Nunca se descubrió quién era

Luis XIV y el hombre de la máscara de hierro

La identidad del más famoso preso político de la época del Rey Sol ha dado lugar a infinidad de leyendas y elucubraciones

Este grabado de 1789 identifica al hombre de la máscara de hierro con el conde de Vermandois, hijo ilegítimo de Luis XIV. Museo Carnavalet, París.

Foto: Wikimedia Commons

En la década de 1680 empezó a circular por Francia y los países vecinos un extraño rumor sobre un hombre que llevaba largos años recluido en una cárcel de «alta seguridad» por orden expresa de Luis XIV, y que –lo más intrigante de todo– llevaba permanentemente una máscara que le ocultaba el rostro.

En 1687, una gaceta manuscrita mencionaba su traslado al presidio de la isla Santa Margarita, frente a Cannes, bajo la custodia de un antiguo mosquetero, Benigne de Saint-Mars. Anteriormente ambos habían estado en las fortalezas de Pinerolo y de Exilles, en los Alpes. En 1698, la escena se repitió al ser nombrado Saint-Mars gobernador de la Bastilla. Un oficial de la prisión parisina recordaba en sus memorias la extrañeza que le causó ver cómo llegaba su nuevo superior acompañado por un preso «al que mantiene siempre enmascarado, y cuyo nombre no se pronuncia».

Pinerolo, la primera prisión del hombre de la máscara de hierro. 

Foto: Wikimedia Commons

La historia de este misterioso recluso terminó una tarde de noviembre de 1703 en el cementerio de Saint Paul de París, con el entierro de un tal Marchial y, el nombre que se dio al prisionero que poco antes había fallecido en la Bastilla, tras 34 años de reclusión. Con las primeras luces del nuevo día, sus ropas y pertenencias fueron quemadas y se procedió a rascar y encalar las paredes que lo habían ocultado desde su llegada a la torre apenas cinco años antes.

¿UN PARIENTE DEL REY?

Los testimonios de quienes habían visto al preso alimentaron las especulaciones sobre quién se ocultaba bajo la máscara y el motivo de su castigo. En realidad, no se trataba de habladurías inocentes, sino que tras ellas había una voluntad de criticar a Luis XIV y en general el absolutismo francés. Así, durante la guerra de los Nueve Años (1688-1697) la propaganda holandesa intentó aprovechar el rumor para socavar la legitimidad de Luis XIV, asegurando que el preso enmascarado era un antiguo amante de la reina madre y, a su vez, el auténtico padre del monarca.

Luis XIV, medalla de oro con la efigie del rey.

 

Foto: Wikimedia Commons

En el interior de Francia, las sospechas sobre la identidad del personaje recayeron sobre varios miembros de la amplia familia real. Se especulaba con que fuese Luis de Borbón, conde de Vermandois, hijo del Rey Sol y Louise de la Vallière. Luis fue desterrado de la corte tras haber sido descubierto practicando el «vicio italiano», como solía llamarse a la homosexualidad. Luego intentó recuperar el favor real en las campañas de Flandes, donde enfermó y falleció durante el asedio de Courtrai (1683), aunque algunos creían que en realidad había sido encarcelado por su padre.

Otro candidato a hombre enmascarado fue Francisco de Borbón, duque de Beaufort. Este primo del rey había sido uno de los líderes de la Fronda que, entre 1648 y 1653, conspiraron contra el monarca durante su minoría de edad. Distanciado del rey, participó en las campañas de ayuda a los venecianos contra el Imperio otomano y encabezó el asedio a Creta en 1669. Murió en un combate, pero su cuerpo nunca apareció, lo que dio pábulo a las tesis sobre su secuestro y encarcelamiento por el rey.

En los siglos XVI y XVII se pusieron de moda las máscaras de terciopelo para que las mujeres, durante los viajes, protegieran su piel del sol y la mantuvieran blanca. Algunos testimonios indican que el prisionero de Luis XIV llevaba también una máscara de terciopelo, no sabemos si tan sólo durante sus desplazamientos. Pero otros, igualmente dignos de crédito, mencionan que la máscara era de hierro.

Foto: Wikimedia Commons

En el siglo XVIII, el tema de la máscara de hierro ganó una extraordinaria popularidad entre los críticos del absolutismo y el abanico de candidatos no hizo sino aumentar. Se decía que el preso fue algún bastardo que habría tenido Ana de Austria, madre de Luis XIV, con sus amantes, entre ellos el cardenal Mazarino. Algunos panfletistas imaginaron incluso que la máscara fue el castigo impuesto por Luis XIV a los amantes de su esposa, la mojigata María Teresa de Austria. Para los ilustrados y los revolucionarios, el enmascarado era un ejemplo claro de la opresión y la tiranía que encarnaba el absolutismo monárquico del Rey Sol.

Voltaire ofreció en su obra El siglo de Luis XIV (1751) la versión más famosa del tema. El philosophe supone que el prisionero de la Bastilla ocultaba su rostro bajo una máscara cuya barbilla «tenía resortes de acero que le permitían comer». Voltaire, encerrado en la torre en 1717, aseguraba conocer la historia de aquel preso por lo que le contaron los reclusos más veteranos. Sin revelar su identidad, hablaba de «un prisionero de talla superior a la ordinaria, joven y de la más noble y bella figura». Se trataba de un hombre «indudablemente importante», de modales refinados y que tocaba la guitarra. «Se le daba una comida excelente», se le mantenía alejado de cualquier contacto con el resto de cautivos y sólo recibía la visita del alguacil.

EL MITO ROMÁNTICO

La descripción de Voltaire inspiró al novelista francés Alejandro Dumas un personaje secundario del libro El vizconde de Bragelonne (1848), título que cierra la trilogía sobre D’Artagnan y los tres mosqueteros. En él, Dumas forjó la iconografía romántica del mito que ha perdurado hasta nuestros días, así como la versión más popular sobre la identidad del preso: sería un hermano gemelo de Luis XIV que había nacido primero y que por ello podía poner en peligro la legitimidad del Rey Sol.

En su novela, El vizconde de Bragelonne, publicada por entregas entre 1848 y 1850, Alejandro Dumas popularizó la historia que hacía del hombre de la máscara de hierro un hermano gemelo de Luis XIV. Posteriormente han sido muchos los novelistas, dramaturgos y directores de cine los que han desarrollado el guion de Dumas, a menudo introduciendo toda clase de variantes rocambolescas. Fotografía de Alejandro Dumas por  Alphonse Liébert.

Foto: Wikimedia Commons

Ha habido muchas otras propuestas de identificación del hombre de la máscara de hierro, como el caballero de Rohan, cabecilla de una conspiración contra el rey, aunque las fechas de encarcelamiento o muerte no se ajustan con las del enmascarado. Ya en un plano de invención novelesca se sitúa la identificación del enmascarado con Nabo, un famoso paje pigmeo que habría dejado embarazada a la reina María Teresa.

LA PISTA DE PINEROLO

Los historiadores más rigurosos, por su parte, han barajado otros candidatos. Uno de ellos es Nicolas Fouquet, el poderoso superintendente de Finanzas que cayó en desgracia en 1661 y que, después de ser condenado por traición y corrupción, fue encerrado en la fortaleza de Pinerolo, la misma en la que Saint-Mars comenzó a custodiar al misterioso preso enmascarado. Pese a que Fouquet falleció en prisión en 1680, algunos autores han supuesto que las autoridades fingieron su muerte para prolongar su reclusión.

La historia del hombre de la máscara de hierro dio pie a multitud de novelas y artículos, como el que acompañaba este dibujo de la revista Once a Week  publicado el 25 de agosto de 1860.

Foto: Wikimedia Commons

Sin embargo, el candidato por el que los últimos investigadores parecen inclinarse es un personaje mucho más modesto: un tal Eustache Dauger, criado o valet de chambre en la corte del Rey Sol. Se cree que Dauger tuvo acceso a documentos secretos relativos a ciertas negociaciones diplomáticas entre Francia e Inglaterra en 1669 y cuando empezó a irse de la lengua Luis XIV ordenó enviarlo a la fortaleza de Pinerolo. Unos años más tarde entró al servicio del preso más ilustre de Pinerolo, Fouquet. A la muerte de éste, el Gobierno ordenó que se hiciera creer que Dauger había sido liberado, pero que en realidad se lo mantuviera preso. Sería entonces, para evitar que nadie lo identificara, por lo que se le colocó la célebre máscara, de terciopelo o de hierro, permanente o sólo durante los traslados.