La última loza canaria que aún se guisa al aire – Pellagofio
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La última loza canaria que aún se guisa al aire

Alfarería de Lugarejos: la cocción del barro, en guisadero

Lugarejos, en Artenara (Gran Canaria), vivió días antes del comienzo del verano de 2022 una intensa jornada como cada vez que hay que someter al fuego la loza de barro todavía cruda. La alfarería en Canarias mantiene viva las mismas técnicas de elaboración que los aborígenes, pero sólo aquí se trabaja todavía sin horno. [En PELLAGOFIO nº 109 (2ª época, julio 2022)].

■ Primero, las piezas grandes
«Se calzan entre una piedra y otra: la jarra de la leche, la jarra de salar y guardar la carne, los bernagales… Y dentro de las grandes se ponen las pequeñas, bien calzaditas —explica mientras va armando el guisadero—. A mí me han contado que antiguamente ponían cuatro docenas de bernagales a guisar y, casi siempre, los de la punta de abajo se rompían de tanto peso y del fuego. Porque antes no había tanta pinocha como ahora, que hacía falta para los animales y para hacer carbón» ●

■ Sol, calor y nada de agua
Después de estar toda la mañana la loza al sol, a mediodía comienza Mari León a colocarla sobre el guisadero que prenderá después de la una. Al mismo tiempo, operarios del ayuntamiento (que han llegado con un camión cuba de agua) se dedican, manguera en mano, a mojar los alrededores del centro locero como medida de precaución. La alfarera les advierte de que tengan cuidado y no caiga «una gota» sobre la loza: si se mojara ya no serviría para guisar ●

■ La leña, del pinar y jaguarzo
Con el fin de prender el gran fuego que alcance la temperatura necesaria para cocinar el barro, en Lugarejos emplean pinocha y piñas de Pinus canariensis (las hojas y frutos del pino canario) que van echando en varios momentos del guisado. En el punto de la gran llamarada final añaden abundantes ramas verdes de jaguarzo (Cistus monspeliensis), un arbusto que aquí conocen como ‘horgazo’ «para aclarar la loza y que se quite toda la tizne: la deja limpia», dice la alfarera ●

En «Lugarejos en Gran Canaria, donde se colocaba la obra resguardándose en una pared rocosa, [es] como se suele realizar también en Marruecos»EMILI SEMPERE, ceramólogo

Por YURI MILLARES

El ceramólogo Emili Sempere Ferrándiz, que ha estudiado los diferentes tipos de horno de España y Portugal, clasificaba las estructuras para el guisado del barro al aire dentro de la tipología que denomina «hornera con tiraje inferior». Al describirlas, señala que se colocan «unas piedras en el lecho, formando unas hileras por las que se coloca leña y corre el aire. Para ello se sitúan las piezas mayores sobre las piedras y el resto por encima», señalando «otro modelo, como el de Lugarejos en Gran Canaria, donde se colocaba la obra resguardándose en una pared rocosa, como se suele realizar también en Marruecos».

La alfarería canaria, de tradición aborigen, no emplea el torno y en Lugarejos (Artenara) tampoco se guisa con horno. En la imagen, introduciendo pinocha y piñas de pino como combustible en las calles entre las hileras de piedras. | FOTO YURI MILLARES
La similitud de esta técnica con la utilizada por las alfareras de época anterior a la conquista (como la propia técnica de levantado de piezas a mano, sin uso del torno, que sí lo es) parece apuntar a que se trata de una pervivencia aborigen. Otra posibilidad que apunta Sempere es que «este tipo de hornos es idéntico al que utilizan los carboneros para transformar la leña en carbón y con el mismo procedimiento» y Lugarejos es conocido por su dedicación al carboneo en el pasado.

Lo cita Juan M. Zamora en su libro, La alfarería tradicional de Lugarejos. La memoria recuperada (2021) donde estudia el sistema de guisado del barro sobre hileras de piedras, que los habitantes de este barrio de casas cueva de Artenara (en Gran Canaria) denominan guisadero. Del origen de este centro locero, no obstante, este investigador no ha localizado documentación escrita anterior al siglo XX que lo mencione (el Archivo Municipal de Artenara resultó destruido por un aparatoso incendio en 1895), aunque mediante el estudio genealógico de las familias loceras ha podido remontarse hasta mediados del siglo XIX. El centro locero de Gran Canaria que ha podido ser documentado con mayor antigüedad es el de La Atalaya de Santa Brígida (s. XVIII), de donde salieron familias que fundaron alfares en otros lugares de la isla.

La variedad de piezas de barro de la alfarería popular canaria tiene, en cada centro locero, su propio estilo y decoración. La de Lugarejos es reconocida como la más fina y decorada de la isla

El balde para el ordeño y el colador de la leche. | FOTO Y. MILLARES
El guisadero de 2022
María Isabel León no ocultaba los nervios el día de principios de junio que iba a realizar el guisado al aire libre de la loza de barro que llevaba un año y medio elaborando en el Centro Locero de Lugarejos: piezas suyas y de un grupo de alumnos que participaron en un curso convocado por el Ayuntamiento de Artenara. Someter al fuego toda esa loza cruda no deja de poner a prueba el temple de esta artesana cuya mayor preocupación era que pudieran estallar algunas de ellas, sometidas a tan altas temperaturas.

Todo se desarrolló bien, para felicidad de locera y pupilos que vieron todas las ollas, bernagales, platos y jarras salir indemnes y cocidas cuando se extinguieron las llamas. «La técnica es unas calles de piedra muerta (de cantería), también rodeado de paredes de la misma piedra. Se ponen unas hileras de piedras y el día del guisado es muy laborioso, da mucho trabajo. Hay que estar todo el tiempo pendiente de la guisada, pero primero sacamos la loza al sol, la ponemos sobre pinocha para que se vaya calentando y que cuando se ponga en el guisadero ya esté calentita y no se rompa», explica.

La variedad de piezas de barro de la alfarería popular canaria tiene, en cada centro locero, su propio estilo y decoración. La de Lugarejos es reconocida como la más fina y decorada de la isla de Gran Canaria. «Un bernagal de Lugarejos no es igual que un bernagal de Hoya Pineda —explica—. El de Lugarejos es muy fino, no sólo por el menor grosor, sino por la decoración. La loza de aquí era muy decorada, con muchos picos, muchas tetillas, muchas crestas, los jarrones con costillas. Las crestas yo sólo las he visto en Lugarejos».

Piezas elaboradas por María León, la última alfarera en activo en Lugarejos: jarra de la miel, la típica cántara del lugar y vistas lateral y superior del ajero y de la cazuela de guisar. | FOTO Y. MILLARES
Mari León aprendió a su vez en otro curso, en 1994, que pretendía recuperar la alfarería del lugar, a punto de extinguirse después tres décadas sin actividad. Fue la única de aquella hornada que, después, se dedicó profesionalmente a la cerámica tradicional de barro. Ahora, ella enseña a otros. En aquella ocasión tuvo como monitoras a las dos últimas loceras nativas que quedaban en Lugarejos: Manolita (Manuela Santana Cabrera) y Carmela (como es conocida Teresa Lugo Medina).

«Manolita era un poco especial —recuerda—. Yo aprendí mucho de ella, pero hablando. Ella me decía siempre que “mirando también se aprende”. Me acuerdo de una vez que le llevé una pieza para que me la terminara. Siempre estaba sentada y teníamos que llevarle las cosas a donde estaba. Le dije: “Manolita, ¿me puede enseñar a hacer el beso del bernagal?».

Mondar y pisar el barro es un trabajo muy laborioso «y, después, a disfrutar, como digo yo: a levantar y hacer piezas» MARÍA ISABEL LEÓN, alfarera

El beso es «la boca del bernagal, el final de la pieza. Se quedó mirando para mí y se rio. Le puse el bernagal delante, le puso el beso y me lo dio. “Toma”. Le quité el beso y volví y lo hice todo entero. Cuando ella lo vio, dice: “Coño, ¿no me dijiste que te hiciera el beso?” “No, Manolita, yo le dije que me enseñara”, se lo dije así, bajito. Ella se rio y dice: “Si tú no aprendes, no aprende ninguno”».

Olla para cocinar, tostador de castañas, la palangana y el jarro de agua para el aseo y la talla o bernagal que iba en la pila de agua. | FOTO Y. MILLARES
El guisadero antiguamente se hacía «igualito que ahora, pero tenían menos recursos y cuando hacían una guisada intentaban hacerla comunitaria o tener muchas piezas para que les rindiera y aprovechar el combustible».

Después de pisar, a disfrutar
La materia prima que se emplea en la cerámica de Lugarejos es el barro que se va a buscar a la barrera donde hay vetas de varios colores, arena del barranco que esté limpia de tierra y almagre que buscan en el cercano barrio de Coruña. Un trabajo duro que tradicionalmente hacían los hombres en las familias loceras.

Después le tocaba a las mujeres «mondar el barro para quitarle las impurezas, ponerlo de remojo de 24 a 48 horas, pisarlo sobre arena tres o cuatro horas con los pies descalzos, poniendo más arena mientras lo vas pisando. Cuando está todo el barro nuevo pisado, echamos las raspas (lo que sobró de otras piezas) y seguimos pisando tres o cuatro veces más y al final hacemos unos bastos chiquititos y los vamos poniendo dentro de una vasija para que no se sequen».

El bernagal para traer agua de la fuente o del naciente, la jarra (del agua, el vino o la leche), la escudilla de la leche y el tostador para el grano del gofio. | FOTO Y. MILLARES
Un trabajo muy laborioso «y, después, a disfrutar, como digo yo: a levantar y hacer piezas. A ver, que levantar una pieza también da trabajo porque, aunque se levanta en poco tiempo, para terminarla tienes que cogerla cinco o seis veces en las manos: hay que rasparla, esponjarla, emparejarla, teñirla. Todo eso es un proceso que la pieza te pide como si te hablara, es lo que ella quiere».

Antes de aprender con Manolita y Carmela, Mari León ya le pedía en 1993 a su suegra (Carmela, precisamente) «que me enseñara y ella me decía que dejara eso, que da mucho trabajo y que era muy sucio. ¡Y al año siguiente, en 1994, hice el curso! Se asomaba una viejita y nos decía: “¡Ay!, estas niñas tan lindas no sé para qué hacen estas cosas tan sucias, un trabajo jediondo”. Yo le decía: “No se preocupe, tenemos más ropa que ponernos”. Y ella se reía. Claro, ellas antes hacían loza y estaban toda la semana con la misma ropa, porque había miseria. Yo lo hacía por gusto y ellas lo hacían por necesidad».

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