste era «línea Sigfrido», en la que, según una jocosa y célebre canción de los tiempos de la «guerra extraña», querían colgar su colada. Los británicos consideraban que el tiempo estaba de su parte, con la curiosa lógica de que la mejor estrategia era el bloqueo de Alemania, estratagema muy poco efectiva, pues era evidente que la Unión Soviética habría podido ayudar a Hitler a conseguir todo lo necesario para su industria de guerra. Muchos británicos sentían vergüenza por la falta de agresividad demostrada a la hora de ayudar a los polacos. La RAF comenzó a sobrevolar territorio alemán, lanzando panfletos de propaganda, lo que suscitó numerosos comentarios en tono jocoso que hablaban del «Mein Pamf»30 y de una «guerra de confeti». Una incursión aérea de los bombarderos británicos contra la base naval alemana de Wilhelmshaven efectuada el 4 de septiembre había resultado humillantemente inefectiva. Grupos de avanzadilla de la BEF, esto es, la Fuerza Expedicionaria Británica, desembarcaron en Francia aquel mismo día, y a lo largo de las cinco semanas siguientes un total de ciento cincuenta y ocho mil efectivos cruzaría el canal. Pero hasta diciembre no se produciría enfrentamiento alguno con las fuerzas alemanas. Lo único que hicieron prácticamente los franceses fue avanzar unos pocos kilómetros en territorio alemán, llegando a las inmediaciones de Saarbrücken. En un principio, los alemanes temieron que se produjera un gran ataque. Con el grueso de su ejército en Polonia, Hitler estaba especialmente preocupado, pero la naturaleza tan limitada de aquella ofensiva puso de manifiesto que se trataba simplemente de un mero gesto simbólico. El OKW (Oberkommando der Wehrmacht, esto es, Alto Mando de la Wehrmacht) no tardó en recuperar la calma. No había necesidad de proceder al traslado de tropas. Los franceses y los británicos habían fracasado vergonzosamente en el cumplimiento de sus obligaciones, sobre todo si se tenía en cuenta que en el mes de julio los polacos ya les habían entregado sus réplicas de la máquina de cifrado alemana Enigma. El 17 de septiembre, el martirio de Polonia quedó sellado cuando las fuerzas soviéticas cruzaron su frontera oriental en virtud del protocolo secreto firmado en Moscú hacía apenas un mes. A los alemanes les sorprendió que no lo hubieran hecho antes, pero Stalin había considerado que, si atacaba demasiado pronto, los Aliados occidentales probablemente se habrían visto en la obligación de declarar la guerra también a la Unión Soviética. Los rusos afirmaban, con lo que tal vez deberíamos calificar de cinismo predecible, que las provocaciones de Polonia les habían obligado a intervenir con el fin de proteger a las minorías bielorrusas y ucranianas. Además, el Kremlin sostenía que la Unión Soviética ya no tenía que responder al tratado de no agresión firmado con Polonia porque el gobierno de Varsovia había dejado de existir. En efecto, el gobierno polaco había abandonado Varsovia aquella misma mañana, pero simplemente para huir de allí antes de caer presa de las fuerzas soviéticas. Sus ministros tuvieron que dirigirse a toda prisa a la frontera rumana, antes de que el camino quedara cortado por las unidades del Ejército Rojo que avanzaban desde Kamenets Podolsk, en el suroeste de Ucrania. El embotellamiento de vehículos militares y de automóviles civiles que se produjo en los puestos fronterizos fue inmenso, pero al final aquella noche se permitió el paso de los polacos derrotados. Antes de entrar en Rumania, casi todos cogieron un puñado de tierra o una piedra de su país. Muchos lloraban. Algunos optaron por acabar con su vida. El pueblo rumano se mostró comprensivo con los exiliados, pero su gobierno estaba presionado por los alemanes, que exigía la repatriación de los polacos. Los sobornos salvaron a la mayoría de ellos de la detención y el internamiento, siempre y cuando el oficial al mando no fuera un adepto del movimiento fascista «Guardia de Hierro». Algunos lograron escapar en pequeños grupos. Otros grupos más grandes, organizados por las autoridades polacas en Bucarest, partieron en barco de Constanza y otros puertos del mar Negro rumbo a Francia. Varios huyeron por Hungría, Yugoslavia y Grecia, y unos pocos, que toparían con muchas más dificultades, se dirigieron a los estados bálticos para luego pasar a Suecia.31 Siguiendo instrucciones de Hitler, el OKW emitió inmediatamente una orden dirigida a las formaciones alemanas presentes al otro lado del Bug para que se prepararan para abandonar la zona. El acuerdo de estrecha colaboración entre Berlín y Moscú garantizaba que la retirada de los alemanes de la zona concedida a la Unión Soviética en virtud del protocolo secreto estaría coordinada con el avance de las formaciones del Ejército Rojo. El primer contacto entre las fuerzas de los dos países de aquella efímera alianza tuvo lugar al norte de Brest- Litovsk (la Brześć de los polacos). Y el 22 de septiembre, la gran fortaleza de esta ciudad fue entregada al Ejército Rojo con un ceremonioso desfile. Para desgracia de los oficiales soviéticos vinculados con este episodio, aquel contacto con oficiales alemanes los convertiría más tarde en objetivo principal de las detenciones efectuadas por el NKVD de Beria. La resistencia polaca siguió activa; sus formaciones, rodeadas, seguían intentando abrirse paso, y elementos aislados de su ejército crearon grupos irregulares para combatir en las zonas menos accesibles de los bosques, los pantanos y las montañas. Las carreteras que conducían al este estaban atascadas por el gran número de refugiados que, con carros, vehículos maltrechos e incluso bicicletas, trataba de escapar de las atrocidades de la guerra. «El enemigo llegaba siempre por aire», escribió un joven soldado polaco, «e incluso cuando volaba muy bajo, seguía estando fuera del alcance de nuestros anticuados Mauser. El espectáculo de la guerra no tardó en volverse monótono; día tras día, veíamos las mismas escenas: civiles que corrían para protegerse de las incursiones aéreas, convoyes dispersados, camiones y carros en llamas. El olor que se percibía en la carretera también era siempre el mismo. Era el olor que desprendían los caballos muertos que nadie se había preocupado de enterrar, un olor pestilente. Solo nos movíamos de noche, y aprendimos a dormir mientras marchábamos. Estaba prohibido fumar por temor a que la luz de un cigarrillo hiciera caer sobre nosotros a la todopoderosa Luftwaffe».32 Mientras tanto, Varsovia seguía siendo el bastión principal de la resistencia polaca. Hitler deseaba impacientemente que la capital de Polonia fuera sometida, por lo que la Luftwaffe comenzó a realizar una serie de bombardeos intensivos sobre la ciudad. En el aire encontró muy poca oposición, y la capital polaca carecía de unas defensas antiaéreas efectivas. El 20 de septiembre, los alemanes se lanzaron sobre Varsovia y Modlin con seiscientos veinte aviones. Y al día siguiente, Göring ordenó que la Luftflotte 1 y la Luftflotte 4 organizaran diversos ataques masivos. Los bombardeos se sucedieron con gran intensidad —la Luftwaffe no dudó en utilizar aviones de transporte Junker 52 para lanzar bombas incendiarias— hasta que Varsovia se rindió el 1 de octubre. El hedor que desprendían los cadáveres enterrados bajo los escombros y los cuerpos abotagados de los caballos inundaba las calles de la ciudad. Unos veinticinco mil civiles y alrededor de seis mil soldados perecieron en el curso de esas incursiones aéreas. El 28 de septiembre, mientras Varsovia sufría los ataques de la aviación alemana, Ribbentrop voló de nuevo a Moscú para firmar un «tratado de amistad y de delimitación de las fronteras» adicional con Stalin en el que se contemplaban diversas alteraciones en la línea de demarcación. En virtud de dicho tratado, la Unión Soviética se quedaba con prácticamente toda Lituania, a cambio de aumentar ligeramente la extensión de territorio polaco de ocupación alemana. Los individuos de origen alemán que se encontraran en el territorio ocupado por los soviéticos serían trasladados a la zona nazi. El régimen de Stalin también entregaba a las autoridades del Reich un número considerable de comunistas alemanes y de oponentes políticos. A continuación, ambos gobiernos hicieron un llamamiento a la paz en Europa puesto que la «cuestión polaca» había quedado resuelta. No cabe duda de quién ganó más con los dos acuerdos del pacto nazi-soviético. Alemania, amenazada con un bloqueo naval por los británicos, ya podía obtener lo que necesitara para seguir con la guerra. Aparte de todo lo que suministraba la Unión Soviética, como, por ejemplo, grano, petróleo y manganeso, el gobierno de Stalin también podía actuar de conducto de otros productos, especialmente caucho, que Alemania no podía comprar en otros países. Coincidiendo con las conversaciones en Moscú, los soviéticos empezaron a ejercer presión sobre los estados bálticos. El 28 de septiembre impusieron a Estonia un tratado de «ayuda mutua». A continuación, durante las dos semanas siguientes, Letonia y Lituania fueron obligadas a firmar un acuerdo similar. Por mucho que Stalin hubiera garantizado personalmente que su soberanía iba a ser respetada, lo cierto es que estos tres estados fueron anexionados a la Unión Soviética a comienzos del verano siguiente, y el NKVD procedió a la deportación de unos veinticinco mil elementos considerados «indeseables».33 Aunque habían aceptado que Stalin se adueñara de los estados bálticos e incluso de Besarabia, hasta entonces región de Rumania, a los nazis les parecía no solo una provocación, sino una amenaza en toda regla, las pretensiones del líder soviético de controlar la costa del mar Negro y la desembocadura del Danubio, que se encontraba muy cerca de los yacimientos petrolíferos de Ploesti. Siguieron produciéndose acciones aisladas de la resistencia polaca hasta bien entrado el mes de octubre, pero con un número de fracasos impactante. Las pérdidas sufridas por las fuerzas armadas polacas que combatían a los alemanes fueron ingentes. Se calcula que murieron setenta mil hombres, que ciento treinta y tres mil resultaron heridos y que unos setecientos mil fueron hechos prisioneros. Los alemanes tuvieron alrededor de cuarenta y cuatro mil cuatrocientas bajas, de las cuales unas once mil fueron mortales. La reducida fuerza aérea polaca había sido aniquilada, pero la pérdida de quinientos sesenta aviones de la Luftwaffe durante la campaña puede calificarse de sorprendentemente cuantiosa. Los cálculos disponibles de las bajas provocadas por la invasión soviética son escalofriantes. Indican que en el Ejército Rojo hubo novecientos noventa y seis muertos y dos mil dos heridos, y que perdieron la vida cincuenta mil polacos, sin precisar ninguna cifra relativa al número de sus heridos. Semejante disparidad probablemente solo encuentre una explicación en las ejecuciones que se llevaron a cabo, y es muy posible que en dichos cálculos se hubieran computado las víctimas de las matanzas perpetradas en la primavera siguiente, incluida la del bosque de Katyn.34 Hitler no dio inmediatamente por muerto y enterrado al estado polaco. Esperaba que en octubre los británicos y los franceses se avinieran a llegar a un acuerdo. El hecho de que los aliados no hubieran lanzado ninguna ofensiva en el oeste para ayudar a los polacos le indujo a creer que los británicos y, especialmente, los franceses no querían seguir con la guerra. El 5 de octubre, tras presenciar un desfile triunfal en Varsovia acompañado del general de división Erwin Rommel, el Führer pronunció unas palabras ante un grupo de periodistas extranjeros. «Caballeros», dijo. «Han podido contemplar las ruinas de Varsovia. Que estas sirvan de advertencia a los estadistas de Londres y París que aún piensan seguir con la guerra».35 Al día siguiente, anunció en el Reichstag una «propuesta de paz». Pero al final, cuando dicha propuesta fue rechazada por los dos gobiernos aliados, y se hizo evidente que la Unión Soviética tenía la firme determinación de erradicar de su zona cualquier forma de manifestación de la identidad polaca, Hitler decidió destruir completamente Polonia. Bajo la ocupación alemana, se procedió a la partición de Polonia, que quedó dividida del siguiente modo: por una parte, los territorios del centro y el suroeste del país administrados por el Generalgouvernement, o Gobierno General, y por otra, las regiones que debían ser anexionadas al Reich (Prusia occidental-Danzig y Prusia oriental en el norte, la del Varta en el oeste y la Alta Silesia en el sur). Con un programa intensivo de limpieza étnica se empezó a vaciar estas últimas regiones «germanizadas». Tenían que ser colonizadas por Volksdeutsche de los estados bálticos, Rumania y otros lugares de los Balcanes. Las ciudades polacas fueron rebautizadas. Poznan pasó a ser Posen, capital del Gau del Varta. Łódź recibió el nombre de Litzmannstadt, en honor de un general alemán asesinado en las inmediaciones de esta localidad durante la Primera Guerra Mundial. La iglesia católica de Polonia, símbolo del patriotismo del país, fue perseguida implacablemente, sufriendo la detención y la deportación de muchos de sus sacerdotes. En un intento de eliminar la cultura polaca y destruir cualquier futuro liderazgo, se procedió al cierre de escuelas y universidades. Únicamente iba a permitirse impartir las enseñanzas más básicas; las enseñanzas que solo podían satisfacer las necesidades de una clase servil. Los profesores y el personal de la Universidad de Cracovia fueron deportados en noviembre al campo de concentración de Sachsenhausen. Los prisioneros políticos polacos fueron enviados a un antiguo cuartel de caballería en Oświęcim, que recibió el nombre de Auschwitz. Los oficiales del Partido Nazi comenzaron la selección del gran número de polacos que enviarían a Alemania como mano de obra esclava, así como la de las mujeres jóvenes que serían utilizadas como criadas. Hitler comunicó al comandante en jefe del ejército, el general Walther von Brauchitsch, que querían «esclavos baratos» y limpiar de «chusma» el territorio alemán.36 Los niños rubios que respondían a los ideales arios fueron enviados a Alemania para ser adoptados. Sin embargo, Albert Förster, Gauleiter de Prusia occidental-Danzig, provocó la ira de los puristas nazis cuando permitió una reclasificación masiva de polacos como individuos de etnia alemana. Por humillante y ofensiva que pudiera resultar, lo cierto es que aquella reconsideración de sus orígenes supuso para esos polacos la única manera de evitar la deportación y la pérdida de sus hogares. Los varones, sin embargo, no tardarían en verse obligados a engrosar las filas de la Wehrmacht. El 4 de octubre Hitler decretó una amnistía general para los soldados que habían matado a prisioneros y civiles. Sus actos fueron atribuidos al «resentimiento provocado por las atrocidades cometidas por los polacos». Muchos oficiales sentían disgusto por lo que consideraban un relajamiento de la disciplina militar. «Hemos visto y presenciado escenas espeluznantes en las que los soldados alemanes se dedican a saquear e incendiar las casas, a asesinar y a robar sin pensar en lo que hacen», decía en una carta el jefe de un batallón de artillería. «Hombres adultos que, sin ser conscientes de sus actos ni preocuparse de lo que hacen, contravienen las leyes y normas establecidas y pisotean el honor del soldado alemán».37 El teniente general Johannes Blaskowitz, comandante en jefe del VIII Ejército, protestó vehementemente por la matanza de civiles llevada a cabo por la SS y sus auxiliares, la Sicherheitspolizei (Policía de Seguridad) y el Volksdeutscher Selbstschutz . Hitler, al escuchar su informe, gritó hecho una furia, «no puede dirigirse una guerra utilizando los criterios del Ejército de Salvación».38 Todas las demás objeciones que planteó el ejército recibieron por respuesta comentarios igualmente mordaces. No obstante, eran muchos los oficiales alemanes que seguían creyendo que Polonia no merecía existir. Prácticamente ninguno se opuso a la invasión aduciendo razones morales. Como miembros del Freikorps, tras la Primera Guerra Mundial, algunos de los más veteranos habían participado en sangrientas escaramuzas y duros enfrentamientos fronterizos con los polacos, especialmente en la zona de Silesia. La campaña polaca y los sucesos posteriores se convirtieron, por varias razones, en un ensayo de la subsiguiente Rassenkrieg (guerra de razas) de Hitler contra la Unión Soviética. Unos cuarenta y cinco mil individuos, entre polacos y judíos, murieron a manos de soldados regulares de las fuerzas alemanas. Los Einsatzgruppen de la SS ejecutaron con sus ametralladoras a los internos de los sanatorios mentales. Bajo el nombre secreto de «Operación Tannenberg», se ordenó colocar uno de estos Einsatzgruppen en la retaguardia de cada uno de los ejércitos, con el objetivo de capturar, e incluso asesinar, a aristócratas, jueces, periodistas prominentes, profesores y cualquier otro individuo que en un futuro pudiera crear una forma de liderazgo para el movimiento de resistencia polaco. El 19 de septiembre, Heydrich informó con bastante claridad al general Franz Halder de que iba a llevarse a cabo «una limpieza: judíos, intelectuales, sacerdotes y aristócratas».39 Al principio, aquellos actos de terror se realizaron de una manera caótica, sobre todo los emprendidos por las milicias formadas por elementos de la minoría de origen germano, pero a finales de año comenzaron a ser más coherentes y a estar mejor dirigidos. Aunque Hitler nunca mostró vacilación alguna en su odio a los judíos, el genocidio industrial que comenzó en 1942 no siempre había formado parte de sus planes. Se regocijaba en su obsesivo antisemitismo, y estableció la doctrina nazi de que había que «limpiar» Europa de cualquier influencia judía. Pero antes de la guerra sus planes no contemplaban llevar a cabo una sangrienta aniquilación. Se concentraban en crear una opresión insostenible que obligara a los judíos a emigrar. La política nazi de la «cuestión judía» no había sido siempre la misma. De hecho, el término «política» puede inducir a error cuando se considera el desorden institucional que reinaba en el Tercer Reich. La actitud desdeñosa de Hitler ante todo lo relacionado con la administración permitió una proliferación extraordinaria de departamentos y ministerios en clara competencia. Esas rivalidades, especialmente las existentes entre los Gauleiter, la SS, los oficiales del Partido Nazi y el ejército, dieron lugar a una sorprendente y ruinosa falta de cohesión que se contradecía a todas luces con la imagen de implacabilidad y eficacia del régimen. Simplemente por oír un comentario casual del Führer, o por un intento de adelantarse a sus deseos, los que competían por congraciarse con él no dudarían en poner en marcha los programas que creyeran convenientes, sin consultar con las demás organizaciones interesadas. El 21 de septiembre de 1939, Reinhard Heydrich emitió una orden que establecía las «medidas preliminares» para abordar la cuestión de los judíos de Polonia, cuyo número —3,5 millones antes de la invasión— representaba el 10 por ciento de la población, el porcentaje más alto de Europa. En la zona soviética había alrededor de un millón y medio, cifra que se vio aumentada por unos trescientos cincuenta mil judíos que habían huido al este ante el avance de las tropas alemanas. Heydrich ordenó que los que se encontraran en territorio alemán tenían que ser concentrados en grandes ciudades con buenos enlaces ferroviarios. Se preveía un movimiento masivo de población. El 30 de octubre, Himmler dio instrucciones para que todos los judíos del Gau del Varta fueran trasladados inmediatamente a los territorios administrados por el Generalgouvernement. Sus casas debían ser entregadas a colonos Volksdeutsche , que nunca habían vivido dentro de las fronteras del Reich, y de cuyo alemán solía decirse que resultaba incomprensible. Hans Frank, el matón nazi corrupto y despótico que desde el castillo real de Cracovia movía los hilos del Gobierno General en su propio beneficio, se puso hecho una furia cuando fue informado de que tenía que prepararse para la llegada de varios cientos de miles de judíos y polacos desplazados. No se había previsto plan alguno para alojar y alimentar a las víctimas de aquella migración forzosa, y nadie había pensado qué hacer con todas ellas. En teoría, los judíos que estuvieran en buenas condiciones físicas debían ser utilizados como mano de obra esclava. Los demás serían confinados temporalmente en los guetos de las grandes ciudades hasta que pudieran ser realojados. En muchos casos, a los judíos encerrados en guetos sin dinero y sin apenas alimentos, se les dejó morir de hambre y de enfermedad. Aunque todavía no se tratara de un programa de exterminio, lo cierto es que aquellas medidas fueron un paso importante en esa dirección. Y como las dificultades que planteaba el realojo de judíos en una «colonia» todavía por determinar fueron muchas más de las imaginadas, comenzó a considerarse seriamente la idea de que acabar con ellos tal vez fuera más fácil que trasladarlos de un lugar a otro. Si bien los saqueos, las ejecuciones, los asesinatos y el caos hacían que la vida fuera atroz en los territorios ocupados por los nazis, en el lado soviético de la nueva frontera interior la situación no resultaba mucho más agradable para los polacos. El odio que sentía Stalin por Polonia se remontaba a la guerra polaco-soviética y a la derrota sufrida por el Ejército Rojo en la batalla de Varsovia de 1920, el llamado «Milagro en el Vístula» por los polacos. Stalin había sido objeto de duras críticas por su implicación en una acción de consecuencias funestas, a saber, la falta de apoyo del Primer Ejército de Caballería a las fuerzas del mariscal M. N. Tukhachevsky, al que en 1937 mandó ejecutar con acusaciones falsas en lo que sería el comienzo de su purga del Ejército Rojo. En los años treinta, en sus denuncias por espionaje, el NKVD encontraría un chivo expiatorio en el gran número de polacos que vivía en la Unión Soviética, en su mayoría comunistas. Nikolai Yezhov, jefe del NKVD durante el Gran Terror, se obsesionó imaginando conspiraciones polacas. En el NKVD se llevó a cabo una purga de polacos, los cuales, en virtud de la Orden 00485 del 11 de agosto de 1937, fueron definidos implícitamente como enemigos del estado.40 Cuando, tras los primeros veinte días de detenciones, torturas y ejecuciones, Yezhov presentó su informe, Stalin alabó el trabajo realizado: «¡Muy bien! Sigue buscando y limpiando en este montón de basura polaca. Elimínala por el bien de la Unión Soviética».41 En la campaña contra los polacos que se puso en marcha en tiempos del Gran Terror fueron detenidos por espionaje ciento cuarenta y tres mil ochocientos diez individuos, y se ejecutaron a ciento once mil noventa y uno. La probabilidad de que un polaco fuera ejecutado durante este período multiplicaba por cuarenta la de cualquier otro ciudadano soviético. En virtud del Tratado de Riga de 1921, que había puesto fin a la guerra polaco-soviética, la victoriosa Polonia se había anexionado algunos territorios del oeste de Bielorrusia y de Ucrania, territorios que luego colonizó con muchos de los legionarios del mariscal Józef Pilsudski. Pero tras la invasión del Ejército Rojo en el otoño de 1939, más de cinco millones de polacos se encontraron bajo la dominación soviética, que por definición consideraba contrarrevolucionaria cualquier forma de patriotismo polaco. El NKVD procedió a la detención de ciento nueve mil cuatrocientas personas, la mayoría de las cuales fueron enviadas al gulag; ocho mil quinientas trece fueron ejecutadas. Las autoridades soviéticas actuaron con más saña contra todos los que pudieran desempeñar algún papel en la preservación del nacionalismo polaco, como, por ejemplo, terratenientes, juristas, maestros, sacerdotes, periodistas, oficiales y funcionarios. Fue una política deliberada de guerra de clases y decapitación nacional. Polonia oriental, ocupada por el Ejército Rojo, debía ser dividida y anexionada a la Unión Soviética, convirtiéndose la región del norte en parte de Bielorrusia, y la del sur en parte de Ucrania. Las deportaciones en masa a Siberia o a Asia central comenzaron el 10 de febrero de 1940. Los regimientos de fusileros del NKVD se encargaron de la custodia de ciento treinta y nueve mil setecientos noventa y cuatro polacos a unas temperaturas inferiores a los —30°. A gritos y a golpes de culata en las puertas de sus casas se «comunicaba» su nuevo destino a las familias que habían sido seleccionadas para la primera expedición. Los hombres del Ejército Rojo y de las milicias ucranianas, a las órdenes de un oficial del NKVD, irrumpían en sus domicilios, apuntando con sus armas y profiriendo amenazas. Se daba la vuelta a los colchones y se inspeccionaban los armarios en busca, decían, de armas ocultas. «Sois de la élite polaca», dijo el oficial del NKVD a la familia Adamczyk. «Sois amos y señores polacos. Sois enemigos del pueblo».42 Una de las fórmulas más habituales del NKVD era: «El que ha sido polaco, es siempre un kulak».43 A las familias apenas se les daba tiempo para prepararse para el horrible viaje, viéndose obligadas a abandonar sin más sus casas y sus granjas. En su mayoría, quedaban paralizadas ante aquella perspectiva. Los varones, ya fueran adultos o niños, eran obligados a arrodillarse de cara a la pared, mientras las mujeres de la casa recogían a toda prisa algunas de sus pertenencias, como, por ejemplo, una máquina de coser para ganar algo de dinero allí donde los enviaran,44 cacharros de cocina, ropa de cama, fotografías familiares, una muñeca de trapo y libros de texto. Algunos soldados soviéticos se avergonzaban claramente de este tipo de misiones y, musitando, pedían perdón. Unas pocas familias fueron autorizadas a ordeñar su vaca antes de partir o a matar alguna gallina o un lechón que les sirviera de alimento durante el viaje de tres semanas en un vagón de ganado que les aguardaba.45 Tenían que dejar atrás todas sus otras pertenencias. Había comenzado la diáspora polaca. 3 DE LA «EXTRAÑA GUERRA» A LA «BLITZKRIEG» (septiembre de 1939-marzo de 1940) Cuando se hizo evidente que no iba a producirse inmediatamente la llegada de bombarderos en masa para arrasar Londres y París, comenzó a recuperarse la normalidad en estas ciudades. En palabras de una famosa cronista londinense, la guerra tenía «un carácter curiosamente sonámbulo».1 Aparte del riesgo que se corría de chocar contra una farola, el principal peligro que había durante los apagones generales era que te atropellara un automóvil. En Londres, durante los últimos cuatro meses de 1939, más de dos mil peatones perdieron la vida en accidentes de tráfico. La oscuridad total animaba a algunas parejas jóvenes a tener relaciones sexuales de pie en las entradas de las tiendas, deporte que no tardaría en convertirse en uno de los temas favoritos de los chistes que se contaban en los cabarets.2 Poco a poco, los cines y teatros volvieron a abrir sus puertas. En Londres, los pubs se llenaban de gente. En París, los cafés y restaurantes estaban abarrotados de clientes, y Maurice Chevalier cantaba el hit del momento, Paris sera toujours Paris. Casi todos se habían olvidado de Polonia. Mientras que por tierra y por aire la guerra languidecía, por mar se intensificaba. Para los británicos, había comenzado con una tragedia. El 10 de septiembre, el submarino Tritón de la Marina Real hundió a otro submarino inglés, el Oxley, pensando que se trataba de una nave enemiga.3 El 14 de septiembre fue hundido el primer submarino alemán por los destructores que escoltaban al portaaviones británico Ark Royal. Pero el 17 de ese mismo mes, el submarino U-39 consiguió hundir al obsoleto portaaviones Courageous de la Marina Real. Apenas un mes después, los británicos sufrieron un golpe mucho más duro cuando el submarino alemán U-47 penetró las defensas de Scapa Flow, en las islas Oreadas, y hundió al acorazado Royal Oak. Aquel desastre supuso un auténtico varapalo para la confianza de Gran Bretaña en su poderío naval. Mientras tanto, los dos acorazados de bolsillo alemanes que navegaban por el Atlántico, el Deutschland y el Admiral Graf Spee, habían recibido autorización para empezar la guerra lo antes posible. Pero el 3 de octubre la Kriegsmarine cometió un gravísimo error cuando el Deutschland capturó un buque mercante de los Estados Unidos como botín de guerra. Después de la brutal invasión de Polonia, este episodio no hizo más que contribuir a que la opinión pública norteamericana comenzara a mostrarse contraria a la Ley de Neutralidad, que prohibía la venta de armas a los beligerantes, y favorable a los Aliados, que necesitaban comprarlas. El 6 de octubre Hitler anunció en el Reichstag su propuesta de paz a Gran Bretaña y Francia, dando por hecho que ambas naciones aceptarían la ocupación alemana de Polonia y Checoslovaquia. Al día siguiente, sin esperar siquiera una respuesta, inició las conversaciones con los comandantes en jefe de su ejército y el general de artillería Halder para la preparación de una ofensiva en el oeste. El OKH, esto es, el alto mando alemán, recibió la orden de esbozar un plan, el llamado «Caso Amarillo», para lanzar un ataque al cabo de cinco semanas. Pero los argumentos de sus altos oficiales sobre las dificultades que entrañaban un nuevo despliegue de tropas y la organización de los suministros, y lo avanzado que estaba el año para emprender una acción de tal envergadura, exasperaron al Führer. Probablemente el 10 de octubre también se sulfurara cuando por Berlín comenzó a correr insistentemente el rumor de que los británicos se avenían a los términos de la paz. Las celebraciones espontáneas tanto en los mercados como en las Gasthäuser de la capital acabaron en una profunda decepción cuando la esperadísima alocución de Hitler por la radio dejó bien claro que esos rumores no eran más que una quimérica ilusión. Goebbels estaba hecho una furia, sobre todo por la falta de entusiasmo por la guerra que todas aquellas demostraciones de júbilo habían puesto de manifiesto. El 5 de noviembre, Hitler aceptó entrevistarse con el Generaloberst von Brauchitsch, comandante en jefe del ejército. Brauchitsch, al que otros altos oficiales habían pedido que se mantuviera firme en su postura de posponer la invasión, aconsejó a Hitler que no subestimara a los franceses. Debido a la falta de municiones y equipamientos, el ejército necesitaba más tiempo para estar preparado. Hitler lo interrumpió para expresar su desprecio por los franceses. Entonces Brauchitsch intentó explicar que el ejército alemán había dejado patente su falta de disciplina y de preparación durante la campaña de Polonia. Hitler explotó, instándole a que justificara sus palabras con ejemplos. Brauchitsch, sumamente desconcertado y aturdido, fue incapaz de recordar ni un solo caso. Hitler despidió a su comandante en jefe —que marchó de allí tembloroso y humillado— no sin antes comentar con tono amenazador que conocía muy bien cuál era «el espíritu de Zossen [el cuartel general del OKH] y que estaba firmemente determinado a acabar con él».4 El Generaloberst Franz Halder, jefe de estado mayor del ejército, que había jugado con la idea de dar un golpe militar para derrocar a Hitler, comenzó a temer entonces que aquel comentario de Hitler no era más que una clara indicación de que la Gestapo estaba al corriente de sus planes. Destruyó todo lo que pudiera incriminarle. Halder, cuyo aspecto más bien recordaba el de un profesor alemán decimonónico, con su pelo cortado a cepillo y sus quevedos, sufriría en sus carnes la impaciencia de Hitler con el conservadurismo del estado mayor. Stalin, durante este período, no había perdido el tiempo, y había sacado el máximo provecho de los acuerdos Molotov-Ribbentrop. Inmediatamente después de concluirse la ocupación soviética de Polonia oriental, el Kremlin había comenzado a imponer tratados de «ayuda mutua» a los estados bálticos. Y el 5 de octubre se solicitó al gobierno finlandés el envío de una legación a Moscú. Una semana más tarde, Stalin presentó a dicha legación una lista de peticiones en lo que era el borrador de un nuevo tratado. Estas demandas incluían el arriendo a la Unión Soviética de la península de Hangö, la cesión a la Unión Soviética de varias islas del golfo de Finlandia además de una parte de la península de Rybachy próxima a Murmansk y el puerto de Petsamo. En otro punto se insistía en que la línea fronteriza que marcaba el istmo de Carelia por encima de Leningrado fuera trasladada treinta y cinco kilómetros más al norte. A cambio, los finlandeses recibirían una parte prácticamente deshabitada de la Carelia septentrional soviética.5 Las negociaciones en Moscú se prolongaron hasta el 13 de noviembre, sin alcanzarse acuerdo alguno. Stalin, convencido de que los finlandeses carecían del apoyo internacional y de la voluntad de luchar, decidió invadir el país. Para ello buscó un pretexto muy poco convincente, a saber, la existencia de un «gobierno en el exilio» —en realidad, un gobierno títere— integrado por un puñado de comunistas finlandeses que solicitaban la colaboración fraternal de la Unión Soviética. Las fuerzas rusas provocaron un incidente fronterizo cerca de Mainila, en Carelia. Los finlandeses pidieron ayuda a Alemania, pero el gobierno nazi se negó a prestarla y aconsejó que cedieran. El 29 de noviembre la Unión Soviética rompió las relaciones diplomáticas con Finlandia. Al día siguiente, tropas del distrito militar de Leningrado se lanzaron sobre diversas posiciones finesas, y los bombarderos del Ejército Rojo atacaron Helsinki. Había estallado la Guerra de Invierno. Los líderes soviéticos pensaron que aquella campaña iba a ser un paseo militar, como lo había sido la invasión de Polonia oriental. Voroshilov pretendía que estuviera concluida a tiempo para las celebraciones del sexagésimo aniversario de Stalin el 21 de diciembre. Dmitri Shostakovich recibió la orden de componer una pieza especial para la conmemoración del evento. En Finlandia, el mariscal Cari Gustav Mannerheim, antiguo oficial de la Guardia de Caballeros de Su Majestad el Zar, y héroe de la guerra de independencia contra los bolcheviques, aceptó de nuevo el cargo de comandante en jefe del ejército. Las fuerzas finlandesas, con apenas ciento cincuenta mil hombres, muchos de los cuales eran reservistas y adolescentes, tenían que enfrentarse a un Ejército Rojo con más de un millón de efectivos. Sus defensas al otro lado del istmo de Carelia, en el suroeste del lago Ladoga, llamadas línea Mannerheim, estaban formadas principalmente de trincheras, búnkeres construidos con troncos de árboles y unos cuantos puestos fortificados de hormigón. A su favor, los bosques y los pequeños lagos canalizaban cualquier línea de avance hacia los campos que estratégicamente habían sembrado de minas. A pesar de la ayuda de la artillería pesada, el VII Ejército soviético sufrió un desagradable y duro golpe. Sus divisiones de infantería fueron recibidas cerca de la frontera por grupos de soldados destacados y francotiradores finlandeses que les obligaron a aminorar el paso. Como no disponían de detectores de minas y no habían recibido órdenes perentorias de seguir marchando sin demora, los comandantes soviéticos se limitaron a hacer avanzar a sus hombres por los campos de minas cubiertos de nieve que se extendían frente a la línea Mannerheim. Para los soldados del Ejército Rojo, a los que se les había dicho que los finlandeses iban a recibirlos como hermanos y liberadores de los capitalistas opresores, la realidad de los combates comenzó a minar su moral cuando se vieron obligados a marchar por los campos cubiertos de nieve para alcanzar el bosque de abedules que ocultaba una parte de la línea Mannerheim. Con sus ametralladoras, los finlandeses, maestros en el camuflaje de invierno, los hicieron caer como moscas. En el extremo septentrional de Finlandia, las tropas soviéticas atacaron desde Murmansk la zona minera y el puerto de Petsamo, pero más al sur su intento de alcanzar el golfo de Botnia, avanzando desde el este y cruzando el centro de Finlandia, acabó en un desastre espectacular. Stalin, asombrado de que los finlandeses no hubieran presentado inmediatamente la rendición, ordenó a Voroshilov que se les aplastara con la superioridad numérica de las fuerzas soviéticas. Los comandantes del Ejército Rojo, aterrorizados por las purgas y atados de pies y manos por la rígida ortodoxia militar imperante, solo podían enviar a más hombres a la muerte. Con unas temperaturas de 40° bajo cero, los soldados soviéticos carecían del equipamiento y de la preparación para una guerra de invierno como aquella. Mientras intentaban abrirse paso entre la espesa nieve, el color marrón de sus abrigos contrastaba marcadamente con el blanco inmaculado del paisaje. En medio de los lagos helados y los bosques del centro y el norte de Finlandia, las columnas soviéticas no tenían más remedio que tomar las pocas carreteras que se abrían en las florestas, donde, a modo de emboscada, sufrían ataques relámpago de las tropas de montaña finesas provistas de esquís y subfusiles, así como de granadas y cuchillos de caza con los que rematar a sus víctimas. Los finlandeses adoptaron lo que denominaban táctica «taladora», que consistía en escindir las columnas enemigas en varias partes, y luego cortarles todas las vías de suministro para que murieran de hambre. Sus tropas de montaña aparecían silenciosamente entre la niebla helada, lanzaban granadas o bombas incendiarias contra la artillería y los tanques soviéticos, y desaparecían con la misma rapidez con la que habían llegado. Era una forma de guerra de guerrillas para la que el Ejército Rojo no estaba preparado. Los finlandeses prendieron fuego a sus granjas, a sus establos y a sus graneros para impedir que las columnas soviéticas encontraran un lugar en el que cobijarse a medida que avanzaban. Minaron las carreteras y colocaron trampas explosivas. Los que caían heridos en el curso de un ataque morían congelados rápidamente. Los soldados rusos comenzaron a llamar a las tropas de montaña camufladas finlandesas belya smert, «muerte blanca». La 163.ª División de Fusileros fue rodeada cerca de Suomussalmi; a continuación, la 44.ª División de Fusileros, que avanzaba en su ayuda, quedó seccionada tras una serie de ataques, y sus hombres también cayeron víctimas de aquellos fantasmas blancos que aparecían y se esfumaban entre los árboles. «A lo largo de cuatro millas», escribía la periodista americana Virginia Cowles tras visitar más tarde el campo de batalla, «la carretera y los bosques aparecían sembrados de cadáveres de hombres y caballos; y de tanques averiados, cocinas de campaña, camiones, armones, mapas, libros y prendas de vestir. Los cuerpos inertes y helados como madera petrificada tenían el color de la caoba. Algunos cadáveres estaban apilados unos sobre otros como un montón de basura, cubiertos únicamente por una misericordiosa capa de nieve; otros se encontraban recostados en los árboles en posturas grotescas, como guiñapos. Todos se habían congelado en la misma posición en la que habían caído o se habían acurrucado. Vi a uno presionando con las manos una herida en el estómago; a otro tratando de desabrocharse el cuello del abrigo».6 Una suerte similar corrió la 122.ª División de Fusileros que avanzaba hacia el suroeste desde la península de Kola en dirección a Kemijärvi, donde fue sorprendida y aniquilada por las fuerzas del general K. M. Wallenius. «¡Qué extraños eran los cadáveres que yacían en esta carretera!», escribió el primer periodista extranjero que tuvo la oportunidad de comprobar personalmente la eficacia y la bravura de la resistencia finlandesa. «El frío había congelado a los hombres en la misma posición en la que habían caído. Además, había encogido ligeramente sus cuerpos y sus rasgos, dándoles una apariencia artificial, como si fueran de cera. Toda la carretera era como una gran reproducción en cera del escenario de una batalla, perfectamente representada... Costaba creer que aquellas figuras habían sido personas de carne y hueso. Algunos hombres seguían teniendo en las manos granadas, listas para ser arrojadas. Uno estaba apoyado en la rueda de un carro sosteniendo un pedazo de cable; otro estaba colocando el cargador en su fusil».7 La condena internacional de la invasión provocó la expulsión de la Unión Soviética de la Sociedad de Naciones, en lo que habría de ser el último acto de dicho organismo. El sentimiento popular en ciudades como Londres y París fue de rabia e indignación; un sentimiento más acentuado aún que cuando tuvo lugar el ataque a Polonia. Alemania, aliada de Stalin, también se encontró en una difícil posición. Si bien recibía una cantidad mayor de suministros de la Unión Soviética, comenzó a temer por el futuro de sus relaciones diplomáticas y comerciales con los países escandinavos, especialmente con Suecia. Lo que más preocupó a las autoridades nazis fueron los llamamientos en Gran Bretaña y Francia que instaban al envío inmediato de ayuda militar a Finlandia. Cualquier presencia aliada en Escandinavia podía poner en peligro el suministro a Alemania de hierro sueco, cuya excelente calidad era esencial para las industrias de guerra del Reich. En aquellos momentos, sin embargo, Hitler se mostró tranquilo y confiado. Tenía el convencimiento de que la providencia estaba de su lado, protegiéndolo para que pudiera cumplir su gran misión. El 8 de noviembre pronunció su discurso anual en la Bürgerbräukeller de Munich, el mismo local desde el que había intentado dar un golpe de estado en 1923, el fallido Putsch de la Cervecería. A escondidas, Georg Elser, un carpintero, había conseguido colocar explosivos en el interior de una columna próxima al estrado. Pero, excepcionalmente, Hitler decidió acortar su visita para regresar lo antes posible a Berlín, y doce minutos después de su partida una gran explosión destruyó parte del local, matando a varios miembros de la «vieja guardia» del Partido Nazi. Según una cronista de la época, la reacción a esta noticia en Londres «puede resumirse en un comentario sereno y muy británico, "Mala suerte", como si a un cazador se le hubiera escapado el faisán».8 Con un optimismo a todas luces equivocado, los británicos se consolaron pensando que era simplemente cuestión de tiempo que los alemanes se deshicieran de su espantoso régimen. Elser fue detenido aquella misma noche, mientras intentaba pasar a Suiza. Aunque era evidente que había actuado en solitario, la propaganda nazi responsabilizó inmediatamente a los servicios de espionaje británicos del atentado contra la vida del Führer. Himmler encontró la oportunidad perfecta para explotar esos vínculos ficticios. Walter Schellenberg, un experto de los servicios de inteligencia de la SS, ya estaba en contacto con dos oficiales ingleses del SIS (Secret Intelligence Service), y los había persuadido de que formaba parte de una conspiración de la Wehrmacht contra Hitler. Al día siguiente, los convenció para que volvieran a encontrarse con él en la ciudad holandesa de Venlo, próxima a la frontera con Alemania. Prometió que con él vendría un general alemán antinazi. Sin embargo, una vez allí, los dos oficiales británicos fueron rodeados y capturados por un grupo de asalto de la SS. Esta unidad estaba dirigida por el Sturmbannführer Alfred Naujocks, que a finales de agosto había capitaneado el falso ataque a la emisora de radio de Gleiwitz. No iba a ser la única operación secreta británica que saldría desastrosamente mal en Holanda. Este desastre se ocultó a la opinión pública británica, que por fin pudo volver a sentirse orgullosa de su Marina Real poco antes de que finalizara aquel mes. El 23 de noviembre, el Rawalpindi, un crucero mercante armado inglés, plantó cara a los cruceros de batalla alemanes Gneisenau y Scharnhorst. En un arranque desesperado de gran coraje, que, inevitablemente, fue comparado con el arrojo de sir Richard Grenville cuando, a bordo del Revenge, no dudó en atacar y capturar enormes galeones españoles, los artilleros británicos combatieron hasta morir. El Rawalpindi, en llamas de proa a popa, se hundió con su bandera de combate enarbolada. Poco después, el 13 de diciembre, frente a las costas de Uruguay, la formación naval del comodoro Henry Harwood, con los cruceros Ajax, Achules y Exeter, divisó el acorazado de bolsillo alemán Admiral Graf Spee, que ya había hundido nueve barcos. El capitán Hans Langsdorff, su comandante, era muy respetado por el buen trato que dispensaba a las tripulaciones de sus víctimas. Pero Langsdorff, erróneamente, pensó que los navíos ingleses eran simples destructores, por lo que no evitó la batalla como debería haber hecho, por mucho que al final destruyera la artillería de sus adversarios con los cañones de 280 mm de su nave. El Exeter, convertido en el principal objetivo del alemán, sufrió cuantiosos daños, mientras que el Ajax y el Achules, de tripulación neozelandesa, intentaron acercarse a la embarcación enemiga hasta que esta estuviera al alcance de sus torpedos. Aunque la formación británica sufría graves daños, el Admiral Graf Spee, que también había sido alcanzado por los proyectiles de los ingleses, interrumpió el combate y, aprovechando la cortina de humo, puso rumbo al puerto de Montevideo. Durante los días siguientes, los británicos hicieron creer a Langsdorff que su formación naval había recibido numerosos refuerzos. Y el 17 de diciembre, tras ordenar el desembarco de sus prisioneros y de la mayor parte de la tripulación, Langsdorff condujo al Admiral Graf Spee hasta el estuario del río de la Plata y lo dinamitó. Poco después el capitán alemán se suicidó. Los británicos celebraron esta victoria con júbilo, especialmente porque había llegado en un momento en el que era necesario elevar la moral. Hitler, temeroso de que el Deutschland corriera la misma suerte, ordenó que se rebautizara a esta embarcación con el nombre de Lützow. No quería que los titulares de los periódicos de todo el mundo anunciaran que un barco llamado «Alemania» había sido hundido. Los símbolos tenían una importancia primordial para él, a menudo excediendo en su imaginación la verdadera realidad, como iba a quedar de manifiesto todavía con mayor claridad cuando la guerra comenzara a serle desfavorable. Después de que el ministerio de propaganda de Goebbels comunicara a bombo y platillo que el Reich se había alzado con la victoria en la batalla del río de la Plata, para los alemanes supuso una gran conmoción enterarse de que el Admiral Graf Spee se había ido a pique. Las autoridades nazis intentaron que la noticia no ensombreciera sus «Navidades de guerra». Los racionamientos se relajaron durante las festividades, y se animó a la población a considerar la aplastante victoria obtenida en Polonia. La mayoría se convenció de que la paz no tardaría en llegar, pues tanto los Estados Unidos como Alemania habían instado a los Aliados a aceptar la realidad de la destrucción de Polonia. Con sus noticiarios y documentales en los que aparecían niños alrededor de un árbol de Navidad, el ministerio de propaganda hizo un derroche empalagoso de sentimentalismo alemán. Pero a muchas familias les inquietaba un horrible rumor. Aunque oficialmente habían sido informadas de que su hijo discapacitado o un pariente anciano habían fallecido de «pulmonía» en la institución en la que estaban internados, cada vez eran más los que sospechaban que en realidad sus familiares habían sido gaseados siguiendo un plan dirigido por la SS y miembros de la profesión médica. La orden de Hitler de practicar la eutanasia había sido firmada en octubre, pero se le dio carácter retroactivo hasta la fecha de inicio de la guerra, el i de septiembre, para ocultar las primeras matanzas de la SS, cuyas víctimas habían sido unos dos mil internos en manicomios polacos, algunos de ellos asesinados con la camisa de fuerza puesta. La agresión encubierta de los nazis a los «degenerados», a las «bocas inútiles» y a las «vidas indignas de existir», representó el primer paso hacia la exterminación deliberada de los que catalogaban como «subhombres». Hitler había esperado a que estallara la guerra para encubrir un programa de eugenesia llevado hasta sus máximas consecuencias. En agosto de 1941 habían sido asesinados más de cien mil alemanes con discapacidades mentales o físicas en virtud de dicho programa. En Polonia estas matanzas continuaron, en la mayoría de los casos disparando en la nuca de las víctimas, aunque a veces estas eran encerradas en camiones en cuyo interior se introducía un conducto conectado al tubo de escape, y, por primera vez, en una cámara de gas improvisada en Posen: un proceso al que quiso asistir Himmler personalmente. Además de los discapacitados, también fueron asesinados gitanos y prostitutas.9 Hitler, que había dejado de lado su pasión por el cine durante la guerra, también renunció a las Navidades. Aquellas vacaciones invernales las dedicó a realizar una serie de visitas sorpresa, de las que se hicieron gran eco todos los medios, a diversas unidades de la Wehrmacht y de la SS, como, por ejemplo, el Regimiento de Infantería Grossdeutschland, varios aeródromos y baterías antiaéreas de la Luftwaffe, así como la División Leibstandarte Adolf Hitler de la SS, que estaba descansando de su sanguinaria campaña en Polonia. El día de Nochevieja se dirigió a la nación en un discurso radiofónico. Tras anunciar un «nuevo orden» en Europa, dijo: «Solo podremos hablar de paz cuando hayamos ganado la guerra. El mundo capitalista judío no sobrevivirá al siglo XX». No hizo referencia alguna al «bolchevismo judío», pues hacía muy poco que había felicitado a Stalin por su sexagésimo aniversario, expresando, además, sus mejores deseos «de un próspero futuro para las gentes de nuestra amiga, la Unión Soviética». Stalin había contestado, diciendo que «la amistad del pueblo alemán y el pueblo soviético, cimentada con sangre, tiene infinitas razones para perpetuarse y consolidarse». Aun teniendo en cuenta las grandes dosis de hipocresía que exigía una relación tan anormal como aquella, la expresión «cimentada con sangre», en clara alusión al ataque a dos bandas a Polonia, constituía la culminación de la desvergüenza, así como un presagio funesto para el futuro. Es harto improbable que Stalin estuviera de buen humor a finales de ese año. Las fuerzas finlandesas habían avanzado, entrando en territorio soviético. El dictador, que se había visto obligado a aceptar la desastrosa actuación del Ejército Rojo en la Guerra de Invierno, era en parte culpable de la incompetencia de su camarada, el mariscal Voroshilov. Había que poner fin a la humillación que había sufrido el Ejército Rojo a los ojos del mundo, sobre todo después de comprobar la alarmante y devastadora eficacia de la táctica de la Blitzkrieg alemana durante la campaña de Polonia. Así pues, Stalin decidió poner el frente noroccidental a las órdenes del comandante del ejército Semion Konstantinovich Timoshenko. Al igual que Voroshilov, Timoshenko era un veterano del Primer Ejército de Caballería en el que Stalin había servido como comisario durante la guerra civil rusa, pero al menos era un poco más imaginativo que su camarada. Sus fuerzas fueron provistas de armamento y equipamientos nuevos, como, por ejemplo, fusiles de último modelo, trineos motorizados y tanques pesados KV. En vez de ataques masivos de la infantería, tratarían de aplastar las defensas finlandesas con la artillería. El 1 de febrero de 1940 dio inicio una nueva ofensiva soviética contra la línea Mannerheim. Las fuerzas finesas comenzaron a sucumbir ante la violencia del ataque. Al cabo de cuatro días, su ministro de exteriores tuvo un primer contacto con Mme. Aleksandra Kollontay, embajadora soviética en Estocolmo. Los británicos, y especialmente los franceses, querían mantener viva la resistencia finlandesa. En consecuencia, entablaron negociaciones con los gobiernos de Noruega y Suecia con el fin de obtener la autorización de paso necesaria para que una fuerza expedicionaria pudiera acudir en ayuda de Finlandia. Los alemanes, alarmados, empezaron a estudiar la posibilidad de enviar tropas a Escandinavia para prevenir un desembarco aliado. Los gobiernos de Gran Bretaña y Francia también consideraron la posibilidad de ocupar la localidad noruega de Narvik y la zona minera del norte de Suecia, con la finalidad de interrumpir el suministro de hierro a Alemania. Pero las autoridades suecas y noruegas temían verse involucradas en aquella guerra, por lo que rechazaron la petición de británicos y franceses de cruzar su territorio para ayudar a los finlandeses. El 29 de febrero, los finlandeses, sin esperanzas de recibir ayuda internacional, decidieron llegar a un acuerdo y aceptar las exigencias originales de la Unión Soviética, y el 13 de marzo se firmó en Moscú un tratado. Los términos del mismo fueron durísimos, pero podrían haber sido mucho peores. Los finlandeses habían demostrado la determinación con la que eran capaces de defender su independencia; sin embargo, lo más importante era que Stalin no quería seguir con una guerra que podía acabar en un enfrentamiento contra los Aliados occidentales. El dictador soviético también se vio obligado a reconocer que la propaganda de la Comintern había sido absurda y decepcionante, por lo que abandonó su idea de un gobierno títere de comunistas finlandeses. Las bajas del Ejército Rojo habían sido cuantiosas: ochenta y cuatro mil novecientos noventa y cuatro hombres muertos o desaparecidos, y doscientos cuarenta y ocho mil noventa heridos o enfermos. Los finlandeses habían perdido veinticinco mil efectivos.10 En lo concerniente a Polonia, sin embargo, Stalin todavía no había saciado su sed de venganza. El 5 de marzo de 1940, aprobó, con el beneplácito del Politburó, un plan de Beria para asesinar a los oficiales y las personalidades de Polonia que habían rechazado participar en los programas comunistas de «reeducación». Todo ello formaba parte de la política de Stalin dirigida a impedir que en el futuro pudiera haber una Polonia independiente. Desde diversas prisiones, sus veintiuna mil ochocientas noventa y dos víctimas fueron trasladadas a cinco lugares distintos. El más famoso es el bosque de Katyń, cerca de Smolensk, en Bielorrusia. Cuando a estos individuos les fue permitido escribir a casa, el NKVD se encargó de tomar buena nota de las direcciones de sus familias, para luego proceder a su detención. Sesenta mil seiscientas sesenta y siete personas fueron deportadas a Kazajstán. Poco después, más de sesenta y cinco mil judíos polacos, que habían huido de la SS, pero rechazaron el pasaporte soviético, también fueron deportados a Kazajstán y a Siberia. Mientras tanto, el gobierno francés intentaba continuar la guerra lo más lejos posible de su territorio. Daladier, exasperado por el apoyo de los comunistas franceses al pacto nazi-soviético, pensó que los aliados podían debilitar a Alemania lanzando un ataque al socio de Hitler. Su idea consistía en bombardear los yacimientos petrolíferos soviéticos en Bakú y en el Cáucaso, pero los británicos lo convencieron de que, con una acción semejante, se corría el peligro de que la Unión Soviética entrara en guerra del lado de los alemanes. Más tarde Daladier presentaría su dimisión, siendo sustituido el 20 de marzo por Paul Reynaud. El ejército francés, que en la Primera Guerra Mundial había cargado con la mayor parte del esfuerzo aliado, era considerado por muchos el más poderoso de Europa, y casi nadie dudaba de que no fuera capaz de defender su propio territorio. Pero los observadores más perspicaces no estaban tan seguros de ello. Ya en marzo de 1935, el mariscal M. N. Tukhachevsky había predicho que las fuerzas francesas no serían capaces de frenar un ataque alemán.11 En su opinión, el talón de Aquiles del ejército galo era una lentitud excesiva para lograr reaccionar a tiempo a una agresión. Esta falta de rapidez no solo se debía a una mentalidad rígidamente defensiva, sino también a la ausencia casi absoluta de comunicaciones por radio. En cualquier caso, ya en 1938, los alemanes habían conseguido descifrar los anticuados sistemas de codificación franceses. El presidente Roosevelt, que había seguido con atención los comunicados enviados por su embajada en París, también estaba al corriente de la debilidad francesa. Las fuerzas aéreas comenzaban por aquel entonces a sustituir sus obsoletos aparatos. El ejército, aunque fuera uno de los más grandes del mundo, era anticuado y difícil de articular, y su organización y estructura se basaba demasiado en la línea Maginot, provocando su anquilosamiento. Las gravísimas pérdidas sufridas en la Primera Guerra Mundial, con sus cuatrocientas mil bajas solo en la batalla de Verdún, eran la causa de su mentalidad cuadriculada. Y como bien observarían muchos periodistas, agregados militares y cronistas, el malestar político y social reinante en el país, fruto de una sucesión de escándalos y de gobiernos fracasados, pulverizaba cualquier esperanza de unidad y de determinación ante una crisis. Roosevelt, con admirable clarividencia, se dio cuenta de que la única esperanza que tenían la democracia y los intereses a largo plazo de los Estados Unidos era que su país apoyara a Gran Bretaña y a Francia en su lucha contra la Alemania nazi. Finalmente, el 4 de noviembre de 1939, después de recibir la aprobación del Congreso, fue ratificada la nueva ley que permitía el suministro de bienes y pertrechos a los países beligerantes, siempre y cuando el comprador pagara en efectivo y se encargara del transporte de lo adquirido (cash and carry). Esta primera derrota de los aislacionistas permitió la compra de armas a las dos potencias aliadas. En Francia persistía el ambiente de irrealidad. Durante su visita al frente, un corresponsal de Reuters preguntó a los reclutas franceses por qué no disparaban a los soldados alemanes que se ponían a tiro. Todos reaccionaron con cara de asombro. «Ils ne sont pas méchants», respondió uno. «Y si abrimos fuego, nos responderán con fuego». 12 Las patrullas alemanas que vigilaban las líneas no tardarían en descubrir la ineptitud y la falta de instinto agresivo de la mayoría de las formaciones francesas. Y la propaganda nazi seguiría difundiendo la idea de que los británicos estaban utilizando a los franceses para que cargaran con el peso de la guerra. Aparte de algunos ejercicios en posiciones defensivas, el ejército francés realizó muy pocas operaciones de entrenamiento. Sus soldados se limitaban a esperar. La inactividad dio paso al desánimo y a la depresión, le cafard. A los políticos comenzaron a llegarles informes que hablaban de borracheras, de ausencias sin permiso y del aspecto desaliñado que presentaban las tropas en público. «No podemos estar todo el tiempo jugando a las cartas, bebiendo y escribiendo a nuestras esposas», relataba un soldado. «Nos pasamos el día echados en lechos de paja bostezando, sin ganas de hacer nada. Cada vez nos lavamos menos, y ya no nos afeitamos, y ni siquiera tenemos fuerza para barrer y recoger la mesa después de comer. Además del aburrimiento, reina la suciedad en la base».13 En su estación meteorológica militar, Jean-Paul Sartre tuvo tiempo para escribir el primer volumen de Chemins de la liberté y parte de L'Être et le néant. Aquel invierno, escribiría, «todo consistía exclusivamente en dormir, comer y no pasar frío. Y nada más». 14 El general Édouard Ruby comentaría: «Cualquier ejercicio era considerado una vejación, cualquier trabajo una fatiga. Tras varios meses de inactividad, ya nadie creía en la guerra».15 Pero no todos los oficiales se mostraron indulgentes. El coronel Charles de Gaulle, ferviente partidario de la creación de divisiones blindadas como las del ejército alemán, dijo, sin pelos en la lengua, que «la inercia es la derrota».16 Pero los generales, con enojo y desdén, hicieron caso omiso de sus advertencias. Todo lo que hizo el alto mando francés para mantener alta la moral fue organizar espectáculos de entretenimiento en el frente con la colaboración de actores y cantantes famosos, como, por ejemplo, Édith Piaf, Joséphine Baker, Maurice Chevalier o Charles Trenet. Mientras tanto en París, donde la clientela abarrotaba los restaurantes y las salas de cabaret, la canción favorita era J'attendrai, «Esperaré». Pero lo que resultaba más alarmante para la causa aliada eran los derechistas que ocupaban cargos influyentes y decían «Mejor Hitler que Blum», en clara referencia al líder socialista del Frente Popular de 1936, Léon Blum, que, además, era judío. Georges Bonnet, el ferviente partidario de la política de apaciguamiento que ocupaba el Quai d'Orsay, tenía un sobrino que, antes de estallar la guerra, se había encargado de canalizar el dinero entregado por los nazis para patrocinar la propaganda antibritánica y antisemita en Francia.17 El gran amigo del ministro de exteriores, Otto Abetz, posteriormente embajador nazi en París durante la Ocupación, estuvo muy implicado en el asunto, por lo que fue expulsado del país. Incluso el nuevo primer ministro, Paul Reynaud, incondicional partidario de la guerra contra el nazismo, tenía una peligrosa debilidad. Su amante, la condesa Hélène de Portes, «mujer cuyas duras facciones rezumaban una extraordinaria vitalidad y una gran seguridad»,18 consideraba que Francia no habría debido cumplir nunca su promesa a Polonia. Polonia, representada por un gobierno en el exilio, se había establecido en Francia, con el general Vładysłav Sikorski como primer ministro y comandante en jefe del ejército de la nación. Desde su base en Angers, Sikorski emprendió la tarea de reorganizar a las fuerzas armadas polacas con los ochenta y cuatro mil hombres que habían conseguido escapar, a través de Rumania principalmente, tras la caída de su país. Mientras tanto, en su patria, había comenzado a crearse la resistencia polaca, que, de hecho, sería el movimiento que se organizaría más rápidamente en un país ocupado. A mediados de 1940, solo en los territorios del Gobierno General, el ejército clandestino polaco contaba con unos cien mil efectivos.19 Polonia fue uno de los poquísimos países del imperio nazi en el que el colaboracionismo con el conquistador fue prácticamente nulo. Los franceses, sin embargo, estaban firmemente decididos a no correr la misma suerte que Polonia. Pero la mayoría de sus líderes y el grueso de la población no acertaron a ver que aquella guerra no iba a ser igual que otras contiendas anteriores. Los nazis nunca iban a darse por satisfechos con el pago de una indemnización y la cesión de una provincia o dos. Su objetivo era el reordenamiento de Europa a su brutal imagen y semejanza. 4 EL DRAGÓN Y EL SOL NACIENTE (1937-1940) Por mucho que conocieran el carácter implacable de su enemigo, lo cierto es que los chinos no podían imaginar el grado de crueldad con el que los japoneses iban a ser capaces de actuar. El sufrimiento no era ninguna novedad para las empobrecidas masas campesinas de China, que también sabían muy bien lo que era el hambre provocado por las inundaciones, por las épocas de sequía, por la deforestación, por la erosión del suelo y por las depredaciones de los ejércitos de los señores de la guerra. Vivían en destartaladas casas de barro, y su existencia estaba marcada por las enfermedades, la ignorancia, la superstición y la explotación a la que estaban sometidas por parte de los terratenientes, que se quedaban entre la mitad y dos tercios de sus cosechas en concepto de arrendamiento. Los habitantes de las ciudades, incluidos muchos intelectuales de izquierdas, solían considerar a las masas campesinas poco más que bestias de carga sin rostro ni personalidad. «Es simplemente inútil compadecerse de esta gente», comentó un intérprete comunista a la intrépida periodista y activista norteamericana Agnes Smedley. «Son demasiados».1 La propia Smedley comparó la existencia de aquellos individuos con la de «los siervos de la gleba de la Edad Media».2 Vivían de pequeñísimas raciones de arroz, mijo o calabaza, que cocían en calderos de hierro, su posesión más preciada. Muchos andaban descalzos, incluso en invierno, y en verano llevaban sombreros de paja cuando trabajaban en los campos con la espalda doblada. Tenían poca esperanza de vida, de modo que era relativamente raro ver campesinas ancianas, arrugadas por el paso de los años, obligadas por sus pies vendados a caminar dando pasitos cortos. Muchos no habían visto nunca un automóvil o un avión, ni siquiera una bombilla. Buena parte de las zonas rurales de China aún estaban gobernadas por señores de la guerra y terratenientes con poderes feudales. La vida en las ciudades no era mejor para la gente humilde, ni siquiera para la que tenía un trabajo. «En Shanghai», escribió un periodista americano, «retirar todas las mañanas los cuerpos inertes de los niños trabajadores que yacen junto a las puertas de las fábricas se ha convertido en una rutina».3 Los pobres también sufrían los abusos de codiciosos burócratas y recaudadores de impuestos. En Harbin, los mendigos solían pedir diciendo: «¡Déme algo! ¡Déme algo! ¡Que la providencia se lo premie con riquezas! ¡Que la providencia se lo premie con un cargo oficial!» A veces, cambiaban la última frase: «¡Que la providencia se lo premie con riquezas! ¡Que la providencia se lo premie haciéndole general!»4 Hasta tal punto su fatalismo formaba parte de su personalidad, que costaba imaginar que pudiera producirse un verdadero cambio social. La revolución de 1911, que había marcado la caída de la dinastía Qing e instaurado la república de Sun Yat-sen, había sido una revolución de la clase media urbana. También lo fue al principio el movimiento nacionalista chino, surgido para poner freno al evidente plan de Japón de aprovecharse de la debilidad del país. Wang Jingwei, que en 1924 se erigió en líder del Kuomintang a la muerte de Sun Yat-sen, era el rival principal del cada vez más encumbrado general Chiang Kai- shek. Chiang, un tipo orgulloso y un poco paranoico, era muy ambicioso y estaba decidido a convertirse en el gran líder de China. De constitución delgada, calvo y con un bigotito militar, Chiang era un político sumamente sagaz, pero no siempre fue un buen general en jefe. Había estado al frente de la academia militar de Whampoa, y sus alumnos predilectos habían sido designados para ocupar cargos de suma importancia. Sin embargo, debido a las rivalidades y las luchas intestinas en el seno del Ejército Nacional Revolucionario, y entre los diversos señores de la guerra aliados, Chiang intentaba controlar a sus formaciones desde la distancia, provocando a menudo situaciones de confusión y, en consecuencia, lentitud en sus acciones. En 1932, el año siguiente al «incidente de Mukden» y la invasión japonesa de Manchuria, los nipones enviaron destacamentos navales a su concesión de Shanghai en una actitud de clara beligerancia. Chiang vio que iba a tener lugar un ataque mucho más contundente, y comenzó a prepararse. El general Hans von Seeckt, antiguo comandante en jefe del Reichswehr durante la República de Weimar, que había llegado en mayo de 1933, ofreció su asesoramiento para modernizar y profesionalizar los ejércitos nacionalistas. Seeckt y su sucesor, el general Alexander von Falkenhausen, abogaban por una guerra de desgaste prolongada, por considerarla la única manera posible para detener a unas fuerzas mucho mejor preparadas como las del ejército imperial japonés. Sin apenas relaciones comerciales con el extranjero, Chiang decidió cambiar tungsteno chino por armamento alemán. Chiang Kai-shek, aunque más tarde se convertiría en un dictador militar y un reaccionario, era por aquel entonces un modernizador infatigable y verdaderamente idealista. Durante lo que pasaría a denominarse la década de Nanjing (1928-1937), dirigió un programa de rápida industrialización, de construcción de carreteras y de modernización militar y agrícola. También quiso acabar con el aislamiento psicológico y diplomático de China. Sin embargo, como era perfectamente consciente de la debilidad militar de su país, se mostró firmemente decidido a evitar una guerra con Japón en la medida de lo posible. En 1935, ante la amenaza nipona, Stalin, a través de la Comintern, dio instrucciones a los comunistas chinos para que crearan un frente común con los nacionalistas. Era una política que desagradaba en particular a Mao Zedong, que en el mes de octubre de 1934, para evitar la destrucción de su Ejército Rojo, se había visto obligado a emprender la Larga Marcha a raíz de los ataques de Chiang contra las fuerzas comunistas. De hecho, Mao, un hombre corpulento y ambicioso con una curiosa voz aguda, era considerado un disidente por el Kremlin porque opinaba que los intereses de Stalin y los del Partido Comunista Chino no eran los mismos. En consonancia con el pensamiento leninista, creía que la guerra preparaba el terreno para la revolución que habría de llevarlo al poder. Moscú, por otro lado, no quería una guerra en Extremo Oriente. Consideraba que los intereses de la Unión Soviética eran mucho más importantes que una victoria a largo plazo de los comunistas de China. Así pues, la Comintern acusaba a Mao de carecer de una «perspectiva internacionalista». Y Mao estaba a punto de cometer una herejía cuando aducía que los principios marxistas- leninistas de la primacía del proletariado de las ciudades no podían aplicarse en China, donde el campesinado debía constituir el grupo de vanguardia de la revolución. Abogaba por emprender una guerra de guerrillas independiente y por desarrollar redes de resistencia tras las líneas japonesas. Chiang envió una legación para entrevistarse con los comunistas. Quería que sus fuerzas se incorporaran al ejército del Kuomintang. A cambio, permitiría que tuvieran su propia región en el norte y dejaría de atacarlos. Mao sospechaba que Chiang, con su política, lo único que pretendía era aislarlos en una zona en la que serían destruidos por los japoneses de Manchuria. Chiang, sin embargo, sabía perfectamente que los comunistas nunca iban a comprometerse o a colaborar a largo plazo con ningún otro partido, que su único objetivo era hacerse con todo el poder. «Los comunistas son una enfermedad del corazón», diría en una ocasión. «Los japoneses, una enfermedad de la piel».5 Mientras se enfrentaba al problema comunista en el sur y en el centro de China, poco podía hacer Chiang para frenar las incursiones y provocaciones japonesas en el nordeste del país. El ejército de Kwantung en Manchukuo discutía con Tokio, afirmando que no era el momento de comprometerse con China. Su jefe de estado mayor, el teniente general Tōjō Hideki, futuro primer ministro de Japón, decía que prepararse para una guerra contra la Unión Soviética sin destruir la «amenaza en nuestra retaguardia», esto es, el gobierno de Nanjing, era «querer meterse en problemas».6 Al mismo tiempo, la política de Chang Kai-shek de apaciguamiento ante la agresión japonesa provocaba un descontento popular generalizado, que quedó patente en las manifestaciones de protesta estudiantiles llevadas a cabo en la capital. A finales de 1936, las fuerzas niponas avanzaron hacia la provincia de Suiyuan, junto a la frontera con Mongolia, con la intención de adueñarse de las minas de carbón y de los depósitos de hierro de la región. Las fuerzas nacionalistas reaccionaron y consiguieron repeler el ataque. Este episodio vino a fortalecer la posición de Chiang, que a partir de ese momento endureció sus condiciones para la creación de un frente unido con los comunistas. Estos, con la Alianza del Noroeste creada por un grupo de señores de la guerra locales, atacaron a las unidades nacionalistas por la retaguardia. Chiang deseaba aplastar definitivamente a los comunistas mientras seguía negociando con ellos. Pero a comienzos de diciembre decidió trasladarse a Xi'an para aclarar las cosas con dos jefes del ejército nacionalista, que querían crear un frente de resistencia contra Japón y poner fin a la guerra civil con los comunistas. Estos comandantes lo capturaron y lo mantuvieron detenido durante dos semanas, hasta que Chiang se avino a sus pretensiones. Los comunistas exigieron que Chiang Kai-shek fuera procesado por un tribunal del pueblo. Pero Chiang fue liberado y pudo regresar a Nanjing, tras haberse visto obligado a cambiar su política. Toda la nación estalló de júbilo ante la perspectiva de aquella unidad frente a las ambiciones japonesas. Y el 16 de diciembre, Stalin, seriamente preocupado por el pacto anti- Comintern de nazis y nipones, comenzó a presionar a Mao y a Zhou Enlai, el camarada chino más sutil y diplomático, para que hicieran frente común con los nacionalistas. El líder soviético temía que si los comunistas chinos provocaban conflictos en el norte, Chiang Kai-shek optara por aliarse con los japoneses contra ellos. Y si Chiang acababa siendo destituido, era muy probable que Wang Jingwei, contrario a cualquier enfrentamiento con Japón, asumiera el liderazgo del Kuomintang. Para asegurarse una postura beligerante de los nacionalistas, Stalin no dudó en hacerles creer que iba a prestarles su apoyo en una eventual guerra contra Japón. Y siguió mostrándoles aquella zanahoria, sin la más mínima intención de comprometer a la Unión Soviética. El Kuomintang y los comunistas todavía no habían firmado acuerdo alguno cuando el 7 de julio de 1937, al suroeste de Pekín, se produjo un enfrentamiento entre tropas chinas y niponas en el puente de Marco Polo, que marcó el comienzo de la fase más importante de la guerra chino-japonesa. Todo el incidente no fue más que una sórdida farsa que pone de manifiesto la aterradora imprevisibilidad de los acontecimientos en un momento de grandes tensiones. Un soldado japonés había desaparecido durante unos ejercicios nocturnos. El comandante de su compañía solicitó poder entrar en la llamada «ciudad de Wanping» para buscarlo. Cuando se le denegó el acceso, atacó la fortaleza, y las tropas chinas respondieron a la agresión; mientras tanto, el soldado extraviado había encontrado el camino para llegar a su cuartel. Pero lo irónico del episodio no acabaría ahí: el estado mayor en Tokio decidió por fin actuar y poner coto a sus fanáticos oficiales en China, responsables de tantas provocaciones, y Chiang recibió fuertes presiones de los suyos para no volver a comprometerse.7 El generalísimo dudaba de la sinceridad de los japoneses y convocó una conferencia de líderes chinos. Al principio, los militares nipones estaban divididos. Su ejército de Kwantung en Manchuria quería magnificar el conflicto, pero el estado mayor en Tokio temía que el Ejército Rojo reaccionara atacando la línea fronteriza del norte. Apenas una semana antes, se había producido un enfrentamiento junto al río Amur. Poco después, sin embargo, los jefes del estado mayor japonés decidieron declarar la guerra. Creían que China podía ser conquistada rápidamente, antes de que estallara un conflicto de mayor envergadura o con la Unión Soviética o con las potencias occidentales. Como haría más tarde Hitler con la URSS, los generales nipones cometieron un gravísimo error cuando subestimaron sin más la ira de China y su firme determinación a oponer resistencia. Y el Dragón no iba a responder con la estrategia de impulsar una guerra de desgaste. Chiang Kai-shek, perfectamente consciente de las deficiencias de su ejército y del carácter impredecible de sus aliados del norte, conocía los graves peligros que implicaba una guerra con Japón. Pero no tenía elección. Los japoneses volvieron a presentar un ultimátum, que fue rechazado por el gobierno de Nanjing, y el 26 de julio su ejército atacó. Pekín cayó al cabo de tres días. Las fuerzas nacionalistas y sus aliados tuvieron que replegarse, ofreciendo resistencia solamente de manera esporádica, mientras los japoneses avanzaban hacia el sur. «De repente teníamos la guerra encima», escribió Agnes Smedley, que desembarcó de un junco en la margen izquierda del río Amarillo, en un «pueblo laberíntico y fangoso llamado Fenglingtohkow. Esta pequeña localidad, en la que esperábamos encontrar alojamiento para pasar la noche, era una confusión de militares, paisanos, carros, mulas, caballos y vendedores callejeros. Cuando subíamos por los caminos llenos de lodo hacia la aldea, pudimos ver a uno y otro lado una sucesión de soldados heridos que yacían en el suelo. Cientos de ellos llevaban vendas sucias y ensangrentadas, y algunos estaban inconscientes... No había nadie con ellos, ni médicos, ni enfermeras, ni acompañantes».8 A pesar de todos los esfuerzos de Chiang por modernizar las fuerzas nacionalistas, estas, al igual que las de los señores de la guerra aliados, no estaban ni mucho menos entrenadas y equipadas como las divisiones japonesas con las que tenían que enfrentarse. La infantería vestía uniformes de algodón de color azul y gris en verano, y en invierno los más afortunados disponían de una chaqueta de algodón acolchada o del abrigo de pelo de oveja del soldado mongol. Su calzado consistía en unos zapatos de tela o en unas sandalias de paja. Aunque resultaba silencioso cuando se movían con sigilo, no protegía de las afiladas estacas punji de bambú, cubiertas de excrementos para provocar infecciones, que los japoneses solían utilizar para defender sus posiciones. Los soldados chinos llevaban gorras de plato con orejeras recogidas en la parte superior. No tenían cascos metálicos, excepto los que quitaban a los soldados japoneses muertos, y que luego lucían con orgullo. Muchos vestían casacas enemigas, también de soldados muertos, lo que provocaba numerosas confusiones en momentos de crisis. Su trofeo más preciado era una pistola japonesa. De hecho, solía ser más fácil para ellos conseguir municiones para un arma nipona que para sus fusiles, que procedían de distintos países y fabricantes. Las mayores deficiencias se presentaban en sus servicios médicos, su artillería y sus fuerzas aéreas. Tanto en la batalla como lejos del escenario de los combates, las tropas chinas eran dirigidas mediante toques militares. Solo había comunicación sin cables entre los principales cuarteles generales, pero incluso en estos casos su fiabilidad era escasa. Además, los japoneses no tenían dificultades para descifrar sus sistemas de codificación, por lo que podían conocer fácilmente sus órdenes y objetivos. El transporte militar chino se limitaba a unos pocos camiones, y la mayoría de las unidades de combate tenía que contentarse con sus mulas, maldecidas una y otra vez con expresiones tradicionales, los ponis mongoles y los carros con pesadas ruedas de madera tirados por bueyes. Siempre había escasez de medios, lo que comportaba que a menudo los soldados no recibieran los alimentos necesarios. Y como su paga llegaba prácticamente siempre con meses de retraso, cuando no era sustraída por sus oficiales, la moral solía ser muy baja. Pero no se puede poner en duda el valor y la determinación de las tropas chinas en la batalla de Shanghai de aquel verano. Los orígenes y motivos que dieron lugar a este gran choque son todavía materia de debate. La explicación clásica es que Chiang, al abrir un nuevo frente en Shanghai sin dejar de combatir en el norte y en el centro, pretendía que las fuerzas japonesas tuvieran que dividirse, y evitar así que pudieran concentrarse y obtener una rápida victoria.9 Siguiendo los consejos del general von Falkenhausen, esta iba a ser su guerra de desgaste. Un ataque a Shanghai también obligaría a los comunistas y a los otros ejércitos aliados a comprometerse con su «Guerra de Resistencia», aunque siempre se corría el riesgo de que decidieran retirarse antes de poner en peligro a sus fuerzas y su base de poder. Con esta empresa también se aseguraba el apoyo prometido por los soviéticos, a saber, el envío de asesores militares y el suministro de cazas, tanques, artillería, ametralladoras y vehículos. Todo ello se pagaría con la exportación de materias primas a la Unión Soviética. La otra explicación es, ciertamente, interesante. Stalin, considerablemente alarmado por los éxitos japoneses en el norte de China, era el único que realmente quería que la lucha se trasladara al sur y lo más lejos posible de sus fronteras orientales. Lo consiguió recurriendo al jefe nacionalista regional, general Chang Ching-chong, quien era un «durmiente» soviético. En diversas ocasiones Chang había tratado de convencer a Chiang Kai-shek para que lanzara un ataque preventivo contra la guarnición japonesa de tres mil infantes de marina acantonada en Shanghai, pero el generalísimo le dijo que no hiciera nada hasta recibir órdenes específicas. Un ataque a Shanghai comportaba riesgos muy altos. La ciudad solo estaba a 290 kilómetros de Nanjing, y una eventual derrota junto a la boca del Yangtsé habría podido conducir a un rápido avance japonés sobre la capital y hacia el centro de China. El 9 de agosto, Chang envió un grupo de soldados al aeropuerto de Shanghai, donde abatieron a un teniente de la infantería de marina japonesa y al soldado que lo acompañaba. Por decisión exclusiva de Chang, mataron también a un prisionero chino condenado a muerte para hacer creer que los japoneses habían disparado primero. Estos, reacios también a empezar una batalla en los alrededores de Shanghai, al principio no reaccionaron, excepto para pedir refuerzos. Chiang Kai-shek ordenó de nuevo a Chang que no atacara. El 13 de agosto, los barcos de guerra japoneses comenzaron a abrir fuego contra las posiciones chinas en Shanghai. A la mañana siguiente, dos divisiones nacionalistas empezaron el asalto a la ciudad. También se lanzó un ataque aéreo contra el buque insignia de la Tercera Flota nipona, el viejo crucero acorazado Izumo, anclado fuera del Bund (malecón) hacia el centro de la ciudad. Fue un comienzo muy poco propicio. Las baterías antiaéreas de la nave de guerra forzaron la retirada de los obsoletos aviones chinos. Algunos proyectiles alcanzaron el dispositivo portabombas de uno de ellos. Mientras este aparato sobrevolaba la colonia internacional, su carga se desprendió, cayendo sobre el Palace Hotel, situado en Nanjing Road, y, a continuación, sobre otros lugares atestados de refugiados civiles. En consecuencia, el avión chino mató o hirió a unos mil trescientos de los suyos.10 Los dos bandos se enzarzaron en una lucha cada vez más sangrienta que convirtió la batalla en el enfrentamiento más prolongado y penoso de la guerra chino-japonesa. El 23 de agosto, los japoneses, tras enviar numerosos refuerzos a Shanghai, desembarcaron en la zona costera del norte para rodear las posiciones nacionalistas. Sus lanchas de desembarco dejaron en tierra firme numerosos tanques. Por otro lado, la marina nipona disponía de una artillería sumamente efectiva, más aún teniendo en cuenta que las divisiones nacionalistas carecían prácticamente de ella. Los intentos nacionalistas de bloquear el Yangtsé también fueron en vano, y sus reducidas fuerzas aéreas poco podían hacer ante la supremacía de la aviación enemiga.11 A partir del 11 de septiembre, las fuerzas nacionalistas, dirigidas por Falkenhausen, combatieron con gran arrojo, a pesar de sus terribles pérdidas. Casi todas las divisiones, especialmente las unidades de élite de Chiang, perdieron a más de la mitad de sus efectivos, diez mil jóvenes oficiales incluidos. Chiang, incapaz de decidir si seguir luchando o retirarse, optó al final por enviar más divisiones. Tomó aquella determinación coincidiendo con una asamblea de la Sociedad de Naciones, en la esperanza de atraer la atención internacional hacia su país. En total, los japoneses llevaron al teatro de operaciones en Shanghai a unos doscientos mil hombres, más de los desplegados en el norte de China. La tercera semana de septiembre, comenzaron a abrir brechas en las defensas nacionalistas, forzando en octubre su retirada al otro lado del río Suzhou, una línea de demarcación que constituía un verdadero obstáculo a pesar de su aparente insignificancia. Se dejó atrás un batallón encargado de la defensa de un godown, o almacén, para dar la impresión de que los nacionalistas seguían teniendo un bastión en Shanghai. Este «batallón solitario» se convertiría en un gran mito de la propaganda de la causa china. A comienzos de noviembre, tras más combates desesperados, los japoneses cruzaron el río Suzhou utilizando botes de asalto y establecieron diversas cabezas de puente. A continuación, con otro desembarco anfibio en el sur, obligaron a los nacionalistas a emprender la retirada. La disciplina y la moral, dos factores que habían sido de gran ayuda durante los encarnizados enfrentamientos que se habían saldado con innumerables pérdidas, se vinieron abajo de repente. Los soldados comenzaron a abandonar sus fusiles. Los bombarderos y cazas japoneses provocaban el pánico entre los refugiados que, en su huida, caían y eran pisoteados por el tropel de gente que seguía corriendo despavorida. Durante los tres meses de combate en Shanghai y sus alrededores, los japoneses sufrieron más de cuarenta mil bajas. Los chinos superaron las ciento ochenta y siete mil, un número de pérdidas que prácticamente multiplicaba por cinco el de los enemigos. En su precipitado avance, las divisiones japonesas competían unas con otras por llegar antes a Nanjing, incendiando las aldeas que iban encontrando a su paso. La Armada Imperial nipona mandó remontar el Yangtsé con dragaminas y cañoneras para bombardear la ciudad. El gobierno nacionalista comenzó su traslado, remontando el Yangtsé en barcos de vapor y en juncos en dirección a Hankou, que se convertiría provisionalmente en su capital. Más tarde lo sería Chongqing, ciudad situada en el alto Yangtsé, en la provincia de Sichuan. Chiang Kai-shek no sabía si resistir en Nanjing o marchar de allí sin presentar batalla. La ciudad era imposible de defender, pero abandonar un símbolo de tanta importancia resultaba humillante. Sus generales no podían estar de acuerdo. Al final, los dos bandos mostrarían su lado más sombrío, con una mala defensa que simplemente enfureció al agresor. Los comandantes japoneses planeaban de hecho utilizar gas mostaza y bombas incendiarias contra la capital si los combates llegaban a alcanzar la intensidad que se había vivido en Shanghai.12 Aunque los chinos sabían que sus enemigos eran implacables, no podían ni imaginar el grado de crueldad que les aguardaba. El 13 de diciembre, las fuerzas chinas evacuaron Nanjing, pero para acabar de repente rodeadas a las afueras de la ciudad. Las tropas japonesas entraron en Nanjing con la orden de matar a todos los prisioneros. Solo una unidad de la 16.ª División asesinó a quince mil chinos, y solo una compañía a otros mil trescientos.13 En su informe a Berlín, un diplomático alemán contaba que «además de ejecuciones en masa utilizando ametralladoras, se recurrió a otros métodos más personales para acabar con la vida de los detenidos, como, por ejemplo, rociar con gasolina y prender fuego a la víctima».14 Los edificios de la ciudad fueron saqueados e incendiados. Para escapar de la matanza, de los abusos y violaciones y de la destrucción, la población civil intentó refugiarse en la denominada «zona internacional de seguridad». La furia japonica conmocionó al mundo por sus espeluznantes matanzas y violaciones masivas en venganza por el encarnizamiento de los combates en Shanghai, algo que el ejército japonés no esperaba de un pueblo como el chino, al que tanto despreciaba. Las cifras relativas al número de bajas civiles son muy dispares unas de otras. Algunas fuentes chinas hablan de hasta trescientos mil muertos, pero lo más probable es que fueran alrededor de doscientos mil. Las autoridades militares niponas, en una retahíla de mentiras absurdas, dijeron que se limitaron a ejecutar a soldados chinos que se habían vestido de paisano, y que su número apenas superó el millar. Las escenas de la matanza eran dantescas, con calles y plazas llenas de cadáveres en estado de descomposición, mordidos muchos por perros semisalvajes. Todos los estanques, todos los canales y todos los ríos estaban contaminados con cuerpos putrefactos. Los soldados japoneses se habían criado en una sociedad militarista. Toda la aldea o vecindad, honrando esos valores marciales, acostumbraba a salir a la calle a despedir al recluta que partía para unirse al ejército. Por esta razón, los soldados solían luchar por el honor de su familia y de su comunidad, no por el emperador como muchos occidentales creían. La fase básica de los adiestramientos estaba concebida para destruir su individualidad. Los reclutas eran objeto de constantes insultos y golpes por parte de sus suboficiales, con el fin de endurecerlos y provocarlos, en lo que podría calificarse de una teoría de causa-efecto de la opresión, para conseguir que dieran rienda suelta a su cólera ante los soldados y civiles de un enemigo derrotado.15 Además, ya en la escuela primaria, todos ellos habían sido adoctrinados para creer que los chinos eran seres claramente inferiores a la «raza divina» japonesa, «inferiores a los cerdos».16 En un típico estudio de caso de las confesiones realizadas después de la guerra, un soldado reconoció que, como se había sentido horrorizado por las torturas infligidas gratuitamente a un prisionero chino, pidió que le permitieran encargarse del castigo para redimirse de la falta cometida.17 En Nanjing, los soldados chinos heridos eran asesinados a golpe de bayoneta allí donde se encontraban. Los oficiales nipones obligaban a los prisioneros a arrodillarse en fila, para luego decapitarlos uno a uno con sus espadas de samurai. Sus soldados recibieron también la orden de practicar con la bayoneta con miles de chinos que eran atados a árboles. Los que se negaban eran golpeados con severidad por sus suboficiales. El proceso de deshumanización de las tropas desarrollado por el Ejército Imperial de Japón aumentaba su grado de violencia en cuanto estas dejaban su patria y llegaban a China. Un cabo llamado Nakamura, que había sido reclutado contra su voluntad, cuenta en su diario que obligaron a unos reclutas novatos a presenciar cómo torturaban a cinco chinos hasta matarlos. Los recién llegados estaban horrorizados, pero Nakamura dice lo siguiente: «Todos los reclutas novatos reaccionan igual, pero no tardarán en hacer lo mismo».18 Shimada Toshio, soldado raso, cuenta cómo fue su «bautismo de sangre» tras unirse al 226.° Regimiento en China. El prisionero chino había sido atado de manos y pies a dos estacas, una a cada lado. Unos cincuenta reclutas recién llegados formaron fila para practicar la bayoneta con él. «Mis sentimientos debieron de paralizarse. No sentí ninguna misericordia por él. Al final, empezó a increparnos, gritando "¡Venga! ¡A qué esperáis!" No atinábamos a clavarla en el lugar correcto. Por lo que exclamaba "¡Daos prisa!", dando a entender que quería morir lo antes posible». Shimada afirma que resultaba difícil porque la bayoneta se clavaba en aquel desgraciado «como [si él fuera de] tofu».19 John Rabe, el comerciante alemán representante de Siemens que organizó la «zona internacional de seguridad» en Nanjing y demostró su gran coraje y humanidad, escribió en su diario: «Me siento totalmente confundido ante la conducta de los japoneses. Por un lado, quieren que se les reconozca y se les trate como una gran potencia a nivel de las europeas, pero por otro, en estos momentos demuestran una crueldad, una brutalidad y una bestialidad que solo pueden compararse con las de las hordas de Gengis Kan».20 Doce días más tarde anotaría el siguiente comentario: «A cualquiera se le cortaría la respiración de puro asco si viera una y otra vez cadáveres de mujeres con estacas de bambú clavadas en la vagina. Ni las ancianas septuagenarias se salvan de ser violadas».21 El espíritu de grupo del Ejército Imperial de Japón, inculcado con castigos colectivos durante el período de adiestramiento, también dio lugar a un orden de preferencia entre los soldados. Los más veteranos organizaban violaciones en grupo, con incluso treinta hombres por una sola mujer, a la que solían asesinar cuando acababan con ella. A los novatos no se les permitía participar en aquellos actos brutales. Solo se les «invitaba» a unirse a la «fiesta» cuando eran aceptados como parte del grupo. A los soldados recién llegados tampoco se les permitía visitar a las «mujeres de solaz» de los burdeles militares. Estas mujeres eran adolescentes y jóvenes casadas que habían sido detenidas en la calle o escogidas por los jefes de las aldeas, los cuales debían proporcionar un número determinado de ellas por orden del Kempeitai, la temida policía militar. Tras la matanza y las violaciones perpetradas en Nanjing, las autoridades militares niponas exigieron la entrega de tres mil mujeres más «para uso y disfrute del ejército».22 Solo en Xuzhou fueron capturadas más de dos mil cuando se tomó esta ciudad en el mes de noviembre.23 Además de las jóvenes forzadas a seguir ese camino, los japoneses trasladaron a China a un gran número de mujeres de su colonia de Corea. El comandante de un batallón de la 37.ª División metió incluso en su cuartel a tres esclavas chinas para su deleite personal. Para que parecieran hombres, se les afeitó la cabeza en un intento de encubrir su verdadera identidad.24 El objetivo de las autoridades militares era reducir los casos de enfermedades venéreas y disminuir el número de violaciones perpetradas públicamente por sus hombres, pues semejantes actos podían provocar la aparición de focos de resistencia entre la población. Preferían que unas mujeres esclavas fueran violadas continuamente en la clandestinidad de las «casas de solaz». Pero pronto se reveló equivocada la idea de que el suministro de «mujeres de solaz» contendría a los soldados japoneses de cometer actos de violación. Los soldados preferían claramente cometer de vez en cuando ese tipo de actos que hacer cola en la «casa de solaz», y sus oficiales opinaban que las violaciones eran beneficiosas para el espíritu marcial.25 En las pocas ocasiones en las que los japoneses se vieron obligados a retirarse de un lugar, mataron a todas las «mujeres de solaz» para vengarse de los chinos. Por ejemplo, cuando la localidad de Suencheng, próxima a Nanjing, fue recuperada temporalmente, unos soldados chinos entraron en «un edificio en el que, después de que los japoneses abandonaran el lugar, fueron hallados los cadáveres desnudos de una docena de jóvenes chinas. En el letrero colgado de la puerta que daba a la calle todavía podía leerse: "Casa de Consuelo [Solaz] del Gran Ejército Imperial"».26 En el norte de China los japoneses sufrieron algunos reveses a manos de las tropas nacionalistas y de las fuerzas semiguerrilleras comunistas del Octavo Ejército de Ruta, que afirmaban que podían recorrer más de ciento diez kilómetros en un solo día. Pero a finales de año, el ejército de Kwantung controlaba las ciudades de las provincias de Chahar y Suiyuan y el norte de la de Shanxi. Al sur de Pekín, ocuparon con facilidad la provincia de Shandong y su capital, en gran medida gracias a la cobardía del comandante de la región, el general Han Fuju. El general Han, que había huido en un avión, llevándose consigo el contenido de las arcas locales y un sarcófago de plata, fue detenido por los nacionalistas y condenado a muerte. Fue obligado a arrodillarse, y, a continuación, un camarada general lo ejecutó disparándole en la cabeza. Esta especie de advertencia dirigida a todos los comandantes fue muy bien recibida por los distintos partidos y facciones, y contribuyó en gran medida a la unidad de los chinos. Los japoneses estaban cada vez más contrariados por la firme determinación de los chinos de seguir con su férrea resistencia, por mucho que hubieran perdido su capital y casi todas sus fuerzas aéreas. Y estaban exasperados por la manera en la que los chinos conseguían evitar aquel enfrentamiento decisivo que, tras la batalla de Shanghai, habría podido acabar con ellos. En enero de 1938, las fuerzas niponas comenzaron su avance hacia el norte por la línea ferroviaria que iba de Nanjing a Xuzhou, un importante centro de comunicaciones de gran valor estratégico por sus conexiones con un puerto de la costa este y por su proximidad a la línea ferroviaria situada más al oeste. De caer esta ciudad, corrían peligro los grandes centros industriales de Wuhan y Hankou. En China, como en Rusia durante la guerra civil, las líneas ferroviarias tenían muchísima importancia para el traslado y el abastecimiento de las tropas. Chiang Kai-shek, que desde siempre había sabido que Xuzhou sería un objetivo fundamental si tenía lugar la invasión japonesa, concentró en la región un ejército de unos cuatrocientos mil hombres, formado por divisiones nacionalistas y tropas de jefes locales aliados. El generalísimo era perfectamente consciente de la trascendencia de las próximas batallas. El conflicto chino había atraído a numerosos periodistas extranjeros, y la opinión pública internacional lo equiparaba con la Guerra Civil Española. Varios escritores, fotógrafos y realizadores cinematográficos que habían estado en España —Robert Capa, Joris Ivens, W. H. Auden o Christopher Isherwood— se encontraban allí para comprobar en primera persona y registrar o grabar para el mundo la resistencia de China a la invasión japonesa. La inminente defensa de Wuhan sería comparada con la defensa de Madrid. Comenzaron a llegar a China para prestar su ayuda a las fuerzas nacionalistas y comunistas numerosos médicos que habían asistido a los republicanos españoles heridos. El más famoso fue el cirujano canadiense Norman Béthune, que murió en China a causa de una gravísima infección. Stalin también veía ciertos paralelismos con la Guerra Civil Española, pero Chiang cometió un error al confiar en las palabras de su representante en Moscú, que con un exceso de optimismo creía que la Unión Soviética iba a entrar en guerra con Japón. Mientras seguían los combates, Chiang entabló negociaciones, a través del embajador alemán, con los japoneses, en parte para forzar la intervención de Stalin, pero las condiciones exigidas por los invasores eran excesivamente duras. Stalin sabía que los nacionalistas no podían aceptarlas. En febrero, divisiones japonesas del II Ejército cruzaron el río Amarillo desde el norte para rodear las formaciones chinas. A finales de marzo, los invasores habían entrado en la ciudad de Xuzhou donde los combates encarnizados se prolongaron durante días. Los chinos carecían de los medios necesarios para enfrentarse a los tanques nipones, pero comenzó a llegar armamento soviético, y pudo lanzarse con éxito una gran contraofensiva en Taierzhuang, a unos sesenta kilómetros al este. Los invasores enviaron inmediatamente refuerzos de Japón y Manchuria. El 17 de mayo creyeron que tenían atrapado el grueso de las divisiones chinas, pero, separándose y formando pequeños grupos, unos doscientos mil soldados nacionalistas lograron escapar de aquella encrucijada. Al final, el 21 de mayo, cayó Xuzhou, donde se hicieron unos treinta mil prisioneros.27 En julio, en el lago Jasan, tuvo lugar el primer gran enfrentamiento fronterizo entre las fuerzas niponas y el Ejército Rojo. Una vez más, los nacionalistas confiaron en que la Unión Soviética entrara en guerra, pero sus expectativas pronto se esfumaron. Stalin reconocía tácitamente el control japonés de Manchuria. Hitler tenía los ojos puestos en Checoslovaquia, y el dictador ruso estaba sumamente preocupado por aquella amenaza alemana en el oeste. No obstante, envió varios asesores militares a los nacionalistas. Los primeros habían llegado en junio, poco antes de la partida del general von Falkenhausen y su equipo, que recibieron de Göring la orden de regresar a Alemania. A continuación, como temía Chiang, los japoneses planearon el ataque a la ciudad industrial de Wuhan. También decidieron establecer su gobierno títere chino. Para detener el avance del enemigo hacia Wuhan, Chiang Kai-shek mandó que se abrieran brechas en los diques del río Amarillo, o, como se decía en la orden del alto mando, que se utilizara «agua en vez de soldados».28 Esta política de inundaciones supuso para el avance de los japoneses un retraso de casi cinco meses, pero fue espeluznante la destrucción y la muerte que provocó en un territorio de más de setenta mil kilómetros cuadrados de extensión. No había terrenos elevados en los que encontrar cobijo. Según cálculos oficiales, ochocientas mil personas murieron ahogadas, de varias enfermedades o de inanición, y hubo más de seis millones de refugiados. Cuando por fin la tierra estuvo suficientemente seca para transitar por ella con sus vehículos, los japoneses reiniciaron el avance hacia Wuhan, apoyados por las fuerzas de la Armada Imperial que navegaban por el Yangtsé, y por el XI Ejército que seguía el curso del río por sus dos márgenes. El Yangtsé se convirtió en una ruta fundamental de abastecimiento de sus tropas, inmune a los ataques propios de una guerra de guerrillas. Los nacionalistas habían recibido hasta entonces unos quinientos aviones soviéticos y ciento cincuenta pilotos «voluntarios» del Ejército Rojo, pero como estos prestaban servicio solo durante tres meses, cuando comenzaban a dominar la situación, ya tenían que irse. Llegaron a prestar sus servicios conjuntamente entre ciento cincuenta y doscientos de ellos, y en total fueron unos dos mil los que volaron en China. Lograron organizar con éxito una emboscada el 29 de abril de 1938, cuando supusieron acertadamente que los japoneses iban a lanzar una gran incursión contra Wuhan para celebrar el aniversario del emperador Hiro Hito, pero, por lo general, los pilotos de la Armada Imperial impusieron su superioridad en el centro y en el sur de China. Los pilotos chinos, a pesar de volar en aparatos poco apropiados, solían realizar ataques espectaculares contra los navíos de guerra, ataques que supusieron su propia destrucción.29 En julio, los japoneses bombardearon el puerto fluvial de Jiujiang, casi con toda seguridad con la ayuda de unas armas químicas que recibían eufemísticamente el nombre de «humo especial». El 26 de julio, cuando cayó la ciudad, el destacamento Namita llevó a cabo otra horrible matanza de civiles. Pero en medio del intenso calor estival, el XI Ejército se vio obligado a frenar su avance debido a la férrea resistencia de las fuerzas chinas, y un gran número de soldados japoneses sucumbió a la malaria y al cólera. Este hecho permitió que los chinos tuvieran tiempo para desmantelar diversas instalaciones industriales y enviarlas, río arriba, a Chongqing. El 21 de octubre, tras llevar a cabo una importante operación anfibia, el XXI Ejército japonés capturó el gran puerto de Guangzhou (Cantón), situado en la costa meridional. Cuatro días más tarde, la 6.ª División del XI Ejército entraba en Wuhan mientras las fuerzas chinas huían en retirada. Chiang Kai-shek se lamentaba constantemente de lo deficientes que eran sus colaboradores, los enlaces, los servicios de inteligencia y las comunicaciones. Los cuarteles generales de las divisiones, aunque se encontraban en la retaguardia, preferían no estar en contacto con el alto mando para no recibir órdenes de ataque. Las defensas siempre carecían de profundidad, limitándose a una simple línea de trincheras fácilmente franqueable, y las reservas nunca eran desplegadas en el lugar adecuado. Sin embargo, el desastre que estaba por venir sería en gran medida culpa de Chiang. Tras la caída de Wuhan, Changsha parecía la localidad más vulnerable. La aviación japonesa la bombardeó el 8 de noviembre. Al día siguiente, Chiang ordenó que se dispusiera todo lo necesario para arrasar con fuego la ciudad si los japoneses lograban entrar en ella. Puso de ejemplo la destrucción de Moscú por parte de los rusos en 1812. Tres días después, comenzó a correr el falso rumor de que los japoneses estaban a punto de llegar, y la madrugada del 13 de noviembre se prendió fuego a la ciudad. Changsha fue pasto de las llamas durante tres días. Dos tercios de la ciudad, incluidos sus depósitos y almacenes llenos de arroz y de trigo, quedaron totalmente destruidos. Veinte mil personas, entre ellas todos los soldados heridos, perdieron la vida, y doscientas mil se quedaron sin casa. A pesar de sus innumerables victorias, el Ejército Imperial japonés distaba mucho de sentirse plenamente satisfecho. Sus comandantes sabían que no habían conseguido asestar un golpe definitivo. Sus líneas de abastecimiento formaban una red demasiado extendida y vulnerable. Y, además, eran perfectamente conscientes del apoyo militar que los nacionalistas recibían de la Unión Soviética, cuyos pilotos estaban abatiendo en aquellos momentos muchos de sus aviones. Los japoneses se preguntaban con gran inquietud qué estaba tramando Stalin. Esta desazón los llevó a proponer en noviembre la retirada general de sus fuerzas al norte, al otro lado de la Gran Muralla, siempre y cuando los nacionalistas cambiaran de gobierno, reconocieran los derechos de Japón sobre Manchuria, permitieran al imperio nipón la explotación de sus recursos y acordaran crear un frente común contra los comunistas. El rival de Chiang, Wang Jingwei, marchó a Indochina en diciembre y entabló contacto con las autoridades japonesas en Shanghai. Como líder de los partidarios del apaciguamiento del Kuomintang, se consideraba el candidato idóneo para sustituir a Chiang. Pero pocos políticos lo siguieron cuando decidió unirse al enemigo. El poderoso llamamiento de Chiang a la redención nacional ganó la batalla. Los japoneses, después de abandonar la estrategia del ataque violento para obtener una rápida victoria, comenzaron a desarrollar un método mucho más cauto. Ante la inminencia de la guerra en Europa, pensaban que no tardarían en verse obligados a desplegar en otros frentes parte de las numerosas fuerzas que tenían en China. También creían —de manera harto absurda, considerando las atrocidades cometidas por sus tropas— que podían ganarse al pueblo chino. Así pues, aunque seguían produciéndose innumerables bajas en las fuerzas nacionalistas y la población civil —morirían unos veinte millones de chinos antes de finalizar la guerra en 1945—, los japoneses optaron por realizar operaciones de menor envergadura, en su mayoría destinadas a acabar con los grupos guerrilleros que actuaban en su retaguardia. Los comunistas reclutaron a un gran número de paisanos para sus milicias guerrilleras, como, por ejemplo, el Nuevo Cuarto Ejército que operaba en el curso medio del Yangtsé. Muchos de estos partisanos campesinos iban armados exclusivamente de herramientas agrícolas o de lanzas de bambú. Pero, siguiendo las decisiones tomadas en el pleno del comité central de octubre de 1938, la política de Mao era clara: las fuerzas comunistas no iban a luchar contra los japoneses si no eran atacadas. Debían mantener su potencial para conquistar territorio a los nacionalistas. Mao dejó bien claro que Chiang Kai-shek era su oponente último, su «enemigo número 1». Los japoneses realizaban incursiones en las zonas rurales, sembrando el terror entre la población local con sus matanzas y sus violaciones en masa. Empezaban por matar a todos los varones jóvenes de la aldea. «Los ataban juntos y les abrían la cabeza a golpes de sable».30 Luego iban a por las mujeres. En septiembre de 1938 el cabo Nakamura haría la siguiente anotación en su diario, hablando de una incursión a Lukuochen, localidad situada al sur de Nanjing: «Ocupamos la aldea y empezamos a buscar por todas las casas. Queríamos capturar a las chicas más atractivas. La caza duró dos horas. Niura mató a una de un tiro porque era virgen y fea, y la habíamos despreciado todos».31 Las violaciones en masa de Nanjing y las innumerables atrocidades cometidas por los soldados del Ejército Imperial provocaron en la población rural un patriótico sentimiento, mezcla de cólera y rabia, inconcebible antes de la guerra, cuando Japón, e incluso China como nación, eran conceptos prácticamente desconocidos. La siguiente batalla importante no tuvo lugar hasta marzo de 1939, cuando los japoneses trasladaron un numerosísimo contingente de tropas a la provincia de Jiangxi para atacar su capital, Nanchang. Los chinos resistieron con gran bravura, a pesar de que los japoneses volvieron a utilizar gas venenoso. Los invasores se vieron obligados a luchar casa por casa, y el 27 de marzo tomaron la ciudad. Centenares de miles de refugiados comenzaron su éxodo hacia el oeste, unos cargando sobre la espalda pesados fardos con sus pertenencias, otros empujando las carretillas de madera en las que habían colocado sus pocas posesiones: mantas, herramientas, cacharros y cuencos. Las mujeres tenían el cabello cubierto de polvo, y las más ancianas apenas podían caminar con los pies vendados. El generalísimo ordenó una contraofensiva para reconquistar Nanchang. El ataque cogió a los japoneses por sorpresa; los nacionalistas consiguieron poner pie en la ciudad a finales de abril, pero el esfuerzo había sido mucho. Chiang Kai-shek, que había amenazado con ejecutar a los comandantes si no tomaban Nanchang, tuvo que aceptar al final que sus fuerzas se retiraran. Poco después de los enfrentamientos fronterizos a orillas del Khalkhin Gol protagonizados por japoneses y soviéticos en el mes de mayo —los mismos que llevaron a Stalin a enviar a Zhukov a esta región en calidad de máxima autoridad militar—, el jefe del grupo de asesores militares que los soviéticos habían enviado a China instó a Chiang Kai-shek a lanzar una gran contraofensiva para recuperar la ciudad de Wuhan. Stalin engañaba a Chiang, haciéndole creer que estaba a punto de alcanzar un acuerdo con los británicos, cuando en realidad intentaba llegar a un pacto con la Alemania nazi. Pero Chiang comenzó a dar largas, pues sospechaba correctamente que lo único que quería Stalin era liberar las regiones fronterizas soviéticas de la presión de los combates. También le preocupaba que cada vez fuera menor la influencia restrictiva que ejercía Stalin sobre Mao. Los nacionalistas estaban asustados ante la expansión comunista y la decisión de Mao de seguir una línea independiente. Pero Chiang creía que Stalin prefería mantener el Kuomintang en guerra contra Japón que defender a su propio partido chino, por lo que incitaba a sus fuerzas guerrilleras a adentrarse en zona comunista. Ello daría lugar a numerosos enfrentamientos encarnizados, en los que, según cálculos comunistas chinos, más de once mil personas perdieron la vida.32 Aunque gran parte de Changsha había quedado arrasada por el trágico incendio, los japoneses seguían queriendo capturar la ciudad debido a su posición estratégica. No es de extrañar que Changsha fuera considerada un objetivo importante, pues estaba situada en la línea ferroviaria que unía Cantón y Wuhan, ciudades que en aquellos momentos estaban ocupadas por un numeroso contingente de tropas niponas. La caída de Changsha dejaría aislados a los nacionalistas en su reducto occidental de Sichuan. Los japoneses lanzaron su ataque en agosto, el mismo mes en el que sus camaradas del ejército de Kwantung combatían contra las fuerzas del general Zhukov en las distantes regiones del norte. El 13 de septiembre, mientras las fuerzas alemanas se adentraban en Polonia, los japoneses avanzaban hacia Changsha con seis divisiones que sumaban un total de ciento veinte mil hombres. El plan nacionalista consistía en retirarse poco a poco al principio sin dejar de combatir, para permitir que el enemigo realizara un avance rápido hacia la ciudad, y luego sorprenderlo con una inesperada contraofensiva en sus flancos. Chiang Kai-shek ya había percibido la tendencia de los japoneses a desperdigarse. En su afán por alcanzar mayor gloria, los generales nipones rivalizaban unos con otros, por lo que prosiguieron su avance sin tener en cuenta a las formaciones vecinas. El programa de adiestramientos de tropas puesto en marcha por Chang Kai-shek tras la pérdida de Wuhan funcionó, y la emboscada fue un éxito. Los chinos afirmarían que los japoneses habían acabado la batalla sufriendo cuarenta mil bajas. Aquel agosto, mientras Zhukov estaba obteniendo una victoria en la batalla de Khalkhin Gol, la prioridad principal de Stalin fue evitar que el conflicto con Japón se extendiera en un momento en el que había empezado a entablar en secreto negociaciones con Alemania. Pero el anuncio del pacto nazi-soviético sacudió los cimientos del gobierno japonés. Las autoridades niponas no podían creer que su aliado alemán hubiera llegado a un acuerdo con el demonio comunista. Al mismo tiempo, la reticencia de Stalin a luchar contra Japón tras la victoria de Zhukov supuso, como era lógico, un duro golpe para los nacionalistas de China. El acuerdo de «cese de hostilidades» en las fronteras de Mongolia y de Siberia permitía que los japoneses concentraran sus fuerzas en los combates contra los chinos sin tener que preocuparse por la presencia a sus espaldas de los rusos en el norte. Chiang Kai-shek temía que la Unión Soviética y Japón llegaran a un acuerdo secreto para dividir China, como la partición nazi-soviética de Polonia en septiembre. También se alarmó cuando Stalin comenzó a recortar drásticamente la ayuda militar a los nacionalistas. Y el estallido de la guerra en Europa en septiembre suponía menos posibilidades de ayuda por parte de británicos y franceses. Para los nacionalistas, la falta de ayuda exterior se convirtió en un problema cada vez más grave. La invasión japonesa no solo representaba una amenaza militar. Por su culpa se habían perdido cosechas y reservas de alimentos. El bandidaje se convirtió en una práctica extendida, en la que los desertores y los soldados rezagados, actuando en grupos, campaban a sus anchas. Varios millones de refugiados intentaban escapar dirigiéndose al oeste, aunque solo fuera para poner a sus esposas e hijas a salvo de las crueles tropas japonesas. El hacinamiento en las ciudades provocaba epidemias de cólera. Con el éxodo de población, la malaria se extendió a nuevas regiones. Y el tifus, maldición de tropas y refugiados en huida, se convirtió en una enfermedad endémica. Aunque se llevaron a cabo grandes esfuerzos para mejorar los servicios sanitarios chinos, tanto militares como civiles, lo cierto es que los escasos médicos disponibles poco podían hacer para ayudar a los refugiados, que padecían tina, sarna, tracoma y todas las demás dolencias de la pobreza exacerbada por una gravísima malnutrición. Sin embargo, espoleados por su triunfo en Changsha, los nacionalistas lanzaron una serie de contraataques en una «ofensiva de invierno» a lo largo de toda China central. Pretendían cortar las líneas de aprovisionamiento de las guarniciones niponas más expuestas, obstruyendo el tráfico fluvial en el Yangtsé e interrumpiendo las comunicaciones ferroviarias. Pero en cuanto comenzaron los ataques de los nacionalistas en noviembre, los japoneses invadieron la provincia suroccidental de Guangxi con un desembarco anfibio. El 24 de ese mismo mes, tomaron la ciudad de Nanning, amenazando la línea ferroviaria que conducía a la Indochina francesa. Las pocas tropas nacionalistas presentes en la zona se vieron sorprendidas, emprendiendo una rápida huida. Chiang Kai-shek envió inmediatamente refuerzos, y los combates, que se prolongaron durante dos meses, fueron sangrientos. Los japoneses afirmarían haber matado a veinticinco mil chinos en una sola batalla. Otras ofensivas niponas lanzadas más al norte supondrían para los nacionalistas la pérdida de regiones importantes para su aprovisionamiento de grano y de reclutas. Los japoneses también hicieron acopio de bombarderos en China para alcanzar con facilidad las regiones de la retaguardia nacionalista y atacar su nueva capital, Chongqing. Los comunistas, mientras tanto, negociaban secretamente con los japoneses un pacto en China central, según el cual ellos no atacarían los ferrocarriles si los japoneses se avenían a no molestar a su Nuevo Cuarto Ejército en el campo. La situación mundial era muy desfavorable para los nacionalistas chinos, pues Stalin se había aliado con Alemania y exigía a Chiang Kai-shek que se abstuviera de entablar negociaciones con Gran Bretaña o Francia. El líder soviético temía que los británicos intentaran, como los chinos, obligarlo a entrar en una guerra con Japón. En diciembre de 1939, durante la Guerra de Invierno contra Finlandia, los nacionalistas se encontraron ante un tremendo dilema cuando la Unión Soviética tuvo que afrontar su expulsión de la Sociedad de Naciones por aquella invasión. No querían provocar a Stalin, pero tampoco podían utilizar su veto para salvarlo, pues habrían enfurecido a las potencias occidentales. Al final, el representante chino se abstuvo en la votación. Esto provocó el enfado de Moscú, sin por otro lado satisfacer a británicos y franceses. Los envíos soviéticos de material militar cayeron drásticamente, y no volverían a ser los mismos hasta un año después. Con el fin de presionar a Stalin para que suavizara su postura, Chiang Kai-shek dejó correr el rumor de que estaba dispuesto a negociar una paz con Japón. Sin embargo, la única esperanza que tenían en aquellos momentos los nacionalistas eran cada vez más los Estados Unidos, que habían comenzado a condenar la agresión japonesa y a reforzar sus propias bases en el Pacífico. Pero Chiang Kai-shek también debía afrontar dos conflictos internos. El Partido Comunista de China, liderado por Mao, se mostraba más firme y enérgico, declarando implícitamente que iba a derrotar al Kuomintang cuando finalizara la guerra chino-japonesa. Y el 30 de marzo de 1940, los nipones establecieron en Nanjing el «Gobierno Nacional» del «Kuomintang Reformado» de Wang Jingwei, a quien los verdaderos nacionalistas llamaban simplemente «el traidor criminal».33 No obstante, les llenaba de preocupación que el nuevo régimen pudiera ser reconocido no solo por Alemania e Italia, únicos aliados europeos de Japón, sino también por otras potencias extranjeras. 5 NORUEGA Y DINAMARCA (enero-mayo de 1940) En un principio, Hitler había pretendido que su ataque a los Países Bajos y a Francia comenzara en noviembre de 1939, en cuanto pudieran ser trasladadas las divisiones desplegadas en Polonia. Sobre todo quería capturar aeródromos y puertos en el Canal de la Mancha para lanzarse contra Gran Bretaña, a la que consideraba su enemigo más peligroso. Tenía muchísima prisa por obtener una victoria decisiva en el oeste antes de que los Estados Unidos estuvieran en posición de intervenir. Los generales alemanes no veían con buenos ojos este plan. En su opinión, la captura del ejército francés podía conducir a un punto muerto parecido al de la Primera Guerra Mundial. Alemania no disponía ni del combustible ni de las materias primas necesarias para llevar a cabo una campaña de tanta envergadura. Algunos altos oficiales también eran reticentes a atacar países neutrales como Holanda y Bélgica, pero todos esos escrúpulos morales — como las pocas protestas que se dejaron oír por la matanza de civiles polacos emprendida por la SS— fueron rechazados enérgicamente por Hitler. El Führer se enfureció aún más cuando le comunicaron que la Wehrmacht corría el peligro de quedarse sin municiones, sobre todo sin bombas, y sin carros de combate. Incluso una breve campaña como la de Polonia había agotado sus provisiones y puesto de relieve las deficiencias de los tanques Mark I y Mark II. Hitler achacó aquel fracaso al sistema de suministros y abastecimiento del ejército, y al poco tiempo invitó al Dr. Fritz Todt, su jefe de construcciones, a dirigir este departamento. Y en una decisión característicamente suya, decidió utilizar todas las reservas de materias primas «sin tener en cuenta el futuro y en detrimento de los años de guerra que estaban por venir».1 Podían ser recuperadas, decía, en cuanto la Wehrmacht capturara las minas de carbón y de hierro de Holanda, Bélgica, Francia y Luxemburgo.2 En cualquier caso, a finales del otoño de 1939, las nieblas y las brumas obligaron a Hitler a entender que la Luftwaffe no podía proporcionar la ayuda vital necesaria para llevar a cabo la empresa cuya fecha límite él había fijado en el mes de noviembre. (Es muy tentador hacer conjeturas de cómo habrían podido ir las cosas si Hitler hubiera lanzado su ataque en noviembre en lugar de seis meses después.) Fue entonces cuando el Führer ordenó que se preparara un plan para atacar Holanda, país neutral, a mediados de enero de 1940. Sorprendentemente, tanto los holandeses como los belgas fueron advertidos de ello por el ministerio de asuntos exteriores de Ciano en Roma. La razón de este aviso hay que buscarla en el nerviosismo y el enfado que provocó en muchos italianos, especialmente en el ministro de asuntos exteriores de Mussolini, el conde Ciano, el ímpetu bélico demostrado por los alemanes en septiembre. Temían que su país se convirtiera en el primer objetivo de los Aliados, y sufriera un ataque de los británicos en el Mediterráneo. Además, el coronel Hans Oster, un antinazi en el seno de la Abwehr (la inteligencia militar alemana), filtró información al agregado militar de Holanda en Berlín. Más tarde, el 10 de enero de 1940, un avión de enlace alemán, que había perdido la orientación debido a la intensa nubosidad, tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en suelo belga. El oficial de estado mayor de la Luftwaffe que viajaba a bordo del aparato tenía una copia del plan de atacar Holanda, e intentó quemarla, pero los soldados belgas llegaron antes de que quedara completamente destruida. Curiosamente, este giro de los acontecimientos no beneficiaría a los Aliados. Creyendo en la inminencia de una invasión alemana, sus formaciones del nordeste de Francia destinadas a la defensa de Bélgica se trasladaron inmediatamente a la frontera, descartando así su propio plan inicial. Hitler y el OKW se vieron obligados a reconsiderar su estrategia. El nuevo proyecto se basaría en la brillante idea del teniente general Erich von Manstein de lanzar un ataque con divisiones panzer por las Ardenas, para luego alcanzar la región del Canal, sorteando la retaguardia de los ejércitos británico y francés en avance hacia Bélgica. Aquella sucesión de aplazamientos inspiró un falso sentimiento de seguridad en las fuerzas aliadas que languidecían en la frontera francesa. Muchos soldados, e incluso numerosos planificadores del Departamento de Guerra británico, empezaron a creer que Hitler nunca haría acopio del valor necesario para invadir Francia. El gran almirante Raeder, a diferencia de los altos oficiales del ejército, estaba totalmente de acuerdo con la agresiva estrategia de Hitler. Fue incluso más allá, instando al Führer a incluir en sus planes la invasión de Noruega para proporcionar a la marina alemana un flanco desde el que actuar contra los navíos británicos. Para ello utilizó el argumento de que el puerto noruego de Narvik tenía que ser capturado para garantizar el suministro de hierro sueco, tan vital para las industrias de guerra alemanas. Había invitado a Vidkun Quisling, líder noruego pronazi, a entrevistarse con Hitler, logrando que aquel convenciera al Führer de la importancia de una ocupación de Noruega por parte de Alemania. La amenaza de una intervención de británicos y franceses en Noruega, como parte de un plan de apoyo a Finlandia, le preocupaba en grado sumo. Y si los británicos establecían una presencia naval en el sur de Noruega, podrían cortar el acceso al Báltico. Himmler también tenía muchísimo interés en Escandinavia, pero como fuente de los reclutamientos de su Waffen-SS. Sin embargo, los intentos nazis de infiltrarse en los países escandinavos no habían tenido el éxito esperado. Los nazis desconocían que, en un principio, Churchill había pretendido mucho más que simplemente sellar el acceso al Báltico. El beligerante Primer Lord del Mar había querido originalmente llevar la guerra al mismísimo Báltico, enviando una flota a sus aguas, pero, por fortuna para la Armada Real británica, la llamada Operación Catherine fue descartada. Churchill también quiso interrumpir el suministro de hierro sueco a Alemania desde el puerto de Narvik, pero Chamberlain y el gabinete de guerra se negaron rotundamente a violar la neutralidad noruega. Fue entonces cuando Churchill decidió asumir un riesgo calculado. El 16 de febrero, el Cossack, un destructor británico de la clase Tribal, interceptó en aguas noruegas al buque de suministros del Graf Spee, el Altmark, para liberar a los marineros de los navíos mercantes británicos que llevaba a bordo el barco alemán en calidad de prisioneros de guerra. «¡Ya ha llegado la Armada!», el famoso grito con el que el grupo de abordaje de marinos militares avisó de su presencia a sus compatriotas encerrados en la bodega del barco, hizo estallar de júbilo a una opinión pública inglesa que había sufrido los inconvenientes de la guerra sin vivir plenamente su dramatismo. En respuesta, la Kriegsmarine decidió aumentar su presencia en el mar. Pero el 22 de febrero dos destructores alemanes fueron atacados por aviones Heinkel 111 porque la Luftwaffe no había sido informada a tiempo de que se encontraban en aquella zona. Los dos barcos de guerra se fueron a pique tras ser alcanzados por las bombas de sus fuerzas aéreas y chocar con unas minas.3 Poco tiempo después, los navíos de guerra alemanes fueron obligados a regresar a puerto, aunque por razones bien distintas. El 1 de marzo, Hitler dio orden de prepararse para invadir Dinamarca y Noruega, operación para la cual era imprescindible poder contar con todos los buques de superficie disponibles. Su decisión de atacar estos dos países alarmó tanto al ejército alemán como a la Luftwaffe. Uno y otra consideraban que ya se enfrentaban a una empresa suficientemente ardua y difícil con la invasión de Francia. Una diversión de sus fuerzas a Noruega podía resultar devastadora en aquellos momentos. Göring estaba especialmente furioso, pero sobre todo porque habían herido su orgullo. En su opinión, no había sido debidamente consultado. El 7 de marzo, Hitler firmó la orden. La situación comenzaba a parecer cada vez más apremiante, pues los informes de los vuelos de reconocimiento hablaban de que la Armada Real británica estaba concentrando fuerzas en Scapa Flow. Se suponía que aquello eran los preparativos de un desembarco en la costa noruega. Pero, unos días más tarde, la noticia de un acuerdo entre soviéticos y finlandeses para poner fin a su conflicto produjo sentimientos contradictorios en el alto mando alemán. Incluso los planificadores de la Kriegsmarine, que durante tanto tiempo habían insistido en la conveniencia de una intervención en Noruega, empezaron a creer que la presión había desaparecido, pues británicos y franceses ya no tenían ninguna excusa para desembarcar en Escandinavia. Pero Hitler y otros colaboradores suyos, como, por ejemplo, el gran almirante Raeder, consideraron que los preparativos estaban tan avanzados que había que seguir con el plan de invasión. Además, una ocupación alemana sería una manera efectiva de continuar presionando a los suecos para que no interrumpieran el suministro de hierro. Y a Hitler le agradaba la idea de una Alemania con bases militares que pudieran vigilar atentamente la costa oriental de Gran Bretaña y permitir el acceso al norte del Atlántico. La invasión simultánea de Noruega (Operación Weserübung Norte), con seis divisiones, y Dinamarca (Operación Weserübung Sur), con dos divisiones y una brigada de fusileros motorizada, quedó fijada para el 9 de abril. Unos buques de transporte, escoltados por la Kriegsmarine, desembarcarían a sus fuerzas en diversos puntos, incluidas las ciudades de Narvik, Trondheim y Bergen. El X Fliegerkorps de la Luftwaffe se encargaría de lanzar paracaidistas y unidades aerotransportadas en otros lugares, principalmente Oslo. Copenhague y otras siete ciudades importantes danesas serían atacadas por tierra y por mar. El OKW creía que estaba en una carrera por Noruega en la que los británicos les pisaban los talones, pero lo cierto es que les llevaban una cómoda ventaja. Una vez firmado el pacto entre soviéticos y finlandeses, Chamberlain, ignorando los planes de Alemania, había cancelado el estado de emergencia para las fuerzas expedicionarias anglo-francesas destinadas a Noruega y Finlandia. Tomó esta decisión a pesar de los consejos, en sentido contrario, del jefe del estado mayor del imperio británico, general sir Edmund Ironside. Angustiado por la idea de que la guerra pudiera extenderse a los países neutrales de Escandinavia, Chamberlain tenía la esperanza de que Alemania y la Unión Soviética enfriaran sus relaciones. Pero era muy poco probable que la falta de actuación de los aliados y la confianza en que podían hacer la guerra siguiendo las normativas dictadas por la Sociedad de Naciones lograran impresionar a alguien. Daladier, que era todavía primer ministro de Francia, abogó por seguir una estrategia mucho más contundente, siempre y cuando no implicara convertir a su país en un escenario de los combates. Incluso se mostró dispuesto a correr el riesgo de entrar en guerra con la Unión Soviética cuando propuso bombardear los yacimientos petrolíferos de Bakú y el centro del Cáucaso, idea que horrorizó a Chamberlain. También quiso ocupar la región minera de Petsamo en el norte de Finlandia, próxima a la base naval soviética de Murmansk. Además, defendió enérgicamente el desembarco aliado en Noruega y el control absoluto del mar del Norte para impedir que el hierro sueco llegara a Alemania. Los británicos, sin embargo, sospecharon que lo único que pretendía era trasladar la guerra a Escandinavia para reducir las posibilidades de un ataque alemán contra Francia. En parte, pensaban así porque Daladier se oponía obstinadamente al plan británico de bloquear el tráfico fluvial en el Rin con la colocación de minas. En cualquier caso, Daladier se vería obligado a presentar su dimisión como primer ministro el 20 de marzo. Paul Reynaud asumió este cargo, y con el cambio de gobierno, Daladier pasó a ocupar la cartera de Defensa. Las constantes discusiones de los Aliados, en las que cada uno intentaba imponer su propio plan de acción, supusieron la pérdida de un tiempo precioso. Daladier obligó a Reynaud a seguir oponiéndose al minado del Rin. Los británicos accedieron a la propuesta francesa de minar las aguas de la costa de Narvik, operación que se llevó a cabo el 8 de abril. Churchill quería tener preparadas unas fuerzas de desembarco, pues estaba seguro de la reacción de los alemanes, pero Chamberlain, que no quería precipitarse, se mantenía en sus trece. Sin saberlo los británicos, una gran fuerza naval, con soldados de infantería a bordo, ya había zarpado de Wilhelmshaven el 7 de abril, rumbo a Trondheim y a Narvik, en el norte de Noruega. A los cruceros de batalla Gneisenau y Scharnhorst les acompañaban el crucero pesado Admiral Hipper y catorce destructores. Otros cuatro grupos navales se dirigían a puertos del sur de Noruega. Un avión británico avistó la principal fuerza operacional a las órdenes del vicealmirante Lütjens. Los bombarderos de la RAF lanzaron un ataque, pero sin conseguir dañar al enemigo. La Home Fleet británica, o Flota del Mar del Norte, a las órdenes de su almirante, sir Charles Forbes, zarpó de Scapa Flow, pero estaba muy lejos. La única fuerza naval en posición de interceptar al enemigo era la que constituían el crucero de batalla inglés Renown y su escolta de destructores, que en aquellos momentos ayudaban en la colocación de minas frente a las costas de Narvik. Uno de estos navíos, el Glowworm, avistó un destructor alemán y fue tras él, pero Lütjens envió al Hipper, que hundió al Glowworm embistiéndolo. La Armada Real, decidida a concentrar sus fuerzas para una gran batalla naval, ordenó el traspaso de tropas a otros navíos de guerra listos para zarpar rumbo a Narvik y a Trondheim. Pero la Flota del Mar del Norte no conseguía interceptar la principal fuerza operacional enemiga. Este hecho permitió que Lütjens pudiera enviar sus destructores a Narvik, pero el 9 de abril, al amanecer, su escuadra naval avistó el Renown, cuyos cañones de extraordinaria precisión en alta mar causaron graves daños al Gneisenau y al Scharnhorst, obligando a Lütjens a retirarse mientras se procedía a la reparación urgente de sus barcos. Los destructores alemanes, tras hundir dos pequeños navíos de guerra noruegos, desembarcaron a sus tropas y ocuparon Narvik. También el 9 de abril, el Hipper y sus destructores desembarcaron a las tropas en Trondheim, y otro contingente alemán entró en Bergen. Stavanger, por su parte, fue tomada por fuerzas paracaidistas y dos batallones de infantería aerotransportada. Oslo era un hueso mucho más duro de roer, y la Kriegsmarine envió hacia la capital el flamante crucero pesado Blücher y el acorazado de bolsillo Lützow (el antiguo Deutschland). Las baterías costeras y los torpedos noruegos hundieron el Blücher; el Lützow tuvo que retirarse tras sufrir importantes daños. La mañana siguiente, en Narvik, cinco destructores británicos consiguieron entrar en los fiordos sin ser vistos. Una fuerte nevada impidió que fueran localizados por los submarinos alemanes que vigilaban aquellas aguas. En consecuencia, sorprendieron a cinco destructores alemanes que estaban repostando. Mandaron a pique dos de ellos, pero luego fueron atacados por otros destructores alemanes que se encontraban en unos fiordos vecinos. Dos destructores de la Armada Real británica fueron hundidos, y un tercero sufrió graves daños. Incapaces de salir de aquella encrucijada, los demás buques ingleses tuvieron que esperar hasta el 13 de abril a que el acorazado Warspite y nueve destructores llegaran en su ayuda y los rescataran tras acabar con todas las naves de guerra alemanas que seguían en aquellas aguas. En otras acciones que se desarrollaron a lo largo de la costa, dos cruceros alemanes, el Königsberg y el Karlsruhe, se fueron a pique; el primero bombardeado por los aparatos aéreos Skua de un portaaviones británico, y el segundo torpedeado por un submarino. El Lützow, que como hemos indicado anteriormente sufrió graves daños, tuvo que ser remolcado hasta Kiel. Pero este éxito parcial de la Armada Real británica no impidió que a lo largo de aquel mes fueran trasladados más de cien mil soldados alemanes a Noruega. La invasión de Dinamarca resultaría incluso más fácil para Alemania. Los nazis consiguieron desembarcar tropas en Copenhague antes de que saltara la alarma en las baterías costeras danesas. El gobierno de este país escandinavo se vio obligado a aceptar las condiciones impuestas por Berlín. Los noruegos, sin embargo, nunca aceptaron la idea de una «ocupación pacífica».4 El rey, que el 9 de abril abandonó Oslo junto con el gobierno, ordenó la movilización general. Aunque las fuerzas alemanas capturaron muchas bases en una serie de ataques por sorpresa, se vieron aisladas hasta la llegada de los contingentes de refuerzo necesarios. Debido a la decisión de la Armada Real británica de desembarcar a las tropas el 9 de abril, los primeros efectivos aliados no se echaron a la mar hasta dos días más tarde. La impaciencia de Churchill, que constantemente cambiaba de idea e interfería en las decisiones operacionales para exasperación del general Ironside y de la Armada Real, no contribuyó a mejorar la situación. Por su parte, las tropas noruegas atacaron con gran arrojo a la 3.ª División de Montaña alemana. No obstante, como las fuerzas nazis ya habían ocupado las ciudades de Narvik y Trondheim, los desembarcos anglo-franceses tuvieron que llevarse a cabo en sus flancos. Se consideró muy peligroso emprender un ataque directo contra los puertos. No fue hasta el 28 de abril cuando comenzaron a desembarcar los primeros efectivos aliados, compuestos por tropas británicas y dos batallones de la Legión Extranjera francesa, apoyados por una brigada polaca. Capturaron Narvik y consiguieron destruir el puerto, pero la supremacía aérea de la Luftwaffe frustró la operación aliada. En el curso del mes siguiente, el ataque alemán contra los Países Bajos y Francia obligaría a los Aliados a evacuar a sus tropas del flanco norte, forzando la rendición de las fuerzas noruegas. La familia real y el gobierno de Noruega pusieron rumbo a Inglaterra para continuar la guerra desde allí. La obsesión de Raeder por Noruega, que él mismo se había encargado de contagiar a Hitler, se revelaría, sin embargo, una bendición con sus pros, pero también con muchos contras, para la Alemania nazi. A lo largo de toda la guerra, el ejército nunca dejó de lamentarse de que la ocupación de Noruega obligaba a mantener en este país un contingente de tropas excesivo, que podía ser de mucha más ayuda en otros frentes. Desde el punto de vista aliado, la campaña de Noruega fue un desastre mucho mayor. Aunque la Armada Real británica logró hundir la mitad de los destructores de la Kriegsmarine, el conjunto de la operación fue el peor ejemplo de una cooperación entre distintos cuerpos e instituciones. Muchos altos oficiales también pensaron que el entusiasmo mal dirigido de Churchill estaba influenciado por un deseo secreto de borrar el recuerdo de su campaña de los Dardanelos en la Primera Guerra Mundial. Como el propio Churchill reconocería más tarde, él fue más responsable del desastre ocurrido en Noruega que Neville Chamberlain. Pero por una de esas crueles ironías de la política, aquel revés supondría su nombramiento como primer ministro en sustitución de Chamberlain. En la frontera francesa, la «extraña guerra» —la «phoney war» de los ingleses, la «drôle de guerre», que decían los franceses, o, como la llamaban los alemanes, la «Sitzkrieg»— duraba mucho más de lo que Hitler había planeado. El Führer contemplaba con desprecio al ejército francés, y estaba convencido de que la resistencia holandesa no tardaría en desvanecerse. Todo lo que necesitaba era un plan acertado que reemplazara el que los belgas habían pasado a los Aliados. Los altos oficiales más importantes no veían con agrado el intrépido proyecto del general von Manstein, y trataron de descartarlo. Pero Manstein, cuando por fin pudo acceder a Hitler, defendió enérgicamente su idea de que una invasión de Holanda y Bélgica obligaría a las fuerzas británicas y francesas a dar un paso adelante y cruzar la frontera franco-belga.5 Entonces podían ser rodeadas con un ataque relámpago de las tropas alemanas que salieran de las Ardenas y las que cruzaran el Mosa en dirección al estuario del Somme y Boulogne. Hitler se aferró a este plan, pues necesitaba dar un golpe contundente y decisivo. Como era propio de él, más tarde afirmaría que aquella idea era la que siempre había tenido en mente. La Fuerza Expedicionaria Británica, con cuatro divisiones, había tomado posiciones a lo largo de la frontera con Bélgica en octubre de 1939. En mayo de 1940 había aumentado sus efectivos con una división acorazada y diez divisiones de infantería, siempre a las órdenes del general John Vereker, vizconde de Gort, conocido como lord Gort, quien, a pesar de estar al mando de un número tan considerable de fuerzas, debía acatar las órdenes del comandante francés del frente del nordeste, el general Alphonse Georges, y del general Maurice Gamelin, comandante en jefe francés, cuya desconfianza resultaba curiosa y notable. No había ningún mando conjunto aliado como en la Primera Guerra Mundial. El mayor problema al que tuvieron que enfrentarse tanto Gort como Georges fue la obstinada negativa del gobierno belga a poner en entredicho su neutralidad, pese a estar perfectamente al corriente del plan alemán de invadir su país. Gort y las formaciones francesas apostadas en la frontera tenían, pues, que esperar a que los alemanes atacaran Bélgica para poder dar un paso adelante. Los holandeses, que habían conseguido mantenerse neutrales durante la Primera Guerra Mundial, estaban aún más decididos a no provocar a los alemanes haciendo planes conjuntos con los franceses o con los belgas. Sin embargo, confiaban en que las fuerzas aliadas acudieran en ayuda de su pequeño ejército mal pertrechado cuando comenzaran los combates. Consciente de sus limitaciones, el Gran Ducado de Luxemburgo, aunque simpatizara con los Aliados, sabía que solo podía cerrar sus fronteras e indicar al invasor alemán que se estaba violando su neutralidad. En la planificación de su estrategia, los franceses cometieron otro error de gravísimas consecuencias. La línea Maginot, que Francia consideraba inexpugnable, se extendía solo desde la frontera con Suiza hasta el extremo sur de la frontera con Bélgica al otro lado de las Ardenas. Ni el estado mayor francés ni el británico imaginaron que los alemanes se atreverían a cruzar esta región tan boscosa para lanzar un ataque relámpago. Los belgas advirtieron a los franceses de este peligro, pero el arrogante general Gamelin descartó semejante posibilidad. Reynaud, que llamaba a Gamelin «el filósofo sin sangre en las venas»,6 quería destituirlo, pero Daladier, como ministro de defensa y de la guerra, insistió en mantenerlo en el cargo. A la hora de tomar decisiones, la parálisis afectaba incluso a las esferas más altas. En Francia, apenas se ocultaba el escaso apoyo a la guerra. Las declaraciones de Alemania, en el sentido de que Gran Bretaña había obligado a los franceses a entrar en guerra para que luego cargaran con el peso de los combates, tenían un efecto realmente corrosivo. Incluso el estado mayor francés, a las órdenes del general Gamelin, mostraba poco entusiasmo. Y su gesto, absolutamente inapropiado, de realizar en septiembre un avance limitado hasta Saarbrücken había sonado prácticamente como un insulto a los polacos. La mentalidad defensiva de Francia repercutió en su organización militar. En su mayoría, las unidades de tanques francesas, aunque técnicamente no eran inferiores a las alemanas, habían recibido un adiestramiento insuficiente. Aparte de tres divisiones mecanizadas —se creó a toda prisa una cuarta a las órdenes del coronel Charles de Gaulle—, los franceses tenían sus carros de combate repartidos entre las distintas formaciones de infantería. Al igual que los británicos, carecían de suficientes cañones antitanque efectivos —al de dos libras británico solía llamársele «lanzaguisantes»—, y sus comunicaciones por radio eran, como poco, primitivas. En una guerra de movimientos, los teléfonos de campaña y los terminales fijos iban a resultar de muy poca utilidad. Las fuerzas aéreas francesas seguían encontrándose en un estado lamentable. Durante la crisis de Checoslovaquia de 1938, el general Vuillemin había escrito a Daladier para advertirle de que la Luftwaffe iba a destruir con facilidad todas sus escuadrillas. Desde entonces, apenas se habían llevado a cabo unas cuantas mejoras. Por esta razón los franceses confiaban en que la RAF asumiera la mayor parte de las operaciones aéreas, pero el mariscal del Aire sir Hugh Dowding, jefe del Mando de Cazas, era totalmente reacio al despliegue de sus aparatos en Francia. Aducía que su principal objetivo era la defensa del Reino Unido y que, en cualquier caso, los aeródromos franceses carecían de baterías antiaéreas eficaces. Además, ni la RAF ni las fuerzas aéreas francesas se habían preparado para llevar a cabo conjuntamente misiones de apoyo para su infantería. Durante la campaña de Polonia, los Aliados no habían aprendido esta lección, al igual que otras muchas, como, por ejemplo, que la Luftwaffe estaba perfectamente capacitada para lanzar implacables ataques preventivos contra los aeródromos, o que el ejército alemán tenía un talento especial para realizar ataques relámpago con sus blindados con el fin de desorientar al enemigo. Tras varios aplazamientos más, en parte debidos a la campaña de Noruega y también a los desfavorables pronósticos meteorológicos de los días inmediatamente anteriores, se decidió por fin que había llegado el momento de comenzar la invasión alemana en el oeste. El día «X» iba a ser el viernes, 10 de mayo. Hitler, con su habitual falta de modestia, predijo la «mayor victoria en la historia del mundo».7 6 LA OFENSIVA EN EL OESTE (mayo de 1940) El jueves, 9 de mayo, hizo un hermoso día primaveral en prácticamente todo el norte de Europa. Un corresponsal de guerra pudo ver cómo un grupo de soldados belgas plantaban pensamientos alrededor de su cuartel.1 Corría el rumor de un inminente ataque alemán, pues habían llegado informes que hablaban de movimientos de tropas en Hannover y del montaje de puentes de pontones cerca de la frontera, informes de los que Bruselas no hacía ningún caso. Al parecer, muchos pensaban que Hitler se disponía a lanzar un ataque por el sur para ocupar los Balcanes, no por el noroeste. En cualquier caso, pocos imaginaban que iba a invadir de un plumazo cuatro países: Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia. En París, la vida seguía siendo la misma de siempre. Raras veces la capital se había visto tan bella. Los castaños lucían la exuberancia de su follaje. Los cafés estaban repletos de clientes. Sin ironía aparente, la canción J'attendrai continuaba siendo el éxito del momento. El hipódromo de Auteuil seguía con sus carreras de caballos, y los salones del Ritz eran el punto de encuentro de elegantes damas. Lo que resultaba más sorprendente eran los numerosos oficiales y soldados que iban y venían por las calles de la ciudad.2 Hacía poco que el general Gamelin había vuelto a autorizar la concesión de permisos. Por una curiosa coincidencia, Paul Reynaud, el primer ministro, había presentado su dimisión aquella misma mañana al presidente Lebrun, pues Daladier seguía negándose a destituir al comandante en jefe de las fuerzas francesas. En Gran Bretaña, los noticiarios de la BBC informaron de que la noche anterior treinta y tres parlamentarios conservadores habían votado en contra del gobierno de Chamberlain en la Cámara de los Comunes tras un debate sobre el fracaso en Noruega. La arenga de Leo Amery atacando a Chamberlain tendría unas consecuencias funestas para el primer ministro. Terminaba citando las palabras pronunciadas por Cromwell a los miembros del Parlamento Largo en 1653: «Y yo digo que os vayáis, que nos dejéis en paz de una vez. En el nombre de Dios, ¡marchad!» En medio de la agitación de la cámara, con gritos de «¡Marchad! ¡Marchad! ¡Marchad!», Chamberlain, conmocionado, abandonó el lugar, tratando de ocultar sus sentimientos. A lo largo de aquel día tan soleado, los políticos de Westminster y los clubes de St. James discutían acerca de cuál era el siguiente paso que debía darse, unos de manera acalorada, otros sin perder la compostura. ¿Quién iba a ser el sucesor de Chamberlain? ¿Churchill? ¿O tal vez lord Halifax, secretario de exteriores? Para la mayoría de los conservadores, Edward Halifax era la elección más lógica. Muchos de ellos seguían desconfiando de Churchill, al que consideraban un disidente peligroso e incluso carente de escrúpulos. No obstante, Chamberlain continuaba haciendo lo posible por mantenerse en el cargo. Recurrió al Partido Laborista, proponiendo una coalición, pero recibió una brusca respuesta: ellos no estaban dispuestos a colaborar con un gobierno presidido por él. Aquella misma tarde Chamberlain se vio obligado a afrontar el hecho de que debía presentar su dimisión. Fue así como Gran Bretaña se encontró inmersa en un limbo político la víspera de la gran ofensiva de Alemania por el oeste. En Berlín, Hitler dictaba la proclamación que dirigiría a los ejércitos del frente occidental al día siguiente. «La batalla que hoy empieza determinará el destino de la nación alemana para los próximos mil años», terminaba diciendo en su arenga.3 A medida que iba acercándose la hora, aumentaba su optimismo, sobre todo tras el éxito alcanzado en la campaña de Noruega. Pronosticaba que Francia se rendiría en apenas seis semanas. Pero lo que más le entusiasmaba era el asalto con planeadores que había sido programado para atacar la fortaleza de Eben-Emael, próxima a la frontera holandesa. Su tren especial, el Amerika, partió aquella misma tarde para trasladarlo a los nuevos cuarteles generales del Führer, a los llamados Felsennest o «nido de las rocas», en las boscosas montañas de Eifel, cerca de las Ardenas. A las 21:00, todos los cuerpos de ejército recibieron la contraseña esperada: «Danzig». Los boletines meteorológicos habían confirmado que al día siguiente habría muy buena visibilidad para la Luftwaffe. Todo se había desarrollado con tanto secretismo que, después de los innumerables aplazamientos de la fecha de ataque, algunos oficiales no estaban con sus regimientos cuando llegó la orden de ponerse en marcha. En el norte, por las dos márgenes del Rin, el XVIII Ejército alemán estaba preparado para entrar en Holanda y avanzar hacia Ámsterdam y Rotterdam. Una tercera fuerza se dirigiría hacia la costa por el norte de Tilburg y Breda. Más al sur se encontraba el VI Ejército del Generaloberst Walther von Reichenau. Sus objetivos eran Amberes y Bruselas. El Grupo de Ejércitos A del Generaloberst von Rundstedt, con un total de cuarenta y cuatro divisiones, contaba con el mayor número de carros blindados. El IV Ejército del Generaloberst Günther von Kluge entraría en Bélgica para avanzar hacia Charleroi y Dinant. La ofensiva lanzada por todos estos ejércitos contra los Países Bajos desde el este iba a atraer inmediatamente a las fuerzas británicas y francesas hacia el norte para unirse a belgas y holandeses. Llegado este punto, se pondría en marcha el plan Sichelschnitt, o «golpe de hoz», de Manstein. El XII Ejército del Generaloberst Wilhelm List avanzaría a través del norte de Luxemburgo y las Ardenas belgas para cruzar el río Mosa por el sur de Givet, cerca de Sedán, escenario del gran desastre de Francia de 1870. Una vez cruzado el Mosa, el grupo panzer, a las órdenes del general de caballería Ewald von Kleist, se dirigiría hacia Amiens, Abbeville y el estuario del Somme en el Canal de la Mancha. Con este movimiento se conseguiría aislar a la BEF, o Fuerza Expedicionaria Británica, y al VII, I y IX Ejército francés. Mientras tanto, el XVI Ejército alemán avanzaría por el sur de Luxemburgo para proteger el flanco izquierdo de las fuerzas de Kleist, pues este quedaba expuesto. El Grupo de Ejércitos C del Generaloberst von Leeb, con otros dos ejércitos, se encargaría de mantener la presión sobre la línea Maginot por el sur con el fin de que los franceses no pudieran enviar fuerzas al norte para rescatar a sus tropas atrapadas en Flandes. El Sichelschnitt, o «golpe de hoz», de Manstein, un ataque envolvente por la izquierda, era, pues, la versión opuesta del plan Schlieffen de 1914, un ataque envolvente por la derecha, que los franceses creían que el enemigo iba a utilizar una segunda vez. El almirante Wilhelm Canaris de la Abwehr organizó una campaña de desinformación sumamente efectiva, haciendo correr en Bélgica y en otros lugares el rumor de que ese era precisamente el plan de los alemanes. Manstein estaba convencido de que Gamelin iba a enviar el grueso de sus fuerzas móviles a Bélgica, pues estas se habían trasladado inmediatamente a la frontera cuando, a raíz del accidente aéreo, cayeron en manos de los aliados los documentos de los alemanes con su plan de ataque. (Muchos altos oficiales aliados creerían más tarde que aquel accidente aéreo había sido programado astutamente por los alemanes, cuando en realidad se trató de un verdadero accidente, como queda confirmado por la reacción furibunda de Hitler al tener noticia del hecho.) En cualquier caso, el plan de Manstein de atraer a los aliados hacia Bélgica jugaba con otra obsesión de los franceses. El general Gamelin, como la mayoría de sus compatriotas, prefería que los combates se desarrollaran en territorio belga en lugar del Flandes francés, región que durante la Primera Guerra Mundial había sufrido una gran devastación. Hitler tuvo también mucho interés en que las fuerzas especiales y las tropas aerotransportadas entraran en acción. En octubre del año anterior había convocado al teniente general Kurt Student a la Cancillería del Reich, y le había ordenado que preparara una serie de unidades para capturar los puentes más importantes del canal Alberto y la principal fortaleza belga, Eben-Emael, utilizando grupos de asalto en planeadores. Los comandos de élite Brandenburgo vestidos con uniformes holandeses debían asegurar los puentes, y otros disfrazados de turista habrían de infiltrarse en Luxemburgo justo antes de que empezara la ofensiva. Pero el principal ataque sorpresa se lanzaría contra tres aeródromos de los alrededores de La Haya con unidades de la 7, FallschirmjägerDivision (División Paracaidista) y la 22, LuftlandeDivision (División de Infantería Aerotransportada) a las órdenes del Generalmajor conde Hans von Sponeck. Su objetivo era capturar la capital holandesa y hacer prisioneros a los miembros del gobierno y de la familia real. Los alemanes habían producido muchísimo «ruido» diversivo: corrían rumores de una concentración en Holanda y Bélgica, de ataques directos a la línea Maginot e incluso de la posibilidad de que optaran por rodear dicha línea por el sur, violando la neutralidad de Suiza. Gamelin, convencido de que el ataque alemán a Holanda y Bélgica iba a ser la principal ofensiva enemiga, descuidó el sector de los alrededores de las Ardenas, seguro de que sus montañas sumamente boscosas resultaban «impenetrables». Sin embargo, sus caminos y senderos tenían la anchura suficiente para los tanques alemanes, y su dosel arbóreo dominado por hayas, abetos y robles constituía el escondite perfecto para el Panzergruppe von Kleist. El Generaloberst von Rundstedt había recibido del experto en fotografías de reconocimiento destinado a su cuartel general la confirmación de que las posiciones defensivas francesas que cubrían el Mosa no habían sido ni mucho menos terminadas. A diferencia de la Luftwaffe, que organizaba constantemente vuelos de reconocimiento por las líneas aliadas, las fuerzas aéreas francesas se negaban a sobrevolar territorio alemán. No obstante, el servicio de inteligencia militar de Gamelin, el llamado Deuxième Bureau, tenía una imagen sumamente precisa de cómo iba a ser el orden de batalla alemán. Había localizado al grueso de las divisiones panzer en Eifel, al otro lado de las Ardenas, y también había descubierto que los alemanes estaban interesados en las rutas que, desde Sedán, se dirigían a Abbeville. El 30 de abril, el agregado militar francés en Berna, advertido por los eficaces servicios de espionaje suizos, informó al cuartel general de Gamelin de que los alemanes iban a lanzar su ataque entre el 8 y el 10 de mayo, y de que Sedán estaría en el «eje principal» de su avance.4 Sin embargo, Gamelin y otros altos oficiales franceses se mantenían en sus trece, sin querer ver aquella amenaza. «Francia no es Polonia», insistían. El general Charles Huntziger, cuyo II Ejército era responsable del sector de Sedán, contaba solo con tres divisiones de tercera en esta zona del frente. Era perfectamente consciente de lo mal preparados que estaban sus reservistas y del poco entusiasmo que demostraban por el combate. Le imploró a Gamelin que le enviara otras cuatro divisiones porque las defensas no estaban preparadas, pero el generalísimo francés se negó. Algunos relatos, sin embargo, acusan a Huntziger de mostrar una actitud complaciente, y dicen que el general André Corap, al mando del IX Ejército, que se encontraba cerca de las fuerzas de Huntziger, fue más consciente del peligro que se corría.5 En cualquier caso, las posiciones de hormigón que daban al Mosa, construidas por contratistas civiles, ni siquiera disponían de aspilleras que miraran en la dirección adecuada. Los campos de minas y las alambradas que hacían de barrera eran totalmente inapropiados, y la propuesta de bloquear con árboles talados el paso por los caminos y senderos del bosque en la margen derecha del río fue rechazada para no impedir un posible avance de la caballería francesa. En la madrugada del viernes, 10 de mayo, llegaron a Bruselas noticias que hablaban de un ataque inminente. Por toda la ciudad comenzaron a sonar los teléfonos. La policía fue de hotel en hotel para pedir a los porteros de noche que despertaran a todo el personal militar que estuviera alojado en su establecimiento. Los oficiales, vistiéndose a toda prisa, se lanzaron a las calles en busca de un taxi para reunirse con su regimiento o llegar a su cuartel general. Al amanecer, aparecieron los aviones de la Luftwaffe en el cielo de la ciudad. Los cazas biplanos belgas despegaron para interceptarlos, pero poco podían hacer con su anticuada maquinaria. El fuego de las baterías antiaéreas despertó a la población civil de Bruselas. También de madrugada llegaron al cuartel general de Gamelin noticias sobre el movimiento del enemigo, pero apenas se les prestó atención, pensando que se trataba simplemente de una nueva falsa alarma. El comandante en jefe no fue despertado hasta las 06:30. Su Grand Quartier General en la fortaleza medieval de Vincennes, en el extremo este de París, se encontraba lejos del campo de batalla, pero cerca del centro de poder. Gamelin era un militar politizado, que había aprendido a conservar su posición en el mundo bizantino de la Tercera República. A diferencia de Maxime Weygand, el general derechista acérrimo al que había sustituido en 1935, el deifico Gamelin había evitado que se le tachara de antirrepublicano. Gamelin, al que se le atribuía la planificación de la batalla del Marne en 1914 siendo un brillante y joven oficial del estado mayor, en aquellos momentos era ya un hombre de sesenta y ocho años, de pequeña estatura, quisquilloso, vestido siempre con unos pantalones de montar perfectamente confeccionados. Muchos destacaban la sorprendente flojedad con la que estrechaba la mano. Disfrutaba del ambiente elitista que se creaba con sus oficiales favoritos del estado mayor, con los que compartía intereses intelectuales y hablaba de arte, filosofía y literatura como si juntos estuvieran representando una obra de teatro francesa sumamente intelectual, alejados del mundo real. Como no creía en las comunicaciones por radio, y tampoco tenía una, las órdenes de prepararse para entrar en Bélgica fueron transmitidas por teléfono. Aquella mañana, el generalísimo francés estaba totalmente convencido de que los alemanes estaban jugando a su favor. Un oficial del estado mayor vio cómo tarareaba una marcha militar mientras iba y venía por los pasillos del cuartel general. La noticia del ataque también había llegado a Londres. Un ministro del gabinete acudió al Almirantazgo a las 06:00 para entrevistarse con Winston Churchill, al que encontró fumando un puro mientras desayunaba huevos con tocino. El futuro primer ministro estaba a la espera de recibir noticias de la decisión de Chamberlain, quien, como el rey y muchos líderes conservadores, quería que lord Halifax lo sucediera si él tenía que dimitir. Pero Halifax, que tenía un profundo sentido del servicio público, creyó que Churchill podía ser un líder más apropiado en tiempos de guerra, y rechazó el cargo. Además, Churchill había hecho hincapié en que, como miembro de la Cámara de los Lores, Halifax no podría dirigir eficazmente el gobierno desde fuera de la Cámara de los Comunes. Aquel día, en Gran Bretaña, el drama del cambio político eclipsó los acontecimientos mucho más graves que estaban produciéndose al otro lado del Canal de la Mancha. El plan de Gamelin consistía en que el VII Ejército del general Henri Giraud avanzara por la costa desde la izquierda del frente, pasando por la región de Amberes, para reunirse con el ejército holandés en las inmediaciones de Breda. El hecho de incluir esta formación en su plan de avance hacia los Países Bajos sería una de las causas principales del desastre que estaba por venir, pues el VII Ejército constituía su única fuerza de reserva en el nordeste de Francia. Los holandeses habían confiado en recibir más ayuda, una idea que pecaba claramente de exceso de optimismo tras su negativa a coordinar la estrategia a seguir y debido a la distancia que había con la frontera francesa. Según el llamado Plan D (por el río Dyle) de Gamelin, un contingente belga formado por veintidós divisiones defendería el río Dyle desde Amberes hasta Lovaina. La Fuerza Expedicionaria de Gort, con sus nueve divisiones de infantería y una división blindada, se colocaría a su derecha para encargarse de la defensa del Dyle al este de Bruselas, desde Lovaina hasta Wavre. En el flanco sur de la BEF, el I Ejército francés del general Georges Blanchard se ocuparía de la zona comprendida entre Wavre y Namur, mientras que el IX Ejército del general Corap cubriría el río Mosa desde el sur de Namur hasta el oeste de Sedán. Los alemanes estaban perfectamente al corriente de todos los detalles, pues habían podido descifrar el sistema de codificación francés con suma facilidad.6 Gamelin había dado por hecho que las tropas belgas encargadas de la defensa del canal Alberto desde Amberes hasta Maastricht iban a poder frenar el avance alemán el tiempo suficiente para que los aliados pudieran alcanzar las que creían que eran unas posiciones defensivas perfectamente preparadas. Sobre el papel, el plan Dyle parecía un compromiso satisfactorio, pero al final no supo pronosticar la velocidad, la implacabilidad y la diversión que caracterizaron el conjunto de operaciones de la Wehrmacht. Las lecciones de la campaña de Polonia simplemente habían servido de muy poco. Una vez más, la Luftwaffe lanzó al amanecer una serie de ataques preventivos contra varios aeródromos de Holanda, Bélgica y Francia. Los cazas Messerschmitt abrieron fuego contra los aviones franceses aparcados. Los pilotos polacos se escandalizaron ante «la desidia de los franceses»7 y su falta de entusiasmo a la hora de enfrentarse al enemigo. Los escuadrones de la RAF se precipitaron a sus aparatos en cuanto recibieron la orden, pero, una vez en el aire, no sabían qué rumbo tomar. Sin un buen radar, el control de tierra poco podía ayudar. No obstante, aquel día los Hurricane de la RAF consiguieron abatir treinta bombarderos alemanes, aunque no tuvieron que enfrentarse a ninguna escolta de cazas alemanes, y la Luftwaffe no volvió a repetir semejante error. Los pilotos más valientes fueron los de los obsoletos bombarderos ligeros de un solo motor Fairey Battle cuya misión fue atacar una columna alemana que avanzaba por Luxemburgo. Lentos y pobremente armados, eran unos aparatos peligrosamente vulnerables tanto al fuego de los cazas como al de la artillería de tierra del enemigo. De un total de treinta y dos, trece fueron abatidos, y el resto sufrió diversos daños. Aquel día, los franceses perdieron cincuenta y seis aviones de ochocientos setenta y nueve, y la RAF cuarenta y nueve de trescientos ochenta y cuatro. Las fuerzas aéreas holandesas perdieron la mitad de sus aparatos en una sola mañana. Pero la batalla no fue solo perjudicial para un bando. La Luftwaffe perdió ciento veintiséis aviones, en su mayoría Junker 52 de transporte.8 La mayoría de las misiones de la Luftwaffe tuvieron como objetivo Holanda, con la esperanza de conseguir que este país abandonara rápidamente la contienda, pero también para reforzar la impresión de que la gran acometida llegaba por el norte. Todo ello formaba parte de lo que más tarde Basil Liddell Hart denominaría la «táctica de la muleta del torero» para atraer a las fuerzas móviles de Gamelin y hacerles caer en la trampa. En lo que puede calificarse como una innovación en el arte de la guerra, los aviones de transporte Junker 52, escoltados por cazas Messerschmitt, comenzaron a realizar lanzamientos de tropas de asalto aerotransportadas. Su misión principal, a saber, la captura de La Haya con unidades de la 7. FallschirmjägerDivision y la 22, Luftlande División, acabó, sin embargo, en un costoso fracaso. Muchos de estos lentos aviones de transporte fueron derribados mientras volaban a su destino, y ni siquiera la mitad de ellos pudo alcanzar uno de los tres aeródromos de la capital holandesa. Las unidades holandesas respondieron a la ofensiva, causando numerosas bajas entre los paracaidistas alemanes, y la familia real y el gobierno lograron huir del país. Otros destacamentos de las dos divisiones enemigas pudieron hacerse con el aeródromo de Waalhaven, cerca de Rotterdam, así como con varios puentes de importancia capital. Pero en el este, las tropas holandesas reaccionaron con mucha rapidez y volaron los puentes de los alrededores de Maastricht antes de que los comandos alemanes, vestidos con uniformes holandeses, pudieran capturarlos. Se cuenta que en su Felsennest, Hitler lloró de alegría cuando fue informado de que los aliados estaban dirigiéndose a la trampa belga. Además, se sentía exultante porque el grupo de asalto de Koch con sus planeadores había logrado caer exactamente en el glacis de la fortaleza de Eben-Emael, en la confluencia del Mosa y el canal Alberto, resistiendo en el bastión hasta la llegada del VI Ejército al día siguiente. Otros destacamentos paracaidistas capturaron varios puentes del canal Alberto, y en poco tiempo los alemanes pudieron abrir brechas en las primeras líneas defensivas. Aunque había fallado la principal operación aerotransportada contra La Haya, lo cierto es que el lanzamiento de fuerzas paracaidistas en el interior de Holanda había conseguido crear gran pánico y confusión. Empezaron a correr rumores que hablaban del lanzamiento de paracaidistas vestidos de monjas y de caramelos envenenados para que los cogieran los niños, así como de quintacolumnistas que hacían señales desde las ventanas de los áticos: un fenómeno espeluznante que infectó Bélgica, Francia y, más tarde, Gran Bretaña. En Londres, el gabinete de guerra se reunió al menos en tres ocasiones a lo largo de aquel día. En un principio, Chamberlain pretendió permanecer en el cargo de primer ministro, haciendo hincapié en que no convenía cambiar el gobierno mientras siguiera librándose una batalla al otro lado del Canal de la Mancha, pero cuando se confirmó que el Partido Laborista no estaba dispuesto a apoyarlo, supo que no le quedaba más remedio que presentar la dimisión. Halifax volvió a rechazar el cargo, de modo que Chamberlain tuvo que dirigirse al palacio de Buckingham para comunicarle al rey Jorge que debía llamar a Churchill. El monarca, triste y deprimido por la decisión de su amigo Halifax, no tenía otra alternativa. Una vez confirmado en el cargo, sin pérdida de tiempo Churchill volvió a centrar su atención en la guerra y en el avance de la BEF en territorio belga. Como avanzadilla de reconocimiento, el 12.° Regimiento de Lanceros Reales había sido el primero en ponerse en marcha a las 10:20 con sus vehículos blindados. A lo largo del día les siguió la mayor parte de las demás unidades británicas. La primera columna de la 3.ª División fue detenida en la frontera por un oficial belga desinformado que exigió ver la «autorización para entrar en Bélgica».9 Un camión derribó simplemente la barrera, dejando libre el paso. Casi todas las carreteras que conducían a Bélgica se llenaron de columnas de vehículos militares que se dirigían hacia el norte, a la línea del río Dyle, a la que llegó el 12.° de Lanceros a las 18:00 horas. La concentración de las fuerzas de la Luftwaffe primero en los ataques a los aeródromos y luego en el asalto a Holanda supuso que, en su avance hacia Bélgica, los ejércitos aliados se libraran al menos de sufrir bombardeos aéreos. Por lo visto, los franceses fueron los que más tardaron en reaccionar. 10 Muchas de sus formaciones no se pusieron en marcha hasta última hora de la tarde. Y con esta tardanza cometieron un grave error, pues enseguida las carreteras se vieron bloqueadas por los refugiados que venían en la dirección opuesta. Por otro lado, su VII Ejército avanzó a toda prisa por la costa del Canal hacia Amberes, pero cuando llegó al sur de Holanda no tardó en sufrir los constantes bombardeos de las fuerzas de la Luftwaffe concentradas en dicho país. Los belgas salieron de bares y cafeterías para ofrecer una jarra de cerveza a los soldados que, con el rostro enrojecido por el calor, avanzaban en una jornada tan calurosa como aquella. Un gesto que, aunque generoso, no fue bien recibido por todos los oficiales y suboficiales. Algunas unidades británicas cruzaron Bruselas al anochecer. «Los belgas se echaron a la calle para darles la bienvenida», contaba un observador, «y los soldados les devolvían el saludo desde los camiones y los vehículos blindados de transporte de tropas. Todos llevaban lilas: lilas purpúreas en el casco, en el cañón del fusil o en el portaequipo de combate. Sonreían y con la mano hacían gestos levantando el pulgar; gestos que, al principio, dejaron estupefactos a los belgas, pues para ellos tenían un significado muy vulgar, aunque no tardaron en identificarlos con un signo de seguridad y de confianza. Era un espectáculo impresionante, un espectáculo conmovedor. Esta máquina militar avanzaba con toda su potencia, eficaz y silenciosamente, mientras la policía militar británica la guiaba por los cruces de las calles, como si estuvieran atravesando Londres en una hora punta».11 La gran batalla, sin embargo, se libraría en el sureste, en las Ardenas, contra el Grupo de Ejércitos A de Rundstedt. Las grandes columnas de vehículos de esta formación se adentraron sigilosamente en sus bosques, cuya espesura impedía que pudieran ser avistadas por la aviación aliada. Un grupo de cazas Messerschmitt sobrevolaba la zona dispuesto a atacar a los bombarderos y a los aviones de reconocimiento enemigos. Los vehículos y los tanques que se averiaban eran empujados fuera de la calzada. Se observaba estrictamente el orden de marcha y, a pesar de los temores de muchos oficiales de estado mayor, el sistema funcionó mucho mejor de lo esperado. Todos los vehículos del Panzergruppe von Kleist llevaban una pequeña «K» de color blanco delante y atrás para indicar que tenían prioridad absoluta. En cuanto aparecía uno de ellos, la infantería y todos los demás vehículos de transporte tenían que echarse a un lado para permitirle el paso. A las 04:30, el general de las Panzertruppen Heinz Guderian, comandante del XIX Cuerpo, había acompañado a la 1.ª División Panzer en su avance a Luxemburgo. Los comandos de élite Brandenburgo ya se habían apoderado de importantes puentes y cruces de carretera. Los gendarmes luxemburgueses apenas tuvieron tiempo de indicar que la Wehrmacht estaba violando la neutralidad de su país antes de ser detenidos. El gran duque y su familia consiguieron salir de su pequeño estado, sin que el enemigo los reconociera. Al norte, el XLI Panzerkorps avanzó siguiendo el curso del Mosa hasta Monthermé, y más al norte, a su derecha, el XV Cuerpo del general Hermann Hoth, encabezado por la 7.ª División Panzer de Erwin Rommel, se dirigió a Dinant. Sin embargo, para su consternación (y para desconcierto de Kleist), varias divisiones panzer tuvieron que interrumpir la marcha y retrasar su llegada porque los zapadores belgas pertenecientes al regimiento de Chasseurs ardennais habían volado varios puentes. Al amanecer del 11 de mayo, la 7.ª División Panzer de Rommel, con la 5.ª División Panzer detrás y a su derecha, volvió a avanzar y llegó al río Ourthe. Las fuerzas destacadas de la caballería francesa consiguieron volar el puente a tiempo, pero luego se vio obligada a retirarse tras un enérgico enfrentamiento con el enemigo. Los zapadores alemanes no tardaron en construir un puente de pontones, y pudo continuar el avance hacia el Mosa. Rommel se dio cuenta de que en los combates entre su división y los franceses, a los suyos les iba mucho mejor si abrían fuego inmediatamente con todo lo que tuvieran a mano. En el sur, el XLI Panzerkorps del teniente general Georg-Hans Reinhardt, de camino a Bastogne y luego a Monthermé, había tenido que interrumpir su avance después de que parte de las fuerzas de Guderian se encontraran con su vanguardia. El XIX Cuerpo de Guderian vivió un momento de confusión, debido en cierta medida a un cambio de órdenes. Pero también reinó cierta confusión en la avanzadilla de la caballería francesa, formada por unidades montadas y tanques ligeros. Aunque cada vez era más evidente la implacabilidad con la que avanzaban los alemanes hacia el Mosa, las fuerzas aéreas francesas no realizaron ninguna salida. La RAF envió ocho Fairey Battle más. Siete fueron destruidos, principalmente por la artillería terrestre. Los aviones aliados que atacaron los puentes de Maastricht y del canal Alberto en el noroeste también salieron mal parados. No obstante, sus misiones fueron demasiado pocas y se llevaron a cabo demasiado tarde. El XVIII Ejército alemán ya se había adentrado en territorio holandés, donde las defensas flaqueaban. El VI Ejército de Reichenau había cruzado el canal Alberto y dejado atrás Lieja, mientras que otro cuerpo avanzaba hacia Amberes. La Fuerza Expedicionaria Británica, que se había situado a lo largo del Dyle, un río sumamente estrecho, y las formaciones francesas que avanzaban hacia sus posiciones no parecían un objetivo de la Luftwaffe. Este hecho preocupaba a los oficiales más perspicaces, que comenzaron a preguntarse si no estarían cayendo en una trampa. Sin embargo, lo más inquietante en aquel momento era la lentitud con la que se veía obligado a avanzar el I Ejército francés, circunstancia que se había visto agravada porque seguía aumentando el número de refugiados belgas que ocupaban las carreteras. Y las escenas que se vivían en las calles de Bruselas indicaban que aquel flujo no iba a parar de crecer. «A pie, en coche o en carro, montados en burro, en sillas de ruedas o subidos a una carretilla. Había jóvenes en bicicleta, ancianos, ancianas, criaturas de todas las edades, campesinas con pañuelos en la cabeza, subidas en carretas cargadas de colchones, muebles y cacharros. Una larga fila de monjas, con el rostro enrojecido y bañado en sudor bajo la toca, levantaba una nube de polvo con sus largos hábitos grises... Las estaciones de tren recordaban las de Rusia durante la revolución, con gente durmiendo en el suelo o acurrucada contra la pared, con mujeres sujetando entre sus brazos a niños llorosos, con hombres pálidos y exhaustos».12 El 12 de mayo, leyendo los periódicos de Londres o París, daba la impresión de que había logrado detenerse el avance alemán. El Sunday Chronicle decía en sus titulares: «Desesperación en Berlín».13 Pero lo cierto es que las fuerzas alemanas habían cruzado Holanda y alcanzado la costa, y lo que quedaba del ejército de este país estaba retirándose al triángulo formado por Amsterdam, Utrecht y Rotterdam. Y el VII Ejército del general Giraud, que había podido llegar al sur de Holanda, seguía sufriendo los constantes ataques de la Luftwaffe. En Bélgica, el cuerpo de caballería del general René Prioux, avanzadilla del tan rezagado I Ejército, pudo responder al ataque de las unidades panzer alemanas que avanzaban en un amplísimo frente a lo largo del Dyle. Pero, una vez más, las escuadrillas aéreas aliadas que intentaban bombardear puentes y columnas fueron abatidas por los cañones cuádruples de 20 mm de los grupos de artillería antiaérea alemanes. Para aparente resentimiento de las fuerzas alemanas que se esforzaban por cruzar el Mosa, los noticiarios de las emisoras de radio de Alemania hacían hincapié exclusivamente en las batallas libradas en Holanda y en el norte de Bélgica. Apenas se hablaba del ataque principal en el sur. Esta estratagema formaba parte del plan de diversión concebido para distraer la atención de los aliados de la zona de Sedán y de Dinant. Gamelin seguía negándose a ver la amenaza que se cernía sobre el alto Mosa, a pesar de las numerosas advertencias en este sentido, pero el general Alphonse Georges, comandante en jefe del frente del noreste, un anciano militar de rostro triste muy admirado por Churchill, intervino para dar prioridad aérea al sector de Huntziger en las inmediaciones de Sedán. Georges, odiado por Gamelin, no había logrado recuperarse plenamente de las graves heridas sufridas en el pecho en 1934, en el atentado que se saldó con la vida del rey Alejandro de Yugoslavia. No contribuyó a mejorar las cosas la confusa cadena de mandos del ejército francés, concebida principalmente por Gamelin en su firme determinación de socavar la posición de su ayudante. Pero incluso Georges reaccionó demasiado tarde a la amenaza. Las unidades francesas que se encontraban al noreste del Mosa fueron obligadas a replegarse al otro lado del río, algunas en absoluto desorden. La 1.ª División Panzer de Guderian entró en Sedán sin apenas encontrar oposición. Las tropas francesas en retirada pudieron volar al menos los puentes de la ciudad, pero los cuerpos de zapadores alemanes ya habían demostrado su pericia y rapidez en la construcción de viaductos. Aquella tarde, la 7.ª División Panzer de Rommel también llegó al cauce del río Mosa en las inmediaciones de Dinant. Aunque la retaguardia belga voló el puente principal, los granaderos de la 5.ª División Panzer habían descubierto una vieja presa en Houx. Ocultas por una densa niebla, varias compañías cruzaron aquella noche el río y establecieron una cabeza de puente. El IX Ejército de Corap no consiguió trasladar a tiempo las tropas necesarias para defender el sector. El 13 de mayo, las fuerzas de Rommel trataron de cruzar el Mosa por otros dos puntos, pero se vieron sorprendidas por el fuego de algunos grupos de soldados regulares franceses que disparaban desde óptimas posiciones. Rommel acudió a estos pasos próximos a Dinant con su vehículo de ocho ruedas blindado para estudiar la situación. Como sus blindados no llevaban bombas de humo, ordenó a sus hombres que prendieran fuego a unas casas aprovechando que el viento soplaba en dirección a las posiciones enemigas. A continuación, hizo traer tanques más pesados Mark IV y mandó que abrieran fuego contra las posiciones francesas al otro lado del río para cubrir el paso de la infantería con sus pesados botes de asalto de goma. «En cuanto se pusieron en el agua las primeras embarcaciones, estalló un infierno», escribió un oficial del batallón de reconocimiento de la 7.ª División Panzer. «Los francotiradores y la artillería pesada comenzaron a practicar su puntería con los hombres indefensos de los botes. Con nuestros tanques y nuestra artillería intentamos neutralizar al enemigo, pero estaba muy bien parapetado. Y cesó el ataque de la infantería».14 Ese día marcó el comienzo de la leyenda de Rommel. A ojos de sus soldados, estuvo prácticamente en todas partes: subido en los tanques para dirigir el fuego, al lado de los grupos de zapadores y en el agua cruzando el río por su propio pie. Su energía y su arrojo hicieron que sus hombres no se desanimaran en un momento en que el ataque habría podido perder fácilmente intensidad. Llegado un punto, asumió el mando de un batallón de infantería al otro lado del Mosa cuando hicieron su aparición los tanques franceses. Tal vez forme parte del mito, pero se cuenta que Rommel ordenó a sus hombres, que carecían de armamento antitanque, disparar bengalas contra los carros armados. Las tripulaciones de los blindados franceses, creyendo que se trataba de proyectiles perforadores, optaron inmediatamente por retirarse. Los alemanes sufrieron graves pérdidas, pero aquella noche Rommel había conseguido establecer dos cabezas de puente, una en Houx y otra en las inmediaciones de Dinant, en el disputado paso donde había tenido lugar el duro enfrentamiento. Sin perder tiempo, sus zapadores se pusieron a construir puentes de pontones para que los tanques pudieran atravesar el río. Mientras se preparaba a uno y otro lado de Sedán para cruzar el Mosa, Guderian mantuvo una fuerte discusión con su superior, el Generaloberst von Kleist. Había decidido arriesgarse, desobedeciendo sus instrucciones, y convencido a la Luftwaffe de apoyar su plan con una concentración masiva de aviones del II Cuerpo Aéreo y el VIII Cuerpo Aéreo. Este último estaba a las órdenes del Generalmajor Wolfram Freiherr von Richthofen, primo del famoso «Barón Rojo» y antiguo comandante de la Legión Cóndor responsable de la destrucción de Guernica. Serían los Stuka de Richthofen los que, con sus ataques en picado y el estridor de sus «trompetas de Jericó», causarían estragos en la moral de las tropas francesas que defendían el sector de Sedán. Sorprendentemente, la artillería francesa, que tenía ante sí una gran concentración de vehículos y soldados alemanes hacia los que apuntar, había recibido la orden de limitar los disparos para ahorrar munición. Su comandante pensó que los alemanes tardarían dos días más en poder cruzar el río con sus cañones de campaña. Aún no sabía que los Stuka se habían convertido en la artillería volante de las puntas de lanza blindadas, y los Stuka atacaron las posiciones de sus cañones con notable precisión. Cuando la ciudad de Sedán pareció convertirse en una hoguera debido al incesante bombardeo, los alemanes se precipitaron al río con sus pesados botes de asalto de goma y comenzaron a remar enérgicamente. Sufrieron muchas bajas, pero al final varios efectivos avanzados alcanzaron la orilla opuesta y atacaron los búnkeres de hormigón con lanzallamas y cargas explosivas de control remoto. Cuando empezó a caer la noche, se propagó entre los aterrados reservistas franceses el rumor de que estaban a punto de quedarse completamente aislados porque los tanques enemigos ya habían podido cruzar el río. Las comunicaciones entre unidades y comandantes habían quedado prácticamente bloqueadas, pues durante los bombardeos las líneas de los teléfonos de campaña habían sufrido graves daños. Los franceses empezaron a retirarse: primero su artillería, y más tarde el propio comandante de la división. Aquello se convirtió en un verdadero sauve- qui-peut, «sálvese quien pueda». Los montones de munición que habían guardado como un tesoro para otro día cayeron en manos del enemigo sin que se disparara un solo tiro. Los reservistas de más edad, los llamados «cocodrilos», habían logrado sobrevivir a la Primera Guerra Mundial y no tenían la más mínima intención de morir en aquellos momentos en lo que consideraban un combate injusto. Los panfletos del Partido Comunista francés contra la guerra habían hecho mella en muchos de ellos, pero más aún la propaganda alemana que afirmaba que los británicos los habían metido en esa guerra. La solemne promesa que en marzo había tenido que hacer Reynaud al gobierno de Londres en el sentido de que Francia nunca buscaría sola una paz con Alemania no hizo más que aumentar sus sospechas. Los generales franceses, cegados por su gran victoria de 1918, se vieron superados por los acontecimientos. Gamelin, durante su visita aquel día al cuartel general de Georges, seguía pensando que el ataque principal iba a llegar por Bélgica. No fue hasta el anochecer cuando se enteró de que los alemanes habían cruzado el Mosa. Ordenó entonces que el II Ejército de Huntziger organizara una contraofensiva, pero este general ya había trasladado a sus formaciones. Era demasiado tarde: solo podían emprenderse ataques aislados. En cualquier caso, Huntziger no había sabido interpretar cuáles eran las verdaderas intenciones de Guderian. Dio por hecho que con el ataque relámpago se pretendía asestar un duro golpe en el sur para luego ir rodeando la línea Maginot desde el otro lado de la frontera. En consecuencia, reforzó el flanco derecho de sus tropas, mientras Guderian avanzaba por su debilitada izquierda. La caída de Sedán, con todas sus reminiscencias de la rendición de Napoleón III, aterró a los comandantes franceses. A primera hora de la mañana del día siguiente, 14 de mayo, el capitán André Beaufre, que acompañaba al general Doumenc, llegó al cuartel general de Georges. «El ambiente que se respiraba era como el de una casa en la que acaba de morir uno de los miembros de la familia», escribiría más tarde. «¡En Sedán han abierto una brecha en nuestro frente!», exclamó Georges desesperado ante los recién llegados. «¡Se ha producido un desastre!». Y el general, exhausto, se dejó caer en una silla y rompió a llorar.15 Con tres cabezas de puente alemanas, una en los alrededores de Sedán, otra a la altura de Dinant y la tercera, más pequeña, entre una y otra ciudad, en las inmediaciones de Monthermé, donde el XLI Panzerkorps de Reinhardt comenzaba a recuperar el tiempo perdido tras un duro combate, estaba a punto de abrirse una brecha de casi ochenta kilómetros en el frente francés. De haber reaccionado con mayor celeridad, los comandantes franceses habrían tenido muchas probabilidades de conseguir aplastar las puntas de lanza alemanas. En el sector de Sedán, el general Pierre Lafontaine de la 55.ª División ya había recibido dos regimientos de infantería más y otros dos batallones de tanques ligeros, pero no dio la orden de contraatacar hasta nueve horas después. Los batallones de blindados también se vieron ralentizados por los soldados de la 51.ª División que, en su huida, bloqueaban las carreteras, así como por las deficientes comunicaciones. Durante la noche, los alemanes no habían querido perder tiempo trasladando más tanques al otro lado del Mosa. Los carros de combate franceses entraron por fin en acción a primera hora de la mañana, pero fueron destruidos en su mayoría. Mientras tanto, la catástrofe vivida por la 51.ª División había sembrado el pánico entre las formaciones vecinas. Aquella mañana, las fuerzas aéreas aliadas enviaron ciento cincuenta y dos bombarderos y doscientos cincuenta cazas para atacar los puentes de pontones que cruzaban el Mosa. Pero resultaba muy difícil dar en el blanco en unos objetivos tan pequeños, numerosas escuadrillas de cazas Messerschmitt de la Luftwaffe sobrevolaban la zona y las baterías antiaéreas alemanas abrían fuego constantemente con gran precisión. El porcentaje de pérdidas de la RAF fue el más elevado de su historia: de un total de setenta y un bombarderos, cuarenta fueron derribados. Desesperados, los franceses decidieron enviar algunos de sus obsoletos bombarderos, que fueron destruidos. Georges ordenó el avance de dos formaciones que aún no habían sido probadas en el campo de batalla, a saber, una división blindada y una división de infantería motorizada, a las órdenes del general Jean Flavigny, avance que se vio retrasado por la falta de combustible. Flavigny debía lanzar un ataque desde el sur contra la cabeza de puente de Sedán, pues Georges, al igual que Huntziger, pensaba que la principal amenaza se encontraba a la derecha. Intentó efectuarse otra contraofensiva por el norte, contra la cabeza de puente de Rommel, con la 1.ª División blindada. Pero, una vez más, los refugiados belgas que colapsaban las carreteras, y la imposibilidad de los camiones cisterna de abrirse paso entre la multitud, supusieron una sucesión de retrasos que tendría consecuencias nefastas. A la mañana siguiente, 15 de mayo, la punta de lanza de Rommel sorprendió a los franceses mientras repostaban sus tanques pesados B1. En medio del caos comenzó una batalla, en la que las tripulaciones de los blindados galos estaban en clara desventaja. Rommel dejó que la 5.ª División Panzer continuara el combate, y siguió avanzando. De haber estado preparados, los tanques franceses habrían podido obtener una victoria importante. Al final, aunque consiguió destruir casi un centenar de tanques alemanes, la 1.ª División blindada francesa había sido prácticamente aniquilada al finalizar el día, sobre todo por la acción de los cañones antitanque alemanes. Las fuerzas aliadas que se encontraban en los Países Bajos aún eran poco conscientes de la amenaza que se cernía sobre su retaguardia. El 13 de mayo, mientras se replegaba, el Cuerpo de Caballería del general Prioux libró con arrojo una batalla decisiva junto al río Dyle, donde estaba posicionándose el resto del I Ejército de Blanchard. Aunque los tanques Somua de Prioux estaban bien blindados, las tácticas y la pericia de los artilleros alemanes fueron superiores, y la ausencia de radios en los tanques franceses se convirtió en un gravísimo inconveniente. Tras perder prácticamente la mitad de sus fuerzas en los duros enfrentamientos, el valiente Cuerpo de Caballería de Prioux se vio obligado a emprender definitivamente la retirada. Sus condiciones le impedían lanzar un ataque por el sureste para cerrar la brecha abierta en las Ardenas como pretendía Gamelin. El VII Ejército francés comenzó a replegarse hacia Amberes tras avanzar inútilmente hasta Breda para unirse a las fuerzas holandesas que habían quedado aisladas. A pesar de su falta de preparación y de armamento, las tropas holandesas combatieron con arrojo contra la 9.ª División Panzer que intentaba llegar a Rotterdam. El comandante del XVIII Ejército alemán vivió aquella férrea resistencia con frustración, pero al final, aquella noche, los tanques alemanes consiguieron abrirse paso. Al día siguiente, los holandeses negociaron la rendición de Rotterdam, pero los alemanes no informaron debidamente de este hecho a la Luftwaffe, que organizó una gran incursión para bombardear la ciudad. Más de ochocientos civiles perdieron la vida. El ministro de asuntos exteriores holandés comunicó aquella noche que habían perecido en el ataque treinta mil personas, declaración que causó un gran estremecimiento tanto en París como en Londres. En cualquier caso, el general Henri Winkelman, comandante en jefe de las fuerzas holandesas, decidió rendirse al XVIII Ejército alemán para evitar más pérdidas humanas. Cuando recibió la noticia, Hitler ordenó inmediatamente que se organizara una marcha triunfal por las calles de Ámsterdam con unidades de la SS Leibstandarte Adolf Hitler y de la 9.ª División Panzer. Al dictador alemán le divirtió, y también le exasperó, recibir un telegrama del kaiser Guillermo II, que seguía exiliado en Holanda, en la ciudad de Apeldoorn. «Mi Führer», decía. «Deseo expresarle mis felicitaciones, en la esperanza de que, bajo su maravilloso liderazgo, sea restaurada completamente la monarquía alemana». La idea de que el soberano depuesto esperara de él que se pusiera a jugar a ser Bismarck, «al que él mismo destituyó para desgracia de Alemania», le llenaba de estupor. «¡Menudo idiota!», comentó Hitler a Linge, su ayuda de cámara.16 El contraataque francés previsto para el 14 de mayo contra el sector oriental de la posición avanzada de Sedán fue aplazado primero y suspendido más tarde por el general Flavigny, comandante en jefe del XXI Cuerpo. Este tomó la desastrosa decisión de dividir las fuerzas de la 3.ª División blindada simplemente para crear una línea defensiva entre Chémery y Stonne. Huntziger seguía convencido de que los alemanes se dirigían hacia el sur para rodear la línea Maginot. En consecuencia, mandó que su ejército diera la vuelta para bloquear el paso hacia el sur. Con esto lo único que se consiguió fue dejar expedito el paso hacia el oeste. El general von Kleist, cuando fue informado del envío de refuerzos franceses, mandó a Guderian que se detuviera hasta la llegada de más formaciones para proteger aquel flanco. Tras una nueva y violenta discusión, Guderian consiguió convencerlo de que podía seguir su avance con la 1.ª y la 2.ª División Panzer, siempre y cuando se enviaran la 10.ª División Panzer y el regimiento de infantería Grossdeutschland, a las órdenes del conde von Schwerin, contra la localidad de Stonne, situada en lo alto de una estratégica colina. A primera hora del 15 de mayo, el Grossdeutschland se lanzó al ataque sin esperar a la 10.ª División Panzer. Las tripulaciones de los tanques de Flavigny respondieron a la ofensiva, y la aldea cambió de manos varias veces en el curso del día, sufriendo ambos bandos importantes pérdidas. En las angostas calles de la localidad, los cañones antitanque del Grossdeutschland consiguieron al final imponerse a los tanques pesados B1 de los franceses, y llegaron los granaderos de la 10.ª División Panzer para apoyar a los exhaustos soldados de infantería alemanes. En las filas del Grossdeutschland hubo ciento tres muertos y cuatrocientos cincuenta y nueve heridos. Sería la pérdida más grave que iban a sufrir los alemanes a lo largo de toda la campaña. El general Corap empezó la operación de retirada de su IX Ejército, pero esto dio lugar a una rápida desintegración de las defensas y vino a abrir aún más la brecha en el frente. Por el centro, el Panzerkorps de Reinhardt no solo pudo alcanzar a los otros dos el 15 de mayo, sino que su 6.ª División Panzer les sacó una gran ventaja, cuando realizó un avance de sesenta kilómetros hasta Montcornet que dejó partida en dos a la desdichada 2.ª División blindada de los franceses. Fue este duro golpe en la retaguardia lo que convenció al general Robert Touchon, que trataba de reunir un nuevo VI Ejército para cerrar la brecha abierta en el frente, de que ya era demasiado tarde. Así pues, el militar galo ordenó a sus formaciones que se retiraran al sur del río Aisne. En aquellos momentos apenas quedaban fuerzas francesas entre los tanques alemanes y la costa del Canal de la Mancha. Guderian había recibido la orden de no avanzar hasta la llegada de un número suficiente de divisiones de infantería al otro lado del Mosa. A todos sus superiores —Kleist, Rundstedt o Halder— les inquietaba muchísimo que la punta de lanza alemana se extendiera en un frente demasiado amplio y quedara expuesta a una contraofensiva francesa desde el sur. Incluso a Hitler le preocupaba en grado sumo esta posibilidad. Pero Guderian se dio cuenta del caos reinante en las filas francesas. Ante él se abría una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar. Así pues, la operación que ha sido descrita erróneamente como una estrategia propia de la guerra relámpago (Blitzkrieg), fue, en gran medida, improvisada sobre el terreno. Las puntas de lanza alemanas comenzaron a avanzar a toda prisa, encabezadas por sus batallones de reconocimiento provistos de motocicletas con sidecar y vehículos blindados de ocho ruedas. Capturaron puentes que los franceses no habían tenido tiempo de volar. Las exhaustas tripulaciones de sus carros de combate, vestidas con su uniforme negro, presentaban un aspecto sucio y desaliñado. Rommel apenas permitía que sus hombres de la 7.ª y la 5.ª División Panzer descansaran, o incluso que perdieran tiempo reparando los vehículos. La mayoría de los soldados se mantenían activos ingiriendo pastillas de metanfetamina e imaginando una victoria abrumadora. Todas las tropas francesas que encontraban a su paso estaban tan aturdidas que se rendían inmediatamente. No tenían más que decirles que bajaran los brazos y siguieran caminando hacia adelante para que la infantería alemana que venía más atrás se hiciera cargo de ellas. El segundo grupo invasor que seguía a las divisiones blindadas alemanas era la infantería motorizada. Alexander Stahlberg, por entonces teniente de la 2.ª División de Infantería (Motorizada), pero más tarde ayudante de campo de Manstein, pudo ver «los despojos de un ejército francés derrotado: vehículos acribillados a balazos, tanques averiados e incendiados, cañones abandonados y una sucesión de destrucción infinita».17 Los alemanes pasaban por aldeas deshabitadas, y su temor de topar con un enemigo de carne y hueso no era mayor que el que hubieran podido experimentar durante las maniobras. Más atrás venían los soldados de infantería de a pie, cuyas botas echaban humo, pues los oficiales los obligaban a apretar el paso para no quedar rezagados. «Marchar, marchar. Siempre adelante, siempre al oeste», escribiría uno de ellos en su diario.18 Hasta sus caballos estaban «muertos de cansancio». Si Hitler hubiera llevado adelante sus planes en el otoño anterior, la invasión de Francia hubiera sido, casi con certeza, un desastre. El éxito en Sedán supuso un verdadero milagro para el ejército alemán, que andaba escaso de municiones. La Luftwaffe disponía solo de bombas para catorce días de combate. Además, sus formaciones motorizadas y blindadas se habrían visto en una situación sumamente delicada. Un año antes simplemente no existían aún los tanques más pesados Mark III y Mark IV, que fueron capaces de enfrentarse con éxito a los carros de combate franceses y británicos. Y para adiestrar debidamente a sus fuerzas, especialmente a los oficiales de un ejército que había pasado de los cien mil a los cinco millones y medio de efectivos, fue también de vital importancia poder contar con unos meses más.19 El 14 de mayo, en Londres, ni siquiera el gabinete de guerra podía imaginarse cuál era la verdadera situación al oeste del Mosa. Por pura coincidencia, Anthony Edén, secretario de estado de guerra, anunció aquel día la creación de un nuevo cuerpo, el de Voluntarios Locales de Defensa (bautizado al poco tiempo con el nombre de Guardia Nacional). En menos de una semana, unos doscientos cincuenta mil hombres solicitaron su ingreso en él. Pero el gobierno de Churchill empezó a darse cuenta de la magnitud de la crisis cuando aquella tarde, a última hora, recibió un telegrama de París firmado por Reynaud. El primer ministro francés solicitaba otros diez escuadrones de cazas británicos para proteger a sus tropas de los ataques de los Stuka. Reconocía que los alemanes habían abierto una brecha al sur de Sedán y decía que, en su opinión, las fuerzas enemigas avanzaban hacia París. El general Ironside, jefe del estado mayor imperial, dio la orden de enviar un oficial de enlace al cuartel general de Gamelin o al de Georges. Apenas llegaban noticias del frente, por lo que Ironside llegó a la conclusión de que Reynaud «se había dejado llevar un poco por la histeria».20 Pero lo cierto es que el primer ministro francés no tardaría en darse cuenta de que la situación era mucho más catastrófica que lo que había temido en un primer momento. Daladier, ministro de la guerra, acababa de hablar con Gamelin, cuya tranquilidad y suficiencia se habían visto trastocadas por un informe en el que se comunicaba la desintegración del IX Ejército. En él también se indicaba que el Panzerkorps de Reinhardt había llegado a Montcornet. Aquella noche, a última hora, Reynaud convocó una reunión con Daladier y el gobernador militar de París en el ministerio del interior: si el enemigo avanzaba hacia la capital francesa, tenían que trazar un plan para mantener la ley y el orden, y evitar que cundiera el pánico entre la población. A las 07:30 de la mañana siguiente, una llamada telefónica de Reynaud despertó a Churchill. «Hemos sido derrotados», exclamó el francés. El primer ministro británico, aún medio dormido, no pudo reaccionar inmediatamente a aquella noticia. «Nos han vencido; hemos perdido la batalla», recalcó Reynaud. «¿Seguro? No puede haber ocurrido tan deprisa...», respondió Churchill. «Han abierto una brecha en el frente cerca de Sedán; están entrando masivamente con sus tanques y sus vehículos blindados», replicó Reynaud, quien, según Roland de Margerie, su asesor de asuntos exteriores, también añadió: «El camino que conduce a París ha quedado despejado. Envíennos todos los aviones y todas las tropas que puedan».21 Churchilll decidió volar a París con la intención de modificar la decisión de Reynaud, pero primero convocó una reunión del gabinete de guerra para hablar sobre la posibilidad de enviar otros diez escuadrones de cazas. Tenía la firme determinación de hacer todo lo posible por ayudar a los franceses. Pero el jefe del Estado Mayor del Aire y del Mando de Caza de la RAF, el mariscal sir Hugh Dowding, se opuso enérgicamente al envío de más aparatos aéreos. Tras una acalorada discusión, se levantó de la silla, fue hasta Churchill y le colocó delante un papel en el que se especificaba el porcentaje de pérdidas posibles, basándose en los percances ocurridos hasta entonces. En menos de diez días no iba a quedar ni un Hurricane en Francia o en Gran Bretaña. Aquello dejó estupefactos a los miembros del gabinete, que, sin embargo, consideraron que había que enviar otros cuatro escuadrones a Francia. El gabinete de guerra tomó también otra decisión. El Mando de Bombardeo debía participar por fin en la ofensiva contra territorio alemán. Tenía que organizar una incursión al Ruhr en represalia por el ataque a Rotterdam de la Luftwaffe. Fueron pocos los aviones que dieron con su objetivo, pero esta misión supondría el primer paso de una campaña de bombardeos estratégicos. Sumamente preocupado por la posible caída de Francia, Churchill envió un telegrama al presidente Roosevelt con la esperanza de causarle un gran sobresalto que lo llevara a unirse a la causa aliada. «Como sin duda sabrá, el panorama se ha oscurecido de un plumazo. Si es necesario, continuaremos la guerra solos, no nos da miedo. Pero confío en que sepa darse cuenta, Sr. Presidente, de que la voz y la fuerza de los Estados Unidos perderán todo su peso si permanecen reprimidas durante demasiado tiempo. Con asombrosa rapidez, puede encontrarse con una Europa completamente sometida y nazificada, y esta es una carga que probablemente no podremos soportar».22 Roosevelt contestó con amabilidad y cortesía, pero sin comprometerse a intervenir. Churchill redactó otra carta, haciendo hincapié en la firme determinación de Gran Bretaña de «perseverar hasta el final, independientemente de cómo acabe la gran batalla que se libra en Francia», y, una vez más, insistió en la necesidad de que los norteamericanos prestaran inmediatamente su ayuda. Como seguía viendo que Roosevelt no se daba cuenta de lo dramática que era la situación, el 21 de mayo el primer ministro escribió otro mensaje, que no supo si enviar o no. Aunque insistía en que su gobierno nunca aceptaría rendirse, planteaba otro peligro. «Si los miembros del actual gobierno caen, y vienen otros a parlamentar en medio de la ruina y el desastre, no puede usted ignorar el hecho de que la única moneda de cambio que les quedará para negociar con Alemania será la flota, y si nuestro país fuera abandonado a su destino por los Estados Unidos, nadie tendrá derecho a acusar de nada a los responsables que en ese momento alcancen el mejor acuerdo posible para los supervivientes. Perdóneme, Sr. Presidente, por exponer esta posible pesadilla con tanta claridad. Evidentemente, no puedo responder de lo que hagan mis sucesores, que, si llega el caso, probablemente se vean obligados por la desesperación y la impotencia a doblegarse a la voluntad de Alemania».23 Al final, Churchill decidió enviar este telegrama, pero, como observaría más tarde, su táctica del miedo, dando a entender que los navíos de guerra de la Marina Real británica podrían quedar en manos de los alemanes, y el peligro que esto supondría para los Estados Unidos, resultaría contraproducente. Su objetivo era socavar el convencimiento que tenía Roosevelt de que Gran Bretaña estaba decidida a librar sola aquella batalla, y el Presidente planteó, junto con sus asesores, la posibilidad de trasladar la Armada inglesa a Canadá. Llegó incluso a ponerse en contacto con William Mackenzie King, primer ministro de este país, para tratar del asunto. Unas semanas después, este error de cálculo de Churchill tendría trágicas consecuencias. El 16 de mayo, Churchill voló por la tarde a París. Ignoraba que Gamelin había telefoneado a Reynaud para decirle que los alemanes tal vez llegaran a la capital aquella misma noche. Estaban ya cerca de Laon, a menos de ciento veinte kilómetros de distancia. El gobernador militar aconsejó la evacuación inmediata de todos los miembros de la administración. En los ministerios comenzaron a apilarse en los patios montones de expedientes para prenderles fuego, mientras los funcionarios iban tirando por las ventanas todo tipo de documentos. «El viento arremolinado», dice Roland de Margerie, «se llevaba fragmentos y pedazos chamuscados de papel, que no tardaron en inundar todo el barrio».24 También cuenta que la amante de Reynaud, la derrotista condesa de Portes, hizo un comentario sumamente cáustico acerca del «idiota que ha dado esta orden». El jefe de servicio contestó que había sido Reynaud en persona: «C'est le Président du Conseil, Madame».25 Pero, en el último momento, Reynaud decidió que el gobierno debía quedarse. No fue una buena idea, porque había corrido la noticia. Los parisinos, a los que se había ocultado la realidad del desastre con una estricta censura de la prensa, enseguida fueron presa del pánico. Había comenzado la grande fuite. Una multitud de vehículos con montones de cajas apiladas sobre la cubierta empezaron a cruzar París en dirección a la Porte d'Orléans y la Porte d'Italie. Churchill voló a París en su avión Flamingo acompañado del general John Dill, nuevo jefe del estado mayor imperial, y del general Hastings Ismay, secretario del gabinete de guerra, y en cuanto aterrizó se dio cuenta de que «la situación era muchísimo más grave que lo que nos habíamos imaginado». En el Quai d'Orsay, los británicos se reunieron con Reynaud, Daladier y Gamelin. El ambiente era tan tenso que ni siquiera se sentaron. «Sus rostros expresaban el más absoluto abatimiento», escribiría posteriormente Churchill. Gamelin se colocó de pie junto a un mapa que había en un caballete, y en el que aparecía marcada la avanzada enemiga en Sedán, e intentó explicar la situación. «¿Dónde están las reservas estratégicas?», exclamó Churchill, que inmediatamente volvió a formular la pregunta en su peculiar francés. «Où est la masse de manoeuvre?» Gamelin se volvió hacia él y, «negando con la cabeza y encogiéndose de hombros», contestó: «Aucune». Entonces Churchill vio por las ventanas que subía una gran cantidad de humo, y desde una de ellas también pudo ver a los funcionarios del ministerio de exteriores que transportaban montones de documentos en carretillas que luego volcaban en unas grandes hogueras. Churchill no podía creer que el plan de Gamelin no hubiera contemplado la necesidad de reservar un contingente importante de tropas con el que contraatacar si el enemigo lograba abrirse paso, rompiendo la línea defensiva. Pero hubo otros dos hechos que también le dejaron perplejo: su propio desconocimiento de cómo estaban las cosas y la lamentable falta de coordinación entre los dos países aliados. Cuando preguntó a Gamelin por los preparativos para lanzar un contraataque, el generalísimo francés solo pudo encogerse de hombros. Su mirada lo decía todo. El ejército francés estaba acabado. Su única esperanza era que Gran Bretaña los salvara. Con discreción, Roland de Margerie le comentó en voz baja a Churchill que las cosas estaban mucho peor que lo que habían contado Daladier y Gamelin. Y cuando añadió que tal vez tendrían que replegarse al río Loira, o incluso seguir la guerra desde Casablanca, el primer ministro británico lo miró «avec stupeur».26 Reynaud se interesó por los diez escuadrones de cazas que había solicitado. Churchill, que aún tenía la advertencia de Dowding zumbándole en los oídos, explicó que desposeer a Gran Bretaña de sus defensas podría tener desastrosas consecuencias. Recordó las terribles pérdidas que había sufrido la RAF intentando bombardear los puntos por los que los alemanes cruzaban el Mosa, y luego añadió que cuatro escuadrones más estaban de camino, y que había otros que realizaban misiones en Francia desde su base en Gran Bretaña, pero su respuesta no satisfizo a los franceses. A última hora de la tarde, el primer ministro británico mandó un mensaje desde su embajada al gabinete de guerra, pidiendo que se acordara el envío de otros seis escuadrones. (Por cuestiones de seguridad, fue dictado en indostaní por el general Ismay, y traducido por un oficial del Ejército Indio en Londres). Cuando se obtuvo la autorización poco antes de la medianoche, Churchill fue inmediatamente a ver a Reynaud y a Daladier para infundirles ánimo. El presidente francés lo recibió en batín y zapatillas. Al final, los nuevos escuadrones tuvieron que actuar desde una base británica y volar cada día al otro lado del Canal de la Mancha para entrar en combate. Debido al avance de los alemanes, no había suficientes aeródromos desde los que operar, y los pocos disponibles carecían de las instalaciones necesarias para la reparación y el mantenimiento de los aparatos. En total, durante la precipitada retirada, hubo que abandonar ciento veinte Hurricane con base al otro lado del Canal que habían sufrido daños en misiones de combate. Los pilotos se encontraban en un estado de absoluta extenuación. La mayoría realizaba hasta cinco salidas en un solo día. Y como los cazas franceses Morane y Dewoitine poco podían hacer ante un Messerschmitt 109 alemán, los escuadrones de los Hurricane británicos tuvieron que cargar con el peso de una batalla muy desigual. No paraban de llegar informes en los que se hablaba de la desintegración del ejército francés y de su falta de disciplina. Se intentó obligar a las unidades a resistir y a combatir, para lo cual no se dudó en ejecutar a algunos oficiales acusados de haber abandonado el mando. Las tropas comenzaron a ver espías por todas partes. Numerosos oficiales y soldados recibieron un tiro después de que algún hombre asustado los confundiera con un alemán vestido con uniforme aliado. El rumor de que los alemanes disponían de armas secretas y de la existencia de una «quinta columna» hizo que cundiera el pánico. Parecía que la traición fuera la única manera de explicar una derrota tan apabullante como aquella, con el grito desgarrador de «Nous sommes trahis!» La situación se hacía cada vez más caótica, debido principalmente al gran número de refugiados que se acumulaba en el noreste de Francia. Contando holandeses y belgas, se calcula que aquel verano se echaron a las carreteras unos ocho millones de individuos, hambrientos, sedientos y exhaustos, los más ricos en sus vehículos, y el resto en carros y carretas o empujando una bicicleta, un cochecito o una carretilla cargados con sus pocas pertenencias. «El espectáculo es patético», escribiría en su diario el teniente general sir Alan Brooke, «con mujeres que cojean porque tienen los pies lastimados, con niños exhaustos por el viaje, pero que permanecen abrazados a sus muñecos, y por todos los ancianos y los desgraciados que avanzan a duras penas».27 La suerte que había corrido Rotterdam causaba pavor a muchos. La inmensa mayoría de la población de Lille abandonó la ciudad ante el avance alemán. Aunque no hay pruebas de que la Luftwaffe diera órdenes a sus pilotos de atacar las columnas de refugiados, lo cierto es que varios miembros de las fuerzas aliadas aseguraron haber sido testigos de este tipo de acciones. El ejército francés, que había basado su estrategia en la defensa estática, fue todavía más incapaz de reaccionar a lo inesperado cuando las carreteras se vieron atestadas de civiles aterrorizados. 7 LA CAÍDA DE FRANCIA (mayo-junio de 1940) Los alemanes difícilmente podían tener la moral más alta. Las tripulaciones de los tanques, vestidas con sus uniformes negros, saludaban con vítores a sus comandantes cuando se cruzaban con ellos, mientras proseguían su avance hacia el Canal de la Mancha a través de campos desiertos. Repostaban sus vehículos en gasolineras abandonadas y en los depósitos de combustible del ejército francés. Todas sus líneas de abastecimiento estaban desprotegidas. Su rápido avance se veía dificultado principalmente por los vehículos averiados de los franceses y las columnas de refugiados que bloqueaban las carreteras. Mientras los tanques de Kleist se dirigían a toda prisa hacia la costa del Canal de la Mancha, a Hitler le preocupaba muchísimo que los franceses pudieran atacar su flanco desde el sur. Aunque era un tipo acostumbrado a apostar fuerte, no podía creer la suerte que tenía. El recuerdo de 1914, cuando un contraataque por el flanco frustró la invasión de Francia, también perseguía a los generales más veteranos. El Generaloberst von Rundstedt era de la misma opinión que Hitler, por lo que el 16 de mayo ordenó a Kleist que frenara el avance de sus divisiones panzer para que la infantería pudiera alcanzarlas. Sin embargo, el general Halder, que al final había apostado por la audacia del plan de Manstein, le instó a seguir avanzando. Kleist y Guderian volvieron a tener una fuerte bronca al día siguiente, en el curso de la cual el primero citó textualmente la orden de Hitler. Pero llegaron a un acuerdo: «las formaciones de reconocimiento mejor preparadas para presentar batalla» seguirían explorando el terreno dirigiéndose hacia la costa, y el cuartel general del XIX Cuerpo no se movería.1 Esto daba a Guderian la oportunidad que iba buscando. A diferencia de Hitler, que estaba encerrado en su Felsennest, sabía que los franceses habían quedado paralizados ante la audacia de su sorprendente ataque. Solo quedaban bolsas de resistencia aisladas, en las que los restos de alguna división francesa seguían combatiendo a pesar del desastre inminente. Por pura casualidad, el mismo día en el que las divisiones panzer se detuvieron (y se les brindó por fin la oportunidad de descansar y de reparar las averías de sus vehículos), los franceses contraatacaron por el sur. El coronel Charles de Gaulle, el partidario más acérrimo de la guerra de blindados de todo el ejército francés (hecho que no le había granjeado precisamente la estima de aquellos generales de más edad que no querían saber nada de las comunicaciones por radio), acababa de recibir el mando de la llamada 4.ª División blindada. Con su defensa apasionada de la guerra mecanizada, De Gaulle se había ganado el apodo de «coronel motores».2 Pero lo cierto es que su flamante unidad acorazada estaba formada por una colección mal surtida de batallones de carros de combate, sin apenas apoyo de infantería y prácticamente sin artillería. El general Georges, tras entrevistarse con él, se despidió diciéndole: «¡Adelante De Gaulle! He aquí para usted, que durante tanto tiempo ha defendido las ideas que el enemigo está poniendo en práctica, la oportunidad de actuar».3 De Gaulle estaba ansioso por entrar en acción, sobre todo después de haber tenido conocimiento de la insolencia con la que las tripulaciones de los tanques alemanes trataban a sus compatriotas. Cuando daban órdenes a las tropas francesas que encontraban a su paso, simplemente les indicaban que tiraran sus armas y que marcharan hacia el este. Su grito de despedida, «No tenemos tiempo de llevaros prisioneros»,4 ofendía en lo más profundo el sentimiento patriótico de De Gaulle. De Gaulle, desde Laon, decidió avanzar hacia el noreste en dirección a Montcornet, importante punto de intersección de varias carreteras, situado en la ruta de abastecimiento de Guderian. Su acción cogió por sorpresa al enemigo, y los franceses a punto estuvieron de capturar el cuartel general de la 1.ª División Panzer. Pero los alemanes reaccionaron con gran celeridad, defendiéndose con unos pocos tanques que acababan de ser reparados y con varias piezas de artillería autopropulsada. También pidieron a la Luftwaffe que enviara apoyo aéreo. Y las maltrechas fuerzas de De Gaulle, como carecían de baterías antiaéreas y de cazas que las cubrieran, no tuvieron más remedio que retirarse. Ni que decir tiene que aquel día Guderian no informó de esta acción al cuartel general del grupo de ejércitos de Rundstedt. La BEF, que había conseguido repeler los ataques alemanes en su sector del Dyle, quedó perpleja el 15 de mayo por la tarde cuando se enteró por pura casualidad de que el general Gastón Billotte, comandante en jefe del I Grupo de Ejércitos, estaba organizando la retirada de sus efectivos al río Escalda. Esto significaba abandonar Bruselas y Amberes. Los generales belgas no tuvieron noticia de aquella decisión hasta la mañana siguiente, y, por supuesto, se pusieron hechos una furia por no haber sido advertidos con anterioridad. En el cuartel general de Billotte reinaba el abatimiento y la depresión. Muchos oficiales no podían contener las lágrimas. El jefe de estado mayor de Gort quedó tan horrorizado por lo que le había comunicado el oficial de enlace británico, que telefoneó al Departamento de Guerra en Londres para advertir de que, tarde o temprano, habría que proceder a la evacuación de la BEF. Para los británicos, el 16 de mayo marcó el inicio de una retirada lenta, pero progresiva, en la que no dejaron de presentar batalla. Justo al sur de Bruselas, en unas colinas próximas a Waterloo, las baterías de la Artillería Real tomaron posiciones con sus cañones de 25 libras. En esta ocasión sus armas apuntaban hacia Wavre, la misma localidad desde la que los prusianos habían llegado en ayuda de sus antepasados en 1815. Pero el 17 de mayo por la noche, las tropas alemanas entraban en la capital belga. Ese día Reynaud envió un mensaje al general Maxime Weygand en Siria, pidiéndole que regresara inmediatamente a Francia para asumir el mando supremo del ejército. Había decidido prescindir de Gamelin, por mucho que se opusiera Daladier. También quería efectuar cambios en el gobierno. Georges Mandel, que había sido la mano derecha de Clemenceau, y estaba firmemente decidido a luchar hasta el final, sería ministro del interior. El propio Reynaud asumiría la cartera de guerra, con su protegido, Charles de Gaulle, que en aquellos momentos ostentaba provisionalmente el rango de general, como subsecretario de estado. En ese sentido, cualquier duda que pudiera tener Reynaud se disipó cuando al día siguiente André Maurois le comentó que, aunque estaban combatiendo con arrojo, los británicos habían perdido completamente la confianza en el ejército francés, especialmente en sus altos oficiales.5 Sin embargo, Reynaud cometió también un grave error, influenciado probablemente por su amante capitulard, Hélène de Portes. Envió un legado a Madrid con el objetivo de convencer a Philippe Pétain, por entonces embajador francés en la España de Franco, para que aceptara el cargo de viceprimer ministro. Como vencedor de Verdún, el prestigioso mariscal estaba envuelto en una aureola de heroicidad. Pero al igual que Weygand, a sus ochenta y cuatro años le preocupaba más una posible revolución y la consecuente desintegración del ejército francés que la perspectiva de una humillante derrota. Como buena parte de la derecha de su país, creía que Francia había sido empujada injustamente a aquella guerra por los británicos. La mañana del 18 de mayo de 1940, justo ocho días después del nombramiento de Churchill como primer ministro, y mientras los alemanes amenazaban con dejar rodeada a la Fuerza Expedicionaria Británica en el norte de Francia, Randolph Churchill visitó a su padre en la Casa del Almirantazgo. El primer ministro, que estaba afeitándose, le dijo que leyera el periódico mientras terminaba. Pero de repente exclamó: «¡Creo que ya sé cómo salir de esta!», y siguió pasándose la navaja. Su hijo, asombrado, replicó: «¿Quieres decir que podemos evitar la derrota?... ¿O que podemos hundir a esos bastardos?» Churchill dejó la navaja, se dio la vuelta y dijo: «Por supuesto que digo que podemos hundirlos». «De acuerdo, eso es también lo que más deseo, pero no sé cómo podrás lograrlo», contestó Randolph. Su padre se secó la cara y luego dijo con voz contundente: «Arrastraré a los Estados Unidos a la guerra».6 Por pura casualidad, aquel también fue el día en el que el gobierno, a instancias de Halifax, decidió enviar a un austero socialista, sir Stafford Cripps, a Moscú con el fin de mejorar las relaciones con la Unión Soviética. Churchill pensaba que Cripps no era una buena elección, basándose en que Stalin odiaba a los socialistas prácticamente más que a los conservadores. En su opinión un hombre tan intelectual e idealista como Cripps no era la persona adecuada para tratar con un individuo tan cínico, calculador, tosco y receloso como Stalin. Sin embargo, la clarividencia de Cripps sería muy superior a la del primer ministro en muchos aspectos. Ya había pronosticado que la guerra supondría el fin del imperio británico y que daría lugar a importantísimos cambios sociales a su término.7 El 19 de mayo, el llamado «corredor de las divisiones panzer» se extendía hasta el otro lado del Canal du Nord. Tanto Guderian como Rommel tenían que dar un descanso a sus tripulaciones, pero este último convenció al comandante de su cuerpo de que aquella noche debía avanzar hacia Arras. Las fuerzas de la RAF en Francia se encontraban por entonces completamente aisladas de los efectivos de tierra británicos, por lo que se decidió el regreso a Inglaterra de los sesenta y seis aviones Hurricane que quedaban en Francia. Los franceses, como era de esperar, se sintieron traicionados por este movimiento, pero la pérdida de aeródromos y el agotamiento de los pilotos obligaban a ello. La RAF ya había perdido una cuarta parte de sus cazas en la batalla de Francia. Ese día, mucho más al sur, el I Ejército del general Erwin von Witzleben logró abrir una brecha en la línea Maginot. Su intención era evitar que los franceses pudieran trasladar tropas al norte contra el flanco sur del «corredor panzer», aunque dicho flanco ya comenzara a estar protegido por las divisiones de infantería alemanas, que habían llegado hasta allí completamente exhaustas tras marchar sin descanso. El coronel De Gaulle lanzó aquel día una nueva ofensiva con ciento cincuenta tanques para dirigirse hacia el norte, a Crécy-sur-Serre. Había que obstaculizar posibles ataques de los Stuka, y le habían prometido que los cazas franceses iban a proporcionarle cobertura aérea, pero por errores en las comunicaciones estos llegaron demasiado tarde. De Gaulle tuvo que replegarse con los restos de sus maltrechas fuerzas al otro lado del río Aisne. La mala coordinación entre los ejércitos aliados seguía siendo evidente, lo que levantó recelos en el sentido de que la BEF probablemente ya estuviera preparándose para proceder a la evacuación. El general Gort no descartaba esta posibilidad, pero en aquellos momentos tampoco había plan alguno que la contemplara. Lord Gort no consiguió obtener ninguna respuesta clara del general Billotte sobre la verdadera situación en el sur y el número de reservas disponibles de los franceses. En Londres, el general Ironside se entrevistó con el Almirantazgo para saber el número de barcos pequeños con el que podía contarse. Aunque el pueblo británico desconocía la verdadera gravedad de la situación, de repente comenzaron a correr más rumores inquietantes:8 el rey y la reina habían decidido enviar a las princesas Isabel y Margarita a Canadá; Italia ya había entrado en guerra, y su ejército avanzaba hacia Suiza; el enemigo había lanzado fuerzas paracaidistas; y a través de sus programas radiofónicos desde Berlín, lord Haw- Haw* enviaba mensajes secretos a los agentes alemanes en Gran Bretaña. Aquel domingo, el último día en el que Gamelin ostentaría el mando del ejército de su país, el gobierno francés asistió a una misa en Notre Dame para implorar la intervención divina. William Bullitt, el francófilo embajador estadounidense, no pudo contener las lágrimas a lo largo de la ceremonia. A su llegada de Siria, el general Weygand, un tipo de corta estatura, enérgico, con un rostro muy arrugado y expresión de zorro, insistió en que necesitaba dormir después de un viaje tan largo. En muchos sentidos, la elección de este monárquico como sustituto de Gamelin resultaba cuando menos sorprendente, pues Weygand detestaba a Reynaud, que era quien lo había nombrado. Pero el primer ministro francés, desesperado, intentaba agarrarse a los símbolos de una victoria nacional, como Pétain y Weygand, quien, en calidad de ayudante del mariscal Foch, había quedado asociado al triunfo final de 1918. El lunes, 20 de mayo, el primer día de Weygand en su nuevo cargo, la 1.ª División Panzer llegó a Amiens, que durante la jornada anterior había sufrido un fuerte bombardeo. Un batallón del Regimiento Real de Sussex, la única fuerza aliada presente en la ciudad, fue aniquilado mientras intentaba defenderla. Las fuerzas de Guderian también se hicieron con una cabeza de puente en el Somme, lo que las dejaba preparadas para la subsiguiente fase de la batalla. Guderian envió entonces la 2.ª División Panzer austríaca a Abbeville, localidad a la que sus hombres llegaron aquella noche. Y unas pocas horas más tarde, uno de sus batallones blindados alcanzó la costa. El Sichelschnitt de Manstein había conseguido su objetivo. Hitler apenas podía dar crédito a la noticia. En palabras del Generalmajor Jodl, estaba «loco de alegría». Era tanta la sorpresa que el OKH no podía ni decidir cuál era el siguiente paso que había que dar. En el lado norte del corredor, la 7.ª División Panzer de Rommel había comenzado el avance hacia Arras, pero se vio sorprendida por un batallón de la Guardia Galesa que le cortó el paso. Aquella noche, el general Ironside llegó al cuartel general de Gort con una orden de Churchill. El primer ministro inglés quería que se abriera paso hasta el otro lado del corredor para unirse en el sur con los franceses. Pero Gort indicó que el grueso de sus divisiones estaba defendiendo la línea del Escalda, y que en aquellos momentos no podía retirar a sus hombres de allí. No obstante, aunque ignoraba los planes de los franceses, podría preparar un ataque contra Arras con dos divisiones. Ironside se dirigió luego al cuartel general de Billotte. El corpulento general británico encontró a su colega francés en un estado de absoluto abatimiento. Sin dudarlo, lo agarró por la casaca y le dio un par de sacudidas. Billotte accedió al final a lanzar un ataque simultáneo con otras dos divisiones. Gort era sumamente escéptico respecto a la actuación de los franceses. Y no se equivocaba. El general Rene Altmayer, que estaba al frente del V Cuerpo de Francia y ordenó apoyar a los británicos, se limitaba simplemente a sollozar en la cama, según cuenta un oficial de enlace francés. Solo apareció para presentar batalla un pequeño contingente perteneciente al admirable cuerpo de caballería del general Prioux. Con su contraofensiva en los alrededores de Arras, los británicos pretendían ocupar al sur de la ciudad una extensión de territorio suficiente para frenar la punta de lanza de los blindados de Rommel. Sus fuerzas estaban formadas, principalmente, por setenta y cuatro carros de combate Matilda del 4.° y el 7.° Regimiento Real de Tanques, dos batallones de la Infantería Ligera de Durham, parte de los Fusileros de Northumberland y los vehículos blindados del 12.° de Lanceros. Una vez más, no se materializó ni el apoyo de la artillería ni la cobertura aérea prometida para la operación. El propio Rommel fue testigo de cómo sus soldados de infantería y de artillería tuvieron que correr para salvar sus vidas. La recién llegada infantería mecanizada de la SS Totenkopf fue presa del pánico. Sin embargo, para frenar a los pesados Matilda británicos, el célebre militar alemán hizo que entraran inmediatamente en acción varias baterías antiaéreas y antitanque. Durante los intensos tiroteos, él mismo estuvo a punto de morir, pero el peligro que decidió correr, participando con arrojo en el combate como un joven oficial cualquiera, fue lo que, casi con toda probabilidad, salvó a los alemanes de un duro revés. La otra columna británica tuvo más éxito, a pesar de perder la mayoría de sus carros de combate. Aunque los proyectiles antitanque alemanes perforaban con éxito el pesado blindaje de los Matilda, muchos de los tanques de esta columna sucumbieron al final a los problemas mecánicos tras infligir graves daños a los vehículos y a los carros blindados de los alemanes. La contraofensiva, aunque llevada a cabo con arrojo, simplemente careció de la intensidad, o de la ayuda, necesaria para cumplir su objetivo. La ausencia de los franceses (con la honrosa excepción de la caballería de Prioux) en el campo de batalla sirvió para convencer a los comandantes británicos de que el ejército de Francia había perdido las ganas de luchar. La alianza, para gran consternación de Churchill, estaba en aquellos momentos condenada a deteriorarse, en medio de los recelos y de las recriminaciones entre los dos países. De hecho, los franceses lanzaron otra contraofensiva en Cambrai, pero también en vano.9 Aquella mañana, el grueso de la BEF había sufrido intensos ataques a orillas del Escalda, defendiéndose con gran determinación del enemigo. Por esta acción se concedieron dos Cruces Victoria. Los alemanes, que no estaban dispuestos a perder tantos hombres en un segundo asalto, decidieron bombardear a los británicos con la artillería y los morteros. La posición aliada estaba a punto de derrumbarse debido a la mala coordinación y a la falta de entendimiento entre los altos oficiales cuando Weygand convocó por la tarde una conferencia. Quería que los británicos se replegaran para lanzar un ataque más contundente al otro lado del corredor alemán y poder avanzar hacia el Somme. Pero Gort, con el que había costado mucho ponerse en contacto, llegó demasiado tarde. Y el acuerdo de Weygand y el rey de los belgas, Leopoldo III, de no mover de Bélgica a sus tropas resultó catastrófico. A ello se sumó el fallecimiento del general Billotte cuando su automóvil oficial se empotró contra un camión lleno de refugiados. El general Weygand y varios cronistas franceses indicarían más tarde que Gort había evitado deliberadamente llegar a tiempo a la reunión en Yprès porque ya estaba planeando en secreto la evacuación de la BEF, pero no hay prueba alguna que corrobore esta idea. «El rostro de la guerra es horroroso», decía el 20 de mayo en una carta a los suyos un soldado alemán de la 269.ª División de Infantería. «Pueblos y aldeas hechos pedazos, tiendas saqueadas por doquier, objetos de valor pisoteados por las botas, reses abandonadas, que vagabundean de un lugar a otro, y perros desesperados que furtivamente van de casa en casa... Vivimos como dioses en Francia. Si necesitamos carne, se sacrifica una vaca de la que solo se toman las mejores partes, y el resto se descarta. Hay muchas cosas en abundancia: espárragos, naranjas, lechugas, nueces, cacao, café, mantequilla, jamón, chocolate, vino espumoso, vino, licores, cerveza, tabaco, puros y cigarrillos, así como juegos completos de ropa blanca. Como nuestro avance se realiza en largas marchas por etapas, perdemos contacto con nuestras unidades. Con el fusil en mano, irrumpimos en las casas para saciar el hambre. Horrible, ¿no os parece? Pero uno se acostumbra a todo. Gracias a Dios que en nuestra patria no se vive en estas condiciones».10 «En las cunetas de las carreteras se amontonan los tanques y los vehículos franceses averiados e incendiados, formando largas hileras», contaba un cabo de artillería en una carta dirigida a su esposa. «Entre ellos hay, por supuesto, algunos que son alemanes, pero su número es sorprendentemente escaso».11 Algunos soldados se quejaban de la falta de actividad. «Aquí hay muchas, muchísimas divisiones que no han disparado ni un solo tiro», escribía un cabo de la 1.ª División de Infantería. «Y en el frente, el enemigo huye. Franceses e ingleses, adversarios nuestros por igual en esta guerra, se niegan a plantarnos cara. En realidad, nuestros aviones dominan el cielo. No hemos visto ni uno enemigo, solo a los nuestros. Así que ya puedes imaginártelo. Posiciones como Amiens, Laon, Chemin des Dames caen en pocas horas. Entre el 14 y el 18 se defendieron durante años».12 Las cartas que los soldados victoriosos enviaban a los suyos no hablaban de las matanzas ocasionales de prisioneros británicos y franceses, y a veces incluso de civiles. Tampoco contaban las matanzas, más frecuentes, de soldados capturados pertenecientes al ejército colonial francés, especialmente de tirailleurs senegaleses, que luchaban con gran arrojo para consternación y rabia de las tropas alemanas más racistas. Eran ejecutados, a veces en grupos de cincuenta e incluso de cien, por formaciones alemanas como, por ejemplo, la SSTotenkopf , la 10.ª División Panzer o el Regimiento Grossdeutschland. En total, se calcula que en la batalla de Francia unos tres mil soldados de las colonias fueron ejecutados sin más tras ser capturados.13 En la retaguardia de las fuerzas aliadas, Boulogne era una ciudad sumida en el caos. Había hombres de la guarnición naval que estaban todo el día borrachos, y otros que se dedicaban a destruir las baterías costeras. Dos batallones británicos, uno de la Guardia Irlandesa y otro de la Guardia Galesa, llegaron allí para defender la ciudad. El 22 de mayo, mientras avanzaba hacia el norte, camino del puerto, la 2.ª División Panzer sufrió una emboscada por parte de un destacamento del 48.° Regimiento francés, formado principalmente por personal del cuartel general, poco familiarizado con el manejo de los cañones antitanque. Fue una valiente defensa de Francia, en la que se puso claramente de manifiesto una actitud muy distinta a la que reinaba en Boulogne; sin embargo, en poco tiempo estos hombres se vieron superados por el enemigo, y la 2.ª División Panzer enseguida pudo reanudar su avance hacia el objetivo. Los dos batallones británicos que se encontraban en Boulogne disponían de pocos cañones antitanque, y no tardaron en retirarse al interior de la ciudad, para luego recluirse en una zona más interna alrededor del puerto. El 23 de mayo, cuando resistir se convirtió en una misión imposible, el personal de la retaguardia británica comenzó a ser evacuado por los destructores de la Marina Real inglesa. Estalló una gran batalla, en el curso de la cual los buques de guerra británicos entraron en el puerto y empezaron a atacar a los tanques alemanes con su armamento principal. Pero el comandante francés, que había recibido la orden de luchar hasta que no quedara ni un solo soldado en pie, montó en cólera. Acusó a los británicos de deserción, lo cual no hizo más que envenenar las relaciones entre los dos aliados. Este hecho también sirvió para convencer a Churchill de que había que defender Calais a cualquier precio. Calais, aunque había visto reforzadas sus defensas con cuatro batallones y varios tanques más, tenía muy pocas posibilidades de resistir, a pesar del aviso de que de allí no se evacuaría a nadie «en nombre de la solidaridad entre aliados».14 La 10.ª División Panzer solicitó el 25 de mayo el envío de aviones Stuka y de la artillería pesada de Guderian para comenzar a bombardear la vieja ciudad, en la que se habían recluido sus últimos defensores. Al día siguiente, Calais aún resistía, aunque las columnas de humo que salían de la ciudad en llamas podían verse desde Dover. Los soldados franceses pelearon hasta quedarse sin municiones. El comandante naval francés decidió rendirse, y a los británicos, que habían sufrido innumerables bajas, no les quedó más remedio que hacer lo mismo. La defensa de Calais, aunque condenada al fracaso, por lo menos había conseguido ralentizar el avance por la costa hacia Dunkerque de la 10.ª División Panzer. En Gran Bretaña, la población civil seguía teniendo alta la moral, en gran medida porque ignoraba la realidad que se vivía al otro lado del Canal de la Mancha. Pero el 22 de mayo, el comentario, supuestamente realizado por Reynaud, de que «solo un milagro puede salvar a Francia»15 causó una gran inquietud. El país comenzó de repente a despertar de una especie de letargo. La ley declarando el estado de excepción tuvo una buena acogida general, así como la detención de sir Oswald Mosley, líder de la Unión Británica de Fascistas. Los encargados de elaborar los estudios de Mass Observation indicaban que, en general, el ánimo era más firme en aldeas y zonas rurales que en grandes ciudades, y que las mujeres eran más pesimistas que los varones. Las clases medias mostraban también más inquietud que la clase trabajadora: «cuanto más blanca es la camisa, menor es la confianza»,16 se decía. En efecto, el porcentaje más elevado de derrotistas se daba entre los ricos y las clases altas. Muchos comenzaron a convencerse de que aquellos horribles rumores, como, por ejemplo, que el general Gamelin había sido ejecutado por traidor o que se había suicidado, habían sido difundidos deliberadamente por una «Quinta Columna». Pero Mass Observation comunicó al ministerio de información que «por el momento todo indica que quien hace correr la mayoría de los rumores son individuos ociosos, asustados y recelosos».17 El 23 de mayo, el general Brooke escribía la siguiente anotación en su diario: «¡Nada más que un milagro puede salvar la BEF en estos momentos, y el final no puede estar muy lejano!».18 Pero afortunadamente para la Fuerza Expedicionaria Británica, la fallida contraofensiva en Arras había conseguido que por lo menos los alemanes se sintieran menos seguros. Rundstedt y Hitler insistieron en que había que asegurar la zona antes de reanudar el avance. Y la retención de la 10.ª División Panzer en Boulogne y Calais supuso que Dunkerque no fuera capturada a espaldas de la BEF. El 23 de mayo, a última hora de la tarde, el Generaloberst von Kluge mandó que las trece divisiones alemanas se detuvieran junto a la que los británicos denominaban «línea del Canal», al oeste de lo que estaba convirtiéndose en la bolsa de Dunkerque. Con más de cincuenta kilómetros de longitud, dicha línea se extendía desde la costa hasta La Blassée, siguiendo el curso del río Aa y su canal a su paso por Saint-Omer y Béthune. Los dos Panzerkorps de Kleist necesitaban urgentemente reparar y revisar sus vehículos. Su Panzergruppe ya había perdido la mitad de sus fuerzas blindadas. En apenas tres semanas, seiscientos tanques habían sido destruidos a manos del enemigo, o sufrido graves problemas mecánicos. Este número representaba más de una sexta parte de los carros de combate alemanes presentes en todos los frentes.19 Hitler dio el visto bueno a esta orden al día siguiente, pero la idea no fue suya, como a menudo se cree. El 24 de mayo por la noche, el Generaloberst von Brauchitsch, comandante en jefe del ejército alemán, con el respaldo de Halder, dio la orden de seguir avanzando, pero Rundstedt, apoyado por Hitler, insistió en que debía esperarse a que llegara la infantería. Querían conservar sus fuerzas blindadas para lanzar una ofensiva al otro lado del Somme y del Aisne antes de que el grueso del ejército francés tuviera la oportunidad de reorganizarse. Avanzar por los canales y las tierras pantanosas de Flandes era, en su opinión, correr un riesgo innecesario, sobre todo teniendo en cuenta que Göring aseguraba que su Luftwaffe podía frustrar cualquier intento de evacuación por parte de los británicos. Aunque marchaban a un ritmo rápido, a las divisiones de infantería alemanas les costaba dar alcance a las formaciones blindadas. Resulta sumamente sorprendente que la BEF y la mayoría de las unidades francesas dispusieran de muchísimos más medios de transporte motorizados que el ejército alemán, en el que solo estaban totalmente motorizadas dieciséis divisiones de un total de ciento cincuenta y siete. Todas estas otras divisiones estaban obligadas a encomendarse a la tracción animal, esto es, a los caballos, para mover su artillería, sus pertrechos y sus equipos.20 Los británicos tuvieron otro golpe de suerte. Un automóvil del estado mayor alemán sufrió una emboscada. En el vehículo encontraron documentos que revelaban que el siguiente ataque tendría lugar en el este, en las inmediaciones de Yprès, en una zona situada entre las fuerzas belgas y el flanco izquierdo de los británicos. El teniente general Brooke, comandante del II Cuerpo, convenció a Gort de que debía mover una de sus divisiones, que estaba preparándose para lanzar una nueva contraofensiva, para cubrir aquel hueco. En Londres, al enterarse de que los franceses no podían montar un ataque a través del Somme, Anthony Edén indicó a lord Gort la noche del 25 de mayo que la seguridad de la BEF debía ser la «consideración prioritaria».21 Así pues, el general tenía que replegar a sus hombres hacia la costa del Canal de la Mancha para proceder a la evacuación. El gabinete de guerra, obligado por las circunstancias a afrontar el hecho de que el ejército francés no podía recuperarse de su trágico hundimiento, y viendo que Gran Bretaña se veía abocada a seguir la guerra en solitario, tenía que considerar las implicaciones de aquella nueva situación. Lord Gort ya había advertido a Londres de que era muy probable que la BEF perdiera todo su equipamiento, y que personalmente dudaba que pudiera evacuarse poco más que una pequeña parte de sus tropas. Edén ignoraba que Reynaud, sintiéndose cada vez más agraviado, había caído en una trampa del mariscal Pétain y el general Weygand. Pétain había permanecido en contacto con Pierre Laval, un político que detestaba a los británicos y esperaba tener una oportunidad para sustituir a Reynaud. Laval se había entrevistado con un diplomático italiano para sondear la posibilidad de entablar negociaciones con Hitler a través de Mussolini. Weygand, jefe supremo del ejército francés, culpaba a los políticos de haber cometido un acto de «imprudencia delictiva»22 en primer lugar por decidir entrar en guerra. Apoyado por Pétain, exigía que Francia retirara su promesa de no intentar por su cuenta llegar a un acuerdo de paz con Alemania. Su prioridad era preservar el ejército para mantener el orden. Reynaud accedió a viajar a Londres al día siguiente para hablar de ello con el gobierno británico. La esperanza de Weygand de que podría convencer a Mussolini y lograr que no entrara en guerra con la promesa de cederle más colonias, y de que el Duce estaría en disposición de negociar una paz, era un absoluto desatino. Cuando Hitler declaró que se había alzado con la victoria, Mussolini, dejando a un lado sus inseguridades, comunicó a los alemanes y a su propio estado mayor que Italia iba a entrar en guerra poco después del 5 de junio. Tanto él como sus generales eran perfectamente conscientes de que su país no podía emprender ninguna acción ofensiva eficaz. Contemplaban, sin embargo, la posibilidad de lanzar un ataque contra Malta, aunque luego llegaron a la conclusión de que este no era necesario, pues podrían hacerse con la isla en cuanto Gran Bretaña cayera. Se cuenta que, durante los días siguientes, Mussolini comentó: «Esta vez declararé la guerra, pero sin entrar en guerra».23 Las víctimas principales de este desastroso intento de equilibrismo serían sus ejércitos, deplorablemente mal equipados. En cierta ocasión, Bismarck, haciendo gala de su habitual perspicacia, dijo lacónicamente que Italia tenía un gran apetito, pero mala dentadura.24 Su observación, para desgracia de los italianos, se revelaría totalmente acertada en la Segunda Guerra Mundial. La mañana del domingo, 26 de mayo, mientras las tropas británicas se replegaban hacia Dunkerque en medio de una fuerte tormenta —«los truenos se confundían con el estruendo de los bombardeos de la artillería»—,25 el gabinete de guerra se reunía en Londres, ignorando cuáles eran las verdaderas intenciones de Mussolini. Lord Halifax planteó la posibilidad de que el gobierno considerara un acercamiento al Duce para averiguar en qué términos Hitler estaría dispuesto a aceptar una paz. El día anterior, por la tarde, se había entrevistado incluso con el embajador italiano para sondearlo en ese sentido. Estaba convencido de que, sin la perspectiva de una ayuda de los americanos a corto plazo, Gran Bretaña no era lo suficientemente fuerte para resistir sola a Hitler. Churchill contestó que la libertad y la independencia de Gran Bretaña eran cuestiones primordiales. Recurrió a un documento preparado por los jefes de estado mayor, titulado «La estrategia británica ante una determinada eventualidad»,26 una expresión eufemística para referirse a la posible rendición de Francia. El documento en cuestión contemplaba las repercusiones que tendría para Gran Bretaña luchar en solitario. Algunos aspectos eran, como quedaría demostrado por los acontecimientos, increíblemente pesimistas. El informe daba por hecho que se perdería prácticamente toda la BEF en Francia. El Almirantazgo no esperaba poder salvar a más de unos cuarenta y cinco mil hombres, y los jefes de estado mayor temían que la Luftwaffe acabara destruyendo las fábricas de aviones de las Midlands. Otras conjeturas eran excesivamente optimistas: por ejemplo, los jefes de estado mayor pronosticaban que la economía de guerra de Alemania sufriría las consecuencias negativas derivadas de una escasez de materias primas, una idea cuando menos curiosa si tenemos en cuenta que Alemania iba a controlar buena parte de Europa occidental y central. Pero la conclusión principal a la que llegaba dicho informe era que probablemente Gran Bretaña podría resistir con éxito a cualquier intento de invasión, siempre y cuando la RAF y la Armada Real conservaran todo su potencial. Esta era la razón principal para adherirse a los argumentos de Churchill en contra de la propuesta de Halifax. Churchill acudió a la Casa del Almirantazgo para almorzar con Reynaud, que acababa de llegar a Londres. Por las palabras de Reynaud, resultaba evidente que el optimismo con el que Weygand había visto la situación hacía apenas dos días se había transformado en absoluto derrotismo. Los franceses ya contemplaban la idea de perder París. Reynaud dijo incluso que, aunque nunca iba a firmar por su cuenta una paz, probablemente fuera sustituido por alguien que sí lo haría. Ya había recibido innumerables presiones para que instara a los británicos a entregar Gibraltar y Suez a los italianos, «con el fin de reducir proporcionalmente nuestra propia contribución».27 Cuando Churchill volvió a reunirse con el gabinete de guerra e informó de esta conversación, Halifax puso de nuevo sobre la mesa su propuesta de acercamiento al gobierno italiano. Churchill tenía que jugar muy bien sus cartas. Su posición no era lo bastante sólida, por lo que no podía correr el riesgo de enfrentarse claramente a Halifax, depositario de la confianza de muchísimos conservadores. Por fortuna, Chamberlain comenzó a mostrarse favorable a las tesis de Churchill, quien, al fin y al cabo, lo había tratado con gran respeto y magnanimidad a pesar de su anterior antagonismo. Churchill sostenía que Gran Bretaña no debía quedar vinculada a Francia si este país decidía firmar una paz. «No podemos ser partícipes de una actitud semejante antes de vernos involucrados en una guerra en toda regla».28 No había que tomar decisión alguna hasta que no se supiera claramente cuántos efectivos de la BEF podrían ser rescatados. En cualquier caso, era evidente que, si apostaban por firmar una paz, los términos que iba a imponer Hitler impedirían a Gran Bretaña «completar nuestro rearme». Suponía acertadamente que Hitler estaba dispuesto a imponer a Francia unas condiciones mucho más clementes que a Inglaterra. Pero el ministro de exteriores no parecía dispuesto a abandonar la idea de negociar. «Si al final conseguimos discutir los términos de una paz que no postulen la destrucción de nuestra independencia, sería de idiotas no aceptarlos». De nuevo, Churchill se vio obligado a dar a entender que no descartaba la idea de un acercamiento a los italianos, pero, en realidad, no era más que una artimaña para ganar tiempo. Si el grueso de la BEF era rescatado con éxito, su posición como primer ministro, así como la de todo el país, saldría increíblemente reforzada. A última hora de la tarde, Anthony Edén, en su calidad de secretario de estado para la guerra, envió un mensaje a Gort confirmando que debía «dirigirse a la costa... junto con los ejércitos francés y belga».29 Aquella misma noche, el vicealmirante Bertram Ramsay recibió en Dover la orden de poner en marcha la Operación Dinamo, esto es, la evacuación por mar de la Fuerza Expedicionaria Británica. Por desgracia, el mensaje enviado por Churchill a Weygand confirmando la retirada de las tropas a los puertos franceses del Canal de la Mancha no decía claramente que se trataba de un plan de evacuación. Se pensó, erróneamente, que en aquellas circunstancias no podía haber margen de duda, que sobraban las palabras. Este hecho tendría gravísimas repercusiones en la relación, cada vez más deteriorada, de Gran Bretaña con Francia. El alto de las divisiones blindadas alemanas había brindado al estado mayor de Gort la oportunidad de preparar un nuevo perímetro defensivo, basado en una línea de aldeas fortificadas, mientras se replegaba el grueso de la BEF. Pero los comandantes franceses en Flandes montaron en cólera cuando descubrieron los planes de evacuación de los británicos. Gort dio por hecho que Londres había informado al general Weygand al mismo tiempo que él había recibido la orden de dirigirse a la costa. Asimismo, creía que los franceses habían recibido también instrucciones de embarcar, y su sorpresa y disgusto fueron enormes cuando se enteró de que no había sido así. El 27 de mayo, el 2.° Batallón del Regimiento de Gloucestershire y un batallón del Regimiento de Infantería Ligera de Oxford y Buckinghamshire emprendieron la defensa de Cassel al sur de Dunkerque. Diversos pelotones ocuparon las casas rurales de la zona, resistiendo en algunos casos hasta tres días a unas fuerzas enemigas muy superiores. Más al sur, la 2.ª División británica, que había sido trasladada allí para defender la línea del canal desde La Bassée hasta Aire, sufrió una serie de intensos ataques. Tras quedarse sin proyectiles antitanque, los soldados del exhausto y diezmado 2.° Regimiento Real de Norfolk, se vieron obligados a resistir recurriendo a granadas de mano que tenían que arrojar contra las orugas de los tanques. Los últimos efectivos del batallón fueron rodeados por la SS Totenkopf y hechos prisioneros. Aquella noche, los hombres de la SS mataron a noventa y siete de ellos. Mientras tanto, en el sector belga, la 255.ª División alemana, en un acto de represalia por las pérdidas sufridas en las inmediaciones de la localidad de Vinkt, ejecutó a setenta y ocho civiles, con el falso pretexto de que algunos de ellos iban armados. Al día siguiente, un grupo de la SS Leibstandarte, a las órdenes del Hauptsturmführer Wilhelm Mohnke, asesinó en Wormhout a unos noventa prisioneros ingleses, en su mayoría pertenecientes al Regimiento Real de Fusileros de Warwickshire, que también actuaban en la retaguardia. Casos como estos explican que las sangrientas batallas libradas en Polonia tuvieran tan poco eco en un frente supuestamente civilizado como el occidental. Al sur del Somme, la 1.ª División blindada británica lanzó una contraofensiva en una cabeza de puente de los alemanes. Como había ocurrido anteriormente, ni la cobertura de la artillería francesa ni el apoyo aéreo se materializaron, y el 10.° de Húsares y el regimiento de caballería de los Queen's Bays perdieron sesenta y cinco carros de combate, principalmente por la acción de los cañones antitanque alemanes. La 4.ª División blindada de De Gaulle lanzó en otra cabeza de puente enemiga próxima a Abbeville otro contraataque más efectivo, que, sin embargo, también fue repelido.30 En Londres, el gabinete de guerra volvió a reunirse tres veces el 27 de mayo. La segunda de esas sesiones, celebrada por la tarde, probablemente resumiera el momento más crítico de la guerra, cuando los nazis podían alzarse con la victoria. Fue entonces cuando quedó patente el enfrentamiento que venía desarrollándose desde hacía algún tiempo entre Halifax y Churchill. Halifax se mostró aún más decidido a recurrir a la mediación de Mussolini para averiguar en qué términos estaría dispuesto el Führer a firmar un armisticio con Francia y Gran Bretaña. En su opinión, cuanto más tiempo se dejara pasar, peores serían los términos ofrecidos por los alemanes. Churchill se opuso firmemente a cometer un acto de semejante debilidad, e insistió en que había que seguir combatiendo. «Incluso si nos derrotan», dijo, «no estaremos peor de lo que podemos llegar a estar si ahora abandonamos la lucha. Así pues, impidamos que nos arrastren hacia el mismo abismo por el que Francia se precipita». Se daba cuenta perfectamente de que si comenzaban a entrar en negociaciones, luego no podrían «dar marcha atrás» y revitalizar un espíritu de resistencia y desafío entre la población. Contaba al menos con el apoyo implícito de Clement Attlee y Arthur Greenwood, los dos líderes laboristas, y de sir Archibald Sinclair, el líder liberal. A Chamberlain también le convenció el argumento esencial de Churchill. Durante esa tormentosa reunión, Halifax no ocultó a Churchill que estaba dispuesto a presentar la dimisión si se hacía caso omiso de sus puntos de vista, pero más tarde el primer ministro consiguió tranquilizarlo. Aquella tarde se recibió otro duro golpe. Como el enemigo había conseguido abrir una gran brecha en el frente belga a orillas del Lys, el rey Leopoldo decidió que había llegado el momento de capitular. Al día siguiente, presentó la rendición incondicional de Bélgica al VI Ejército alemán. El Generaloberst von Reichenau y su jefe de estado mayor, el Generalleutnant Friedrich Paulus, impusieron los términos de la paz en su cuartel general. La siguiente rendición que negociaría Paulus iba a ser la suya propia en Stalingrado apenas tres años después. Aparentemente, el gobierno francés manifestó su repulsa por la «traición» del rey Leopoldo, pero, en realidad, se alegró de lo ocurrido. El siguiente comentario de uno de los capitularás expresa claramente cómo se vivió la noticia: «¡Por fin tenemos un chivo expiatorio!».31 A los británicos, sin embargo, apenas les sorprendió la caída de Bélgica. Gort, siguiendo los consejos del general Alan Brooke, había tomado sabiamente las debidas precauciones, colocando a sus tropas detrás de las líneas belgas para evitar que los alemanes pudieran abrirse paso por el flanco oriental, por la zona comprendida entre Yprès y Comines. El general Weygand, que ya había sido informado oficialmente de la decisión de los británicos de retirarse, montó en cólera por aquella falta de franqueza. Por desgracia, no cursó la orden de evacuación de sus unidades hasta el día siguiente, por lo que las tropas francesas llegaron a las playas bastante más tarde que las británicas. El mariscal Pétain dijo que la falta de apoyo de los ingleses obligaba a revisar el acuerdo firmado por Reynaud en marzo en el sentido de que Francia no intentaría pactar con el enemigo una paz por separado. La tarde del 28 de mayo, el gabinete de guerra volvió a reunirse, pero en esta ocasión —por petición expresa de Churchill— en la Cámara de los Comunes. Halifax y Churchill volvieron a enzarzarse en una fuerte discusión, en la que el primer ministro se mostró mucho más contrario a cualquier forma de negociación. Y si se levantaban y abandonaban la sala, dijo, «veríamos cómo se esfumaría todo el poder de decisión del que disponemos ahora». En cuanto terminó la reunión del gabinete de guerra, Churchill convocó una asamblea de todos los ministros. Comentó que había considerado la posibilidad de negociar con Hitler, pero que había llegado a la conclusión de que las condiciones que impondrían los alemanes iban a reducir a Gran Bretaña a un «estado esclavo»32 administrado por un gobierno títere. El apoyo que le brindaron los ministros difícilmente habría podido ser más categórico. Halifax había sido superado tácticamente de una manera clara y rotunda. Gran Bretaña iba a luchar hasta el final. Como no quería agotar a las fuerzas blindadas que habían sido desplegadas, Hitler limitó su avance a Dunkerque. Debían detenerse en cuanto el puerto estuviera al alcance de sus regimientos de artillería. El bombardeo de la ciudad comenzó siendo muy intenso, pero no logró impedir el desarrollo de la Operación Dinamo, esto es, la evacuación. Los bombarderos de la Luftwaffe, que con frecuencia seguían despegando de bases en Alemania, no dispusieron de un apoyo efectivo por parte de los cazas, viéndose a menudo interceptados por los escuadrones de Spitfire aliados que emprendían el vuelo desde unos aeródromos mucho más cercanos, como los de Kent. Los desventurados soldados británicos que se amontonaban en las playas y en la ciudad, a la espera de poder embarcar, maldecían a la RAF, sin saber que en el interior de la región los cazas ingleses libraban su propia batalla en el cielo contra los bombarderos enemigos. Por mucho que Göring se hubiera jactado de que iba a acabar con los británicos, lo cierto es que la Luftwaffe causó un número de bajas relativamente escaso en las fuerzas aliadas. El efecto letal de bombas y obuses se vio minimizado por la morbidez de las dunas de arena. En las playas murieron más soldados aliados por culpa de las ametralladoras que por culpa de las bombas. Cuando, tras la llegada de su infantería, los alemanes reiniciaron el avance, la férrea resistencia de las tropas francesas y británicas había logrado impedir que el enemigo rompiera la línea defensiva. Los pocos que consiguieron escapar de los pueblos y aldeas de la zona estaban exhaustos, famélicos, sedientos y, en muchos casos, heridos. Hubo que dejar atrás a los que presentaban un estado de mayor gravedad. Con aquel gran número de alemanes rodeándolas, las fuerzas aliadas comenzaron una retirada angustiosa, temiendo en todo momento dar de bruces con un contingente enemigo. La evacuación había comenzado el 19 de mayo, con el rescate de heridos y de los primeros soldados de la retaguardia, pero el grueso de la operación no empezó a desarrollarse hasta la noche del 26 de mayo. Después de que la BBC lanzara un llamamiento por radio, el Almirantazgo se puso en contacto con los propietarios de pequeñas embarcaciones —yates, barcas y lanchas motoras — que se habían ofrecido voluntarios para colaborar en la difícil empresa. Aunque en un primer momento se les dijo que debían reunirse frente a las costas de Sheerness, más tarde se les indicó que el lugar de encuentro sería frente a las costas de Ramsgate. Fueron utilizadas unas seiscientas de esas embarcaciones en el curso de la Operación Dinamo, casi todas tripuladas por unos «marineros de fin de semana», que se pusieron al servicio de más de doscientos navíos de la Armada británica. Dunkerque era fácil de identificar a gran distancia, tanto desde el mar como desde el interior. Grandes columnas de humo se elevaban hacia el cielo desde aquella ciudad en llamas atacada por los bombarderos alemanes. Las cisternas de combustible ardían rabiosamente, creando infinidad de densas nubes negras. Todas las carreteras que conducían a la ciudad estaban atestadas de vehículos militares abandonados o destruidos. Las relaciones entre los altos mandos de los dos países aliados, especialmente las del estado mayor del almirante Jean Abrial con sus colegas franceses, se hicieron cada vez más tensas. No contribuyó precisamente a mejorar la situación el hecho de que tropas francesas y británicas se dedicaran al pillaje en la ciudad, culpándose unas a otras de los delitos cometidos. Muchos hombres se emborrachaban cuando intentaban calmar su sed ingiriendo vino, cerveza y licores debido a la falta de agua potable. Las playas y el puerto se llenaron de tropas que formaban largas filas a la espera de poder embarcar. Cada vez que la Luftwaffe atacaba, y se oían las sirenas de sus Stuka que se lanzaban en picado «como una bandada de enormes gaviotas infernales»,33 los hombres salían corriendo y se desperdigaban para salvar la vida. El ruido resultaba ensordecedor, con todos aquellos cañones antiaéreos de los destructores que frente al rompeolas disparaban contra los aviones enemigos. Después, cuando volvía la calma, los soldados regresaban rápidamente para no perder su lugar en la cola. Algunos sucumbían, víctimas de aquel estrés. Poco se podía hacer por los que mostraban signos evidentes de fatiga de combate. Cuando caía la noche, los soldados aguardaban en el mar, con el agua hasta las espaldas, mientras los botes salvavidas y otras pequeñas embarcaciones iban llegando hasta la playa para recogerlos. En su mayoría estaban tan cansados y tenían tantas dificultades para moverse con sus botas y sus trajes de combate completamente empapados, que los marineros, profiriendo maldiciones, se veían obligados a subirlos por la borda, agarrándolos por las correas de sus equipos de combate. En el curso de la Operación Dinamo, los hombres de la Marina Real británica no sufrieron menos que las tropas a las que tuvieron que rescatar. El 29 de mayo, cuando el Reichsmarschall Göring, presionado por Hitler, lanzó un gran ataque para impedir la evacuación, fueron hundidos o seriamente dañados diez destructores, así como otras muchas embarcaciones. Esta circunstancia obligó al Almirantazgo a retirar de allí los grandes destructores de la flota, de importancia vital para la defensa del sur de Inglaterra. Pero emprendieron su viaje de regreso un día más tarde, una vez concluida la fase más intensa de la evacuación, llevándose consigo a unos mil soldados cada uno. Ese día también tuvo lugar una valiente acción defensiva del perímetro del puerto por parte de los hombres de la Guardia de Granaderos, de la Guardia de Coldstream y del Regimiento Real de Berkshire de la 3.ª División de Infantería, que, poniendo en riesgo su vida, consiguieron repeler el ataque de los alemanes; un ataque que, de haber sido coronado con éxito, habría puesto fin a las operaciones de evacuación. Tropas francesas de la 68.ª División siguieron resistiendo en el sector occidental y suroccidental del perímetro de Dunkerque, pero lo cierto es que las tensiones en la alianza franco-británica no pararon de crecer. Los franceses estaban convencidos de que los británicos iban a dar prioridad a sus hombres, y hay que decir que, en realidad, desde Londres llegaron instrucciones cuando menos contradictorias en este sentido. No fueron pocos los soldados franceses que, al llegar a los puntos de embarque británicos, se encontraron con que se les negaba el paso, lo cual, naturalmente, dio lugar a escenas de gran violencia. Los soldados británicos, que habían recibido la orden de dejar en tierra todas sus pertenencias, montaban en cólera cuando veían aparecer a los franceses cargados con bultos, y los echaban del muelle empujándolos al agua. Hubo otro caso en el que fueron tropas británicas las que asaltaron una nave destinada a los franceses, mientras que los franceses que intentaban subirse a un barco británico eran empujados al mar. Ni siquiera el gran carisma del general de división Harold Alexander pudo evitar que el general Robert Fagalde, jefe del cuerpo XVI, y el almirante Abrial montaran en cólera cuando les comunicó que había recibido la orden de embarcar el mayor número posible de británicos. Los franceses le enseñaron una carta de Gort en la que se aseguraba que tres divisiones británicas se quedarían para defender el perímetro. El almirante Abrial amenazó incluso con cerrar el puerto de Dunkerque a las tropas británicas. La noticia de aquella grave discusión llegó a Londres y a París, donde Churchill estaba entrevistándose con Reynaud, Weygand y el almirante François Darlan. Weygand reconoció que no podía esperarse que Dunkerque resistiera indefinidamente. Churchill insistió en que la evacuación debía continuar en términos de igualdad para los dos países, pero en Londres no se compartía su esperanza de conservar intacto el espíritu de la alianza. En la capital inglesa, se consideraba tácitamente que, como era harto probable la rendición de Francia, los británicos tenían que velar por sus propios intereses. Las alianzas son bastante complicadas en la victoria, pero en la derrota están condenadas a originar las peores recriminaciones imaginables.34 El 30 de mayo parecía que la mitad de la BEF iba a quedarse en Francia. Pero al día siguiente, frente a las costas de Dunkerque, apareció una gran flota compuesta por navíos de la Marina Real británica y «pequeñas embarcaciones»: destructores, minadores, yates, vapores de ruedas, remolcadores, botes salvavidas, barcos de pesca y embarcaciones de recreo. Muchos de esos barcos más pequeños se dedicaron a transportar a los soldados desde las playas hasta las naves más grandes. Uno de los yates presentes, el Sundowner, era propiedad del capitán de fragata C. H. Lightoller, el oficial que había sobrevivido al naufragio del Titanic. El milagro de Dunkerque tuvo mucho que ver con el estado de la mar, normalmente en calma durante los días y las noches de aquella importantísima operación. A bordo de los destructores, los suboficiales de la Marina Real daban a los exhaustos y hambrientos soldados que habían sido rescatados tazas de chocolate caliente, latas de carne de buey y pan. Pero con la Luftwaffe aumentando el número de sus ataques cada vez que cesaba la cobertura aérea de los cazas de la RAF, llegar a un barco no era precisamente una empresa segura. Es muy difícil olvidar la descripción de las horribles heridas sufridas durante los ataques aéreos, así como los relatos que nos hablan de los que morían ahogados cuando un barco se hundía o de los que gritaban pidiendo auxilio y no recibían respuesta. Peor fue lo que les tocó vivir a los heridos que se quedaron atrás, en el perímetro de Dunkerque, donde los médicos y el personal sanitario apenas podían hacer nada para consolar a los moribundos o aliviarles el dolor. Ni siquiera los que fueron evacuados pudieron mitigar su sufrimiento al llegar a Dover. La evacuación en masa había colapsado el sistema. Los trenes hospital los repartieron por distintos centros a lo largo y ancho de todo el país. Un soldado herido, recién llegado del horror de Dunkerque, no pudo dar crédito a sus ojos cuando vio a través de la ventanilla del tren a un grupo de hombres vestidos de franela blanca jugando al cricket como si Gran Bretaña nunca hubiera entrado en guerra. Bajo los uniformes de campaña de muchos de los que presentaban lesiones, cuando por fin pudieron ser atendidos debidamente, se descubrió que en sus heridas asomaban los gusanos, o que la gangrena obligaba a amputarles el miembro afectado. La mañana del 1 de junio, la retaguardia en Dunkerque, de la que formaba parte la 1.ª Brigada de la Guardia, se vio superada por una contundente ofensiva alemana en el canal de Bergues-Furnes. Varios hombres, e incluso pelotones enteros, cayeron durante el ataque, pero el arrojo demostrado durante aquella penosa jornada supuso la concesión de una Cruz Victoria y de otras diversas condecoraciones. A partir de ese momento hubo que cancelar las operaciones de evacuación durante el día debido a las importantes pérdidas sufridas por la Marina Real, y al hundimiento de un barco hospital y a las averías de otro. La noche del 3 de junio llegaron a Inglaterra las últimas naves de Dunkerque. En una lancha motora, antes de abandonar definitivamente la zona, el general de división Alexander recorrió arriba y abajo la zona de la playa y la del puerto para comprobar que no quedaba ningún soldado. Poco antes de la medianoche, el capitán Bill Tennant, el oficial naval que lo acompañaba, consideró que ya podía enviar un mensaje al almirante Ramsay en Dover para comunicarle que se había concluido la operación. En vez de los cuarenta y cinco mil soldados que el Almirantazgo había confiado salvar, los buques de guerra de la Marina Real británica y las diversas embarcaciones particulares consiguieron evacuar a unos trescientos treinta y ocho mil efectivos aliados, de los cuales ciento noventa y tres mil eran británicos, y los demás franceses. Unos ochenta mil hombres, en su mayoría franceses, quedaron atrás debido a la confusión y a la lentitud de sus comandantes en el momento de retirarlos.35 Durante la campaña en Bélgica y el noreste de Francia, los británicos perdieron unos sesenta y ocho mil hombres. Casi todos los tanques y vehículos motorizados que les quedaban, prácticamente toda su artillería y la inmensa mayoría de sus pertrechos fueron destruidos. Las fuerzas polacas en Francia también fueron evacuadas a Inglaterra; este hecho hizo que Goebbels las llamara despectiva y desdeñosamente «los turistas de Sikorski».36 Curiosamente, en Gran Bretaña hubo diversas reacciones: por un lado, una sensación de miedo exagerado; por otro, de gran alivio porque la BEF había sido salvada. Al ministerio de información llegó a preocuparle que el pueblo tuviera la moral «probablemente demasiado alta».37 Y, sin embargo, la posibilidad de una invasión parecía cada vez más real. Corrían rumores que hablaban de paracaidistas alemanes disfrazados de monja. Por lo visto, algunos creían incluso que en Alemania «se reclutaban enfermos con trastornos mentales para crear un cuerpo de suicidas», y que «los alemanes abrían túneles en Suiza para llegar a Toulouse».38 La amenaza de una invasión produjo inevitablemente un miedo irracional a la presencia de extranjeros. Poco después de la evacuación de Dunkerque, los sondeos de Mass Observation indicaban también que las tropas francesas eran bien acogidas, pero que la gente sentía un profundo rechazo por los refugiados holandeses y belgas. Los alemanes no tardaron en poner en marcha la siguiente fase de su campaña. El 6 de junio, atacaron la línea del río Somme y el río Aisne, aprovechando su gran superioridad numérica y su supremacía aérea. Las divisiones francesas, tras haberse recuperado de la conmoción inicial del desastre que se les había venido encima, combatieron con gran valentía, pero ya era demasiado tarde. Churchill, advertido por Dowding de que no había suficientes cazas para defender Gran Bretaña, se negó al envío de más escuadrones al otro lado del Canal de la Mancha como pedían los franceses. Aún había en el continente, al sur del Somme, más de cien mil soldados británicos, entre ellos los de la 51.ª División de Infantería (Highland), que no tardó en quedar atrapada en Saint-Valéry, junto con la 41.ª División francesa. En un intento de que Francia siguiera en guerra, Churchill decidió trasladar al continente otra fuerza expedicionaria a las órdenes del general sir Alan Brooke. Antes de su partida, Brooke advirtió a Edén que, si él se daba cuenta del carácter diplomático de su misión y lo aceptaba, el gobierno debía reconocer que esta no tenía ninguna posibilidad de convertirse en un éxito militar. Aunque algunas unidades francesas combatían con arrojo, muchas otras habían comenzado a escabullirse y a engrosar las columnas de refugiados. Se difundió el pánico con rumores que hablaban del uso de gases venenosos y de atrocidades cometidas por los alemanes. Huyendo del enemigo, los que más avanzaban eran los automóviles, en primer lugar los de los ricos, que parecían estar bien preparados para aquella empresa. El hecho de que pudieran adelantar a los demás les permitía acaparar los suministros de combustible —un bien cada vez más escaso — que encontraban en el camino. En segundo lugar estaban los de la clase media, mucho más modestos, con colchones atados sobre la cubierta, y el interior lleno de las posesiones más preciadas de sus dueños, entre las que a veces figuraba un perro, un gato o un canario en su jaula. Y por último, las familias más pobres, que iban a pie y utilizaban bicicletas, carretillas, caballos y cochecitos de niño para transportar sus pertenencias. A menudo, con embotellamientos de decenas y decenas de kilómetros, estas no iban más lentas que las que viajaban en automóvil, cuyo motor se recalentaba por el calor, y que se movían apenas unos metros cada vez que avanzaban. En su avance en medio del pánico hacia el suroeste, estos ríos humanos formados por unos ocho millones de personas no tardaron en comprobar que no solo era imposible conseguir combustible, sino también alimentos. El hecho de que en las ciudades sus habitantes se dedicaran a comprar todo el pan y todas las verduras disponibles generó inmediatamente una falta de compasión cada vez mayor y un fuerte resentimiento hacia lo que empezaba a considerarse una verdadera plaga de langostas. Y todo esto a pesar del gran número de heridos que se habían producido durante los constantes ataques lanzados por la aviación alemana contra las carreteras atestadas de refugiados. Una vez más, fueron las mujeres las que soportaron la carga de aquel desastre y las que mejor supieron afrontar la difícil y penosa situación con su sacrificio y su calma. Los hombres eran los que lloraban desesperados. El 10 de junio, pese a ser perfectamente consciente de la inferioridad militar y de la escasez de recursos de su país, Mussolini declaró la guerra a Francia y a Gran Bretaña. Estaba firmemente decidido a no desaprovechar la oportunidad de obtener un beneficio territorial antes de que se llegara a una paz. Pero la ofensiva de los italianos en los Alpes, de la que los alemanes no fueron informados, resultó un desastre. Los franceses perdieron poco más de doscientos hombres, pero en las filas italianas se produjeron unas seis mil bajas, de las cuales más de dos mil fueron casos graves de congelación.39 En una decisión que no hizo más que aumentar la confusión, el gobierno francés se había trasladado al valle del Loira, estableciendo sus distintos ministerios y cuarteles generales en diversos castillos de la región. El 11 de junio, Churchill voló a Briare, a orillas del Loira, para asistir a una reunión del Mando Supremo Aliado. Escoltado por una escuadrilla de aviones Hurricane, aterrizó en un aeródromo abandonado de la zona. Lo acompañaban el general sir John Dill, en aquellos momentos jefe del estado mayor, el general de división Hastings Ismay, el secretario del gabinete de guerra y el general de división Edward Spears, su representante personal ante el gobierno francés. El grupo fue conducido al castillo de Muguet, por entonces centro de operaciones temporal del general Weygand. En el sombrío comedor aguardaba su llegada Paul Reynaud, un hombre de baja estatura, con grandes cejas pronunciadas y el rostro «hinchado por el cansancio».40 Reynaud estaba al borde de un ataque de nervios. Lo acompañaban un malhumorado Weygand y el mariscal Pétain. En un segundo término se encontraba el que en aquellos momentos era subsecretario de guerra de su gobierno, el general de brigada Charles de Gaulle, un protegido de Pétain antes de que estallara la guerra. Spears observaría que, a pesar de la cortesía con la que Reynaud les dio la bienvenida, los miembros de la delegación británica se sintieron como «los parientes pobres en un funeral».41 Sin rodeos, Weygand pasó a describir lo catastrófica que era la situación. Churchill, aunque vestía aquel día tan caluroso un grueso traje negro, hizo todo lo que pudo para demostrar gran ingenio y entusiasmo con su inimitable mezcla de inglés y francés. No sabía que Weygand ya había dado la orden de abandonar París en manos de los alemanes, y abogaba por defender la capital francesa casa por casa, y por emprender una guerra de guerrillas. Su propuesta horrorizó a Weygand y también a Pétain, quien, tras haber guardado un largo silencio, exclamó: «¡Esto significaría la destrucción del país!».42 Su principal preocupación era conservar un número suficiente de tropas para sofocar cualquier desorden revolucionario. Estaban obsesionados con la idea de que los comunistas pudieran hacerse con el poder en un París abandonado. En un intento de pasarles la patata caliente, Weygand exigió más escuadrones de cazas de la RAF para evitar la caída de Francia, sabiendo perfectamente que los británicos tenían que rechazar su petición. Apenas unos días antes había culpado de su derrota no a los generales, sino al Frente Popular y a los maestros de escuela «que se han negado a fomentar entre los niños el patriotismo y el espíritu de sacrificio».43 Pétain pensaba de manera parecida. «Este país», dijo a Spears, «ha sido corrompido por la política».44 Probablemente lo más cierto sea que Francia estaba tan profundamente dividida que era inevitable que se multiplicaran las acusaciones de traición. Churchill y su comitiva volaron de vuelta a Londres sin abrigar vanas esperanzas, aunque había conseguido la promesa de que Francia hablaría con ellos antes de firmar un armisticio. Para Gran Bretaña, las cuestiones clave eran el futuro de la flota francesa y saber si el gobierno de Reynaud estaba dispuesto a seguir con la guerra desde el norte de África francés. Pero Weygand y Pétain se oponían rotundamente a esta idea, pues tenían la firme convicción de que, en ausencia de un gobierno, Francia se sumiría en el caos. Al día siguiente, 12 de junio, por la tarde, Weygand exigió claramente que se firmara un armisticio durante una sesión del consejo de ministros, un consejo del que él no era miembro. Reynaud trató de recordarle que Hitler no era un caballero a la vieja usanza como Guillermo I en 1871, sino «un nouveau Gengis Khan». Este fue, sin embargo, el último intento de Reynaud por mantener controlado a su comandante en jefe. París era una ciudad prácticamente desierta. Una enorme columna de humo negro se elevaba hacia el cielo desde la refinería de Standard Oil, que había sido incendiada por petición del estado mayor francés y de la embajada de los Estados Unidos para impedir que los alemanes pudieran abastecerse de combustible. Las relaciones entre Francia y los Estados Unidos eran sumamente cordiales en 1940. El gobierno galo confiaba tanto en el embajador norteamericano, William Bullitt, que lo nombró alcalde de París para que negociara con el enemigo la rendición de la capital. Cuando un grupo de oficiales alemanes fue tiroteado cerca de la Porte Saint- Denis, en el norte de la capital francesa, durante una tregua, el Generaloberst Georg Küchler, comandante en jefe del X Ejército, ordenó el bombardeo de la ciudad. Bullitt intervino y logró salvar París de la destrucción.45 El 13 de junio, mientras los alemanes se preparaban para entrar en París, Churchill volaba a Tours para celebrar otra reunión. El primer ministro inglés vio confirmados sus peores temores. A instancias de Weygand, Reynaud le preguntó si Gran Bretaña estaría dispuesta a olvidar la promesa de Francia de no pedir por su cuenta la paz. Solo unos pocos, como, por ejemplo, Georges Mandel, ministro del interior, y el joven general De Gaulle, estaban firmemente decididos a seguir con la guerra a cualquier precio. Reynaud, aunque compartía esta opinión, daba la sensación, en palabras de Spears, de estar envuelto en las vendas de los derrotistas y paralizado como una momia. Cuando los franceses le expusieron su voluntad de firmar la paz, Churchill comentó que comprendía su postura. Los derrotistas tergiversaron sus palabras, interpretando que daba su consentimiento, lo cual negó acaloradamente. No estaba dispuesto a liberar a Francia de su compromiso hasta que los británicos tuvieran las suficientes garantías de que Alemania no podría apoderarse nunca de la flota francesa. Si esta caía en manos del enemigo sería muy probable que se coronara con éxito una invasión de Gran Bretaña. Dijo que Reynaud debía hablar con el presidente Roosevelt para tantear la posibilidad de que los Estados Unidos ayudaran a Francia in extremis. Cada día que Francia siguiera resistiendo iba a permitir que Gran Bretaña se preparara mejor para un eventual ataque de los alemanes. Aquella noche se celebró un consejo de ministros en el castillo de Cangé. Weygand, que continuaba insistiendo en la necesidad de firmar un armisticio, dijo que los comunistas se habían hecho con el poder en París, y que su líder, Maurice Thorez, había ocupado el palacio del Elíseo. Se trataba de una artimaña de lo más grotesco. Mandel telefoneó inmediatamente al prefecto de la policía de la capital, quien confirmó que aquello era absolutamente falso. Aunque pudo silenciarse a Weygand, el mariscal Pétain extrajo unas notas de su bolsillo y comenzó a leerlas. No solo hizo hincapié en la necesidad de firmar el armisticio, sino que rechazó la idea de que el gobierno abandonara el país. «Permaneceré al lado del pueblo francés para compartir su dolor y su sufrimiento».46 Pétain había abandonado su silencio para revelar su intención de ponerse al frente de Francia durante su servidumbre. Reynaud, aunque contaba con el apoyo de un número suficiente de ministros, así como del de los presidentes de la Chambre des Députés y del Sénat, no tuvo el valor de destituirlo. Se llegó a una solución de compromiso de consecuencias dramáticas. Esperarían a conocer la respuesta del presidente Roosevelt antes de tomar una decisión definitiva en lo concerniente al armisticio. Al día siguiente, el gobierno se trasladó a Burdeos en lo que sería el último acto de aquella tragedia. El general Brooke vio confirmados sus peores temores en cuanto aterrizó en Cherburgo. Llegó al cuartel general de Weygand, situado en los alrededores de Briare, a última hora de la tarde del 13 de junio, cuando el generalísimo francés se encontraba en el castillo de Cangé asistiendo a la reunión del consejo de ministros. Brooke pudo entrevistarse con él al día siguiente. A Weygand le preocupaba más no acabar con gloria su carrera militar que el desmoronamiento del ejército francés.47 Brooke telefoneó a Londres para aclarar que no estaba de acuerdo con la orden recibida de utilizar la segunda BEF para la defensa de un reducto en Bretaña, proyecto en el que tanto Churchill como De Gaulle habían depositado grandes esperanzas. El general Dill enseguida entendió el mensaje. A partir de ese momento, iba a impedir el envío de más refuerzos al país galo. Ambos acordaron que todas las tropas británicas que seguían en el noroeste de Francia debían retirarse a los puertos de Normandía y Bretaña para proceder a su evacuación. A su regreso a Londres, Churchill quedó horrorizado por la noticia. Brooke, exasperado, tuvo que pasar media hora colgado al teléfono para explicarle con claridad la crudeza de la situación. El primer ministro hizo hincapié en que Brooke había sido enviado a Francia para que los franceses sintieran que los británicos estaban ayudándolos. Brooke contestó que «era imposible que un cadáver sintiera algo, y que el ejército francés estaba, en todos los sentidos, muerto». Seguir con aquella empresa «solo significaría perder a unos buenos soldados para nada». Aunque se sintió muy ofendido cuando el primer ministro le insinuó que carecía «de agallas», Brooke no cedió. Al final, Churchill reconoció que no había otra salida.48 Los alemanes seguían perplejos ante la celeridad con la que se rendían la mayoría de los soldados franceses. «Fuimos los primeros en entrar en un determinado pueblo», escribía un soldado de la 62.ª División de Infantería, «y los soldados franceses se habían pasado dos días sentados en los bares, esperando que los hiciéramos prisioneros. Así es cómo era Francia, cómo era la tan cacareada Grande Nation»49 El 16 de junio, el mariscal Pétain declaró que estaba dispuesto a dimitir si el gobierno no entablaba inmediatamente negociaciones para la firma de un armisticio. Le convencieron de que esperara a que llegase una respuesta de Londres. En su contestación a la llamada de Reynaud, Roosevelt se había mostrado muy comprensivo, pero sin prometer nada. Desde Londres, el general De Gaulle leyó por teléfono una propuesta, según parece sugerida en un primer momento por Jean Monnet, considerado más tarde padre fundador del ideal europeo, pero por entonces encargado de la compra de armamento. Gran Bretaña y Francia debían formar un único estado con un solo gabinete de guerra. Churchill estaba entusiasmado con este plan, concebido para que Francia siguiera en pie de guerra, y también Reynaud lo contemplaba con esperanza. Pero en cuanto planteó esta posibilidad en el consejo de ministros, la reacción de la mayoría fue de desdén y de repulsa. Pétain lo calificó de «casamiento con un cadáver», y otros manifestaron su temor de que «la pérfida Albión» pretendiera de este modo apoderarse de su país y de sus colonias en un momento de gran debilidad. Reynaud, apenado y abatido, se reunió con el presidente Lebrun y le presentó su dimisión. Estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa. Lebrun intentó convencerlo de que siguiera en el cargo, pero el primer ministro francés había perdido todas las esperanzas de poder oponerse a los que pedían un armisticio. Recomendó incluso que el mariscal Pétain fuera designado para formar un gobierno que negociara la paz. Lebrun, aunque en esencia estaba del lado de Reynaud, se sintió en la obligación de seguir sus consejos. A las 23:00 horas, Pétain presidió un nuevo consejo de ministros. La III República había llegado definitivamente a su fin. Algunos historiadores sostienen, no exentos de cierta razón por los argumentos que exponen, que la muerte de la III República se debió a un golpe militar perpetrado por Pétain, Weygand y el almirante Darían, que el 11 de junio, durante la conferencia de Briare, se decantó por los partidarios del armisticio. El cometido de Darían era garantizar que la flota francesa no pudiera ser utilizada para proceder a la evacuación del gobierno y las tropas al norte de África donde continuar la lucha. Aquella noche De Gaulle había regresado a Burdeos a bordo de un avión que puso Churchill a su disposición. A su llegada, se enteró de que su jefe había presentado la dimisión y de que él también había dejado de formar parte del gobierno. En cualquier momento podía recibir órdenes de Weygand que estaba obligado a cumplir. Manteniendo un perfil bajo, cosa harto difícil con su altura y su característico rostro, decidió entrevistarse con Reynaud para comunicarle su intención de regresar a Inglaterra para seguir desde allí con la lucha. Reynaud le entregó cien mil francos de unos fondos secretos. Spears intentó convencer a Georges Mandel de que se uniera a ellos, pero este rechazó la oferta. Como judío, no quería que nadie pudiera considerarlo un desertor, pero se equivocó al subestimar el antisemitismo que comenzaba a aflorar en su país. Al final, esta decisión le costaría la vida. De Gaulle, su ayudante de campo y Spears partieron de un aeródromo lleno de aviones averiados. Mientras sobrevolaban las islas del Canal rumbo a Londres, Pétain comunicaba al pueblo francés en un discurso radiofónico su intención de firmar un armisticio. Habían muerto noventa y dos mil franceses, y doscientos mil habían resultado heridos. Casi dos millones de hombres habían sido capturados como prisioneros de guerra. El ejército francés, profundamente dividido en su seno, en parte debido a la propaganda de los comunistas y de la extrema derecha, había permitido que Alemania obtuviera una victoria fácil, por no hablar del gran número de vehículos motorizados que podrían utilizar en la invasión de la Unión Soviética del año siguiente. En Gran Bretaña, la opinión pública enmudeció horrorizada cuando fue informada de la rendición de Francia. Lo que implicaba esta noticia quedó bien claro cuando el gobierno anunció que, a partir de ese momento, las campanas de las iglesias solo podían sonar para dar la señal de alarma que anuncia una invasión. En los panfletos oficiales que distribuyeron casa por casa los carteros se indicaba que, si llegaban los alemanes, nadie saliera de casa. Si cundía el pánico y la gente comenzaba a emprender la huida, atestando las carreteras, la Luftwaffe podría hacer una verdadera escabechina. Sin perder tiempo, el general Brooke organizó la evacuación de los últimos soldados británicos de Francia. Fue una suerte que actuara con tanta premura, pues el anuncio de Pétain dejaba a sus hombres en una situación bastante ingrata. La mañana del 17 de junio habían abandonado el continente cincuenta y siete mil de los ciento veinticuatro mil efectivos del ejército y la RAF presentes en Francia. Se llevó a cabo un esfuerzo ingente para evacuar de Saint-Nazaire, en Bretaña, al mayor número posible de los que quedaban. Se calcula que más de seis mil hombres, entre militares y civiles británicos, embarcaron ese día en el transatlántico Lancastria de la compañía Cunard. Durante un ataque de la aviación alemana, las bombas enemigas mandaron la nave a pique, muriendo probablemente más de tres mil quinientos de sus pasajeros, muchos atrapados en su interior. Este incidente está considerado el peor desastre naval de la historia británica. A pesar de esta escalofriante tragedia, otros ciento noventa y un mil soldados aliados lograron regresar a Inglaterra en esta segunda evacuación.50 Churchill recibió a De Gaulle en Londres, ocultando su decepción por la ausencia de Reynaud y de Mandel en aquella comitiva francesa. El 18 de junio, al día siguiente de su llegada, De Gaulle se dirigió al pueblo francés en una alocución radiofónica que la BBC se encargó de transmitir y de retransmitir. Ese día sería conmemorado en los años venideros. (Por lo visto, el general francés no fue consciente de que pronunciaba su discurso coincidiendo con el 125 aniversario de la batalla de Waterloo.) Al contrario del francófilo ministro de información, Duff Cooper, el Foreign Office se oponía firmemente a que De Gaulle se dirigiera por radio al pueblo de Francia. Temía que semejante acción provocara las iras del gobierno de Pétain en un momento delicado como aquel, en el que el futuro de la flota francesa era tan incierto. Pero Cooper, apoyado por Churchill y los miembros del gabinete, ordenó a la BBC que procediera a su emisión. Cuando se pidió a De Gaulle que dijera unas palabras para comprobar el sonido, el general galo pronunció simplemente el nombre que más le obsesionaba: «La France». En esa célebre alocución, aunque en su momento fue escuchada por muy pocos franceses, De Gaulle utilizó el mundo de las emisiones radiofónicas para «izar la bandera» de la Francia Libre, de la France combattante. Aunque no podía lanzar un ataque directo contra la administración de Pétain, hizo un claro y conmovedor llamamiento a las armas —que más tarde sería reescrito y mejorado— cuando dijo: «La France a perdu une bataille! Mais la France n’a pas perdu la guerre!» En cualquier caso, puso de manifiesto su notable percepción del desarrollo de la guerra en el futuro. Aunque reconocía que Francia había sido derrotada en un nuevo tipo de guerra moderna y mecanizada, supo pronosticar que el poder industrial de los Estados Unidos cambiaría el curso de la que estaba convirtiéndose en una contienda de carácter mundial. De esta manera, rechazaba implícitamente la idea de los capitulards de que Gran Bretaña iba a ser derrotada por Alemania en menos de tres semanas y que Hitler dictaría los términos de la paz en Europa. En el discurso «Este fue su gran momento», pronunciado aquel mismo día en la Cámara de los Comunes, Churchill también hizo referencia a la necesidad de que los Estados Unidos entraran en guerra al lado de los que defendían la libertad. En efecto, la batalla de Francia había terminado, pero la de Inglaterra estaba a punto de comenzar. 8 LA OPERACIÓN LEÓN MARINO Y LA BATALLA DE INGLATERRA (junio-noviembre de 1940) El 18 de junio Hitler se entrevistó con Mussolini en Munich para comunicarle los términos del armisticio de Francia. No quería imponer unas condiciones punitivas, por lo que no estaba dispuesto a permitir que Italia se adueñara de la flota de ese país o de alguna de sus colonias, como ansiaba el Duce. Ni siquiera iba a permitir una presencia italiana en la ceremonia de la firma del armisticio. Japón, por su parte, no perdió el tiempo y se dispuso a sacar el máximo provecho de la derrota de Francia. Las autoridades de Tokio advirtieron al gobierno de Pétain que tenía que interrumpir inmediatamente el aprovisionamiento de las fuerzas nacionalistas chinas desde Indochina. Se esperaba que en cualquier momento Japón decidiera invadir esta colonia francesa. El gobernador general francés de la región cedió a las presiones y autorizó el estacionamiento de tropas y aviones nipones en Tongking. El 21 de junio concluyeron los preparativos para la firma del armisticio. Hitler, que había soñado con ese momento durante tanto tiempo, ordenó que el vagón de tren del mariscal Foch en el que la delegación alemana había firmado la rendición de su país en 1918 fuera trasladado inmediatamente del museo en el que se encontraba al bosque de Compiègne. Estaba a punto de vengar la humillación que tanto le había obsesionado a lo largo de su vida. Sentado en el interior del carruaje, aguardó, junto con Ribbentrop, Rudolf Hess, Göring, Raeder, Brauchitsch y Keitel, la llegada de la comitiva del general Huntziger. El asistente de Hitler y miembro de la SS, Otto Günsche, llevaba consigo una pistola por si los delegados franceses intentaban atentar contra la vida del Führer. Mientras Keitel leyó en voz alta los términos del armisticio, Hitler permaneció en silencio. A continuación el Führer marchó de allí, y más tarde telefoneó a Goebbels. «Se ha puesto fin a la ignominia», escribiría Goebbels en su diario. «Es como volver a nacer».1 A Huntziger se le informó de que la Wehrmacht iba a ocupar la mitad septentrional de Francia y la zona de la costa atlántica. Las otras dos quintas partes del país quedarían en manos del gobierno de Pétain, al que se le permitiría disponer de un ejército de cien mil hombres. Francia tendría que pagar los costes de la ocupación, y para ello se fijó una tasa de cambio entre el marco alemán y el franco francés grotescamente ventajosa para el Reich. Por su parte, Alemania no tocaría ni la flota ni las colonias francesas. Como había supuesto Hitler, estos eran dos puntos sobre los que ni siquiera Pétain y Weygand estaban dispuestos a ceder. Lo que pretendía el Führer era separar a los franceses de los británicos y asegurarse de que los primeros no entregaran su Armada a sus antiguos aliados, aunque la Kriegsmarine se había mostrado firmemente decidida a echar mano de la flota francesa «para continuar la guerra contra Gran Bretaña».2 Tras firmar los términos de la paz por orden de Weygand, el general Huntziger quedó profundamente desolado. «Si en tres meses Gran Bretaña no es obligada a hincar la rodilla», se cuenta que exclamó, «seremos los peores criminales de la historia».3 El armisticio fue oficial a primera hora del 25 de junio. Hitler emitió un comunicado proclamando la «victoria más grande de todos los tiempos».4 En Alemania, para celebrarlo, las campanas debían sonar durante una semana, y las banderas ondear a lo largo de diez días. El 28 de junio, por la mañana, Hitler dio una vuelta por París, acompañado por el escultor Arno Breker y por los arquitectos Albert Speer y Hermann Giesler. Irónicamente, fueron escoltados por el Generalmajor Hans Speidel, que cuatro años más tarde sería el principal conspirador en Francia contra el Führer. París no impresionó a Hitler, para quien la nueva capital de Alemania que estaba planeando iba a ser infinitamente más espléndida. Tras esta breve visita, regresó a su cuartel general en la Selva Negra, desde donde preparó su entrada triunfal en Berlín y consideró hacer un llamamiento a Gran Bretaña, invitándola a resignarse y aceptar la situación, en un discurso que pensaba pronunciar en el Reichstag. Sin embargo, Hitler estaba inquieto, pues veía con preocupación el hecho de que la Unión Soviética se hubiera anexionado el 28 de junio las regiones rumanas de Besarabia y Bucovina septentrional. Las ambiciones de Stalin en esta zona de Europa suponían una amenaza para los intereses alemanes en el delta del Danubio y los yacimientos petrolíferos de Ploestí. Tres días después, el gobierno de Rumania renunció al pacto anglo-francés que garantizaba sus fronteras, y envió emisarios a Berlín. El Eje estaba a punto de hacerse con otro aliado. Mientras tanto, Churchill, más dispuesto que nunca a seguir con la lucha, había tomado una decisión. Ni que decir tiene que se arrepentía profundamente del telegrama que había enviado a Roosevelt el 21 de mayo, hablándole de una posible derrota de Inglaterra con la consiguiente pérdida de la Marina Real británica. En aquellos momentos tenía que hacer un gesto que demostrara a los Estados Unidos y al mundo entero que su país tenía la firme intención de resistir. Y como seguía preocupándole muchísimo la posibilidad de que la flota francesa acabara al final en manos de Alemania, optó por poner toda la carne en el asador. Sus mensajes al nuevo gobierno francés instándole a trasladar sus barcos de guerra a puertos británicos no habían tenido respuesta. Las promesas que le había hecho el almirante Darían en ese sentido ya no suponían ninguna garantía, sobre todo después de que este se hubiera pasado en secreto al bando de los capitulards. Y las que hacía Hitler en su propuesta de paz podían acabar de un plumazo en el olvido, como había ocurrido anteriormente. La flota francesa podía tener un valor incalculable para los alemanes en una invasión de Gran Bretaña, especialmente después de las innumerables pérdidas sufridas por la Kriegsmarine frente a las costas de Noruega. Y la entrada de Italia en la guerra podía suponer un desafío al predominio de la Armada británica en el Mediterráneo. La neutralización de la poderosísima fuerza naval francesa era una misión prácticamente imposible. «Se le ha encomendado una de las tareas más difíciles y desagradables que haya tenido que afrontar jamás un almirante británico», dijo Churchill al almirante sir James Somerville mientras su Fuerza H zarpaba de Gibraltar la noche anterior. 5 Somerville, como casi todos los oficiales de la Marina Real británica, era totalmente reacio al uso de la fuerza contra una armada aliada con la que había colaborado estrecha y amistosamente. Cuestionó las órdenes recibidas de iniciar la «Operación Catapulta» en un mensaje enviado al Almirantazgo que solo sirvió para que le contestaran dándole una serie de instrucciones todavía más concretas. Los franceses tenían las siguientes alternativas: unirse a los británicos para seguir con la guerra contra Alemania e Italia, poner rumbo a un puerto británico, poner rumbo a un puerto francés de las Antillas, como, por ejemplo, Martinica, poner rumbo a los Estados Unidos, o barrenar ellos mismos sus naves —en menos de seis horas— para mandarlas a pique. Si rechazaban todas estas opciones, el almirante británico tenía «la orden del gobierno de Su Graciosa Majestad de utilizar toda la fuerza necesaria para impedir que los barcos [franceses] caigan en manos de los alemanes o de los italianos».6 Poco antes del amanecer del miércoles, 3 de julio, los británicos se pusieron en marcha. Los barcos de guerra franceses anclados en los puertos del sur de Inglaterra fueron tomados por grupos de asalto armados, sin que apenas se produjeran bajas. En Alejandría, un sistema más cortés, a saber, el bloqueo en el puerto de la escuadra francesa, fue el elegido por el almirante sir Andrew Cunningham. El episodio más trágico tendría lugar en el norte de África, cerca de Oran, en el puerto francés de Mers-el-Kébir, antigua base de los piratas de la costa berberisca. El destructor británico Foxhound apareció frente a las costas de Mers-el-Kébir al amanecer. En cuanto se levantó la bruma de la mañana, el capitán Cedric Holland, emisario de Somerville, mandó un mensaje comunicando que quería parlamentar. El almirante francés, Marcel Gensoul, desde su buque insignia Dunkerque, estaba al mando de los cruceros de batalla Strasbourg, Bretagne y Provence, así como de una flotilla de veloces destructores. Gensoul se negó a recibirlo, por lo que Holland tuvo que iniciar una ardua tarea para entablar negociaciones a través del oficial de artillería del Dunkerque al que conocía muy bien. Gensoul insistió en que la Armada francesa nunca permitiría que sus barcos cayeran en manos de los alemanes o de los italianos. Si los británicos persistían en su amenaza, estaba dispuesto a ordenar que sus naves respondieran con contundencia a cualquier agresión. Como seguía negándose a recibir a Holland, el capitán británico le envió un ultimátum especificando por escrito las distintas alternativas por las que podían optar los franceses. La posibilidad de poner rumbo a Martinica o a los Estados Unidos, contemplada incluso por el almirante Darían, raras veces aparece citada en los relatos franceses de este incidente. Este hecho tal vez se deba a que Gensoul nunca la mencionó en sus mensajes a Darían. Fueron pasando las horas, y el calor se hacía cada vez más asfixiante. Holland seguía intentando que Gensoul lo recibiera, pero el almirante francés seguía negándose a cambiar de opinión. Cada vez faltaba menos para que fueran las 3 de la tarde, la hora límite del plazo dado. Somerville ordenó que los aviones Swordfish del Ark Royal lanzaran minas magnéticas en la entrada del puerto. Esperaba que con ello Gensoul se convenciera de que la cosa iba muy en serio. Al final, el almirante francés accedió a entrevistarse personalmente con él, y se prorrogó el plazo: la nueva hora límite sería las 17:30. Los franceses querían ganar tiempo, pero Somerville, contrariado por aquella misión, decidió correr el riesgo. En cuanto Holland subió a bordo del Dunkerque, cuyo nombre reflejaba sin duda una desafortunada coincidencia, se dio cuenta enseguida de que los barcos franceses ya estaban preparados para la batalla, pues incluso había remolcadores listos para conducir a los cuatro acorazados fuera de los espigones. Gensoul advirtió a Holland que cualquier disparo por parte de los británicos sería «equivalente a una declaración de guerra».7 Solo estaba dispuesto a barrenar sus barcos y mandarlos a pique si los alemanes intentaban apoderarse de ellos. Pero Somerville tenía muchas presiones del Almirantazgo, que quería solucionar rápidamente aquella cuestión, pues se habían interceptado mensajes que hablaban de la inminente llegada de una escuadra de cruceros franceses procedente de Argel. Así pues, decidió enviar un mensaje a Gensoul, insistiendo en que, si no aceptaba inmediatamente una de las alternativas propuestas, se vería en la obligación de abrir fuego a las 17:30, según lo estipulado. Holland tenía que abandonar rápidamente el Dunkerque. Somerville esperó a que pasara casi otra media hora más de lo acordado, con la esperanza de que los franceses entraran en razón. A las 17:54, los acorazados británicos Hood, Valiant y Resolución abrieron fuego con sus cañones principales de 15 pulgadas. No tardaron en dar en el blanco. El Dunkerque y el Provence sufrieron importantes daños, y el Bretagne estalló por los aires y zozobró. Milagrosamente, otros barcos quedaron intactos, pero Somerville ordenó el alto el fuego para dar a Gensoul otra oportunidad. No se dio cuenta de que el Strasbourg y dos de los destructores, aprovechando la densa humareda, habían conseguido llegar a alta mar. Cuando un avión de reconocimiento dio la alerta de aquella escapada al buque insignia británico, Somerville creyó que se trataba de un error, pues daba por hecho que las minas habrían imposibilitado semejante empresa. Al final, el Hood y varios aviones Swordfish y Skua del Ark Royal partieron en persecución de las naves huidas, pero sus ataques fracasaron cuando se vieron interceptados por unos cazas franceses que habían despegado rápidamente desde el aeródromo de Oran. Cuando esto ocurría, el sol ya comenzaba a ocultarse rápidamente en el horizonte, sumiendo cada vez más en la oscuridad la costa del norte de África. La carnicería que se produjo a bordo de los barcos dañados en Mers-el-Kébir fue espeluznante, especialmente la que sufrieron los hombres que se vieron atrapados en las salas de máquinas. Muchos perecieron asfixiados por el humo. En total, murieron mil doscientos noventa y siete marineros franceses, y trescientos cincuenta resultaron heridos. Casi todos los muertos pertenecían al Bretagne. No es de extrañar que la Marina Real Británica considerara la Operación Catapulta la misión más vergonzosa que se había visto obligada a llevar a cabo. Y, sin embargo, esta batalla unilateral tuvo unos efectos extraordinarios en todo el mundo, pues demostró que Gran Bretaña estaba preparada para seguir combatiendo con toda la implacabilidad que fuera necesaria. Roosevelt, en particular, se convenció de que los británicos no iban a rendirse. Y en la Cámara de los Comunes, Churchill fue aclamado por razones similares, y no porque hubiera un sentimiento de rencor hacia los franceses por haber preferido firmar el armisticio. La profunda anglofobia del gobierno de Pétain, que incluso había dejado petrificados a los diplomáticos norteamericanos, se convirtió en verdadero odio visceral después de lo de Mers-el-Kébir. Pero hasta Pétain y Weygand se dieron cuenta de que declarar una guerra a Gran Bretaña no iba a conducir a ninguna parte. Así pues, se limitaron a romper relaciones diplomáticas con su antiguo aliado. Ni que decir tiene que para Charles de Gaulle aquellos días fueron una época terrible. De los marineros y soldados franceses presentes en Gran Bretaña, muy pocos se mostraron dispuestos a unirse a su nuevo ejército, que, en un principio, contó solo con unos cuantos cientos de hombres. Movidos por la nostalgia, en su mayoría pidieron ser repatriados. También Hitler se vio obligado a reflexionar sobre lo ocurrido mientras se preparaba su gran entrada triunfal en Berlín. Había estado considerando seriamente presentar un «ofrecimiento de paz» a los británicos tras su regreso a la capital, pero en aquellos momentos comenzaban a asaltarle las dudas. Casi todos los alemanes, después de haber temido que en Flandes y en Champagne se produjera otra carnicería, estaban exultantes de júbilo por la sorprendente victoria. Tenían la convicción de que a partir de ese momento ya no habría más guerra. Al igual que los capitularás franceses, estaban seguros de que Gran Bretaña sería incapaz de resistir sola y de que Churchill iba a ser depuesto por un grupo de pacifistas. El sábado, 6 de julio, grupos de chicas y niñas vestidas con el uniforme de la Liga de Muchachas Alemanas (Bund Deutscher Mädel), la rama femenina de las Juventudes Hitlerianas (Hitler-Jugend) cubrían de flores la calle que iba desde la Anhalter Bahnhof, la estación ferroviaria a la que iba a llegar el tren del Führer, hasta la Cancillería. Un número ingente de personas había comenzado a congregarse en la zona seis horas antes de que Hitler hiciera su aparición. El clima de animación era extraordinario, especialmente después del sorprendente mutismo con el que Berlín recibió la noticia de la ocupación de París por parte de las fuerzas alemanas. Sobrepasaba con mucho incluso el fervor que inundó las calles tras la anexión de Austria. Hasta los contrarios al régimen se sintieron atrapados por el frenesí y la alegría de la victoria. Un sentimiento que en aquellos momentos se veía estimulado por el odio a Gran Bretaña, el único obstáculo que quedaba para conseguir una Pax Germanica en toda Europa. En el triunfo de Hitler, a imitación de los que se celebraban en la antigua Roma, solo faltaban los cautivos encadenados y un esclavo diciéndole al oído que no olvidara que seguía siendo un mortal. Aquella tarde brillaba el sol, lo que de nuevo parecía confirmar el «milagro climático del Führer» en las grandes celebraciones del Tercer Reich. La calle que iba a recorrer la comitiva de Mercedes de seis ruedas estaba atestada de «miles de personas jubilosas que gritaban y lloraban emocionadas en un estado de histeria».8 Cuando el automóvil de Hitler llegó a la Cancillería, las voces agudas de las muchachas de la BDM adulando al Führer se mezclaron con los gritos atronadores de la multitud pidiendo a su líder que saliera al balcón.9 Unos días después, Hitler tomó una decisión. Tras considerar las posibles estrategias que podían seguirse con Gran Bretaña y discutir sobre la invasión de este país con los altos oficiales de su ejército, promulgó la «Directiva n. °16 para los preparativos de una operación de desembarco en Inglaterra». El primer plan de emergencia para una invasión de Gran Bretaña, el llamado «Estudio Norte- Oeste», había terminado de elaborarse en diciembre del año anterior. 10 Sin embargo, antes incluso de que la Kriegsmarine sufriera tantas pérdidas durante la campaña de Noruega, el Grossadmiral Raeder había hecho hincapié en que solo podía intentarse una invasión cuando la superioridad aérea de la Luftwaffe fuera evidente. Por parte del ejército, Halder instaba a recurrir a la invasión como último recurso. La Kriegsmarine se veía ante la ingente tarea de reunir barcos y naves suficientes para trasladar una primera tanda de cien mil hombres —con sus tanques, sus vehículos motorizados y sus equipos— al otro lado del Canal de la Mancha. También debía considerar otra cuestión: el número de sus navíos de guerra era a todas luces inferior al de la Marina Real británica. En un primer momento, el OKH destinó a la invasión el VI, el IX y el XVI Ejército, que se encontraban en la costa francesa del Canal, entre la península de Cherburgo y Ostende. Más tarde, se decidió que solo el IX y el XVI Ejército constituyeran el contingente invasor que iba a desembarcar en la zona situada entre Worthing y Folkestone. Las riñas y disputas entre los cuerpos de las fuerzas armadas por las grandes dificultades que entrañaba la invasión hacían que cada vez pareciera menos probable que pudiera ponerse en marcha una operación antes de la llegada del otoño, con su inestable climatología. El único sector de la administración nazi que parecía tomarse en serio aquella aventura era el RHSA (Reichssicherheitshauptamt) de Himmler, del que formaba parte la Gestapo y el SD (Sicherheitsdienst). Su departamento de contraespionaje, dirigido por Walter Schellenberg, elaboró un estudio extraordinariamente pormenorizado (y a veces curiosamente impreciso e inexacto) sobre Gran Bretaña, con una «Lista especial de búsqueda y captura» en la que aparecían los nombres de los dos mil ochocientos veinte individuos a los que la Gestapo pensaba detener una vez invadida Gran Bretaña.11 Hitler se mostraba cauteloso por otras razones. Le preocupaba que una desintegración del imperio británico pudiera poner las colonias inglesas en manos de los Estados Unidos, Japón y la Unión Soviética. Así pues, decidió seguir adelante con la Operación León Marino solo si Göring, que acababa de ser ascendido al rango de Reichsmarschall, conseguía con su Luftwaffe que Gran Bretaña se hincara de rodillas. En consecuencia, el tema de la invasión de Inglaterra no fue estudiado nunca con urgencia por las instancias superiores de Alemania. La Luftwaffe no estaba preparada para tamaña empresa. Göring había creído que Gran Bretaña se vería obligada a buscar una paz tras la caída de Francia, y sus Luftflotten necesitaban tiempo para reequipar sus escuadrones. Las pérdidas sufridas en los Países Bajos y en Francia habían sido muy superiores a lo esperado. En total, la Luftwaffe había perdido mil doscientos ochenta y cuatro aviones, y la RAF novecientos treinta y uno. Asimismo, el proceso de traslado de sus unidades de cazas y de bombarderos a los aeródromos del norte de Francia duró más de lo que se había imaginado en un primer momento. Durante la primera mitad de julio, la Luftwaffe se limitó a controlar la navegación en el Canal de la Mancha, el estuario del Támesis y el mar del Norte. Fue lo que los alemanes denominaron el Kanalkampf: una serie de ataques, principalmente con bombarderos en picado Stuka y con Schnellboote, o S-Boote (los buques torpederos que los británicos llamaban E-boats), que cerraron prácticamente el Canal a los convoyes británicos. El 19 de julio, Hitler pronunció un largo discurso ante varios miembros del Reichstag y sus generales, reunidos con gran pompa en el Teatro de la Ópera de Kroll. Tras saludar a los comandantes de su ejército y ensalzar los grandes logros militares de Alemania, pasó a hablar de Inglaterra, acusó a Churchill de belicista y lanzó un «llamamiento a la razón»,12 que fue inmediatamente rechazado por el gobierno británico. El Führer no había sabido comprender que en aquellos momentos la posición de Churchill se había convertido en el paradigma de la determinación más tenaz. La frustración de Hitler fue todavía mayor después del triunfo obtenido en el vagón de su tren durante la firma del armisticio en la Forêt de Compiègne y el espectacular aumento del poderío alemán. La ocupación del norte y el oeste de Francia por parte de la Wehrmacht permitía el acceso por tierra a las materias primas de España y a las bases navales de la costa atlántica. Alsacia, Lorena, el Gran Ducado de Luxemburgo y la región de Eupen-Malmedy del este de Bélgica fueron anexionados al Reich. Los italianos controlaban parte del sureste francés, y el resto del sur y el centro de Francia, la zona no ocupada, estaba en manos del «Estado Francés» del mariscal Pétain, y su capital era la ciudad balneario de Vichy. El 10 de julio, una semana después del desastre de Mers-el-Kébir, la Assemblée Nationale se reunió en el Gran Casino de Vichy. Acordó conceder plenos poderes al mariscal Pétain. De sus seiscientos cuarenta y nueve miembros presentes, solo ochenta votaron en contra. La III República había dejado de existir. L 'État Francais, que supuestamente encarnaba los valores tradicionales de Travail, Famille y Patrie, creó una asfixia moral y política que se caracterizó por su elevado grado de xenofobia y represión. Nunca reconocería que con su control de la Francia no ocupada en beneficio de Alemania colaboraba con el régimen nazi. Francia tenía que pagar no solo los costes de su propia ocupación, sino también una quinta parte de lo que se había gastado hasta entonces Alemania en la guerra. Ni los cálculos hinchados ni el tipo de cambio entre el marco alemán y el franco francés que había fijado Berlín podían ser cuestionados. Esta circunstancia supuso una cantidad enorme de dinero extra para el ejército alemán de ocupación. «Ahora hay muchas cosas que podemos comprar con nuestro dinero», escribía un soldado, «de modo que se gasta uno muchos pfennige, pero en las tiendas se agota todo enseguida. Estamos en un pueblo bastante grande».13 En los comercios de París se agotaban todas las existencias sobre todo gracias a los oficiales de permiso. Además, el gobierno nazi podía proveerse de las reservas de materias primas que necesitaba para su industria de guerra. Y un año después, el botín obtenido en forma de armas, vehículos y caballos cubriría buena parte de las necesidades de la Wehrmacht durante la invasión de la Unión Soviética. La industria francesa, por su parte, se reorganizó para satisfacer las exigencias del conquistador, y la agricultura francesa contribuyó a que los alemanes vivieran mejor que nunca desde el fin de la Primera Guerra Mundial. La ración diaria de los franceses, compuesta de carne, grasas y azúcar, tuvo que ser reducida a prácticamente la mitad de la de los alemanes, que veían en este hecho una justa venganza por los años de hambre que habían tenido que soportar después de la Primera Guerra Mundial. Mientras tanto, los franceses debían consolarse pensando que, en cuanto Gran Bretaña entrara en razón, el acuerdo de una paz general iba a mejorar las condiciones de todos. Después de lo de Dunkerque y de la capitulación de Francia, los británicos estaban en un estado de shock similar al que sufre un soldado herido cuando no siente dolor alguno. Sabían perfectamente que la situación era desesperada, por no decir catastrófica, con casi todos los vehículos y las armas de su ejército abandonados al otro lado del Canal de la Mancha. Y, sin embargo, gracias en parte a las palabras de Churchill, afrontaban de buen grado la crudeza de su destino. Comenzaban a confiar en que, por muy mal que les hubiera ido al comienzo de la guerra, iban a «ganar la batalla final», aunque nadie tenía ni la más remota idea de cómo podían hacerlo. Muchos británicos, entre ellos el propio rey, sintieron bastante alivio cuando los franceses dejaron de ser sus aliados. El mariscal del Aire Dowding afirmaría más tarde que, tras enterarse de la rendición de Francia, se arrodilló y dio gracias a Dios por no tener que seguir poniendo en peligro más cazas al otro lado del Canal de la Mancha.14 Los británicos suponían que, después de conquistar Francia, los alemanes iban a invadir inmediatamente su país. El general sir Alan Brooke, responsable de la defensa de la costa sur, estaba sumamente preocupado por la falta de armas, de vehículos blindados y de unidades bien adiestradas. Los jefes de estado mayor estaban obsesionados con la amenaza que se cernía sobre las instalaciones industriales del sector aeronáutico, de las que tanto dependía la RAF para sustituir los aviones perdidos en Francia. Sin embargo, el tiempo que tardó la Luftwaffe en organizar su ataque a Gran Bretaña permitió que las fuerzas aéreas británicas pudieran prepararse suficientemente. Por aquel entonces, los británicos probablemente solo dispusieran de unos setecientos cazas, pero los alemanes subestimaron la capacidad de producción de su enemigo, que llegó a duplicar la de la industria germánica, con la fabricación de unos cuatrocientos setenta aviones al mes. La Luftwaffe confiaba también en la clara superioridad de sus aparatos y de sus pilotos. La RAF había perdido ciento treinta y seis aviadores, unos muertos en combate y otros hechos prisioneros en Francia. Por muchos aviadores de otras nacionalidades que engrosaran sus filas, el número de pilotos de las fuerzas aéreas británicas seguía siendo escaso. Montaron tantas escuelas de aviación como les fue posible, pero los pilotos recién graduados eran casi siempre los primeros en caer derribados. Los polacos constituían el principal contingente extranjero, con más de ocho mil efectivos en las fuerzas aéreas. Eran los únicos con experiencia en el combate, pero su integración en la RAF fue muy lenta. Las negociaciones con el general Sikorski, que quería una aviación polaca independiente, habían sido bastante complicadas. Pero cuando los primeros grupos de pilotos pasaron a la Reserva de Voluntarios de la RAF, inmediatamente pusieron de manifiesto su pericia. Los aviadores británicos solían llamarlos los «locos polacos», por su intrepidez y su desprecio a la autoridad. Sus nuevos camaradas no tardaron en demostrar claramente su exasperación ante toda la burocracia de la RAF, aunque reconocieran que esta estaba mucho mejor dirigida que la fuerza aérea francesa. La disciplina fue a menudo un verdadero problema, en parte porque los pilotos polacos seguían enfadados con sus propios comandantes por el estado en el que se encontraban sus fuerzas aéreas cuando Alemania había invadido su país en septiembre de 1939. Se habían mostrado dispuestos a luchar contra la Luftwaffe con gran arrojo, convencidos de que por muy lentos que fueran sus cazas P-11, y por muy mal equipados que estuvieran, iban a ganar la batalla con su pericia y su coraje. Sin embargo, fueron vencidos por la superioridad numérica y técnica de las escuadrillas alemanas. Esta amarga experiencia, por no hablar de las atrocidades cometidas por Hitler y Stalin con su país, había encendido en ellos un feroz deseo de venganza, sobre todo en aquellos momentos en los que tenían a su disposición unos cazas nuevos y modernos. Los altos oficiales de la RAF no habrían podido estar más equivocados cuando su arrogancia los llevó a pensar que los polacos estaban «desmoralizados» por su derrota, y querían entrenarlos para utilizarlos en las escuadrillas de bombarderos.15 La actitud, la comida y las maneras características de los británicos supusieron una verdadera conmoción para los polacos. Pocos pudieron borrar de su memoria los emparedados de pasta de pescado que les ofrecieron a su llegada, y los horrores de la cocina británica no hizo más que aumentar su nostalgia de la patria: desde el cordero muy cocido con col, hasta las omnipresentes natillas (que también sorprendían a los ciudadanos de la Francia Libre). Sin embargo, la calurosa acogida que les dispensó la mayoría de los británicos, con sus gritos de «¡Larga vida a Polonia!», los dejó petrificados. Los pilotos polacos, considerados héroes gallardos, enseguida se vieron acosados por las jóvenes británicas que, haciendo gala por primera vez de un elevado grado de libertad, no dudaban en hacerles todo tipo de proposiciones. A diferencia de lo que ocurría en el aire, el idioma no constituía un problema en las salas de baile. Al contrario de lo que pueda pensarse, la fama de temerarios de los aviadores polacos no se reflejó en el número de sus pérdidas. De hecho, su porcentaje de bajas fue inferior al de los pilotos de la RAF, en parte gracias a su experiencia, pero también porque sabían evitar mejor que nadie las emboscadas de los cazas alemanes. Eran claramente individualistas y se reían de algunas tácticas obsoletas de la RAF como la de tres aviones volando en formación cerrada en V simétrica de «victoria». Pasó bastante tiempo, y tuvieron que producirse muchas bajas innecesarias, antes de que la RAF comenzara a copiar el sistema alemán aprendido durante la Guerra Civil Española, el de formación en V asimétrica, o cuña de cuatro, que recordaba la punta de los cuatro dedos de una mano, sin contar el pulgar. El 10 de julio había cuarenta pilotos polacos en los escuadrones del Mando de Cazas, un número que aumentó vertiginosamente cuando los que habían llegado de Francia comenzaron a incorporarse tras obtener el correspondiente diploma. En el momento más álgido de la batalla de Inglaterra, más del 10 por ciento de los pilotos de caza presentes en el sureste del país eran de nacionalidad polaca. El 13 de julio se creó la primera escuadrilla polaca. En menos de un mes el gobierno británico cedió a la petición de Sikorski de disponer de una fuerza aérea exclusivamente polaca, con sus propios cazas y con sus propias escuadrillas de bombarderos, pero a las órdenes de la RAF. Su unidad más famosa sería la Escuadrilla Kosciuszko 303. El 31 de julio, Hitler convocó a sus generales en el Berghof, su residencia de montaña en las inmediaciones de Berchtesgaden. Seguía sumamente perplejo por la negativa británica de llegar a un acuerdo. Como parecía harto improbable que los Estados Unidos entraran en guerra en un futuro inmediato, empezó a pensar que Churchill contaba con el apoyo de la Unión Soviética. Esta circunstancia fue una de las principales razones de que decidiera poner en marcha uno de sus proyectos de mayor envergadura: la destrucción del «bolchevismo judío» en el este. Pensaba que solo la derrota de la potencia soviética mediante una gran invasión obligaría a Gran Bretaña a deponer su actitud. Así pues, es evidente que la resolución que tomó Churchill a finales de mayo de seguir en solitario con la guerra no solo repercutió en el destino de las islas británicas. «Con Rusia aplastada», dijo Hitler a los comandantes en jefe de sus ejércitos, «se desvanecerá la última esperanza de Gran Bretaña. Entonces Alemania será dueña de Europa y de los Balcanes».16 Esta vez, a diferencia de lo ocurrido poco antes de la invasión de Francia, en lugar de nerviosismo, sus generales mostraron una firme disposición a comenzar tamaña empresa. Sin recibir siquiera instrucciones directas de Hitler, Halder había ordenado que los oficiales de estado mayor estudiaran los planes de ataque. En medio de la euforia por la derrota de Francia y por la venganza de la humillación sufrida en Versalles, los comandantes en jefe de la Werhrmacht se deshicieron en elogios hacia su Führer, llamándolo «el primer soldado del Reich»,17 el que iba a garantizar el futuro de Alemania para siempre. Dos semanas más tarde, Hitler, que en privado se mostraba sumamente cínico por la facilidad con la que lograba sobornar a sus principales comandantes con honores, medallas y regalos en metálico, hizo entrega de doce bastones de mariscal de campo a los conquistadores de Francia. Pero antes de concentrar su atención en la campaña de la Unión Soviética, que, en su opinión, iba a ser «un juego de niños»18 después de haber derrotado a Francia, el Führer se sintió en la obligación de intentar un acuerdo con Gran Bretaña para evitar una guerra en dos frentes. La directiva del OKW ordenaba que la Luftwaffe se concentrara en la destrucción de la RAF, de «su organización de apoyo terrestre, y [de] la industria armamentística británica»,19 así como de los puertos y los navíos de guerra ingleses. Göring pronosticó que lo conseguiría en menos de un mes. Después de la victoria en Francia, sus pilotos tenían la moral muy alta, conscientes de su superioridad numérica. En Francia, la Luftwaffe contaba con seiscientos cincuenta y seis cazas Me-109, ciento sesenta y ocho cazas bimotores Me-110 setecientos sesenta y nueve bombarderos —de los modelos Dornier, Heinkel y Junker 88— y trescientos dieciséis bombarderos en picado Stuka Ju 87. Dowding disponía solo de quinientos cuatro aviones Hurricane y Spitfire. Antes de lanzar el primer ataque a comienzos de agosto, los dos Cuerpos Aéreos alemanes presentes en el norte de Francia se dedicaron a sobrevolar los aeródromos de la RAF en misión de reconocimiento. Sus incursiones para explorar el terreno servían no solo para atacar las estaciones de radar situadas en la costa, sino también para que los pilotos británicos tuvieran constantemente que despegar con sus cazas, provocando su extenuación antes de que comenzara la batalla. Las estaciones de radar, en combinación con el Cuerpo de Observación y un buen sistema de comunicaciones entre los centros de mando, permitían que la RAF no tuviera que malgastar horas de vuelo en operaciones de patrullaje aéreo a lo largo del Canal de la Mancha. Al menos en teoría, gracias a todo ello las escuadrillas podían despegar con tiempo suficiente para alcanzar la altitud necesaria, pero lo bastante tarde para ahorrar combustible y poder mantenerse en el aire el máximo tiempo posible. Afortunadamente para los británicos, las torres de radar fueron un blanco difícil; además, ni siquiera cuando sufrían daños costaba mucho volver a ponerlas rápidamente en funcionamiento. Excepto en las operaciones de evacuación de Dunkerque, Dowding no había querido utilizar las escuadrillas de aviones Spitfire durante los combates en Francia. En aquellos momentos trataba de reservar sus fuerzas, pues suponía lo que pretendían conseguir los alemanes con su táctica. Por distante, reservado y triste que pareciera tras la muerte de su esposa, lo cierto es que sentía una verdadera devoción por sus «queridos muchachos del cuerpo de cazas»20 y, a su vez, inspiraba en ellos una gran lealtad. Sabía perfectamente a lo que iban a enfrentarse sus hombres. Por otro lado, se aseguró de contar con la persona mejor indicada para comandar el Grupo 11, encargado de la defensa de Londres y del sudeste de Inglaterra. El vicemariscal del Aire Keith Park era un neozelandés que en la última gran guerra había derribado veinte aviones alemanes. Como Dowding, estaba siempre dispuesto a escuchar a sus pilotos, así como a permitirles ignorar las tácticas rígidas y conservadoras de la doctrina de preguerra y desarrollar las suyas propias. En aquel verano crucial de 1940, el Mando de Cazas parecía una fuerza aérea verdaderamente internacional. De sus dos mil novecientos cuarenta hombres que prestaron servicio durante la batalla de Inglaterra, solo dos mil trescientos treinta y cuatro eran británicos. El resto estaba formado por ciento cuarenta y cinco polacos, ciento veintiséis neozelandeses, noventa y ocho canadienses, ochenta y ocho checos, treinta y tres australianos, veintinueve belgas, veinticinco sudafricanos, trece franceses, once voluntarios estadounidenses, diez irlandeses y unos cuantos más de otras nacionalidades. El primer enfrentamiento importante tuvo lugar antes de que comenzara oficialmente la ofensiva aérea nazi. El 24 de julio, el alemán Adolf Galland, al mando de una fuerza de cuarenta cazas Me-109 y dieciocho bombarderos Dornier 17, atacó un convoy en el estuario del Támesis. Unos aviones Spitfire pertenecientes a tres escuadrillas despegaron inmediatamente para contraatacar. Y aunque solo lograron derribar dos aviones alemanes, en lugar de los dieciséis que se dijo, Galland quedó desconcertado por la determinación de aquel número tan inferior de aviadores británicos. Tras regresar a la base, echó una dura reprimenda a sus pilotos por sus reticencias a la hora de atacar a los Spitfire y empezó a sospechar que la batalla que estaba por venir no iba a ser una empresa tan fácil como imaginaba el Reichsmarschall. Con su rimbombancia habitual, los nazis bautizaron su ofensiva con el nombre secreto de Adlerangriff, el «Ataque del Águila», y el Adlertag, esto es, el «Día del Águila», quedó fijado, tras varios aplazamientos, para el 13 de agosto. Después de una serie de confusiones relacionadas con las predicciones meteorológicas, las formaciones de bombarderos y cazas alemanas despegaron por fin de sus bases. El grupo principal debía atacar la base naval de Portsmouth, y los demás los aeródromos de la RAF. A pesar de todos los informes obtenidos en misiones de reconocimiento, los servicios de inteligencia de la Luftwaffe se equivocaron. Los aviones alemanes atacaron principalmente campos o bases satélites que no pertenecían al Mando de Cazas. Cuando comenzó a despejarse el cielo por la tarde, los radares de la costa sur detectaron que se avecinaba a Southampton una fuerza de aproximadamente trescientos aparatos. Despegaron rápidamente ochenta cazas, un número difícil de imaginar pocas semanas antes. La escuadrilla 609 consiguió meterse en medio de un grupo de aviones Stuka y derribar seis de ellos. En total, los cazas de la RAF derribaron cuarenta y siete aparatos enemigos, y perdieron trece. En la acción murieron tres pilotos del bando británico, pero la aviación alemana perdió ochenta y nueve, entre muertos y capturados. A partir de entonces, el Canal de la Mancha jugó a favor de la RAF. Durante la batalla de Francia, cuando en el viaje de regreso a Inglaterra su avión sufría daños o se averiaba, los pilotos británicos solían perecer ahogados en el mar después de verse obligados a realizar un amaraje forzoso. Pero en aquella nueva situación serían los alemanes los que se enfrentarían a este peligro y además a la certeza de que iban a ser capturados si tenían que saltar en paracaídas en territorio inglés. Göring, abatido y apesadumbrado por el desastroso resultado del Adlertag, decidió lanzar una ofensiva más contundente el 15 de agosto, para la cual partieron de Noruega, Dinamarca y el norte de Francia un total de mil setecientos noventa aviones, entre cazas y bombarderos. Las formaciones de la Luftflotte 5 de Escandinavia perdieron casi una quinta parte de sus fuerzas, y no volvieron a participar en la batalla. La Luftwaffe llamaría a aquel día «el jueves negro». Sin embargo, la RAF no lo celebró con júbilo, pues sus pérdidas tampoco habían sido pocas. Además, con su contundente superioridad numérica, la Luftwaffe iba a seguir haciendo estragos. En sus ataques constantes a los aeródromos también murieron o fueron heridos mecánicos, ordenanzas e incluso conductores y personal de organización de la Fuerza Aérea Auxiliar Femenina. El 18 de agosto, la Escuadrilla 43 pudo vengarse del enemigo, lanzando un ataque en picado contra un grupo de aviones Stuka que bombardeaba una estación de radar. Fue responsable de la destrucción de dieciocho de esos predadores tan vulnerables antes de que se unieran a la refriega los Me-109 que los escoltaban. Los nuevos oficiales de aviación que llegaban como refuerzo formulaban montones de preguntas a los que habían entrado en acción. Su vida resultaba monótona y rutinaria. Todos los días, antes de la salida del sol, los ordenanzas los despertaban con una taza de té. A continuación, desayunaban, y luego estaban por allí sin hacer nada, mientras iba amaneciendo. Por desgracia para el Mando de Cazas, las condiciones meteorológicas durante buena parte de aquellos meses de agosto y septiembre fueron ideales para la Luftwaffe, con un cielo azul y despejado. Lo peor era la espera. En esos momentos era cuando a los pilotos se les resecaba la boca que se llenaba de ese sabor metálico típico del miedo. Luego oían el odioso sonido chirriante del teléfono de campaña, e inmediatamente el grito de «¡Escuadrilla, a despegar!». Entonces se dirigían a toda prisa a sus aparatos, y, mientras corrían, los paracaídas rebotaban con pesadez en sus espaldas. El personal de tierra acudía velozmente para ayudarlos a subir a la cabina, donde se comprobaba que todo funcionara a la perfección. Una vez encendidos los motores Merlin de los aviones, se retiraban las cuñas que frenaban las ruedas, y los pilotos conducían sus cazas a las pistas y se preparaban para despegar. Había demasiadas cosas en las que pensar para tener miedo, al menos en aquellos momentos.21 Una vez en el aire, con los motores rugiendo mientras iban ganando altitud, los pilotos novatos debían recordar que no podían dejar de mirar a su alrededor. No tardaban en darse cuenta de que los más veteranos no llevaban las bufandas de seda simplemente por afectación. Girando constantemente la cabeza hacia uno y otro lado, la piel del cuello se irritaba debido al roce continuo con la camisa que, siguiendo las ordenanzas, debía permanecer abrochada hasta arriba con la corbata puesta. A los pilotos se les había repetido hasta la saciedad que mantuvieran «los ojos bien abiertos en todo momento». Suponiendo que lograran sobrevivir a su primera misión —y varios no lo conseguían —, regresaban a la base, donde, una vez más, se ponían a esperar a que les llamaran para volver de nuevo a la acción. Mientras el personal de tierra procedía al rearme de los aviones y volvía a llenar los depósitos de combustible, los pilotos tomaban algún emparedado de carne de ternera enlatada y bebían tazas y tazas de té. Debido al cansancio, muchos caían enseguida presa del sueño, echándose a dormir en el suelo o en una tumbona. Cuando volvían a elevarse con sus aparatos, los controladores aéreos de la zona los dirigían hacia una formación de «bandidos». El grito de «Tally ho !» por radio significaba que había sido localizada una formación de puntos negros. El piloto conectaba la mira reflectora, y empezaba la tensión. La regla principal consistía en controlar el miedo, pues, de lo contrario, se veían abocados a una muerte segura. La prioridad era destruir los bombarderos antes de que el paraguas de los Me-109 pudiera intervenir. Cuando varias escuadrillas habían sido «dirigidas» contra una misma fuerza invasora, los veloces Spitfire se encargaban de los cazas enemigos, y los Hurricane, algo más lentos, de los bombarderos. En pocos segundos, en el cielo comenzaba una escena de caos, en la que los pilotos se lanzaban con sus aviones en picado y viraban bruscamente una y otra vez, maniobrando con el fin de encontrar la posición idónea para «taladrar» al enemigo con una rápida descarga de proyectiles, sin olvidarse nunca de que también había que mirar atrás. Si te concentrabas obsesivamente en un solo objetivo, el enemigo tenía la oportunidad de colocarse fácilmente detrás de ti sin que te dieras cuenta. Algunos pilotos novatos, cuando eran alcanzados por primera vez por los proyectiles enemigos, quedaban paralizados. Si no conseguían salir de ese estado de conmoción, estaban perdidos. Si habían alcanzado el motor, el avión comenzaba a perder una mezcla de gasolina y líquido anticongelante que iba cubriendo el parabrisas. Lo más peligroso era que el aparato empezara a arder. El calor podía convertir la cabina en un receptáculo asfixiante y sofocante, pero cuando el piloto lograba abrirla y liberarse de los arneses que lo sujetaban, tenía que voltear el aparato para que nada le impidiera dejarse caer. Muchos quedaban tan aturdidos y desorientados después de esa experiencia, que tenían que hacer un verdadero esfuerzo para recordar que había que tirar de la anilla para abrir el paracaídas. Si tenían la oportunidad de observar a su alrededor mientras descendían, a menudo comprobaban que en el cielo, tan lleno de aviones antes, de repente reinaba la calma, y que estaban allí completamente solos. Siempre y cuando no estuvieran sobrevolando el Canal de la Mancha, los pilotos de la RAF sabían que al menos iban a caer en territorio amigo. Los polacos y los checos eran conscientes de que, a pesar de sus uniformes, cabía la posibilidad de que gentes exaltadas, o incluso algún miembro de la Guardia Nacional, los confundieran con alemanes. Y hay testimonios que lo confirman. El paracaídas de un piloto polaco, Czeslaw Tarkowski, quedó atrapado en un árbol. «La gente vino hacia mí corriendo empuñando horcas y estacas», recordaría más tarde». «Una de esas personas, armada con una escopeta, gritaba, "Hände hochr ("manos arriba"). "¡Anda y que te jodan!", repliqué en el mejor inglés que pude. Los rostros hasta entonces tan amenazadores enseguida se iluminaron con una sonrisa. "¡Es uno de los nuestros!", exclamaron al unísono».22 Una tarde, otro polaco aterrizó en los terrenos de un club de tenis muy exclusivo. Fue registrado como invitado, le dieron una raqueta, le prestaron el prescriptivo equipo de color blanco para jugar y lo invitaron a unirse a la partida. Cuando llegó un vehículo de la RAF a recogerlo, sus adversarios estaban completamente exhaustos por la contundente paliza que les había propinado. Cualquier piloto honesto reconocía haber sentido «un entusiasmo salvaje y primitivo» viendo caer un avión enemigo después de haberlo alcanzado con sus disparos.23 Como los británicos habían ordenado no disparar a los aviadores enemigos que saltaran en paracaídas, los pilotos polacos solían pasar volando por encima de la campana de este artilugio para crear un rebufo que lo hiciera precipitar con consecuencias fatales para el paracaidista. Algunos tenían un momento de conmiseración cuando se daban cuenta de que en realidad iban a matar o a lisiar de por vida a un ser humano, en lugar de limitarse a destruir un avión enemigo.24 La combinación de cansancio y miedo daba lugar a peligrosos estados de gran tensión. Muchos hombres tenían pesadillas horribles todas las noches. Era irremediable que algunos sufrieran fuertes bloqueos emocionales y mentales. Prácticamente todos padecieron en algún momento «una crisis nerviosa», aunque conseguían hacerse fuertes y seguir adelante. A veces, sin embargo, alguno regresaba del combate con el pretexto de que tenía un problema con el motor. Cuando esto ocurría más de una vez, se tomaba nota de ello. En el lenguaje oficial de la RAF se atribuía a una «falta de carácter», y el piloto en cuestión era transferido a otro lugar para encomendarle otro tipo de trabajos de menor categoría. La inmensa mayoría de los pilotos de caza británicos ni siquiera había cumplido los veintidós años. Estos muchachos no tuvieron más remedio que convertirse rápidamente en adultos, por mucho que en el comedor siguieran llamándose por el apodo y continuaran vociferando como escolares para asombro de sus colegas de otros países. Pero a medida que fueron intensificándose los ataques de la Luftwaffe contra Inglaterra, con el consiguiente aumento de bajas entre la población civil, comenzó a arraigar en todos ellos un profundo sentimiento de rabia y de indignación. Los pilotos de los cazas alemanes también vivían momentos de gran tensión y sufrían las consecuencias del cansancio. Se veían obligados a operar desde unos aeródromos con pistas irregulares, improvisados en la zona del Paso de Calais, por lo que tenían bastantes accidentes. El Me-109 era un magnífico avión para un piloto experto, pero para el que llegaba directamente de la academia de vuelo, sin horas de práctica, resultaba una bestia peligrosa, difícil de dominar. A diferencia de Dowding, que hacía rotar a sus escuadrillas para que pudieran descansar en un lugar tranquilo, Göring no tenía piedad alguna de sus aviadores, cuya moral empezaba a venirse abajo debido al número cada vez mayor de bajas que estaban sufriendo. Las escuadrillas de bombarderos se quejaban de que los Me- 109 siempre acababan volviendo a la base, dejándolos sin protección. Esto ocurría simplemente porque los cazas no llevaban las reservas de combustible necesarias para sobrevolar Inglaterra durante más de treinta minutos, y este tiempo se acortaba aún más si se veían obligados a entrar en combate. Por su parte, los pilotos de los cazas bimotores Me- 110 estaban consternados por su gran número de pérdidas, y querían ser escoltados por los Me-109. Los aviadores británicos con nervios de acero habían descubierto que la mejor manera de enfrentarse a ellos era con un ataque frontal. Así pues, tras la carnicería del 18 de agosto, Göring, a regañadientes, no tuvo más remedio que prescindir de los bombarderos en picado Stuka en las grandes operaciones. No obstante, el Reichsmarschall, alentado por las valoraciones increíblemente optimistas del oficial al mando de sus servicios de inteligencia, estaba convencido de que la RAF no tardaría en venirse abajo. Ordenó que se intensificaran los ataques contra aeródromos. Sus propios pilotos, sin embargo, empezaban a deprimirse de tanto oír que la RAF estaba en las últimas, cuando ellos debían enfrentarse a una feroz oposición cada vez que hacían una salida. Dowding ya había previsto esta guerra de desgaste, y estaba muy preocupado por los importantes daños que sufrían los aeródromos. Aunque la RAF derribaba prácticamente a diario más aviones alemanes que los que perdía, lo cierto es que partía de una base mucho más reducida. Con el aumento impresionante que había experimentado la producción de cazas se solucionó uno de sus problemas, pero la pérdida de pilotos seguía siendo su gran preocupación. Sus hombres estaban tan agotados que se dormían mientras comían, e incluso en medio de una conversación. Para reducir el número de bajas, las escuadrillas de cazas recibieron la orden de no perseguir al enemigo hasta el otro lado del Canal y de no responder al ataque de las ametralladoras de pequeños grupos de aviones alemanes. El Mando de Cazas también se vio afectado por una disputa por razones tácticas. En el norte de Londres, el mariscal del Aire Trafford Leigh-Mallory, comandante en jefe del Grupo 10, abogaba por aproximaciones en las que participaran numerosas escuadrillas (formación en Big Wing). Este tipo de formación había sido la favorita del capitán Douglas Bader, un oficial de gran valentía, pero sumamente obstinado, célebre por haber conseguido reincorporarse a la aviación militar como piloto de caza tras perder las dos piernas en el curso de un accidente aéreo antes de la guerra. Pero Keith Park y Dowding estaban muy insatisfechos con los resultados obtenidos con ese nuevo tipo de formación. Cuando el Grupo 10 conseguía reunir en el aire las escuadrillas suficientes para formar una Big Wing, normalmente los alemanes ya habían desaparecido del horizonte. La noche del 24 de agosto, una fuerza de más de un centenar de bombarderos enemigos, tras pasar de largo ante sus objetivos, dejó caer sus bombas por error sobre los barrios del este y del centro de Londres. Este hecho hizo que Churchill ordenara en represalia una serie de bombardeos contra Alemania. Las consecuencias de todo ello serían muy graves para los londinenses, pero también contribuirían a que Göring tomara más tarde la funesta decisión de que los aeródromos dejaran de ser objetivo de las incursiones alemanas. Gracias a ello, el Mando de Cazas de la RAF se libró de sufrir importantísimas pérdidas en un momento decisivo de la batalla. A instancias de Göring, los ataques alemanes se intensificaron aún más a finales de agosto y durante la primera semana de septiembre. En solo un día, el Mando de Cazas perdió cuarenta aparatos, nueve de sus pilotos perecieron, y dieciocho resultaron gravemente heridos. Todos los aviadores británicos estaban sometidos a una gran tensión, pero el hecho de que fueran conscientes de que la batalla era literalmente un combate hasta las últimas consecuencias, y de que el Mando de Cazas estaba infligiendo importantísimas pérdidas a la Luftwaffe, los hacía más fuertes. La tarde del 7 de septiembre, mientras Göring observaba toda la operación desde los acantilados del Paso de Calais, la Luftwaffe comenzó un ataque masivo contra Inglaterra con un millar de aviones. El Mando de Cazas británico reunió once escuadrones de caza. Por toda la región de Kent, los campesinos, las mujeres de la Sección Femenina del ejército de Tierra dedicadas a labores agrícolas y los aldeanos alzaban los ojos al cielo para ver las estelas de vapor que dejaban los aviones mientras se desarrollaba la batalla. Resultaba imposible distinguir a qué bando pertenecían los cazas, pero cada vez que perdía altura un bombardero dejando tras de sí una cola de humo negro, se oían gritos de júbilo. La mayoría de las escuadrillas de bombarderos se dirigía a los muelles de Londres. Era la venganza de Hitler por los ataques llevados a cabo por el Mando de Bombarderos británico contra Alemania. El humo que desprendían las llamas provocadas por las bombas incendiarias servía para conducir hasta su objetivo a las escuadrillas que iban llegando. Londres, con más de trescientos muertos y mil trescientos heridos, sufrió el primero de una serie de contundentes ataques. Pero el hecho de que Göring creyera que el Mando de Cazas estaba acabado, y su decisión de convertir las ciudades en el objetivo primordial de las incursiones aéreas alemanas, principalmente las nocturnas, supondrían la derrota de la Luftwaffe en la batalla. Los británicos, sin embargo, seguían esperando que en cualquier momento las campanas de las iglesias anunciaran la llegada de un ejército invasor. El Mando de Bombarderos seguía atacando las barcazas reunidas en diversos puertos continentales del Canal de la Mancha. Nadie conocía las dudas de Hitler. Si no se conseguía acabar con la RAF a mediados de septiembre, se aplazaría la Operación León Marino. Göring, que tanto se había jactado de que lograría aplastar a la RAF, era perfectamente consciente de que iba a convertirse en el único culpable si fracasaba en su misión, por lo que ordenó que se llevara a cabo otro gran ataque el domingo, 15 de septiembre. Ese día, Churchill había decidido visitar el cuartel general del Grupo 11 en Uxbridge, donde permanecería en la sala de control acompañado de Park. Observaba con sumo interés cómo la información transmitida por las estaciones de radar y el Cuerpo Real de Vigilancia se convertía en aviones de incursión alemanes en el panel de control. A mediodía, Park, dejándose llevar por su instinto que le decía que aquel era un momento decisivo, mandó despegar veintitrés escuadrillas de cazas. Esta vez, se advirtió reiteradamente a los pilotos de los Spitfire y de los Hurricane de la necesidad de que ganaran altura. Y cuando los cazas de escolta Me-109 tuvieron que regresar a la base para repostar, los pilotos de los bombarderos alemanes se vieron superados por los aviones de unas fuerzas aéreas que les habían dicho que ya estaban acabadas. Este patrón se fue repitiendo a lo largo de la tarde. Para ello, Park solicitó refuerzos a los Grupos 10 y 12 del oeste de Inglaterra. Al finalizar el día, la RAF había destruido cincuenta y seis aparatos enemigos, y perdido veintinueve cazas y doce hombres en la acción. Hubo más ataques al cabo de unos días, pero ninguno fue de tanta envergadura. Y, sin embargo, el 16 de septiembre, Göring, persuadido por los optimistas informes del oficial en jefe de sus servicios de inteligencia, pensaba que al Mando de Cazas británico apenas le quedaban ciento setenta y siete aviones. El miedo a una posible invasión seguía vivo, pero lo cierto es que el 19 de septiembre Hitler decidió aplazar la Operación León Marino hasta nuevo aviso. La Kriegsmarine y el OKH estaban mucho menos dispuestos a lanzar una invasión en un momento en el que había quedado patente la imposibilidad de la Luftwaffe de aplastar al Mando de Cazas enemigo. La guerra en el oeste casi había llegado a un punto muerto, y empezaban a percibirse claros indicios de que el conflicto iba a alcanzar dimensiones globales. El 27 de septiembre, los japoneses firmaron un acuerdo trilateral en Berlín. Era evidente el desafío a los Estados Unidos que este pacto implicaba. El presidente Roosevelt convocó inmediatamente a sus asesores militares para discutir sobre las posibles consecuencias de semejante acto, y dos días después, Gran Bretaña volvió a abrir la carretera de Birmania para hacer llegar a los nacionalistas chinos material bélico. Hacía poco que los japoneses se habían visto sorprendidos por los ataques lanzados por fuerzas comunistas en el norte de China. La guerra chino-japonesa estaba recobrando intensidad con una nueva serie de encarnizados combates. La batalla de Inglaterra parecía condenada a concluir a finales de octubre, cuando la Luftwaffe se dedicó a realizar bombardeos nocturnos sobre Londres y las industrias de las Midlands. Si observamos los datos de agosto y septiembre, los meses centrales de la batalla, vemos que la RAF perdió setecientos veintitrés aparatos, y la Luftwaffe más de dos mil. Buena parte de esta diferencia no se debió a la «acción del enemigo», sino a «circunstancias especiales», principalmente accidentes.25 En octubre la RAF derribó doscientos seis aviones alemanes, entre cazas y bombarderos, pero el número total de aparatos perdidos por la Luftwaffe ese mes fue en realidad de trescientos setenta y cinco.26 El Blitz contra Londres y otras ciudades continuó durante todo el invierno. El 13 de noviembre, el Mando de Bombarderos de la RAF atacó Berlín siguiendo instrucciones de Churchill. El líder británico dio esta orden porque el ministro de asuntos exteriores soviético, Molotov, había llegado a la capital el día anterior para negociar con las autoridades del Reich. A Stalin le disgustaba la presencia de tropas germanas en Finlandia, así como la influencia que pudieran ejercer los nazis en los Balcanes. También quería que los alemanes le garantizaran sus derechos de navegación por los Dardanelos para alcanzar el Mediterráneo desde el mar Negro. Para muchos resultó por lo menos curioso oír a una banda de músicos de la Wehrmacht tocar la Internacional a la llegada de Molotov a la Anhalter Bahnhof, que fue engalanada para la ocasión con banderas rojas soviéticas. Las reuniones, que no fueron precisamente un éxito, solo sirvieron para aumentar las tensiones existentes entre los dos países. Molotov exigió respuestas a una serie de cuestiones muy concretas. Preguntó si seguía vigente el pacto firmado por soviéticos y alemanes el año anterior. Cuando Hitler respondió que por supuesto que seguía vigente, el ministro ruso indicó que los nazis habían establecido una estrecha relación con los enemigos de los soviéticos, los finlandeses. Ribbentrop instó a los rusos a dirigir sus ataques a regiones del sur, contra la India y la zona del golfo Pérsico, y aprovecharse del fin del imperio británico. Molotov no se tomó muy en serio la sugerencia de que para ello la Unión Soviética debía unirse al pacto trilateral firmado por los alemanes con Italia y Japón. Al contrario de Ribbentrop, tampoco quiso compartir la opinión de Hitler cuando este, en uno de sus característicos monólogos, comenzó a explicarle que los británicos estaban prácticamente acabados. De modo que, cuando empezaron a sonar las sirenas que avisaban de un ataque aéreo, y Molotov fue conducido al bunker de la Wilhelmstrasse, el ministro de exteriores soviético no pudo reprimirse y le espetó a su colega alemán: «Ustedes dicen que Inglaterra está acabada. Entonces ¿por qué nos encontramos aquí, sentados en este refugio antiaéreo?».27 Al día siguiente por la noche, la Luftwaffe lanzó un ataque contra Coventry siguiendo un plan concebido con anterioridad, por lo que no puede ser considerado un acto de represalia. Con su incursión masiva, los alemanes provocaron graves daños en doce fábricas de armamento, la destrucción de la antigua catedral de la ciudad y la muerte de trescientos ochenta civiles. Pero, a pesar de su campaña de bombardeos nocturnos, no consiguieron hundir la moral del pueblo británico, por mucho que a finales de año el número de bajas de la población civil se elevara a veintitrés mil muertos y treinta y dos mil heridos graves. Numerosos ingleses se quejaban constantemente del ruido de las sirenas, cuyos «prolongados alaridos propios de una banshee»* como decía Churchill,28 fueron enseguida reducidos para que la población pudiera conciliar el sueño y descansar. «Las sirenas suenan aproximadamente a la misma hora todas las noches, y en la entrada de los refugios antiaéreos, en los barrios más humildes, comienzan a formarse bastante pronto largas colas de hombres y mujeres que llevan mantas, termos y niños en brazos».29 En los escaparates de las tiendas destruidos por el efecto de las bombas colgaban letreros que decían «Seguimos teniendo abierto», y los inquilinos de las casas destruidas en el este de Londres colocaban banderas británicas hechas de papel en lo alto de los montones de escombros que otrora habían sido los muros de sus hogares. «Peor que el tedio que envolvía nuestros días», escribía Peter Quennell, funcionario del ministerio de información, «era la sordidez que caracterizaba nuestras noches sin poder conciliar el sueño. Con frecuencia se nos pedía que trabajáramos por turnos (un montón de horas en un dormitorio subterráneo, en medio de un calor sofocante, con el único abrigo de unas mantas de lana viejísimas); muchos de los que no estaban en los sótanos solían permanecer agazapados junto a las mesas en las que acostumbrábamos a trabajar, o, cuando cesaban los bombardeos, se ponían a dormir en el suelo, sabiendo que en cualquier momento podía despertarles la llegada de un mensajero del ministerio, que traía alguna noticia horrible —como, por ejemplo, que una bomba había caído de lleno en un refugio atestado de gente—, sobre la que debíamos informar restando importancia al asunto. Es realmente curioso cómo nos acostumbrábamos rápidamente a todo, con qué facilidad nos adaptamos a una manera de vivir hasta entonces desconocida y con qué frecuencia unas supuestas necesidades se revelaban verdaderas banalidades».30 Aunque los londinenses soportaron mucho mejor de lo esperado las adversidades en las estaciones de metro «con el espíritu del Blitz», siguió habiendo, especialmente entre las mujeres de fuera de la capital, un miedo irracional a que llegaran de repente los paracaidistas alemanes. Cada semana corrían nuevos rumores que hablaban de una invasión inminente. Sin embargo, el 2 de octubre, la Operación León Marino había sido aplazada hasta la primavera siguiente. «León Marino» había desempeñado un doble papel. La amenaza de una invasión alemana había ayudado a Churchill a congregar el país y a mantenerlo unido en previsión de una guerra que iba a ser larga. Pero Hitler puso de manifiesto una gran astucia logrando que siguiera viva la amenaza psicológica mucho tiempo después de que descartara la idea de continuar con esa campaña. Fue esta circunstancia la que llevó a los británicos a retener en su país unas fuerzas defensivas mucho más numerosas de lo necesario. En Berlín, las autoridades nazis comenzaron a resignarse a lo que ya parecía un hecho consumado: Gran Bretaña difícilmente iba a ser doblegada con una campaña de bombardeos. «Ahora prevalece la opinión», anotaba en su diario el 17 de noviembre Ernst von Weizsäcker, secretario de estado del ministerio de asuntos exteriores alemán, «de que el hambre provocada por un bloqueo es la mejor arma contra Gran Bretaña, en vez del humo con el que se ha intentado obligar a los británicos a salir de su escondite».31 La palabra «bloqueo» tenía connotaciones emocionales de venganza en Alemania, obsesionada con los recuerdos de la Primera Guerra Mundial y el bloqueo al que fue sometida por la Marina Real. Ahora iban a pagar a los ingleses con la misma moneda utilizando la guerra submarina contra las islas Británicas. 9 REPERCUSIONES (junio de 1940-febrero de 1941) La caída de Francia en el verano de 1940 creó diversas repercusiones, directas e indirectas, en todo el mundo. Stalin estaba profundamente disgustado. Casi de la noche a la mañana, se había esfumado su esperanza de que el poder de Hitler se viera muy debilitado en una guerra de desgaste contra Francia y Gran Bretaña. Alemania era en aquellos momentos mucho más poderosa, tras capturar buena parte de las armas y de los vehículos del ejército francés completamente intactos. Más al este, esta circunstancia supuso un duro golpe para Chiang Kai-shek y los nacionalistas chinos, quienes, tras perder Nanjing, habían trasladado sus centros industriales a las provincias de Yunnan y Kwangsi, en el suroeste del país, cerca de la frontera con la Indochina francesa, creyendo que esa iba a ser la zona más segura con acceso al mundo exterior. Pero el nuevo régimen de Vichy del mariscal Pétain empezó a acceder a las exigencias de Japón en el mes de julio, aceptando que se instalara en Hanoi una misión militar nipona. El suministro de pertrechos y provisiones a los nacionalistas a través de Indochina quedó cortado. Aquel verano de 1940, el avance del XI Ejército japonés por el valle del Yangtsé supuso la división de las fuerzas nacionalistas en dos zonas, provocándoles graves pérdidas. El 12 de junio, la caída de Yichang, el principal puerto fluvial, representó un duro golpe.1 También sirvió para aislar la capital de los nacionalistas, Chongqing, y permitir que la aviación de la Marina japonesa pudiera atacar la ciudad con constantes incursiones aéreas. En esa época del año no había niebla baja que dificultara la visibilidad. Además de bombardear ciudades y aldeas a lo largo del río, la aviación japonesa se dedicó a atacar los vapores y juncos atestados de heridos y de refugiados que intentaban huir remontando el río por las Tres Gargantas del Yangtsé. En la conversación que mantuvo con Agnes Smedley, un médico de la Cruz Roja reconoció que de los cientos cincuenta hospitales que había en el frente central, solo cinco no habían desaparecido. «¿Y qué ocurre con los heridos?», preguntó Smedley. «Calló, pero yo sabía la respuesta». La muerte estaba por todas partes. «Cada día», añade esta periodista, «veíamos cuerpos abotagados de seres humanos que flotaban bajando lentamente por el río en sentido contrario al de los juncos, con los que chocaban y cuyos barqueros se encargaban de apartar con largos palos apuntados».2 Cuando Smedley llegó a Chongqing, en las montañas de esta ciudad, desde cuyas cumbres se divisa la confluencia de los ríos Yangtsé y Jualing, se vio sorprendida por unas terribles explosiones, pero no eran de bombas. Los ingenieros chinos estaban abriendo galerías en aquellos montes para convertirlas en refugios antiaéreos. Observó que durante su ausencia habían cambiado muchas cosas, tanto para bien como para mal. Aquella capital de provincia de doscientos mil habitantes estaba alcanzando una población de un millón de personas. El aumento de su número de cooperativas industriales era un dato muy alentador, pero en el Kuomintang los elementos más derechistas, que cada vez ganaban mayor relevancia en el partido, consideraban criptocomunistas esas instituciones. Habían sido mejorados los servicios médicos del ejército, estableciendo clínicas gratuitas en diversas zonas nacionalistas, pero, una vez más, los líderes locales del Kuomintang pretendían controlar los servicios sanitarios, probablemente para su propio enriquecimiento. Lo más siniestro, sin embargo, era el ascenso al poder del jefe de seguridad, el general Tai Li, de quien se decía que ya contaba con un contingente de trescientos mil hombres, entre uniformados y no. Su influencia era tan desmesurada que algunos sospechaban incluso que controlaba al propio generalísimo, Chiang Kai-shek. Tai Li no solo acallaba las voces del disenso, sino que también reprimía cualquier forma de libertad de expresión. Los intelectuales chinos empezaban a huir a Hong Kong. Incluso organizaciones totalmente inocuas, como la Asociación de Mujeres Jóvenes Cristianas, fueron clausuradas en ese ambiente de crisis. Según Smedley, la población extranjera que residía en Chongqing hablaba con desdén de los ejércitos chinos. «Decían que China era incapaz de luchar; que sus generales estaban corrompidos, que sus soldados eran culis analfabetos o simplemente críos; que su pueblo era ignorante; y que las curas que dispensaban a sus heridos eran abominables. Algunas acusaciones eran ciertas, otras falsas, pero casi todas se basaban en un desconocimiento absoluto de las espantosas cargas bajo cuyo peso se tambaleaba China».3 Ni europeos ni americanos supieron comprender lo que estaba en juego, e hicieron muy poco por ayudar. En lo referente a los servicios médicos, la única contribución importante fue la que hicieron los chinos expatriados residentes en la península de Malaca, Java, los Estados Unidos y otros lugares del mundo. Su generosidad fue considerable, y en 1941, los conquistadores japoneses se encargaron de que pagaran por ello. Chiang Kai-shek había continuado con sus absurdas negociaciones de paz, con la esperanza de presionar a Stalin y conseguir que el apoyo militar de los soviéticos recuperara sus niveles anteriores. Pero en julio de 1940 se produjo un cambio de gobierno en Tokio, y el general Tōjō Hideki pasó a ocupar el ministerio de la guerra. Las negociaciones se interrumpieron. Tōjō quería dejar sin suministros a los nacionalistas chinos con la firma de un tratado más estricto con la Unión Soviética y el bloqueo de todas sus demás vías de abastecimiento. En Tokio, los líderes militares empezaban a concentrar su interés en el sur del Pacífico y en el suroeste, en las colonias británicas, francesas y holandesas del mar de la China Meridional. Esas regiones podían suponer importantes provisiones de arroz y la interrupción de exportaciones a los chinos nacionalistas, pero lo que más ambicionaba Japón eran los yacimientos petrolíferos de las Indias Orientales Neerlandesas. Cualquier idea de compromiso con los Estados Unidos que implicara su retirada de los territorios del gigante asiático era impensable para el régimen de Tokio, sobre todo tras haber perdido ya sesenta y dos mil soldados en el «incidente de China».4 En la segunda mitad de 1940, el Partido Comunista Chino, siguiendo instrucciones de Moscú, puso en marcha en el norte su campaña «de los Cien Regimientos» con casi cuatrocientos mil hombres.5 El objetivo era socavar las negociaciones de Chang Kai-shek con los japoneses: no sabían que habían quedado interrumpidas y que nunca habían sido realmente serias. Los comunistas consiguieron que en muchos lugares los nipones se vieran obligados a retirarse, cortaron la línea ferroviaria que unía Pekín y Hangkow, destruyeron varias minas de carbón e incluso emprendieron diversos ataques contra Manchuria. Este gran esfuerzo, en el que sus fuerzas utilizaron tácticas más convencionales, supuso veintidós mil bajas, unas pérdidas que en realidad no podían permitirse. En Europa, Hitler demostraba un sorprendente grado de lealtad a Mussolini, a menudo para desesperación de sus generales. Sin embargo, el Duce, su antiguo mentor, hacía todo lo posible por evitar convertirse en uno de sus subordinados. El líder fascista quería dirigir «una guerra paralela»,6 independiente de la de la Alemania nazi. Ya en abril de 1939 no había comunicado a Hitler sus planes de invadir Albania, comparando esa empresa con la ocupación alemana de Checoslovaquia. Las autoridades nazis, por su parte, eran reacias a compartir informaciones secretas con los italianos. No obstante, un mes después de lo de Albania, los alemanes quisieron firmar el «Pacto de Acero». Como amantes imprudentes que intentan sacar beneficio de una relación, los dos dirigentes se engañaban el uno al otro, y los dos se sentían engañados. Hitler nunca comunicó a Mussolini sus intenciones de aplastar a los polacos, pero seguía esperando recibir el apoyo del italiano en su lucha contra Francia y Gran Bretaña, y por su parte, el líder fascista estaba convencido de que no iba a estallar un conflicto general en Europa durante al menos otros dos años. Su posterior negativa a entrar en guerra en septiembre de 1939 en el bando alemán supuso una gran decepción para Hitler. El Duce sabía perfectamente que su país no estaba preparado, y sus excesivas demandas de equipamiento militar como condición para prestar apoyo a los nazis constituyeron su única excusa. Mussolini, no obstante, estaba decidido a entrar en guerra en un momento determinado para obtener más colonias y para que Italia pareciera una gran potencia. En consecuencia, cuando las dos grandes potencias coloniales, Gran Bretaña y Francia, sufrieron la grave derrota de comienzos del verano de 1940, no quiso desaprovechar la oportunidad. La sorprendente rapidez con la que se desarrolló la campaña de Alemania contra Francia, y la creencia general de que Gran Bretaña acabaría claudicando ante el poderío del Reich, lo tenían en un mar de dudas. Alemania iba a dibujar un nuevo mapa de Europa, y era prácticamente seguro que se convertiría en la potencia dominante en los Balcanes, e Italia corría el peligro de quedar al margen. Solo por esta razón, Mussolini quería desesperadamente ver reconocido su derecho a participar en las negociaciones de paz. Calculaba que unos pocos miles de italianos muertos o heridos servirían para comprarle la anhelada silla en la mesa de los acuerdos. Por supuesto, el régimen nazi no se opuso a que Italia entrara en guerra, por tarde que fuera. Equivocadamente, Hitler había depositado muchas esperanzas en el potencial bélico de su aliado. Todos sabemos que Mussolini se había jactado de disponer de «ocho millones de bayonetas». En realidad, apenas contaba con un millón setecientos mil soldados, y muchos de ellos carecían de un fusil en el que colocar la bayoneta. En Italia, la falta de recursos económicos, de materias primas y de vehículos motorizados era un problema acuciante. Para aumentar el número de sus divisiones, Mussolini redujo la cantidad de regimientos en cada una de ellas, que pasó de tres a dos. De sus setenta y tres divisiones, solo diecinueve estaban totalmente equipadas. De hecho, sus fuerzas militares eran menores, y estaban peor pertrechadas, que las de la Italia de 1915, cuando este país entró en la Primera Guerra Mundial.7 De manera muy poco inteligente, Hitler creyó a pies juntillas los datos relativos al poderío militar italiano elaborados por Mussolini. En su harto limitada visión militar, condicionada por los mapas obsoletos que había en sus cuarteles generales, una división de tropas era una división, por muy mal pertrechadas o muy mal entrenadas que estuvieran, o por muy pobre que fuera el número verdadero de sus efectivos. El error de cálculo más grave que cometió Mussolini fue creer, en el verano de 1940, que la guerra estaba a punto de concluir cuando en realidad apenas había comenzado. No se dio cuenta de que la vieja retórica del Lebensraum de Hitler, que el Führer había utilizado refiriéndose al este, iba a convertirse en un plan muy concreto. El 10 de junio, Mussolini había declarado la guerra a Gran Bretaña y a Francia. En su rimbombante discurso pronunciado desde el balcón del Palazzo Venezia, hinchó pecho y afirmó que «las jóvenes y fértiles naciones» iban a aplastar a las agotadas democracias. Estas palabras fueron recibidas con alborozo por sus leales camisas negras, pero no alegraron precisamente a la mayoría de los italianos. A los alemanes no les inmutaba el hecho de que Mussolini tratara de regocijarse en la imagen de gloria de la Wehrmacht. En la Wilhelmstrasse, el secretario de estado consideraba a su aliado del Eje «un payaso circense que pide el aplauso del público cuando recoge la alfombra después de la actuación del acróbata».8 Muchos más comparaban la declaración de guerra del líder fascista a una Francia derrotada con la acción de un «chacal» que intenta hacerse con parte de la presa cazada por un león. El oportunismo era, en efecto, vergonzoso, pero escondía algo peor. Mussolini había convertido su país en cautivo y víctima de sus propias ambiciones. Se daba cuenta de que no podía evitar una alianza con el líder dominante, Hitler, pero persistía en su idea de que Italia iba a ser capaz de seguir una política independiente de expansión colonial mientras el resto de Europa se veía envuelta en un conflicto mucho más letal. La debilidad de Italia acabaría siendo un desastre total para ella; y para Alemania, uno de sus principales puntos vulnerables. El 27 de septiembre de 1940 Alemania firmó el «Pacto Tripartito» con Italia y Japón. Uno de los objetivos era impedir que los Estados Unidos decidieran intervenir en la guerra, que se encontraba en un impasse después de que fracasaran los intentos de doblegar a Gran Bretaña. Cuando el 4 de octubre se entrevistó con Mussolini en el paso del Brennero, Hitler garantizó al Duce que ni Moscú ni Washington habían reaccionado peligrosamente al anuncio del pacto. Lo que él quería era una alianza continental contra Gran Bretaña. En un primer momento, Hitler no tenía ambiciones en el Mediterráneo, pues consideraba esta región en la esfera de influencia de Italia, pero poco después de la caída de Francia se dio cuenta de que las cosas eran mucho más complejas. Tenía que encontrar un equilibrio entre los intereses enfrentados de Italia, el gobierno de Vichy y la España de Franco. El general español deseaba recuperar Gibraltar, pero también ambicionaba el Marruecos francés y otros territorios de África. Sin embargo, Hitler no quería provocar al Estado Francés de Pétain y sus leales fuerzas en las posesiones coloniales de este país. Desde su punto de vista, era mucho mejor que la Francia de Vichy siguiera en su territorio y en sus colonias del norte de África una política acorde con los intereses de Alemania mientras durara la guerra. Cuando se alzara con la victoria, podría ceder las colonias de Francia a Italia o a España. Sin embargo, a pesar de su poder aparentemente ilimitado tras la derrota de Francia en 1940, en octubre de ese año el Führer fue incapaz de convencer a un hombre como Franco, que tanto le debía, a su vasallo, el general Pétain, y a su aliado, Mussolini, de que apoyaran su estrategia de crear un bloqueo continental contra Gran Bretaña. El 22 de octubre el tren blindado de Hitler, el Führersonderzug «Amerika», tirado por dos locomotoras en tándem, con sus dos Flakwagen, se detuvo en la estación ferroviaria de Montoire-sur-le-Loir. Allí, Hitler mantuvo una entrevista con el segundo de Pétain, Pierre Laval, que quería que Alemania garantizara el status del régimen de Vichy. Hitler le dio largas, pero intentó que Vichy aceptara unirse a una coalición contra Gran Bretaña. Los relucientes vagones blindados del tren especial de Hitler continuaron viaje hacia la frontera española, a Hendaya, donde el Führer se entrevistó con Franco al día siguiente. El tren del «Caudillo» llegó con retraso debido al decrépito estado de las líneas ferroviarias españolas, y aquella larga espera no puso a Hitler precisamente de muy buen humor. Los dos dictadores pasaron revista a una guardia de honor de la escolta personal de Hitler, el Führer-Begleit-Kommando, que formó en el andén. Los soldados alemanes, vestidos con sus uniformes negros, destacaban por su altura al paso del dictador español, bajito y barrigón, en cuyo rostro apenas dejó de dibujarse una sonrisa, entre complaciente y aduladora. Cuando Hitler y Franco comenzaron a hablar, el torrente de palabras del «Caudillo» impidió que Hitler pudiera abrir la boca, situación a la que el alemán no estaba acostumbrado. Franco recordó sus tiempos como compañeros de armas durante la Guerra Civil Española, dando las gracias al Führer por todo lo que había hecho, y evocó la «alianza espiritual»9 que existía entre sus dos países. Luego expresó su profundo pesar por no haber podido entrar inmediatamente en la guerra en el bando alemán debido a las precarias condiciones en las que se encontraba España. Durante buena parte de las tres horas que duró la reunión, Franco siguió hablando sin parar de su vida y de sus experiencias, lo que provocaría que Hitler dijera más tarde que prefería que le arrancaran tres o cuatro dientes antes que verse obligado a mantener otra conversación con el dictador español.10 Al final, Hitler logró intervenir, y dijo que Alemania había ganado la guerra. Que Gran Bretaña solo resistía porque esperaba que la Unión Soviética o los Estados Unidos acudieran finalmente en su ayuda. Y que los americanos iban a necesitar un año y medio o dos para prepararse para una guerra. En su opinión, la única amenaza que suponían los británicos era que consiguieran ocupar las islas del Atlántico o, con la colaboración de De Gaulle, incitar a la revuelta a las poblaciones de las colonias francesas. Por estas razones, quería crear un «frente amplio» contra Gran Bretaña. Hitler quería Gibraltar, y Franco y sus generales también, pero a los españoles no les agradaba la idea de que fueran los alemanes los que dirigieran la operación para recuperar el peñón. Además, Franco temía que los británicos decidieran invadir las islas Canarias en represalia. Sin embargo, había quedado sumamente sorprendido por las inasumibles pretensiones de Alemania, que exigía la cesión de una de las islas Canarias y poder establecer bases militares en el Marruecos español. Hitler también tenía mucho interés en las Azores y en las islas de Cabo Verde. Las Azores no solo suponían que la Kriegsmarine pudiera contar con una base naval en el Atlántico. En el diario de guerra del OKW se escribiría más tarde el siguiente comentario: «El Führer ve el valor de las Azores en una doble dirección. Las quiere por si se produce la intervención de los Estados Unidos y también para los tiempos de paz». Hitler ya estaba soñando con una nueva generación de «bombarderos con una autonomía de vuelo de seis mil kilómetros» para atacar la costa oriental de los Estados Unidos».11 Cuando Franco expuso que el Führer debía prometerle la cesión del Marruecos francés y de Oran, antes incluso de entrar en guerra, Hitler quedó sorprendido por la enorme presunción del «Caudillo», por no decir algo peor. También se cuenta que en otra ocasión se quejó de que la actitud de Franco lo hizo sentir prácticamente «como un judío que quiere traficar con las más sagradas posesiones».12 Más tarde, ya en Alemania, en otro arrebato de cólera calificaría a Franco de «canalla jesuíta».13 Aunque ideológicamente estaba más cerca de Alemania, y su nuevo ministro de exteriores pro-nazi, Ramón Serrano Suñer, quería entrar en la guerra, lo cierto es que el gobierno de Franco temía provocar a Gran Bretaña. La supervivencia de España dependía de las importaciones, en parte de Gran Bretaña, pero sobre todo de las de trigo y petróleo de los Estados Unidos. La situación de España era terrible después de pasar por una devastadora guerra civil. No era extraño ver a gente desmayarse en medio de la calle debido a la malnutrición. Los británicos, y luego los americanos, aplicaron una política de apalancamiento financiero sumamente hábil, pues sabían perfectamente que Alemania no estaba en posición de compensar las importaciones. Así pues, cuando quedó patente que Gran Bretaña no tenía intención alguna de doblegarse ante Alemania, el gobierno de Franco, que en aquellos momentos sufría una gran escasez de alimentos y de combustible, tuvo que limitarse a expresar su apoyo al Eje, con promesas de entrar en guerra en un futuro, pero sin fijar una fecha. Sin embargo, esto no impidió que Franco elucubrara con una «guerra paralela» propia, que consistía en invadir Portugal, país tradicionalmente aliado de Gran Bretaña. Por fortuna, este proyecto quedó en agua de borrajas. Tras la entrevista celebrada en Hendaya, el Sonderzug dio media vuelta y se dirigió a Montoire, donde el mismísimo Pétain esperaba a Hitler. Pétain recibió al Führer como a un igual, gesto que no resultó precisamente del agrado de Hitler. El viejo mariscal expresó sus deseos de que las relaciones con Berlín se distinguieran por la estrecha cooperación entre los dos países, pero su petición de que a Francia les fueran garantizadas sus posesiones coloniales fue bruscamente rechazada. Francia había comenzado una guerra contra Alemania, replicó Hitler, y ahora debía pagar un precio «territorial y material» por lo que había hecho.14 Pero el Führer, para quien Pétain resultaba mucho menos exasperante que Franco, dejó una puerta abierta a esa posibilidad. A pesar de todo, seguía queriendo que Vichy se uniera a la alianza contra Gran Bretaña. Al final, sin embargo, se daría cuenta de que no podía contar con los países «latinos» para crear un bloque continental sólido. Hitler tenía sentimientos encontrados respecto a la idea de una estrategia periférica, consistente en continuar la guerra contra Gran Bretaña en el Mediterráneo, una vez vistas las escasas posibilidades de éxito que tenía el plan de invasión del sur de Inglaterra. El Führer no dejaba de pensar en lanzar sus fuerzas contra la Unión Soviética, pero las dudas hicieron que aplazara su decisión. No obstante, a comienzos de noviembre el OKW se puso a preparar un plan de emergencia, llamado Operación Félix, para ocupar Gibraltar y las islas del Atlántico. En el otoño de 1940, Hitler tenía la esperanza de conseguir el aislamiento de Gran Bretaña y de poder expulsar a la Marina Real del Mediterráneo antes de embarcarse en la idea que más le obsesionaba, la invasión de la Unión Soviética. Además, empezaba a estar convencido de que la manera más fácil de obligar a Gran Bretaña a cambiar de postura era derrotando a la URSS. Para la Kriegsmarine aquello resultó frustrante, pues se dio prioridad al ejército de tierra y a la Luftwaffe en todo lo relacionado con el armamento. Evidentemente, Hitler estaba dispuesto a ayudar a los italianos a lanzar un ataque contra Egipto y contra el canal de Suez, pues esto no solo obligaría a los británicos a permanecer en la zona, sino que pondría verdaderamente en peligro sus comunicaciones con la India y Australasia. Los italianos, sin embargo, por felices que estuvieran de recibir apoyo de la Luftwaffe, no veían con buenos ojos la presencia de tropas de tierra alemanas en su zona de operaciones. Sabían perfectamente que los alemanes iban a querer dirigirlo todo. Hitler tenía un interés especial en los Balcanes, pues constituían una base ideal para el flanco sur de las tropas alemanas en su ansiada invasión de Rusia. Tras la ocupación de Besarabia y el norte de Bukovina por parte de los rusos, Hitler, que todavía no quería violar los acuerdos del pacto nazi-soviético, había aconsejado al gobierno rumano que «lo aceptara todo de momento».15 Decidió trasladar tropas a Rumania para establecer en este país una misión militar con el fin de asegurarse los yacimientos petrolíferos de Ploesti. Lo que no quería el Führer era que Mussolini provocara una sublevación en los Balcanes con un ataque a Yugoslavia o a Grecia desde la Albania ocupada por los italianos. Imprudentemente, confió en la inercia italiana. Al principio, parecía que Mussolini iba a hacer poca cosa. La Marina italiana, a pesar de haber manifestado anteriormente su disposición a entrar inmediatamente en acción, no se había hecho a la mar, excepto para escoltar los convoyes que iban a Libia. Como no quería enfrentarse con la flota británica del Mediterráneo, dejaba que fueran las fuerzas aéreas las que se encargaran de bombardear Malta. Y en Libia, el gobernador general, mariscal Italo Balbo, permanecía inmóvil, insistiendo en que solo ordenaría el avance contra los británicos en Egipto cuando los alemanes invadieran Inglaterra. En Egipto, los británicos no tardaron en darse de cuenta de cuál era el verdadero potencial de su adversario. A última hora de la tarde del 11 de junio, justo después de que Mussolini declarara la guerra, el 11.° Regimiento de Húsares se dirigió hacia el oeste en sus viejos vehículos blindados Rolls-Royce y cruzó la frontera libia poco después del anochecer. Sus objetivos eran Forte Maddalena y Forte Capuzzo, las dos principales posiciones defensivas que tenían los italianos en la frontera. Tras preparar diversas emboscadas, hicieron setenta prisioneros. Los italianos estaban furiosos. Nadie se había molestado en avisarlos de que estaban en guerra. El 13 de junio los dos fuertes fueron capturados y destruidos. En otra emboscada que tendieron el 15 de junio en la carretera que iba de Bardia a Tobruk, el 11.° de Húsares capturó a cien soldados más. El botín obtenido incluía a un rechoncho general italiano, con su automóvil oficial de la casa Lancia, acompañado de una «amiga» en avanzado estado de gestación, que, como cabe suponer, no era su esposa.16 Este hecho provocó un gran escándalo en Italia. Pero lo más importante para los británicos era que el general llevaba consigo los planos en los que aparecían indicadas todas las defensas de Bardia. El mariscal Balbo duró poco en Libia. El 28 de junio, las baterías antiaéreas italianas de Tobruk, en un exceso de celo, derribaron su avión por error. Apenas una semana después, su sucesor en el cargo, el mariscal Rodolfo Graziani, recibía con espanto la orden de Mussolini de comenzar el avance hacia Egipto el 15 de julio. El Duce consideraba la marcha hacia Alejandría una «consecuencia inevitable».17 Como era de esperar, Graziani hizo todo lo posible por aplazar la operación, diciendo primero que no podía lanzar un ataque en pleno verano, y luego que carecía del equipamiento necesario. En agosto el duque de Aosta, virrey del África Oriental Italiana, había conseguido una fácil victoria en su avance desde Abisinia por la Somalilandia británica, obligando a los pocos defensores de la zona a retirarse al otro lado del golfo de Adén. Pero el duque sabía perfectamente que su situación iba a ser desesperada si el mariscal Graziani no conseguía conquistar Egipto. Rodeado al oeste por el Sudán anglo-egipcio y la Kenia británica, y con la Marina Real inglesa controlando el mar Rojo y el océano Indico, resultaba imposible la llegada de provisiones hasta que no cayera Egipto. Graziani seguía dando largas, y a Mussolini comenzaba a agotársele la paciencia. Finalmente, el 13 de septiembre, los italianos empezaron el avance. Con sus cinco divisiones, tenían una notable superioridad numérica frente a las tres divisiones formadas por efectivos ingleses y de la Mancomunidad Británica de Naciones (Commonwealth). Además, la 7.ª División Acorazada británica, las «Ratas del Desierto», estaban pobremente equipadas, pues solo disponían de setenta tanques en funcionamiento. Los italianos no supieron orientarse, e incluso se perdieron antes de llegar a la frontera con Egipto. Como era de esperar, las tropas británicas tuvieron que emprender la retirada y, aunque no dejaron de combatir, se vieron obligadas a abandonar Sidi Barrani, donde Graziani detuvo el avance. Mussolini insistió en que debía continuar el ataque por la carretera de la costa en dirección a Mersa Matruh. Pero como los italianos estaban a punto de empezar el asalto militar contra Grecia, las fuerzas de Graziani no recibieron los pertrechos necesarios para seguir avanzando. Los alemanes ya le habían dicho en varias ocasiones a Mussolini que se olvidara por el momento de Grecia. El 19 de septiembre, el Duce le había garantizado a Ribbentrop que, antes de lanzar un ataque contra Grecia o contra Yugoslavia, iba a conquistar Egipto. Daba la impresión de que los italianos estaban de acuerdo con que el primer objetivo debían ser los británicos. Pero al poco tiempo, el 8 de octubre, Mussolini se sintió ninguneado al enterarse de que los alemanes estaban trasladando tropas a Rumania. Su ministro de exteriores, el conde Ciano, había olvidado decirle que Ribbentrop ya había informado de este hecho. «Hitler sigue plantándome cara con hechos consumados», dijo el Duce a Ciano el 12 de octubre. «Pero esta vez voy a pagarle con la misma moneda».18 Al día siguiente, Mussolini ordenó al Comando Supremo de las fuerzas armadas que organizara inmediatamente la invasión de Grecia desde la Albania ocupada por Italia. Ninguno de sus altos oficiales, en particular el jefe de las tropas en Albania, el general Sebastiano Visconti Prasca, tuvo el coraje de advertir a Mussolini de los enormes problemas logísticos (transporte, aprovisionamiento, etc.) que tendría una campaña en las montañas del Epiro en pleno invierno. Los preparativos fueron caóticos. Buena parte de las fuerzas armadas italianas estaban siendo desmovilizadas, principalmente por razones económicas. Así pues, hubo que volver a formar aquellas unidades con un número escaso de efectivos. Para la operación eran necesarias veinte divisiones, pero trasladar a la mayoría de ellas al otro lado del Adriático requería tres meses. Mussolini pretendía lanzar su ataque el 26 de octubre, esto es, en menos de dos semanas. Los alemanes se enteraron de todos esos preparativos, pero creyeron que no iba a producirse ningún ataque contra Grecia hasta que los italianos entraran en Egipto y capturaran Mersa Matruh. Hitler estaba en su tren blindado, de regreso de sus entrevistas con Franco y con Pétain, cuando le fue comunicado que habían comenzado los preparativos para una invasión de Grecia. En vez de seguir viaje a Berlín, el Sonderzug dio media vuelta para dirigirse hacia el sur, a Florencia, ciudad a la que, siguiendo instrucciones del ministro de exteriores alemán, debía acudir urgentemente Mussolini para encontrarse con el Führer. A primera hora de la mañana del 28 de octubre, poco antes de entrevistarse con Mussolini, Hitler recibió la noticia de que la invasión italiana de Grecia acababa de empezar. El Führer se puso hecho una furia. Intuyó que el Duce recelaba de la influencia alemana en los Balcanes y pronosticó que los italianos se encontrarían con una sorpresa muy desagradable. Lo que más temía era que aquella acción provocara el traslado de tropas británicas a Grecia, lo cual iba a permitir que los ingleses dispusieran de una base desde la que emprender el bombardeo de los yacimientos petrolíferos de Ploesti en Rumania. Además, la irresponsabilidad de Mussolini podía incluso poner en peligro la Operación Barbarroja. Sin embargo, Hitler ya había dominado su enfado cuando el Sonderzug llego a Florencia y se detuvo en el andén en el que Mussolini aguardaba su llegada. Al final, durante la conversación que mantuvieron en Palazzo Vecchio, los dos líderes apenas tocaron el tema de la invasión de Grecia, excepto cuando Hitler ofreció al Duce dos divisiones, una aerotransportada y otra paracaidista, para impedir que los británicos pudieran ocupar la isla de Creta. A las 03:00 de aquella mañana, el embajador italiano en Atenas había presentado al dictador griego, el general Ioannis Metaxas, un ultimátum que expiraba al cabo de tres horas. La respuesta de Metaxas fue simplemente un rotundo «¡No!», pero, en realidad, el régimen fascista no tenía el más mínimo interés en conocer su aceptación o su rechazo: la invasión, con ciento cuarenta mil efectivos, empezó dos horas y quince minutos más tarde. En masa, las tropas italianas comenzaron su avance. No llegaron muy lejos. Los dos últimos días había llovido intensamente. Los torrentes y los ríos habían derribado varios puentes, y los griegos, que estaban perfectamente al corriente de aquel ataque —que había sido un secreto a voces en Roma—, se habían encargado de volar los demás. Y las carreteras sin asfaltar resultaron prácticamente intransitables por la gran acumulación de barro. Los griegos, que no sabían si también los búlgaros iban a lanzar un ataque por el noreste, tuvieron que dejar cuatro divisiones en Macedonia oriental y Tracia. Para repeler el ataque de los italianos desde Albania, establecieron una línea defensiva que, pasando por los montes Grammos y siguiendo el curso del río Thyamis, iba desde el lago Prespa, junto a la frontera con Yugoslavia, hasta la zona de la costa situada frente al extremo meridional de Corfú. Los helenos carecían de carros blindados y de cañones antitanque. Tenían pocos aviones modernos. Pero contaban con un valioso activo: la furia, mundialmente conocida, de sus soldados, decididos a repeler el ataque de los que llamaban, con desprecio, macaronides.19 Incluso en la comunidad griega de Alejandría se encendió el fervor patriótico. Unos catorce mil hombres zarparon rumbo a Grecia para entrar en combate, y la cantidad de dinero que se recogió en esa ciudad para ayudar en la guerra superó el presupuesto de defensa de todo Egipto.20 Los italianos reanudaron su ofensiva el 5 de noviembre, pero solo consiguieron abrirse paso hasta la costa y el norte de Konitsa, donde la División Julia de alpinos avanzó unos veinte kilómetros. Sin embargo, esta formación, una de las mejores de Italia, no recibió apoyo suficiente y enseguida quedó prácticamente rodeada. Solo una parte de sus efectivos logró escapar, y el general Prasca ordenó que sus tropas tomaran posiciones defensivas a lo largo de aquel frente de ciento cuarenta kilómetros. Viéndose obligado a enviar contingentes de refuerzo a Albania, el Comando Supremo en Roma tuvo que aplazar el ataque a Egipto. Las declaraciones jactanciosas de Mussolini en el sentido de que iba a invadir Grecia en menos de quince días resultaron tan absurdas como rimbombantes, aunque el Duce seguiría convencido de su futura victoria. A Hitler no le sorprendió aquella humillación a su aliado, pues ya había pronosticado que los griegos iban a ser mejores soldados que los italianos. El general Alexandros Papagos, jefe del estado mayor griego, ya estaba llegando con sus propias fuerzas de reserva para preparar una contraofensiva. El orgullo de los italianos sufrió otro duro golpe la noche del 11 de noviembre, cuando la Marina Real británica atacó la base naval de Taranto con los aparatos Fairey Swordfish del portaviones Illustrious y una escuadra compuesta de cuatro cruceros y otros tantos destructores. Tres acorazados italianos, el Littorio, el Cavour y el Duilio fueron alcanzados por los torpedos, mientras que los ingleses solo perdieron dos Swordfish. El Cavour se fue a pique. Al almirante sir Andrew Cunningham, comandante en jefe de la flota del Mediterráneo, no le quedó la menor duda de que poco había que temer de la marina italiana. El 14 de noviembre, el general Papagos lanzó su contraofensiva, seguro de su superioridad numérica en el frente albanés mientras no llegaran tropas de refuerzo italianas. Sus hombres, con gran coraje y arrojo, empezaron a avanzar. A finales de año, los griegos habían conseguido que el invasor tuviera que replegarse al otro lado de la frontera, adentrándose entre cincuenta y setenta kilómetros en el interior de Albania. La llegada de refuerzos italianos, que supuso que las fuerzas del Duce contaran con un contingente de cuatrocientos noventa mil efectivos en suelo albanés, de poco sirvió. Cuando Hitler comenzó la invasión de Grecia en el mes de abril del año siguiente, unos cuarenta mil italianos habían perdido la vida en el campo de batalla, y ciento catorce mil —entre heridos, enfermos y víctimas de distintos grados de congelación— habían engrosado su lista de bajas.21 Las aspiraciones de Italia de erigirse en potencia mundial se habían visto frustradas. Cualquier idea de llevar a cabo una «guerra paralela» se había convertido en un proyecto irrealizable. Mussolini ya no sería aliado de Hitler, sino un simple subordinado. La debilidad militar crónica de Italia volvió a ponerse inmediatamente de manifiesto en Egipto. El general sir Archibald Wavell, comandante en jefe en Oriente Medio, encargado de velar por la defensa de esta región y por la del norte y el este de África, tenía unas responsabilidades verdaderamente abrumadoras. En un principio, había contado con solo treinta y seis mil hombres en Egipto para enfrentarse a los doscientos quince mil efectivos del ejército italiano en Libia. En el sur, el duque de Aosta estaba al mando de doscientos cincuenta mil hombres, muchos de los cuales habían sido reclutados entre la población local. No obstante, pronto comenzaron a llegar a Egipto tropas de refuerzo —tanto británicas como de la Commonwealth— para ponerse a las órdenes de Wavell. Wavell, un hombre taciturno e inteligente, amante de la poesía, no inspiraba la confianza de Churchill. Al belicoso primer ministro británico le gustaban los tipos beligerantes, especialmente en Oriente Medio, donde los italianos eran sumamente vulnerables. Y Churchill ya comenzaba a impacientarse. No quería darse cuenta de la «pesadilla» que suponía para la intendencia una guerra en el desierto. Wavell, temeroso de que el primer ministro pudiera interferir en sus planes, no le dijo a Churchill que ya estaba preparando un plan para contraatacar, la llamada Operación Compass. Solo se lo comunicó a Anthony Edén cuando este le solicitó el armamento que necesitaban desesperadamente los británicos para poder ayudar a los griegos. Según cuenta Churchill, cuando Edén regresó a Londres y le informó del plan de Wavell, el primer ministro, feliz, «ronroneó como seis gatos juntos».22 Inmediatamente instó a Wavell a lanzar su ataque a la mayor brevedad posible, dándole como máximo un mes de plazo. El comandante de la Fuerza del Desierto Occidental era el teniente general Richard O'Connor. Enjuto y fuerte, este decidido militar tenía a sus órdenes la 7.ª División Acorazada y la 4.ª División India, que mandó desplegar a unos cuarenta kilómetros al sur de la principal posición italiana en Sidi Barrani. Un destacamento más reducido, la llamada Fuerza Selby, ocupó desde Mersa Matruh la carretera de la costa para avanzar hacia Sidi Barrani desde el oeste. Varios navíos de la Marina Real navegaban cerca del litoral, preparados para apoyar la operación con sus cañones. O'Connor ya se había encargado de ocultar depósitos de municiones y pertrechos en escondites avanzados. Como se sabía que los italianos disponían de numerosos agentes en El Cairo, incluso en el círculo del propio rey Faruk, resultaba muy difícil mantener toda aquella operación en secreto. Así pues, para que todo el mundo creyera que no estaba planeando nada, el general Wavell, acompañado de su esposa e hijas, acudió a las carreras de Gezira justo antes de que comenzara la batalla. Aquella noche dio una fiesta en el club privado del hipódromo. Cuando a primera hora del 9 de diciembre se dio inicio a la Operación Compass, los británicos pudieron comprobar que habían logrado su objetivo de sorprender a las fuerzas enemigas. En menos de treinta y seis horas, la División India, con su punta de lanza formada por los carros blindados Matilda del 7.° Regimiento Real de Tanques, conquistó las principales posiciones italianas situadas en las inmediaciones de Sidi Barrani. Un destacamento de la 7.ª División Acorazada se dirigió al noroeste para cortar la carretera que unía Sidi Barrani y Buqbuq, mientras el grueso de la formación se lanzaba al ataque contra la División Catanzaro en los alrededores de Buqbuq. La 4.ª División India capturó Sidi Barrani a última hora del 10 de diciembre, y cuatro divisiones italianas presentes en la zona se rindieron al día siguiente. Buqbuq también fue capturada, y la División Catanzaro destruida. Solo la División de Infantería Cirene, que se encontraba a unos cuarenta kilómetros al sur, consiguió escapar replegándose a toda prisa al paso montañoso de Halfaya. Las tropas de O'Connor habían obtenido una victoria aplastante. Aunque habían sufrido seiscientas veinticuatro bajas, habían capturado treinta y ocho mil trescientos soldados enemigos, doscientos treinta y siete cañones y setenta y tres carros de combate. O'Connor quería pasar inmediatamente a la siguiente fase de la operación, pero tuvo que esperar. Buena parte de la 4.ª División India fue trasladada a Sudán para repeler el ataque de las fuerzas del duque de Aosta en Abisinia. En sustitución de esos hombres llegó una avanzadilla de la 6.ª División Australiana, su 16.ª Brigada de Infantería. El puerto libio de Bardia, situado junto a la frontera con Egipto, era el objetivo principal. Siguiendo instrucciones de Mussolini, el mariscal Graziani concentró seis divisiones en sus alrededores. La infantería de O'Connor atacó el 3 de enero de 1941, con el apoyo de sus últimos Matilda. Tres días más tarde, los italianos se rindieron a la 6.ª División Australiana, que hizo cuarenta y cinco mil prisioneros y capturó cuatrocientos sesenta y dos cañones de campaña y ciento veintinueve carros de combate. El comandante italiano, el general Annibale Bergonzoli, apodado «barba eléctrica» por el erizado pelo que cubría su mentón, consiguió huir, dirigiéndose hacia el oeste. En las filas de los atacantes hubo solo ciento treinta muertos y trescientos veintiséis heridos. Mientras tanto, la 7.ª División Acorazada había comenzado el avance hacia Tobruk. Desde Bardia salieron inmediatamente dos brigadas australianas para unirse al asedio de esa ciudad. Tobruk también cayó, lo que supuso para las fuerzas británicas la captura de otros veinticinco mil prisioneros, doscientos ocho cañones, ochenta y siete vehículos blindados y catorce prostitutas del ejército italiano que fueron enviadas a un convento de Alejandría donde languidecerían miserablemente durante el resto de la guerra. O'Connor quedó desconcertado cuando se enteró de que el ofrecimiento de fuerzas de tierra y de aviones a Grecia por parte de Churchill ponía en grave peligro las ulteriores fases de su ofensiva. Por fortuna, Metaxas declinó la oferta. En su opinión, con el envío de un número de divisiones inferior a nueve simplemente se corría el peligro de provocar una intervención de los alemanes sin esperanzas de poder repelerla. El imperio italiano de África Oriental siguió desmoronándose irremisiblemente. El 19 de enero, con la 4.ª División India en Sudán dispuesta a entrar, la fuerza del general William Platt se lanzó contra el ejército del duque de Aosta, aislado y mal pertrechado en Abisinia. Dos días después, se produjo el regreso del emperador Haile Selassie, que llegó acompañado del comandante Orde Wingate para unirse a la liberación de su país. Y en el sur, un contingente a las órdenes del general Alan Cunningham lanzó un ataque desde Kenia. El ejército del príncipe italiano, ahogado por la falta de provisiones, apenas pudo oponer resistencia. En Libia, O'Connor decidió poner el máximo empeño en atrapar al grueso del ejército italiano concentrado en la costa de Cirenaica. Con esta finalidad, envió a la 7.ª División Acorazada al golfo de Sirte, al sur de Bengasi. Pero esta formación disponía en aquellos momentos de solo ciento cuarenta y cinco tanques en funcionamiento, y la situación de los abastecimientos era desesperada, pues las líneas de comunicación se extendían a lo largo de más de mil trescientos kilómetros hasta la ciudad de El Cairo. O'Connor ordenó que la división se detuviera cerca de un bastión italiano en Mechili, al sur del macizo de Jebel Akhdar. Pero poco después las patrullas de vehículos blindados y los aviones de la RAF observaron indicios de una gran retirada. El mariscal Graziani había comenzado la evacuación de todas las tropas italianas presentes en Cirenaica. El 4 de febrero, comenzó muy en serio lo que los regimientos de caballería llamarían «la carrera con hándicap de Bengasi». Con el 11.° Regimiento de Húsares al frente, la 7.ª División Acorazada avanzó por aquellos inhóspitos territorios para atrapar a los hombres que quedaban del X Ejército italiano antes de que lograran escapar. La 6.ª División australiana, tras perseguir por la costa a las fuerzas enemigas en retirada, entró en Bengasi el 6 de febrero. Cuando se enteró de que los italianos estaban evacuando Bengasi, el general Michael Creagh de la 7.ª División Acorazada ordenó que una columna avanzara para acorralarlos en Beda Fomm. Este destacamento, el 11.° de Húsares, el 2.° Batallón de la Brigada de Fusileros y tres baterías de la Royal Horse Artillery alcanzaron la carretera justo a tiempo. Ante unos veinte mil italianos desesperados por escapar, temieron verse superados por tan gran número de hombres. Pero cuando parecía que iban a quedar aislados en la zona del interior, llegaron los tanques ligeros del 7.° de Húsares. Los carros de combate británicos cargaron contra el flanco izquierdo de los italianos en huida, provocando el pánico y el caos. La intensidad de los combates solo disminuyó cuando comenzó a caer la noche. La batalla se reanudó al amanecer, con la llegada de más tanques italianos. Pero la columna destacada de los británicos también empezó a recibir refuerzos con la aparición de los primeros escuadrones de la 7.ª División Acorazada. En su afán por seguir adelante, más de ochenta tanques italianos fueron destruidos. Mientras tanto, los australianos que avanzaban desde Bengasi comenzaron a ejercer más presión por la retaguardia. El 7 de febrero, después de ver cómo se frustraba su último intento por escapar, el general Bergonzoli se rindió al teniente coronel John Combe del 11.° Regimiento de Húsares. Muerto el general Tellera, «barba eléctrica» era el único alto oficial del X Ejército que seguía vivo. La vista no llegaba a alcanzar hasta dónde se extendía aquel número ingente de soldados italianos que, exhaustos y abatidos, permanecían sentados y acurrucados bajo la intensa lluvia. Se cuenta que, cuando le preguntaron por radio cuántos prisioneros habían hecho, uno de los subalternos de Combe respondió, con la despreocupación y el desparpajo propios de los soldados de caballería: «¡Oh!, diría que varias hectáreas». Cinco días más tarde, llegó a Trípoli el Generalleutnant Erwin Rommel, acompañado por las tropas de avanzadilla de la formación que pasaría a la historia con el nombre de Afrika Korps. 10 LA GUERRA DE LOS BALCANES DE HITLER (marzo-mayo de 1941) Tras darse cuenta de que había fracasado en todos sus intentos por derrotar a Gran Bretaña, Hitler decidió concentrarse en el que era el objetivo principal de su existencia. Pero antes de lanzarse a la invasión de la Unión Soviética, estaba firmemente decidido a asegurar sus dos flancos. Empezó negociaciones con Finlandia, pero lo más importante era controlar los Balcanes en el sur. Los yacimientos petrolíferos de Ploesti proporcionarían el combustible necesario para sus divisiones panzer, y el ejército rumano del mariscal Antonescu ofrecería potencial humano. Como la Unión Soviética también consideraba que el sureste de Europa pertenecía a su esfera de influencia, el Führer era perfectamente consciente de que debía actuar con muchísima precaución para no provocar a Stalin antes de poner en marcha su plan. Con su desastroso ataque contra Grecia, Mussolini había conseguido precisamente lo que Hitler más temía: una presencia militar británica en el sureste de Europa. En abril de 1939 Gran Bretaña había garantizado su apoyo a Grecia, y en virtud de ese compromiso el general Metaxas había pedido ayuda. Los ingleses ofrecieron cazas —los primeros escuadrones de la RAF llegaron a Grecia la segunda semana de noviembre de 1940—, y un contingente de tropas británicas desembarcó en Creta para encargarse de la defensa de la isla y permitir que los soldados griegos pasaran al frente albanés. Hitler se alarmó ante la posibilidad de que los bombarderos británicos utilizaran los aeródromos griegos para lanzar ataques contra los yacimientos petrolíferos de Ploesti, y pidió al gobierno búlgaro que estableciera inmediatamente puestos de vigilancia a lo largo de su frontera. Sin embargo, Metaxas, que no quería provocar a la Alemania nazi, insistió en que no se bombardearan los pozos de Ploesti. Grecia podía enfrentarse al ejército italiano, pero no a la Wehrmacht. Hitler, no obstante, ya había comenzado a considerar la posibilidad de invadir Grecia, en parte para poner fin a la humillación sufrida por Italia, que repercutía negativamente en el conjunto de las fuerzas del Eje, pero sobre todo para proteger Rumania. El 12 de noviembre ordenó que el OKW preparara un plan de invasión a través de Bulgaria con el fin de asegurar la costa septentrional del Egeo. Dicho plan recibió el nombre de Operación Marita. A la Luftwaffe y a la Kriegsmarine no les costó convencer al Führer de incluir en la campaña toda la Grecia continental. La Operación Marita debía ser la culminación de la Operación Félix, el ataque contra Gibraltar en la primavera de 1941, y de la ocupación del noroeste de África con dos divisiones. Movido por el temor de que las colonias francesas acabaran abandonando al régimen de Vichy, Hitler ordenó que se preparara un plan de emergencia para poner en marcha la Operación Atila, esto es, la captura de las posesiones y la flota de Francia. Estas acciones debían ser llevadas a cabo de forma despiadada si se oponía la más mínima resistencia. Como Gibraltar era fundamental para la presencia de los británicos en el Mediterráneo, Hitler pensó en enviar al almirante Canaris, jefe de la Abwehr, a entrevistarse con Franco. Su misión consistía en llegar a un acuerdo para que las tropas alemanas pudieran transitar por las carreteras del levante español en el mes de febrero. Pero pronto se vería que la seguridad de Hitler en que Franco aceptara finalmente entrar en la guerra al lado de las fuerzas del Eje era demasiado optimista. El «Caudillo» dejó «bien claro que solo entraría en la guerra cuando fuera inminente la caída de Gran Bretaña».1 Hitler estaba decidido a no abandonar este proyecto, pero frustrados temporalmente sus planes en el Mediterráneo occidental, centró su atención en el flanco sur para poner en marcha la Operación Barbarroja. El 5 de diciembre de 1940, Hitler puso de manifiesto su intención de enviar únicamente dos grupos de la Luftwaffe a Sicilia y al sur de Italia para atacar las fuerzas navales británicas del Mediterráneo oriental. En aquellos momentos, era contrario a la idea de trasladar tropas de tierra a Libia para apoyar a los italianos. Sin embargo, la segunda semana de enero de 1941, el éxito abrumador de las tropas de O'Connor en su avance lo obligó a replantearse la situación. Libia le importaba muy poco, pero si Mussolini era derrocado como consecuencia de la derrota, las fuerzas del Eje sufrirían un duro golpe que daría nuevos ánimos a sus enemigos. Se vio aumentada la presencia de la Luftwaffe en Sicilia con la llegada de todos los efectivos del X Fliegerkorps, y la 5.ª División Ligera recibió la orden de prepararse para dirigirse al norte de África. Pero el 3 de febrero saltó una alarma: era evidente que Tripolitania también estaba en peligro. Hitler ordenó el traslado a la zona de una formación que debía ponerse a las órdenes del Generalleutnant Rommel, al que conocía muy bien por las campañas de Polonia y Francia. La unidad recibiría el nombre de Deutsches Afrika-Korps, y la operación se llamaría Sonnenblume («Girasol»). Mussolini no tuvo más remedio que acceder a que Rommel asumiera el mando efectivo de las fuerzas italianas. Rommel mantuvo una serie de entrevistas en Roma el 10 de febrero, y dos días más tarde voló a Trípoli. Enseguida descartó todos los planes italianos para la defensa de la ciudad. Quería que el frente avanzara para situarse cerca de Sirte hasta que sus tropas desembarcaran, pero pronto se dio cuenta de que esa operación requería su tiempo. La 5.ª División Ligera no estaría preparada para entrar en acción hasta comienzos de abril. En Sicilia, mientras tanto, el X Fliegerkorps bombardeaba la isla de Malta, especialmente los aeródromos y la base naval de La Valeta, y atacaba los convoyes británicos que divisaba navegando por el Mediterráneo. La Kriegsmarine también trató de convencer a la marina italiana de que sus navíos abrieran fuego contra la flota británica del Mediterráneo, pero hasta finales de marzo de poco le sirvieron todos sus argumentos. Durante los tres primeros meses de 1941 fueron desarrollándose los preparativos para poner en marcha la Operación Marita, esto es, la invasión de Grecia. Varias formaciones del XII Ejército, a las órdenes del Generalfeldmarschall Wilhelm List, cruzaron Hungría hasta llegar a Rumania. Estos dos países tenían gobiernos anticomunistas, y se habían convertido en aliados del Eje tras unas enérgicas y efectivas negociaciones diplomáticas. También había que ganarse a Bulgaria para que las fuerzas alemanas pudieran cruzar su territorio. Stalin observaba todos esos movimientos con mucho recelo. No le convencían las reiteradas promesas nazis de que la presencia alemana en la zona tenía como único objetivo Gran Bretaña, pero poco podía hacer al respecto. Los británicos, dándose cuenta perfectamente de la concentración de tropas alemanas en la región del bajo Danubio, decidieron actuar. Churchill, por razones de credibilidad de su país, y con la esperanza de impresionar a los estadounidenses, ordenó a Wavell que se olvidara de la idea de avanzar hacia Tripolitania y enviara tres divisiones a Grecia. Acababa de fallecer Metaxas, y el nuevo primer ministro, Alexandros Koryzis, viendo claramente la amenaza alemana, estaba dispuesto a aceptar cualquier ayuda por pequeña que fuera. Ni Wavell ni el almirante Cunningham creían que esa fuerza expedicionaria sería capaz de detener el avance alemán, pero como Churchill consideraba que estaba en juego el honor de Gran Bretaña, y Edén estaba completamente convencido de que aquel era el camino correcto, el 8 de marzo no tuvieron más remedio que ceder y acatar las órdenes recibidas. De hecho, más de la mitad de los cincuenta y ocho mil efectivos que se trasladaron a Grecia para cumplir la promesa de ayuda de los británicos eran australianos y neozelandeses. Eran las formaciones que había disponibles más cerca de la zona, aunque más tarde esta decisión daría lugar a un gran resentimiento en las antípodas. El comandante de la fuerza expedicionaria fue el general sir Maitland Wilson, apodado «Jumbo» por su físico robusto y su elevada estatura. Wilson no se hacía falsas ilusiones con la batalla que le esperaba. Tras celebrar una reunión con el ministro plenipotenciario británico en Grecia, sir Michael Palairet, en la que este le expuso la situación con una gran dosis de optimismo, a Maitland se le oyó decir: «Bueno, no sé. Yo ya he pedido que preparen mis mapas del Peloponeso».2 Esta región situada en el extremo meridional de Grecia continental era el lugar del que debían ser evacuadas sus tropas si se producía una derrota. Los oficiales de rango superior creían que la aventura en Grecia podía convertirse en «otra Noruega». Por otra parte, los oficiales australianos y neozelandeses más jóvenes extendían entusiasmados los mapas de los Balcanes para estudiar posibles rutas de invasión a través de Yugoslavia en dirección a Viena. La Fuerza W de Wilson se preparó para repeler una invasión alemana por Bulgaria. Tomó posiciones a lo largo de la línea Aliakmon, que dibujaba una diagonal desde la frontera yugoslava hasta la costa del Egeo, al norte del monte Olimpo. La 2.ª División neozelandesa del general Bernard Freyberg se situó a la derecha, y la 6.ª División australiana a la izquierda, mientras que la 1.ª Brigada Acorazada británica se colocó delante a modo de parapeto. Los soldados aliados recordarían aquellas largas jornadas de espera como idílicas. Aunque arreciaba el frío por las noches, el tiempo era espléndido, las montañas estaban cubiertas de flores silvestres y los aldeanos griegos no habrían podido ser más generosos y amables. Mientras las tropas británicas y las de la Commonwealth presentes en Grecia esperaban la llegada del invasor alemán, la Kriegsmarine insistía en que la Armada italiana debía atacar la flota británica para distraer su atención de los buques que trasladaban a los hombres de Rommel al norte de África. Los italianos recibirían el apoyo del X Fliegerkorps en el sur de Italia, y se les animó a tomar represalias por el bombardeo de Genova por parte de la Marina Real inglesa. El 26 de marzo, la Armada italiana se hizo a la mar con el acorazado Vittorio Véneto, seis cruceros pesados, dos ligeros y trece destructores. Cunningham, que tuvo noticia de esta amenaza gracias a una interceptación Ultra de un mensaje de la Luftwaffe, decidió utilizar las naves disponibles necesarias para enfrentarse a aquel enemigo: su propia Fuerza A, con los acorazados Warspite, Valiant y Barham, el portaaviones Formidable y nueve destructores, así como la Fuerza B, con cuatro cruceros ligeros y otros tantos destructores. El 28 de marzo, un hidroavión del Vittorio Véneto avistó los cruceros de la Fuerza B. La escuadra del almirante Angelo Iachino salió tras ellos. El comandante italiano ignoraba la presencia de naves de Cunningham al este de Creta y al sur del cabo de Matapán. Del Formidable despegaron aviones torpederos para atacar al Vittorio Véneto, que al final logró escapar. Un segundo grupo aéreo causó graves daños en el crucero pesado Pola, obligándolo a detener sus motores. Otros barcos italianos recibieron la orden de acudir en su ayuda, brindando así una nueva oportunidad a los británicos. El intenso fuego de su artillería mandó a pique tres cruceros pesados, incluido el Pola, y dos destructores del enemigo. Aunque Cunningham sintió una profunda decepción porque se le había escapado de las manos el Vittorio Véneto, la batalla del cabo de Matapán supondría una gran victoria psicológica para los hombres de la Marina Real británica. El asalto a Grecia de los alemanes estaba previsto que comenzara en los primeros días de abril, pero, inesperadamente, estalló una crisis en Yugoslavia. Hitler había tratado de ganarse a este país, especialmente a su regente, el príncipe Pablo, en el curso de la ofensiva diplomática puesta en marcha para asegurarse el control de los Balcanes antes de iniciar la Operación Barbarroja, esto es, la invasión de la Unión Soviética. Pero entre la población había comenzado a crecer un sentimiento de hostilidad hacia los alemanes, debido en gran medida a las continuas presiones por parte del gobierno nazi para quedarse con todos sus recursos. En repetidas ocasiones, Hitler había instado al gobierno de Belgrado a unirse al Pacto Tripartito, y el 4 de marzo, el Führer y Ribbentrop presionaron descaradamente al príncipe Pablo en este sentido. Las autoridades yugoslavas iban dando largas, conscientes de la creciente oposición de su pueblo, pero Berlín no cejaba en su empeño. Finalmente, el 25 de marzo, el príncipe Pablo y varios representantes del gobierno suscribieron el Pacto Tripartito en la ciudad de Viena. Dos días más tarde, un grupo de oficiales serbios dio un golpe de estado en Belgrado. El príncipe Pablo firmó su renuncia a la regencia, y subió al trono el joven rey Pedro II. La capital yugoslava se convirtió en un escenario de manifestaciones contra Alemania, llegándose incluso a atacar el coche del ministro plenipotenciario germano. Hitler, según cuenta su intérprete, «clamó venganza».3 Estaba convencido de que los británicos tenían mucho que ver con aquel golpe. Mandó llamar inmediatamente a Ribbentrop, que estaba entrevistándose con el ministro de asuntos exteriores japonés, al que acababa de proponer la conquista de Singapur por parte de la Armada Imperial. Luego el Führer ordenó que el OK.W preparara un plan de invasión. No habría previamente ningún ultimátum ni ninguna declaración oficial de guerra. La Luftwaffe simplemente debía atacar Belgrado lo antes posible. La operación se llamaría Strafgericht, «Castigo». Hitler consideró el golpe en Belgrado del 27 de marzo una «prueba decisiva» de la «conspiración de los belicistas anglosajones judíos y de los judíos que ostentan el poder en los cuarteles generales bolcheviques de Moscú».4 Incluso llegó a convencerse de que constituía un verdadero ultraje, una infame violación del pacto germano- soviético de amistad, que él mismo ya tenía planeado romper. Aunque las autoridades yugoslavas habían declarado Belgrado «ciudad abierta», Strafgericht se puso en marcha el domingo de Ramos, 6 de abril. Durante dos largos días, la Cuarta Flota Aérea alemana se dedicó a bombardear la ciudad. Es imposible precisar cuántos muertos hubo entre la población civil. Los cálculos oscilan entre los mil quinientos y los treinta mil, siendo lo más probable que el número verdadero se sitúe a medio camino entre estas dos cifras.5 El gobierno yugoslavo firmó inmediatamente un pacto con la Unión Soviética, pero Stalin se abstuvo de intervenir para no provocar a Hitler. Mientras la Luftwaffe bombardeaba Belgrado con quinientos aviones aquel domingo de Ramos, el ministro plenipotenciario de Alemania en Atenas comunicaba al primer ministro griego que fuerzas de la Wehrmacht procederían a la invasión de su país debido a la presencia de tropas británicas en el territorio. Koryzis respondió que Grecia iba a defenderse. El 6 de abril, justo antes de que amaneciera, el XII Ejército de List empezó una serie de ataques simultáneos en el sur de Grecia y el oeste de Yugoslavia. «A las 05:30 comienza la ofensiva contra Yugoslavia», escribió en su diario un Gefreiter de la 11.ª División Panzer. «Los carros blindados ya están avanzando. La artillería ligera abre fuego, la artillería pesada entra en acción. Aparecen los aviones de reconocimiento, luego cuarenta Stukas bombardean las posiciones, el cuartel arde en llamas... una imagen magnífica al amanecer».6 A primera hora de aquella misma mañana, el comandante del VIII Cuerpo Aéreo, el general Wolfram von Richthofen, célebre por su arrogancia, contemplaba el ataque de la 5.ª División de Montaña en el paso de Rupel, cerca de la frontera yugoslava, y observaba cómo sus aviones entraban en acción. «En el puesto de mando a las 04:00», anotó en su diario. «Cuando comienza a clarear, la artillería abre fuego. Potentes fuegos de artificio. Luego las bombas. Me asalta la idea de si no estaremos tratando a los griegos con demasiados honores».7 Pero la 5.ª División de Montaña recibió una desagradable sorpresa cuando los aviones de Richthofen comenzaron a bombardearla por error. Por si fuera poco, los griegos demostraron mucha más tenacidad que la que había imaginado el soberbio general alemán. El ejército yugoslavo, que fue movilizado a toda prisa y carecía de cañones antitanque y de baterías antiaéreas, poco podía hacer frente al poderío de la Luftwaffe y las divisiones panzer. Los alemanes comprobaron que las unidades serbias resistían con mayor determinación que las de los croatas y los macedonios, que a menudo se rendían a la menor oportunidad. Una columna de mil quinientos prisioneros fue atacada por error por los bombarderos en picado alemanes, matando a un «número espeluznante» de ellos. «¡Así es la guerra!», comentaría Richthofen a propósito del incidente.8 La invasión de Yugoslavia supuso un peligro añadido, e inesperado, para la línea defensiva Aliakmon. Si, como era de esperar, los alemanes entraban por el valle de Monastir, próximo a Florina, las posiciones aliadas se verían rápidamente rodeadas. En previsión de esta amenaza, había que desplazar la línea Aliakmon para alejarla más de la frontera. Hitler quería aislar y destruir a la fuerza expedicionaria aliada enviada a Grecia. Ignoraba que el general Wilson contaba con una ventaja secreta. Por primera vez, las interceptaciones Ultra podían proporcionar información sobre los movimientos de la Wehrmacht a un comandante en el campo de batalla. Sin embargo, tanto el mando griego como el británico quedaron consternados por la rapidez con la que se hundió el ejército yugoslavo, que solo mató a ciento cincuenta y un alemanes en toda la campaña. Las fuerzas griegas encargadas de la defensa de la línea Metaxas, situada cerca de la frontera con Bulgaria, combatieron con gran arrojo, pero al final una parte del XVIII Cuerpo de Montaña alemán consiguió abrir una brecha en ese frente por el extremo suroriental de Yugoslavia, dejando expedito el camino a Salónica. La mañana del 9 de abril, Richthofen recibió la «sorprendente noticia»9 de que la 2.ª División Panzer había llegado a las inmediaciones de dicha ciudad. Pero los griegos siguieron organizando contraofensivas cerca del paso de Rupel, obligando a Richthofen, que ya había empezado a respetar al enemigo, a desviar bombarderos para repelerlas. Al sur de Vevi, la 1.ª Brigada Acorazada británica se encontró el 11 de abril ante una parte de la SS Leibstandarte Adolf Hitler. Gerry de Winton, comandante del batallón de transmisiones, recordaría aquella escena en el valle poco antes del anochecer «como un cuadro de lady Butler, con la puesta del sol a la izquierda, los alemanes atacando frontalmente, y a la derecha los artilleros colocados en formación de combate con sus armones».10 Una interceptación Ultra reveló que la actitud de los aliados hacía mella en el enemigo. «Cerca de Vevi Schutzstaffel Adolf Hitler encuentra férrea resistencia». 11 Sin embargo, hubo pocas acciones como esa. Las unidades aliadas comenzaron a retroceder, retirándose de un paso de montaña a otro, con los alemanes pisándoles siempre los talones. Las unidades griegas, que carecían de medios de transporte motorizados, no podían replegarse al mismo ritmo, de modo que se abrió en la línea defensiva del frente albanés un gran hueco entre la Fuerza W y el Ejército del Epiro heleno. Las columnas en retirada no solo sufrían constantes ataques de la aviación enemiga, sino que se veían obligadas a abandonar y destruir los tanques —y otros vehículos—, incapaces de avanzar por aquellos caminos pedregosos. Poco pudo hacer la RAF, con sus escasas escuadrillas de cazas Hurricane, ante la aplastante superioridad numérica de los Messerschmitt de Richthofen. Y durante la retirada, a sus hombres, que tenían que replegarse de un aeródromo improvisado a otro, les asaltaba constantemente el recuerdo de la caída de Francia. Los pilotos alemanes que saltaban en paracaídas cuando su avión era derribado corrían el peligro de sufrir las iras de los aldeanos griegos sedientos de venganza. El 17 de abril, los yugoslavos capitularon. Invadidos por el norte desde territorio austriaco, desde Hungría, desde Rumania y también desde Bulgaria por el ejército de List, sus escasas y desperdigadas fuerzas apenas habían podido reaccionar a la agresión. La 11.ª División Panzer estaba muy satisfecha de sí misma. «En menos de cinco días, siete divisiones enemigas destruidas», anotó un Gefreiter en su diario, «una gran cantidad de material bélico capturado, treinta mil hombres hechos prisioneros, Belgrado obligada a rendirse. Ínfimas nuestras pérdidas».12 Un integrante de la SS Das Reich se hacía la siguiente pregunta: «¿Acaso creían los serbios que, con un ejército pobre en efectivos, anticuado y mal entrenado, tenían alguna posibilidad frente a la Wehrmacht alemana? ¡Es como si una lombriz de tierra pretendiera engullir una boa constrictor!».13 A pesar de la fácil victoria, Hitler deseaba vengarse de la población serbia, a la que seguía considerando el elemento terrorista responsable de la Primera Guerra Mundial y todos sus males. Había que dividir Yugoslavia, entregando pedazos de su territorio a los aliados húngaros, búlgaros e italianos. Croacia, bajo un régimen fascista, se convirtió en protectorado de Italia, y Alemania ocupó Serbia. La dureza con la que los nazis tratarían a los serbios resultaría sumamente contraproducente, pues dio lugar a una guerra de guerrillas absolutamente brutal e interfirió en la explotación de los recursos del país. En Grecia, la retirada de las fuerzas aliadas y los helenos, mezclados con yugoslavos refugiados, produjo imágenes alucinantes. Una vez, en medio de una larga columna militar, pudo verse a un playboy de Belgrado, con sus zapatos bicolor, en un Buick biplaza descapotable, acompañado de su amante. Y en otra ocasión, un oficial militar pensó por un momento que estaba soñando cuando vio, «bajo la luz de la luna, a un escuadrón de lanceros serbios con sus largas capas, avanzando como fantasmas de los derrotados en guerras de antaño».14 Cuando el ejército griego (a la izquierda) y la Fuerza W (a la derecha) perdieron contacto, el general Wilson ordenó una retirada a la línea de las Termopilas. El repliegue pudo llevarse a cabo gracias a la valiente defensa del valle del Tempe, en el curso de la cual la 5.ª Brigada de Nueva Zelanda consiguió detener el avance de la 2.ª División Panzer y la 6.ª División de Montaña durante tres días. Pero una interceptación Ultra informó de que los alemanes habían conseguido abrirse paso por la costa del Adriático, y se dirigían al golfo de Corinto. Para las tropas aliadas resultó muy embarazoso tener que volar puentes y líneas ferroviarias durante su retirada, pero la población local nunca dejó de tratarlos con gran cordialidad y mucha comprensión. Aunque sus perspectivas ante la llegada de la fuerza invasora eran muy negras, los popes ortodoxos continuaban bendiciendo los vehículos de los soldados en retirada, y las mujeres les entregaban flores y pan. Ignoraban el cruel destino que les aguardaba. En apenas unos pocos meses, la hogaza de pan costaría dos millones de dracmas, y durante el primer año de ocupación murieron de hambre más de cuarenta mil griegos.15 El 19 de abril, al día siguiente de que se suicidara el primer ministro griego, el general Wavell voló hasta Atenas para hablar de la situación. Debido a la incertidumbre del momento, sus oficiales de estado mayor acudieron a la cita armados con sus revólveres reglamentarios. La decisión de evacuar a todas las tropas de Wilson se tomó a la mañana siguiente. Aquel día, los últimos quince Hurricane derribaron ciento veinte aparatos alemanes en el cielo de Atenas. En el cuartel general de la legación británica y de la Misión Militar, con sede en el Hotel Grande Bretagne, se empezó a quemar documentos, entre otros los más importantes, los mensajes Ultra. Cuando corrió la noticia de la orden de evacuación, la población local no dejó de vitorear a las tropas aliadas en retirada. «¡Mucha suerte, y volved!», gritaban los griegos. «¡Regresad con la victoria!» Muchos oficiales y soldados hacían un esfuerzo por contener el llanto cuando pensaban que dejaban a toda aquella gente abandonada a su suerte. Solo tenían una cosa en la cabeza: partir a toda prisa en medio de tanto caos. Con una fuerte retaguardia de australianos y neozelandeses para frenar a los alemanes, los restos de la Fuerza W consiguieron abrirse paso hasta los lugares desde donde debían ser evacuados: unos hasta Rafina y Porto Rafti, en el sur de Atenas, otros hasta la costa meridional del Peloponeso. Los alemanes estaban decididos a no permitir que tuviera lugar otro «Dünkirchen — Wunder», o «Milagro de Dunkerque».16 Aunque el general Papagos y el rey Jorge II de Grecia querían continuar con los combates mientras la fuerza aliada expedicionaria siguiera en el continente, los comandantes del Ejército del Epiro, que luchaba contra los italianos, decidieron rendirse a los alemanes. El 20 de abril, el general Georgios Tsolakoglou empezó las negociaciones con el Generalfeldmarschall List, pero puso una condición: que el ejército griego no tuviera que tratar con los italianos. List aceptó. Cuando se enteró de ello, Mussolini, furibundo, se quejó a Hitler, quien, una vez más, no quiso que se humillara a su aliado. El Führer envió al Generalleutnant Alfred Jodl del OKW a la ceremonia de la rendición —a la que asistieron los oficiales italianos —, en vez de encomendar esta tarea a List, que montó en cólera. El entusiasmo que suscitó aquella fácil victoria queda patente en las palabras de un oficial de artillería de la 11.ª División Panzer, quien, el 22 de abril, en una carta dirigida a su esposa decía: «Cuando veía al enemigo, disparaba contra él, sintiendo siempre un placer salvaje y real en el combate. Ha sido una guerra alegre... Estamos bronceados y seguros de la victoria. Es maravilloso pertenecer a una división como esta».17 En sus reflexiones, un capitán de la 73.ª División de Infantería alemana decía que la paz llegaría incluso a los Balcanes con un Nuevo Orden Europeo «de modo que nuestros hijos no volverán a vivir ninguna otra guerra».18 Inmediatamente después de la entrada en Atenas de las primeras unidades alemanas el día 26 de abril, en lo alto de la Acrópolis fue izada una enorme bandera con la esvástica roja. Ese mismo día, al amanecer, varias unidades paracaidistas alemanas cayeron sobre el lado sur del canal de Corinto para tratar de impedir la retirada de los aliados. En unos encarnizados combates, sufrieron importantes pérdidas a manos de un grupo de neozelandeses con sus cañones Bofors y de unos cuantos tanques ligeros del 4.° Regimiento de Húsares. Además, fracasaron en su objetivo principal, la captura del puente. Los dos oficiales zapadores que habían preparado su demolición consiguieron volver a rastras y lo volaron. Mientras los alemanes celebraban su victoria en el Ática, seguía llevándose a cabo a un ritmo desesperado la evacuación de las fuerzas de Wilson. Se utilizaron todos los medios disponibles. Los bombarderos ligeros Blenheim y los hidroaviones Sunderland pudieron despegar con varios efectivos amontonados en los compartimentos de las bombas y en las torretas. Caiques, vapores volanderos y todo tipo de embarcaciones disponibles pusieron rumbo a Creta. La Marina Real envió seis cruceros y diecinueve destructores para proceder de nuevo a la evacuación de un ejército derrotado. Las carreteras que llevaban a los puertos del sur del Peloponeso quedaron bloqueadas por los vehículos militares que habían sido saboteados precipitadamente. Al final, de los cincuenta y ocho mil hombres enviados a Grecia, solo catorce mil cayeron prisioneros de los alemanes. Otros dos mil murieron o resultaron heridos en los combates. En términos de potencial humano, la derrota habría podido ser mucho peor, pero la pérdida de vehículos blindados, de camiones, de armas y de equipamiento supuso un duro varapalo, sobre todo en un momento en el que Rommel estaba avanzando hacia Egipto. Una vez asegurado su flanco sur, Hitler sintió un gran alivio, aunque poco antes de que finalizara la guerra atribuiría a esta campaña su retraso en poner en marcha la Operación Barbarroja. En los últimos años, los historiadores han estudiado las repercusiones que tuvo la Operación Marita en la invasión de la Unión Soviética. En su debate, la mayoría ha llegado a la conclusión de que fueron mínimas. El aplazamiento de la Operación Barbarroja de mayo a junio se atribuye normalmente a otros factores, como, por ejemplo, al retraso en la asignación de los medios de transporte motorizados, principalmente los vehículos capturados al ejército francés en 1940; a problemas relacionados con la distribución de combustible; o a las intensas lluvias a finales de aquella primavera que dificultaron la creación de aeródromos avanzados para la Luftwaffe. Pero hay un hecho que casi nadie pone en tela de juicio: la Operación Marita sirvió para que Stalin se convenciera de que el ataque alemán en el sur tenía por objetivo la captura del canal de Suez, no una invasión de la Unión Soviética.19 Durante la travesía por el Egeo, los navíos que transportaban a los soldados de la Fuerza W intentaron, aunque no siempre con éxito, evitar los cazas y los bombarderos en picado de Richthofen. Fueron hundidos veintiséis, incluidos dos barcos hospital, y perecieron más de dos mil hombres. Más de una tercera parte de ellos murió cuando dos destructores de la Marina Real, el Diamond y el Wryneck, quisieron salvar a los supervivientes de un mercante holandés que había sido hundido. Con sus sucesivos ataques, la aviación alemana consiguió mandar a pique a las dos naves británicas. Buena parte de las fuerzas evacuadas, unos veintisiete mil hombres, desembarcó en el maravilloso puerto natural de la bahía de Suda, en la costa septentrional de Creta, a finales de abril. Los hombres, exhaustos, dejaban atrás las naves y, caminando penosamente, buscaban refugio en los olivares, donde recibían unas cuantas galletas duras y latas de carne. Soldados rezagados, personal de intendencia, unidades sin oficiales y civiles británicos se mezclaban en aquel caos, sin saber dónde ir. Los efectivos de la división neozelandesa de Freyberg desembarcaron en buen estado, así como los de varios batallones australianos. Todos ellos esperaban regresar a Egipto para seguir peleando contra Rommel. A comienzos de febrero el OKW había estudiado la posibilidad de invadir Malta. Tanto el ejército alemán como la Kriegsmarine apoyaban la idea, pues querían asegurar la ruta de los convoyes que se dirigían a Libia. Pero Hitler decidió que había que esperar, y posponer la operación unos meses, hasta que la Unión Soviética fuera derrotada. Era evidente que la presencia de los británicos en Malta suponía un obstáculo para el suministro de provisiones y pertrechos a las fuerzas del Eje en Libia, pero, en opinión del Führer, las bases aliadas en Creta representaban un peligro mucho mayor, pues podían ser utilizadas para llevar a cabo incursiones aéreas contra los yacimientos petrolíferos de Ploesti. Por razones similares, Hitler instó a los italianos a que resistieran en sus islas del Dodecaneso a cualquier precio. Además, la ocupación de Creta supondría para Alemania una ventaja añadida. La isla podría ser empleada por la Luftwaffe como base aérea desde la que bombardear el puerto de Alejandría y el canal de Suez. Antes incluso de la caída de Atenas, los oficiales de la Luftwaffe ya habían empezado a estudiar la posibilidad de asaltar la isla con sus fuerzas aerotransportadas. El general Kurt Student, fundador de las fuerzas aerotransportadas alemanas, era especialmente astuto. La Luftwaffe consideraba que esa operación le devolvería el prestigio perdido tras haber fracasado en la empresa de derrotar a la RAF en la batalla de Inglaterra. Göring bendijo el proyecto y el 21 de abril llevó a Student a entrevistarse con Hitler. El general esbozó su plan de utilizar el XI Cuerpo Aéreo para conquistar Creta, y luego realizar un lanzamiento de tropas en Egipto, coincidiendo con la llegada del Afrika Korps de Rommel. Hitler se mostró algo escéptico, pronosticando importantes pérdidas. Rechazó inmediatamente la segunda parte del plan de Student, pero dio su aprobación a la invasión de Creta, con la condición de que esta no supusiera tener que aplazar la Operación Barbarroja. El plan de Student recibió el nombre secreto de Operación Merkur, esto es, Mercurio. Creta, como sabían perfectamente Wavell y el almirante Cunningham, era difícil de defender. En la costa septentrional de la isla se concentraba la mayoría de sus puertos y aeródromos, lo cual los hacía extremadamente vulnerables a los ataques lanzados por las fuerzas del Eje desde sus aeródromos en el Dodecaneso. Un problema que compartían los barcos encargados de abastecer la isla. A finales de marzo, las interceptaciones Ultra habían identificado la presencia en Bulgaria de parte del XI Cuerpo Aéreo del general Student, incluida la 7.ª División Paracaidista. A mediados de abril, otra interceptación reveló que también habían sido trasladados a ese país doscientos cincuenta aparatos de transporte. Era evidente que se planeaba poner en marcha una gran operación aerotransportada, en la que Creta parecía un objetivo harto probable, especialmente si los alemanes pretendían utilizar la isla como puente para llegar al canal de Suez. Durante la primera semana de mayo, un gran número de interceptaciones Ultra confirmó que Creta era efectivamente el objetivo. Ya en noviembre de 1940, cuando ocuparon la isla, los estrategas británicos sabían que los alemanes solo podrían capturar Creta con un asalto aerotransportado. El poderío de la Marina Real en el Mediterráneo oriental y la falta de barcos de guerra de las armadas del Eje descartaban un ataque anfibio. El brigadier O. H. Tidbury, el primer comandante en Creta, hizo un exhaustivo reconocimiento de la isla, y localizó todos los puntos sobre los que los alemanes podían realizar sus lanzamientos: los aeródromos de Heraclión, Rétimno y Maleme, así como un valle en el suroeste de La Canea. El 6 de mayo, una interceptación Ultra confirmó que los aeropuertos de Maleme y Heraclión iban a ser utilizados para el «desembarco aéreo del resto del XI Fliegerkorps, incluidos el personal del cuartel general y las unidades militares subordinadas»,20 y como bases avanzadas para bombarderos en picado y cazas. Aunque llevaban en Creta prácticamente seis meses, las fuerzas británicas habían hecho muy poco por convertir la isla en una fortaleza, como había pedido Churchill. Ello se debió en parte a la inercia, en parte a la confusión de ideas y en parte al hecho de que la isla no ocupara un puesto destacado en la lista de prioridades de Wavell. Apenas habían comenzado las obras para abrir una carretera que condujera al sur, una zona mucho menos expuesta al ataque enemigo, y la construcción de aeródromos había quedado paralizada. Hasta la bahía de Suda, considerada por Churchill un enclave que podía convertirse en una segunda Scapa Flow para la armada, carecía de las instalaciones necesarias. El general Bernard Freyberg, comandante de la División de Nueva Zelanda distinguido con la Cruz Victoria, no llegó a Creta —a bordo del Ajax— hasta el 29 de abril. Siguiendo la costumbre, había esperado en Grecia hasta el último momento para tener la seguridad de que todos sus hombres hubieran sido evacuados. Hacía tiempo que Churchill admiraba a Freyberg, un tipo corpulento y robusto, por la valentía demostrada durante la funesta campaña de Galípoli. El primer ministro británico solía llamarlo «el gran San Bernardo». Al día siguiente de su llegada, Freyberg fue invitado a entrevistarse con Wavell, que llegó aquella misma mañana a Creta a bordo de un bombardero Blenheim. Se reunieron en una villa situada en la costa. Para consternación de Freyberg, Wavell le pidió que se quedara en Creta con sus neozelandeses y dirigiera la defensa de la isla. Asimismo, lo puso al corriente de los informes de los servicios de inteligencia que hablaban de la inminencia de un ataque alemán, que en aquellos momentos se calculaba que lo pondrían en marcha entre «cinco y seis mil efectivos aerotransportados, siendo probable además un ataque por mar».21 Freyberg se deprimió aún más cuando se enteró de la poca cobertura aérea que tendría a su disposición, pues temía que la Marina Real fuera incapaz de proporcionar la protección necesaria ante una «invasión 22 aerotransportada». Evidentemente, da la impresión de que Freyberg no supo entender correctamente la situación desde un principio. No podía imaginar que Creta fuera capturada con un ataque de fuerzas aerotransportadas, por lo que hacía más hincapié en una amenaza por mar. Wavell, sin embargo, tenía las cosas perfectamente claras, como demuestran sus mensajes a Londres: las fuerzas del Eje simplemente carecían del poderío naval necesario para asaltar la isla por mar. Esta confusión por parte de Freyberg tuvo una influencia fundamental en la disposición original de sus fuerzas y en su manera de dirigir la batalla en el momento más crítico. Las tropas aliadas presentes en la isla a las órdenes de Freyberg serían conocidas como la Creforce. En el este, la 14.ª Brigada de Infantería británica y un batallón australiano tenían encomendada la defensa del aeródromo de Heraclión. Dos batallones de australianos y dos regimientos griegos se encargaban de proteger el aeródromo de Rétimno. Pero al oeste, en el aeródromo de Maleme, principal objetivo de los alemanes, había solo un batallón de neozelandeses. La razón de este escaso número de fuerzas defensivas hay que buscarla en el convencimiento de Freyberg de que iba a producirse un asalto anfibio en la costa situada al oeste de La Canea. En consecuencia, concentró el grueso de su división a lo largo de esa franja, con el Regimiento Welch y un batallón neozelandés como fuerzas de reserva. En el oeste de Maleme no fue posicionada ninguna unidad. El 6 de mayo, los servicios Ultra descifraron un mensaje que ponía al descubierto el plan de los alemanes de lanzar dos divisiones en paracaídas, esto es, más del doble de hombres de lo que Wavell había indicado en un principio. La noticia y los detalles de la operación pronto se vieron confirmados, quedando perfectamente claro que se trataba principalmente de un ataque con fuerzas aerotransportadas. Por desgracia, la Dirección de Inteligencia Militar en Londres había aumentado erróneamente el número de reservas que debían ser transportadas por mar el segundo día. Pero Freyberg fue más allá, imaginando la posibilidad de «un desembarco con tanques en las playas»,23 del que hasta entonces nadie había hablado. Tras la batalla, el general admitiría que «por nuestra parte, lo que más nos preocupaba eran los desembarcos por mar, no el lanzamiento de tropas aerotransportadas».24 Por otro lado, Churchill estaba exultante porque las interceptaciones Ultra habían permitido conocer los pormenores de la invasión alemana con fuerzas paracaidistas. No era habitual que en una guerra se conocieran los objetivos principales y la hora exacta de un ataque enemigo. «Debe convertirse en una gran oportunidad para acabar con la vida de las tropas paracaidistas», diría en un mensaje a Wavell.25 Mientras que los Aliados jugaban con ventaja gracias a la información interceptada, la inteligencia militar alemana se reveló extraordinariamente inepta, tal vez debido a un exceso de confianza tras la facilidad de las victorias conseguidas. Un informe del 19 de mayo, el día antes de que se lanzara el ataque, indicaba la presencia en la isla de apenas cinco mil efectivos aliados, de los que solo cuatrocientos se situaban en Heraclión. Las fotografías tomadas en los vuelos de reconocimiento de los aviones Dornier no habían conseguido localizar las posiciones perfectamente camufladas de las tropas del imperio británico. Y lo más sorprendente de todo: afirmaba que los cretenses recibirían con alegría a los invasores alemanes. Debido a una serie de retrasos en la llegada de combustible para los aviones, la operación se aplazó del 17 al 20 de mayo. Los días previos al ataque, aumentó espectacularmente el número de incursiones de los bombarderos en picado y de los cazas de Richthofen. Su principal objetivo fueron las posiciones de las baterías antiaéreas. Los artilleros encargados del manejo de los cañones Bofors vivieron unos días horribles, excepto los del aeródromo de Heraclión, que recibieron la orden de abandonar sus armas y hacer que pareciera que estas habían sido destruidas. Astutamente, la 14.ª Brigada de Infantería quería tenerlas preparadas para cuando llegaran los paracaidistas. Freyberg, aunque sabía por las interceptaciones Ultra que los alemanes no querían dañar los aeródromos, pues su intención era poder utilizarlos inmediatamente, no abrió socavones en las pistas para inutilizarlas. Cuando el 20 de mayo se dio la señal de alarma al amanecer, el cielo estaba sereno y despejado. Iba a ser otro día típicamente mediterráneo, cálido y soleado. Como de costumbre, los ataques aéreos empezaron a las 06:00, y se prolongaron durante una hora y media. Cuando acabaron, los soldados comenzaron a abandonar las trincheras y se reunieron para desayunar. Muchos pensaban que probablemente la invasión con fuerzas aerotransportadas, que les habían dicho que iba a tener lugar el pasado 17 de mayo, no se materializaría. Freyberg, aunque sabía que estaba programada para aquella misma mañana, había decidido no comunicárselo a sus hombres. Justo antes de las 08:00 pudo oírse un sonido distinto de motor de avión. Los soldados cogieron sus fusiles y regresaron corriendo a sus posiciones. En Maleme y en la península de Akrotiri, cerca del cuartel general de Freyberg, unos aparatos de curiosa silueta, con largas alas apuntadas, volaban a baja altura, silbando sobre sus cabezas. Alguien gritó, «¡Planeadores!» Los fusiles, los cañones y las ametralladoras comenzaron a abrir fuego. En Maleme fueron vistos cuarenta aparatos que, tras sobrevolar el aeródromo, aterrizaron al otro lado del perímetro occidental, en el cauce seco del río Tavronitis y más allá. Varios planeadores se estrellaron, y algunos fueron alcanzados por las baterías antiaéreas. Enseguida fue evidente la imposibilidad de posicionar tropas al oeste de Maleme. Los planeadores transportaban el 1 Batallón del Fallschirmjäger-Sturm-Regiment, a las órdenes del comandante Koch, el mismo que un año antes había dirigido el asalto a la fortaleza belga de Eben-Emael. Poco después, un ruido mucho más ensordecedor de motores anunció la llegada del grueso de las tropas paracaidistas. Para sorpresa de los oficiales más jóvenes del cuartel general de la Creforce, Freyberg, después de escuchar aquel ruido, siguió desayunando como si tal cosa. Se limitó a levantar la vista y a exclamar: «¡Han llegado a la hora exacta!».26 Su imperturbabilidad resultaba impresionante, pero también preocupante, para algunos de los presentes. Con la ayuda de los prismáticos, los oficiales de su estado mayor observaban atentamente cómo las sucesivas oleadas de aviones Junker soltaban a los paracaidistas alemanes, y estallaba la batalla a lo largo de aquella franja costera. Algunos de los más jóvenes se unieron a los grupos que salieron a la caza de las tripulaciones de los planeadores que se habían estrellado justo al norte de la cantera en la que la Creforce tenía su cuartel general. Los neozelandeses comenzaron a disparar con saña contra los paracaidistas que iban saltando de los aviones. Los oficiales les dijeron que apuntaran a sus botas para tener en cuenta la velocidad de descenso y dar en el blanco. En Maleme, otros dos batallones alemanes cayeron más allá del Tavronitis. El 22.° Batallón de Nueva Zelanda, responsable del aeródromo, había colocado únicamente una compañía alrededor de aquellas instalaciones, y solo un pelotón en el sector más vulnerable, el occidental. Justo al sur del aeródromo se elevaba un promontorio rocoso llamado Cota 107, donde el teniente coronel L. W. Andrew, distinguido con la Cruz Victoria, había establecido su puesto de mando. El comandante de la compañía que se encontraba en el lado oeste de esa colina supo dirigir muy bien los disparos de sus hombres, pero cuando sugirió que también entraran en acción los dos cañones de la costa, le respondieron que únicamente podían ser utilizados contra objetivos navales. La obsesión de Freyberg con una «invasión por mar» hizo que el general se negara a recurrir a su artillería y a desplegar sus reservas. Pero para repeler un asalto de fuerzas aerotransportadas, la táctica fundamental consistía en lanzar inmediatamente una contraofensiva, antes de que los paracaidistas enemigos tuvieran la oportunidad de organizarse. Muchos de los paracaidistas alemanes lanzados al suroeste de La Canea, en lo que se denominaba el Valle de la Prisión, fueron víctimas de una verdadera matanza, pues cayeron en medio de unas posiciones aliadas perfectamente camufladas. Un grupo aterrizó en el cuartel general del 23.° Batallón. El oficial al mando mató a cinco alemanes, y su ayudante, desde donde estaba sentado, a dos. Desde todas direcciones se oían gritos de «¡Le he dado al bastardo!». Debido a la violencia de los combates se hicieron muy pocos prisioneros. En su determinación de defender la isla, la mayor fiereza la mostraron los propios cretenses. Ancianos, mujeres y niños, utilizando escopetas y viejos fusiles, o empuñando layas y cuchillos de cocina, salieron a los campos para enfrentarse a los paracaidistas alemanes o para atrapar a los que habían quedado enredados en los olivos. El padre Stylianos Frantzeskakis, cuando se enteró de que tropas alemanas invadían la isla, fue corriendo a la iglesia e hizo sonar la campana. Cogió un fusil y condujo a sus feligreses al norte de Paleokhora para repeler al enemigo. Los alemanes, que sentían un odio prusiano por los francotiradores, rasgaban las camisas y los vestidos de la población civil para dejar sus hombros descubiertos. Si alguien mostraba marcas de culatazos de fusil o guardaba un cuchillo oculto entre la ropa, era ejecutado inmediatamente allí mismo, ya fuera hombre o mujer, niño o adulto. La Creforce se veía limitada por las malas comunicaciones, debidas a la falta de aparatos de radio, pues no se había enviado ni uno desde Egipto en las tres semanas previas al ataque. En consecuencia, los australianos en Rétimno y la 14.ª Brigada de Infantería británica en Heraclión no se enteraron de que había comenzado la invasión en el oeste de la isla hasta las 14:30 horas. Por suerte para los británicos, los problemas que tuvieron los alemanes para repostar combustible en los aeródromos de Grecia habían retrasado la partida del 1.er Regimiento Paracaidista del coronel Bruno Bräuer. Ello supuso que el ataque preliminar con bombarderos en picado y cazas Messerschmitt se produjera mucho antes de que comenzaran a llegar los primeros aviones de transporte Junker 52. Los cornetas dieron la señal de «alarma general» justo antes de las 17:30. Los soldados se precipitaron a sus posiciones perfectamente camufladas. Los artilleros destinados al manejo de los cañones Bofors, que una vez más habían evitado entrar en acción durante el ataque aéreo, empezaron a apuntar con sus baterías al cielo, dispuestos a disparar contra los pesados aviones de transporte. Durante las dos horas siguientes lograrían derribar quince de ellos. Bräuer, confiando en los informes erróneos de los servicios de inteligencia alemanes, había decidido extender la zona de lanzamiento de sus tropas, y dispuso que el III Batallón cayera al suroeste de Heraclión, que el II Batallón aterrizara en el aeródromo situado al este de la ciudad, y que el I Batallón saltara en los alrededores de la aldea de Gournes, más al este todavía. Los hombres del II Batallón del capitán Burckhardt fueron víctimas de una matanza. Los escoceses del Regimiento Black Watch se pusieron a disparar furiosamente contra ellos. Los pocos que lograron sobrevivir fueron aplastados luego durante una contraofensiva de un grupo de tanques Whippet del 3.°de Húsares que atropellaba y disparaba a todo el que intentaba huir. El III Batallón del comandante Schulz, tras caer en medio de los maizales y las viñas, logró conquistar Heraclión, a pesar de la feroz defensa llevada a cabo por tropas griegas y soldados no regulares cretenses en esta antigua ciudad amurallada veneciana. El alcalde se rindió a las fuerzas enemigas, aunque más tarde el Regimiento de York y Lancaster y hombres del Regimiento de Leicestershire contraatacaron, obligando a los paracaidistas alemanes a retirarse. Al caer la noche, el coronel Bräuer se dio cuenta de que su plan había sufrido un vuelco espectacular e inesperado. En Rétimno, entre Heraclión y La Canea, parte del 2.° Regimiento Paracaidista del Oberst Alfred Sturm también cayó en una trampa. El teniente coronel Ian Campbell había ordenado que sus dos batallones australianos se dispersaran por un terreno elevado desde el que se controlaba la carretera de la costa y el aeródromo, colocando en medio a las tropas griegas pobremente pertrechadas. Cuando aparecieron los Junker volando en paralelo al mar, los defensores comenzaron a abrir fuego. Siete aviones cayeron derribados. Otros, queriendo escapar a toda prisa, lanzaron a sus paracaidistas en el mar, donde varios perecieron ahogados al no poderse liberar de los atalajes. Algunos hombres cayeron sobre las rocas, resultando heridos, y unos cuantos tuvieron un final terrible, muriendo empalados al caer en un cañaveral. Los dos batallones australianos lanzaron una contraofensiva. Los supervivientes alemanes tuvieron que huir hacia el este, donde tomaron posiciones en una fábrica de aceite de oliva. Y otro grupo que fue lanzado cerca de Rétimno se retiró a la aldea de Perivolia para defenderse del ataque de los gendarmes cretenses y los soldados irregulares locales. Cuando cayó la noche en Creta, las tropas de uno y otro bando estaban exhaustas. Cesó el fuego. Los paracaidistas alemanes se morían de sed. Su uniforme había sido concebido para climas más fríos, y muchos de ellos sufrían una grave deshidratación. Las fuerzas irregulares cretenses, que les tendían emboscadas cerca de los pozos de agua, no dejaron de acosarlos durante toda la noche. Un número considerable de oficiales alemanes, entre otros el comandante de la 7.ª División Paracaidista, perdió la vida en la acción. En Atenas enseguida corrió la noticia del desastre. El general Student observaba fijamente el mapa gigante de la isla que colgaba de una pared del salón de fiestas del Hotel Grande Bretagne. Aunque su cuartel general no disponía aún de cifras exactas, se sabía que las bajas habían sido cuantiosas y que no se controlaba ninguno de los tres aeródromos. Solo el de Maleme parecía que podía caer en sus manos, pero el Sturm-Regiment estaba casi sin municiones en el valle del Tavronitis. El cuartel general del XII Ejército del Generalfeldmarschall List y el VIII Cuerpo Aéreo de Richthofen estaban convencidos de que había que abortar la Operación Mercurio, aunque ello supusiera tener que abandonar a sus paracaidistas en la isla. Un oficial prisionero admitiría incluso ante un comandante australiano que «nosotros no reforzamos el fracaso».27 Mientras tanto, a las 22:00 horas, el general Freyberg enviaba un mensaje a El Cairo para comunicar que, según las últimas noticias recibidas, los tres aeródromos y los dos puertos seguían en sus manos. Sin embargo, estaba muy equivocado. En realidad, la situación en Maleme era muy distinta. El batallón del coronel Andrew había luchado con todas sus fuerza hasta la extenuación, pero se había hecho caso omiso a todas sus peticiones para poder lanzar una contraofensiva efectiva en el aeródromo. El superior de Andrew, el general de brigada James Hargest, probablemente influido por la obsesión de Freyberg de que iba a producirse un ataque por mar, no envió la ayuda solicitada. Cuando Andrew le dijo que se vería obligado a retirarse si no recibía el apoyo necesario, Hargest replicó: «Si tiene que hacerlo, hágalo». Así pues, Maleme y la Cota 107 fueron abandonados durante la noche. El general Student, que no estaba dispuesto a ceder, tomó una decisión sin comunicársela al Generalfeldmarschall List. Mandó llamar al capitán Kleye, su piloto más experto, y le pidió que hiciera un aterrizaje de prueba en el aeródromo cretense al amanecer. A su regreso, Kleye informó que no había sufrido ataques directos. También fue enviado otro Junker con municiones para el Sturm-Regiment, y para proceder a la evacuación de algunos de los soldados heridos de esta unidad. Student ordenó inmediatamente a la 5.ª División de Montaña del Generalmajor Julius Ringel que se preparara para salir, pero antes organizó la partida de todas las reservas disponibles de la 7.ª División Paracaidista, a las órdenes del coronel Hermann-Bernhard Ramcke, para que se lanzaran en las inmediaciones de Maleme. Cuando ya se tuvo el control del aeródromo, comenzaron a aterrizar a las 17:00 horas los primeros aviones de transporte de tropas con parte del 100.° Regimiento de Montaña. Freyberg, que seguía esperando la llegada de una flota invasora, se negó a utilizar en una contraofensiva a sus tropas de reserva, con la excepción del 20.° Batallón de Nueva Zelanda. El Regimiento Welch, su unidad más grande y mejor equipada, no debía moverse, pues aún temía que se produjera «un ataque por mar en la zona de La Canea».28 Y todo esto a pesar de que uno de los oficiales de su estado mayor le hubiera comunicado que, según la información capturada al enemigo, el «Convoy de Embarcaciones Ligeras», con refuerzos y provisiones, se dirigía a un lugar situado al oeste de Maleme, a unos veinte kilómetros al oeste de La Canea.29 Freyberg también se había negado a escuchar a los oficiales navales de rango superior presentes en la isla que aseguraban que la Marina Real era perfectamente capaz de enfrentarse a los pequeños navíos que se dirigían hacia Creta por mar. Al anochecer, cuando la Luftwaffe dejó de sobrevolar las aguas del Egeo, tres fuerzas navales de la Marina Real regresaron a toda prisa rodeando los dos extremos de la isla. Gracias a la interceptación de unos mensajes, conocían la ruta seguida por su presa. La Fuerza D, con tres cruceros y cuatro destructores con radar, tendió una emboscada a la flotilla de caiques escoltada por un destructor ligero italiano. Los reflectores iluminaron el objetivo, y empezó la matanza. Solo consiguió escapar un caique que pudo alcanzar la costa. Mientras veía cómo se desarrollaba esta acción naval en el horizonte, Freyberg se dejaba llevar por el entusiasmo. Uno de los oficiales de su estado mayor recordaría la manera en la que se paseaba dando saltos de alegría como un niño exaltado. Por los comentarios del corpulento y robusto general, parece que, cuando todo acabó, pensó que la isla ya estaba definitivamente a salvo. Se acostó sintiendo un gran alivio, sin preguntar siquiera si había habido algún progreso en la contraofensiva lanzada en Maleme. La hora prevista para el ataque era la 01:00 del 22 de mayo, pero Freyberg había insistido en que el 20.° Batallón no se moviera hasta que pudiera ser reemplazado por un batallón australiano procedente de Georgioupolis. Como carecían de medios de transporte suficientes, los australianos llegaron con retraso, y en consecuencia el 20.° Batallón no estuvo preparado para unirse a las tropas en avance del 28.° Batallón (Maorí) hasta las 03:30. Se perdieron unas horas de oscuridad preciosas. A pesar de su arrojo —el teniente Charles Upham fue distinguido con una de sus dos cruces Victoria por esta batalla—, los atacantes poco pudieron hacer ante el poderío de los paracaidistas y los batallones de montaña alemanes, que ya contaban con refuerzos, por no hablar de los cazas Messerschmitt que, después del amanecer, comenzaron a disparar constantemente con sus ametralladoras contra ellos. Los neozelandeses, exhaustos, tuvieron que retirarse al caer la tarde. Furiosos y abatidos, no les quedaría más remedio que contemplar cómo los aviones de transporte de tropas Junker 52 aterrizaban uno tras otro en el aeródromo, a un ritmo —aterrador e impresionante— de veinte aparatos por hora. La isla estaba perdida. Aquel día, la desgracia también persiguió a los Aliados en el mar. Cunningham, decidido a acabar con el segundo «Convoy de Embarcaciones Ligeras», cuya partida había sido retrasada, envió la Fuerza C y la Fuerza A1 al Egeo a plena luz del día. Cuando por fin divisaron el convoy, provocaron algunos daños en las embarcaciones enemigas, pero la intensidad de los ataques aéreos alemanes causó daños mayores en el bando aliado. La Flota del Mediterráneo perdió dos cruceros y un destructor. Dos acorazados, dos cruceros y varios destructores quedaron seriamente averiados. La Armada aún no había aprendido una lección: la era de los acorazados ya era historia. Otros dos destructores, el Kashmir y el Kelly de lord Louis Mountbatten, fueron hundidos al día siguiente. El 22 de mayo, por la noche, Freyberg decidió no lanzar un último contraataque decisivo con los tres batallones de su división que no habían entrado en combate. Evidentemente, no quería ser recordado como el hombre que perdió la División de Nueva Zelanda. Podemos imaginar el enfado y la rabia que sintieron los australianos en Rétimno y los hombres de la 14.ª Brigada de Infantería británica, pues creían haber ganado sus batallas. Por los caminos rocosos de las Lefka Ori, las Montañas Blancas, comenzó una dramática retirada en toda regla. Sedientos, exhaustos y con los pies doloridos, los miembros de la Creforce se dirigieron al puerto de Sfakia, donde la Marina Real volvía a hacer los preparativos necesarios para evacuar a un ejército derrotado. La fuerza especial del general de brigada Robert Laycock, que llegaba como unidad de apoyo, desembarcó en la bahía de Suda solo para ser informada de que había que abandonar la isla. Sin poder dar crédito a sus ojos, los hombres de esta formación vieron cómo se prendía fuego a los almacenes del puerto. Y a Laycock no le hizo ni pizca de gracia que sus efectivos tuvieran que crear una barrera en la retaguardia para impedir el paso de las tropas de montaña de Ringel. La Marina Real nunca se amedrentó, a pesar de las graves pérdidas sufridas en aguas de Creta. La 14.ª Brigada de Infantería fue evacuada por dos cruceros y seis destructores, tras emprender brillantemente una retirada al puerto de Heraclión la noche del 28 de mayo sin que el enemigo se enterara. A los oficiales les vino a la cabeza el entierro de sir John Moore en La Coruña, poema que la mayoría de ellos había aprendido de memoria en sus años de colegio. Pero parecía imposible que todo hubiera ido tan bien. Ralentizados por un destructor averiado, los barcos no habían pasado del canal oriental situado en el extremo este de la isla cuando comenzó a salir el sol. Los bombarderos en picado alemanes comenzaron a atacarlos. Dos destructores fueron hundidos, y dos cruceros sufrieron graves daños. La escuadra llegó con dificultad al puerto de Alejandría con un número ingente de cadáveres a bordo. Una quinta parte de los hombres de la 14.ª Brigada murió en el mar, un porcentaje mucho mayor que el de los caídos en los combates contra los paracaidistas alemanes. Un gaitero del Regimiento Black Watch, iluminado por un reflector, tocó una endecha. Muchos soldados lloraban desconsoladamente. Para los alemanes, los daños infligidos a la Marina Real durante la campaña de Creta fueron su venganza por el hundimiento del Bismarck. En Atenas, Richthofen y su invitado, el general Ferdinand Schörner, celebraron la victoria brindando con champagne. La evacuación de la costa meridional también comenzó la noche del 28 de mayo, aunque en Rétimno los australianos nunca recibirían la orden de retirarse. «El enemigo sigue disparando», informaron a Grecia los paracaidistas alemanes.30 Al final, solo cincuenta de ellos conseguirían salir de allí cruzando las montañas, y no serían evacuados por un submarino hasta varios meses después. En Sfakia reinaba el caos y la desorganización debido principalmente al gran número de soldados que habían llegado en desbandada sin nadie que los dirigiera. Los neozelandeses, los australianos y efectivos del Cuerpo de los Marines Reales, que se habían retirado en orden, formaron un cordón para impedir que aquellos hombres se lanzaran en tropel a las lanchas. Los últimos barcos zarparon en la madrugada del 1 de junio, cuando estaban a punto de llegar las tropas de montaña alemanas. La Marina Real consiguió evacuar a dieciocho mil hombres, incluida casi toda la División de Nueva Zelanda. Atrás tuvieron que quedarse nueve mil, que fueron capturados por el enemigo. Resulta fácil imaginar su resentimiento y amargura. Solo el primer día, las tropas aliadas habían acabado con la vida de mil ochocientos cincuenta y seis paracaidistas alemanes. En total, las fuerzas de Student sufrieron unas seis mil bajas, perdieron ciento cuarenta y seis aviones, y otros ciento sesenta y cinco resultaron gravemente dañados. A finales del verano de aquel año, durante la invasión de la Unión Soviética, la Wehrmacht lamentaría amargamente no poder contar con esos aviones de transporte Junker 52. El VIII Cuerpo Aéreo de Richthofen perdió otros sesenta aparatos. La batalla de Creta supuso el golpe más duro sufrido por la Wehrmacht desde el inicio de la guerra.31 Pero, a pesar de la férrea resistencia de los Aliados, la batalla acabó convirtiéndose en una derrota innecesaria y sangrante. Curiosamente, ambos bandos sacaron lecciones muy diferentes del resultado de la operación aerotransportada. Hitler se prometió no volver a recurrir nunca a un lanzamiento similar, mientras que los Aliados se animaron a desarrollar sus propias formaciones de paracaidistas, que no siempre obtuvieron buenos resultados más tarde, en el transcurso de la guerra. 11 ÁFRICA Y EL ATLÁNTICO (febrero-junio de 1941) El desvío de las fuerzas de Wavell a Grecia en la primavera de 1941 no pudo llegar en peor momento. Era otro ejemplo de la típica manía británica de desplegar recursos insuficientes en demasiadas direcciones distintas a la vez. Los ingleses, y sobre todo Churchill, parecían incapaces por su propio carácter de ponerse a la altura del ejército alemán y su talento para definir despiadadamente cuáles eran sus prioridades. La oportunidad que tuvieron los británicos de ganar la guerra en el Norte de África en 1941 se perdió tan pronto como sus fuerzas fueron retiradas para ser trasladadas a Grecia y en cuanto Rommel desembarcó en Trípoli con algunos elementos destacados del Afrika Korps. La elección de Rommel por parte de Hitler no fue muy bien acogida por los oficiales de mayor rango del OKH. Ellos habrían preferido con mucho al Generalmajor barón Hans von Funck, a quien se había encomendado la misión de informar sobre la situación en Libia. Pero Hitler detestaba a Funck, sobre todo porque había sido íntimo amigo del Generaloberst barón Werner von Fritsch, al cual había destituido como jefe del ejército en 1938.1 El hecho de que Rommel no fuera aristócrata era muy del agrado del Führer. Rommel hablaba con un marcado acento suabo y era una especie de aventurero. Sus superiores del ejército y muchos contemporáneos suyos lo consideraban un hombre arrogante ansioso de publicidad. También desconfiaban de su forma de explotar la admiración que sentían por él Hitler y Goebbels para saltarse a la torera la cadena de mando. El aislamiento de la campaña de África, como no tardaría en comprobar el propio Rommel, le ofrecía una ocasión perfecta para hacer caso omiso a las órdenes del OKH. Además, Rommel no se hizo demasiado popular al sostener que, en vez de invadir Grecia, lo que debería haber hecho Alemania era trasladar esas fuerzas al Norte de África con el fin de apoderarse de Oriente Medio y su petróleo. Tras cambiar varias veces de opinión sobre la importancia de Libia y la necesidad de enviar tropas al Norte de África, Hitler consideraba ahora que era fundamental impedir la caída del régimen de Mussolini. Temía además que los británicos entraran en contacto con la zona francesa del Norte de África y que el ejército de Vichy, influido por el general Maxime Weygand, se uniera a los británicos. Incluso después de la desastrosa expedición a Dakar en septiembre del año anterior, cuando las fuerzas de la Francia Libre y una escuadra de la armada británica fueron repelidas por las tropas leales a Vichy, Hitler siguió sobrevalorando la influencia que tenía en ese momento el general Charles de Gaulle. Cuando Rommel desembarcó en Trípoli el 12 de febrero de 1941, iba acompañado por el asistente militar en jefe de Hitler, el coronel Rudolf Schmundt. Este último vio aumentada notablemente su autoridad sobre los oficiales italianos y alemanes de mayor rango. El día antes, los dos hombres habían quedado sorprendidos cuando el comandante del X Fliegerkorps en Sicilia les dijo que los generales italianos le habían suplicado que no bombardeara Bengasi, pues muchos de ellos tenían bienes allí. Rommel pidió a Schmundt que telefoneara inmediatamente a Hitler. Pocas horas después, los bombarderos alemanes habían despegado con destino a Bengasi.2 Rommel fue informado de la situación en Tripolitania por un oficial de enlace alemán. Los italianos en retirada habían arrojado en su mayoría las armas y habían requisado camiones para escapar. El general Italo Gariboldi, el sucesor de Graziani, se negó a mantener una línea adelantada que hiciera frente a los británicos, en aquellos momentos en El Agheila. Rommel decidió coger el toro por los cuernos. Fueron enviadas por delante dos divisiones italianas, y el 15 de febrero ordenó que desembarcaran los primeros destacamentos alemanes, una unidad de reconocimiento y un batallón de cañones de asalto que debía seguirlo. Los vehículos todoterreno Kübelwagen fueron camuflados como tanques en un intento de asustar a los británicos y convencerlos de que no debían seguir adelante. A finales de mes, la llegada de más unidades de la 5.ª División Ligera animó a Rommel a lanzar las primeras escaramuzas contra los británicos. Solo a finales de marzo, cuando Rommel tenía ya veinticinco mil soldados alemanes en suelo africano, se consideró listo para emprender el avance. Durante las seis semanas siguientes, recibiría el resto de la 5.ª División Ligera y también a la 15.ª División Panzer, pero el frente estaba a setecientos kilómetros de Trípoli. Rommel se enfrentaba a un problema logístico gigantesco, del cual intentó no hacer caso. Cuando las cosas se pusieran feas, culparía instintivamente a la envidia que reinaba en la Wehrmacht de privarle de los pertrechos necesarios. De hecho, las dificultades solían aparecer cuando los transportes eran hundidos en el mar de Libia por la RAF y la Marina Real británica. Rommel tampoco supo darse cuenta de que los preparativos para la Operación Barbarroja hacían que la campaña del Norte de África fuera adquiriendo los tintes de una acción de importancia secundaria. Surgieron nuevos problemas debido a la dependencia de los italianos. Su ejército adolecía tradicionalmente de escasez de medios de transporte motorizados. Su combustible era de tan poca calidad que a menudo resultaba inadecuado para los motores alemanes, y las raciones de comida del ejército italiano eran notoriamente malas. Consistían habitualmente en latas de carne que llevaban el sello AM (Amministrazione Militare). Los soldados italianos decían que dichas iniciales significaban «Arabo Morte» («Muerte Árabe»), mientras que sus colegas alemanes las apodaban «Alter Mann» («Viejo») o «Arsch Mussolini» («Culo de Mussolini»).3 Rommel tuvo suerte de que la Fuerza del Desierto Occidental fuera en esos momentos tan débil. La 7.ª División Acorazada había sido retirada a El Cairo para recomponerse, siendo sustituida por la 2.ª División Acorazada, muy reducida y mal preparada, mientras que la 9.ª División Australiana, recién llegada, había reemplazado a la 6.ª División Australiana, que había sido enviada a Grecia. No obstante, las peticiones de refuerzos cursadas por Rommel para avanzar hacia Egipto fueron rechazadas. Le dijeron que ese mismo invierno, en cuanto fuera derrotada la Unión Soviética, le enviarían un cuerpo Panzer. Hasta entonces no debía llevar a cabo ningún intento de ofensiva a gran escala. Rommel no tardó en ignorar sus órdenes. Para mayor escándalo del general Gariboldi, empezó a hacer avanzar a la 5.ª División Ligera por Cirenaica aprovechando la debilidad de las fuerzas aliadas. Uno de los mayores errores de Wavell fue sustituir a O'Connor por el inexperto teniente general Philip Neame. Wavell además infravaloró la determinación de Rommel de proseguir directamente con el avance. La temperatura a mediodía en el desierto había alcanzado ya los cincuenta grados centígrados. Los soldados que llevaban cascos de acero sufrían dolores de cabeza insoportables, debido en gran parte a la deshidratación. El 3 de abril, Rommel decidió obligar a salir a las fuerzas enemigas de la bolsa de Cirenaica. Mientras los italianos de la División Brescia eran enviados a conquistar Bengasi, que Neame evacuó deprisa y corriendo, Rommel ordenó a la 5.ª División Ligera que cortara la carretera de la costa a pocos kilómetros de Tobruk. El desastre pilló desprevenidas a las fuerzas aliadas, y la propia Tobruk quedó aislada. La 2.ª División Acorazada, ya de por sí débil, perdió todos sus tanques en el curso de la retirada debido a las averías y a la falta de combustible. El 8 de abril su comandante, el general Gambier Parry, y los miembros de su cuartel general fueron hechos prisioneros en Mechili junto con la mayor parte de la 3.ª Brigada Motorizada India. Ese mismo día, el general Neame, acompañado del general O'Connor que se había desplazado para asesorarle, fue capturado cuando el conductor de su coche se equivocó de carretera. Los alemanes se alegraron muchísimo al ver la cantidad de reservas que encontraron en Mechili. Rommel seleccionó un par de gafas de conductor de tanque de fabricación británica, que se puso encima de su gorra y que constituirían en adelante una especie de marca personal. Decidió tomar Tobruk, tras convencerse de que los británicos estaban preparándose para abandonarla, pero no tardaría en descubrir que la 9.ª División Australiana no estaba dispuesta ni mucho menos a cesar los combates. Tobruk recibió refuerzos por el mar, de modo que el general de división Leslie Morshead, pudo contar en total con cuatro brigadas, junto con algunas unidades de artillería y cañones antitanque bastante potentes. Morshead, hombre enérgico, al que sus hombres apodaban «Ming el Despiadado», reforzó a toda prisa las defensas de Tobruk. La 9.ª División Australiana, aunque inexperta e indisciplinada hasta el punto de hacer enrojecer de cólera a los oficiales británicos, demostró ser una colección de combatientes formidables. La noche del 13 de abril Rommel inició el ataque principal sobre Tobruk. No tenía ni la menor idea de lo bien defendida que estaba la plaza. A pesar de ver repelido el asalto y de sufrir fuertes pérdidas, lo intentó una y otra vez para desesperación de sus oficiales, que pronto empezaron a verlo como un comandante brutal. Habría sido el momento ideal para un contraataque de los Aliados, pero, gracias a una astuta labor de engaño por parte del enemigo, británicos y australianos estaban convencidos de que las fuerzas de Rommel eran mucho más numerosas de lo que eran en realidad. Las peticiones de refuerzos y de un mayor apoyo aéreo enviadas por Rommel exasperaron al general Halder y al OKH, sobre todo porque no había hecho caso de sus advertencias de que no actuara más allá de donde le permitían sus recursos. Incluso en aquellos momentos, Rommel envió a algunas de sus unidades, pese a encontrarse exhaustas, a la frontera de Egipto, que Wavell defendió con la 22.ª Brigada de la Guardia hasta que llegaron otras unidades procedentes de El Cairo. Rommel destituyó al Generalmajor Johannes Streich, al mando de la 5.ª División Ligera, por mostrar demasiado celo en salvar la vida de sus soldados. El Generalmajor Heinrich Kirchheim, que lo sustituyó, se sintió igualmente disgustado con el estilo de mando ejercido por Rommel. A finales de mes escribió al general Halder en los siguientes términos: «Se pasa todo el día yendo de un lado para otro entre sus tropas, que están diseminadas de mala manera, ordenando asaltos y dispersando sus soldados».4 Tras recibir unos informes tan contradictorios acerca de lo que sucedía en el Norte de África, el general Halder decidió enviar allí al Generalleutnant Friedrich Paulus, que había prestado servicio en el mismo regimiento de infantería que Rommel durante la Primera Guerra Mundial. Halder pensaba que Paulus era «tal vez el único hombre con influencia personal suficiente para atajar a este militar que ha enloquecido de mala manera».5 Paulus, oficial del estado mayor sumamente meticuloso, no podía ser más distinto de Rommel, agresivo militar de campaña. El único parecido que tenían estaba en que ambos eran de cuna relativamente humilde. La tarea de Paulus consistía en convencer a Rommel de que no podía contar con el envío de grandes refuerzos y en descubrir qué era lo que pretendía hacer. La respuesta fue que Rommel se negó a retirar las unidades avanzadas que tenía en la frontera de Egipto, y que con la 15.ª División Panzer que acababa de llegar intentó atacar de nuevo Tobruk. Esta segunda ofensiva tuvo lugar el 30 de abril y fue rechazada por segunda vez con numerosas pérdidas por parte de los atacantes, sobre todo de tanques. Las fuerzas de Rommel sufrían además una gran escasez de munición. Apelando a la autoridad que le había otorgado el OKH, el 2 de mayo Paulus dio a Rommel la orden escrita de no reanudar los ataques a menos que viera que el enemigo se retiraba. Cuando regresó, comunicó a Halder que «la clave del problema en el Norte de África» no era Tobruk, sino el reabastecimiento del Afrika Korps y el carácter de Rommel. Este se negaba sencillamente a reconocer el enorme problema que representaba transportar a través del Mediterráneo los pertrechos que necesitaba y descargarlos en Trípoli.6 Wavell estaba preocupado tras las pérdidas sufridas en Grecia y en Cirenaica por la falta de tanques para hacer frente a la 15.ª División Panzer. Churchill organizó la Operación Tigre, esto es el transporte a primeros de mayo de casi trescientos carros de combate Crusader y más de cincuenta Hurricane en un convoy a través del Mediterráneo. Como parte del X Fliegerkorps seguía en Sicilia, la operación representaba un peligro muy serio, pero gracias a la mala visibilidad reinante solo fue hundida una nave de transporte durante la travesía. Lleno de impaciencia, Churchill presionó a Wavell para que lanzara la ofensiva contra la frontera antes incluso de que llegaran los nuevos tanques. Pero aunque la Operación Brevity, al mando del general de brigada «Strafer» Gott no empezó hasta el 15 de mayo, provocó un rápido contraataque de Rommel por los flancos. Las tropas indias y británicas fueron obligadas a retroceder y los alemanes acabaron reconquistando el Paso de Halfaya. Una vez que llegaron los nuevos tanques Crusader, Churchill exigió de nuevo entrar en acción, que en este caso respondía a otra ofensiva cuyo nombre en clave era Operación Battleaxe. El primer ministro no quería ni oír hablar de que hacían falta trabajos de reparación en muchos de los tanques descargados ni de que la 7.ª División Blindada necesitaba tiempo para que los tripulantes se familiarizaran con el nuevo equipamiento. Una vez más Wavell se vio abrumado por las exigencias contradictorias de Londres. A primeros de abril, había tomado el poder en Irak una facción proalemana, alentada por la debilidad de los británicos en Oriente Medio. Los jefes de estado mayor de Londres recomendaron la intervención de Gran Bretaña. Churchill se mostró inmediatamente de acuerdo y desembarcaron en Basora tropas procedentes de la India. Rashid Alí al- Gailani, líder del nuevo gobierno iraquí, pidió ayuda a Alemania, pero no recibió respuesta debido a la confusión reinante en Berlín. El 2 de mayo, se desencadenaron los combates cuando el ejército iraquí puso sitio a la base aérea británica de Habbaniyah, cerca de Fallujah. Cuatro días después, el OKW decidió enviar a Mosul y a Kirkuk, en el norte de Irak, cazas Messerschmitt 110 y bombarderos Heinkel 111 a través de Siria, pero pronto quedaron fuera de servicio. Mientras tanto, avanzaban hacia Bagdad las fuerzas del Imperio Británico procedentes de la India y Jordania. El 31 de mayo, el gobierno de Gailani no tuvo más remedio que aceptar las exigencias británicas de seguir permitiendo el paso de tropas a través de territorio iraquí. Aunque la crisis de Irak no supuso merma alguna para sus fuerzas, Wavell recibió de Churchill la orden de invadir Líbano y Siria, donde las fuerzas de la Francia de Vichy habían ayudado a los alemanes en el desafortunado despliegue de la Luftwaffe con destino a Mosul y Kirkuk. Churchill temía equivocadamente que los alemanes utilizaran Siria como base para atacar Palestina y Egipto. El almirante Darlan, vicepresidente del gobierno de Pétain y ministro de defensa, pidió a los alemanes que desistieran en su empeño de realizar operaciones provocativas en la región, al tiempo que enviaba refuerzos franceses a su colonia para ofrecer resistencia a los británicos. El 21 de mayo, el día después de la invasión de Creta, aterrizó en Grecia un grupo de cazas de la Francia de Vichy que iban camino de Siria. «Cada día», anotó en su diario Richthofen, «se vuelve más rara esta guerra... y a nosotros nos toca proporcionarles suministros y hacerles fiestas».7 La Operación Exporter, la invasión del Líbano y la Siria de la Francia de Vichy, en la que participaron tropas de la Francia Libre, dio comienzo el 8 de junio con un avance hacia el norte desde Palestina a través del río Litani. El comandante de las fuerzas de Vichy, el general Henri Dentz, solicitó ayuda de la Luftwaffe, así como refuerzos de otros contingentes de su gobierno destacados en el Norte de África y en la propia Francia. Los alemanes decidieron que no podían ofrecer cobertura aérea, pero permitieron a las fuerzas francesas provistas de cañones antitanque que atravesaran en tren la zona ocupada de los Balcanes hasta Tesalónica, para continuar luego el viaje en barco hasta Siria. Pero la presencia naval de los británicos era demasiado fuerte y Turquía, que no deseaba verse envuelta en el conflicto, se negó a conceder el derecho de tránsito. El ejército francés de Levante no tardó en comprender que estaba condenado, pero siguió decidido a ofrecer una fiera resistencia. Los combates continuaron hasta el 12 de julio. Tras la firma de un armisticio en Acre, Siria fue declarada territorio bajo el control de la Francia Libre. La falta de entusiasmo de Wavell por la campaña de Siria y su pesimismo en lo tocante a las perspectivas de la Operación Battleaxe lo situaron en trayectoria de choque con el primer ministro. La impaciencia de Churchill y su absoluta falta de apreciación de la realidad de los problemas al organizar dos ofensivas al mismo tiempo, pusieron a Wavell al borde de la desesperación. El primer ministro, excesivamente confiado a raíz del éxito de la entrega de los tanques de la Operación Tigre, hizo caso omiso a las advertencias de Wavell acerca de la efectividad de los cañones antitanque de los alemanes. Ellos eran, más que los blindados germanos, los que estaban destruyendo la mayor parte de sus vehículos acorazados. El ejército británico fue imperdonablemente lento a la hora de desarrollar un arma comparable al temido cañón alemán de 88 mm. Sus «tirachinas» de dos libras eran inútiles. Y el conservadurismo del ejército inglés impidió la adopción del cañón antiaéreo de 3,7 pulgadas como arma antitanque. El 15 de junio dio comienzo la Operación Battleaxe, de forma similar a como empezara la Operación Brevity. Aunque los británicos volvieron a capturar el Paso de Halfaya y cosecharon algunos otros éxitos locales, no tardaron en verse obligados a retroceder en cuanto Rommel sacó todos sus panzers del envolvimiento al que había sometido a Tobruk. Después de tres días de duros combates, los británicos fueron rebasados por los flancos una vez más y de nuevo tuvieron que retirarse a la llanura de la costa, evitando quedar rodeados. El Afrika Korps sufrió mayor número de bajas, pero los británicos perdieron noventa y un carros blindados, en su mayoría por fuego de cañones antitanque, mientras que los alemanes solo perdieron una docena. La RAF perdió también durante los combates muchos más aviones que la Luftwaffe. Los soldados alemanes, exagerando considerablemente, afirmaron haber destruido doscientos tanques británicos y haber ganado la «mayor batalla de blindados de todos los tiempos».8 El 21 de junio, Churchill sustituyó a Wavell por el general sir Claude Auchinleck, universalmente conocido como «The Auk» («el Alca»). Wavell, por su parte, pasó a ocupar el puesto de Auchinleck como comandante en jefe de la India. Poco después Hitler ascendió a Rommel a la categoría de General der Panzertruppen y, para disgusto y desesperación de Halder, le aseguró que gozaría de mayor independencia todavía. La irritación de Churchill con Wavell y con el descorazonamiento de los líderes del ejército británico vino precipitada por dos imperativos. Uno respondía a la necesidad de llevar a cabo acciones agresivas para mantener alta la moral en el interior y para evitar que el país cayera en una inercia ominosa. Y el otro al afán de impresionar a los Estados Unidos y al presidente Roosevelt. El primer ministro necesitaba ante todo contrarrestar la impresión, justificada en parte, de que los británicos estaban aguardando a que los Estados Unidos entraran en la guerra y salvaran la situación para ellos. Para mayor alivio de Churchill, Roosevelt había sido reelegido presidente en noviembre de 1940. El primer ministro británico se animó todavía más cuando se enteró del análisis estratégico elaborado aquel mismo mes por el jefe de operaciones de la marina estadounidense. El «Plan Dog», como fue denominado, condujo a las conversaciones de los estados mayores norteamericano y británico de finales de enero de 1941. Estas entrevistas, que tuvieron lugar en Washington bajo el nombre clave de ABC-1, duraron hasta el mes de marzo. Formaron la base de la estrategia aliada cuando los Estados Unidos entraron en la guerra. En ellas se acordó la política de «Alemania primero» como principio básico. Esta tesis aceptaba que, aunque hubiera una guerra en el Pacífico contra Japón, los Estados Unidos se centrarían primero en la derrota de la Alemania nazi, pues sin una participación en toda regla de las fuerzas norteamericanas en el teatro de operaciones de Europa los británicos eran a todas luces incapaces de ganar la guerra solos. Y si la perdían, los Estados Unidos y su comercio mundial se verían en serio peligro. Roosevelt había reconocido la amenaza que suponía la Alemania nazi antes incluso de los Acuerdos de Munich de 1938. Previendo la importancia de la fuerza aérea en la guerra que se avecinaba, inició rápidamente un programa de fabricación de quince mil aviones al año con destino a la Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos. El asistente del jefe del Estado Mayor del Ejército norteamericano, el general George C. Marshall, estuvo presente en la discusión en la que se debatió este asunto. Aun mostrándose de acuerdo con el plan, recriminó al presidente haber pasado por alto la necesidad de aumentar el número ridículamente pequeño de sus fuerzas terrestres. Con poco más de doscientos mil hombres, el ejército de los Estados Unidos disponía solo de nueve divisiones con pocos efectivos, apenas un diez por ciento del orden de batalla del que disponía el ejército alemán. Roosevelt quedó impresionado. Menos de un año después, apoyó el nombramiento de Marshall como jefe del Estado Mayor, que tuvo lugar el mismo día que Alemania invadió Polonia.9 Marshall era un hombre formalista de gran integridad y un organizador extraordinario. Bajo su dirección, los efectivos del ejército americano crecerían de los doscientos mil a los ocho millones de hombres en el curso de la guerra. Siempre dijo a Roosevelt exactamente lo que pensaba y permaneció inmune a los encantos del presidente. Su principal problema era que a menudo Roosevelt no lo mantenía informado de las cuestiones que estudiaba con otros y de las decisiones que tomaba con ellos, especialmente con Winston Churchill. Para Churchill, la relación con Roosevelt era con diferencia el elemento más importante de la política exterior británica. Dedicó dosis enormes de energía, imaginación y a veces de la adulación más descarada para ganarse la voluntad del presidente norteamericano y conseguir lo que su país, prácticamente en la bancarrota, necesitaba para sobrevivir. En una carta muy larga y detallada de fecha 8 de diciembre de 1940, Churchill solicitaba «un acto decisivo de no beligerancia constructiva» para prolongar la resistencia británica. Ello debía comportar el uso de los buques de guerra de la marina estadounidense para defenderse de la amenaza de los submarinos alemanes y de buques mercantes con una capacidad equivalente a los tres millones de toneladas para mantener la línea transatlántica de salvamento tras las terribles pérdidas sufridas hasta ese momento (más de dos millones de toneladas brutas). Solicitaba también el envío de dos mil aviones al mes. «Y por último abordaré la cuestión financiera», decía Churchill. Los créditos en dólares de Gran Bretaña no tardarían en agotarse; de hecho los encargos ya colocados o en negociación «superan varias veces el total de los recursos en divisas de los que aún dispone Gran Bretaña». No se había escrito nunca una carta de súplica tan importante y solemne. Y fue redactada casi exactamente un año antes de que los Estados Unidos se vieran inmersos en la guerra.10 Roosevelt recibió la carta en el Caribe a bordo del buque Tuscaloosa de la Marina de los Estados Unidos. Reflexionó sobre su contenido y al día siguiente de su regreso convocó una conferencia de prensa. El 17 de diciembre, pronunció su famosa parábola, excesivamente simplista, del hombre cuya casa está en llamas y pide a su vecino que le preste su manguera. Era la forma en que Roosevelt pretendía preparar a la opinión pública antes de presentar en el Congreso la ley de Préstamo y Arriendo (Lend-Lease). En la Cámara de los Comunes, Churchill la recibió diciendo que era «el acto más desinteresado de la historia de cualquier país».11 Pero en privado el gobierno británico quedó sobrecogido por las duras condiciones que llevaba aparejadas la Ley de Préstamo y Arriendo. Los americanos exigían una auditoría de todos los activos que poseía Gran Bretaña, e insistían en que no se daría ningún subsidio hasta que no se hubieran utilizado y agotado todas las reservas en oro y en divisas extranjeras. Se envió a Ciudad del Cabo un buque de guerra estadounidense para recoger el último cargamento de oro inglés almacenado allí. Las empresas de propiedad británica existentes en los Estados Unidos, y más concretamente Courtaulds, Shell y Lever, tuvieron que ser vendidas a precio de ganga, y luego vendidas de nuevo con la obtención de pingües beneficios. Churchill atribuyó generosamente todas estas acciones a la necesidad que tenía Roosevelt de acallar las críticas antibritánicas lanzadas contra la Ley de Préstamo y Arriendo, muchas de las cuales insistían en que ingleses y franceses no habían pagado aún las deudas contraídas en la Primera Guerra Mundial. Los británicos en general infravaloraban la antipatía que sentían por ellos muchos americanos, que los consideraban imperialistas, snobs y expertos en el arte de hacer que otros combatieran en sus guerras en vez de combatir ellos. Pero Gran Bretaña se hallaba con el agua al cuello y no estaba en condiciones de protestar. El resentimiento por los términos del acuerdo duraría hasta los años de posguerra, aunque solo fuera porque los pagos británicos en metálico de cuatro mil millones y medio de dólares en concepto de pedidos de armas en 1940 fueron los que sacaron a los Estados Unidos de la depresión y posibilitaron el boom económico que experimentaron durante la guerra.12 A diferencia de los materiales de primera calidad que llegarían después, los equipamientos comprados en los momentos de desesperación de 1940 no causaron muy buena impresión, y no supusieron un gran cambio respecto a la situación anterior. Los cincuenta destructores de la Primera Guerra Mundial suministrados a cambio de las islas Vírgenes en septiembre de 1940 requirieron una cantidad enorme de trabajo para conseguir que fueran navegables. El 30 de diciembre, Roosevelt realizó una alocución radiofónica al pueblo norteamericano en una «charla al amor de la lumbre» en la que defendió el acuerdo. «Debemos ser el gran arsenal de la Democracia», dijo. Y así sería. La noche del 8 de marzo de 1941 fue aprobada en el Senado la Ley de Préstamo y Arriendo. La nueva política de firmeza de Roosevelt incluía la declaración de una zona de seguridad panamericana en el Atlántico occidental, el establecimiento de bases en Groenlandia y un plan para sustituir a las tropas británicas en Islandia, hecho que finalmente se produjo a comienzos del mes de julio. Los buques de guerra británicos, empezando por el portaaviones Illustrious, que a la sazón se hallaba averiado, podían ahora ser reparados en puertos estadounidenses, y los pilotos de la RAF empezaron a recibir instrucción en bases de la Fuerza Aérea del ejército americano. Una de las novedades más importantes fue que la marina norteamericana empezó a realizar labores de escolta de los convoyes británicos hasta Islandia. El ministerio de asuntos exteriores alemán reaccionó ante estos acontecimientos expresando sus esperanzas de que Gran Bretaña fuera derrotada antes de que el armamento norteamericano empezara a desempeñar un papel significativo, situación que calculaba que se produciría en 1942. Pero Hitler estaba demasiado preocupado con la Operación Barbarroja para prestar demasiada atención a esos detalles. Su principal motivo de desazón en aquellos momentos era no provocar a los americanos a entrar en la guerra antes de acabar con la Unión Soviética. El Führer rechazó la solicitud del Grossadmiral Raeder de que sus submarinos pudieran operar en el Atlántico occidental hasta una zona situada a tres millas de las aguas costeras norteamericanas.13 Churchill declaró más tarde que la amenaza de los submarinos fue lo único que realmente llegó a asustarlo durante la guerra. En un momento dado, consideró incluso la posibilidad de volverse a apropiar los puertos del sur de Irlanda, que era un país neutral, incluso por la fuerza, si hubiera sido necesario. La Marina Real tenía una gran escasez de barcos de escolta para los convoyes. Había sufrido graves pérdidas durante la malhadada intervención en Noruega, y además era preciso preservar los destructores y mantenerlos listos para una eventual invasión alemana. Durante el «follón de la costa este», cuando los submarinos alemanes atacaron la navegación costera del mar del Norte, el capitán Ernst Kals, a bordo del U-173, recibió la Cruz de Caballero por hundir nueve barcos en dos semanas. Desde el otoño de 1940, la flota de submarinos alemanes había empezado por fin a infligir graves daños a los buques aliados. Sus bases estaban en la costa adámica de Francia y el problema del detonador de los torpedos, que había dado al traste con las operaciones de los U-Boote al comienzo de la guerra, por fin había sido resuelto. En el mes de septiembre, los submarinos hundieron en una sola semana veintisiete buques británicos, por un monto equivalente a más de ciento sesenta mil toneladas. Estas pérdidas resultan tanto más sorprendentes si se tiene en cuenta el reducido número de submarinos que los alemanes tenían en el mar. En febrero de 1941 el Grossadmiral Raeder todavía no tenía operativos más que veintidós U- Boote capaces de cruzar el océano. A pesar de sus incesantes peticiones a Hitler, el programa de fabricación de submarinos se convirtió en una prioridad secundaria debido a la urgencia de los preparativos para la invasión de la Unión Soviética.14 La armada alemana había puesto inicialmente muchas de sus esperanzas en los acorazados de bolsillo y en los buques mercantes armados. Aunque el Graf Spee tuvo que ser echado a pique frente a las costas de Montevideo, para júbilo de los británicos, el acorazado de bolsillo Admiral Scheer cosechó todavía más éxitos en el curso de sus operaciones. Durante un viaje que duró ciento sesenta y un días a través del océano Atlántico y el índico, esta nave fue responsable del hundimiento de más de diecisiete embarcaciones. Pronto quedó patente, sin embargo, que los submarinos eran mucho más eficaces en proporción a su coste que los acorazados de bolsillo y otros barcos corsarios de superficie, que hundían solo naves de cincuenta y siete mil toneladas. Otto Kretschmer, el capitán de U-Boot que más éxitos cosechó, hundió treinta y siete navíos, equivalentes en total al doble del tonelaje hundido por el Admiral Scheer. 15 Las fuerzas de buques escolta de la Real Marina Británica empezaron a incrementarse solo una vez que fueron reparados los cincuenta destructores americanos viejos y cuando empezaron a botarse corbetas nuevas en los astilleros británicos. El almirante Karl Dönitz, jefe del mando de submarinos de la Kriegsmarine, veía su misión como una «guerra de tonelajes»: sus U-Boote debían darse más prisa en hundir barcos que la que pudieran darse los británicos en construirlos. A mediados de octubre de 1940, Dönitz desarrolló una táctica «en manada» (Rudeltaktik), consistente en agrupar hasta una docena de submarinos en cuanto era avistado un convoy, para empezar a hundir las naves durante la noche. El resplandor de una embarcación ardiendo iluminaba a las otras o recortaba su silueta en la oscuridad. El primer ataque en manada fue lanzado contra el Convoy SC-7 y supuso el hundimiento de diecisiete barcos. Inmediatamente después, Günther Prien, el comandante de submarinos que había hundido el Royal Oak, de la Marina de Su Majestad, en Scapa Flow, capitaneó un ataque en manada contra el Convoy HX-79, procedente de Halifax. Con solo cuatro submarinos hundió doce barcos de los cuarenta y nueve que componían la expedición. En febrero de 1941, las pérdidas de los Aliados volvieron a incrementarse. Solo en el mes de marzo los barcos de escolta de la Marina Real lograron vengarse hasta cierto punto hundiendo tres U-Boote, entre ellos el U-47, capitaneado por Prien, y capturando el U-99 y a su capitán, Otto Kretschmer. La introducción del submarino de gran alcance tipo IX no tardó en aumentar de nuevo las pérdidas hasta el verano, cuando las interceptaciones Ultra lograron marcar la diferencia y llegó la ayuda de la marina estadounidense que a partir del mes de septiembre escoltaría a los barcos que atravesaban el Atlántico occidental. En esta época la labor de interceptación de señales de Bletchley Park no solía dar lugar directamente al hundimiento de los submarinos, pero ayudaba en gran medida a los encargados de planificar los convoyes proporcionándoles «rutas evasivas», lo que comportaba apartarlos de las zonas donde se concentraban las «manadas». Proporcionó también al Servicio de Inteligencia Naval y al Mando Costero de la RAF una idea más clara de los procesos operativos y de reabastecimiento de la Kriegsmarine. La batalla del Atlántico supuso una vida de monotonía marítima frente a un trasfondo constante de temor. Los más valientes entre los valientes fueron los tripulantes de los petroleros, que sabían que navegaban a bordo de bombas incendiarias gigantes. Ninguno de ellos, desde el capitán hasta el más humilde marinero de cubierta, podía dejar de preguntarse si estaban siendo acechados por los submarinos y si iban a ser arrojados de su litera por la onda expansiva producida como consecuencia de la explosión de un torpedo. Solo los temporales y el mar embravecido parecían reducir el peligro. Llevaban una vida constantemente expuesta a la humedad y al frío, cubiertos con abrigos y gorros de lona encerada, y con pocas oportunidades de ponerse ropa seca. A los vigías les dolían los ojos de tanto escrutar desesperadamente el mar plomizo en busca de un periscopio. Solo disfrutaban de descanso y de un poco de comodidad cuando podían tomar una taza de chocolate caliente y un bocadillo de carne enlatada. En los barcos de escolta, en su mayoría destructores y corbetas, el movimiento de las pantallas de radar, junto con el sonido metálico del Asdic y los ecos del sonar, producía una fascinación hipnótica y terrible. La tensión psicológica era mayor incluso entre los marinos de la flota mercante debido a que no podían responder al fuego si eran atacados. Todos sabían que si el convoy era atacado por una manada y se veían obligados a saltar al agua llena de petróleo después de haber sido torpedeados, sus oportunidades de ser rescatados eran mínimas. Si un barco se paraba a recoger a los supervivientes se convertía en blanco fácil de cualquier submarino. El alivio que suponía llegar al Mersey o al Clyde en el viaje de vuelta transformaba por completo el ambiente reinante a bordo de las embarcaciones. Los tripulantes de los U-Boote alemanes llevaban una vida todavía más incómoda. Los mamparos chorreaban de vaho y el aire era pestilente debido al hedor producido por la ropa húmeda y los cuerpos sin lavar. Pero en general la moral reinante era alta en aquellos momentos de la guerra, en los que ellos no cesaban de cosechar tantos éxitos y las contramedidas británicas todavía estaban en fase de desarrollo. La mayor parte del tiempo lo pasaban en la superficie, lo cual servía para aumentar la velocidad y ahorrar combustible. El mayor peligro lo representaban los hidroaviones. En cuanto era avistado uno de estos aparatos, sonaba la señal de alarma y el submarino ejecutaba una inmersión inmediata, maniobra que tenían muy bien aprendida. Pero hasta que no se instalaron radares en los aviones, las oportunidades que había de localizar un submarino siguieron siendo bastante remotas. En abril de 1941, las pérdidas de los Aliados en embarcaciones llegaron a las seiscientas ochenta y ocho mil toneladas, pero estaban produciéndose algunas novedades alentadoras. La cobertura aérea de los convoyes se amplió, aunque seguía abierto el «hueco de Groenlandia», la gran zona central del Atlántico Norte que quedaba fuera del alcance de la Real Fuerza Aérea Canadiense por un lado y del Mando Costero de la RAF por otro. Frente a las costas de Noruega fue capturado un arrastrero armado alemán, que llevaba a bordo dos máquinas de codificación Enigma con los ajustes del mes anterior. Y el 9 de mayo, el Bulldog, de la Marina de Su Majestad, logró hacer salir por la fuerza a la superficie al U-110, Un pelotón de abordaje armado se apoderó de sus libros de códigos y de la máquina Enigma antes de que pudieran ser destruidos. Otras embarcaciones capturadas, entre ellas una estación meteorológica y un transporte, también proporcionaron valiosas presas. Pero cuando los convoyes aliados empezaron a escapar de las trampas tendidas por los submarinos, y más tarde, cuando tres U- Boote fueron víctimas de una emboscada frente a las costas de Cabo Verde, Dönitz comenzó a sospechar que probablemente sus códigos habían sido descifrados. La seguridad de Enigma fue reforzada. Aquel año en general había sido bastante duro para la Marina Real. El 23 de mayo, al tiempo que aumentaban las pérdidas en el Mediterráneo durante la batalla de Creta, estalló el gran crucero de batalla Hood al ser alcanzado por una sola bomba procedente del Bismarck en el Estrecho de Dinamarca, entre Groenlandia e Islandia. El almirante Günther Lütjens había navegado desde el mar Báltico a bordo del Bismarck acompañado del crucero pesado Prinz Eugen. La conmoción en Londres fue enorme. Y también fue enorme el deseo de venganza. Más de cien navíos participaron en la caza del Bismarck, entre ellos los acorazados King George V y Rodney, y el portaaviones Ark Royal. El crucero Suffolk, que iba tras el barco alemán, le perdió la pista, pero el 26 de mayo, cuando en la escuadra de acorazados británicos empezaba a escasear el combustible, un hidroavión Catalina avistó al Bismarck. Al día siguiente, a pesar del mal tiempo, despegaron del Ark Royal varios torpederos Swordfish. Dos torpedos inutilizaron los timones del Bismarck, que se dirigía a la seguridad del puerto de Brest. Lo único que podía hacer el gran buque de guerra alemán era dar vueltas y más vueltas en círculo. Esto permitió al King George V y al Rodney acercarse para asestarle el golpe de gracia con andanadas masivas disparadas con su principal armamento. El almirante Lütjens envió un último mensaje: «Navío incapaz de maniobrar. Lucharemos hasta la última bala. ¡Viva el Führer!» Acudió también el crucero Dorsetshire, de la Marina de Su Majestad, para acabar con él a golpes de torpedo. Lütjens, que ordenó echar a pique el barco, murió junto con sus dos mil doscientos hombres. Solo se rescataron de las aguas ciento diez tripulantes. 12 BARBARROJA (abril-septiembre de 1941) En la primavera de 1941, mientras la invasión de Yugoslavia por Hitler se veía rápidamente coronada por el éxito, Stalin se decidía por seguir una política de cautela. El 13 de abril, la Unión Soviética firmó con Japón un «pacto de neutralidad» de un año, reconociendo a su régimen títere de Manchukuo. Aquello era la culminación de lo que Chiang Kai-shek había venido temiendo desde la firma del Tratado Molotov-Ribbentrop. En 1940 el líder nacionalista chino había intentado jugar un doble juego ofreciendo proposiciones de paz a los japoneses. Esperaba obligar de ese modo a la Unión Soviética a aumentar sus niveles de apoyo —que últimamente habían disminuido mucho— y sabotear de paso su acercamiento a Tokio. Pero Chiang sabía también que un verdadero pacto con los japoneses habría supuesto poner en manos de Mao y los comunistas el liderazgo de las masas de China, pues el acuerdo sería visto como un acto terrible de cobardía y de traición. Cuando Japón firmó el Pacto Tripartito en septiembre de 1940, Chiang Kai-shek, al igual que Stalin, se dio cuenta de que aumentaban las posibilidades de que los japoneses se enfrentaran a los americanos y se sintió sumamente aliviado ante semejante perspectiva.1 La supervivencia de China estaba ahora en manos de los Estados Unidos, aunque Chiang sospechaba que la Unión Soviética acabaría formando parte también de una alianza antifascista. Preveía que el mundo estaba a punto de polarizarse de una forma más coherente. La partida de ajedrez tridimensional iba a acabar siendo bidimensional. Tanto el régimen soviético como el japonés, que se detestaban mutuamente, querían asegurarse su puerta trasera. En abril de 1941, tras firmar el pacto de neutralidad soviético-nipón, Stalin se presentó personalmente en la estación de ferrocarril de Yaroslavsky, en Moscú, para despedir al ministro de asuntos exteriores japonés, Matsuoko Yösuke, que seguía borracho después de disfrutar de la generosa hospitalidad del líder soviético.2 Entre la multitud que se agolpaba en el andén, Stalin divisó de repente al coronel Hans Krebs, el agregado militar alemán (que sería el último jefe del estado mayor en 1945). Para mayor asombro del oficial germánico, Stalin le dio una palmada en la espalda y dijo: «Debemos seguir siendo amigos siempre, pase lo que pase». Su aspecto crispado y enfermizo desmentía la afabilidad del dictador. «Estoy convencido de ello», replicó Krebs, recuperándose enseguida de su desconcierto. Evidentemente le costaba trabajo creer que Stalin no se hubiera imaginado todavía que Alemania se disponía a lanzar la invasión.3 Hitler estaba sumamente seguro de sí mismo. Había decidido no hacer caso de las viejas advertencias de Bismarck en contra de la invasión de Rusia y reconocía al mismo tiempo los peligros que podía acarrear una guerra en dos frentes. Justificaba su inveterada ambición de aplastar el «bolchevismo judío» como la forma más segura de obligar a Gran Bretaña a transigir. Una vez derrotada la Unión Soviética, Japón estaría en condiciones de desviar la atención de los Estados Unidos hacia el Pacífico y de obligar a los americanos a apartar los ojos de Europa. Pero el objetivo primordial de las autoridades nazis era asegurarse el petróleo y los productos ali