(PDF) Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza (Sin colección) (Spanish Edition | Marcos Lang - Academia.edu
Índice PORTADA ELOGIOS PARA POR QUÉ FRACASAN LOS PAÍSES DEDICATORIA PREFACIO 1. TAN CERCA Y, SIN EMBARGO, TAN DIFERENTES 2. TEORÍAS QUE NO FUNCIONAN 3. LA CREACIÓN DE LA PROSPERIDAD Y LA POBREZA 4. PEQUEÑAS DIFERENCIAS Y COYUNTURAS CRÍTICAS: EL PESO DE LA HISTORIA 5. «HE VISTO EL FUTURO, Y FUNCIONA»: EL CRECIMIENTO BAJO INSTITUCIONES EXTRACTIVAS 6. EL DISTANCIAMIENTO 7. EL PUNTO DE INFLEXIÓN 8. NO EN NUESTRO TERRITORIO: OBSTÁCULOS PARA EL DESARROLLO 9. CÓMO REVERTIR EL DESARROLLO 10. LA DIFUSIÓN DE LA PROSPERIDAD 11. EL CÍRCULO VIRTUOSO 12. EL CÍRCULO VICIOSO 13. POR QUÉ FRACASAN LOS PAÍSES HOY EN DÍA 14. CÓMO ROMPER EL MOLDE 15. CLAVES PARA COMPRENDER LA PROSPERIDAD Y LA POBREZA AGRADECIMIENTOS ENSAYO Y FUENTES BIBLIOGRÁFICAS REFERENCIAS FOTOGRAFÍAS CRÉDITOS ELOGIOS PARA Por qué fracasan los países «Acemoglu y Robinson han contribuido a dilucidar por qué algunos países, en apariencia similares, difieren tanto en su desarrollo económico y político. A través de múltiples ejemplos históricos muestran de qué forma el desarrollo de las instituciones, en ocasiones debido a circunstancias accidentales, ha tenido consecuencias enormes. De acuerdo con su análisis, una sociedad abierta, dispuesta a favorecer el concepto de Schumpeter de “destrucción creativa” y que cuente con un auténtico Estado de derecho son factores clave para el desarrollo económico.» KENNETH J. ARROW, premio Nobel de Economía, 1972 «Los autores muestran de forma convincente que los países escapan a la pobreza solamente cuando tienen instituciones económicas apropiadas, especialmente en lo referente a competencia y propiedad privada. Además, defienden una idea muy original: existe una mayor probabilidad de que los países desarrollen las instituciones adecuadas cuando tienen un sistema político plural y abierto, con competencia entre los candidatos a ocupar cargos políticos y un amplio electorado con capacidad de apostar por nuevos líderes políticos. Esta conexión íntima entre las instituciones políticas y económicas es el núcleo principal de su análisis, y ha dado como resultado un estudio de gran vitalidad sobre una de las cuestiones cruciales en la economía y la economía política.» GARY S. BECKER, premio Nobel de Economía, 1992 «En este libro, repleto de ejemplos históricos reveladores, se defiende que unas instituciones políticas con voluntad integradora que apoyan a instituciones económicas con carácter inclusivo resultan clave para una prosperidad sostenida. Los autores demuestran cómo el impulso de ciertos regímenes nuevos da lugar a una espiral virtuosa, del mismo modo que los regímenes nefastos caen en una espiral viciosa. En pocas palabras: es un análisis tan importante como imprescindible.» PETER DIAMOND, premio Nobel de Economía, 2010 «Para quienes piensan que el destino económico de un país está predeterminado por la situación geográfica o el legado cultural, Daron Acemoglu y Jim Robinson tienen malas noticias. Son las instituciones artificiales, y no la naturaleza del terreno ni la fe de nuestros antepasados, lo que determina que un país sea rico o pobre. Con una síntesis brillante del trabajo de teóricos de todos los tiempos, desde Adam Smith a Douglass North, además de una investigación empírica de la actualidad más reciente por parte de historiadores económicos, Acemoglu y Robinson han escrito un libro convincente e interesante a partes iguales.» NIALL FERGUSON, autor de El triunfo del dinero «Acemoglu y Robinson, dos de los máximos expertos mundiales en desarrollo, revelan que ni la situación geográfica, ni las enfermedades, ni la cultura explican por qué algunos países son ricos y otros pobres. La riqueza o la pobreza depende de las instituciones y la política. Esta obra aporta una visión esclarecedora tanto para los especialistas como para el público en general.» FRANCIS FUKUYAMA, autor de El fin de la historia y el último hombre y The Origins of Political Order «Un libro fenomenal y edificante, pero también un toque de atención que resulta profundamente turbador. Acemoglu y Robinson elaboran una teoría convincente de prácticamente todo lo relacionado con el desarrollo económico. Los países mejoran cuando ponen en marcha instituciones políticas adecuadas que favorecen el crecimiento, pero que fracasan (a menudo, estrepitosamente) cuando dichas instituciones se anquilosan o no logran adaptarse a los tiempos cambiantes. En todo momento y lugar, las personas poderosas siempre procuran hacerse con el control total del gobierno, menoscabando el progreso social en favor de su propia codicia. Ejerza un férreo control sobre estas personas mediante una democracia efectiva o vea cómo fracasa su país.» SIMON JOHNSON, coautor de 13 Bankers y profesor en la MIT Sloan «Dos de los mejores y más eruditos economistas analizan una cuestión clave en nuestros días: ¿por qué algunos países son pobres y otros ricos? Éste es probablemente el estudio más revelador escrito hasta la fecha en torno a la importancia de las instituciones; un estudio, por cierto, elaborado con un profundo conocimiento de la economía y la historia política. Se trata de una obra provocativa e instructiva, y, a la vez, totalmente fascinante.» JOEL MOKYR, profesor de artes y ciencias del departamento de Económicas e Historia de la Universidad de Northwestern «En esta obra, de lectura gratamente amena y que aborda cuatrocientos años de historia, dos gigantes de las ciencias sociales contemporáneas nos transmiten un mensaje esperanzador y de suma importancia: la riqueza del mundo radica en la libertad. ¡Que tiemblen los tiranos del mundo!» IAN MORRIS, Universidad de Stanford, autor de Why the West Rules-for Now «Imagine que se ha sentado para escuchar a Jared Diamond, Joseph Schumpeter y James Madison reflexionar sobre cientos de años de historia política y económica. Imagine que entrelazan sus ideas en un marco teórico coherente que apuesta por limitar la explotación de personas y recursos, promover la destrucción creativa y crear instituciones políticas sólidas que compartan el poder, y empezará a ver lo que aporta este libro brillante y cautivador.» SCOTT E. PAGE, Universidad de Michigan e Instituto de Santa Fe «En este libro de vasto alcance, Acemoglu y Robinson se plantean una pregunta sencilla pero vital: ¿por qué algunos países se enriquecen y otros continúan siendo pobres? Su respuesta también es simple: porque algunos desarrollan instituciones políticas más inclusivas. Lo más destacable del libro es la concisión y claridad de su escritura, la elegancia del argumento y la admirable riqueza de los datos históricos que aporta. Este libro es de lectura obligada en un momento en el que los gobiernos de todo el mundo occidental deben alcanzar la voluntad política de abordar una crisis de deuda de proporciones extraordinarias.» STEVEN PINCUS, profesor de historia y estudios internacionales y regionales Bradford Durfee, Universidad de Yale «Es la política, ¡tontos! Así explican Acemoglu y Robinson, de forma sencilla pero convincente, la razón por la que tantos países no consiguen desarrollarse. Desde el absolutismo de los Estuardo al período prebélico del Sur, de Sierra Leona a Colombia, este trabajo magistral muestra cómo las élites poderosas manipulan las reglas para beneficiarse en detrimento de la mayoría. Trazando un camino cuidadoso entre los pesimistas y los optimistas, los autores demuestran que la historia y la geografía no tienen por qué marcar el destino de ningún país. Sin embargo, también documentan de qué forma las ideas y las políticas económicas inteligentes a menudo logran pocos resultados cuando no existe un cambio político fundamental.» DANI RODRIK, Escuela de Gobierno Kennedy, Universidad de Harvard «Este libro no es sólo fascinante e interesante, sino también imprescindible. La innovadora investigación que han realizado, y continúan realizando, los profesores Acemoglu y Robinson sobre cómo las fuerzas económicas, la política y los programas políticos han evolucionado juntos y juntos se equilibran entre sí, y cómo las instituciones tienen un gran peso en dicha evolución, es esencial para comprender los éxitos y los fracasos de las sociedades y los países. Por lo demás, estas ideas incisivas se muestran de la forma más accesible que cabe imaginar. Quienes empiecen a leer este libro no podrán soltarlo hasta llegar a la última página.» MICHAEL SPENCE, premio Nobel de Economía, 2001 «Este libro, fascinante y ameno, se centra en la evolución conjunta de las instituciones políticas y económicas, así como en sus dirigentes buenos y malos. El ensayo ofrece un delicado equilibrio entre la lógica del comportamiento político y económico y los cambios de rumbo provocados por los acontecimientos históricos en momentos críticos como los que vivimos. Acemoglu y Robinson proporcionan un amplio abanico de ejemplos históricos para demostrar cómo el cambio puede tender a instituciones favorables, innovación progresiva y éxito económico, o, igualmente, hacia instituciones represivas que desembocan en la decadencia o el estancamiento. Los autores logran generar entusiasmo y reflexión al mismo tiempo.» ROBERT SOLOW, premio Nobel de Economía, 1987 «Hace tiempo, un filósofo escocés poco conocido escribió un libro sobre qué hace que los países tengan éxito y qué hace que fracasen. La riqueza de las naciones todavía se lee hoy en día. Con la misma perspicacia y la misma perspectiva histórica amplia, Daron Acemoglu y James Robinson han vuelto a abordar esta misma cuestión para nuestra época. Dentro de dos siglos, nuestros tataranietos también leerán Por qué fracasan los países.» GEORGE AKERLOF, premio Nobel de economía, 2001 «Hay tres razones para que te guste este libro. Trata de las diferencias de renta nacionales del mundo moderno, quizá el mayor problema al que nos enfrentamos hoy día. El libro está salpicado de historias fascinantes que te convertirán en un orador espléndido en cualquier fiesta, como por qué Botsuana es un país próspero y Sierra Leona, no. Y es un libro fantástico. Como yo, quizá sucumbas y lo leas de un tirón, y después, vuelvas a releerlo sin parar.» JARED DIAMOND, ganador del premio Pulitzer, autor de bestsellers como Armas, gérmenes y acero y Colapso «Por qué fracasan los países es tan bueno en tantas cosas que no sé ni por dónde empezar. Explica largos periodos de la historia humana. Se mueve con la misma soltura por Asia, África y el continente americano. Es justo con la izquierda y la derecha y con todos los matices intermedios. No golpea injustamente ni insulta para llamar la atención. Arroja luz sobre el pasado mientras nos ofrece una forma nueva de reflexionar sobre los momentos que vivimos. Es uno de los escasos libros de economía que convence al lector de que los autores desean lo mejor para toda la gente corriente. Dará a los expertos años de argumentación y a los lectores años de conversación de sobremesa del tipo “sabías que…”. Además, está salpicado de ocurrencias divertidas, lo que siempre se agradece. Es un libro excelente y debería comprarse de inmediato para animar a los autores a seguir trabajando.» CHARLES C. MANN, autor de 1491 y 1493 Para Arda y Asu D. A. Para María Angélica, mi vida y mi alma J. R. Prefacio Este libro trata de las enormes diferencias en ingresos y nivel de vida que separan a los países ricos del mundo, como Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania, de los pobres, como los del África subsahariana, América Central y el sur de Asia. Mientras escribimos este prefacio, el Norte de África y Oriente Próximo han sido sacudidos por la Primavera Árabe originada por la denominada revolución de los Jazmines, que comenzó debido a la indignación pública provocada por la autoinmolación de un vendedor ambulante, Mohamed Bouazizi, el 17 de diciembre de 2010. El 14 de enero de 2011, el presidente Zine el Abidine Ben Ali, que gobernaba Túnez desde 1987, dimitió, pero, lejos de disminuir, el fervor revolucionario contra el dominio de las élites privilegiadas tunecinas se hacía cada vez más fuerte y ya se había extendido al resto de Oriente Próximo. Hosni Mubarak, que había gobernado Egipto con un férreo control durante casi treinta años, fue derrocado el 11 de febrero de 2011. El destino de los regímenes de Baréin, Libia, Siria y Yemen se desconoce en el momento de acabar este prefacio. Las raíces del descontento de estos países se encuentran en su pobreza. El egipcio medio tiene un nivel de ingresos de alrededor del 12 por ciento del ciudadano medio de Estados Unidos y su esperanza de vida es diez años menor. Además, el 20 por ciento de la población vive en una pobreza extrema. A pesar de que estas diferencias sean significativas, en realidad, son bastante pequeñas en comparación con las que existen entre Estados Unidos y los países más pobres del mundo, como Corea del Norte, Sierra Leona y Zimbabue, donde más de la mitad de la población vive en la pobreza. ¿Por qué Egipto es mucho más pobre que Estados Unidos? ¿Qué limitaciones existen para que los egipcios lleguen a ser más prósperos? ¿La pobreza de Egipto es inmutable o puede ser erradicada? Una forma natural de empezar a pensar en ello es ver qué dicen los propios egipcios sobre los problemas a los que se enfrentan y por qué se alzaron contra el régimen de Mubarak. Noha Hamed, de veinticuatro años, trabajadora de una agencia de publicidad de El Cairo, dejó clara su opinión mientras se manifestaba en la plaza de Tahrir: «Sufrimos debido a la corrupción, la opresión y la educación deficiente. Vivimos en un sistema corrupto que debe cambiar». Otra persona de la plaza, Mosaab el Shami, de veinte años, estudiante de Farmacia, estaba de acuerdo con ella: «Espero que, para finales de este año, tengamos un gobierno electo, que se apliquen las libertades universales y que pongamos fin a la corrupción que se ha apoderado de este país». Los manifestantes de la plaza de Tahrir hablaron con una sola voz sobre la corrupción del gobierno, su incapacidad para ofrecer servicios públicos y la falta de igualdad de oportunidades de su país. Se quejaban sobre todo de la represión y la falta de derechos políticos. Tal y como Mohamed el Baradei, ex director del Organismo Internacional de Energía Atómica, escribió en Twitter el 13 de enero de 2011: «Túnez: represión + ausencia de justicia social + negación de canales para el cambio pacífico = bomba de relojería». Tanto los egipcios como los tunecinos vieron que sus problemas económicos se debían fundamentalmente a su falta de derechos políticos. Cuando los manifestantes empezaron a formular sus demandas de una forma más sistemática, se hizo evidente que las primeras doce demandas inmediatas planteadas por Wael Jalil, el ingeniero de software y blogger que emergió como uno de los líderes del movimiento de protesta egipcio, se centraban en el cambio político. Cuestiones como el aumento del sueldo mínimo aparecían solamente entre las demandas transitorias que se implantarían posteriormente. Para los egipcios, las cosas que los han retrasado incluyen un Estado ineficaz y corrupto y una sociedad en la que no pueden utilizar su talento, su ambición, su ingenio ni la formación académica que puedan conseguir. Sin embargo, también reconocen que las raíces de estos problemas son políticas. Todos los impedimentos económicos a los que se enfrentan proceden de cómo se ejerce el poder político en Egipto y del monopolio de dicho poder por parte de una élite reducida. Y creen que éste es el primer elemento que debe cambiar. No obstante, por creer esto, los manifestantes de la plaza de Tahrir se han desmarcado notablemente de la sabiduría convencional sobre el tema. La mayoría de los teóricos y comentaristas que analizan por qué un país como Egipto es pobre lo atribuyen a factores completamente distintos. Algunos subrayan que la pobreza del país viene determinada principalmente por su situación geográfica, por el hecho de que es casi todo desierto, carece de una pluviosidad adecuada y su suelo y su clima no permiten que exista una agricultura productiva. Sin embargo, otros apuntan a los atributos culturales de los egipcios, que supuestamente son hostiles a la prosperidad y al desarrollo económico. Defienden la idea de que los egipcios carecen del tipo de rasgos culturales y de ética del trabajo que han permitido que otros pueblos prosperen y que han aceptado creencias islámicas que no concuerdan con el éxito económico. Un tercer enfoque, el dominante entre los economistas y expertos políticos, se basa en la idea de que los gobernantes de Egipto sencillamente no saben qué es necesario para que su país prospere y han seguido políticas y estrategias incorrectas en el pasado. Creen que, si estos gobernantes consiguieran el asesoramiento apropiado de los asesores adecuados, se lograría la prosperidad. De acuerdo con estos académicos y expertos, el hecho de que Egipto haya sido gobernado por reducidas élites que buscan su beneficio personal a costa de la sociedad parece irrelevante a la hora de comprender los problemas económicos del país. En este libro, defenderemos que los que están en lo cierto son los egipcios de la plaza de Tahrir, y no la mayoría de los teóricos y comentaristas. De hecho, Egipto es pobre precisamente porque ha sido gobernado por una reducida élite que ha organizado la sociedad en beneficio propio a costa de la mayor parte de la población. El poder político se ha concentrado en pocas manos y se ha utilizado para crear una gran riqueza para quienes lo ostentan, como la fortuna valorada, según parece, en setenta mil millones de dólares acumulada por el ex presidente Mubarak. Los perdedores han sido los egipcios, como ellos mismos saben de sobra. Mostraremos que esta interpretación de la pobreza egipcia, la interpretación del pueblo, aparece para dar una explicación general de por qué los países pobres son pobres. Mostraremos que países como Corea del Norte, Sierra Leona o Zimbabue son pobres por la misma razón que lo es Egipto. Otros, como Gran Bretaña y Estados Unidos, se hicieron ricos porque sus ciudadanos derrocaron a las élites que controlaban el poder y crearon una sociedad en la que los derechos políticos estaban mucho más repartidos, en la que el gobierno debía rendir cuentas y responder a los ciudadanos y en la que la gran mayoría de la población podía aprovechar las oportunidades económicas. Mostraremos que, para comprender por qué existe esta desigualdad en el mundo actual, tenemos que hurgar en el pasado y estudiar las dinámicas históricas de las sociedades. Veremos que la razón de que Gran Bretaña sea más rica que Egipto es que, en 1688, se produjo una revolución en Gran Bretaña (o Inglaterra, para ser exactos) que transformó la política y, por tanto, también la economía del país. El pueblo luchó por alcanzar más derechos políticos, los ganó y los utilizó para ampliar sus oportunidades económicas. El resultado fue una trayectoria política y económica fundamentalmente distinta que culminó en la revolución industrial. La revolución industrial y las tecnologías que impulsó no llegaron a Egipto, ya que este país estaba bajo el control del Imperio otomano, que trataba a Egipto de una forma parecida a como lo trataría posteriormente la familia Mubarak. El dominio otomano en Egipto fue derrocado por Napoleón Bonaparte en 1798, pero después el país cayó en manos del colonialismo británico, que tenía tan poco interés como los otomanos en promover la prosperidad egipcia. A pesar de que los egipcios se deshicieron de los imperios otomano y británico y de que, en 1952, derrocaron a su monarquía, no fueron revoluciones como la de 1688 en Inglaterra. En lugar de transformar fundamentalmente la política de Egipto, condujeron al poder a otra élite tan poco interesada como los otomanos y los británicos en lograr la prosperidad para los egipcios de a pie. En consecuencia, la estructura básica de la sociedad no cambió y Egipto continuó siendo pobre. En este libro, estudiaremos cómo se reproducen estos patrones con el tiempo y por qué a veces se alteran, como en el caso de Inglaterra en 1688 y de Francia con la revolución de 1789. Esto nos ayudará a comprender si la situación de Egipto ha cambiado actualmente y si la revolución que derrocó a Mubarak conducirá a un conjunto nuevo de instituciones capaces de llevar la prosperidad al egipcio medio. Egipto ha tenido revoluciones en el pasado que no cambiaron las cosas porque quienes organizaron las revoluciones se limitaron a arrebatar las riendas a los que las tenían antes que ellos y a recrear un sistema parecido. De hecho, es realmente difícil que los ciudadanos corrientes logren un verdadero poder político y cambien la forma de funcionar de la sociedad. Sin embargo, es posible, y veremos cómo sucedió en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, y también en Japón, Botsuana y Brasil. Fundamentalmente, es una transformación política de este tipo lo que se necesita para que una sociedad pobre pase a ser rica. Existen pruebas de que esto podría estar sucediendo en Egipto. Reda Metwaly, manifestante de la plaza de Tahrir, defendió: «Ahora ves a musulmanes y cristianos juntos, y a viejos y jóvenes juntos, todos quieren lo mismo». Veremos que un movimiento así de amplio de la sociedad fue fundamental para que ocurriera lo que sucedió en estas otras transformaciones políticas. Si entendemos cuándo y por qué ocurren estas transiciones, estaremos en mejor posición para evaluar cuándo esperamos que fracasen dichos movimientos de acuerdo con lo que ha ocurrido normalmente en el pasado y cuándo podemos esperar que tengan éxito y mejoren la vida de millones de personas. 1 Tan cerca y, sin embargo, tan diferentes La economía de Río Grande La ciudad de Nogales está dividida en dos por una alambrada. Si uno se queda de pie al lado de la valla y mira al norte, ve Nogales (Arizona), perteneciente al condado de Santa Cruz. La renta media de un hogar es de unos 30.000 dólares estadounidenses al año. La mayoría de los adolescentes van al instituto y la mayoría de los adultos tienen estudios secundarios. A pesar de toda la controversia que generan las deficiencias del sistema sanitario de Estados Unidos, la población está relativamente sana, y tiene una esperanza de vida elevada de acuerdo con criterios mundiales. Muchos de los residentes son mayores de sesenta y cinco años y tienen acceso al programa de asistencia sanitaria Medicare. Éste es uno de los muchos servicios que proporciona el gobierno que la mayoría de las personas da por sentado, igual que ocurre con la electricidad, el teléfono, el alcantarillado, la sanidad pública, una red de carreteras que las une a otras ciudades de la zona y al resto de Estados Unidos y, por último pero no menos importante, la ley y el orden. Los habitantes de Nogales (Arizona) pueden realizar sus actividades diarias sin temer por su vida ni su seguridad y no tienen un miedo constante al robo, la expropiación u otras cosas que podrían poner en peligro las inversiones en sus negocios y sus casas. Igualmente importante es que los residentes de Nogales (Arizona) dan por sentado que, a pesar de su ineficiencia y corrupción esporádica, el gobierno es su agente. Pueden votar para sustituir a su alcalde, y a congresistas y senadores; votan en las elecciones presidenciales que determinan quién dirigirá el país. La democracia es algo natural para ellos. La vida al sur de la alambrada, a solamente unos metros de allí, es bastante distinta. A pesar de que los habitantes de Nogales (Sonora) viven en una parte relativamente próspera de México, la renta media de cualquier hogar es de alrededor de una tercera parte de la que tienen en Nogales (Arizona). La mayor parte de los adultos de Nogales (Sonora) no poseen el título de secundaria y muchos adolescentes no van al instituto. Las madres se preocupan por los altos índices de mortalidad infantil. Las condiciones de la sanidad pública son deficientes, lo que significa que no es de extrañar que los habitantes de Nogales (Sonora) no sean tan longevos como sus vecinos del norte. Además, no tienen acceso a muchos servicios públicos. Las carreteras están en mal estado al sur de la valla. La ley y el orden están en peor estado aún. Hay mucha delincuencia y abrir un negocio es una actividad peligrosa. Además de correr el riesgo de que le roben a uno, el hecho de conseguir todos los permisos y sobornos solamente para abrir no resulta nada fácil. Los habitantes de Nogales (Sonora) viven a diario con la corrupción y la ineptitud de los políticos. A diferencia de lo que ocurre con sus vecinos del norte, la democracia es una experiencia muy reciente para ellos. Hasta las reformas políticas del año 2000, Nogales (Sonora), igual que el resto de México, estaba bajo el control corrupto del Partido Revolucionario Institucional (PRI). ¿Cómo pueden ser tan distintas las dos mitades de lo que es, esencialmente, la misma ciudad? No hay diferencias en el clima, la situación geográfica ni los tipos de enfermedades presentes en la zona, ya que los gérmenes no se enfrentan a ninguna restricción al cruzar la frontera entre ambos países. Evidentemente, las condiciones sanitarias son muy distintas, pero esto no tiene nada que ver con el entorno de las enfermedades, sino que se debe a que la población al sur de la frontera vive en peores condiciones sanitarias y carece de una atención médica digna. Pero quizá los habitantes sean muy distintos. ¿Podría deberse a que los de Nogales (Arizona) son nietos de inmigrantes de Europa, mientras que los del sur son descendientes de los aztecas? No. Los orígenes de las personas de ambos lados de la frontera son bastante similares. Después de que México se independizara de España en 1821, la zona de alrededor de «las dos Nogales» formaba parte del estado mexicano de Vieja California y continuó así después de la guerra entre México y Estados Unidos que tuvo lugar entre 1846 y 1848. De hecho, fue después de la compra de Gadsden de 1853 cuando la frontera estadounidense se amplió a esta zona. Fue el teniente N. Michler quien, mientras vigilaba la frontera, advirtió la presencia del «pequeño y bonito valle de los Nogales». Aquí, en ambos lados de la frontera, crecieron las dos ciudades. Los habitantes de Nogales (Arizona) y Nogales (Sonora) comparten antepasados, disfrutan de la misma comida y música e incluso nos aventuraríamos a decir que tienen la misma «cultura». Evidentemente, hay una explicación muy sencilla y obvia de las diferencias entre las dos mitades de Nogales que el lector ya habrá adivinado: la propia frontera que define a las dos mitades. Nogales (Arizona) está en Estados Unidos. Sus habitantes tienen acceso a las instituciones económicas estadounidenses, lo que les permite elegir su trabajo libremente, adquirir formación académica y profesional y animar a sus empleadores a que inviertan en la mejor tecnología, lo que, a su vez, hace que ganen sueldos más elevados. También tienen acceso a instituciones políticas que les permiten participar en el proceso democrático, elegir a sus representantes y sustituirlos si tienen un comportamiento inadecuado. Por tanto, los políticos proporcionan los servicios básicos (desde sanidad pública hasta carreteras y ley y orden) que demandan los ciudadanos. Los de Nogales (Sonora) no tienen tanta suerte. Viven en un mundo distinto moldeado por diferentes instituciones. Éstas crean incentivos muy dispares para los habitantes de las dos Nogales y para los emprendedores y las empresas que desean invertir allí. Los incentivos creados por las distintas instituciones de las dos Nogales y los países en los que están situadas son la razón principal que explica las diferencias en prosperidad económica a ambos lados de la frontera. ¿Por qué las instituciones de Estados Unidos conducen mucho más al éxito económico que las de México o, de hecho, que las del resto de América Latina? La respuesta a esta pregunta se encuentra en cómo se formaron las distintas sociedades en el inicio del período colonial. En aquel momento, se produjo una divergencia institucional cuyas implicaciones todavía perduran. Para comprender esta divergencia, debemos empezar a observar la fundación de las colonias de Norteamérica y América Latina. La fundación de Buenos Aires A principios de 1516, el navegante español Juan Díaz de Solís llegó a un estuario amplio de la costa oriental de Sudamérica. Díaz de Solís vadeó hacia la orilla, reclamó ese territorio para España y dio nombre al Río de la Plata porque los lugareños tenían aquel metal precioso. Los pueblos indígenas de ambos lados del estuario (los charrúas en lo que actualmente es Uruguay y los querandíes en las llanuras que se conocerían como la pampa en la Argentina moderna) vieron a los recién llegados con hostilidad. Eran cazadores-recolectores que vivían en pequeños grupos sin autoridades políticas centralizadas fuertes. De hecho, fue una banda de charrúas la que mató a palos a Juan Díaz de Solís cuando éste exploraba los nuevos dominios que intentaba ocupar para España. En 1534, los españoles, todavía optimistas, enviaron una primera misión de colonos desde España bajo el liderazgo de Pedro de Mendoza. Fundaron una ciudad en el emplazamiento de Buenos Aires ese mismo año que debía de haber sido un lugar ideal para los europeos. Buenos Aires tenía un clima templado y hospitalario. Sin embargo, la primera estancia de los españoles allí duró poco tiempo. No estaban allí para conseguir buenos aires, sino para obtener recursos que extraerían los nativos bajo coacción. Sin embargo, los charrúas y los querandíes no cooperaron. Se negaron a proporcionar comida a los españoles y a trabajar cuando eran apresados. Atacaron el nuevo asentamiento con sus arcos y flechas. Los españoles estaban hambrientos, ya que no habían previsto tener que buscar su propio sustento. Buenos Aires no era lo que habían soñado. No podían coaccionar a los lugareños para que trabajaran para ellos. Y allí no había plata ni oro que explotar; la plata que Juan Díaz de Solís encontró, de hecho, procedía del Estado inca en los Andes, muy lejos hacia el oeste. Mientras intentaban sobrevivir, los españoles empezaron a enviar expediciones para encontrar un nuevo lugar que ofreciera mayores riquezas y poblaciones más fáciles de someter. En 1537, una de aquellas expediciones, bajo el liderazgo de Juan de Ayolas, siguió aguas arriba el río Paraná, en busca de una ruta hacia los incas. En el camino, estableció contacto con los guaraníes, pueblo sedentario de economía agrícola basada en el maíz y la mandioca. Juan de Ayolas en seguida se dio cuenta de que los guaraníes eran completamente distintos de los charrúas y los querandíes. Tras un breve conflicto, los españoles vencieron la resistencia guaraní y fundaron una ciudad, Nuestra Señora de Santa María de la Asunción, que sigue siendo la capital de Paraguay. Los conquistadores se casaron con las princesas guaraníes y se establecieron rápidamente como una nueva aristocracia. Adaptaron los sistemas ya existentes de trabajos forzados y tributos de los guaraníes, pero con ellos al mando. Aquél era el tipo de colonia que deseaban establecer y, al cabo de cuatro años, habían abandonado Buenos Aires y todos los españoles establecidos allí se trasladaron a la nueva ciudad. Buenos Aires, el «París de Sudamérica», una ciudad de avenidas anchas de estilo europeo basada en la gran riqueza agrícola de la pampa, no fue colonizada de nuevo hasta 1580. El abandono de Buenos Aires y la conquista de los guaraníes reflejan la lógica de la colonización europea de América. Los primeros españoles y, como veremos, también los colonos ingleses, no estaban interesados en cultivar la tierra ellos mismos, querían que lo hicieran otros por ellos y saquear sus riquezas, oro y plata. De Cajamarca... Las expediciones de Juan Díaz de Solís, Pedro de Mendoza y Juan de Ayolas llegaron tras las más famosas que siguieron al avistamiento de Cristóbal Colón de una de las islas Bahamas el 12 de octubre de 1492. La expansión y la colonización española de América empezaron en serio con la invasión de México por parte de Hernán Cortés en 1519, con la expedición de Francisco Pizarro a Perú una década y media después y con la de Pedro de Mendoza al Río de la Plata solamente dos años más tarde. Durante el siglo siguiente, España conquistó y colonizó la mayor parte de la América Central, y el oeste y el sur de Sudamérica, mientras que Portugal reclamó el este, Brasil. La estrategia de colonización española fue muy efectiva. La inició Hernán Cortés en México, basándose en la observación de que la mejor forma de dominar al adversario era capturar al líder indígena. Esta estrategia le permitió reclamar la riqueza acumulada de los líderes y coaccionar a los pueblos indígenas para que le entregaran tributos y comida. El paso siguiente consistía en establecerse como la nueva élite de la sociedad indígena y hacerse con el control de los impuestos y tributos ya existentes y, sobre todo, de los trabajos forzados. Cuando Cortés y sus hombres llegaron a la gran capital azteca de Tenochtitlán el 8 de noviembre de 1519, fueron recibidos por Moctezuma, el emperador azteca, que había decidido, aconsejado por sus asesores, dar la bienvenida a los españoles de forma pacífica. Lo que ocurrió después fue descrito en la obra compilada después de 1545 por el religioso franciscano Bernardino de Sahagún en su famoso Códice florentino. Los españoles se apoderaron enseguida de Moctezuma... entonces, se dispararon cada una de las armas... Reinaba el miedo. Era como si todo el mundo se hubiera tragado el corazón. Incluso antes de que hubiera oscurecido, había terror, estupefacción, aprensión, la gente estaba aturdida. Y, con la puesta de sol, se proclamaron todas las cosas que los españoles necesitaban: tortillas blancas, pavas asadas, huevos, agua dulce, madera, leña, carbón... Moctezuma recibía órdenes. Y, cuando los españoles se hubieron asentado bien, preguntaron a Moctezuma sobre todo el tesoro de la ciudad... buscaban oro con gran celo. Y Moctezuma fue allí para dirigir a los españoles. Ellos fueron rodeándole... le abrazaban, le agarraban. Y, cuando llegaron al almacén, a un lugar llamado Teocalco, llevaron todas las cosas brillantes; el abanico de cabeza de plumas quetzal, los artefactos, los escudos, los discos dorados... las narigueras de oro con forma de luna creciente, las bandas de oro para las piernas, los brazos y la frente. Acto seguido, se separó el oro... enseguida prendieron fuego a todas las cosas preciosas. Lo quemaron todo. Y los españoles hicieron barras a partir de aquel oro... Y los españoles fueron caminando a todas partes... Lo tomaron todo, todo lo que veían que fuera bueno. Más tarde, fueron al propio almacén de Moctezuma, al lugar llamado Totocalcoy se llevaron las posesiones del propio Moctezuma... todo objetos preciosos; collares con colgantes, bandas de brazo con penachos de plumas de quetzal, bandas de oro para los brazos, brazaletes, bandas de oro con conchas... y la diadema de turquesas, característica del gobernante. Se lo llevaron todo. La conquista militar de los aztecas se completó en 1521. Cortés, como gobernador de la provincia de Nueva España, empezó a dividir el recurso más valioso, la población indígena, a través de la institución de la encomienda. La encomienda había aparecido por primera vez durante el siglo XV en España como parte de la reconquista del sur del país a los árabes que se habían establecido allí a partir del siglo VIII. En el Nuevo Mundo, la encomienda adoptó una forma mucho más perniciosa: se trataba de una cesión de indígenas a un español que recibía el nombre de encomendero. Los indígenas tenían que dar al encomendero tributos y mano de obra y, a cambio, él debía convertirlos al cristianismo. El funcionamiento de la encomienda ha llegado hasta nosotros a través de la crónica vívida y pronta escrita por Bartolomé de las Casas, fraile dominico que formuló una de las primeras críticas más devastadoras al colonialismo español. De Las Casas llegó a la isla La Española en 1502 con una flota de barcos dirigida por el nuevo gobernador, Nicolás de Ovando. Con el paso del tiempo, Bartolomé de las Casas quedó muy desilusionado y afectado por el trato cruel y explotador que recibían los pueblos indígenas, y que él presenciaba día tras día. En 1513, de Las Casas participó como capellán en la conquista española de Cuba, e incluso se le concedió una encomienda por sus servicios. Sin embargo, renunció a ella y empezó una larga campaña para reformar las instituciones coloniales españolas. Sus esfuerzos culminaron en su obra Brevísima relación de la destrucición de las Indias , escrita en 1542, un ataque fulminante a la barbarie del dominio español. Respecto a la encomienda, dice lo siguiente en el caso de Nicaragua: Como los pueblos que tenían eran todos una muy graciosa huerta cada uno, como se dijo, aposentáronse en ellos los cristianos, cada uno en el pueblo que le repartían (o, como dicen ellos, le encomendaban y hacía en él sus labranzas, manteniéndose de las comidas pobres de los indios, y así les tomaron sus particulares tierras y heredades de que se mantenían. Por manera que tenían los españoles dentro de sus mesmas casas todos los indios, señores, viejos, mujeres y niños, y a todos hacen que les sirvan noches y días, sin holganza. En lo que se refiere a la conquista de Nueva Granada, la moderna Colombia, Bartolomé de Las Casas señala el funcionamiento de toda la estrategia española: Repartidos los pueblos y señores y gentes dellos por los españoles (que es todo lo que pretenden por medio para alcanzar su fin último, que es el oro), y puestos todos en la tiranía y servidumbre acostumbrada, el tirano capitán principal que aquella tierra mandaba prendió al señor y rey de todo aquel reino, y túvolo preso seis o siete meses, pidiéndole oro y esmeraldas sin otra causa ni razón alguna. El dicho rey, que se llamaba Bogotá, por el miedo que le pusieron, dijo que él daría una casa de oro que le pedían, esperando de soltarse de las manos de quien así lo afligía, y envió indios a que le trajesen oro; y por veces trajeron mucha cantidad de oro y piedras, pero porque no daba la casa de oro, decían los españoles que lo matase, pues no cumplía lo que había prometido. El tirano dijo que se lo pidiesen por justicia ante él mesmo. Pidiéronlo así por demanda, acusando al dicho rey de la tierra; él dio sentencia condenándolo a tormentos si no diese la casa de oro. Danle el tormento del tracto de cuerda, echábanle sebo ardiendo en la barriga, pónenle a cada pie una herradura hincada en un palo, y el pescuezo atado a otro palo, y dos hombres que le tenían las manos; y así le pegaban fuego a los pies; y entraba el tirano de rato en rato, y le decía que así lo había de matar poco a poco a tormentos si no le daba el oro. Y así lo cumplió y mató al dicho señor con los tormentos. La estrategia y las instituciones de la conquista perfeccionadas en México fueron ávidamente adoptadas en el resto del imperio español. En ningún lugar se hizo de una forma más efectiva que en la conquista de Perú efectuada por Pizarro. Como relata De Las Casas: En el año de mil y quinientos y treinta y uno fue otro tirano grande con cierta gente a los reinos del Perú, donde entrando con el título e intención y con los principios que los otros todos pasados (porque era uno de los que se habían más ejercitado y más tiempo en todas las crueldades y estragos que en la tierra firme desde el año de mil y quinientos y diez, se habían hecho). Pizarro empezó en la costa cerca de la ciudad peruana de Tumbes y fue hacia el sur. El 15 de noviembre de 1532, llegó a la ciudad montañosa de Cajamarca, donde el emperador inca Atahualpa había acampado con su ejército. Al día siguiente, Atahualpa, que acababa de vencer a su hermano Huáscar en una competición para determinar quién sucedería a su difunto padre, Huayna Capac, llegó con su séquito al lugar en el que habían acampado los españoles. Atahualpa estaba irritado porque le habían llegado noticias de las atrocidades que ya habían cometido los españoles, como violar un templo del dios sol Inti. Lo que ocurrió después es muy conocido. Los españoles les tendieron una trampa. Mataron a los guardias y criados de Atahualpa, posiblemente unas dos mil personas, y capturaron al rey. Para lograr su libertad, Atahualpa tuvo que prometer que llenaría una sala con oro y dos más del mismo tamaño con plata. Así lo hizo, pero los españoles incumplieron sus promesas y lo estrangularon en julio de 1533. Aquel noviembre, los españoles capturaron la capital inca de Cuzco, donde los aristócratas incas recibieron el mismo tratamiento que Atahualpa: fueron encarcelados hasta haber entregado oro y plata. Cuando los capturados no satisfacían las demandas españolas, eran quemados vivos. Los grandes tesoros artísticos de Cuzco, como el templo del Sol, fueron despojados de su oro para ser fundido en lingotes. En este punto, los españoles se concentraron en la población del Imperio inca. Igual que en el caso de México, los nativos fueron divididos en encomiendas, y una de éstas fue concedida a los conquistadores que habían acompañado a Pizarro. La encomienda era la institución principal que se utilizaba para el control y la organización del trabajo en el período colonial inicial, sin embargo, pronto se enfrentó a un fuerte competidor. En 1545, un lugareño llamado Diego Gualpa estaba buscando un santuario indígena en lo alto de los Andes en lo que actualmente es Bolivia. De repente, fue lanzado al suelo por una ráfaga de viento y ante él apareció un alijo de mineral de plata que formaba parte de una vasta montaña de plata que los españoles bautizaron como el Cerro Rico. Alrededor del cerro creció la ciudad de Potosí que, en su punto álgido en 1650, llegó a tener una población de 160.000 personas, mayor que la de Lisboa o Venecia en aquel período. Para explotar la plata, los españoles necesitaban muchísimos mineros. Enviaron a un nuevo virrey, el oficial jefe colonial Francisco de Toledo, cuya misión principal era resolver el problema de la mano de obra. Toledo, que llegó a Perú en 1569, pasó cinco años viajando e investigando cuáles serían sus nuevas responsabilidades. También encargó un gran estudio censal de toda la población adulta. Para conseguir la mano de obra necesaria, primero trasladó a prácticamente toda la población indígena y la concentró en nuevas ciudades, llamadas reducciones. Éstas facilitarían la explotación de dicha mano de obra por parte de la Corona española. A continuación, revivió y adaptó una institución del trabajo inca conocida como mita que, en el idioma de los incas, el quechua, significa «turno». Bajo el sistema de la mita, los incas utilizaban el trabajo forzado para dirigir plantaciones destinadas a proporcionar comida para los templos, la aristocracia y el ejército. A cambio, la élite inca proporcionaba seguridad y ayuda en caso de hambruna. Pero en manos de Francisco de Toledo, la mita, sobre todo la de Potosí, se convertiría en el esquema de explotación de mano de obra más grande y oneroso del período colonial español. Toledo definió una zona de influencia enorme, desde el centro del Perú actual hasta la mayor parte de la Bolivia moderna, que cubría más de quinientos mil kilómetros cuadrados. En esta zona, una séptima parte de los hombres, recién llegados a sus reducciones, tuvieron que trabajar en las minas de Potosí. La mita de Potosí se mantuvo durante todo el período colonial y fue abolida en 1825. En el mapa 1, se muestra la zona de influencia de la mita superpuesta a la extensión del Imperio inca en el momento de la conquista española. Ilustra hasta qué punto la mita se solapaba con el corazón del Imperio, incluyendo la capital, Cuzco. Cabe señalar que hoy en día todavía se puede ver el legado de la mita en Perú. Veamos las diferencias entre las provincias de Calca y la cercana Acomayo, que aparentemente son pocas. Ambas se encuentran en lo alto de las montañas y están habitadas por descendientes de los incas que hablan quechua. Sin embargo, Acomayo es mucho más pobre y sus habitantes consumen alrededor de un tercio menos que los de Calca. La gente lo sabe. En Acomayo preguntan a los extranjeros intrépidos: «¿No sabe que la gente aquí es mucho más pobre que la de Calca? ¿Por qué querría venir aquí?». Son intrépidos porque es mucho más difícil ir a Acomayo desde la capital regional de Cuzco, antiguo centro del Imperio inca, que ir a Calca. La carretera que lleva a Calca está pavimentada, mientras que la que va hasta Acomayo se encuentra en muy mal estado. Para ir más allá de Acomayo, se necesita un caballo o un mulo. En Calca y en Acomayo se cultivan las mismas cosas, pero en Calca las venden en el mercado por dinero, mientras que en Acomayo las cultivan para su propia subsistencia. Estas desigualdades, que saltan a la vista y son evidentes para la gente que vive allí, se pueden entender en términos de las diferencias institucionales entre estos departamentos: las diferencias institucionales, de raíces históricas, se remontan a Francisco de Toledo y su plan para la explotación efectiva de la mano de obra indígena. La principal diferencia histórica entre Acomayo y Calca es que Acomayo estaba en la zona de influencia de la mita de Potosí. Calca, no. Además de la concentración de la mano de obra y la mita, Francisco de Toledo consolidó la encomienda en un impuesto per cápita, una cantidad fija de plata que debía pagar anualmente cada hombre adulto. Se trataba de otro plan para obligar a que la gente trabajara y reducir los sueldos que debían pagar los terratenientes españoles. Otra institución, el repartimiento de mercancías, también se extendió mientras Toledo ocupó su cargo. El repartimiento, derivado del verbo «repartir», implicaba la venta forzosa de mercancías a lugareños a precios determinados por los españoles. Finalmente, Toledo introdujo el trajín (literalmente, «la carga») que empleaba a los indígenas como sustitutos de animales de carga para llevar pesadas mercancías, como vino, artículos textiles u hojas de coca, en las aventuras empresariales de la élite española. A lo largo y ancho del mundo colonial español en América, aparecieron instituciones y estructuras sociales parecidas. Tras una fase inicial de codicia y saqueo de oro y plata, los españoles crearon una red de instituciones destinadas a explotar a los pueblos indígenas. El conjunto formado por encomienda, mita, repartimiento y trajín tenía como objetivo obligar a los pueblos indígenas a tener un nivel de vida de subsistencia y extraer así toda la renta restante para los españoles. Esto se logró expropiando su tierra, obligándolos a trabajar, ofreciendo sueldos bajos por el trabajo, imponiendo impuestos elevados y cobrando precios altos por productos que ni siquiera se compraban voluntariamente. A pesar de que estas instituciones generaban mucha riqueza para la Corona española e hicieron muy ricos a los conquistadores y a sus descendientes, también convirtieron América Latina en uno de los continentes más desiguales del mundo y socavaron gran parte de su potencial económico. ... a Jamestown Mientras los españoles empezaban su conquista de América a partir de 1492, Inglaterra era una potencia europea menor que se recuperaba de los devastadores efectos de una guerra civil, la guerra de las Dos Rosas. Inglaterra no estaba en condiciones de aprovechar la lucha por el saqueo y el oro y la oportunidad de explotar a los pueblos indígenas de América. Sin embargo, casi cien años después, en 1588, Europa quedó conmocionada por la derrota de la armada española, que fue un intento del rey español Felipe II de invadir Inglaterra. La victoria de Inglaterra fue fruto de la suerte, pero también se convirtió en una señal de la confianza creciente de los ingleses en el mar, lo que les permitiría participar finalmente en la búsqueda del imperio colonial. Por lo tanto, no es ninguna coincidencia que los ingleses empezaran su colonización de Norteamérica exactamente en aquel momento. De todas formas, llegaban tarde. No eligieron Norteamérica porque fuera una zona atractiva, sino porque era lo único que estaba disponible. Las partes «deseables» de América, con abundancia de población indígena y minas de oro y plata que explotar, ya habían sido ocupadas. Los ingleses consiguieron las sobras. Cuando el escritor y agrónomo inglés Arthur Young comentaba dónde se producían alimentos básicos rentables, en referencia a productos agrícolas exportables, observó: En general, parece que las producciones básicas de nuestras colonias reducen su valor en proporción a su distancia del sol. En las Antillas, que son las más calurosas de todas, llegan a ser de 8 libras 12 chelines y 1 penique por cabeza. En las continentales del sur, suman 5 libras y 10 chelines. En las centrales, son de 9 chelines con 6 peniques y medio. En los asentamientos del norte, son de 2 chelines con 6 peniques. Esta escala sin duda sugiere una lección crucial: evitar colonizar las latitudes más al norte. El primer intento inglés de establecer una colonia en Roanoke (Carolina del Norte), entre 1585 y 1587, fue un rotundo fracaso. En 1607, lo intentaron de nuevo. Poco antes del final de 1606, tres barcos, Susan Constant, Godspeed y Discovery, bajo el mando del capitán Christopher Newport, zarparon hacia Virginia. Los colonos, bajo los auspicios de la Virginia Company, navegaron hasta la bahía de Chesapeake y remontaron el río que llamaron James en honor al monarca inglés reinante. El 14 de mayo de 1607 fundaron el asentamiento de Jamestown. A pesar de que los colonos que iban a bordo de los barcos propiedad de la Virginia Company fueran ingleses, su modelo de colonización estaba fuertemente influido por el patrón fijado por Cortés, Pizarro y Toledo. Su plan inicial era capturar al jefe local y utilizarlo para conseguir provisiones y obligar a la población a cultivar alimentos y crear riqueza para ellos. La primera vez que desembarcaron en Jamestown, los ingleses no sabían que estaban dentro del territorio reclamado por la Confederación Powhatan, coalición de unos treinta grupos políticos que debían lealtad a un rey llamado Wahunsunacock. La capital de Wahunsunacock estaba en la ciudad de Werowocomoco, a poco más de 30 kilómetros de Jamestown. El plan de los colonos era obtener más datos sobre la situación. Si no se podía obligar a los lugareños a que les proporcionaran comida y a que trabajaran para ellos, como mínimo podrían comerciar con ellos. Al parecer, la idea de que fueran los propios colonos quienes trabajaran y cultivaran sus propios alimentos no se les pasó por la cabeza. Eso no era lo que hacían los conquistadores del Nuevo Mundo. Wahunsunacock en seguida se percató de la presencia de los colonos y observó sus intenciones con una gran sospecha. Dominaba lo que, para Norteamérica, era un imperio bastante grande. Sin embargo, tenía muchos enemigos y carecía del control político aplastante y centralizado de los incas. Wahunsunacock decidió esperar a ver cuáles eran las intenciones de los ingleses, así que, al principio, envió mensajeros que afirmaban que deseaba entablar relaciones amistosas con ellos. A medida que el invierno de 1607 avanzaba, los colonos de Jamestown empezaron a quedarse sin víveres, y el líder designado por el consejo al mando de la colonia, Edward Marie Wingfield, perdía tiempo con su indecisión. Quien salvó la situación fue el capitán John Smith, cuyos textos proporcionan una de nuestras principales fuentes de información sobre el desarrollo inicial de la colonia. Smith era un personaje fuera de lo común. Nacido en Inglaterra, en el Lincolnshire rural, ignoró el deseo de su padre de dedicarse al comercio y se convirtió en un soldado de fortuna. Primero luchó con el ejército inglés en los Países Bajos, posteriormente se unió a las fuerzas austriacas que servían en Hungría luchando contra los ejércitos del Imperio otomano, y fue capturado en Rumanía y vendido como esclavo para trabajar en el campo. Un día consiguió superar a su amo y, tras robarle la ropa y el caballo, escapó de vuelta a territorio austriaco. Pero Smith se había metido en problemas en el viaje a Virginia y fue encarcelado en el Susan Constant por motín tras desafiar las órdenes de Wingfield. Cuando los barcos alcanzaron el Nuevo Mundo tenían previsto llevarlo a juicio. Sin embargo, para inmenso horror de Wingfield, Newport y otros colonos de la élite, tras abrir sus órdenes selladas, descubrieron que la Virginia Company había designado a Smith como uno de los miembros del consejo que iba a gobernar Jamestown. Mientras Newport navegaba de vuelta a Inglaterra en busca de provisiones y más colonos, y Wingfield no estaba seguro de qué hacer, fue Smith quien salvó la colonia. Inició una serie de misiones comerciales que garantizaban las provisiones de víveres. En una de ellas, fue capturado por Opechancanough, uno de los hermanos pequeños de Wahunsunacock, y fue llevado ante el rey en Werowocomoco. Fue el primer inglés que conoció a Wahunsunacock y en esa reunión inicial, según se cuenta, Smith se salvó de la muerte gracias a la intervención de la hija menor de Wahunsunacock, Pocahontas. El 2 de enero de 1608, Smith fue liberado y volvió a Jamestown, que aún carecía peligrosamente de comida, hasta el oportuno regreso de Newport desde Inglaterra más tarde el mismo día. No obstante, los colonos de Jamestown aprendieron poco de esta experiencia inicial. A medida que avanzaba el año 1608, continuaban su búsqueda de oro y metales preciosos. Todavía no parecían haber entendido que, para sobrevivir, no podían confiar en que los lugareños los alimentaran a través de la coacción ni del comercio. Fue Smith el primero que se dio cuenta de que el modelo de colonización que había funcionado tan bien para Cortés y Pizarro no funcionaría en Norteamérica. Las circunstancias subyacentes eran demasiado distintas. Smith observó que, a diferencia de aztecas e incas, los pueblos de Virginia no tenían oro. Así lo anotó en su diario: «Debéis saber que los víveres son toda su riqueza». Anas Todkill, uno de los primeros colonos que dejó un amplio diario, expresaba bien las frustraciones de Smith y de los otros que cayeron en la cuenta de este hecho: «No había conversación, esperanza, ni trabajo, sino busca oro, refina oro, carga oro». Cuando Newport partió hacia Inglaterra en abril de 1608, llevaba un cargamento de pirita, conocida como «el oro de los tontos». Volvió a finales de setiembre con órdenes de la Virginia Company de controlar con más firmeza a los lugareños. El plan que habían elaborado era coronar a Wahunsunacock con la esperanza de que así quedara sometido al rey inglés Jacobo I. Lo invitaron a Jamestown, pero Wahunsunacock, que todavía desconfiaba profundamente de los colonos, no tenía intención de arriesgarse a que lo capturaran. John Smith anotó la respuesta de Wahunsunacock: «Si tu rey me ha enviado regalos, yo también soy rey, y ésta es mi tierra... Tu padre debe venir a mí, no yo a él, ni a tu fuerte, no morderé ese anzuelo». Si Wahunsunacock no iba a «morder ese anzuelo», Newport y Smith tendrían que ir a Werowocomoco a representar la coronación. Aparentemente, todo el asunto fue un fiasco absoluto, y lo único que consiguieron fue que Wahunsunacock decidiera que había llegado el momento de quitarse de encima la colonia. Impuso un embargo que impedía que Jamestown pudiera comerciar con víveres. Wahunsunacock haría que se murieran de hambre. Newport, que partió de nuevo hacia Inglaterra en diciembre de 1608, esta vez llevaba consigo una carta escrita por Smith en la que insistía a los directores de la Virginia Company para que cambiaran su forma de pensar en la colonia. No había ninguna posibilidad de establecer una explotación para «hacerse rico rápidamente» en Virginia del estilo de las de México y Perú. No había oro ni metales preciosos y no se podía obligar a los indígenas a que trabajaran para ellos ni a que les proporcionaran comida. Smith se dio cuenta de que, para que la colonia fuera viable, serían los propios colonos quienes tendrían que trabajar. Por eso, instó a los directores para que enviaran el tipo adecuado de personas: «Cuando vuelvan a enviar personas, les rogaría que enviaran a unos treinta carpinteros, labradores, jardineros, pescadores, herreros y albañiles, así como excavadores de árboles y raíces, bien provistos, y, después, mil personas como las que ya tenemos». John Smith no quería más orfebres inútiles. Una vez más, Jamestown sobrevivió solamente gracias a su capacidad de improvisación. Smith consiguió persuadir e intimidar a varios grupos indígenas del lugar para que comerciaran con él, y cuando se negaban, él cogía lo que podía. De vuelta al asentamiento, Smith tomó el mando absoluto e impuso la siguiente regla: «Quien no trabaja no come». Jamestown sobrevivió un segundo invierno. La Virginia Company era una empresa con ánimo de lucro pero, tras dos años desastrosos, no había el mínimo atisbo de beneficios. Los directores de la empresa decidieron que necesitaban un nuevo modelo de gobierno que sustituyera el consejo gobernante por un gobernador único. El primer hombre que ocupó este cargo fue sir Thomas Gates. Teniendo en consideración algunos aspectos del aviso de John Smith, los responsables de la Virginia Company se dieron cuenta de que tenían que intentar algo nuevo. Esta toma de conciencia se hizo más evidente durante los acontecimientos del invierno de 1609-1610, en el «período de la hambruna». El nuevo modelo de gobierno no dejaba espacio para Smith, quien, disgustado, volvió a Inglaterra en el otoño de 1609. Sin su capacidad de improvisación, y con Wahunsunacock estrangulando el suministro de alimentos, los colonos de Jamestown perecían. De los quinientos que empezaron el invierno, solamente quedaban sesenta vivos en marzo. La situación era tan desesperada que recurrieron al canibalismo. La «novedad» impuesta en la colonia por Gates y su ayudante, sir Thomas Dale, fue un régimen de trabajo de una severidad draconiana para los colonos ingleses (aunque, evidentemente, no para la élite que dirigía la colonia). Fue Dale quien difundió las «leyes divinas, morales y marciales», que incluían las cláusulas: Ningún hombre o mujer escapará de la colonia para ir con los indios, bajo pena de muerte. Todo aquel que robe en un huerto, público o privado, o en un viñedo, o que robe mazorcas de maíz será castigado con la muerte. Ningún miembro de la colonia venderá ni dará ningún producto de este país a ningún capitán, patrón o marinero para que lo transporte fuera de la colonia, para su uso privado, bajo pena de muerte. Si los pueblos indígenas no podían ser explotados, razonó la Virginia Company, quizá los colonos sí. El nuevo modelo de desarrollo colonial implicaba que la Virginia Company era propietaria de la tierra. Los hombres fueron albergados en barracones y recibían raciones determinadas por la compañía. Se eligieron grupos de trabajo, cada uno supervisado por un agente de la compañía. Era muy parecido a la ley marcial, y la ejecución era el castigo al que se recurría primero. Como parte de las nuevas instituciones para la colonia, la primera cláusula que se acaba de dar es significativa. La compañía amenazaba con la muerte a los que huyeran. Teniendo en cuenta el nuevo régimen de trabajo, escaparse y vivir con los lugareños se convirtió en una opción cada vez más atractiva para los colonos que debían someterse al trabajo. Asimismo, la baja densidad de las poblaciones indígenas de Virginia en aquel momento también abría la posibilidad de escapar uno solo a la frontera que quedaba fuera del control de la Virginia Company. El poder de la compañía frente a aquellas opciones era limitado. No podía coaccionar a los colonos para que hicieran un trabajo muy duro con raciones de comida de mera subsistencia. En el mapa 2 se muestra una estimación de la densidad de población de distintas regiones del continente americano en el momento de la conquista española. La densidad de población de Estados Unidos, excepto en un número limitado de núcleos, era, como máximo, de tres cuartas partes de persona por cada 2,59 kilómetros cuadrados. En el centro de México o en el Perú andino, la densidad de población era muy elevada, cuatrocientas personas por 2,59 kilómetros cuadrados, más de quinientas veces superior. Lo que era posible en México o Perú no era factible en Virginia. La Virginia Company tardó tiempo en reconocer que aquel modelo inicial de colonización no funcionaba en Virginia, y también pasó tiempo hasta que comprendió el fracaso de las «leyes divinas, morales y marciales». A partir de 1618, se adoptó una estrategia radicalmente nueva. Como no era posible coaccionar ni a los lugareños ni a los colonos, la única alternativa que quedaba era dar incentivos a los colonos. En 1618 empezó el «sistema de reparto de tierras por cabeza», que daba a cada colono adulto hombre cincuenta acres de tierra y cincuenta acres más por cada miembro de su familia y por casa sirviente que pudiera llevar a Virginia. Los colonos recibieron sus casas y fueron liberados de sus contratos y, en 1619, se introdujo una Asamblea General que daba voz efectiva a todos los hombres adultos en las leyes y las instituciones que gobernaban la colonia. Era el inicio de la democracia en Estados Unidos. La Virginia Company tardó doce años en aprender su primera lección, es decir, que lo que había funcionado para los españoles en México, Centroamérica y Sudamérica no funcionaría en el norte del continente americano. El resto del siglo XVII fue testigo de una larga serie de luchas por la segunda lección: la única opción para lograr una colonia viable económicamente era crear instituciones que dieran incentivos a los colonos para invertir y trabajar duro. A medida que Norteamérica se desarrollaba, las élites inglesas intentaban una y otra vez establecer instituciones que restringieran fuertemente los derechos económicos y políticos para todos los habitantes de la colonia, excepto para una minoría privilegiada, igual que habían hecho los españoles. Sin embargo, una y otra vez fracasó el modelo, como había sucedido en Virginia. Uno de los intentos más ambiciosos empezó poco después del cambio de estrategia de la Virginia Company. En 1632, diez millones de acres de tierra de la parte alta de la bahía de Chesapeake fueron concedidos por el rey inglés Carlos I a Cecilius Calvert, lord Baltimore. La Carta de Maryland daba a lord Baltimore libertad absoluta para crear un gobierno siguiendo sus deseos, y la cláusula VII establecía que Baltimore tenía «por el buen y feliz gobierno de dicha provincia, la libre, total y absoluta potestad, de acuerdo con las presentes cláusulas, para ordenar, hacer y decretar leyes de cualquier tipo». Lord Baltimore elaboró un plan detallado para crear una sociedad señorial, la variante norteamericana de una versión idealizada de la Inglaterra rural del siglo XVII. Esto implicaba dividir la tierra en parcelas de miles de acres que serían dirigidas por lores, quienes contratarían a arrendatarios que trabajarían la tierra y pagarían alquileres a la élite privilegiada que controlaba la tierra. Otro intento similar se hizo posteriormente, en 1663, con la fundación de Carolina por ocho propietarios, entre los que se incluía sir Anthony Ashley-Cooper, quien, junto con su secretario, el gran filósofo inglés John Locke, redactó las Constituciones Fundamentales de Carolina. Este documento, al igual que la Carta de Maryland elaborada anteriormente, proporcionaba un esquema para una sociedad elitista y jerárquica basada en el control por parte de una élite terrateniente. En el preámbulo, se observaba que «el gobierno de esta provincia puede ser de lo más agradable para la monarquía en la que vivimos y de la que esta provincia forma parte y podemos evitar establecer una democracia numerosa». Los artículos de las Constituciones Fundamentales fijaban una rígida estructura social. En la parte inferior estaban los leet-men. El artículo 23 apuntaba: «Todos los hijos de leet-men serán leet-men y así todas las generaciones». Por encima de los leet-men, que no tenían poder político, estaban los landgraves y los caciques, que formarían la aristocracia. Se asignaría 48.000 acres de tierra a cada landgrave y 24.000 acres a cada cacique. Habría un parlamento, en el que estarían representados landgraves y caciques, pero sólo se permitiría debatir las medidas que hubieran aprobado los ocho propietarios previamente. Igual que el intento de imponer un gobierno draconiano en Virginia, también fracasaron los planes para establecer el mismo tipo de instituciones en Maryland y Carolina. Y por razones similares. En todos los casos, fue imposible imponer a los colonos una rígida sociedad jerárquica porque sencillamente tenían demasiadas opciones en el Nuevo Mundo. Lo que se debía hacer era darles incentivos para que quisieran trabajar. Y pronto exigieron mayor libertad económica y más derechos políticos. En Maryland, los colonos también insistieron en conseguir más libertad y derechos, y obligaron a lord Baltimore a crear una asamblea. En 1691, la asamblea hizo que el rey declarara a Maryland colonia de la Corona, por lo que se eliminaban los privilegios políticos de lord Baltimore y sus grandes lores. En las dos Carolinas se produjo una larga lucha en la que volvieron a perder los propietarios. Carolina del Sur se convirtió en colonia real en 1729. A partir de 1720, las trece colonias de lo que llegaría a ser Estados Unidos tendrían estructuras de gobierno similares. En todos los casos había un gobernador y una asamblea basada en el derecho a voto de los propietarios masculinos. No eran democracias, puesto que las mujeres, los esclavos y las personas sin propiedad no podían votar. Sin embargo, los derechos políticos eran muy amplios comparados con los de las sociedades contemporáneas de otros lugares. Fueron aquellas asambleas y sus líderes los que se unieron para formar el Primer Congreso Continental en 1774, el preludio de la independencia de Estados Unidos. Las asambleas creían que tenían el derecho de determinar quiénes serían sus miembros y el derecho a cobrar impuestos. Como sabemos, esto creó problemas para el gobierno colonial inglés. Historia de dos constituciones Llegados a este punto, debería ser evidente que no es casualidad que fuera en Estados Unidos, y no en México, donde se adoptó y entró en vigor una constitución que incluía principios democráticos, creaba límites al uso del poder político y repartía dicho poder ampliamente entre la sociedad. El documento que los delegados se sentaron a redactar en Filadelfia en mayo de 1787 fue el resultado de un largo proceso iniciado por la formación de la Asamblea General de Jamestown en 1619. El contraste entre el proceso constitucional que tuvo lugar en la época de la independencia de Estados Unidos y el que sucedió poco después en México es evidente. En febrero de 1808, el ejército francés de Napoleón Bonaparte invadió España. En mayo tomó la capital, Madrid, y en setiembre, el rey español, Fernando VII, fue capturado y abdicó. Una junta nacional, la Junta Central, ocupó su lugar, tomando el testigo en la lucha contra los franceses. La Junta se reunió por primera vez en Aranjuez, pero se retiró al sur para hacer frente al ejército francés. Finalmente, llegó al puerto de Cádiz, que, a pesar de estar sitiado por fuerzas napoleónicas, resistía. Allí, la Junta formó un parlamento, denominado las Cortes. En 1812, las Cortes elaboraron lo que se llegó a conocer como la Constitución de Cádiz, que exigía la introducción de una monarquía constitucional basada en ideas de soberanía popular, así como el fin de los privilegios especiales y la introducción de la igualdad de las personas ante la ley. Todas estas demandas resultaban abominables para las élites de Sudamérica, que todavía gobernaban en un entorno institucional formado por la encomienda, el trabajo forzoso, el Estado colonial y el poder absoluto que se les otorgaba. El hundimiento del Estado español con la invasión napoleónica creó una crisis constitucional en toda la América Latina colonial. Había mucha controversia sobre si reconocer la autoridad de la Junta Central y, en respuesta, muchos latinoamericanos empezaron a formar sus propias juntas. Era solamente cuestión de tiempo que empezaran a considerar la posibilidad de llegar a ser realmente independientes de España. La primera declaración de independencia tuvo lugar en La Paz (Bolivia), en 1809, aunque fue rápidamente aplastada por las tropas españolas enviadas desde Perú. En México, las actitudes políticas de la élite habían sido perfiladas por la Revuelta de Hidalgo de 1810, dirigida por el sacerdote fray Miguel Hidalgo. Cuando el ejército de Hidalgo saqueó Guanajuato el 23 de setiembre, mataron al intendente, el oficial colonial superior y, después, asesinaron a gente blanca indiscriminadamente. Era más una guerra étnica o de clases que un movimiento de independencia y unía a todas las élites de la oposición. Si la independencia permitía la participación popular en política, las élites locales, no solamente los españoles, estaban en contra de ésta. En consecuencia, las élites mexicanas vieron la Constitución de Cádiz, que abría la puerta a la participación popular, con un gran escepticismo; nunca reconocerían su legitimidad. En 1815, mientras se hundía el Imperio europeo de Napoleón, el rey Fernando VII volvió al poder y la Constitución de Cádiz fue derogada. Cuando la Corona española empezó a intentar reclamar sus colonias americanas, no tuvo problemas con el leal México. Sin embargo, en 1820, el ejército español que se había reunido en Cádiz para zarpar hacia América para ayudar a restaurar la autoridad española se amotinó contra Fernando VII. Pronto se les unieron unidades del ejército de todo el país, y Fernando VII fue obligado a restaurar la Constitución de Cádiz y convocar a las Cortes. Aquellas Cortes eran mucho más radicales que las que habían redactado la Constitución de Cádiz y propusieron abolir todas las formas de coacción al trabajo. También atacaban los privilegios especiales, por ejemplo, el derecho de los militares a ser juzgados por delitos en sus propios tribunales. Finalmente, las élites de México, ante la imposición de este documento en el país, decidieron que era mejor ir por su cuenta y declarar la independencia. Este movimiento independentista fue dirigido por Agustín de Iturbide, que había sido oficial del ejército español. El 24 de febrero de 1821 publicó el Plan de Iguala, su visión de un México independiente, que presentaba una monarquía constitucional con un emperador mexicano y eliminaba las disposiciones de la Constitución de Cádiz que las élites mexicanas consideraban tan amenazadoras para su estatus y privilegios. Recibió un apoyo instantáneo y España rápidamente se dio cuenta de que no podía detener lo inevitable. No obstante, Iturbide no organizó solamente la secesión mexicana. Reconoció el vacío de poder, y rápidamente se aprovechó de su respaldo militar para ser declarado emperador, el puesto que el gran líder de la independencia sudamericana, Simón Bolívar, describió como «emperador por la gracia de Dios y de las bayonetas». Iturbide no estaba limitado por las mismas instituciones políticas que limitaban a los presidentes de Estados Unidos; se convirtió rápidamente en dictador y, en octubre de 1822, había anulado el congreso aprobado constitucionalmente y lo había sustituido con una junta de su elección. Iturbide no duró mucho tiempo, pero este modelo que se desarrollaba siguiendo unas mismas pautas se repetiría una y otra vez en el México del siglo XIX. La Constitución de Estados Unidos no creó una democracia de acuerdo con criterios modernos. Cada estado determinaba quién podía votar en las elecciones. Mientras los estados del norte rápidamente concedieron el voto a todos los hombres blancos independientemente de sus ingresos o sus propiedades, los estados del Sur lo concedieron solamente de forma gradual. Ningún estado concedió el derecho de voto a las mujeres ni a los esclavos y, como se eliminaron las restricciones de propiedad y riqueza para los hombres blancos, se introdujeron sufragios raciales que privaron de voto explícitamente a los hombres negros. Evidentemente, la esclavitud se consideraba constitucional cuando se redactó la Constitución de Estados Unidos en Filadelfia y la negociación más sórdida era la división de los escaños en la Cámara de Representantes entre los estados. Éstos fueron asignados en función de la población de un estado, sin embargo, los representantes en el Congreso de los estados del Sur exigieron que se contara a los esclavos. Los representantes del norte objetaron. El acuerdo fue que, al asignar escaños a la Cámara de Representantes, un esclavo contara como tres quintas partes de una persona libre. Los conflictos entre el norte y el sur de Estados Unidos fueron reprimidos durante el proceso constitucional mientras se elaboraba la regla de las tres quintas partes y otros acuerdos. Con el tiempo, se añadieron nuevos pactos, por ejemplo, el Acuerdo de Misuri, por el que un estado proesclavista y uno antiesclavista siempre se añadían a la unión juntos, para mantener el equilibrio en el Senado entre los que estaban a favor y en contra de la esclavitud. Como se eludieron ciertas cuestiones, lograron mantener las instituciones políticas de Estados Unidos en un funcionamiento pacífico hasta que la guerra civil finalmente resolvió los conflictos a favor del norte. La guerra civil fue sangrienta y destructiva. Sin embargo, antes y después de ésta, hubo muchas oportunidades económicas para gran parte de la población, sobre todo en Estados Unidos del norte y el oeste. En México, la situación era muy distinta. Si Estados Unidos experimentó cinco años de inestabilidad política entre 1860 y 1865, México experimentó una inestabilidad prácticamente constante durante sus primeros cincuenta años de independencia. El mejor ejemplo de esta situación fue la carrera profesional de Antonio López de Santa Ana. Antonio López de Santa Ana, hijo de un oficial colonial de Veracruz, destacó como soldado luchando para los españoles en las guerras de independencia. En 1821, cambió de bando con Iturbide y nunca miró atrás. Se convirtió en presidente de México por primera vez en mayo de 1833, aunque ejerció el poder durante menos de un mes, y prefirió dejar que Valentín Gómez Farías hiciera de presidente. La presidencia de Gómez Farías duró quince días y, después, Santa Ana retomó el poder. Sin embargo, fue tan breve como su primer período y a principios de julio lo sustituyó de nuevo Gómez Farías. Santa Ana y Gómez Farías continuaron este baile hasta mediados de 1835, cuando Santa Ana fue reemplazado por Miguel Barragán. Pero Santa Ana no se rendía fácilmente. Volvió a ser presidente en 1839, 1841, 1844, 1847 y, por último, entre 1853 y 1855. En total, fue presidente once veces, durante las cuales presidió la pérdida de El Álamo y Texas, y la desastrosa guerra méxico- estadounidense, que condujo a la pérdida de lo que se llegaría a conocer como Nuevo México y Arizona. Entre 1824 y 1867, hubo 52 presidentes en México, pocos de los cuales asumieron el poder de acuerdo con algún procedimiento aprobado constitucionalmente. Las consecuencias de esta inestabilidad política sin precedentes para los incentivos y las instituciones económicas deberían ser evidentes. Aquella inestabilidad condujo a derechos de propiedad muy inseguros. Asimismo, produjo un debilitamiento grave del Estado mexicano, que pasó a tener poca autoridad y capacidad para aumentar los impuestos o proporcionar servicios públicos. De hecho, aunque Santa Ana fue presidente de México, grandes zonas del país no estaban bajo su control, lo que permitió la anexión de Texas por parte de Estados Unidos. Además, como acabamos de ver, la motivación para la declaración de independencia de México fue proteger el conjunto de instituciones económicas desarrolladas durante el período colonial, que había hecho de México, en palabras del gran explorador y geógrafo alemán de Latinoamérica, Alexander von Humbolt, «el país de la desigualdad». Aquellas instituciones, que basaban la sociedad en la explotación de los pueblos indígenas y la creación de monopolios, bloquearon los incentivos y las iniciativas de la gran masa de la población. Mientras Estados Unidos empezaba a experimentar la revolución industrial en la primera mitad del siglo XIX, México se hacía cada vez más pobre. Tener una idea, crear una empresa y conseguir un préstamo La revolución industrial empezó en Inglaterra. Su primer éxito fue revolucionar la producción de tejido de algodón utilizando nuevas máquinas accionadas por ruedas de agua y, posteriormente, por motores de vapor. La mecanización de la producción de algodón aumentó extraordinariamente la productividad de los trabajadores, primero en el sector textil y más adelante en otros sectores. El motor de los avances tecnológicos en la economía era la innovación, encabezada por nuevos emprendedores y hombres de negocios dispuestos a aplicar sus nuevas ideas. Este florecimiento inicial pronto se extendió a través del Atlántico Norte a Estados Unidos. La gente vio las grandes oportunidades económicas que aparecían al adoptar las nuevas tecnologías desarrolladas en Inglaterra. Y los inspiró para desarrollar sus propias invenciones. Podemos intentar comprender la naturaleza de estas invenciones observando a quiénes les concedieron patentes. El sistema de patentes, que protege los derechos de propiedad de las ideas, se sistematizó en el Estatuto de los Monopolios legislado por el Parlamento inglés en 1623, en parte como intento de impedir que el rey continuara concediendo arbitrariamente «cartas de patente» a quien quisiera, con lo que concedía derechos exclusivos para llevar a cabo actividades o negocios concretos. Las pruebas que existen sobre las patentes concedidas en Estados Unidos resultan sorprendentes porque las personas a las que se les concedían procedían de todo tipo de orígenes y profesiones, no eran solamente personas ricas y de la élite. Muchos amasaron fortunas gracias a sus patentes, como por ejemplo Thomas Edison, inventor del fonógrafo y la bombilla, y fundador de General Electric, que todavía es una de las empresas más grandes del mundo. Era el menor de siete hermanos. Su padre, Samuel Edison, tuvo muchos trabajos, de cortador de tejas para cubiertas a sastre o tabernero. Thomas cursó pocos estudios formales, pero su madre le hacía seguir lecciones en casa. Entre 1820 y 1845, solamente el 19 por ciento de los titulares de patentes de Estados Unidos tenían padres que fueran profesionales o de grandes familias terratenientes conocidas. Durante el mismo período, el 40 por ciento de los que poseían patentes solamente habían cursado estudios primarios o menos, igual que Edison. Además, a menudo explotaban su patente creando una empresa, también como Edison. Estados Unidos, en el siglo XIX, era un país más democrático en el ámbito político que prácticamente cualquier otro en aquel momento, y también lo era en lo relativo a la innovación. Este hecho fue fundamental para que se convirtiera en el país más innovador del mundo en el terreno económico. Si uno era pobre y tenía una buena idea, podía conseguir una patente, lo que, al fin y al cabo, no era demasiado caro. No obstante, muy distinto era utilizar aquella patente para ganar dinero. Evidentemente, una forma de conseguirlo era vendérsela a alguien. Eso es lo que hizo Edison al principio, para conseguir un poco de capital, cuando vendió su telégrafo cuádruple a Western Union por 10.000 dólares. Sin embargo, vender patentes era buena idea solamente para alguien como Edison, que tenía ideas mucho más rápido de lo que las podía poner en práctica. (Consiguió un récord mundial, 1.093 patentes registradas a su nombre en Estados Unidos y 1.500 en todo el mundo.) La verdadera forma de ganar dinero gracias a una patente era crear un negocio, pero requería capital, y bancos que se lo prestaran a uno. Los inventores de Estados Unidos tenían suerte. Durante el siglo XIX, hubo una rápida expansión de la banca y la intermediación financiera, que fueron decisivas para facilitar la industrialización y el rápido crecimiento que experimentó la economía. Mientras que en 1818 había 338 bancos en funcionamiento en Estados Unidos, con activos totales por valor de 160 millones de dólares, en 1914 ya había 27.864 bancos, con activos totales valorados en 27.300 millones de dólares. Los inventores en potencia tenían fácil acceso al capital para crear sus empresas. Además, la intensa competencia entre bancos e instituciones financieras provocaba que el capital estuviera disponible a tipos de interés bastante bajos. El caso de México era muy distinto. De hecho, en 1910, cuando empezó la revolución mexicana, solamente había 42 bancos en México y dos de ellos controlaban el 60 por ciento de todos los activos bancarios. A diferencia de Estados Unidos, donde la competencia era feroz, prácticamente no había competencia entre los bancos mexicanos. Esta falta de competencia significaba que los bancos podían cobrar a sus clientes tipos de interés muy elevados y, normalmente, limitaban los préstamos a los privilegiados y a los que ya eran ricos, que utilizaban su acceso al crédito para aumentar su control en los distintos sectores de la economía. La forma que adoptó el sector bancario mexicano en los siglos XIX y XX fue el resultado directo de las instituciones políticas posteriores a la independencia del país. Tras el caos de la era de Antonio López de Santa Ana, hubo un intento fallido del gobierno francés del emperador Napoleón II de crear un régimen colonial en México bajo el emperador Maximiliano entre 1864 y 1867. Los franceses fueron expulsados y se redactó una nueva Constitución. Sin embargo, el gobierno formado, primero, por Benito Juárez y, tras su muerte, por Sebastián Lerdo de Tejada, pronto fue cuestionado por un joven militar llamado Porfirio Díaz. Éste había sido un general victorioso en la guerra contra los franceses que desarrolló aspiraciones de poder. Formó un ejército rebelde y, en noviembre de 1876, derrotó al ejército del gobierno en la batalla de Tecoac. En mayo del año siguiente se autoproclamó presidente. Más adelante, gobernó México de una forma más o menos ininterrumpida y cada vez más autoritaria hasta su derrocamiento durante el estallido de la revolución, treinta y cuatro años más tarde. Como Iturbide y Santa Ana antes que él, Díaz inició su carrera como comandante militar. No cabe duda de que aquel itinerario profesional hasta llegar a la política era conocido en Estados Unidos. El primer presidente estadounidense, George Washington, también fue un general de éxito en la guerra de Independencia. Ulysses S. Grant, uno de los generales de la Unión que ganaron la guerra civil, se convirtió en presidente en 1869, y Dwight D. Eisenhower, el comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa durante la segunda guerra mundial, fue presidente de Estados Unidos entre 1953 y 1961. Sin embargo, a diferencia de Iturbide, Santa Ana y Díaz, ninguno de aquellos militares utilizó la fuerza para llegar al poder. Tampoco la emplearon para evitar tener que renunciar al poder. Ellos acataban la Constitución. Y a pesar de que México tuviera constituciones en el siglo XIX, éstas imponían pocos límites a lo que podían hacer Iturbide, Santa Ana y Díaz. Aquellos hombres sólo podían ser apartados del poder de la misma forma en la que lo habían logrado: mediante el uso de la fuerza. Díaz violaba los derechos de propiedad de la población, facilitando la expropiación de enormes extensiones de tierra, y concedía monopolios y favores a sus seguidores en todo tipo de negocios, incluida la banca. Aquel comportamiento no era nuevo, sino que reproducía exactamente lo que habían hecho los conquistadores españoles y también Santa Ana siguiendo su ejemplo. La razón de que Estados Unidos tuviera un sector bancario radicalmente mejor para la prosperidad económica del país no tenía nada que ver con las diferencias en la motivación de aquellos que poseían los bancos. De hecho, el ánimo de lucro que sostenía la naturaleza monopolística del sector bancario en México también estaba presente en Estados Unidos. Sin embargo, se canalizó de formas distintas debido a que las instituciones estadounidenses eran radicalmente distintas. Los banqueros se enfrentaban a instituciones económicas diferentes que los sometían a una competencia mucho mayor. Y aquello se debía, en gran parte, a que los políticos que elaboraron las reglas para los banqueros se enfrentaban a incentivos muy distintos personalmente, forjados por diferentes instituciones políticas. De hecho, a finales del siglo XVIII, poco después de que la Constitución de Estados Unidos entrara en vigor, empezó a aparecer un sistema bancario de aspecto similar al que posteriormente dominaría México. Los políticos intentaron establecer monopolios bancarios estatales que podían dar a sus amigos y socios a cambio de parte de los beneficios del monopolio. Los bancos pronto iniciaron el negocio de prestar dinero a los políticos que los regulaban, igual que en México. No obstante, esta situación no era sostenible en Estados Unidos, porque los políticos que intentaban crear aquellos monopolios bancarios, a diferencia de sus homólogos mexicanos, estaban sujetos a elección y reelección. Crear monopolios bancarios y dar préstamos a los políticos es un buen negocio para los políticos, si nadie se lo impide. Sin embargo, no es especialmente bueno para los ciudadanos. A diferencia de México, en Estados Unidos los ciudadanos podían mantener a raya a los políticos y librarse de aquellos que utilizaran su cargo para enriquecerse o crear monopolios para sus secuaces. En consecuencia, los monopolios bancarios se desmoronaron. La amplia distribución de los derechos políticos en Estados Unidos, especialmente si se compara con México, aseguró un acceso igualitario a la financiación y los créditos, lo que, a su vez, garantizó que quienes tuvieran ideas e invenciones pudieran beneficiarse de ellos. El cambio que depende del camino Entre 1870 y 1890, el mundo estaba cambiando, y América Latina no era una excepción. Las instituciones que Porfirio Díaz estableció no eran idénticas a las de Santa Ana ni al estado colonial español. La economía mundial marchaba muy bien en la segunda mitad del siglo XIX, y las innovaciones en el transporte como el barco de vapor y el ferrocarril condujeron a una enorme expansión del comercio internacional. Aquella ola de globalización significó que países ricos en recursos como México (o, mejor dicho, las élites de esos países) se podían enriquecer exportando materias primas y recursos naturales a Norteamérica o Europa occidental que estaban en proceso de industrialización. Por lo tanto, Díaz y sus secuaces se encontraron en un mundo distinto que cambiaba rápidamente, y se dieron cuenta de que México también tenía que cambiar. Sin embargo, el cambio no significaba arrancar las instituciones coloniales y sustituirlas por unas similares a las de Estados Unidos. Su cambio dependía del camino, solamente conducía a la siguiente etapa de las instituciones que ya habían hecho que gran parte de América Latina fuera pobre y poco igualitaria. La globalización hizo que los grandes espacios abiertos de América, sus «fronteras abiertas», fueran valiosos. A menudo, aquellas fronteras solamente estaban abiertas de forma ficticia, ya que estaban habitadas por pueblos indígenas a los que se los desposeía de forma brutal. De todas formas, la lucha por este nuevo y valioso recurso fue uno de los procesos definitorios de América en la segunda mitad del siglo XIX. La apertura repentina de esta valiosa frontera no condujo a procesos paralelos en Estados Unidos y América Latina, sino a una mayor divergencia, perfilada por las diferencias institucionales existentes, especialmente las relacionadas con quién tenía acceso a la tierra. En Estados Unidos, una larga serie de leyes legislativas, desde la Ordenanza territorial de 1785 hasta la Ley de asentamientos rurales de 1862, dieron un amplio acceso a las tierras fronterizas. A pesar de que los pueblos indígenas habían sido marginados, aquello creó una frontera igualitaria y económicamente dinámica. En cambio, en la mayoría de los países latinoamericanos, las instituciones políticas condujeron a un resultado muy distinto. Las tierras fronterizas fueron asignadas a los que tenían poder político, riqueza y contactos, y aquello hizo que aquellas personas fueran todavía más poderosas. Porfirio Díaz también empezó a desmantelar muchos de los legados institucionales coloniales específicos que impedían el comercio internacional, e imaginaba que podría enriquecerse enormemente, él y sus seguidores. Su modelo continuaba sin ser el tipo de desarrollo económico que veía al norte de Río Grande. Era el modelo de Cortés, Pizarro y Toledo, en el que la élite amasaba fortunas enormes mientras que el resto de la población quedaba excluida. Cuando la élite invertía, la economía crecía un poco, pero aquel crecimiento económico siempre iba a ser decepcionante. También se produjo a costa de quienes no tenían derechos en aquel nuevo orden, como el pueblo yaqui de Sonora, en el hinterland de Nogales. Entre 1900 y 1910, unos treinta mil yaquis fueron deportados, esencialmente esclavizados y enviados a trabajar a las plantaciones de henequén del Yucatán. (Las fibras de esta planta eran una exportación valiosa porque se podían utilizar para hacer cuerda y cordel.) Un buen ejemplo de la persistencia hasta el siglo XX de un modelo institucional específico hostil para el crecimiento en México es el hecho de que, igual que en el siglo XIX, el modelo generó estancamiento económico e inestabilidad política, guerras civiles y golpes de Estado mientras los distintos grupos luchaban por los beneficios que acarreaba el poder. Finalmente, Díaz perdió el poder, que quedó en manos de los revolucionarios en 1910. La revolución mexicana fue seguida por otras en Bolivia en 1952, Cuba en 1959 y Nicaragua en 1979. Mientras tanto, las guerras civiles continuas y encarnizadas se prolongaban en Colombia, El Salvador, Guatemala y Perú. La expropiación o la amenaza de expropiación de activos continuaba a un ritmo acelerado, con las reformas agrarias masivas (o el intento de reformas) en Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Guatemala, Perú y Venezuela. Las revoluciones, las expropiaciones y la inestabilidad política llegaron acompañadas de gobiernos militares y varios tipos de dictadura. A pesar de que también había una deriva gradual hacia mayores derechos políticos, no ha sido hasta la década de los noventa cuando la mayoría de los países latinoamericanos se han convertido en democracias, e incluso así continúan sumidas en la inestabilidad. Esta inestabilidad vino acompañada por el asesinato y la represión en masa. El informe de 1991 de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación de Chile determinó que 2.279 personas habían sido asesinadas por motivos políticos durante la dictadura de Pinochet entre 1973 y 1990. Posiblemente 50.000 fueron encarceladas y torturadas y cientos de miles fueron despedidas de su trabajo. El informe de la Comisión para la Clarificación Histórica de Guatemala de 1999 señalaba un total de 42.275 víctimas identificadas, aunque otros han señalado que hasta 200.000 fueron asesinadas entre 1962 y 1996, 70.000 durante el régimen del general Efraín Ríos Montt, que fue capaz de cometer estos crímenes con tal impunidad que pudo presentarse a presidente en el año 2003; afortunadamente, no ganó. La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas de Argentina cifra en 9.000 el número de personas asesinadas por los militares en aquel país entre 1976 y 1983, a pesar de que apunta que el número real podría ser superior. (Las organizaciones de derechos humanos calculan que fueron unos 30.000.) Ganar 1.000 o 2.000 millones Las implicaciones persistentes de la organización de la sociedad colonial y de los legados institucionales de estas sociedades perfilan las actuales diferencias entre Estados Unidos y México y, por lo tanto, entre las dos partes de Nogales. El contraste entre cómo Bill Gates y Carlos Slim se convirtieron en los hombres más ricos del mundo (Warren Buffett también es un aspirante) ilustra las fuerzas imperantes. El auge de Gates y Microsoft es muy conocido, pero el estatus de Gates como persona más rica del mundo y fundador de una de las empresas más innovadoras desde el punto de vista tecnológico no impidió que el Departamento de Justicia de Estados Unidos entablara demandas civiles contra Microsoft el 8 de mayo de 1998 y afirmara que esta empresa había abusado del poder del monopolio. Una cuestión crucial era la forma en la que Microsoft había vinculado su navegador web, Internet Explorer, a su sistema operativo Windows. El gobierno había estado vigilando a Bill Gates durante bastante tiempo y, ya en 1991, la Comisión Federal de Comercio había iniciado una investigación para estudiar si esta empresa estaba abusando de su monopolio en sistemas operativos para PC. En noviembre de 2001, Microsoft llegó a un trato con el Departamento de Justicia. Le cortaron las alas, aunque el castigo fuera menor de lo que se pedía. En México, Carlos Slim no ganó dinero mediante la innovación. Al principio, destacó en negocios bursátiles y en comprar y modernizar empresas que no eran rentables. Su golpe maestro fue la adquisición de Telmex, el monopolio de telecomunicaciones mexicano que fue privatizado por el presidente Carlos Salinas en 1990. El gobierno anunció su intención de vender el 51 por ciento de las acciones con derecho a voto (el 20,4 por ciento de las acciones totales) en la empresa en setiembre de 1989 y recibió ofertas en noviembre de 1990. A pesar de que Slim no hizo la oferta más elevada, un consorcio liderado por su Grupo Carso ganó la subasta. Y en lugar de pagar las acciones inmediatamente, Slim consiguió retrasar el pago, y utilizó los dividendos del mismo Telmex para pagar las acciones. Lo que una vez fue un monopolio público se había convertido en el monopolio de Slim, y era enormemente rentable. Las instituciones económicas que hicieron que Carlos Slim fuera quien es son muy distintas de las de Estados Unidos. Para un emprendedor mexicano, los obstáculos de entrada serán cruciales en todas las etapas de su carrera profesional. Estos obstáculos incluyen licencias caras que obtener, burocracia con la que lidiar, políticos y titulares de otros cargos que obstaculizan el camino y la dificultad de conseguir financiación en un sector financiero a menudo confabulado con los titulares de los cargos con los que el emprendedor está tratando de competir. Estos obstáculos pueden ser insuperables, y mantener al emprendedor fuera de las áreas lucrativas, o ser su mejor amigo, y mantener a distancia a la competencia. Evidentemente, la diferencia entre ambos casos radica en a quién conoce uno y en quién puede influir, y, sí, también a quién puede sobornar. Carlos Slim es un hombre ambicioso y con talento, de origen relativamente humilde, procedente de una familia de inmigrantes libaneses, que ha sido un maestro a la hora de obtener contratos exclusivos. Consiguió monopolizar el lucrativo mercado de las telecomunicaciones de México y, posteriormente, amplió su alcance al resto de América Latina. El monopolio Telmex de Slim ha topado con dificultades, pero las ha superado. En 1996, Avantel, un proveedor de telefonía a larga distancia, solicitó ante la Comisión Federal de la Competencia mexicana que comprobara si Telmex tenía una posición dominante en el mercado de las telecomunicaciones. En 1997, la Comisión declaró que Telmex tenía un poder de monopolio sustancial respecto a la telefonía local, las llamadas nacionales a larga distancia y las internacionales a larga distancia, entre otras cosas. Sin embargo, los intentos por parte de las autoridades reguladoras de México de limitar estos monopolios fueron en vano. Una razón es que Slim y Telmex pueden utilizar lo que se conoce como recurso de amparo. Un amparo, de hecho, es una petición para que una ley concreta no sea aplicable en el propio caso. La idea del amparo se remonta a la Constitución mexicana de 1857 y, originalmente, su intención era salvaguardar los derechos y las libertades individuales. No obstante, en manos de Telmex y otros monopolios mexicanos, se ha convertido en una herramienta formidable para consolidar el poder de monopolio. En lugar de proteger los derechos de las personas, el amparo proporciona una laguna legal que impide la igualdad ante la ley. Slim ha ganado este dinero en la economía mexicana en gran parte gracias a sus conexiones políticas. En los momentos en los que se ha aventurado a ir a Estados Unidos, no ha tenido éxito. En 1999, su Grupo Carso adquirió la empresa de distribución de productos informáticos CompUSA. En aquel momento, CompUSA había acordado una franquicia con una empresa llamada COC Services para vender sus productos en México. Slim inmediatamente rompió ese contrato con la intención de establecer su propia cadena de tiendas, evitando la competencia de COC. Sin embargo, COC demandó a CompUSA en un tribunal de Dallas. No hay amparos en Dallas, así que Slim perdió, y le impusieron una multa de 454 millones de dólares. El abogado de COC, Mark Werner, apuntó después que «el mensaje de este veredicto es que, en esta economía global, las empresas deben respetar las reglas de Estados Unidos si quieren venir aquí». Cuando Slim estuvo sometido a las instituciones de Estados Unidos, sus tácticas habituales para ganar dinero no funcionaron. Hacia una teoría de la desigualdad mundial Vivimos en un mundo que no es igualitario. Las diferencias que existen entre los países son similares a las que hay entre las dos partes de Nogales, pero a mayor escala. En los países ricos, las personas están más sanas, viven más tiempo y tienen unos niveles de educación más altos. Asimismo, pueden acceder a una serie de comodidades y opciones en la vida, desde vacaciones hasta carreras profesionales, con las que las personas de los países pobres solamente pueden soñar. Además, los habitantes de los países ricos conducen por carreteras sin baches y disfrutan de lavabos, electricidad y agua corriente en sus hogares. Normalmente, sus gobiernos no los detienen ni los hostigan arbitrariamente; al contrario, les proporcionan servicios que incluyen educación, atención sanitaria, carreteras y ley y orden. También hay que señalar que los ciudadanos votan en las elecciones y tienen cierta voz en la dirección política que toman sus países. Las grandes diferencias en la desigualdad mundial son evidentes para todos, incluso para los habitantes de países pobres, aunque muchos carezcan de acceso a la televisión o a Internet. Es la percepción y la realidad de estas diferencias lo que empuja a la gente a cruzar el río Grande o el mar Mediterráneo ilegalmente para tener la ocasión de experimentar las oportunidades y el nivel de vida de los países ricos. Esta desigualdad no tiene consecuencias solamente para la vida de las personas de los países pobres, sino que también provoca agravio y resentimiento, con consecuencias políticas enormes en Estados Unidos y en otros lugares. Comprender por qué existen estas diferencias y qué las provoca es nuestro objetivo central al escribir este libro. Lograr comprenderlo no es un fin en sí mismo, sino un primer paso para generar ideas sobre cómo mejorar la vida de miles de millones de personas que todavía viven en la pobreza. Las disparidades entre los dos lados de la valla en Nogales son solamente la punta del iceberg. Igual que ocurre en el norte de México, que se beneficia del comercio con Estados Unidos, incluso aunque no todo sea legal, los residentes de Nogales son más prósperos que otros mexicanos, cuya renta anual media por hogar es del orden de cinco mil dólares. Esta mayor prosperidad relativa de Nogales (Sonora) procede de las fábricas maquiladoras centralizadas en polígonos industriales, la primera de las cuales fue montada por Richard Campbell Jr., un fabricante de cestas de California. El primer arrendatario fue Coin-Art, la empresa de instrumentos musicales de Richard Bosse, propietario de la fábrica de flautas y saxofones Artley de Nogales (Arizona). Después de Coin-Art, llegó Memorex (cableado informático), Avent (confección para hospitales), Grant (gafas de sol), Chamberlain (fabricante de dispositivos abrepuertas de garaje para Sears), y Samsonite (maletas). Es significativo que todos sean hombres de negocios y empresas de Estados Unidos, que utilizan capital y know how estadounidense. Por lo tanto, la mayor prosperidad de Nogales (Sonora) respecto al resto de México procede del exterior. Las diferencias entre Estados Unidos y México, a su vez, son pequeñas comparadas con las que existen en todo el mundo. El ciudadano medio estadounidense es siete veces más próspero que el mexicano medio y más de diez veces más que el de Perú o América Central. Es unas veinte veces más próspero que el habitante medio del África subsahariana y casi cuarenta veces más que los naturales de los países africanos más pobres, como Mali, Etiopía y Sierra Leona. Y no sólo es en Estados Unidos. Existe un grupo pequeño pero creciente de países ricos (principalmente en Europa y Norteamérica, junto con Australia, Japón, Nueva Zelanda, Singapur, Corea del Sur y Taiwán) cuyos ciudadanos disfrutan de vidas muy distintas a las de los del resto del mundo. La razón de que Nogales (Arizona) sea mucho más rica que Nogales (Sonora) es sencilla: se debe a las diferencias existentes entre las instituciones de ambos lados de la frontera, que crean incentivos muy distintos para los habitantes de Nogales (Arizona) y de Nogales (Sonora). Estados Unidos también es un país mucho más rico actualmente que México o Perú debido a que sus instituciones, tanto económicas como políticas, determinan de forma distinta los incentivos para empresas, individuos y políticos. Cada sociedad funciona con una serie de reglas políticas y económicas creadas e impuestas por el Estado y los ciudadanos colectivamente. Las instituciones económicas dan forma a los incentivos económicos: los incentivos para recibir una educación, ahorrar e invertir, innovar y adoptar nuevas tecnologías, etcétera. Es el proceso político lo que determina bajo qué instituciones económicas se vivirá y son las instituciones políticas las que determinan cómo funciona este proceso. Por ejemplo, las instituciones políticas de una nación determinan la capacidad de los ciudadanos de controlar a los políticos e influir en su comportamiento. Esto, a su vez, determina si los políticos son agentes (aunque sea imperfectos) de los ciudadanos, o si son capaces de abusar del poder que se les confía o que han usurpado, para amasar sus propias fortunas y seguir sus objetivos personales en detrimento de los de los ciudadanos. Las instituciones políticas incluyen constituciones escritas y si la sociedad es una democracia, pero no se limitan a ello. Incluyen el poder y la capacidad del Estado para regular y gobernar la sociedad. También es necesario considerar más ampliamente los factores que determinan cómo se reparte el poder político en la sociedad, sobre todo la capacidad de los distintos grupos de actuar colectivamente para conseguir sus objetivos o impedir que otras personas consigan los suyos. Como las instituciones influyen en el comportamiento y los incentivos en la vida real, forjan el éxito o el fracaso de los países. El talento individual importa en todos los niveles de la sociedad, pero incluso este factor requiere un marco institucional para transformarse en una fuerza positiva. Bill Gates, al igual que otras figuras legendarias del sector de la tecnología de la información (como Paul Allen, Steve Ballmer, Steve Jobs, Larry Page, Sergey Brin y Jeff Bezos), tenía una ambición y un talento inmensos, pero, en última instancia, respondía a incentivos. El sistema escolar estadounidense permitió que Bill Gates y otros como él adquirieran un conjunto único de habilidades con las que complementar sus talentos. Las instituciones económicas de este país permitieron que estos hombres crearan empresas con facilidad, sin enfrentarse a obstáculos infranqueables. E hicieron que la financiación de sus proyectos fuera factible. El mercado laboral estadounidense les permitió contratar a personal cualificado y el entorno de mercado relativamente competitivo posibilitó que ampliaran sus empresas y comercializaran sus productos. Estos emprendedores tenían confianza desde el principio en que podrían llevar a la práctica sus proyectos soñados: confiaban en las instituciones y en el Estado de derecho que éstas generaban y no se preocupaban por la seguridad de sus derechos de propiedad. Por último, las instituciones políticas garantizaban la estabilidad y la continuidad. Se aseguraban de que no había ningún riesgo de que un dictador se hiciera con el poder y cambiara las reglas del juego, expropiara la riqueza de los emprendedores o amenazara sus vidas o su trabajo. También se aseguraban de que ningún interés concreto de la sociedad pudiera hacer que el gobierno tomara un rumbo desastroso desde el punto de vista económico. Y esto era posible porque el poder político estaba limitado y suficientemente repartido. De esta forma, podía haber prosperidad, porque un conjunto de instituciones económicas creaban los incentivos para que fuera factible. En este libro se mostrará que, aunque las instituciones económicas sean críticas para establecer si un país es pobre o próspero, son la política y las instituciones políticas las que determinan las instituciones económicas que tiene un país. En última instancia, las buenas instituciones económicas de Estados Unidos fueron el resultado de las instituciones políticas que aparecieron gradualmente después de 1619. Nuestra teoría para explicar la desigualdad mundial señala cómo interactúan las instituciones políticas y económicas para crear pobreza o prosperidad y cómo las distintas partes del mundo acabaron con conjuntos de instituciones tan distintos. Nuestra breve revisión de la historia de las distintas zonas de América empieza a dar un sentido de las fuerzas que perfilan las instituciones políticas y económicas. Los distintos modelos de las instituciones actuales están profundamente arraigados en el pasado, porque, una vez que una sociedad se organiza de una forma concreta, ésta tiende a persistir. Mostraremos que este hecho procede de la forma en la que interactúan las instituciones políticas y económicas. Esta persistencia y las fuerzas que la crean también explican por qué es tan difícil eliminar la desigualdad mundial y hacer que los países pobres sean prósperos. A pesar de que las instituciones sean clave para establecer las diferencias entre las dos Nogales y entre México y Estados Unidos, esto no significa que haya un consenso en México para cambiar las instituciones. No es necesario que una sociedad desarrolle o adopte las instituciones que son mejores para el crecimiento económico o el bienestar de sus ciudadanos, porque otras instituciones pueden ser incluso mejores para las personas que controlan la política y las instituciones políticas. Los poderosos y el resto de la sociedad a menudo están en desacuerdo sobre qué conjunto de instituciones deberían continuar en vigor y cuáles se deberían cambiar. Carlos Slim no se habría alegrado de ver cómo se esfumaban sus conexiones políticas y los obstáculos de entrada que protegen sus empresas (independientemente de que la entrada de nuevas empresas enriquecería a millones de mexicanos). Como no existe este consenso, las reglas con las que acaba la sociedad están determinadas por los políticos: quién tiene poder y cómo se puede ejercer. Carlos Slim tiene el poder de conseguir lo que quiera. El poder de Bill Gates está mucho más limitado. Por eso, nuestra teoría no trata sólo de la economía, sino también de la política, de los efectos de las instituciones en el éxito y el fracaso de los países y, en consecuencia, en la economía de la pobreza y la prosperidad. También trata de cómo se determinan y cambian las instituciones con el tiempo y cómo no cambian aunque creen pobreza y miseria para millones de personas. Por lo tanto, trata de la política de la pobreza y la prosperidad. 2 Teorías que no funcionan El estado de la cuestión El objetivo de nuestro libro es explicar la desigualdad mundial y también algunos de los amplios modelos fácilmente visibles que anidan en su interior. El primer país que experimentó un crecimiento económico sostenido fue Inglaterra (o Gran Bretaña, como se conoce a la unión de Inglaterra, Gales y Escocia después de 1707). El crecimiento emergió lentamente en la segunda mitad del siglo XVIII con el desarrollo de la revolución industrial, que se basó en grandes avances tecnológicos y en su aplicación a la industria. La industrialización de Inglaterra pronto dio paso a la de la mayor parte de Europa occidental y Estados Unidos. La prosperidad inglesa también se expandió rápidamente a los «asentamientos de colonos» británicos de Canadá, Australia y Nueva Zelanda. En una lista de los treinta países más ricos actualmente, se incluirían éstos y Japón, Singapur y Corea del Sur. La prosperidad de estos tres últimos, a su vez, forma parte de un modelo más amplio en el que muchos países del este de Asia, incluidos Taiwán y más adelante China, han experimentado recientemente un rápido crecimiento. La parte inferior de la distribución de la renta mundial dibuja una imagen tan marcada y distintiva como la parte superior. Si se hace una lista de los treinta países más pobres del mundo actualmente, se ve que casi todos se encuentran en el África subsahariana. Además, también aparecen otros como Afganistán, Haití y Nepal, que, aunque no estén en África, comparten algo crítico con los países africanos, como explicaremos más adelante. Si retrocediéramos cincuenta años, los países de la parte superior e inferior no cambiarían mucho. Singapur y Corea del Sur no estarían entre los más ricos, y habría varios cambios entre los treinta últimos, pero la imagen general sería notablemente parecida a la que vemos hoy en día. Si retrocediéramos cien años, o ciento cincuenta, encontraríamos prácticamente los mismos países en los mismos grupos. En el mapa 3, se indica la situación en 2008. Los países que muestran el color más oscuro son los más pobres del mundo, con una renta media per cápita (denominada PIB, producto interior bruto, por los economistas) inferior a 2.000 dólares anuales. La mayor parte de África está pintada de este color, igual que Afganistán, Haití y partes del Sudeste asiático (por ejemplo, Camboya y Laos). Corea del Norte también se encuentra en este grupo. Los países en blanco son los más ricos, es decir, los que tienen una renta anual per cápita de 20.000 dólares o más. Aquí encontramos a los sospechosos habituales: Norteamérica, Europa occidental, Australasia y Japón. Además, se puede percibir otro patrón interesante en América. Si se elabora una lista de los países del continente americano, del más rico al más pobre, se ve que los que aparecen en primer lugar son Estados Unidos y Canadá. A continuación, Chile, Argentina, Brasil, México y Uruguay, y quizá también Venezuela, en función del precio del petróleo. Luego aparecen Colombia, República Dominicana, Ecuador y Perú. Al final de la lista, otro grupo, mucho más pobre, que incluye a Bolivia, Guatemala y Paraguay. Si retrocedemos cincuenta años, veremos que la clasificación es idéntica. Cien años: lo mismo. Ciento cincuenta años: lo mismo otra vez. Por lo tanto, no es sólo que Estados Unidos y Canadá sean más ricos que América Latina, sino que existe una brecha definitiva y persistente entre los países ricos y pobres dentro de América Latina. Por último, un modelo interesante es el de Oriente Próximo. Allí, encontramos países ricos en petróleo como Arabia Saudí y Kuwait, que tienen niveles de renta cercanos a los de nuestro «top treinta». Sin embargo, si cayera el precio del petróleo, rápidamente bajarían en la tabla. Los países de Oriente Próximo con poco o nada de petróleo, como Egipto, Jordania y Siria, se agrupan en un nivel de renta similar al de Guatemala o Perú. Sin petróleo, los países de Próximo Oriente también son todos pobres, pero como los de América Central y los Andes, no tan pobres como los del África subsahariana. Aunque los patrones de prosperidad que vemos a nuestro alrededor hoy en día puedan parecer persistentes, estos patrones no son inalterables o inmutables. En primer lugar, como ya hemos señalado, la mayor parte de la desigualdad del mundo apareció a partir de finales del siglo XVIII, poco después de la revolución industrial. No solamente había brechas mucho menores en la prosperidad a mediados del siglo XVIII, sino que las clasificaciones, tan estables, hasta entonces, no son las mismas cuando retrocedemos en la historia. Por ejemplo, en América, la clasificación para los últimos ciento cincuenta años era completamente distinta hace quinientos años. En segundo lugar, muchos países han experimentado varias décadas de crecimiento rápido, como gran parte del este de Asia desde la segunda guerra mundial y, más recientemente, China. Muchos de estos países vieron posteriormente cómo se invertía la tendencia de este crecimiento. Por ejemplo, Argentina creció rápidamente durante cinco décadas hasta 1920 y se convirtió en uno de los países más ricos del mundo, pero después empezó una larga cuesta abajo. La Unión Soviética es un ejemplo todavía más destacable. Creció rápidamente entre 1930 y 1970, pero después se desplomó rápidamente. ¿Qué explica estas diferencias cruciales en la pobreza y la prosperidad y los modelos de crecimiento? ¿Por qué los países de Europa occidental y sus ramificaciones coloniales llenas de colonos europeos empezaron a crecer en el siglo XIX, sin apenas mirar atrás? ¿Qué explica la clasificación persistente de la desigualdad entre las distintas zonas de América? ¿Por qué los países de África subsahariana y Oriente Próximo no lograron el tipo de crecimiento económico observado en Europa occidental, mientras que gran parte del este asiático ha experimentado ritmos de crecimiento económico de vértigo? Se podría pensar que el hecho de que la desigualdad mundial sea tan enorme y significativa y con modelos tan marcados querría decir que tiene una explicación bien aceptada. Sin embargo, no es así. La mayoría de las hipótesis que han propuesto los sociólogos para los orígenes de la pobreza y la prosperidad simplemente no funcionan y no explican convincentemente la situación. La hipótesis geográfica Una teoría ampliamente aceptada de las causas de la desigualdad mundial es la hipótesis de la geografía, que afirma que la gran brecha entre países ricos y pobres se debe a las diferencias geográficas. Muchos países pobres, como los de África, América Central y el sur de Asia, se encuentran entre los trópicos de Cáncer y Capricornio. En cambio, los países ricos suelen estar en latitudes templadas. Esta concentración geográfica de la pobreza y la prosperidad da un atractivo superficial a la hipótesis geográfica, que es el punto de partida de las teorías e ideas de muchos sociólogos y expertos. No obstante, no por eso está menos equivocada. Ya a finales del siglo XVIII, el gran filósofo político francés Montesquieu observó la concentración geográfica de la prosperidad y la pobreza y propuso una explicación para ello. Afirmó que los habitantes de los climas tropicales tendían a ser holgazanes y a no ser nada curiosos. En consecuencia, no se esforzaban en el trabajo, ni innovaban, y ésa era la razón de que fueran pobres. También afirmaba que los individuos holgazanes tendían a estar gobernados por déspotas, lo que sugería que una ubicación tropical podía explicar no solamente la pobreza, sino también algunos de los fenómenos políticos asociados con el fracaso económico, como las dictaduras. La teoría de que los países cálidos son intrínsecamente pobres, a pesar de contradecirse por el reciente y rápido avance económico de países como Singapur, Malasia y Botsuana, todavía es defendida enérgicamente por algunas voces, como la del economista Jeffrey Sachs. La versión moderna de esta idea hace énfasis no en los efectos directos del clima en el esfuerzo a la hora de trabajar o pensar, sino en dos argumentos adicionales: en primer lugar, que las enfermedades tropicales, sobre todo la malaria, tienen consecuencias muy adversas para la salud y, en consecuencia, para la productividad en el trabajo; en segundo lugar, que el suelo tropical no permite desarrollar una agricultura productiva. De todas formas, la conclusión es la misma: los climas templados tienen una ventaja relativa frente a las zonas tropicales y semitropicales. Sin embargo, la desigualdad mundial no se puede explicar mediante climas o enfermedades, ni otras versiones de las hipótesis geográficas. Simplemente, pensemos en Nogales. Lo que separa a las dos partes no es el clima, la geografía ni las enfermedades medioambientales, sino la frontera entre Estados Unidos y México. Si la hipótesis geográfica no puede explicar las diferencias entre el norte y el sur de Nogales, o Corea del Norte y del Sur, o entre las dos Alemanias antes de la caída del Muro de Berlín, ¿podría ser todavía una teoría útil para explicar las diferencias entre Norteamérica y Sudamérica? ¿O entre Europa y África? Sencillamente, no. La historia ilustra que no existe una conexión sencilla ni duradera entre el clima o la geografía y el éxito económico. Por ejemplo, no es cierto que los trópicos siempre hayan sido más pobres que las latitudes templadas. Como vimos en el primer capítulo, en el momento de la conquista de América por parte de Cristóbal Colón, las zonas al sur del trópico de Cáncer y al norte del trópico de Capricornio, que hoy en día incluyen México, América Central, Perú y Bolivia, fueron los lugares en los que se desarrollaron las grandes civilizaciones azteca e inca. Aquellos imperios estaban centralizados políticamente y eran complejos, construyeron carreteras y eran capaces de aliviar las hambrunas. Los aztecas tenían dinero y escritura, y los incas, a pesar de carecer de estos dos elementos clave, registraron una cantidad ingente de información en cuerdas con nudos llamadas quipus. En cambio, en la época de los aztecas y los incas, el norte y el sur de la zona habitada por estos dos pueblos, que actualmente incluye Estados Unidos, Canadá, Argentina y Chile, estaban habitados en su mayoría por civilizaciones en la edad de Piedra que carecían de aquellas tecnologías. Por lo tanto, los trópicos de América eran mucho más ricos que las zonas templadas, lo que sugiere que el «hecho obvio» de la pobreza tropical ni es obvio ni es un hecho. Al contrario, la mayor riqueza de Estados Unidos y Canadá representa un cambio radical respecto a lo que había allí cuando llegaron los europeos. Este cambio radical, sin duda, no tuvo nada que ver con la geografía, sino que, como hemos visto, estuvo relacionado con la forma en la que aquellas zonas fueron colonizadas. Además, no se trata de un cambio limitado a las distintas zonas de América. Los pueblos del sur de Asia, sobre todo los del subcontinente indio y China, eran más prósperos que la mayoría de los pueblos de muchas otras partes de Asia y, sin duda, más que los de Australia y Nueva Zelanda. Aquello también sufrió un cambio brusco cuando Corea del Sur, Singapur y Japón aparecieron como los países más ricos de Asia, y Australia y Nueva Zelanda superaron a prácticamente toda Asia en lo que respecta a la prosperidad. Incluso en el África subsahariana hubo un cambio similar. Más recientemente, antes del inicio del intenso contacto europeo con África, la zona sur de África era la que tenía asentamientos más dispersos y estaba más lejos de lograr Estados desarrollados con algún tipo de control en su territorio. Sin embargo, ahora, Sudáfrica es uno de los países más prósperos del África subsahariana. Si retrocedemos más en la historia, veremos que hubo mucha prosperidad en los trópicos; algunas de las grandes civilizaciones premodernas, como la angkor en la Camboya moderna, la vijayanagara en el sur de la India y la aksum en Etiopía, florecieron en los trópicos, así como las grandes civilizaciones del valle del Indo de Mohenjo-Daro y Harappa en el Pakistán moderno. Por lo tanto, la historia deja pocas dudas de que no existe una simple conexión entre una ubicación tropical y el éxito económico. Evidentemente, las enfermedades tropicales causan mucho sufrimiento y altas tasas de mortalidad infantil en África, pero no son la razón de que este continente sea pobre. La enfermedad, en gran parte, es consecuencia de la pobreza y de que los gobiernos son incapaces o no tienen la voluntad de poner en marcha las medidas de atención sanitaria pública necesarias para erradicarlas. En el siglo XIX, Inglaterra también era un sitio muy poco saludable, pero el gobierno invirtió gradualmente en agua limpia, alcantarillado y tratamiento de las aguas residuales y, finalmente, en un servicio de salud efectivo. La mejora de la salud y de la esperanza de vida no eran la causa del éxito económico de Inglaterra, sino uno de los frutos de sus cambios políticos y económicos anteriores. Lo mismo sucede en el caso de Nogales (Arizona). La otra parte de la hipótesis geográfica es que los trópicos son pobres porque la agricultura tropical es intrínsecamente improductiva. Según afirman, la tierra tropical es fina e incapaz de mantener los nutrientes, y dicen que esas tierras se erosionan rápidamente debido a las lluvias torrenciales. Sin duda, este argumento tiene cierto mérito, pero, como veremos, el determinante principal de por qué la productividad agrícola (la producción agrícola por unidad de superficie) es tan baja en muchos países pobres, sobre todo del África subsahariana, tiene poco que ver con la calidad de la tierra. De hecho, es consecuencia de la estructura de propiedad de la tierra y de los incentivos que el gobierno y las instituciones crean para los agricultores. También mostraremos que la desigualdad del mundo no se puede explicar por las diferencias en la productividad agrícola. La gran desigualdad del mundo moderno que apareció en el siglo XIX fue debida a la desigual distribución de las tecnologías industriales y la producción manufacturera, no a la divergencia en los resultados agrícolas. Otra versión influyente de la hipótesis geográfica es la que avanza el ecologista y biólogo evolucionista Jared Diamond, quien defiende que el origen de la desigualdad intercontinental al principio del período moderno, hace quinientos años, radicó en las distintas dotaciones históricas de plantas y especies de animales que, posteriormente, influirían en la productividad agrícola. En algunos lugares, como el Creciente Fértil del moderno Oriente Próximo, había un gran número de especies que pudieron ser domesticadas por los humanos. En otros, como en el continente americano, no existían. Tener muchas especies que podían ser domesticadas hizo que la transición del estilo de vida de cazador-recolector al de agricultor fuera atractivo para aquellas sociedades. En consecuencia, la agricultura se desarrolló antes en el Creciente Fértil que en América. La densidad de la población aumentó, lo que permitió la especialización del trabajo, el comercio, la urbanización y el desarrollo político. Resulta significativo que, en lugares en los que dominaba la agricultura, la innovación tecnológica tuviera lugar con mucha más rapidez que en otras partes del mundo. Por lo tanto, según Diamond, la diferencia en la disponibilidad de animales y especies de plantas creó distintas intensidades de agricultura, lo que condujo a diferentes caminos de prosperidad y cambio tecnológico en los distintos continentes. A pesar de que la tesis de Diamond es una aportación sólida al rompecabezas en el que se centra, no se puede generalizar para explicar la desigualdad mundial moderna. Por ejemplo, Diamond afirma que los españoles fueron capaces de dominar las civilizaciones de América por su amplio dominio de la agricultura y porque, por lo tanto, disponían de una tecnología superior. Pero ahora tenemos que explicar por qué los mexicanos y los peruanos que vivían en las antiguas tierras de los aztecas y los incas eran pobres. A pesar de que el acceso al trigo, la cebada y los caballos podría haber hecho a los españoles más ricos que a los incas, la brecha entre sus rentas no era muy grande. La renta media de un español era probablemente menos del doble que la de un ciudadano del Imperio inca. La tesis de Diamond implica que, una vez que los incas hubieran estado expuestos a todas las especies y tecnologías resultantes que no habían sido capaces de desarrollar por sí mismos, deberían haber alcanzado rápidamente el nivel de vida de los españoles. Sin embargo, no ocurrió nada de esto. Al contrario, en los siglos XIX y XX, apareció una brecha mucho mayor en las rentas entre España y Perú. Actualmente, el español medio es más de seis veces más rico que el peruano medio. Esta brecha en las rentas está estrechamente relacionada con el reparto desigual de las tecnologías industriales modernas, pero no tiene mucho que ver con el potencial de domesticación de animales y plantas ni con las diferencias de productividad agrícola intrínseca entre España y Perú. Mientras que España, aunque con cierto retraso, adoptó las tecnologías de la energía de vapor, el ferrocarril, la electricidad, la mecanización y la producción fabril, Perú no lo hizo, o, en el mejor de los casos, lo hizo de forma muy lenta e imperfecta. Esta brecha tecnológica persiste hoy en día y se reproduce a mayor escala a medida que las nuevas tecnologías, en particular las relacionadas con la tecnología de la información, impulsan un crecimiento mayor en muchos países desarrollados y en algunos de desarrollo rápido. La tesis de Diamond no nos dice por qué esas tecnologías cruciales no se difundieron e igualaron las rentas de todo el mundo, ni explica por qué la mitad norte de Nogales es mucho más rica que su gemela que está justo al sur de la valla, a pesar de que ambas formaran parte de la misma civilización hace quinientos años. La historia de Nogales destaca otro problema crucial para adoptar la tesis de Diamond: como ya hemos visto, fueran cuales fuesen los inconvenientes de los imperios inca y azteca en 1532, Perú y México eran, sin duda, más prósperos que aquellas partes de América que se convertirían en Estados Unidos y Canadá. Norteamérica llegó a ser próspera precisamente porque adoptó con entusiasmo las tecnologías y los avances de la revolución industrial. La población recibió educación y el ferrocarril se extendió a través de las grandes llanuras en claro contraste con lo que sucedió en Sudamérica. Esto no se puede explicar en función de las distintas dotaciones geográficas del norte y el sur de América, que, en todo caso, habrían favorecido a Sudamérica. La desigualdad del mundo moderno es, en gran medida, el resultado del reparto y la adopción desiguales de tecnologías, y la tesis de Diamond no incluye argumentos importantes sobre este asunto. Por ejemplo, él afirma, siguiendo al historiador William McNeill, que la orientación este-oeste de Eurasia permitió que los cultivos, los animales y las innovaciones se extendieran desde el Creciente Fértil hasta Europa occidental, mientras que la orientación norte-sur de América explica por qué los sistemas de escritura, como el que se creó en México, no se extendieron a los Andes ni a Norteamérica. Sin embargo, la orientación de los continentes no puede proporcionar una explicación para la desigualdad del mundo actual. Veamos el caso de África. A pesar de que el desierto del Sáhara presentaba realmente una barrera importante para el traslado de productos e ideas desde el norte hasta el África subsahariana, no era una barrera insuperable. Los portugueses, y después otros europeos, navegaron cerca de la costa y eliminaron las posibles diferencias de conocimiento en un momento en el que la brecha entre las rentas era muy pequeña en comparación con la que existe actualmente. Desde entonces, África no ha podido seguir el ritmo de Europa; al contrario, ahora la brecha entre las rentas de la mayoría de los países africanos y europeos es mucho mayor. También debería quedar claro que el argumento de Diamond, que trata de la desigualdad continental, no permite explicar la variación entre los continentes, parte esencial de la desigualdad del mundo moderno. Por ejemplo, aunque la orientación del territorio euroasiático podría explicar cómo consiguió Inglaterra beneficiarse de las innovaciones de Oriente Próximo sin tener que reinventarlas, no explica por qué la revolución industrial tuvo lugar en Inglaterra y no, por ejemplo, en Moldavia. Además, como indica el propio Diamond, China y la India se beneficiaron mucho de grupos muy ricos de animales y plantas y de la orientación de Eurasia. No obstante, la mayor parte de los pobres del mundo actual se encuentran en estos dos países. De hecho, la mejor forma de ver el alcance de la tesis de Diamond es en términos de sus propias variables explicativas. El mapa 4 muestra datos sobre el reparto de Sus scrofa, el antepasado del cerdo moderno, y el uro, antepasado de la vaca moderna. Ambas especies estaban ampliamente repartidas a lo largo de Eurasia e incluso el Norte de África. El mapa 5 muestra la distribución de algunas de las variedades silvestres de cultivos domesticados modernos, como la Oryza sativa, antecesora del arroz cultivado asiático y las variedades primitivas del trigo y la cebada. Demuestra que la variedad silvestre del arroz estaba distribuida ampliamente en el sur y el Sudeste de Asia, mientras que las del trigo y la cebada estaban repartidas a través de un arco largo desde el Levante hasta Irán y Afganistán y el núcleo de los actuales Turkmenistán, Tayikistán y Kirguistán. Estas especies ancestrales están presentes en gran parte de Eurasia. Sin embargo, su amplia distribución sugiere que la desigualdad dentro de Eurasia no se puede explicar mediante una teoría basada en la frecuencia de las especies. La hipótesis geográfica no solamente no ayuda a explicar el origen de la prosperidad a lo largo de la historia, sino que es en gran parte incorrecta en su énfasis y no es capaz de explicar la situación con la que empezamos este capítulo. Se podría pensar que cualquier modelo persistente, como la jerarquía de las rentas en América o las diferencias muy marcadas y de largo alcance entre Europa y Oriente Próximo, se puede explicar por una geografía inalterable. Sin embargo, no es así. Ya hemos visto que es bastante improbable que los modelos existentes en las Américas hayan sido impulsados por factores geográficos. Antes de 1492, fueron las civilizaciones del valle central de México, América Central y los Andes las que tenían una tecnología y un nivel de vida superiores a los de Norteamérica o lugares como Argentina y Chile. A pesar de que la geografía continuaba siendo la misma, las instituciones impuestas por los colonos europeos crearon un «revés de la fortuna». Además, también es poco probable que la geografía pueda explicar la pobreza de Oriente Próximo por razones similares. Al fin y al cabo, este territorio fue pionero mundial en la revolución neolítica y las primeras ciudades se desarrollaron en el Irak moderno. El hierro fue fundido por primera vez en Turquía y no fue hasta la Edad Media cuando Oriente Próximo fue tecnológicamente dinámico. No fue la geografía de este territorio lo que hizo que la revolución neolítica floreciera en esa parte del mundo, como veremos en el capítulo 5, y tampoco fue la geografía la que hizo que fuera pobre. De hecho, fueron la expansión y la consolidación del Imperio otomano y es el legado institucional de este imperio lo que mantiene pobre a Oriente Próximo hoy en día. Por último, los factores geográficos no ayudan a explicar no solamente las diferencias que vemos en distintas partes del mundo hoy en día, sino tampoco por qué muchos países como Japón o China se estancan durante largos períodos y, posteriormente, inician procesos de rápido crecimiento. Necesitamos una teoría que sea mejor. La hipótesis de la cultura La segunda teoría ampliamente aceptada, la hipótesis de la cultura, relaciona la prosperidad con la cultura. La hipótesis de la cultura, igual que la geográfica, tiene un linaje distinguido, que se remonta como mínimo al gran sociólogo alemán Max Weber, que defendía que la Reforma protestante y la ética protestante que estimuló tuvieron un papel clave a la hora de facilitar el ascenso de la sociedad industrial moderna en la Europa occidental. La hipótesis de la cultura ya no se basa solamente en la religión, sino que destaca también otros tipos de creencias, valores y ética. A pesar de que no sea políticamente correcto decirlo en público, mucha gente todavía afirma que los africanos son pobres porque carecen de una buena ética del trabajo, todavía creen en la brujería y la magia y se resisten a las nuevas tecnologías occidentales. Muchos piensan también que América Latina nunca será rica porque sus habitantes son intrínsecamente derrochadores, carecen de medios económicos y sufren de la cultura «ibérica» o del «ya lo haré mañana». Evidentemente, muchos creyeron también una vez que la cultura china y los valores del confucianismo eran perjudiciales para el desarrollo económico, aunque ahora la importancia de la ética de trabajo china como motor del crecimiento en China, Hong Kong y Singapur se pregona a los cuatro vientos. ¿La hipótesis de la cultura es útil para comprender la desigualdad del mundo? Sí y no. Sí, en el sentido de que las normas sociales, que están relacionadas con la cultura, importan y pueden ser difíciles de cambiar y, en ocasiones, apoyan diferencias institucionales, la explicación de este libro de la desigualdad mundial. Pero, en gran medida, no, porque los aspectos de la cultura que se suelen destacar (religión, ética nacional, valores africanos o latinos) no son importantes para comprender cómo llegamos aquí y por qué persisten las desigualdades en el mundo. Otros aspectos, como hasta qué punto la gente confía en los demás o es capaz de cooperar, son importantes, pero sobre todo son resultados de las instituciones, no una causa independiente. Volvamos a Nogales. Como vimos anteriormente, muchos aspectos de la cultura son los mismos al norte y al sur de la valla. Sin embargo, puede que haya algunas diferencias notables en prácticas, normas y valores, aunque éstas no sean causas sino resultados de los dos caminos de desarrollo divergentes en los dos lugares. Por ejemplo, en las encuestas, los mexicanos suelen afirmar que confían en los demás menos de lo que dicen que confían en los demás los estadounidenses. Pero no es de extrañar que los mexicanos carezcan de confianza cuando su gobierno no puede eliminar los cárteles de la droga ni proporcionar un sistema legal imparcial que funcione. Lo mismo sucede con Corea del Norte y del Sur, como veremos en el capítulo siguiente. Corea del Sur es uno de los países más ricos del mundo, mientras que Corea del Norte lucha contra las hambrunas periódicas y la absoluta pobreza. A pesar de que la «cultura» es muy distinta entre el sur y el norte actualmente, no tuvo ningún papel a la hora de causar la distinta fortuna económica de estas dos mitades de la Península coreana. Este territorio tuvo un largo período de historia en común. Antes de la guerra de Corea y la posterior división en el paralelo 38, tenía una homogeneidad sin precedentes en lo que respecta a idioma, etnia y cultura. Igual que en el caso de Nogales, lo importante es la frontera. En el norte existe un régimen distinto, que impone instituciones diferentes y crea incentivos distintos también. Por lo tanto, cualquier diferencia en la cultura al sur y al norte de la frontera que corta Nogales o Corea en dos no es una causa de las diferencias en la prosperidad, sino, más bien, una consecuencia. ¿Y qué hay acerca de África y la cultura africana? Desde el punto de vista histórico, el África subsahariana era mucho más pobre que la mayoría de las otras partes del mundo y sus civilizaciones antiguas no desarrollaron la rueda, la escritura (excepto Etiopía y Somalia) ni el arado. A pesar de que estas tecnologías no se utilizaron ampliamente hasta la colonización formal europea a finales del siglo XIX y principios del XX, las sociedades africanas las conocían desde mucho antes. Los europeos empezaron a circunnavegar la costa occidental a finales del siglo XV y los asiáticos navegaban continuamente al este de África desde mucho antes. Podemos entender por qué no se adoptaron estas tecnologías teniendo en cuenta la historia del reino del Congo en la desembocadura del río Congo, que ha dado nombre a la moderna República Democrática del Congo. En el mapa 6 se muestra dónde estaba el Congo junto a otro Estado africano central, el reino de Kuba, que comentaremos más adelante en este libro. El Congo tuvo un contacto intenso con los portugueses después de la primera visita del marinero Diogo Cão en 1483. En aquel entonces, era un Estado altamente centralizado para los parámetros africanos. Su capital, Mbanza, tenía una población de 60.000 habitantes, aproximadamente del mismo tamaño que la capital portuguesa, Lisboa, y mucho más grande que Londres, que tenía alrededor de 50.000 habitantes en el año 1500. El rey del Congo, Nzinga a Nkuwu, se convirtió al catolicismo y adoptó el nombre de João I. Más adelante, Mbanza fue rebautizada como São Salvador. Gracias a los portugueses, los congoleños conocieron la rueda y el arado, y los portugueses incluso fomentaron su adopción con las misiones agrícolas de 1491 y 1512. Sin embargo, todas estas iniciativas fracasaron. Pero los congoleños no se mostraron contrarios a las tecnologías modernas en general, y adoptaron rápidamente una innovación occidental venerable: las armas de fuego. Utilizaron estas nuevas y poderosas herramientas para responder a los incentivos del mercado: capturar y exportar esclavos. No hay ninguna señal aquí de que los valores o la cultura africana impidieran la adopción de nuevas tecnologías y prácticas. A medida que profundizaban su contacto con los europeos, los congoleños adoptaron otras prácticas occidentales: alfabetización, estilos de vestir y diseños de casas. En el siglo XIX, muchas sociedades africanas también aprovecharon las oportunidades económicas crecientes creadas por la revolución industrial y cambiaron sus modelos de producción. En África occidental se produjo un rápido desarrollo económico basado en la exportación de aceite de palma y cacahuetes; a través del sur de África, los africanos llevaron sus exportaciones a las zonas industriales y mineras del Rand que se expandían con rapidez en Sudáfrica. Sin embargo, estas experiencias económicas prometedoras fueron destruidas no por la cultura africana o por la incapacidad de los africanos corrientes de actuar en su propio interés, sino, primero, por el colonialismo europeo y, posteriormente, por los gobiernos africanos que se instauraron después de la independencia. La verdadera razón de que los congoleños no adoptaran una tecnología superior fue que carecían de incentivos para hacerlo. Se enfrentaban a un alto riesgo de que su producción fuera expropiada y gravada con impuestos por el todopoderoso rey, independientemente de que se hubiera convertido o no al catolicismo. De hecho, no solamente su propiedad era insegura, su propia vida pendía de un hilo. Muchos de ellos eran capturados y vendidos como esclavos. Un entorno como éste difícilmente animaría a invertir para aumentar la productividad a largo plazo. Tampoco el rey tenía incentivos para que se adoptara el arado a gran escala ni para hacer que su prioridad fuera aumentar la productividad agrícola, ya que la exportación de esclavos era muchísimo más rentable. Actualmente, podría ser cierto que los africanos confían menos en los demás de lo que lo hacen los habitantes de otras partes del mundo. Pero esto es el resultado de una larga historia de instituciones que han minado los derechos humanos y de propiedad en África. Sin duda, la posibilidad de ser capturado y vendido como esclavo influyó en la falta de confianza histórica de los africanos en los demás. ¿Y la ética protestante de Max Weber? Aunque pueda ser verdad que los países predominantemente protestantes, como los Países Bajos e Inglaterra, fueron los primeros con éxitos económicos de la era moderna, hay poca relación entre la religión y el éxito económico. Francia, país predominantemente católico, copió rápidamente los resultados económicos de los holandeses y los ingleses en el siglo XIX e Italia es tan próspera como cualquiera de esos países hoy en día. Si miramos más hacia el este, veremos que ninguno de los éxitos económicos del este de Asia tiene nada que ver con ningún tipo de religión cristiana, así que no hay muchos argumentos que apoyen la existencia de una relación especial entre el protestantismo y el éxito económico en este aspecto. Volvamos a una zona favorita para los entusiastas de la hipótesis de la cultura: Oriente Próximo. Los países de Oriente Próximo son principalmente islámicos, y, de ellos, los que no son productores de petróleo son muy pobres, como hemos señalado anteriormente. Los productores de petróleo son ricos, pero esa riqueza caída del cielo tiene poco que ver con crear economías modernas diversificadas en Arabia Saudí o Kuwait. ¿No muestran estos hechos convincentemente que la religión importa? A pesar de que sea plausible, este argumento tampoco es acertado. Sí, países como Siria y Egipto son pobres, y su población es principalmente musulmana. Sin embargo, estos países también difieren sistemáticamente en otros elementos que son mucho más importantes para la prosperidad. Todos fueron provincias del Imperio otomano, que perfiló con fuerza y de forma adversa cómo se desarrollarían. Después del colapso del control otomano, Oriente Próximo fue absorbido por los imperios coloniales inglés y francés que, de nuevo, limitaron las posibilidades de estos países. Tras la independencia, siguieron en gran medida con el mundo colonial anterior, desarrollando regímenes políticos jerárquicos y autoritarios con pocas de las instituciones políticas y económicas que, como defenderemos, son cruciales para generar éxito económico. Este camino de desarrollo fue forjado en gran medida por la historia del dominio otomano y europeo. En general, la relación entre la religión islámica y la pobreza en Oriente Próximo carece de validez. El papel de estos acontecimientos históricos, más que los factores culturales, a la hora de perfilar la trayectoria económica de Oriente Próximo, también se ve en el hecho de que las partes de Oriente Próximo que temporalmente se separaron del control del Imperio otomano y las potencias europeas, como Egipto entre 1805 y 1848 bajo el dominio de Muhammad Alí, podían embarcarse en un camino de rápido cambio económico. Muhammad Alí usurpó el poder tras la retirada de las fuerzas francesas que habían ocupado Egipto bajo el mando de Napoleón Bonaparte. Mediante la explotación de los puntos débiles del dominio otomano en territorio egipcio en aquel momento, pudo fundar su propia dinastía, que, de una forma u otra, tuvo el control hasta la Revolución egipcia comandada por Nasser en 1952. Las reformas de Muhammad Alí, a pesar de ser coercitivas, ayudaron al desarrollo de Egipto ya que modernizaron la burocracia estatal, el ejército y el sistema impositivo, y hubo un desarrollo de la agricultura y la industria. Sin embargo, este proceso de modernización y crecimiento acabó tras la muerte de Alí, cuando Egipto cayó bajo la influencia europea. Pero quizá sea una forma equivocada de pensar en la cultura. Tal vez los factores culturales que importan no estén relacionados con la religión, sino más concretamente con «culturas nacionales». ¿Podría ser la influencia de la cultura inglesa lo que importa y explica por qué países como Estados Unidos, Canadá y Australia son tan prósperos? A pesar de que esta idea pueda sonar atractiva inicialmente, tampoco funciona. Sí, Canadá y Estados Unidos fueron colonias inglesas, pero también lo fueron Sierra Leona y Nigeria. La variación en términos de prosperidad entre las antiguas colonias inglesas es tan grande como en todo el mundo. El legado inglés no es la razón del éxito de Norteamérica. No obstante, existe una versión más de la hipótesis de la cultura: quizá no sea lo inglés frente a lo no inglés lo que importa, sino lo europeo frente a lo no europeo. ¿Cabría la posibilidad de que los europeos fueran superiores de alguna forma debido a su ética de trabajo, visón de la vida, valores judeocristianos o legado romano? Es cierto que Europa occidental y Norteamérica, con población mayoritariamente de origen europeo, son las partes más prósperas del mundo. Quizá el legado cultural europeo superior sea la base de la prosperidad (y el último refugio de la hipótesis de la cultura). Sin embargo, esta versión de la hipótesis de la cultura tiene tan poco potencial explicativo como las demás. La mayor parte de la población argentina y uruguaya, en comparación con la canadiense y estadounidense, es de ascendencia europea, pero el resultado económico de Argentina y Uruguay deja bastante que desear. Japón y Singapur nunca tuvieron más que unos pocos habitantes de ascendencia europea y, no obstante, son países tan prósperos como muchas partes de Europa occidental. China, a pesar de las muchas imperfecciones de su sistema político y económico, ha sido el país con un crecimiento más rápido de los últimos treinta años. La pobreza china hasta la muerte de Mao Zedong no tiene nada que ver con la cultura del país, sino que se debió a la desastrosa organización de la economía y a cómo llevó a cabo Mao sus políticas. En los años cincuenta, impulsó el Gran Salto Adelante, una política de industrialización llevada a rajatabla que condujo a la hambruna y la muerte por inanición. A partir de 1960, difundió la Revolución cultural, que condujo a la persecución en masa de intelectuales y personas con estudios (de cualquiera cuya lealtad al partido fuera dudosa). Aquello volvió a conducir al terror y a un gran desperdicio del talento y los recursos de la sociedad. Del mismo modo, el desarrollo actual de este país no tiene nada que ver con los valores o los cambios en la cultura china, sino que es el resultado de un proceso de transformación económica desencadenado por las reformas implantadas por Deng Xiaoping y sus aliados, quienes, tras la muerte de Mao Zedong, abandonaron gradualmente las instituciones y políticas económicas socialistas, primero en la agricultura y después en la industria. Igual que sucede con la hipótesis geográfica, la hipótesis de la cultura no ayuda a explicar otros aspectos de la situación actual. Evidentemente, existen diferencias en cuanto a creencias, actitudes culturales y valores entre Estados Unidos y América Latina, pero igual que las que existen entre Nogales (Arizona) y Nogales (Sonora) o entre Corea del Sur y Corea del Norte, estas diferencias son la consecuencia de las distintas instituciones e historias institucionales de los dos lugares. Los factores culturales que hacen hincapié en cómo la cultura «hispánica» o «latina» moldeó el imperio español no pueden explicar las diferencias entre los países de América Latina, por ejemplo, por qué Argentina y Chile son más prósperos que Perú y Bolivia. Otros tipos de argumentos culturales, como los que destacan la cultura indígena contemporánea, tampoco funcionan. Argentina y Chile tienen pocos indígenas en comparación con Perú y Bolivia. A pesar de ello, la cultura indígena como explicación tampoco funciona. Colombia, Ecuador y Perú tienen niveles de renta similares, pero Colombia tiene muy pocos indígenas actualmente, mientras que Ecuador y Perú tienen muchos. Por último, las actitudes culturales, que, en general, tardan mucho en cambiar, es poco probable que puedan explicar por sí solas el milagroso desarrollo del este de Asia y China. A pesar de que las instituciones sean persistentes, en ciertas circunstancias cambian realmente rápido, como veremos. La hipótesis de la ignorancia La última teoría popular para explicar por qué algunos países son pobres y otros ricos es la hipótesis de la ignorancia, que afirma que la desigualdad del mundo existe porque nosotros o nuestros gobernantes no sabemos cómo hacer que un país pobre sea rico. Esta idea es la que defienden la mayoría de los economistas, que siguen el ejemplo de la famosa definición del economista inglés Lionel Robbins, que en 1935 afirmó que «la economía es una ciencia que estudia el comportamiento humano como relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos». Por lo tanto, es un pequeño paso concluir que la ciencia económica debería centrarse en el mejor uso de los medios escasos para satisfacer los fines sociales. De hecho, el resultado teorético más famoso en economía, el denominado primer teorema del bienestar, identifica las circunstancias bajo las cuales la asignación de recursos en una «economía de mercado» es socialmente deseable desde el punto de vista económico. Una economía de mercado es una abstracción que tiene por objetivo capturar una situación en la que todos los individuos y empresas puedan producir, comprar y vender libremente cualquier producto o servicio que deseen. Cuando estas circunstancias no están presentes, existe un «fallo de mercado». Dichos fallos proporcionan la base para una teoría de la desigualdad del mundo, ya que, cuantos más fallos del mercado dejen de abordarse, más probable es que el país se empobrezca. La hipótesis de la ignorancia afirma que los países pobres lo son porque tienen muchos fallos de mercado y porque los economistas y los diseñadores de políticas no saben cómo eliminarlos y han hecho caso de consejos equivocados en el pasado. Los países ricos son ricos porque han aplicado mejores políticas y han eliminado con éxito esos fallos. ¿Podría la hipótesis de la ignorancia explicar la desigualdad del mundo? ¿Podría ser que los países africanos sean más pobres que el resto del mundo porque sus líderes tienden a tener las mismas ideas equivocadas sobre cómo dirigir sus países, lo que conduce a la pobreza allí, mientras que los líderes de la Europa occidental están mejor informados o asesorados, lo que explica su éxito relativo? Aunque existan ejemplos famosos de líderes que adoptaron políticas desastrosas porque se equivocaron sobre las consecuencias de dichas políticas, la ignorancia puede explicar, en el mejor de los casos, una pequeña parte de la desigualdad del mundo. A primera vista, el declive económico sostenido que pronto se extendió en Ghana después de la independencia de Gran Bretaña fue causado por la ignorancia. El economista británico Tony Killick, que entonces trabajaba como asesor para el gobierno de Kwame Nkrumah, tomó nota de muchos de los problemas con gran detalle. Las políticas de Nkrumah se centraban en desarrollar la industria estatal, que resultó ser muy ineficiente. Killick recordaba: La fábrica de calzado... que habría conectado la fábrica de carne del norte a través del transporte del cuero con el sur (a una distancia de más de 800 kilómetros) a una curtiduría (ahora, abandonada); las pieles tenían que volver a la fábrica de calzado de Kumasi, en el centro del país y a unos 320 kilómetros al norte de la curtiduría. Como el mercado de calzado principal está en el área metropolitana de Acra, los zapatos tendrían que transportarse otros 320 kilómetros al sur. Killick señala sutilmente que era una empresa «cuya viabilidad fue minada por el emplazamiento inadecuado». La fábrica de calzado fue uno de los muchos proyectos de este tipo, como el de la planta de enlatado de mangos situada en una parte de Ghana en la que no se cultivaban mangos y cuya producción iba a ser superior a la demanda mundial del producto. Este flujo ilimitado de proyectos irracionales desde el punto de vista económico no era debido al hecho de que Nkrumah o sus asesores estuvieran mal informados o ignoraran las políticas económicas adecuadas. Contaban con personas como Killick e incluso habían sido asesorados por el premio Nobel sir Arthur Lewis, que sabía que aquellas políticas no eran buenas. Lo que impulsó la forma que adoptaron las políticas económicas fue el hecho de que Nkrumah necesitaba utilizarlas para comprar apoyo político y mantener su régimen antidemocrático. Ni el rendimiento decepcionante de Ghana tras la independencia ni los innumerables casos de aparente mala gestión económica se pueden atribuir a la ignorancia. Al fin y al cabo, si el problema fuera la ignorancia, los líderes bienintencionados aprenderían rápidamente qué tipos de políticas son las que aumentarían la renta y el bienestar de sus ciudadanos y tenderían a implantarlas. Veamos los caminos divergentes de Estados Unidos y México. Culpar de la disparidad a la ignorancia de los líderes de los dos países es, en el mejor de los casos, altamente inverosímil. No fueron las divergencias de conocimiento o de intenciones entre John Smith y Cortés lo que sentó las bases de la disparidad durante el período colonial, y no fueron las diferencias en cuanto a conocimientos entre los presidentes estadounidenses posteriores, como Teddy Roosevelt o Woodrow Wilson y Porfirio Díaz lo que hizo que México eligiera instituciones económicas que enriquecían a las élites a costa del resto de la sociedad a finales del siglo XIX y comienzos del XX, mientras que Roosevelt y Wilson hacían lo contrario. Fueron las diferencias en los límites institucionales a los que se enfrentaban los presidentes y las élites de ambos países. Un caso parecido es el de los líderes de los países africanos que han languidecido durante el último medio siglo bajo instituciones económicas y derechos de propiedad inseguros, que han empobrecido a gran parte de su población. Estos líderes no dejaron que pasara esto porque pensaran que fuera una buena economía; lo hicieron porque podían hacerlo y salir indemnes y enriquecerse a costa de los demás, o porque pensaban que era una buena política, una forma de mantenerse en el poder comprando el apoyo de grupos o élites cruciales. La experiencia del primer ministro de Ghana en 1971, Kofi Abrefa Busia, ilustra lo errónea que puede ser la hipótesis de la ignorancia. Busia se enfrentaba a una peligrosa crisis económica. Tras hacerse con el poder en 1969, él, igual que Nkrumah antes que él, siguió políticas económicas expansionistas y mantuvo varios controles de precios a través de juntas de comercialización y un tipo de cambio sobrevalorado. A pesar de que Busia había sido adversario de Nkrumah, y dirigía un gobierno democrático, se enfrentaba a muchos de los mismos límites políticos. Igual que con Nkrumah, sus políticas económicas no se adoptaron porque fuera «ignorante» y creyera que aquellas políticas fueran buena economía o una forma ideal para desarrollar el país. Las eligió porque eran buenas políticas y permitían que Busia transfiriera recursos a grupos políticamente poderosos, por ejemplo, en áreas urbanas, a los que debía mantener contentos. Los controles de precios exprimían la agricultura para dar comida barata a los distritos urbanos y generar ingresos para financiar el gasto del gobierno. Sin embargo, aquellos controles eran insostenibles. Ghana pronto empezó a sufrir una serie de crisis de la balanza de pagos y escasez de divisas. Frente a estos dilemas, el 27 de diciembre de 1971, Busia firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que incluía una devaluación masiva de la moneda. El FMI, el Banco Mundial y toda la comunidad internacional presionaron a Busia para que implantara las reformas del acuerdo. Pero a pesar de que las instituciones internacionales permanecían en una feliz ignorancia, Busia sabía que estaba haciendo una gran apuesta política. La consecuencia inmediata de la devaluación de la moneda fueron disturbios y descontento en Acra, la capital de Ghana, que aumentaron incontrolablemente hasta que Busia fue derrocado por los militares, dirigidos por el teniente coronel Acheampong, que invirtió la devaluación de inmediato. La hipótesis de la ignorancia difiere de las hipótesis de la geografía y la cultura en que aporta una sugerencia fácil sobre cómo «resolver» el problema de la pobreza. Si la ignorancia nos ha llevado hasta aquí, los gobernantes y los diseñadores de políticas ilustrados e informados nos pueden sacar del atolladero. Deberíamos ser capaces de crear prosperidad proporcionando el asesoramiento adecuado y convenciendo a los políticos de lo que es una buena economía. Sin embargo, la experiencia de Busia hace hincapié en que el obstáculo principal para la adopción de políticas que reducirían los fallos del mercado y fomentarían el crecimiento económico no es la ignorancia de los políticos, sino los incentivos y los límites a los que se enfrentan desde las instituciones políticas y económicas de sus sociedades. A pesar de que la hipótesis de la ignorancia todavía impera entre la mayoría de los economistas y en los círculos de elaboración de políticas occidentales (lo que, casi excluyendo a cualquier otra cosa, se centra en cómo crear prosperidad) es solamente otra hipótesis que no funciona. No explica ni los orígenes de la prosperidad en el mundo ni la situación a nuestro alrededor. Por ejemplo, por qué algunos países, como México y Perú, pero no Estados Unidos o Inglaterra, adoptaron instituciones y políticas que empobrecerían a la mayor parte de sus ciudadanos o por qué casi toda el África subsahariana y la mayor parte de América Central son mucho más pobres que Europa occidental o el este de Asia. Cuando los países escapan de modelos institucionales que los condenan a la pobreza y consiguen iniciar un camino hacia el crecimiento económico, no es porque sus líderes ignorantes de repente estén mejor informados o sean menos egoístas o porque hayan sido asesorados por mejores economistas. China, por ejemplo, es uno de los países que cambió las políticas económicas que condenaron a la pobreza y el hambre a millones de personas por políticas que fomentaban el crecimiento económico. No obstante, como analizaremos con más detalle más adelante, esto no sucedió porque el Partido Comunista Chino finalmente entendiera que la propiedad colectiva de la tierra agrícola y la industria creaba incentivos económicos terribles, sino porque Deng Xiaoping y sus aliados, que no eran menos egoístas que sus rivales pero tenían objetivos políticos e intereses distintos, derrotaron a sus poderosos oponentes del Partido Comunista y planearon una especie de revolución política que cambiaría radicalmente el liderazgo y la dirección del partido. Sus reformas económicas, que crearon incentivos de mercado en la agricultura y, posteriormente, en la industria, siguieron a aquella revolución política. Fue la política lo que determinó que se pasara del comunismo a los incentivos de mercado de China, no la mejora del asesoramiento ni de la comprensión de cómo funciona la economía. Defenderemos la idea de que, para comprender la desigualdad del mundo, tenemos que entender por qué algunas sociedades están organizadas de una forma muy ineficiente y socialmente indeseable. Algunos países consiguen adoptar instituciones eficientes y alcanzan la prosperidad, pero, por desgracia, son un número reducido de casos. La mayoría de los economistas y los encargados de formular políticas se han centrado en «hacerlo bien», mientras que lo que se necesita realmente es una explicación de por qué los países pobres «lo hicieron mal». En general, su situación no se debe a su ignorancia ni a su cultura. Como mostraremos, los países pobres lo son porque quienes tienen el poder toman decisiones que crean pobreza. No lo hacen bien, no porque se equivoquen o por su ignorancia, sino a propósito. Para comprenderlo, tenemos que ir más allá de la economía y el asesoramiento experto sobre lo mejor que se puede hacer y, en su lugar, debemos estudiar cómo se toman realmente las decisiones, quién las toma y por qué estas personas deciden hacer lo que hacen. Éste es el estudio de la política y los procesos políticos. Tradicionalmente, la economía ha ignorado la política, pero la comprensión de la política resulta esencial para explicar la desigualdad del mundo. Tal y como señaló el economista Abba Lerner en la década de 1970: «La economía ha ganado el título de reina de las ciencias sociales eligiendo como campo los problemas políticos resueltos». Defenderemos la idea de que lograr la prosperidad depende de la resolución de algunos problemas políticos básicos. Y es precisamente porque la economía ha asumido que los problemas políticos están resueltos por lo que no ha sido capaz de aportar una explicación convincente de la desigualdad mundial. Para explicar la desigualdad mundial, todavía es necesario que la economía comprenda que los distintos tipos de Estados y acuerdos sociales afectan a los incentivos y a los comportamientos económicos. Pero también es necesaria la política. 3 La creación de la prosperidad y la pobreza La economía del paralelo 38 En el verano de 1945, cuando la segunda guerra mundial tocaba a su fin, la colonia japonesa de Corea empezó a hundirse. Al cabo de un mes de la rendición incondicional de Japón el 15 de agosto, Corea fue dividida en dos esferas de influencia siguiendo el paralelo 38. La zona al sur de éste fue administrada por Estados Unidos y la del norte, por Rusia. La frágil paz de la guerra fría terminó en junio de 1950, cuando el ejército de Corea del Norte invadió Corea del Sur. A pesar de que inicialmente los norcoreanos hicieron grandes incursiones y conquistaron la capital, Seúl, en el otoño ya se habían retirado por completo. Fue entonces cuando Hwang Py ng W n y su hermano fueron separados. Hwang Py ng W n consiguió esconderse y evitó ser reclutado por el ejército norcoreano. Se quedó en el sur y trabajó como farmacéutico. Su hermano era médico, trabajaba en Seúl ocupándose de los soldados heridos del ejército de Corea del Sur, y fue llevado al norte durante la retirada del ejército de Corea del Norte. Fueron separados en 1950, y se volvieron a ver en 2000, en Seúl, por primera vez en cincuenta años, después de que los dos gobiernos finalmente aceptaran iniciar un programa limitado para la reunificación familiar. Como el hermano de Hwang Py ng W n era médico, acabó trabajando para las fuerzas aéreas, un buen trabajo en una dictadura militar. Sin embargo, ni siquiera a los privilegiados en Corea del Norte les va demasiado bien. Cuando se reencontraron, Hwang Py ng W n le preguntó a su hermano cómo era la vida al norte del paralelo 38. Él tenía coche, pero su hermano, no. «¿Tienes teléfono?», preguntó a su hermano. «No», le contestó. «Mi hija, que trabaja en el Ministerio de Asuntos Exteriores, tiene teléfono, pero si no sabes el código, no puedes llamar». Hwang Py ng W n recordó que todas las personas del norte que habían acudido a la reunión pedían dinero, así que le ofreció unos billetes a su hermano. No obstante, éste le dijo: «Si vuelvo con dinero, el gobierno me lo pedirá, así que quédatelo». Hwang Py ng W n se fijó en que el abrigo de su hermano estaba raído: «Quítate ese abrigo y déjalo, y, cuando vuelvas, ponte éste», sugirió. «No puedo hacerlo», respondió su hermano. «Me lo ha prestado el gobierno para venir aquí.» Hwang Py ng W n recordaba que, cuando se separaron, su hermano estaba incómodo y muy nervioso, como si alguien los estuviera escuchando. Era más pobre de lo que había imaginado. Su hermano decía que vivía bien, pero Hwang Py ng W n pensó que tenía un aspecto horrible y estaba muy delgado. El nivel de vida de los habitantes de Corea del Sur es similar al de la población de Portugal y España. En el norte, en la denominada República Popular Democrática de Corea, o Corea del Norte, el nivel de vida es parecido al de un país subsahariano, alrededor de una décima parte del nivel de vida medio en Corea del Sur. La salud de los norcoreanos es aún peor; el norcoreano medio tiene una esperanza de vida diez años menor que la de sus primos al sur del paralelo 38. En el mapa 7 se ilustra la increíble brecha económica que existe entre los dos países. Muestra la intensidad de la luz de noche captada con imágenes por satélite. Corea del Norte está prácticamente a oscuras debido a la falta de electricidad, mientras que Corea del Sur luce resplandeciente. Estas diferencias tan marcadas son recientes. De hecho, no existían antes del final de la segunda guerra mundial. Sin embargo, después de 1945, los distintos gobiernos del norte y del sur adoptaron maneras muy diferentes de organizar sus economías. Corea del Sur estaba dirigida, y sus incipientes instituciones políticas y económicas estaban perfiladas, por el anticomunista Syngman Rhee, que estudió en Harvard y Princeton, y contaba con el apoyo significativo de Estados Unidos. Rhee fue elegido presidente en 1948. Forjada en medio de la guerra de Corea y contra la amenaza del comunismo que se extendía al sur del paralelo 38, Corea del Sur no era una democracia. Tanto Rhee como su sucesor, el general Park Chung Hee, tan famoso como él, pasaron a la historia como presidentes autoritarios. Ambos gobernaron una economía de mercado en la que se reconocía la propiedad privada y, después de 1961, Park, de hecho, apoyó con todas sus fuerzas el rápido crecimiento económico, canalizando los créditos y subsidios a las empresas prósperas. La situación al norte del paralelo 38 era distinta. Kim Il Sung, líder de los partisanos comunistas antijaponeses durante la segunda guerra mundial, se autoproclamó dictador en 1947 y, con la ayuda de la Unión Soviética, introdujo una forma estricta de economía planificada central que formaba parte del denominado sistema Juche. Se prohibieron la propiedad privada y los mercados. También se restringieron las libertades, no solamente en el mercado, sino en todas las esferas de la vida, excepto las de aquellos que formaban parte de la pequeña élite gobernante de Kim Il Sung y, posteriormente, de su hijo y sucesor Kim Jong Il. No es de extrañar que la fortuna económica de Corea del Sur y Corea del Norte fuera tan increíblemente distinta. La economía planificada de Kim Il Sung y el sistema Juche pronto demostraron ser un desastre. No se dispone de estadísticas detalladas de este país, ya que es un Estado cuando menos hermético. De todas formas, las pruebas disponibles confirman lo que sabemos de las hambrunas recurrentes con demasiada frecuencia: no solamente la producción industrial no despegó, sino que la productividad agrícola de Corea del Norte se desplomó. Al no existir la propiedad privada, pocas personas tenían incentivos para invertir o para esforzarse en aumentar o mantener la productividad. El régimen represivo y sofocante era hostil a la innovación y a la adopción de nuevas tecnologías. Kim Il Sung, Kim Jong Il y sus secuaces no tenían ninguna intención de reformar el sistema ni de introducir la propiedad privada, los mercados, los contratos privados, ni de cambiar las instituciones políticas y económicas. Corea del Norte continúa estancada económicamente. Mientras tanto, en el sur, las instituciones económicas fomentaban la inversión y el comercio. Los políticos de Corea del Sur invirtieron en educación, con lo que lograron alcanzar unos índices elevados de alfabetización y escolarización. Las empresas de Corea del Sur no tardaron en aprovechar aquella población relativamente formada, mientras que las políticas fomentaban la inversión, la industrialización, las exportaciones y la transferencia de tecnología. Corea del Sur se convirtió rápidamente en una de las «economías milagrosas» del este asiático, uno de los países con un crecimiento más rápido del mundo. A finales de los años noventa, en solamente medio siglo, el desarrollo de Corea del Sur y el estancamiento de Corea del Norte condujeron a una brecha que se multiplicó por diez entre las dos mitades de aquel país que estuvo unido en el pasado. Imaginemos qué diferencia puede llegar a haber después de doscientos años. El desastre económico de Corea del Norte, que condujo a la muerte por inanición de millones de personas, frente al éxito económico de Corea del Sur, resulta increíble: ni la cultura, ni la geografía ni la ignorancia pueden explicar los caminos divergentes que tomaron Corea del Norte y Corea del Sur. Para alcanzar una respuesta, debemos analizar las instituciones. Instituciones económicas extractivas e inclusivas El éxito económico de los países difiere debido a las diferencias entre sus instituciones, a las reglas que influyen en cómo funciona la economía y a los incentivos que motivan a las personas. Imaginemos a los adolescentes de Corea del Norte y de Corea del Sur y lo que esperan de la vida. Los de Corea del Norte crecen en la pobreza, sin iniciativa empresarial, ni creatividad ni una educación adecuada para prepararlos para el trabajo cualificado. Gran parte de la educación que reciben en la escuela es pura propaganda, destinada a dar apoyo a la legitimidad del régimen, hay pocos libros, y ya no digamos ordenadores. Al acabar los estudios, todos deben pasar diez años en el ejército. Estos adolescentes saben que no podrán ser propietarios, ni crear una empresa ni ser más prósperos, aunque mucha gente se dedica ilegalmente a actividades económicas privadas para ganarse la vida. También saben que no tendrán acceso a los mercados en los que puedan utilizar sus habilidades o sus ingresos para comprar los productos que necesitan y desean. Ni siquiera saben con certeza el tipo de derechos humanos que tendrán. En cambio, los de Corea del Sur reciben una buena educación y tienen incentivos que los animan a esforzarse y a destacar en la profesión elegida. Este país posee una economía de mercado basada en la propiedad privada. Los adolescentes de Corea del Sur saben que, si tienen éxito como emprendedores o trabajadores, un día podrán disfrutar de las ganancias obtenidas de sus inversiones y esfuerzos; pueden mejorar su nivel de vida y comprar coches, casas y atención sanitaria. En Corea del Sur, el Estado apoya la actividad económica, por lo que los emprendedores pueden pedir préstamos a los bancos y a los mercados financieros, las empresas extranjeras pueden asociarse con firmas surcoreanas y la población puede conseguir hipotecas para comprar casas. En el sur, en general, uno es libre de crear la empresa que quiera. En Corea del Norte, no. En Corea del Sur, uno puede contratar trabajadores, vender productos o servicios y gastar el dinero en el mercado como quiera. En Corea del Norte, solamente hay mercados negros. Estas reglas distintas son las instituciones bajo las que viven los norcoreanos y los surcoreanos. Las instituciones económicas inclusivas, como las de Corea del Sur o las de Estados Unidos, posibilitan y fomentan la participación de la gran mayoría de las personas en actividades económicas que aprovechan mejor su talento y sus habilidades y permiten que cada individuo pueda elegir lo que desea. Para ser inclusivas, las instituciones económicas deben ofrecer seguridad de la propiedad privada, un sistema jurídico imparcial y servicios públicos que proporcionen igualdad de condiciones en los que las personas puedan realizar intercambios y firmar contratos; además de permitir la entrada de nuevas empresas y dejar que cada persona elija la profesión a la que se quiere dedicar. El contraste entre Corea del Sur y Corea del Norte y entre Estados Unidos y América Latina ilustra un principio general. Las instituciones económicas inclusivas fomentan la actividad económica, el aumento de la productividad y la prosperidad económica. Garantizar el derecho a tener propiedad privada es crucial, ya que solamente quienes disfruten de este derecho estarán dispuestos a invertir y aumentar la productividad. Una persona de negocios que teme que su producción sea robada, expropiada o absorbida totalmente por los impuestos tendrá pocos incentivos para trabajar, y muchos menos incentivos aún para llevar a cabo inversiones o innovaciones. Es imprescindible que la mayoría de los integrantes de la sociedad puedan disfrutar de estos derechos. En 1680, el gobierno inglés hizo un censo de la población de su colonia antillana de Barbados. Los datos revelaron que, de la población total de la isla, de alrededor de sesenta mil personas, casi treinta y nueve mil eran esclavos africanos propiedad del tercio restante de la población. De hecho, casi todos pertenecían a los ciento setenta y cinco propietarios de plantaciones de caña de azúcar más grandes, que también poseían casi todas las tierras. Aquellos grandes hacendados tenían derechos de propiedad seguros, que hacían que se respetaran tanto sus tierras como el derecho a tener sus esclavos. Si un propietario deseaba vender esclavos a otro, podía hacerlo y esperar que un tribunal hiciera respetar aquella venta o cualquier otro contrato que él firmara. ¿Por qué? Pues porque, de los cuarenta jueces y jueces de paz de la isla, veintinueve eran grandes propietarios de plantaciones. Y también lo eran los ocho oficiales militares de mayor rango. A pesar de que la élite de la isla tenía derechos de propiedad y contratos bien definidos, seguros y de obligado cumplimiento, Barbados no disponía de instituciones económicas inclusivas, ya que dos tercios de la población eran esclavos sin acceso a educación ni oportunidades económicas, y sin capacidad ni incentivos para utilizar su talento ni su habilidad. Las instituciones económicas inclusivas implican la existencia de derechos de propiedad seguros y oportunidades económicas no solamente para la élite, sino también para la mayor parte de la sociedad. Los derechos de propiedad seguros, las leyes, los servicios públicos y la libertad de contratación e intercambio recaen en el Estado, la institución con capacidad coercitiva para imponer el orden, luchar contra el robo y el fraude y hacer que se cumplan los contratos entre particulares. Para que funcione bien, la sociedad también necesita otros servicios públicos: red de carreteras y de transportes para poder trasladar las mercancías; infraestructuras públicas para que pueda florecer la actividad económica, y algún tipo de regulación básica para impedir el fraude y las malas conductas. A pesar de que muchos de estos servicios públicos los pueden ofrecer los mercados y los particulares, el grado de coordinación necesario para hacerlo a gran escala suele ser exclusivo de una autoridad central. Por lo tanto, el Estado está inexorablemente entrelazado con las instituciones económicas, como responsable de la ley y el orden, de garantizar la propiedad privada y los contratos y, a menudo, como proveedor clave de servicios públicos. Las instituciones económicas inclusivas necesitan al Estado y lo utilizan. Las instituciones económicas de Corea del Norte o de la América Latina colonial (la mita, la encomienda o el repartimiento descritos anteriormente) no tienen estas propiedades. La propiedad privada no existe en Corea del Norte. En la América Latina colonial existía la propiedad privada para los españoles, pero la propiedad de los pueblos indígenas era muy insegura. En ninguno de estos tipos de sociedades era posible que la amplia mayoría de la población tomara las decisiones económicas que quería, sino que estaba sujeta a la coacción en masa. En ninguno de estos tipos de sociedad se utilizaba el poder del Estado para proporcionar servicios públicos clave que fomentaran la prosperidad. En Corea del Norte, el Estado construyó un sistema educativo para inculcar propaganda, pero fue incapaz de impedir la hambruna. En la América Latina colonial, el Estado se concentró en coaccionar a los pueblos indígenas. En ninguno de estos tipos de sociedad había igualdad de oportunidades ni un sistema legal imparcial. En Corea del Norte, el sistema legal es un brazo del Partido Comunista en el poder, y en América Latina, fue una herramienta de discriminación contra la mayor parte del pueblo. Denominamos instituciones económicas extractivas a las que tienen propiedades opuestas a las instituciones inclusivas. Son extractivas porque tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto. Motores de prosperidad Las instituciones económicas inclusivas crean mercados inclusivos, que no solamente dan a las personas libertad para ejercer la profesión que mejor se adapte a su talento, sino que también proporcionan igualdad de condiciones que les dé la oportunidad de hacerlo. Quienes tengan buenas ideas, serán capaces de crear empresas, los trabajadores tenderán a ejercer actividades en las que su productividad sea mayor y las empresas menos eficientes serán sustituidas por las más eficientes. Comparemos cómo eligen las personas sus profesiones en mercados inclusivos frente a Perú y Bolivia en la época colonial, donde, bajo la mita, muchos fueron forzados a trabajar en las minas de plata y mercurio, sin tener en cuenta sus habilidades ni si querían hacerlo. Los mercados inclusivos no son únicamente mercados libres. Barbados, en el siglo XVII, también tenía mercados. Sin embargo, de la misma forma que todos, excepto la reducida élite de propietarios de plantaciones, carecían de derechos de propiedad, sus mercados, lejos de ser inclusivos —los mercados de esclavos, de hecho—, fueron una parte de las instituciones económicas que coaccionaban sistemáticamente a la mayoría de la población y le hurtaban la capacidad de elegir su profesión y cómo utilizar su talento. Las instituciones económicas inclusivas también allanan el camino para otros dos motores de prosperidad: la tecnología y la educación. El desarrollo económico sostenido casi siempre va acompañado de mejoras tecnológicas que permiten que las personas (mano de obra), las tierras y el capital existente (edificios, maquinaria, etc.) pasen a ser más productivos. Pensemos que nuestros tatarabuelos, hace solamente un siglo, no tenían acceso a aviones ni automóviles, ni a la mayoría de los medicamentos y la atención sanitaria que ahora damos por hechos, por no mencionar las instalaciones sanitarias domésticas, el aire acondicionado, los centros comerciales, la radio, el cine y, por supuesto, la tecnología de la información, la robótica o la maquinaria controlada por ordenador. Y si retrocedemos algunas generaciones más, el saber hacer tecnológico y el nivel de vida estaban todavía más atrasados, tanto que nos costaría imaginar cómo podía salir adelante la mayoría de la población. Este desarrollo del nivel de vida procedía de la ciencia y de emprendedores como Thomas Edison, que aplicaron la ciencia para crear negocios rentables. Este proceso de innovación es posible gracias a instituciones económicas que fomentan la propiedad privada, hacen cumplir los contratos, crean igualdad de condiciones y fomentan y permiten la creación de nuevas empresas que pueden dar vida a las nuevas tecnologías. Por lo tanto, no es de extrañar que fuera la sociedad estadounidense, y no la de México ni la de Perú, la que produjera a un Thomas Edison, y que sea Corea del Sur, y no Corea del Norte, la que produce actualmente empresas tecnológicas innovadoras como Samsung y Hyundai. Íntimamente relacionados con la tecnología están la educación, las habilidades, las competencias y el saber hacer del personal laboral, que se aprenden en la escuela, en casa y en el trabajo. Actualmente, somos mucho más productivos que hace cien años, no solamente por la mejora de la tecnología en forma de máquinas, sino también por el mayor saber hacer que poseen los trabajadores. Toda la tecnología del mundo serviría de poco sin trabajadores que sepan cómo emplearla. Sin embargo, las habilidades y las competencias incluyen algo más que la mera capacidad de hacer funcionar máquinas. La educación y las habilidades de los trabajadores son lo que genera el conocimiento científico sobre el que se construye nuestro progreso y lo que permite la adaptación y adopción de estas tecnologías en varias líneas de negocio. Aunque en el capítulo 1 vimos que muchos de los innovadores de la revolución industrial y posteriores, como Thomas Edison, no tenían muchos estudios, esas innovaciones eran mucho más sencillas que la tecnología moderna. Hoy en día, el cambio tecnológico requiere formación tanto en el caso del innovador como en el del trabajador. Y aquí vemos la importancia de que las instituciones económicas sean capaces de crear igualdad de condiciones. Estados Unidos pudo producir, o atraer del extranjero, a personas como Bill Gates, Steve Jobs, Sergey Brin, Larry Page y Jeff Bezos, y a los cientos de científicos que realizaron descubrimientos fundamentales en tecnología de la información, energía nuclear, biotecnología y otros campos en los que construyeron sus empresas estos emprendedores. La oferta de talento estaba allí para ser utilizada porque, en general, los adolescentes de Estados Unidos tienen acceso a toda la escolarización que desean o que son capaces de lograr. Ahora, imaginemos un tipo de sociedad distinto, por ejemplo, el Congo o Haití, donde la gran mayoría de la población no tiene medios para asistir a la escuela o, si se consigue ir al colegio, la calidad de la enseñanza es lamentable, algunos profesores no aparecen por clase, y cuando hay profesores puede que no haya libros. El bajo nivel educativo de los países pobres se debe a las instituciones económicas que no logran crear incentivos para que los padres eduquen a sus hijos, y a las instituciones políticas que no inducen al gobierno a construir, financiar y dar apoyo a las escuelas y a los deseos de los padres y sus hijos. El precio que pagan estos países por el bajo nivel educativo de su población y la falta de mercados inclusivos es elevado. No consiguen movilizar su talento incipiente. Tienen muchos Bill Gates en potencia y quizá uno o dos Albert Einstein que ahora trabajan como agricultores pobres, sin estudios, forzados a hacer lo que no quieren hacer o reclutados para el ejército, porque nunca han tenido la oportunidad de elegir la profesión que quieren ejercer en la vida. La capacidad de las instituciones económicas para aprovechar el potencial de los mercados inclusivos, fomentar la innovación tecnológica, invertir en personas y movilizar el talento y las habilidades de un gran número de individuos es esencial para el desarrollo económico. Explicar por qué tantas instituciones económicas no cumplen estos objetivos tan sencillos es el tema principal de este libro. Instituciones políticas extractivas e inclusivas Todas las instituciones económicas están creadas por la sociedad. Las de Corea del Norte, por ejemplo, fueron impuestas a sus ciudadanos por los comunistas que se hicieron con el control del país a partir de 1940, mientras que las de la América Latina colonial fueron impuestas por los conquistadores españoles. Corea del Sur acabó con instituciones económicas muy distintas de las de Corea del Norte porque personas distintas, con intereses y objetivos diferentes, tomaron las decisiones sobre cómo estructurar la sociedad. Es decir, Corea del Sur tenía políticas distintas. La política es el proceso mediante el cual una sociedad elige las reglas que la gobernarán. La política acompaña a las instituciones por la sencilla razón de que, aunque las instituciones inclusivas pueden ser buenas para la prosperidad económica de un país, algunas personas o grupos, como la élite del Partido Comunista de Corea de Norte o los propietarios de plantaciones de caña de azúcar de la Barbados colonial, estarán mucho mejor estableciendo instituciones que sean extractivas. Cuando hay conflictos sobre las instituciones, lo que suceda dependerá de qué personas o grupos ganen en el juego político: quién puede conseguir más apoyo, obtener recursos adicionales y formar alianzas más efectivas. En resumen, el ganador depende de la distribución del poder político en la sociedad. Las instituciones políticas de una sociedad son un elemento determinante del resultado de este juego. Y hay algunas reglas que rigen cómo se establecen los incentivos en política, determinan cómo se elige al gobierno y qué parte de éste tiene derecho a hacer qué. Las instituciones políticas estipulan quién tiene poder en la sociedad y para qué fines puede utilizarse. Si el reparto del poder es restrictivo e ilimitado, las instituciones políticas son absolutistas, como las monarquías que reinaron en el mundo durante gran parte de la historia. Con instituciones políticas absolutistas como las de Corea del Norte y la América Latina colonial, quienes ejerzan este poder serán capaces de establecer instituciones económicas para enriquecerse y aumentar su poder a costa de la sociedad. En cambio, las instituciones políticas que reparten el poder ampliamente en la sociedad y lo limitan son pluralistas. En lugar de concederlo a un individuo o a un pequeño grupo, el poder político reside en una amplia coalición o pluralidad de grupos. Evidentemente, existe una estrecha conexión entre el pluralismo y las instituciones económicas inclusivas. Sin embargo, la clave para comprender por qué Corea del Sur y Estados Unidos tienen instituciones económicas inclusivas no está solamente en sus instituciones políticas pluralistas, sino también en sus Estados poderosos y suficientemente centralizados. Un contraste revelador es Somalia, país situado al este de África. Como veremos más adelante, el poder político de Somalia hace tiempo que está repartido ampliamente, de forma casi pluralista. De hecho, no existe una autoridad real que pueda controlar o sancionar a alguien. La sociedad está dividida en clanes profundamente antagónicos y ninguno de ellos puede dominar a los demás. El poder de un clan está limitado solamente por las armas de otro. Esta distribución del poder no conduce a instituciones inclusivas, sino al caos, y se debe a que el Estado somalí no cuenta con ningún tipo de centralización política o estatal, y es incapaz de imponer siquiera un mínimo nivel de ley y orden para dar apoyo a la actividad económica, el comercio o la seguridad básica de sus ciudadanos. Max Weber, a quien mencionamos en el capítulo anterior, proporcionó la definición más famosa y ampliamente aceptada de Estado, que identificó con el «monopolio de la violencia legítima» en la sociedad. Sin este monopolio y el grado de centralización que implica, el Estado no puede representar su papel de órgano encargado de imponer la ley y el orden, y mucho menos proporcionar servicios públicos y fomentar y regular la actividad económica. Cuando el Estado no logra prácticamente ninguna centralización política, la sociedad, tarde o temprano, llega al caos, como en el caso de Somalia. Denominaremos instituciones políticas inclusivas a aquellas que están suficientemente centralizadas y que son pluralistas. Cuando falle alguna de estas condiciones, nos referiremos a ellas como instituciones políticas extractivas. Existe una fuerte sinergia entre las instituciones económicas y las políticas. Las instituciones políticas extractivas concentran el poder en manos de una élite reducida y fijan pocos límites al ejercicio de su poder. Las instituciones económicas a menudo están estructuradas por esta élite para extraer recursos del resto de la sociedad. Por lo tanto, las instituciones económicas extractivas acompañan de forma natural a las instituciones políticas extractivas. De hecho, deben depender inherentemente de las instituciones políticas extractivas para su supervivencia. Las instituciones políticas inclusivas, que confieren el poder ampliamente, tenderían a eliminar las instituciones económicas que expropian los recursos de la mayoría, levantan barreras de entrada y suprimen el funcionamiento de mercados que solamente benefician a un número reducido de personas. Por ejemplo, en Barbados, el sistema de plantaciones basado en la explotación de esclavos no podría haber sobrevivido sin las instituciones políticas que suprimieron y excluyeron completamente a los esclavos del proceso político. El sistema económico que empobrece a millones de personas en beneficio de una reducida élite comunista en Corea del Norte también sería impensable sin el dominio político absoluto del Partido Comunista. La relación sinérgica entre las instituciones económicas y políticas extractivas introduce un bucle de fuerte retroalimentación: las instituciones políticas permiten que las élites controlen el poder político para elegir instituciones económicas con menos limitaciones o fuerzas que se opongan. También permiten que las élites estructuren las futuras instituciones políticas y su evolución. A su vez, las instituciones económicas extractivas enriquecen a esas mismas élites, y su riqueza económica y su poder ayudan a consolidar su dominio político. En Barbados o en América Latina, por ejemplo, los colonos utilizaron su poder político para imponer un conjunto de instituciones económicas con las que consiguieron grandes fortunas a costa del resto de la población. Los recursos que generaron aquellas instituciones económicas permitieron que estas élites crearan ejércitos y fuerzas de seguridad para defender su monopolio absolutista del poder político. Evidentemente, la implicación es que las instituciones políticas y económicas extractivas se apoyan entre sí y tienden a perdurar. De hecho, la sinergia entre las instituciones económicas y políticas extractivas es aún mayor. Cuando las élites existentes son cuestionadas bajo instituciones políticas extractivas y los recién llegados van avanzando, es probable que estos recién llegados estén sujetos a un número reducido de limitaciones. Por lo tanto, tienen incentivos para mantener estas instituciones políticas y crear un conjunto similar de instituciones económicas, como hicieron Porfirio Díaz y la élite que lo rodeaba a finales del siglo XIX en México. Las instituciones económicas inclusivas, a su vez, se forjan sobre bases establecidas por las instituciones políticas inclusivas, que reparten ampliamente el poder en la sociedad y limitan su ejercicio arbitrario. Estas instituciones políticas también dificultan que otras personas usurpen el poder y socaven las bases de las instituciones inclusivas. Quienes controlan el poder político no pueden utilizarlo fácilmente para establecer instituciones económicas extractivas en beneficio propio. Y estas instituciones económicas inclusivas, a su vez, crean un reparto más equitativo de los recursos, facilitando la persistencia de las instituciones políticas inclusivas. No fue casualidad que un año después de que, en 1618, la Virginia Company diera tierras a los colonos y los liberara de sus contratos draconianos con los que previamente los había intentado coaccionar, la Asamblea General permitiera que los colonos empezaran a gobernarse a sí mismos. Éstos no habrían confiado en tener derechos económicos sin derechos políticos, ya que habían sufrido los esfuerzos persistentes de la Virginia Company por coaccionarlos. Tampoco ninguna de estas economías habría sido estable y duradera. De hecho, las combinaciones de instituciones extractivas e inclusivas, en general, son inestables. Las instituciones económicas extractivas bajo instituciones políticas inclusivas no es probable que sobrevivan durante mucho tiempo, tal y como sugiere nuestro análisis de Barbados. De forma similar, las instituciones económicas inclusivas ni darán apoyo ni serán apoyadas por las instituciones políticas extractivas. Serán transformadas en instituciones económicas extractivas en beneficio de los intereses que controlan el poder o el dinamismo económico que crean desestabilizará a las instituciones políticas extractivas y abrirá el camino para que aparezcan instituciones políticas inclusivas. Las instituciones económicas inclusivas también tienden a reducir los beneficios de los que pueden disfrutar las élites gobernantes en instituciones políticas extractivas, ya que esas instituciones se enfrentan a la competencia en el mercado y están limitadas por los contratos y los derechos de propiedad del resto de la sociedad. ¿Por qué no elegir siempre la prosperidad? Las instituciones políticas y económicas que, en última instancia, son elegidas por la sociedad, pueden ser inclusivas y fomentar el crecimiento económico o pueden ser extractivas y convertirse en impedimentos para el desarrollo económico. Los países fracasan cuando tienen instituciones económicas extractivas, apoyadas por instituciones políticas extractivas que impiden e incluso bloquean el crecimiento económico. Sin embargo, esto significa que la elección de las instituciones (es decir, la política de las instituciones) es crucial para nuestro esfuerzo por comprender las razones del éxito y el fracaso de los países. Tenemos que comprender por qué las políticas de algunas sociedades conducen a instituciones inclusivas que fomentan el desarrollo económico, mientras que las políticas de la amplia mayoría de las sociedades a lo largo de la historia han conducido, y todavía lo hacen, a instituciones extractivas que lo dificultan. Podría parecer obvio que todo el mundo debería estar interesado en crear el tipo de instituciones económicas que aportan prosperidad. ¿Acaso no querría todo ciudadano, político e incluso dictador depredador que su país fuera lo más rico posible? Volvamos al reino del Congo que comentamos anteriormente. A pesar de que desapareció como tal en el siglo XVII, dio nombre al país moderno que se independizó del dominio colonial belga en 1960. Como Estado independiente, el Congo experimentó prácticamente un declive económico y una pobreza constantes y crecientes bajo el control de Mobutu, entre 1965 y 1997. Y este declive continuó después de que Mobutu fuera derrocado por Laurent Kabila. Mobutu creó un conjunto altamente extractivo de instituciones económicas. Los ciudadanos eran más pobres, pero Mobutu y la élite que le rodeaba, conocida como les grosses legumes, pasaron a ser tremendamente ricos. Mobutu se construyó un palacio en su lugar de origen, Gbadolite, al norte del país, con un aeropuerto lo suficientemente grande para que pudiera aterrizar un jet Concord supersónico, el avión que solía alquilar a Air France para viajar a Europa. En Europa, compró varios castillos y era propietario de grandes extensiones en Bruselas, la capital belga. ¿No habría sido mejor para Mobutu montar instituciones económicas que incrementaran la riqueza de los congoleños en lugar de aumentar su pobreza? Si Mobutu hubiera conseguido incrementar la prosperidad de su nación, ¿acaso no habría podido apropiarse de incluso más dinero, no habría podido comprar un Concord en lugar de alquilarlo, no habría tenido más castillos y mansiones, y posiblemente un ejército más grande y potente? Por desgracia para los ciudadanos de muchos países del mundo, la respuesta es negativa. Las instituciones económicas que crean incentivos para el progreso económico también pueden redistribuir simultáneamente la renta y el poder de forma que el dictador depredador y sus subordinados con poder político empeoren su situación. El problema fundamental es que necesariamente habrá disputas y conflictos sobre las instituciones económicas. Diferentes instituciones tienen distintas consecuencias para la prosperidad de una nación, sobre cómo se reparte esa prosperidad y quién tiene el poder. El desarrollo económico que pueden inducir las instituciones crea ganadores y perdedores. Esto fue evidente durante la revolución industrial en Inglaterra, que sentó las bases de la prosperidad que vemos actualmente en los países ricos del mundo. Se centraba en una serie de cambios tecnológicos pioneros en los campos de la energía de vapor, el transporte y la producción textil. A pesar de que la mecanización condujo a un aumento enorme de la renta total y, en última instancia, se convirtió en la base de la sociedad industrial moderna, muchos se opusieron duramente a la mecanización. Y no fue por su ignorancia o estrechez de miras, sino todo lo contrario. Por desgracia, aquella oposición al desarrollo económico tiene su propia lógica coherente. El crecimiento económico y el cambio tecnológico están acompañados por lo que el gran economista Joseph Schumpeter denominó «destrucción creativa». Sustituyen lo viejo por lo nuevo. Los sectores nuevos atraen recursos que antes se destinaban a los viejos. Las empresas nuevas quitan negocio a las ya establecidas. Las nuevas tecnologías hacen que las habilidades y las máquinas existentes queden obsoletas. El proceso de crecimiento económico y las instituciones inclusivas en las que se basan crean perdedores y ganadores en el escenario político y en el mercado económico. A menudo, el temor a la destrucción creativa tiene su origen en la oposición a instituciones políticas y económicas inclusivas. La historia europea proporciona un ejemplo vívido de las consecuencias de la destrucción creativa. En vísperas de la revolución industrial en el siglo XVIII, los gobiernos de la mayoría de los países europeos estaban controlados por aristocracias y élites tradicionales, cuya fuente principal de ingresos era la tenencia de tierras o los privilegios comerciales de los que disfrutaban gracias a los monopolios y a los aranceles impuestos por los monarcas. En consonancia con la idea de la destrucción creativa, la expansión de industrias, fábricas y pueblos se llevó recursos de la tierra, redujo las rentas de los terratenientes y aumentó los sueldos que éstos tenían que pagar a sus trabajadores. Estas élites también vieron que la aparición de nuevos comerciantes y hombres de negocios perjudicaba sus privilegios comerciales. En términos generales, fueron los mayores perdedores económicos de la industrialización. La urbanización y la aparición de una clase obrera y media con conciencia social también cuestionaba el monopolio político de las aristocracias terratenientes. Así, con la expansión de la revolución industrial, los aristócratas no fueron únicamente los perjudicados económicos, sino que también corrían el riesgo de convertirse en infortunados políticos, al perder su control sobre el poder político. Al ver amenazado su poder político y económico, estas élites a menudo constituían una oposición notable contra la industrialización. Pero la aristocracia no era la única perdedora de la industrialización. Los artesanos cuyas habilidades manuales estaban siendo reemplazadas por la mecanización también se oponían a la expansión de la industria. Muchos mostraron su disconformidad organizando disturbios y destruyendo las máquinas que consideraban responsables del empeoramiento de su forma de ganarse la vida. Eran los luditas, una palabra que hoy en día es sinónimo de resistencia al cambio tecnológico. A John Kay, el inglés que inventó la lanzadera flying shuttle en 1733, una de las primeras mejoras significativas en la mecanización del tejido, le quemaron la casa los luditas en 1753. A James Hargreaves, inventor de una mejora revolucionaria en el hilado, la hiladora con husos múltiples conocida como spinning jenny, le ocurrió algo similar. No obstante, los artesanos fueron mucho menos efectivos que los terratenientes y las élites a la hora de oponerse a la industrialización. Los luditas no poseían el poder político (la capacidad para afectar al resultado político contra los deseos de otros grupos) de la aristocracia terrateniente. En Inglaterra, la industrialización continuó, a pesar de la oposición de los luditas, porque la oposición aristocrática, aunque real, fue silenciada. En cambio, en los imperios austro-húngaro y ruso, en los que los aristócratas y las monarquías absolutistas tenían mucho más que perder, la industrialización fue bloqueada. En consecuencia, las economías de estos dos imperios se estancaron. Quedaron rezagados respecto a otros países europeos en los que el desarrollo económico despegó durante el siglo XIX. A pesar del éxito y el fracaso de algunos grupos específicos, hay algo que es evidente: los grupos poderosos suelen oponer resistencia al poder económico y a los motores de prosperidad. El crecimiento económico no es solamente un proceso de más y mejores máquinas, y de más y mejores personas con estudios, sino que también es un proceso transformador y desestabilizador asociado con una destrucción creativa generalizada. Por lo tanto, el movimiento solamente avanza si no queda bloqueado por los perdedores económicos, que prevén que perderán sus privilegios económicos, y por los perdedores políticos, que temen que se erosione su poder político. El conflicto por la escasez de recursos, rentas y poder se traduce en conflicto por las reglas del juego, las instituciones económicas, lo que determinará las actividades económicas y quién se beneficiará de ellas. Cuando hay un conflicto, no se puede dar respuesta a los deseos de todas las partes simultáneamente. Algunos serán derrotados y fracasarán, mientras que otros lograrán proteger aquello que desean. Los ganadores de este conflicto son una pieza fundamental de la trayectoria económica de un país. Si los grupos que se oponen al crecimiento son los ganadores, pueden bloquear con éxito el desarrollo económico y la economía se estancará. La lógica de por qué los poderosos no querrán establecer necesariamente las instituciones económicas que fomentan el éxito económico se amplía fácilmente a la elección de las instituciones políticas. En un régimen absolutista, algunas élites pueden ejercer el poder para establecer las instituciones económicas que prefieran. ¿Estarían estas élites interesadas en cambiar las instituciones políticas para hacerlas más pluralistas? En general no, ya que, de esta forma, solamente reducirían su poder político, y harían más difícil, quizá imposible, para ellas estructurar instituciones económicas para promover sus propios intereses. De nuevo, vemos una fuente fácil de conflicto. Las personas que sufren por las instituciones económicas extractivas no pueden esperar que los gobernantes absolutistas cambien voluntariamente las instituciones políticas y redistribuyan el poder entre la sociedad. La única forma de cambiar estas instituciones políticas es obligar a las élites a crear instituciones más plurales. De la misma forma que no existe ninguna razón por la que las instituciones políticas deban ser automáticamente pluralistas, tampoco hay ninguna tendencia natural hacia la centralización política. Sin duda, habría incentivos para crear instituciones estatales más centralizadas en cualquier sociedad, sobre todo en las que no tienen esa centralización en absoluto. Por ejemplo, en Somalia, si un clan creara un Estado centralizado capaz de imponer orden en el país, la nueva situación podría conducir a la creación de beneficios económicos y podría aumentar la riqueza de este clan. ¿Qué lo impide? El principal obstáculo para la centralización política vuelve a ser el miedo al cambio: cualquier clan, grupo o político que intente centralizar el poder en el Estado también lo estará centralizando en sus propias manos, y esto es probable que provoque la ira de otros clanes, grupos e individuos que serían los perdedores políticos de este proceso. La falta de centralización política no se traduciría solamente en el caos en gran parte de un territorio, sino que también existen muchos actores con poder suficiente para bloquear o trastornar la situación, y el miedo a su oposición y a una reacción violenta a menudo disuadirá a muchos posibles centralizadores. La centralización política solamente es probable cuando un grupo de personas es lo suficientemente más poderoso que otro para construir un Estado. En Somalia, el poder está equilibrado equitativamente, y ningún clan puede imponer su voluntad sobre otro. Por lo tanto, la falta de centralización política persiste. La larga agonía del Congo El Congo es uno de los ejemplos mejores, y más deprimentes, de las fuerzas que explican la lógica de por qué la prosperidad económica es tan persistentemente escasa bajo instituciones extractivas, e ilustra la sinergia entre instituciones económicas y políticas extractivas. Los portugueses y los holandeses que visitaron el Congo en los siglos XV y XVI destacaron la «pobreza miserable» del país. La tecnología era rudimentaria desde el punto de vista europeo y los congoleños no tenían ni escritura, ni rueda ni arado. Los relatos históricos dejan claro cuál era la causa de esta pobreza, así como el hecho de que los campesinos congoleños fueran reacios a adoptar tecnologías mejores. La causa era la naturaleza extractiva de las instituciones económicas del país. Como hemos visto, el reino del Congo estaba gobernado por un rey que vivía en Mbanza, ciudad que posteriormente recibiría el nombre de São Salvador. Las zonas situadas lejos de la capital estaban gobernadas por una élite que representaba a los gobernantes de distintas partes del reino. La riqueza de esta élite se basaba en las plantaciones esclavistas situadas cerca de São Salvador y en la recaudación de impuestos del resto del país. La esclavitud era crucial para la economía, la élite utilizaba esclavos para abastecer a sus propias plantaciones y los europeos enviaban esclavos a la costa. Los impuestos eran arbitrarios, e incluso se cobraba un impuesto cada vez que al rey le venía en gana. Para ser más próspero, el pueblo congoleño tendría que haber ahorrado e invertido, por ejemplo, en comprar arados. Pero no habría valido la pena, porque cualquier excedente de producción que hubieran conseguido utilizando una tecnología mejor habría sido expropiado por el rey y su élite. Así que, en lugar de invertir para aumentar su productividad y vender sus productos en mercados, los congoleños alejaron sus pueblos del mercado para intentar estar tan lejos como fuera posible de las carreteras y reducir así la frecuencia de los saqueos y escapar de los traficantes de esclavos. Por lo tanto, la pobreza del Congo fue el resultado de instituciones económicas extractivas que bloquearon los motores de prosperidad o que incluso los hicieron trabajar en sentido inverso. El gobierno del Congo proporcionó muy pocos servicios públicos a sus ciudadanos, ni siquiera los básicos, como los derechos de propiedad, respeto a la ley y el orden. Al contrario, el gobierno en sí era la mayor amenaza para la propiedad y los derechos humanos de sus súbditos. La institución de la esclavitud significó que no pudo existir el mercado más fundamental de todos, el mercado de trabajo inclusivo en el que las personas pueden elegir su profesión o su trabajo de manera que pueden contribuir a una economía próspera. Además, el comercio a larga distancia y las actividades mercantiles estaban controladas por el rey y vetadas a quienes no estaban relacionados con él. Y a pesar de que la élite pronto se alfabetizó después de que los portugueses introdujeran la escritura, el rey no intentó extender la alfabetización al resto de la población. Sin embargo, a pesar de que la «pobreza miserable» fuera generalizada, las instituciones extractivas congoleñas tenían su propia lógica impecable: un número reducido de personas, las que ocupaban el poder político, se hacían muy ricas. En el siglo XVI, el rey del Congo y la aristocracia fueron capaces de importar productos de lujo europeos y vivían rodeados de siervos y esclavos. Las raíces de las instituciones económicas de la sociedad congoleña fluían desde la distribución del poder político en la sociedad y, por lo tanto, desde la naturaleza de las instituciones políticas. Excepto la amenaza de una revuelta, nada le impedía al rey tomar las posesiones o los cuerpos de la gente. Y a pesar de que aquella amenaza fuera real, no era suficiente para garantizar la seguridad de las personas ni de su riqueza. Las instituciones políticas del Congo eran verdaderamente absolutistas, por consiguiente, el rey y su élite no estaban sujetos esencialmente a ningún límite y no se daba voz ni voto a los ciudadanos respecto a cómo organizar su sociedad. Evidentemente, no es difícil ver que las instituciones políticas del Congo contrastan claramente con instituciones políticas inclusivas en las que el poder es limitado y está repartido ampliamente. Las instituciones absolutistas del Congo mantuvieron su posición gracias al ejército. El rey tenía un ejército permanente de cinco mil soldados a mediados del siglo XVII, con un núcleo de quinientos mosqueteros, una fuerza formidable para su época. Por eso, es fácil comprender por qué el rey y la aristocracia adoptaron con tanto interés las armas de fuego europeas. No había posibilidades de crecimiento económico sostenido bajo este conjunto de instituciones económicas e incluso los incentivos para generar un desarrollo temporal estaban muy limitados. Reformar las instituciones económicas para mejorar los derechos de propiedad individual habría hecho que la sociedad congoleña en general fuera más próspera. Sin embargo, es poco probable que la élite se hubiera beneficiado de esta mayor prosperidad porque, en primer lugar, estas reformas habrían provocado que la élite fuera la perdedora económica, al reducir la riqueza que aportaban el tráfico de esclavos y las plantaciones esclavistas. Y en segundo lugar, estas reformas sólo habrían sido posibles si el poder político del rey y de la élite se hubiera reducido. Por ejemplo, si el rey continuaba al mando de sus quinientos mosqueteros, ¿quién se habría creído el anuncio de que se había abolido la esclavitud? ¿Qué habría impedido que el rey cambiara de idea más adelante? La única garantía real habría sido un cambio de las instituciones políticas para que los ciudadanos obtuvieran algún poder político que lo contrarrestara y que les dejara expresar sus ideas sobre los impuestos o sobre lo que hacían los mosqueteros. Sin embargo, en este caso, es poco probable que mantener el consumo y el estilo de vida del rey y de la élite hubiera sido una de sus prioridades. Los cambios que habrían creado instituciones económicas mejores en la sociedad habrían convertido al rey y a la aristocracia en perdedores políticos y económicos. La interacción entre las instituciones económicas y políticas de hace quinientos años es relevante para comprender por qué el moderno Estado del Congo todavía es miserablemente pobre hoy en día. La llegada del dominio europeo a esta zona, y más profundamente en la cuenca del río Congo en la época de la «lucha por África» a finales del siglo XIX, condujo a una inseguridad en cuanto a los derechos humanos y de propiedad aún más atroz que la que había caracterizado al Congo precolonial. Además, reprodujo el modelo de instituciones extractivas y absolutismo político que otorgó poder y enriqueció a unos pocos a costa de la mayoría, aunque esos pocos pasaran a ser los colonos belgas, sobre todo el rey Leopoldo II. Cuando el Congo se independizó en 1960, se reprodujo el mismo modelo de instituciones, incentivos y resultados económicos. Las instituciones congoleñas extractivas de nuevo recibieron el apoyo de instituciones políticas altamente extractivas. La situación empeoró porque el colonialismo europeo creó un Estado, el Congo, formado por muchos territorios y sociedades precoloniales diferentes que el Estado nacional, dirigido desde Kinsasa, poco podía controlar. A pesar de que el presidente Mobutu utilizó el Estado para enriquecerse a sí mismo y a sus compinches (por ejemplo, mediante el programa Zairianization de 1973, que significó la expropiación masiva de intereses económicos extranjeros), presidió un Estado no centralizado con poca autoridad sobre gran parte del país y tuvo que apelar a la ayuda extranjera para impedir que las provincias de Katanga y Kasai se separaran en los años sesenta. Esa falta de centralización política, que casi condujo al punto de colapso total del Estado, es un rasgo que comparte el Congo con gran parte del África subsahariana. La moderna República Democrática del Congo continúa siendo pobre porque sus ciudadanos todavía carecen de las instituciones económicas que crean los incentivos básicos para que una sociedad sea próspera. No es la situación geográfica, ni la cultura ni la ignorancia de sus ciudadanos o de sus políticos lo que mantiene pobre al país, sino sus instituciones económicas extractivas. Éstas aún están en vigor después de todos estos siglos porque el poder político continúa concentrado en manos de una reducida élite que tiene pocos incentivos para obligar a que se garanticen los derechos de las personas, proporcionar los servicios públicos básicos que mejorarían la calidad de vida o impulsar el progreso económico. Bien al contrario, sus intereses consisten en obtener rentas y mantenerse en el poder. No han utilizado este poder para construir un Estado centralizado porque hacerlo les crearía los mismos problemas de oposición y retos políticos que fomentar el desarrollo económico. Además, como en gran parte del resto del África subsahariana, las luchas internas provocadas por grupos rivales que intentaban hacerse con el control de las instituciones extractivas destruyeron cualquier tendencia a la centralización estatal que hubiera podido existir. La historia del reino del Congo, y la historia más reciente de la República Democrática del Congo, ilustra gráficamente cómo las instituciones políticas determinan las instituciones económicas y, a través de éstas, los incentivos económicos y el alcance del desarrollo económico. También muestra la relación simbiótica entre el absolutismo político y las instituciones económicas que otorgan poder y enriquecen a unos cuantos a costa de la mayoría. El desarrollo bajo instituciones políticas extractivas Hoy en día, el Congo es un ejemplo extremo, con caos generalizado y derechos de propiedad muy inseguros. Sin embargo, en la mayoría de los casos, este extremismo no serviría a los intereses de la élite, ya que destruiría todos los incentivos económicos y generaría pocos recursos que extraer. La tesis central de este libro es que el desarrollo y la prosperidad económicos están asociados con instituciones económicas y políticas inclusivas, mientras que las instituciones extractivas normalmente conducen al estancamiento y la pobreza. No obstante, esto no implica que las instituciones extractivas no puedan generar nunca crecimiento ni que todas las instituciones extractivas se hayan creado igual. Existen dos formas distintas pero complementarias en las que puede haber desarrollo económico bajo instituciones políticas extractivas. Primero, incluso aunque las instituciones económicas sean extractivas, el crecimiento es posible cuando las élites pueden asignar recursos directamente a actividades de alta productividad que controlan personalmente. Un ejemplo destacado de este tipo de crecimiento bajo instituciones extractivas fueron las islas caribeñas entre los siglos XVI y XVIII. La mayoría de la población eran esclavos que trabajaban en condiciones horribles en las plantaciones, y que apenas vivían por encima del nivel de subsistencia. Muchos murieron de malnutrición y agotamiento. En las islas Barbados, Cuba, Haití y Jamaica, en los siglos XVII y XVIII, una minoría reducida, la élite de los propietarios de las plantaciones, controlaba todo el poder político y poseía todos los bienes, lo que incluía a todos los esclavos. Mientras que la mayoría de la población no tenía derechos, la propiedad y los bienes de la élite de los propietarios estaban bien protegidos. A pesar de las instituciones económicas extractivas que explotaban despiadadamente a la mayoría de la población, estas islas eran de los lugares más ricos del mundo, porque podían producir azúcar y venderlo en los mercados mundiales. La economía de las islas sólo se estancó cuando hubo la necesidad de cambiar a nuevas actividades económicas, que amenazaron tanto las rentas como el poder político de la élite de propietarios de plantaciones. Otro ejemplo es el desarrollo económico y la industrialización de la Unión Soviética desde el primer plan quinquenal de 1928 hasta los años setenta. Las instituciones políticas y económicas eran altamente extractivas y los mercados estaban fuertemente limitados. Sin embargo, la Unión Soviética pudo lograr un desarrollo económico rápido porque utilizó el poder del Estado para trasladar recursos de la agricultura, donde se utilizaban de forma muy ineficiente, a la industria. El segundo tipo de crecimiento bajo instituciones políticas extractivas aparece cuando se permite el desarrollo de instituciones económicas inclusivas, aunque sea solamente de forma limitada e incompleta. Muchas sociedades con instituciones políticas extractivas evitarán las instituciones económicas inclusivas debido al miedo que les provoca la destrucción creativa. No obstante, el grado hasta el cual la élite consigue monopolizar el poder varía según las sociedades. En algunas, la posición de la élite podría ser lo suficientemente segura como para permitir algunos cambios hacia instituciones económicas inclusivas porque sabe que éstas no amenazarán su poder político. Alternativamente, la situación histórica podría ser tal que dotara a un régimen político extractivo de instituciones económicas bastante inclusivas que decidan no bloquear. Éstas proporcionan la segunda forma de producir crecimiento bajo instituciones políticas extractivas. La rápida industrialización de Corea del Sur bajo el mandato del general Park es un ejemplo de lo anterior. Park llegó al poder mediante un golpe militar en 1961, pero lo hizo en una sociedad fuertemente apoyada por Estados Unidos y con una economía en la que las instituciones económicas eran esencialmente inclusivas. A pesar de que el régimen de Park fuera autoritario, parecía lo suficientemente seguro para impulsar el crecimiento económico y, de hecho, lo hizo muy activamente, quizá en parte porque el régimen no estaba directamente apoyado por instituciones económicas extractivas. A diferencia de la Unión Soviética y la mayor parte de los otros casos de crecimiento bajo instituciones extractivas, Corea del Sur hizo la transición desde instituciones políticas extractivas hacia instituciones políticas inclusivas en los años ochenta. El éxito de esta transición se debió a la confluencia de varios factores. En los años setenta, las instituciones económicas de Corea del Sur habían pasado a ser lo suficientemente inclusivas para reducir uno de los fuertes fundamentos para las instituciones políticas extractivas: la élite económica tenía muy poco que ganar de su propio dominio o del dominio militar de la política. La relativa igualdad de rentas de Corea del Sur también significó que la élite tenía menos que temer del pluralismo y la democracia. La influencia clave de Estados Unidos, dada la amenaza de Corea del Norte, también significó que el importante movimiento prodemocracia que había cuestionado la dictadura militar no pudiera ser reprimido durante mucho tiempo. A pesar de que el asesinato del general Park en 1979 fue seguido por otro golpe militar, dirigido por Chun Doo Hwan, el sucesor elegido por Chun, Roh Tae Woo, inició un proceso de reformas políticas que condujo a la consolidación de una democracia plural después de 1992. Evidentemente, en la Unión Soviética no se produjo ninguna transición de este tipo y, en consecuencia, el desarrollo soviético perdió impulso, la economía empezó a hundirse en los años ochenta y se desplomó totalmente en los noventa. El desarrollo económico chino actual también tiene varios puntos en común con las experiencias soviética y surcoreana. Mientras que las etapas iniciales del desarrollo chino fueron encabezadas por reformas radicales del mercado en el sector agrícola, las reformas en el sector industrial fueron más moderadas. Incluso hoy, el Estado y el Partido Comunista tienen un papel central a la hora de decidir qué sectores y empresas recibirán un capital adicional y se expandirán (proceso que provocará que se creen y se pierdan fortunas). Igual que la Unión Soviética en su apogeo, China crece de prisa, pero con instituciones extractivas, bajo el control del Estado, con pocas señales de transición a instituciones políticas inclusivas. El hecho de que las instituciones económicas chinas estén todavía lejos de ser totalmente inclusivas también sugiere que es menos probable una transición de estilo surcoreano, aunque, por supuesto, no es imposible. Vale la pena destacar que la centralización política es clave para las dos formas en las que se puede dar el crecimiento bajo instituciones políticas extractivas. Si no hubiera contado con algún tipo de centralización política, la élite de propietarios de plantaciones de Barbados, Cuba, Haití y Jamaica no habría sido capaz de mantener la ley y el orden, ni de defender sus propios bienes y propiedades. Sin una centralización política importante y un control férreo del poder político, ni las élites militares de Corea del Sur ni el Partido Comunista Chino se habrían sentido lo suficientemente seguros para hacer unas reformas económicas tan significativas e, incluso así, conseguir aferrarse al poder. Y sin esa centralización, el Estado, en la Unión Soviética o en China, no habría sido capaz de coordinar la actividad económica para canalizar los recursos hacia áreas de productividad elevada. Por lo tanto, una línea divisoria central entre las instituciones políticas extractivas es su grado de centralización política. Los que no la tienen, como muchos países del África subsahariana, tendrán dificultades incluso para lograr un desarrollo limitado. Aunque las instituciones extractivas puedan generar algo de crecimiento, normalmente no generan un desarrollo económico sostenido y, sin duda, no el tipo del que llega acompañado por una destrucción creativa. Cuando tanto las instituciones políticas como las económicas son extractivas, no hay incentivos para la destrucción creativa y el cambio tecnológico. Durante un tiempo, el Estado puede ser capaz de crear un desarrollo económico rápido asignando recursos y personas por decreto, pero este proceso está limitado intrínsecamente. Cuando se alcanzan los límites, el desarrollo se detiene, como ocurrió en la Unión Soviética en los años setenta. A pesar de que los soviéticos lograron un crecimiento económico rápido, hubo muy poco cambio tecnológico en la mayor parte de la economía; no obstante, destinaron enormes recursos al campo militar, y pudieron desarrollar tecnologías militares e incluso adelantarse a Estados Unidos en la carrera espacial y nuclear durante un período corto de tiempo. Sin embargo, este desarrollo sin destrucción creativa y sin innovación tecnológica de base amplia no era sostenible y terminó abruptamente. Además, los acuerdos que apoyan el crecimiento económico con instituciones políticas extractivas son, por su propia naturaleza, frágiles. Se pueden hundir o destruir fácilmente por las luchas internas que generan las propias instituciones extractivas. De hecho, las instituciones políticas y económicas extractivas crean una tendencia general de luchas internas, porque conducen a la concentración de la riqueza y el poder en manos de una reducida élite. Si existe otro grupo que pueda superar y ser mejor estratega que esta élite y toma el control del Estado, será éste el que disfrutará de la riqueza y el poder. En consecuencia, tal y como ilustrará nuestro debate sobre el colapso del último Imperio romano y las ciudades mayas (capítulos 5 y 6), la lucha por el control del Estado todopoderoso siempre está latente, y periódicamente se intensifica y produce la ruina de estos regímenes, cuando se convierte en guerra civil y, en ocasiones, la quiebra total y el hundimiento del Estado. Una implicación de lo anterior es que ninguna sociedad con instituciones extractivas logra pervivir a pesar de que inicialmente exista algún tipo de centralización estatal. De hecho, las luchas internas para hacerse con el control de las instituciones extractivas a menudo conducen a guerras civiles y al caos generalizado, lo que consagra la inexistencia permanente de la centralización estatal, como en muchos países del África subsahariana y algunos de América Latina y del sur de Asia. Por último, cuando el desarrollo llega con instituciones políticas extractivas, pero en lugares en los que las instituciones económicas tienen aspectos inclusivos, como en el caso de Corea del Sur, siempre existe el peligro de que las instituciones económicas se vuelvan más extractivas y se detenga el crecimiento. Los que controlan el poder político finalmente encontrarán más beneficioso utilizar su poder para limitar la competencia, aumentar su trozo del pastel o incluso robar y saquear en vez de apoyar el progreso económico. La distribución del poder y la capacidad para ejercerlo socavarán, en última instancia, las propias bases de la prosperidad económica, a menos que las instituciones políticas pasen de ser extractivas a ser inclusivas. 4 Pequeñas diferencias y coyunturas críticas: el peso de la historia El mundo creado por la peste En 1346, la plaga bubónica, también conocida como peste negra, llegó a la ciudad portuaria de Tana, en la desembocadura del río Don, en el mar Negro. La plaga se transmitía a través de las pulgas que vivían en las ratas y la trajeron desde China los comerciantes que viajaban por la Ruta de la Seda, la gran arteria comercial transasiática. Por culpa de los comerciantes genoveses, las ratas no tardaron en propagar las pulgas y la peste desde Tana hasta el resto del Mediterráneo. A principios de 1347, la peste había alcanzado Constantinopla. En la primavera de 1348, se extendía por Francia y el Norte de África y subía por la bota de Italia. La peste acababa con alrededor de la mitad de la población de cualquier zona afectada. El escritor italiano Giovanni Boccaccio presenció la llegada de la peste negra a la ciudad italiana de Florencia. La recordaría así: Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana... casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos... Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo... Y para curar tal enfermedad ... no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna; casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quien antes, quien después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. La población de Inglaterra sabía que la plaga iba a llegar y todos eran muy conscientes de la fatalidad inminente. A mediados de agosto de 1348, el rey Eduardo III pidió al arzobispo de Canterbury que organizara plegarias y muchos obispos escribieron cartas para que los curas las leyeran en voz alta en misa para ayudar a la población a soportar lo que estaba a punto de caerles encima. Ralph de Shrewsbury, obispo de Bath, escribió a sus sacerdotes: Dios todopoderoso utiliza truenos, relámpagos y otros golpes que emanan de su trono para azotar a los hijos que desea redimir. Por consiguiente, como ha llegado una peste catastrófica de Oriente a un reino vecino, hay peligro de que, a menos que recemos devotamente y sin parar, una peste similar despliegue sus ramas venenosas en este reino y azote y consuma a sus habitantes. Por lo tanto, todos debemos llegar ante el Señor a confesarnos recitando salmos. Pero no sirvió de nada. La peste atacó y mató rápidamente a alrededor de la mitad de la población inglesa. Estas catástrofes pueden tener un efecto enorme en las instituciones de la sociedad. Quizá sea comprensible que muchísima gente se volviera loca. Boccaccio observó que «otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; lo que en aquellas mujeres que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo que sucedió». Sin embargo, la peste también tuvo un impacto transformador en el aspecto social, económico y político en las sociedades europeas medievales. A finales del siglo XIV, Europa tenía un orden feudal, una organización de la sociedad que apareció primero en Europa occidental tras el declive del Imperio romano. Se basaba en una relación jerárquica entre el rey, los señores (que ocupaban el estrato medio) y los campesinos (que formaban el estrato final). El rey poseía la tierra y la concedía a los señores a cambio de servicios militares. A continuación, los señores asignaban tierras a los campesinos, a cambio de lo cual éstos debían trabajarlas para ellos sin obtener remuneración y estaban sujetos a múltiples multas e impuestos. Los campesinos, que a causa de su estatus «servil» eran denominados siervos, estaban atados a la tierra, no podían trasladarse sin el permiso de su señor, que no era solamente el terrateniente, sino también juez, jurado y fuerza policiaca. Era un sistema muy extractivo, en el que la riqueza fluía de abajo arriba, de los muchos campesinos a un número reducido de señores. La enorme escasez de mano de obra que originó la peste negra sacudió violentamente los cimientos del orden feudal. Animó a los campesinos a exigir que cambiaran las cosas. En la abadía de Eynsham, por ejemplo, los campesinos exigieron la reducción de muchas de las multas y del trabajo no remunerado. Consiguieron lo que querían y su nuevo contrato empezaba con la afirmación: «En el tiempo de la mortandad o la pestilencia, que tuvo lugar en 1349, apenas dos arrendatarios permanecían en el feudo, y expresaron su intención de marcharse a menos que el hermano Nicolás de Upton, entonces abad y señor del feudo, llegara a un nuevo acuerdo con ellos». Y lo hizo. Lo sucedido en Eynsham se repetía en todas partes. Los campesinos empezaron a liberarse de los trabajos obligatorios y de las muchas obligaciones que tenían con sus señores. Los sueldos empezaron a aumentar. El gobierno intentó poner fin a la situación y, en 1351, aprobó el Estatuto de los Trabajadores, que empezaba así: Como una gran parte de las personas y sobre todo de los trabajadores y siervos han perecido debido a la peste, algunos de ellos, viendo la abundancia de los señores y la escasez de los siervos, no están dispuestos a servir a menos que reciban sueldos excesivos... Nosotros, considerando los graves inconvenientes que podrían causar la falta sobre todo de labradores y otros trabajadores agrícolas, hemos [...] considerado adecuado decretar: que todo hombre y mujer de nuestro reino de Inglaterra estará obligado a servir a quien haya considerado adecuado buscarlo; y que solamente tomará los sueldos, tierras, remuneración o salario que, en el lugar en el que desee servir, sean costumbre pagar en el año veinte de nuestro reino de Inglaterra [el rey Eduardo III llegó al trono el 25 de enero de 1327, así que la referencia aquí es a 1347] o los cinco o seis años comunes inmediatamente anteriores. De hecho, el estatuto intentaba fijar los sueldos en el nivel que se pagaba antes de la peste negra. Particularmente preocupante para la élite inglesa era el «incentivo», el intento de un señor de atraer a los escasos campesinos de otro. La solución fue hacer que el castigo por dejar el empleo sin permiso del empleador fuera la cárcel: Si un cosechador o segador, o algún otro trabajador o sirviente, de cualquier nivel o condición, que permanezca al servicio de alguien, dejara dicho servicio antes del final del período acordado, sin permiso ni causa razonable, será castigado con pena de cárcel y no se dejará que nadie... además, pague o permita que se pague a alguien ningún sueldo, tierra, remuneración o salario de lo que era costumbre tal y como se ha mencionado anteriormente. El intento por parte del Estado inglés de poner fin a los cambios de las instituciones y los sueldos tras la peste negra no funcionó. En 1381 estalló la revuelta campesina, y los rebeldes, encabezados por Wat Tyler, incluso llegaron a dominar la mayor parte de Londres. A pesar de que acabaron siendo derrotados, y de que Tyler fuera ejecutado, no hubo más intentos de imponer el Estatuto de los Trabajadores. Los trabajos feudales se redujeron, empezó a aparecer un mercado de trabajo inclusivo en Inglaterra y los sueldos aumentaron. En principio, la peste negra afectó a la mayor parte del mundo, y en todos lados pereció una proporción similar de la población. Por lo tanto, el impacto demográfico en Europa oriental fue el mismo que en Inglaterra y en Europa occidental. Las fuerzas sociales y económicas en vigor también eran las mismas. La mano de obra escaseaba y la población exigía mayores libertades. Pero en el este funcionaba una lógica contradictoria más potente. Menos personas significaba sueldos mayores en un mercado de trabajo inclusivo. Sin embargo, eso dio a los señores un mayor incentivo para mantener el mercado de trabajo extractivo y a los campesinos como siervos. En Inglaterra esta motivación también había estado presente, tal y como reflejó el Estatuto de los Trabajadores. No obstante, los trabajadores tenían el poder suficiente, y consiguieron ciertos avances. No ocurrió lo mismo en Europa oriental. Tras la plaga, los terratenientes de la parte oriental empezaron a adueñarse de grandes extensiones de tierra para ampliar sus posesiones, que ya eran más grandes que las de Europa occidental. Las ciudades eran más débiles y estaban menos pobladas y los trabajadores, en lugar de llegar a ser más libres, empezaron a ver atacadas las libertades que ya tenían. Los efectos fueron especialmente claros después del año 1500, cuando Europa occidental empezó a demandar productos agrícolas como trigo, centeno y también ganado, procedentes de Europa oriental. El 80 por ciento de las importaciones de centeno en Ámsterdam procedían de los valles de los ríos Elba, Vístula y Oder. Pronto, la mitad del floreciente comercio de los Países Bajos se realizaba con el este de Europa. A medida que se ampliaba la demanda occidental, los señores de la zona oriental elevaron al máximo su control sobre la mano de obra para aumentar su oferta. Esta etapa recibiría el nombre de segunda Servidumbre, distinta y más intensa que su forma original a principios de la Edad Media. Los señores aumentaron los impuestos que recaudaban de las propias parcelas de los inquilinos y se quedaban con la mitad de la producción bruta. En Korczyn (Polonia) todo el trabajo para un señor en 1533 era remunerado. Sin embargo, en 1600 casi la mitad era trabajo forzado y no remunerado. En 1500, los trabajadores de Mecklemburgo, en el este de Alemania, solamente tenían un número reducido de días de servicios de mano de obra no remunerados al año. En 1550, era de un día a la semana, y en 1600, de tres días a la semana. Los hijos de los trabajadores tenían que trabajar para el señor gratuitamente durante varios años. En Hungría, los señores se hicieron con el control total de la tierra en 1514 y legislaron que habría un día por semana de servicios de mano de obra no remunerados para cada trabajador. En 1550, en vez de un día, se pasó a dos días por semana. A finales de siglo, eran tres días. Los siervos sujetos a estas reglas eran el 90 por ciento de la población rural en aquel momento. A pesar de que en 1346 había pocas diferencias entre Europa occidental y oriental en lo referente a instituciones políticas y económicas, en el año 1600 eran dos mundos distintos. En Europa occidental, los trabajadores ya no tenían deudas, multas, ni regulaciones feudales y se estaban convirtiendo en una parte clave de una economía de mercado floreciente. En cambio, en Europa oriental también participaban en esa economía, pero como siervos coaccionados que cultivaban los alimentos y los productos agrícolas que demandaban en Europa occidental. Era una economía de mercado, pero no era inclusiva. Esta divergencia institucional fue el resultado de una situación en la que las diferencias entre estas áreas inicialmente parecían muy pequeñas: en el este, los señores estaban un poco mejor organizados; tenían algunos derechos más y más tierras. Las ciudades eran más débiles y pequeñas, y los campesinos estaban menos organizados. Desde una gran perspectiva histórica, se trataba de pequeñas diferencias. No obstante, estas diferencias entre el este y el oeste de Europa revistieron mucha importancia para la vida de la población y para el camino futuro que seguiría el desarrollo institucional cuando el orden feudal fue sacudido por la peste negra. La peste negra es un ejemplo claro de una coyuntura crítica, un gran acontecimiento o una confluencia de factores que trastorna el equilibrio económico o político existente en la sociedad. Una coyuntura crítica es una arma de doble filo que puede provocar un giro decisivo en la trayectoria de un país. Por una parte, puede allanar el camino para romper el ciclo de instituciones extractivas y permitir que aparezcan otras más inclusivas, como en Inglaterra. O puede intensificar la aparición de instituciones extractivas, como en el caso de la segunda Servidumbre en la Europa oriental. El hecho de comprender cómo la historia y las coyunturas críticas perfilan el camino de las instituciones económicas y políticas nos permite tener una teoría más completa de los orígenes de las diferencias en pobreza y prosperidad. Y además, nos permite explicar la situación actual y por qué algunos países hacen la transición a instituciones económicas y políticas inclusivas y otros, no. La creación de instituciones inclusivas Inglaterra fue el país que dio el primer paso hacia el crecimiento económico sostenido en el siglo XVII. Los grandes cambios económicos fueron precedidos por una revolución política que aportó un conjunto de instituciones económicas y políticas distintas, mucho más inclusivas que las de cualquier sociedad anterior. Estas instituciones tendrían implicaciones profundas no solamente para los incentivos y la prosperidad económicos, sino también para quienes cosecharían los beneficios de la prosperidad. No se basaban en el consenso, sino que eran el resultado de un conflicto intenso ya que había distintos grupos que competían por el poder, cuestionaban la autoridad de los demás e intentaban estructurar instituciones a su favor. La culminación de las luchas institucionales de los siglos XVI y XVII fueron dos acontecimientos históricos: la guerra civil inglesa entre 1642 y 1651 y, sobre todo, la Revolución gloriosa de 1688. La Revolución gloriosa limitó el poder del rey y del ejecutivo, y devolvió al Parlamento el poder para determinar las instituciones económicas. Al mismo tiempo, abrió el sistema político a una amplia muestra representativa de la sociedad, que fue capaz de ejercer una influencia considerable sobre la manera de funcionar del Estado. La Revolución gloriosa fue la base para la creación de una sociedad plural, que se desarrolló a partir de un proceso de centralización político que también la aceleró. Creó el primer conjunto de instituciones políticas inclusivas del mundo. En consecuencia, las instituciones económicas también empezaron a ser más inclusivas. Ni la esclavitud ni las estrictas limitaciones económicas del período medieval feudal, como la servidumbre, existían en la Inglaterra de principios del siglo XVII. Sin embargo, había muchas restricciones respecto a las actividades económicas que podía realizar una persona. Tanto la economía nacional como la internacional estaban ahogadas por los monopolios. El Estado recaudaba impuestos de forma arbitraria y manipulaba el sistema jurídico. La mayor parte de la tierra estaba sujeta a formas arcaicas de derechos de propiedad que hacían que fuera imposible de vender y muy arriesgado invertir en ella. Este panorama cambió tras la Revolución gloriosa. El gobierno adoptó una serie de instituciones económicas que proporcionaron incentivos para la inversión, el comercio y la innovación. Impuso firmemente derechos de propiedad, lo que incluía las patentes que concedían derechos de propiedad a las ideas, con lo que proporcionaba un gran estímulo a la innovación. Protegía la ley y el orden. La aplicación de la ley inglesa a todos los ciudadanos no tenía precedentes históricos. Se puso fin a los impuestos arbitrarios y se abolieron los monopolios prácticamente por completo. El Estado inglés fomentaba intensamente las actividades mercantiles y procuraba impulsar la industria nacional, no solamente eliminando obstáculos para la ampliación de la actividad industrial, sino también prestando toda la potencia de la marina inglesa para defender los intereses mercantiles. Al racionalizar los derechos de propiedad, facilitó la construcción de infraestructuras, sobre todo de carreteras, canales y, más adelante, vías férreas, que demostrarían ser cruciales para el desarrollo industrial. Estas bases cambiaron decididamente los incentivos para todas las personas e impulsaron los motores de la prosperidad, allanando el camino para la revolución industrial. En primer lugar, la revolución industrial dependía de que los grandes avances tecnológicos explotaran la base de conocimiento que había acumulado Europa durante los siglos pasados. Era una ruptura radical con el pasado, posibilitada por la investigación científica y el talento de individuos únicos. Toda la fuerza de esta revolución procedía del mercado que creó oportunidades rentables para que se desarrollaran y aplicaran las tecnologías. Fue la naturaleza inclusiva de los mercados lo que permitió que las personas asignaran su talento a las líneas de negocio adecuadas. También se basaba en la educación y las habilidades, ya que fue el nivel relativamente elevado de estudios —como mínimo, según los cánones de la época— lo que permitió que aparecieran emprendedores con la visión para emplear las nuevas tecnologías en sus negocios y encontrar trabajadores que tuvieran las habilidades para utilizarlas. No es casualidad que la revolución industrial empezara en Inglaterra unas cuantas décadas después de la Revolución gloriosa. Grandes inventores como James Watt (perfeccionador de la máquina de vapor), Richard Trevithick (constructor de la primera locomotora de vapor), Richard Arkwright (inventor del torno de hilar de agua) o Isambard Kingdom Brunel (creador de varios barcos de vapor revolucionarios) fueron capaces de aprovechar las oportunidades económicas generadas por sus ideas, confiaban en que sus derechos de propiedad fueran respetados y tenían acceso a mercados en los que sus innovaciones se pudieron utilizar y vender provechosamente. En 1775, justo después de haber renovado la patente de su máquina de vapor, que llamó «máquina de fuego», James Watt escribió a su padre: Querido padre: Tras una serie de varias y violentas oposiciones, por fin tengo una ley parlamentaria que me concede la propiedad de mi nueva máquina de fuego a mí y a mis concesionarios, en toda Gran Bretaña y las plantaciones durante los veinticinco próximos años, que espero que sean muy beneficiosos para mí, puesto que ya existe una demanda considerable de esta máquina. Esta carta revela dos cosas. La primera es que Watt estaba motivado por las oportunidades de mercado que esperaba, por la «demanda considerable» en Gran Bretaña y sus plantaciones, las colonias inglesas de ultramar. La segunda muestra cómo fue capaz de influir en el Parlamento para conseguir lo que quería dado que daba respuesta al interés de individuos e innovadores. Los avances tecnológicos, el impulso de los negocios para ampliar e invertir y el uso eficiente de habilidades y talento fueron posibles gracias a las instituciones económicas inclusivas que desarrolló Inglaterra. Éstas, a su vez, se fundaron en sus instituciones políticas inclusivas. Inglaterra desarrolló esas instituciones políticas inclusivas a causa de dos factores. Primero, había instituciones políticas, que incluían a un Estado centralizado, que le permitieron dar el siguiente paso radical (de hecho, sin precedentes) hacia las instituciones inclusivas con el comienzo de la Revolución gloriosa. A pesar de que este factor distinguiera a Inglaterra de gran parte del mundo, no la diferenciaba significativamente del resto de los países de Europa occidental como Francia y España. El segundo factor revestía mayor importancia. Los acontecimientos que condujeron a la Revolución gloriosa forjaron una coalición amplia y poderosa capaz de imponer limitaciones duraderas al poder de la monarquía y al ejecutivo, que se vieron obligados a permanecer abiertos a las demandas de esta coalición. De este modo, se sentaron las bases para las instituciones políticas plurales, que entonces permitieron el desarrollo de instituciones económicas que respaldarían la primera revolución industrial. Pequeñas diferencias que importan La desigualdad mundial aumentó notablemente con la revolución industrial británica, o inglesa, porque solamente algunas partes del mundo adoptaron las innovaciones y las nuevas tecnologías que desarrollaron hombres como Arkwright y Watt, y otros muchos posteriormente. La respuesta de los países a aquella ola de tecnologías, que determinó si languidecerían en la pobreza o lograrían un crecimiento económico sostenido, se debía, en gran parte, a los distintos caminos históricos de sus instituciones. A mediados del siglo XVIII, ya existían diferencias notables entre las instituciones políticas y económicas de todo el mundo. Pero ¿de dónde procedían esas diferencias? Las instituciones políticas inglesas se dirigían a un pluralismo mucho mayor en 1688, en comparación con sus homólogas en Francia y España, pero, cien años antes, en 1588, las diferencias eran prácticamente inexistentes. Los tres países estaban gobernados por monarcas relativamente absolutistas: Isabel I en Inglaterra, Felipe II en España y Enrique II en Francia. Las tres luchaban contra asambleas de ciudadanos (el Parlamento en Inglaterra, las Cortes en España y los Estados Generales en Francia) que demandaban más derechos y control sobre la monarquía. Todas estas asambleas tenían distintos poderes y ámbitos. Por ejemplo, el Parlamento inglés y las Cortes españolas tenían poderes para recaudar impuestos, pero los Estados Generales, no. En España, era un asunto poco importante, porque, a partir de 1492, la Corona española tenía un vasto imperio americano y se beneficiaba intensamente del oro y la plata que encontraba allí. En Inglaterra, la situación era distinta. Isabel I era mucho menos independiente desde el punto de vista financiero, así que tenía que pedir al Parlamento que recaudara más impuestos. A cambio, el Parlamento exigía concesiones, sobre todo, restricciones al derecho de Isabel I a crear monopolios. Fue un conflicto que el Parlamento ganó poco a poco. En España, las Cortes perdieron un conflicto similar. El comercio no solamente se monopolizó, sino que fue monopolizado por la monarquía española. Estas diferencias, que al principio parecían pequeñas, empezaron a importar mucho en el siglo XVII. A pesar de que América había sido descubierta en 1492 y Vasco de Gama había llegado a la India rodeando el cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África, en 1498, hubo que esperar hasta 1600 para que hubiera una enorme expansión del comercio mundial, sobre todo en el Atlántico. En 1585 comenzó la primera colonización inglesa de Norteamérica en Roanoke, lo que hoy en día es Carolina del Norte. En el año 1600, se fundó la Compañía Inglesa de las Indias Orientales. En 1602, se creó su equivalente holandesa. En 1607, la Virginia Company fundó la colonia de Jamestown. En la década de 1620, fue colonizado el Caribe, y Barbados fue ocupado en 1627. Francia también se estaba expandiendo en el Atlántico y fundó la ciudad de Quebec en 1608 como capital de la Nueva Francia, en lo que actualmente es Canadá. Las consecuencias de esta expansión económica para las instituciones fueron muy distintas en Inglaterra, España y Francia debido a pequeñas diferencias iniciales. Isabel I y sus sucesores no podían monopolizar el comercio con América. Pero sí lo hicieron otros monarcas europeos. Así, mientras en Inglaterra, el comercio y la colonización en el Atlántico empezaron a crear un amplio grupo de comerciantes ricos poco vinculados con la Corona, no ocurrió lo mismo en España ni en Francia. Los comerciantes ingleses no aceptaban el control real y exigían cambios en las instituciones políticas y la restricción de las prerrogativas reales. Tuvieron un papel crítico en la guerra civil inglesa y en la Revolución gloriosa. Hubo conflictos similares por doquier. Por ejemplo, los reyes franceses se enfrentaron a la rebelión de la Fronda entre 1648 y 1652. La diferencia fue que en Inglaterra era mucho más probable que los que se oponían al absolutismo triunfaran, porque eran relativamente ricos y más numerosos que los contrarios al absolutismo en España y Francia. Los caminos divergentes de las sociedades inglesa, francesa y española en el siglo XVII ilustran la importancia de la interacción de pequeñas diferencias institucionales con coyunturas críticas. Durante las coyunturas críticas, un gran acontecimiento o una confluencia de factores perturba el equilibrio existente de poder político o económico en una nación. Esto puede afectar solamente a un único país, como la muerte del presidente Mao Zedong en 1976, que, al principio, creó una coyuntura crítica solamente para la China comunista. Sin embargo, a menudo, las coyunturas críticas afectan a un grupo de sociedades, del mismo modo que, por ejemplo, la colonización y, posteriormente, la descolonización, afectaron a la mayor parte del mundo. Estas coyunturas críticas son importantes porque existen enormes obstáculos contra las mejoras graduales, debido a la sinergia entre instituciones políticas y económicas extractivas y el apoyo que se prestan entre sí. La persistencia de este bucle de retroalimentación crea un círculo vicioso. Quienes se benefician del statu quo son ricos y están bien organizados, y pueden luchar eficientemente contra los grandes problemas que les arrebatarán sus privilegios económicos y su poder político. Una vez que se produce una coyuntura crítica, las pequeñas diferencias que importan son las desigualdades institucionales iniciales que activan respuestas muy distintas. Por esa razón, las diferencias institucionales relativamente pequeñas en Inglaterra, Francia y España condujeron a caminos de desarrollo fundamentalmente distintos. Los caminos fueron resultado de la coyuntura crítica creada por las oportunidades económicas que representó el comercio atlántico para los europeos. Aunque las pequeñas diferencias institucionales importen mucho durante las coyunturas críticas, no todas son pequeñas y, naturalmente, las más grandes conducen a modelos todavía más divergentes durante esas coyunturas. A pesar de que las desigualdades institucionales entre Inglaterra y Francia fueran pequeñas en 1588, las que había entre Europa occidental y oriental eran mucho mayores. En la parte occidental, Estados fuertemente centralizados como Inglaterra, Francia y España tenían instituciones constitucionales latentes (el Parlamento inglés, los Estados Generales en Francia y las Cortes españolas). Además, había similitudes subyacentes en las instituciones económicas, como la inexistencia de servidumbre. Europa oriental era muy distinta. Por ejemplo, el reino de Polonia-Lituania estaba dominado por una clase de élite, denominada szlachta, tan poderosa que incluso había introducido la elección de los reyes. No se trataba del control absoluto como en la Francia de Luis XIV, el Rey Sol, sino del absolutismo de una élite, que igualmente tenía instituciones políticas extractivas. Los szlachta gobernaron una sociedad en su mayoría rural cuyos siervos no tenían libertad de movimiento ni oportunidades económicas. Más al este, el emperador ruso Pedro el Grande también estaba consolidando un absolutismo mucho más intenso y extractivo de lo que incluso Luis XIV podía conseguir. En el mapa 8 se ofrece una forma sencilla de ver el alcance de la divergencia entre Europa occidental y oriental a principios del siglo XIX. Señala los países que todavía tenían servidumbre en el año 1800. Los países pintados de oscuro, la tenían, y los que muestran un color claro, no. Europa oriental está oscura y la occidental, clara. Sin embargo, las instituciones de Europa occidental no siempre habían sido tan distintas a las de Europa oriental. Como vimos anteriormente, empezaron a diferenciarse en el siglo XIV con el avance de la peste negra en 1346. Hasta entonces había pequeñas diferencias entre las instituciones políticas y económicas de Europa occidental y oriental. Inglaterra y Hungría incluso estaban gobernadas por miembros de la misma familia, los angevinos. Las diferencias institucionales más importantes que aparecieron tras la peste negra crearon el trasfondo en el que se producirían las divergencias más significativas entre Oriente y Occidente durante los siglos XVII, XVIII y XIX. Pero ¿dónde surgieron estas pequeñas diferencias institucionales que iniciaron este proceso de divergencia? ¿Por qué Europa oriental tenía instituciones políticas y económicas distintas a las de Europa occidental en el siglo XIV? ¿Por qué el equilibrio de poder entre la Corona y el Parlamento era distinto en Inglaterra, Francia y España? Como veremos en el siguiente capítulo, incluso sociedades mucho menos complejas que nuestra sociedad moderna crean instituciones políticas y económicas que tienen poderosos efectos en las vidas de sus miembros. Esto sucedió incluso en el caso de los cazadores-recolectores, como sabemos por las sociedades que han sobrevivido, como el pueblo san de la actual Botsuana, cuyos miembros no son agricultores y ni siquiera viven en asentamientos permanentes. No existen dos sociedades que creen las mismas instituciones, siempre habrá distintas costumbres, diferentes sistemas de derechos de propiedad y variadas formas de despiezar un animal que se ha matado o de repartir un botín robado. Algunas sociedades reconocerán la autoridad de los ancianos, otras, no; unas lograrán algún tipo de centralización política temprana, otras, no. Las sociedades están constantemente sujetas al conflicto económico y político que se resuelve de distinta forma debido a diferencias históricas específicas, al papel de los individuos o simplemente, a factores aleatorios. A menudo, estas diferencias son pequeñas en un principio, pero se acumulan y crean así un proceso de deriva institucional. Igual que dos poblaciones de organismos aisladas se empezarían a distanciar lentamente en un proceso de deriva genética, porque las mutaciones genéticas aleatorias se acumulan, dos sociedades, por lo demás similares, también se empezarán a distanciar poco a poco en sus instituciones. E igual que en la deriva genética, la deriva institucional no tiene un camino predeterminado y ni siquiera tiene que ser acumulativa; con los siglos, puede conducir a diferencias perceptibles y, en ocasiones, importantes. Las diferencias creadas por la deriva institucional llegan a ser especialmente importantes porque influyen en cómo reacciona la sociedad a los cambios de circunstancias económicas o políticas durante coyunturas críticas. Los modelos ricamente divergentes de desarrollo económico en el mundo dependen de la interacción entre las coyunturas críticas y la deriva institucional. Las instituciones políticas y económicas existentes (en ocasiones formadas por un largo proceso de deriva institucional y en otros casos, como resultado de respuestas divergentes a coyunturas críticas previas) crean el yunque sobre el que se forjará el cambio futuro. La peste negra y la expansión del comercio mundial después de 1600 fueron grandes coyunturas críticas para los poderes europeos e interactuaron con distintas instituciones iniciales para crear una gran divergencia. Como en el año 1346, los campesinos de Europa occidental tenían más poder y autonomía que en Europa oriental, la peste negra condujo a la disolución del feudalismo en la parte occidental y a la Segunda Servidumbre en la oriental. Como Europa oriental y occidental habían empezado a divergir en el siglo XIV, las nuevas oportunidades económicas de los siglos XVII, XVIII y XIX también tendrían implicaciones fundamentalmente diferentes para estas distintas partes de Europa. Como en el año 1600 el control de la Corona era más débil en Inglaterra que en Francia y España, el comercio atlántico abrió el camino a la creación de nuevas instituciones con un mayor pluralismo en Inglaterra, mientras que en Francia y España reforzó a sus monarcas. El devenir circunstancial de la historia Los resultados de los acontecimientos durante coyunturas críticas están perfilados por el peso de la historia, porque las instituciones económicas y políticas existentes perfilan el equilibrio de poder y definen lo que es factible políticamente. No obstante, el resultado no está predeterminado históricamente, sino que es contingente. El camino exacto del desarrollo institucional durante estos períodos depende de cuál de las fuerzas en oposición logra tener éxito, de qué grupos son capaces de formar coaliciones efectivas y de qué líderes pueden estructurar los acontecimientos en provecho propio. El papel de la contingencia puede ilustrarse a través de los orígenes de las instituciones políticas inclusivas de Inglaterra. No solamente no había nada predeterminado en la victoria de los grupos que competían para limitar el poder de la Corona y que deseaban instituciones más plurales en la Revolución gloriosa de 1688, sino que todo el camino que conducía a esta revolución política estaba a merced de acontecimientos circunstanciales. La victoria de los grupos ganadores estaba inexorablemente relacionada con la coyuntura crítica creada por el auge del comercio atlántico que enriqueció y alentó a los comerciantes que se oponían a la Corona inglesa. Sin embargo, un siglo atrás, no resultaba nada obvio que Inglaterra tuviera capacidad para dominar el mar, colonizar muchos territorios del Caribe y Norteamérica ni abarcar gran parte del comercio lucrativo con América y Oriente. Ni Isabel I ni otros monarcas Tudor antes que ella habían construido una marina poderosa y unificada. La marina inglesa se nutría de barcos de comerciantes independientes y corsarios y era mucho menos potente que la flota española. Sin embargo, los beneficios del Atlántico atrajeron a dichos corsarios, que se enfrentaron al monopolio español del océano. En 1588, los españoles decidieron acabar con esos enfrentamientos contra su monopolio, y con la intromisión inglesa en los Países Bajos españoles que, en aquel momento, luchaban contra España por la independencia. El monarca español, Felipe II, envió una flota potente, la armada española, bajo el mando del duque de Medina Sidonia. Muchos preveían que los españoles derrotarían definitivamente a los ingleses, reforzarían su monopolio del Atlántico y probablemente derrocarían a Isabel I, quizá logrando, por último, el control de las islas Británicas. Sin embargo, ocurrió algo muy distinto. El mal tiempo y los errores estratégicos que cometió Sidonia, al que habían puesto al mando en el último minuto tras la muerte de un comandante más experimentado, provocaron que la armada española perdiera su ventaja. Contra todo pronóstico, los ingleses destruyeron gran parte de la flota de sus adversarios, que eran más potentes. A partir de aquel momento, el Atlántico se abrió a los ingleses con condiciones más equitativas. Sin aquella improbable victoria inglesa, los acontecimientos que habrían creado la coyuntura crítica transformadora y que generaron las instituciones políticas distintivamente plurales del período posterior a 1688, Inglaterra nunca se habría puesto en movimiento. En el mapa 9 se muestra el rastro de los naufragios españoles producidos en el momento en el que la Armada era perseguida alrededor de las islas Británicas. Evidentemente, en 1588, nadie podía prever las consecuencias de la afortunada victoria inglesa. Probablemente, pocos comprendieron en aquel momento que aquello crearía una coyuntura crítica que conduciría a una gran revolución política un siglo después. No se debe presuponer que cualquier coyuntura crítica conducirá a una revolución política de éxito o a un cambio para mejor. La historia está llena de ejemplos de revoluciones y movimientos radicales que sustituyen una tiranía por otra, en un modelo que el sociólogo alemán Robert Michels describió como la ley de hierro de la oligarquía, una forma particularmente perniciosa del círculo vicioso. El fin del colonialismo en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial creó coyunturas críticas para muchas antiguas colonias. Sin embargo, en la mayoría de los casos del África subsahariana y en muchos de Asia, los gobiernos posteriores a la independencia simplemente arrancaron una página del libro de Robert Michels y repitieron e intensificaron los abusos de sus antecesores, a menudo reduciendo gravemente el reparto del poder político, desmantelando limitaciones y socavando los ya exiguos incentivos que proporcionaban las instituciones económicas para la inversión y el progreso económico. Solamente en algunos casos, en sociedades como Botsuana (véase el capítulo 14) utilizaron coyunturas críticas para iniciar un proceso de cambio político y económico que preparó el terreno para el desarrollo económico. Las coyunturas críticas también pueden dar como resultado un gran cambio hacia instituciones extractivas, en lugar de provocar el alejamiento de ellas. Las instituciones inclusivas, aunque tengan su propio bucle de retroalimentación, el círculo virtuoso, también pueden cambiar radicalmente de sentido y hacerse gradualmente más extractivas debido a los retos que surgen durante las coyunturas críticas (y la posibilidad de que esto ocurra es, de nuevo, contingente). La república veneciana, como veremos en el capítulo 6, hizo grandes progresos hacia las instituciones políticas y económicas inclusivas en el período medieval. Sin embargo, mientras esas instituciones cobraban cada vez más fuerza en Inglaterra tras la Revolución gloriosa de 1688, en Venecia se acabaron transformando en instituciones extractivas bajo el control de una reducida élite que monopolizó tanto las oportunidades económicas como el poder político. Elementos para comprender el estado de la cuestión La aparición de una economía de mercado basada en instituciones inclusivas y en el desarrollo económico sostenido en el siglo XVIII en Inglaterra se extendió por todo el mundo, entre otras razones porque permitió a Inglaterra colonizar gran parte del mundo. La influencia del desarrollo económico inglés llegó claramente a todas partes, pero no ocurrió lo mismo con las instituciones económicas y políticas que creó. La difusión de la revolución industrial tuvo distintos efectos en el mundo, de la misma forma que la peste negra tuvo diferentes efectos en Europa occidental y oriental, y como distintos fueron también los efectos de la expansión del comercio por el Atlántico en Inglaterra y en España. Fueron las instituciones que había en las distintas partes del mundo las que determinaron el impacto, y éstas eran realmente diferentes entre sí, puesto que las pequeñas diferencias iniciales se habían ampliado con el tiempo debido a coyunturas críticas anteriores. Estas desigualdades institucionales y sus implicaciones han tendido a persistir hasta el presente debido a los círculos viciosos y virtuosos, aunque de forma imperfecta, y son la clave para comprender cómo apareció la desigualdad mundial y cuál es la situación en la que nos encontramos. Algunas partes del mundo desarrollaron instituciones muy parecidas a las de Inglaterra, pero por vías muy distintas. Fueron los casos de algunos «asentamientos de colonos» europeos como Australia, Canadá y Estados Unidos, aunque sus instituciones aún se estaban formando cuando la revolución industrial se inició. Como vimos en el capítulo 1, el proceso que empezó con la fundación de la colonia de Jamestown en 1607 y que culminó con la guerra de la Independencia y la promulgación de la Constitución estadounidense comparte muchas de las características de la larga lucha en Inglaterra entre el Parlamento y la monarquía, ya que también condujo a un Estado centralizado con instituciones políticas plurales. La revolución industrial se extendió entonces rápidamente a dichos países. Europa occidental experimentó muchos de los mismos procesos históricos, y tenía instituciones similares a las de Inglaterra en el momento de la revolución industrial. No obstante, había diferencias pequeñas pero importantes entre Inglaterra y el resto de los países, y por esa razón la revolución industrial se dio en Inglaterra y no en Francia. Esta revolución creó una situación completamente nueva y varios retos considerablemente distintos para los regímenes europeos, lo que a su vez generó nuevos conflictos que culminaron en la Revolución francesa. La Revolución francesa fue otra coyuntura crítica que condujo a las instituciones de Europa occidental a converger con las de Inglaterra, mientras que Europa oriental divergía cada vez más. El resto del mundo siguió trayectorias institucionales distintas. La colonización europea preparó el camino para la divergencia institucional en América, donde, frente a las instituciones inclusivas desarrolladas en Estados Unidos y Canadá, aparecieron instituciones extractivas en América Latina, lo que explica los modelos de desigualdad que vemos en el continente americano. Las instituciones políticas y económicas extractivas de los conquistadores españoles en Latinoamérica han perdurado, condenando así a gran parte de esta región a la pobreza. Sin embargo, a Argentina y Chile les ha ido mucho mejor que a la mayoría de los países de la región. Había allí pocos pueblos indígenas y escasas riquezas minerales, por lo que los españoles «no les prestaron atención» y se concentraron en las tierras ocupadas por las civilizaciones azteca, maya e inca. No es ninguna casualidad que la parte más pobre de Argentina sea el noroeste, la única zona del país que estuvo integrada en la economía colonial española. Su pobreza persistente, como legado de las instituciones extractivas, es similar a la que creó la mita de Potosí en Bolivia y Perú (véase el capítulo 1). África fue la parte del mundo que tuvo instituciones menos capaces de aprovechar las oportunidades que ofreció la revolución industrial. Como mínimo durante los últimos mil años, excepto pequeños núcleos y durante períodos de tiempo limitados, África ha quedado rezagada con relación al resto del mundo en tecnología, prosperidad y desarrollo político. Es la parte del mundo en la que los Estados centralizados se formaron más tarde y de forma muy frágil. Una vez formados, era probable que fueran tan absolutistas como el Congo y, a menudo, tenían una vida corta, ya que normalmente desaparecían. África comparte esta trayectoria de falta de centralización estatal con países como Afganistán, Haití y Nepal, que tampoco han podido imponer el orden en su territorio y crear algo parecido a la estabilidad para lograr un mínimo de progreso económico. A pesar de encontrarse en partes del mundo muy distintas, Afganistán, Haití y Nepal tienen mucho en común institucionalmente con la mayoría de los países del África subsahariana, por lo que son algunos de los más pobres del mundo hoy en día. La manera en la que las instituciones africanas evolucionaron a su forma extractiva actual ilustra de nuevo el proceso de deriva institucional marcado por coyunturas críticas, pero esta vez a menudo con resultados muy perversos, sobre todo durante la expansión del tráfico de esclavos a través del Atlántico. Al llegar los comerciantes europeos, se crearon nuevas oportunidades económicas para el reino del Congo. El comercio de larga distancia que transformó Europa también transformó al reino del Congo, pero, de nuevo, cobraban importancia las diferencias institucionales iniciales. El absolutismo congoleño pasó de ser una sociedad completamente dominante, con instituciones económicas extractivas, que se limitaba a apropiarse de toda la producción agrícola de sus ciudadanos, a esclavizar en masa a la población y enviarla a los portugueses a cambio de armas y productos de lujo para la élite congoleña. Las diferencias iniciales entre Inglaterra y el Congo supusieron que las oportunidades del nuevo comercio a larga distancia que crearon una coyuntura crítica para las instituciones políticas plurales en Inglaterra también eliminaran cualquier esperanza de derrotar al absolutismo en el Congo. En gran parte de África, los beneficios sustanciales procedentes de la esclavitud condujeron no solamente a su intensificación e incluso a derechos de propiedad más inseguros para las personas, sino también a una guerra intensa y a la destrucción de muchas instituciones existentes; al cabo de pocos siglos, cualquier proceso de centralización estatal había cambiado completamente de sentido y muchos de los Estados africanos habían desaparecido. A pesar de que se crearon algunos nuevos y, en ocasiones, potentes, para explotar el tráfico de esclavos, estos Estados se basaban en la guerra y el saqueo. La coyuntura crítica del descubrimiento de América pudo ayudar a Inglaterra a desarrollar instituciones inclusivas, pero hizo que las instituciones de África fueran todavía más extractivas. Aunque el tráfico de esclavos acabara en general después de 1807, el colonialismo europeo posterior no solamente revirtió una modernización económica incipiente en algunas partes del sur y el oeste de África, sino que también eliminó cualquier posibilidad de reforma institucional indígena. Aquello significó que, incluso fuera de áreas como el Congo, Madagascar, Namibia y Tanzania — zonas en las que el saqueo, el caos en masa e incluso el asesinato a gran escala eran la norma—, fuera muy poco probable que África cambiara su camino institucional. Aún peor, las estructuras del dominio colonial dejaron África con un legado institucional más complejo y perjudicial en la década de los sesenta que al comienzo del período colonial. El desarrollo de las instituciones políticas y económicas en muchas colonias africanas significó que, en lugar de instaurar una coyuntura crítica para la mejora de sus instituciones, la independencia creó una oportunidad para que los líderes sin escrúpulos consiguieran e intensificaran la extracción que los colonianistas europeos presidieron. Los incentivos políticos que crearon estas estructuras condujeron a un estilo de política que reproducía los modelos históricos de derechos de propiedad inseguros e ineficientes en Estados con tendencias absolutistas fuertes que, sin embargo, carecían de cualquier autoridad centralizada sobre sus territorios. La revolución industrial todavía no se ha extendido a África porque dicho continente ha experimentado un largo círculo vicioso de persistencia y recreación de instituciones políticas y económicas extractivas. Botsuana es la excepción. Como veremos en el capítulo 14, en el siglo XIX, el rey Khama, abuelo del primer ministro de Botsuana tras la independencia, Seretse Khama, inició algunos cambios para modernizar las instituciones políticas y económicas de su tribu. Resulta excepcional que dichos cambios no fueran destruidos en el período colonial, y en parte esto fue debido a los inteligentes desafíos que Khama y otros jefes supusieron para la autoridad colonial. Su interacción con la coyuntura crítica que creó la independencia del control colonial sentó las bases para el éxito político y económico de Botsuana. Es otro caso que demuestra la importancia que tienen las pequeñas diferencias históricas. La tendencia a ver los acontecimientos históricos como consecuencias inevitables de fuerzas profundamente arraigadas es real. Aunque hagamos mucho hincapié en cómo la historia de las instituciones económicas y políticas crea círculos viciosos y virtuosos, la casualidad, como hemos destacado en el contexto del desarrollo de las instituciones inglesas, siempre puede ser un factor determinante. Seretse Khama, que estudiaba en Inglaterra en la década de los cuarenta, se enamoró de Ruth Williams, una mujer blanca. Por esta razón, el régimen racista del apartheid de Sudáfrica convenció al gobierno inglés para que le prohibieran entrar en el protectorado, después llamado Bechuanalandia (cuya administración estaba bajo el Alto Comisionado de Sudáfrica), y él renunció a su reinado. Cuando volvió a dirigir la lucha anticolonial, lo hizo con la intención no de afianzar las instituciones tradicionales, sino de adaptarlas al mundo moderno. Khama era un hombre extraordinario, sin interés por la riqueza personal y entregado a la construcción de su país. La mayor parte de los países africanos no han tenido tanta suerte. Las dos cosas fueron importantes, el desarrollo histórico de las instituciones en Botsuana y los factores circunstanciales que provocaron que fueran construidas en lugar de ser derrocadas o distorsionadas como sucedió en el resto de África. En el siglo XIX, un absolutismo no muy distinto al de África o Europa oriental bloqueaba el camino a la industrialización de gran parte de Asia. En China, el Estado era fuertemente absolutista y las ciudades, los comerciantes y los industriales independientes prácticamente no existían o bien eran muy débiles desde el punto de vista político. China fue una gran potencia naval y ya participaba en el comercio a larga distancia siglos antes que los europeos. Sin embargo, se alejó de los océanos justo en el peor momento, cuando los emperadores Ming decidieron, a finales del siglo XIV y principios del XV, que aumentar el comercio a larga distancia y la destrucción creativa que ello podría aportar probablemente amenazaría su control. En la India, la deriva institucional funcionó de una forma distinta y condujo al desarrollo de un sistema de castas hereditario excepcionalmente rígido, que limitaba el funcionamiento de los mercados y la asignación de la mano de obra en las profesiones de una manera más estricta que el orden feudal en la Europa medieval. Además, también apoyó otro tipo de absolutismo bajo los gobernantes mogoles. La mayoría de los países europeos tenían sistemas similares en la Edad Media. Algunos apellidos anglosajones modernos como Baker (panadero), Cooper (tonelero) y Smith (herrero) son descendientes directos de categorías ocupacionales hereditarias. Los Baker hacían pan, los Cooper hacían toneles y los Smith forjaban metales. Sin embargo, estas categorías nunca fueron tan rígidas como las distinciones de castas indias y fueron perdiendo el significado como elemento para predecir la profesión de una persona. Los comerciantes indios comerciaban a través del océano Índico y se desarrollaba una gran industria textil, pero el sistema de castas y el absolutismo mogol impidieron el desarrollo de instituciones económicas inclusivas en la India. En el siglo XIX, la situación era incluso menos propicia para la industrialización dado que la India pasó a ser una colonia extractiva de los ingleses. China nunca fue formalmente colonizada por una potencia europea, pero después de que los ingleses derrotaran a los chinos en las guerras del Opio entre 1839 y 1842, y de nuevo entre 1856 y 1860, tuvo que firmar varios tratados humillantes y permitir la entrada de exportaciones europeas. China, como la India y otros países, no aprovechó las oportunidades comerciales e industriales. Asia, excepto Japón, quedó rezagada mientras que Europa occidental salía adelante. El camino del desarrollo institucional que trazó Japón en el siglo XIX ilustra de nuevo la interacción entre coyunturas críticas y pequeñas diferencias creadas por la deriva institucional. Japón, como China, estaba bajo el dominio absolutista. La familia Tokugawa se hizo con el poder en 1600 y gobernó con un sistema feudal que también prohibía el comercio internacional. Japón asimismo se enfrentó a una coyuntura crítica provocada por la intervención occidental cuando cuatro buques de guerra estadounidenses, dirigidos por Matthew C. Perry, entraron en la bahía de Edo en julio de 1853 y exigieron concesiones comerciales similares a las que había obtenido Inglaterra de los chinos en las guerras del Opio. Sin embargo, esta coyuntura crítica se desarrolló de una forma muy distinta en Japón. A pesar de su proximidad y de las frecuentes interacciones, en el siglo XIX, China y Japón ya se habían distanciado institucionalmente. El dominio Tokugawa en Japón era absolutista y extractivo, pero ejercía un control frágil sobre los líderes de los otros grandes dominios feudales y podía ser cuestionado. Por el contrario, y aunque hubiera rebeliones de campesinos y conflictos civiles, el absolutismo de China era más fuerte, la oposición estaba menos organizada y tenía menos autonomía. No había equivalentes de los líderes de los otros dominios en China que pudieran cuestionar el dominio absolutista del emperador y marcar un camino institucional alternativo. Esta diferencia institucional, en muchos aspectos pequeña de acuerdo con las diferencias existentes entre China y Japón y Europa occidental, tuvo consecuencias decisivas durante la crítica coyuntura que se produjo por la contundente llegada de ingleses y norteamericanos. China continuó su camino absolutista después de las guerras del Opio, mientras que la amenaza estadounidense fortaleció la oposición al dominio Tokugawa en Japón y condujo al país a una revolución, la restauración Meiji, como veremos en el capítulo 10. Esta revolución política japonesa permitió que hubiera más instituciones políticas inclusivas y muchas más instituciones económicas inclusivas que desarrollar y sentó las bases para el rápido desarrollo japonés posterior, mientras China languidecía bajo el absolutismo. La forma de reaccionar de Japón ante la amenaza de los buques de guerra estadounidenses fue empezar un proceso de transformación institucional fundamental, lo que nos ayuda a entender otro aspecto de la situación en la que nos encontramos: las transiciones del estancamiento al rápido crecimiento. Corea del Sur, Taiwán y finalmente China lograron un ritmo de crecimiento económico de vértigo a partir de la segunda guerra mundial por una vía similar a la de Japón. En cada uno de estos casos, este desarrollo económico fue precedido por cambios históricos en las instituciones económicas de estos países, aunque no siempre en sus instituciones políticas, como deja claro el ejemplo chino. También existe una relación con la lógica de cómo los episodios del rápido desarrollo económico llegaron a un fin abrupto e involucionaron. Del mismo modo que los pasos decisivos hacia las instituciones económicas inclusivas pueden iniciar un rápido desarrollo económico, un cambio radical respecto a las instituciones inclusivas puede conducir al estancamiento económico. Sin embargo, es más frecuente que el colapso del rápido desarrollo económico sea consecuencia de que el crecimiento bajo instituciones extractivas haya llegado a su fin, como fue el caso de Argentina o la Unión Soviética. Como hemos visto, esto puede suceder debido a luchas internas por el botín de la extracción, lo que conduciría al colapso del régimen o por la falta inherente de innovación y destrucción creativa bajo instituciones extractivas que ponen límites al desarrollo sostenido. En el siguiente capítulo, se analizará en detalle cómo los soviéticos toparon seriamente con estos límites. Si las instituciones políticas y económicas de América Latina durante los últimos quinientos años estuvieron marcadas por el colonialismo español, las de Oriente Próximo lo estuvieron por el colonialismo otomano. En 1453, los otomanos, bajo el sultán Mehmet II, tomaron Constantinopla y la convirtieron en su capital. Durante el resto del siglo, conquistaron gran parte de los Balcanes y la mayor parte del resto de Turquía. En la primera mitad del siglo XVI, el dominio otomano se extendió por todo Oriente Próximo y el Norte de África. En 1566, tras la muerte del sultán Solimán I, conocido como el Magnífico, su imperio se extendía desde Túnez en el este, pasando por Egipto, hasta llegar a la Meca en la península Arábiga y hasta lo que actualmente es Irak. El Estado otomano era absolutista, el sultán rendía cuentas a pocas personas y no compartía el poder con nadie. Las instituciones económicas que imponían los otomanos eran muy extractivas. No existía la propiedad privada de la tierra, ya que toda pertenecía formalmente al Estado. Los impuestos sobre la tierra y la producción agrícola, junto con los botines de guerra, eran la principal fuente de ingresos del gobierno. Sin embargo, el Estado otomano no dominaba Oriente Próximo de la misma forma que podía dominar su núcleo tradicional, Anatolia, ni hasta el punto en que el Estado español dominaba la sociedad latinoamericana. El Estado otomano era cuestionado continuamente por los beduinos y otros poderes tribales de la península Arábiga. Carecía de suficente poder para imponer un orden estable en gran parte de Oriente Próximo, y de capacidad administrativa para recaudar impuestos, así que encargaba esta función a terceros, vendiéndoles el derecho a recaudar impuestos, actividad que podían ejercer de la forma que considerasen más oportuna. Así que aquellos campesinos que cobraban impuestos se hicieron autónomos y poderosos. Los impuestos en los territorios de Oriente Próximo llegaron a ser muy altos, de uno a dos tercios de lo que produjeran los campesinos, y gran parte de ellos se los quedaban los cobradores de impuestos. Como el Estado otomano no fijó un orden estable en estas áreas, no estaban garantizados los derechos de propiedad, y reinaba un caos dominado por bandidos y en el que los distintos grupos armados rivalizaban por el control local. Por ejemplo, en Palestina, la situación era tan extrema que, a finales del siglo XVI, los campesinos abandonaron la tierra más fértil y se trasladaron a zonas montañosas para conseguir una mayor protección frente a los bandidos. Las instituciones económicas extractivas de las zonas urbanas del Imperio otomano no eran menos sofocantes. El comercio estaba bajo control estatal y las profesiones, estrictamente reguladas por gremios y monopolios. Así pues, durante la revolución industrial, las instituciones económicas de Oriente Próximo eran extractivas y la zona experimentó un estancamiento económico. A partir de la década de 1840, los otomanos intentaron reformar las instituciones, revocaron los impuestos agrarios y consiguieron controlar a algunos grupos autónomos. Sin embargo, el absolutismo persistió hasta la primera guerra mundial y los esfuerzos por lograr una reforma fueron frustrados por el temor habitual de la élite dirigente a la destrucción creativa y a perder sus privilegios económicos y políticos. Mientras los reformadores otomanos hablaban de introducir derechos de propiedad privada en la tierra para aumentar la productividad agrícola, persistía el statu quo debido al deseo de recaudar impuestos y controlar la política. A partir de 1918, se puso fin a la colonización otomana y empezó la colonización europea. Cuando acabó el control europeo, se produjo la misma dinámica que vimos en el África subsahariana, cuando las élites independientes se apoderaron de las instituciones coloniales extractivas. En algunos casos, como en la monarquía de Jordania, estas élites eran creaciones directas de los poderes coloniales, lo que también sucedía con frecuencia en África, como veremos. Los niveles de renta de los países de Oriente Próximo que hoy día no tienen petróleo son similares a los de los países pobres de América Latina. No sufrieron los efectos de fuerzas tan empobrecedoras como el tráfico de esclavos, y se beneficiaron durante un período más largo de los flujos de tecnología europea. En la Edad Media, Oriente Próximo era una parte relativamente avanzada del mundo desde el punto de vista económico. Hoy en día, no es tan pobre como África, pero la mayor parte de su población todavía vive en la pobreza. Hemos visto que ni las teorías basadas en la geografía, ni en la cultura ni en la ignorancia ayudan a explicar la situación en la que estamos inmersos. No proporcionan una justificación satisfactoria de los principales patrones de la desigualdad mundial: el hecho de que el proceso de divergencia económica empezara con la revolución industrial en Inglaterra durante los siglos XVIII y XIX y se extendiera después a Europa occidental y a las colonias europeas; la persistente divergencia entre distintas partes de América; la pobreza de África u Oriente Próximo; la diferencia entre Europa oriental y occidental; las transiciones desde el estancamiento hasta el desarrollo económico, y el fin, en ocasiones, abrupto, de los impulsos de crecimiento. Sin embargo, nuestra teoría institucional sí que lo explica. En los capítulos restantes, analizaremos con mayor detalle cómo funciona esta teoría institucional e ilustraremos la amplia gama de fenómenos que puede explicar: desde el origen de la revolución neolítica hasta el desmoronamiento de varias civilizaciones, ya fuera por los límites intrínsecos al crecimiento impuestos por las propias instituciones extractivas o por los pasos limitados que se dieron para conseguir el cambio a la inclusividad. Conoceremos cómo y por qué se dieron los pasos decisivos hacia instituciones políticas inclusivas durante la Revolución gloriosa en Inglaterra. Veremos más específicamente lo siguiente: • Cómo aparecieron las instituciones inclusivas a partir de la interacción entre la coyuntura crítica creada por el comercio atlántico y la naturaleza de las instituciones inglesas preexistentes. • Cómo persistieron esas instituciones y cómo cobraron fuerza para sentar las bases para la revolución industrial, gracias, en parte, al círculo virtuoso y, en parte, a afortunados cambios de contingencia. • Cuántos regímenes que gobiernan con instituciones absolutistas y extractivas rechazaron firmemente la expansión de nuevas tecnologías desencadenadas por la revolución industrial. • Cómo los propios europeos acabaron con la posibilidad de crecimiento económico en muchas partes del mundo que conquistaron. • Cómo el círculo vicioso y la ley de hierro de la oligarquía han creado una potente tendencia para que persistan las instituciones extractivas y, así, las zonas en las que la revolución industrial no se extendió originalmente continúan siendo relativamente pobres. • Por qué la revolución industrial y otras nuevas tecnologías no se han ampliado y es poco probable que lo hagan en lugares del mundo en los que no se ha logrado un mínimo grado de centralización del Estado. Nuestro análisis también mostrará que determinadas áreas que consiguieron transformar sus instituciones en una dirección más inclusiva, como Francia o Japón, o que impidieron el establecimiento de instituciones extractivas, como Estados Unidos o Australia, eran más receptivas a la extensión de la revolución industrial y se adelantaron a las demás. No siempre fue un proceso exento de problemas y, como en Inglaterra, en el camino se superaron muchos retos a las instituciones inclusivas gracias a la dinámica del círculo virtuoso o bien al devenir circunstancial de la historia. Por último, también analizaremos cómo el fracaso actual de los países está fuertemente influido por sus historias institucionales, cómo una parte del asesoramiento en materia política está basado en hipótesis incorrectas y es potencialmente engañoso y cómo los países todavía pueden controlar coyunturas críticas y romper el molde para reformar sus instituciones y embarcarse en un camino que los conduzca a una mayor prosperidad. 5 «He visto el futuro, y funciona»: el crecimiento bajo instituciones extractivas He visto el futuro Las diferencias institucionales son fundamentales para explicar el desarrollo económico a lo largo de los tiempos. No obstante, dado que la mayoría de las sociedades de la historia se basan en instituciones políticas y económicas extractivas, ¿implica esto que nunca aparece el crecimiento económico? Evidentemente no. Las instituciones extractivas, por su propia lógica, deben crear riqueza para que ésta pueda ser extraída. Un gobernante que monopoliza el poder político y que controla un Estado centralizado puede introducir cierto grado de ley y orden y un sistema de regulaciones y estimular la actividad económica. Sin embargo, la naturaleza del desarrollo bajo instituciones extractivas es diferente de la del que se obtiene mediante instituciones inclusivas. Lo más importante es que no será un desarrollo sostenible que implique un cambio tecnológico, sino que estará basado en las tecnologías existentes. La trayectoria económica de la Unión Soviética proporciona un ejemplo claro de cómo la autoridad y los incentivos proporcionados por el Estado pueden dirigir un desarrollo económico rápido con instituciones extractivas y cómo este tipo de crecimiento, en última instancia, llega a su fin y se hunde. La primera guerra mundial había acabado y las potencias vencedoras y vencidas se reunieron en el gran palacio de Versalles, a las afueras de París, para decidir los parámetros de la paz. Uno de los asistentes destacados era Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos. Resulta destacable que no hubiera ninguna representación de Rusia. El viejo régimen zarista había sido derrocado por los bolcheviques en octubre de 1917. La guerra civil enfrentaba encarnecidamente a los rojos (bolcheviques) y a los blancos. Los ingleses, los franceses y los estadounidenses habían enviado una fuerza expedicionaria para luchar contra los bolcheviques. Una comisión dirigida por un joven diplomático, William Bullitt, y el veterano intelectual y periodista Lincoln Steffens fue enviada a Moscú para celebrar una reunión con Lenin y tratar de comprender las intenciones de los bolcheviques. Steffens se había hecho un nombre como iconoclasta, como periodista especializado en destapar escándalos que había denunciado sistemáticamente los males del capitalismo en Estados Unidos. Estuvo en Rusia durante la Revolución. Su presencia tenía como objetivo hacer que la misión pareciera creíble y no demasiado hostil. La misión volvió con un esbozo de oferta de Lenin sobre qué implicaría la paz con la Unión Soviética recientemente creada. Steffens estaba asombrado por lo que consideró un gran potencial del régimen soviético. «La Rusa soviética —recordaba en su biografía de 1931— era un gobierno revolucionario con un plan evolucionario. Su plan no era acabar con males como la pobreza y la riqueza, la corrupción, los privilegios, la tiranía y la guerra mediante la acción directa, sino buscar y eliminar sus causas. Habían fijado una dictadura, apoyada por una minoría pequeña y entrenada, para que hiciera la reordenación científica de las fuerzas económicas y la mantuviera durante algunas generaciones, lo que daría como resultado la democracia económica primero y la democracia política al final.» Cuando Steffens regresó de su misión diplomática, fue a ver a su viejo amigo escultor Jo Davidson y lo encontró haciendo un busto del rico financiero Bernard Baruch. «Así que has ido a Rusia», dijo Baruch. Steffens respondió: «He estado en el futuro, y funciona». Steffens perfeccionaría esta frase y la cambiaría por otra que pasaría a la historia: «He visto el futuro, y funciona». Hasta principios de la década de los ochenta, muchos occidentales todavía veían el futuro en la Unión Soviética y continuaban creyendo que funcionaba. En cierto sentido, era así, o, como mínimo, lo fue durante algún tiempo. Lenin había muerto en 1924, y en 1927 Stalin había consolidado su control sobre el país. Purgó a sus oponentes e impulsó la rápida industrialización del país. Y lo hizo a través de la reactivación del Comité de Planificación Estatal, el Gosplan, fundado en 1921. El Gosplan elaboró el primer plan quinquenal, que estuvo en vigor entre 1928 y 1933. El crecimiento económico según el estilo de Stalin era sencillo: desarrollo de la industria por orden gubernamental y obtención de los recursos necesarios para hacerlo recaudando impuestos elevados en la agricultura. El Estado comunista no tenía un sistema impositivo efectivo, así que Stalin «colectivizó» la agricultura, proceso que implicó que se abolieran los derechos de propiedad privada de la tierra y que todas las personas del campo fueran agrupadas en granjas colectivas gigantes dirigidas por el Partido Comunista. Aquello facilitaba a Stalin tomar la producción agrícola y utilizarla para alimentar a todas las personas que construían y dotaban las nuevas fábricas. Las consecuencias de esta situación para la población rural fueron desastrosas. Las granjas colectivas carecían por completo de incentivos para que la gente se esforzara por trabajar, así que la producción cayó en picado. Se llevaban tanto de lo que se producía que no había suficiente para comer, y la gente empezó a morirse de hambre. Al final, probablemente unos seis millones de personas murieron de inanición, y cientos de miles fueron asesinadas o enviadas a Siberia durante la colectivización forzosa. Ni la recién creada industria ni las granjas colectivizadas eran económicamente eficientes en el sentido de aprovechar al máximo los recursos que poseía la Unión Soviética. Parece una receta para el estancamiento y el desastre económico, o directamente para el colapso. Sin embargo, la Unión Soviética creció con rapidez. La razón que lo explica no es difícil de entender. Permitir que la gente tome sus propias decisiones a través de los mercados es la mejor forma de que una sociedad utilice eficientemente sus recursos. Cuando el Estado o una reducida élite controla todos estos recursos, ni se crearán los incentivos adecuados ni habrá una asignación eficiente de la habilidad y el talento de las personas. No obstante, en algunos casos, la productividad del trabajo y el capital puede ser tan superior en un sector o actividad, como la industria pesada en la Unión Soviética, que incluso un proceso topdown bajo instituciones extractivas que asigne recursos a dicho sector puede generar crecimiento. Como vimos en el capítulo 3, las instituciones extractivas de las islas caribeñas como Barbados, Cuba, Haití y Jamaica podían generar niveles relativamente elevados de renta porque asignaban recursos a la producción de azúcar, un producto codiciado en todo el mundo. La producción de azúcar basada en grupos de esclavos sin duda no era «eficiente» y no había cambio tecnológico ni destrucción creativa en estas sociedades, pero esto no impidió que lograran cierto desarrollo bajo instituciones extractivas. La situación era similar en la Unión Soviética, pero allí era la industria la que representaba el papel del azúcar en el Caribe. El desarrollo industrial de la Unión Soviética avanzó mucho porque su tecnología estaba muy atrasada en relación con la de Europa y Estados Unidos, por eso se podían lograr grandes beneficios reasignando recursos al sector industrial, aunque se hiciera de forma ineficiente y por la fuerza. Antes de 1928, la mayoría de los rusos vivía en el campo. La tecnología utilizada por los campesinos era primitiva y había pocos incentivos para ser productivos. De hecho, los últimos vestigios del feudalismo ruso fueron erradicados poco antes de la primera guerra mundial. Por lo tanto, había un enorme potencial económico sin explotar con la reasignación de esta mano de obra de la agricultura a la industria. La industrialización estalinista fue una manera brutal de desbloquear este potencial. Stalin trasladó, por decreto, esos recursos utilizados de forma insuficiente a la industria, donde se podrían emplear de un modo mucho más productivo, aunque la propia industria estuviera organizada muy ineficientemente en relación con lo que se podría haber logrado. De hecho, entre 1928 y 1960, la renta nacional creció un 6 por ciento anual, probablemente el esfuerzo de desarrollo económico más rápido de la historia hasta entonces. Este rápido desarrollo económico no fue creado por el cambio tecnológico, sino por la reasignación de la mano de obra y la acumulación de capital mediante la creación de nuevas herramientas y fábricas. El crecimiento fue tan rápido que cautivó a varias generaciones de occidentales, no solamente a Lincoln Steffens, sino también a la CIA de Estados Unidos e incluso a los propios líderes de la Unión Soviética, como Nikita Jruschov, quien presumió ante distintos diplomáticos occidentales, en 1956, con la célebre frase: «Os enterraremos [a Occidente]». Ya tarde, en 1977, un importante libro académico escrito por un economista inglés defendía la idea de que las economías de estilo soviético eran superiores a las capitalistas en términos de crecimiento económico, ya que proporcionaban pleno empleo, estabilidad de precios e incluso daban una motivación altruista a las personas. El pobre y viejo capitalismo occidental solamente era mejor a la hora de proporcionar libertad política. De hecho, el libro de texto universitario más utilizado en economía, escrito por el ganador del Premio Nobel Paul Samuelson, predijo repetidamente el futuro dominio económico de la Unión Soviética. En la edición de 1961, Samuelson predijo que la renta nacional soviética superaría a la de Estados Unidos posiblemente en 1984, pero probablemente en 1997. En la edición de 1980, hubo pocos cambios en el análisis, aunque las dos fechas se retrasaran a los años 2002 y 2012. A pesar de que las políticas de Stalin y los posteriores líderes soviéticos pudieran favorecer un desarrollo económico rápido, no podían hacerlo de forma sostenida. En la década de los setenta, el desarrollo económico prácticamente había acabado. La lección más importante que se puede aprender es que las instituciones extractivas no pueden generar un cambio tecnológico sostenido por dos razones: la falta de incentivos económicos y la resistencia por parte de las élites. Además, una vez que todos los recursos que se utilizaban muy ineficientemente se habían reasignado a la industria, pocos beneficios económicos podían obtenerse por decreto. En ese momento, el sistema soviético se enfrentó a un nuevo obstáculo por la falta de innovación y los pobres incentivos económicos que impidieron seguir avanzando. El único sector en el que sí que lograron sostener algún tipo de innovación fue a través de enormes esfuerzos en tecnología militar y aeroespacial. En consecuencia, lograron enviar a la primera perra, Laika, y al primer hombre, Yuri Gagarin, al espacio. Otro de los legados que dejaron al mundo fue el rifle AK-47. El Gosplan era el supuestamente todopoderoso comité encargado de la planificación central de la economía soviética. Una de las ventajas de la serie de planes quinquenales elaborados y administrados por el Gosplan se suponía que debía ser el amplio horizonte de tiempo necesario para la inversión y la innovación racionales. En realidad, lo que se implantó en la industria soviética tenía poco que ver con los planes quinquenales, que se revisaban y reescribían frecuentemente o que incluso se pasaban por alto. El desarrollo de la industria tuvo lugar basándose en las órdenes de Stalin y el Politburó, que cambiaban de opinión con frecuencia y a menudo modificaban por completo las decisiones que ya habían tomado. Todos los planes llevaban la etiqueta de «borrador» o «preliminar». Solamente una copia de un plan denominado «final» (para la industria ligera en 1939) ha salido a la luz. El propio Stalin dijo, en 1937, que «sólo los burócratas pueden pensar que el trabajo de planificación acaba con la creación del plan. La elaboración del plan es solamente el principio. El rumbo verdadero del plan se desarrolla solamente después de haberlo elaborado». Stalin deseaba maximizar su discreción para recompensar a personas o grupos que fueran leales políticamente y castigar a los que no lo fueran. Respecto al Gosplan, su papel principal era proporcionar información a Stalin para que pudiera controlar mejor a sus amigos y a sus enemigos. De hecho, intentaban evitar tomar decisiones. Si uno tomaba una decisión que salía mal, podía acabar fusilado. Lo mejor era evitar cualquier responsabilidad. El censo soviético de 1937 proporciona un ejemplo de lo que podía ocurrir si uno se tomaba su trabajo demasiado en serio, en lugar de suponer lo que quería el Partido Comunista. Cuando llegaron los datos de aquel censo, se hizo evidente que mostraría una población de unos 162 millones de habitantes, muchos menos que los 180 millones que Stalin había previsto y, de hecho, por debajo de la cifra de 168 millones que el propio Stalin había anunciado en 1934. El censo de 1937 fue el primero que se hacía desde 1926, por lo tanto, el que siguió a las purgas y a las hambrunas masivas de principios de la década de los treinta. El número preciso de habitantes lo reflejaba. La respuesta de Stalin fue ordenar que los que organizaron el censo fueran arrestados y enviados a Siberia o bien fusilados. Mandó que se realizara otro censo, que tuvo lugar en 1939. Esta vez los organizadores lo hicieron bien; averiguaron que la población, en realidad, era de 171 millones. Stalin comprendió que, en la economía soviética, la gente tenía pocos incentivos para esforzarse en el trabajo. Una respuesta natural habría sido introducir tales incentivos y, en ocasiones, lo hizo (por ejemplo, llevando suministros de comida a áreas en las que la productividad se había reducido) para compensar las mejoras. Además, ya en 1931, renunció a la idea de crear «hombres y mujeres socialistas» que trabajaran sin incentivos monetarios. En un famoso discurso, criticó la «política de la igualdad» y, posteriormente, no sólo los distintos trabajos recibieron sueldos diferentes, sino que también se introdujo un sistema de primas. Resulta instructivo comprender cómo funcionaba. Normalmente, una empresa con planificación central tenía que lograr un objetivo de producción establecido en el plan, aunque éste a menudo se renegociara y se cambiara. A partir de la década de los treinta, si se lograban determinados niveles de producción, los trabajadores recibían primas que podían ser bastante elevadas (por ejemplo, hasta el 37 por ciento del sueldo para la dirección o los ingenieros superiores). Sin embargo, pagar esas primas creaba toda clase de desincentivos para el cambio tecnológico. Por una razón: la innovación, que tomaba recursos de la producción actual, ponía en riesgo los objetivos de producción, lo que provocaría que no se pagaran las primas. Y por otra razón: los objetivos de producción normalmente se basaban en niveles de producción previos. Aquello creaba un enorme incentivo para no ampliar nunca la producción, porque entonces se tendría que producir más en el futuro, ya que los objetivos futuros estarían elevados al máximo. Tener un rendimiento por debajo de lo exigido siempre ha sido la mejor forma de lograr los objetivos y conseguir la prima. El hecho de que éstas se pagaran mensualmente también mantuvo a todo el mundo concentrado en el presente, mientras que la innovación implica hacer sacrificios hoy para tener más mañana. Pero, incluso cuando las primas y los incentivos resultaban eficientes para cambiar el comportamiento, a menudo creaban otros problemas. La planificación central simplemente no era buena para sustituir lo que el gran economista del siglo XVIII, Adam Smith, denominó la «mano invisible» del mercado. Cuando el plan se formulaba en toneladas de hojas de acero, la hoja era demasiado pesada. Cuando se hacía en superficie de hojas de acero, la hoja era demasiado fina. Cuando el plan de producción de lámparas se realizaba en toneladas, eran tan pesadas que apenas podían colgar de los techos. En la década de los cuarenta, los líderes de la Unión Soviética, aunque no sus admiradores occidentales, eran muy conscientes de aquellos incentivos perversos. Y actuaron como si se debieran a problemas técnicos que se podían arreglar. Por ejemplo, dejaron de pagar primas basadas en objetivos de producción y permitieron que las empresas reservaran parte de los beneficios para pagar primas. Sin embargo, un «motivo de beneficios» no era más motivador para innovar que uno basado en objetivos de producción. El sistema de precios utilizado para calcular beneficios no guardaba prácticamente ninguna relación con el valor de la tecnología o las innovaciones. A diferencia de lo que sucede en una economía de mercado, los precios en la Unión Soviética eran fijados por el gobierno, con lo que tenían poca relación con el valor. Para crear más específicamente incentivos para la innovación, la Unión Soviética introdujo primas de innovación explícitas en 1946. Ya en 1918, se había reconocido el principio de que un innovador debía recibir una recompensa monetaria por su innovación. Sin embargo, dichas recompensas eran pequeñas y se fijaron sin relación alguna con el valor de la nueva tecnología. Esto no cambió hasta 1956, cuando se estipuló que la prima debía ser proporcional a la productividad de la innovación. No obstante, ésta se calculaba en términos de beneficio económico medido utilizando el sistema de precios existentes. De nuevo, no resultó ser un gran incentivo para innovar. Se podrían llenar muchas páginas con ejemplos de los incentivos perversos que generaron estos métodos de planificación. Por ejemplo, como el tamaño de un fondo de primas de innovación estaba limitado por los costes salariales de una empresa, aquello reducía inmediatamente el incentivo para producir o adoptar cualquier innovación que podría haber ahorrado costes de mano de obra. Concentrarse en las distintas reglas y sistemas de primas tiende a enmascarar los problemas inherentes del sistema. Mientras la autoridad y el poder político estuvieran en manos del Partido Comunista, era imposible cambiar de manera fundamental los incentivos básicos a los que se enfrentaba la gente, fueran primas o no. Desde su creación, el Partido Comunista no había utilizado solamente zanahorias, sino también palos, palos grandes, para imponer su voluntad. La productividad en la economía no era un caso distinto. Una serie entera de leyes fijó delitos criminales para los trabajadores que se percibía que holgazaneaban. Por ejemplo, en junio de 1940, una ley hizo que el absentismo, definido como veinte minutos de ausencia sin autorización o de estar sin hacer nada en el trabajo, fuera un delito criminal que podía ser castigado con seis meses de trabajos forzados y una reducción de sueldo del 25 por ciento. Se introdujeron todo tipo de castigos similares y se implantaron con una frecuencia sorprendente. Entre 1940 y 1955, 36 millones de personas, alrededor de una tercera parte de la población adulta, fueron consideradas culpables de dichos delitos. De éstas, 15 millones fueron encarceladas y 250.000, fusiladas. En un año cualquiera, había un millón de adultos en la cárcel por delitos en el trabajo, sin contar los 2,5 millones de personas que Stalin envió al exilio a los gulags de Siberia. Sin embargo, aquello no funcionaba. Se puede trasladar a una persona a una fábrica, pero no se la puede obligar a pensar y a tener buenas ideas amenazándola con la muerte. Una coacción como ésa podría haber generado una producción elevada de azúcar en las islas Barbados o en Jamaica, pero no podía compensar la falta de incentivos en una economía industrial moderna. El hecho de que no se pudieran introducir incentivos realmente efectivos en la economía de planificación central no se debía a errores técnicos en el diseño de los sistemas de primas, sino que era intrínseco a todo el método por el que se había logrado el crecimiento extractivo. Se había hecho por orden del gobierno, lo que podía resolver algunos problemas económicos básicos. Sin embargo, estimular el crecimiento económico sostenido exigía que los individuos utilizaran su talento y sus ideas, y eso nunca se podría hacer con un sistema económico de estilo soviético. Los gobernantes de la Unión Soviética tendrían que haber abandonado las instituciones económicas extractivas, pero un cambio así habría puesto en peligro su poder político. De hecho, cuando Mijaíl Gorbachov empezó a distanciarse de las instituciones económicas extractivas a partir de 1987, se desmoronó el poder del Partido Comunista y, con él, la Unión Soviética. La Unión Soviética fue capaz de generar un rápido desarrollo incluso con instituciones extractivas porque los bolcheviques construyeron un Estado centralizado poderoso y lo utilizaron para asignar recursos a la industria. No obstante, como en todos los casos de desarrollo con instituciones extractivas, esta experiencia no incluyó un cambio tecnológico y el desarrollo no fue prolongado. El crecimiento primero se ralentizó y después se desplomó por completo. Aunque sea efímero, este tipo de desarrollo demuestra que las instituciones extractivas pueden estimular la actividad económica. A lo largo de la historia, la mayoría de las sociedades han sido gobernadas por instituciones extractivas, y las que han conseguido imponer algún tipo de orden en los países han generado un desarrollo limitado, aunque ninguna de estas sociedades extractivas haya conseguido que fuera prolongado. De hecho, algunos de los puntos de inflexión más importantes de la historia están caracterizados por innovaciones institucionales que consolidaron las instituciones extractivas y aumentaron la autoridad de un grupo para imponer la ley y el orden y beneficiarse de la extracción. En el resto de este capítulo, primero, comentaremos la naturaleza de las innovaciones institucionales que establecen algún tipo de centralización estatal y permiten el crecimiento bajo instituciones extractivas. A continuación, veremos cómo estas ideas nos ayudan a comprender la revolución neolítica, la transición crucial a la agricultura, en la que se fundamentan muchos aspectos de nuestra civilización actual. Por último, ilustraremos, con el ejemplo de las ciudades-Estado mayas, que el desarrollo bajo instituciones extractivas está limitado no solamente por la falta de avance tecnológico, sino también porque fomenta luchas internas de grupos rivales que desean hacerse con el control del Estado y la extracción que genera. En las orillas del Kasai Uno de los grandes afluentes del río Congo es el Kasai, que nace en Angola, se dirige al norte y se une al Congo en el noreste de Kinsasa, la capital de la actual República Democrática del Congo. A pesar de que este país es pobre en comparación con el resto del mundo, siempre ha habido diferencias significativas en la prosperidad de los distintos grupos del Congo. El Kasai es la frontera entre dos de ellos. Poco después de pasar al Congo a lo largo de la orilla oeste, uno encuentra al pueblo lele, y en la orilla este, a los bushongs (mapa 6). A primera vista, tendría que haber pocas diferencias entre estos dos grupos respecto a su prosperidad. Solamente están separados por un río, que cualquiera de los dos grupos puede cruzar en barca. Las dos tribus tienen un origen común y lenguas relacionadas. Además, muchas de las cosas que hacen son de un estilo parecido, desde casas o barcas hasta prendas de ropa. Sin embargo, cuando la antropóloga Mary Douglas y el historiador Jan Vansina estudiaron a ambos grupos en la década de los cincuenta, descubrieron algunas diferencias sorprendentes. Tal y como afirmó Douglas: «Los leles son pobres, mientras que los bushongs son ricos... De cualquier cosa que tengan o hagan los leles, los bushongs tienen más y la pueden hacer mejor». Es fácil explicar esta desigualdad. Una diferencia, que recuerda a la de lugares de Perú que estuvieron o no sujetos a la mita de Potosí, era que los leles producían para la subsistencia y los bushongs, para el intercambio en el mercado. Douglas y Vansina también observaron que los leles utilizaban una tecnología inferior. Por ejemplo, no empleaban redes para cazar, aunque éstas mejoran mucho la productividad. Douglas argumentaba lo siguiente: «La ausencia de redes concuerda con la tendencia general lele de no invertir tiempo y trabajo en equipo a largo plazo». También había diferencias importantes en cuanto a tecnologías y organización agrícolas. Los bushongs practicaban un tipo sofisticado de agricultura mixta en la que se plantaban cinco cultivos sucesivamente en un sistema de rotación cada dos años. Cosechaban ñame, boniatos, mandioca y judías, y recogían dos y en ocasiones tres cosechas de maíz al año. Los leles no tenían ese sistema y conseguían solamente una cosecha de maíz anual. También había diferencias abismales en la ley y el orden. Los leles estaban dispersos en pueblos fortificados, que estaban en conflicto permanente. Cualquier persona que viajara entre dos pueblos o que se aventurara a ir al bosque a por comida probablemente sería atacada o secuestrada. En el país de los bushongs aquello raramente pasaba, si es que pasaba alguna vez. ¿Qué se esconde tras estas diferencias en los modelos de producción, tecnología agrícola y predominio del orden? Evidentemente, no era la situación geográfica lo que inducía a los leles a utilizar una tecnología agrícola y de caza inferior. Sin duda, tampoco era la ignorancia, porque conocían las herramientas que utilizaban los bushongs. Una explicación alternativa sería la cultura; ¿podría ser que los leles tuvieran una cultura que no fomentara la inversión en redes para cazar y en casas más robustas y mejor construidas? Esto tampoco parece ser cierto. Los leles estaban muy interesados en comprar armas de fuego, como la población del Congo, y Douglas incluso observó que «su entusiasmo por comprar armas de fuego muestra que su cultura no los limita a técnicas inferiores cuando éstas no requieren colaboración y esfuerzo a largo plazo». Por lo tanto, ni la aversión cultural a la tecnología, ni la ignorancia ni la geografía ofrecen una buena explicación a la mayor prosperidad de los bushongs respecto de los leles. La razón que explica las diferencias entre ambos pueblos radica en las distintas instituciones políticas que aparecieron en las tierras de los bushongs y los leles. Anteriormente, apuntamos que los leles vivían en pueblos fortificados que no formaban parte de una estructura política unificada. En cambio, la situación era distinta al otro lado del río Kasai. Alrededor de 1620, se produjo una revolución política dirigida por un hombre llamado Shyaam, que creó el reino Kuba, que vimos en el mapa 6, con los bushongs en su centro y con él como rey. Antes de este período, probablemente hubiera pocas diferencias entre los bushongs y los leles; éstas aparecieron como consecuencia de la forma en la que Shyaam reorganizó la sociedad al este del río. Construyó un Estado y una pirámide de instituciones políticas, que no estaban sólo significativamente más centralizados que en el pasado, sino que también implicaban estructuras muy elaboradas. Shyaam y sus sucesores crearon una burocracia para aumentar los impuestos y un sistema legal y una fuerza de policía para administrar la ley. Los líderes eran controlados por consejos, a los que debían consultar antes de tomar decisiones. Incluso había juicios ante un jurado, algo aparentemente único en el África subsahariana antes del colonialismo europeo. Sin embargo, el Estado centralizado que construyó Shyaam fue una herramienta de extracción y era muy absolutista. Nadie le votaba y la política estatal estaba dictada desde lo más alto, no existía la participación popular. Esta revolución política que introdujo la centralización del Estado y la ley y el orden en el país Kuba condujo, a su vez, a la revolución económica. La agricultura fue reorganizada y se adoptaron nuevas tecnologías para aumentar la productividad. Los cultivos que previamente habían sido los alimentos básicos fueron sustituidos por otros nuevos de mayor rendimiento procedentes de América (sobre todo maíz, mandioca y guindillas). En esa época se introdujo el intenso ciclo de agricultura mixta y la cantidad de comida producida por cápita se duplicó. Para adoptar estos cultivos y reorganizar el ciclo agrícola, se necesitaban más manos en los campos. Por lo tanto, la edad para casarse se redujo hasta los veinte años, lo que condujo a los hombres a la fuerza de trabajo agrícola a una edad más temprana. El contraste con los leles es profundo. Sus hombres tendían a casarse a los treinta y cinco años y solamente entonces trabajaban en los campos. Hasta entonces, se dedicaban a luchar y robar. La conexión entre la revolución política y económica fue sencilla. El rey Shyaam y quienes lo apoyaban querían recaudar impuestos y riqueza de los kubas, que tenían que producir un excedente además de la cantidad para el consumo propio. Aunque Shyaam y sus hombres no introdujeron instituciones inclusivas en la orilla este del río Kasai, cierto grado de prosperidad económica es intrínseca a las instituciones extractivas que logran cierto grado de centralización estatal e imponen la ley y el orden. Evidentemente, fomentar la actividad económica era interesante para Shyaam y sus hombres puesto que, sin ella, no habría nada que extraer. Igual que Stalin, Shyaam ordenó crear una serie de instituciones que generaran la riqueza necesaria para sustentar aquel sistema. En comparación con la ausencia total de ley y orden que reinaba en la otra orilla del río Kasai, esto generaba una prosperidad económica significativa, aunque gran parte de ésta fue a parar probablemente a Shyaam y sus élites. Sin embargo, estaba necesariamente limitada. Igual que en la Unión Soviética, no había una destrucción creativa en el reino kuba y no hubo una innovación tecnológica tras este cambio inicial. Aquella situación permaneció sin cambios significativos hasta el momento en el que el reino fue «descubierto» por primera vez por oficiales coloniales belgas a finales del siglo XIX. El logro del rey Shyaam ilustra que mediante instituciones extractivas se puede lograr cierto grado limitado de éxito económico. Crear tal desarrollo exige un Estado centralizado, y para ello a menudo es necesaria una revolución política. Una vez que Shyaam creó este Estado, podía utilizar su poder para reorganizar la economía e impulsar la productividad agrícola, para poder cobrar impuestos. ¿Por qué fueron los bushongs y no los leles los sujetos de una revolución política? ¿No podían haber tenido los leles su propio rey Shyaam? Lo que éste logró fue una innovación institucional no relacionada de ninguna forma determinista con la geografía, la cultura ni la ignorancia. Los leles podrían haber tenido esa revolución y haber transformado sus instituciones de forma similar, pero no lo hicieron. Quizá fuera por razones que no entendemos, por nuestro conocimiento limitado de su sociedad actual. Lo más probable es que se deba a la naturaleza contingente de la historia. La misma casualidad se dio probablemente cuando, hace doce mil años, algunas de las sociedades de Oriente Próximo se embarcaron en una serie más radical de innovaciones institucionales que condujeron al establecimiento de las sociedades sedentarias y, posteriormente, a la domesticación de plantas y animales, como comentaremos posteriormente. El Largo Verano Alrededor de 15000 a. C., la era glacial llegaba a su fin a medida que el clima de la Tierra se hacía más cálido. Las pruebas encontradas en el núcleo de hielo de Groenlandia sugieren que las temperaturas medias aumentaron hasta los quince grados Celsius en un corto período de tiempo. Este calentamiento parece haber coincidido con rápidos aumentos de la población humana, cuando el calentamiento global condujo a la expansión de poblaciones animales y a una mayor disponibilidad de plantas y alimentos silvestres. Este proceso se revirtió rápidamente alrededor de 14000 a. C., durante un período de enfriamiento conocido como Dryas Reciente, pero, después de 9600 a. C., las temperaturas globales volvieron a aumentar siete grados Celsius en menos de una década y, desde entonces, permanecen elevadas. El arqueólogo Brian Fagan lo denomina el Largo Verano. El calentamiento del clima fue una coyuntura crítica enorme que preparó el trasfondo para la revolución neolítica en la que las sociedades humanas hicieron la transición a la vida sedentaria, la agricultura y la ganadería. Esto y el resto de la historia humana posterior se han desarrollado disfrutando de este Largo Verano. Existe una diferencia fundamental entre la agricultura-ganadería, y la caza-recolección. Las primeras se basan en la domesticación de especies de plantas y animales, conllevan una intervención activa en sus ciclos de vida para cambiar la genética y hacer que sean más útiles para los humanos. La domesticación es un cambio tecnológico que permite que los humanos produzcan mucha más comida a partir de las plantas y los animales disponibles. Por ejemplo, el cultivo del maíz empezó cuando los humanos recogieron teocinte, el antepasado silvestre del maíz. Las mazorcas de teocinte son muy pequeñas, apenas miden unos centímetros de largo. Son de un tamaño muy reducido en comparación con una mazorca de maíz actual. Sin embargo, gradualmente, seleccionado las mazorcas más grandes de teocinte y las plantas que no se rompían, sino que permanecían en el tallo para ser cosechadas, los humanos crearon el maíz moderno, que proporciona mucho más alimento en la misma superficie de tierra. Las primeras pruebas conocidas de agricultura, ganadería y domesticación de plantas y animales proceden de Oriente Próximo, concretamente de la zona conocida como Hilly Flanks, que se extiende desde el sur del actual Israel hasta Palestina y la orilla oeste del río Jordán, a través de Siria y hasta el sureste de Turquía, el norte de Irak y el oeste de Irán. De alrededor del año 9500 a. C., datan las primeras plantas domésticas. Farro y cebada se hallaron en dos carreras en Jericó, en la orilla oeste del río Jordán, en Palestina. Farro, guisantes y lentejas se encontraron en Tell Aswad, mucho más al norte, en Siria. En estos lugares se desarrolló la denominada cultura natufiense y ambos tenían grandes ciudades. La ciudad de Jericó tenía una población aproximada de quinientas personas en aquel momento. ¿Por qué aparecieron allí los primeros pueblos agrícolas y no en otro lugar? ¿Por qué los natufienses, y no otros pueblos, fueron quienes domesticaron los guisantes y las lentejas? ¿Tuvieron suerte y sencillamente vivían allí donde había muchos candidatos potenciales para la domesticación? Aunque sea verdad, muchas otras personas vivían entre esas especies, pero no las domesticaron. Como vimos en el capítulo 2, en los mapas 4 y 5, la investigación de genetistas y arqueólogos para determinar la distribución de los antepasados silvestres de los animales y plantas domesticados modernos revela que muchos de estos antepasados se habían diseminado en áreas muy grandes, de millones de kilómetros cuadrados. Los antepasados silvestres de las especies de animales domesticados se habían dispersado a través de Eurasia. Los Hilly Flanks estaban particularmente bien provistos de especies de cultivos silvestres, pero no era eso lo que diferenciaba este lugar de cualquier otro. No era el hecho de que los natufienses vivieran en una zona únicamente provista con especies silvestres lo que los hizo especiales, sino el hecho de que eran sedentarios antes de empezar a domesticar plantas o animales. Una prueba de ello procede de los dientes de gacela, que están compuestos por cemento, un tejido óseo conectivo que crece en capas. Durante la primavera y el verano, cuando el crecimiento del cemento es más rápido, las capas son de un color distinto a las que se forman en invierno. Si se corta una parte del diente, se puede ver el color de la última capa creada antes de que muriera la gacela. Y utilizando esta técnica, se puede determinar si mataron a la gacela en verano o en invierno. En los sitios natufienses, se encuentran gacelas a las que mataron en todas las estaciones, lo que sugiere que vivían allí durante todo el año. El pueblo de Abu Hureyra, en el río Éufrates, es uno de los asentamientos natufienses que se han investigado más intensamente. Durante casi cuarenta años, los arqueólogos han examinado las capas del suelo, lo que proporciona uno de los ejemplos mejor documentados de vida sedentaria antes y después de la transición a la agricultura. El asentamiento probablemente empezó alrededor de 9500 a. C., y los habitantes continuaron su estilo de vida de cazadores-recolectores otros quinientos años antes de iniciar la transición a la agricultura. Los arqueólogos estiman que la población del poblado antes de la agricultura era de entre cien y trescientas personas. Se pueden imaginar toda clase de razones por las que una sociedad se beneficiaría al convertirse en sedentaria. Trasladarse de un sitio a otro resultaba costoso; los niños y los ancianos debían ser transportados y era imposible almacenar comida para los períodos de carestía cuando se iba de un sitio a otro. Además, ciertas herramientas, como las piedras de moler y las hoces, útiles para procesar comida salvaje, pesaban mucho. Existen pruebas de que incluso los cazadores-recolectores nómadas almacenaban comida en sitios escogidos, como, por ejemplo, en cuevas. El maíz se almacena muy bien, y ésa es la razón de que fuera muy atractivo y explica que se cultivara tan intensamente en todo el continente americano. La capacidad para manejar con eficacia el almacenamiento y acumular reservas de alimentos seguramente fuera un importante incentivo para adoptar una forma de vida sedentaria. A pesar de que fuera colectivamente deseable convertirse en sedentario, esto no significa que tuviera que pasar necesariamente. Un grupo nómada de cazadores-recolectores tenía que ponerse de acuerdo para hacerlo, o alguien los tuvo que obligar. Algunos arqueólogos han sugerido que el aumento de la densidad de la población y la reducción del nivel de vida fueron factores clave en la aparición de la vida sedentaria, lo que obligó a la población nómada a quedarse en un lugar. Sin embargo, la densidad de los lugares natufienses no es mayor que la que había en los grupos anteriores, así que no parece haber pruebas del aumento de la densidad de la población. Tampoco los fósiles dentales y de esqueletos sugieren que su salud se deteriorara. Por ejemplo, la escasez de alimentos tiende a crear hipoplasia, líneas finas en el esmalte dental, pero éstas son menos frecuentes en el pueblo natufiense que en otros pueblos agrícolas posteriores. Lo más importante es que, aunque la vida sedentaria tuviera ventajas, también tenía inconvenientes. La resolución de conflictos probablemente fuera más complicada para los grupos sedentarios, ya que entre los nómadas los desacuerdos se resolvían cuando ciertas personas o grupos se marchaban. En cuanto se construyeron edificios permanentes y se disponía de más bienes de los que se podían transportar, trasladarse se convirtió en una opción mucho menos atractiva. Así que los pueblos tenían que dotarse de formas más efectivas de resolver conflictos y de nociones de propiedad más elaboradas. Había que tomar decisiones sobre quién tenía acceso a qué parte de tierra cerca del pueblo o quién recogería fruta de qué filas de árboles y quién pescaría en qué parte del arroyo. Hubo que desarrollar reglas, y también las instituciones que debían crearlas y hacerlas cumplir. Para que apareciera la vida sedentaria, parece plausible que los cazadores-recolectores hayan sido obligados a establecerse, lo que debió estar precedido por una innovación institucional que concentrara el poder en manos de un grupo que se convertiría en la élite política, que impusiera derechos de propiedad, mantuviera el orden y también se beneficiara de su estatus obteniendo los recursos del resto de la sociedad. De hecho, es probable que se produjera una revolución política similar a la iniciada por el rey Shyaam, aunque a menor escala, y ése sería el avance que habría conducido a la vida sedentaria. De hecho, las pruebas arqueológicas sugieren que los natufienses desarrollaron una sociedad compleja caracterizada por jerarquía, orden y desigualdad (el comienzo de lo que reconoceríamos como instituciones extractivas) mucho tiempo antes de convertirse en agricultores. Una prueba sólida de esta jerarquía y desigualdad se encuentra en las tumbas. Algunas personas eran enterradas con una gran cantidad de conchas de obsidiana y dentalium, que procedían de la costa del Mediterráneo próxima al monte Carmelo. Otros tipos de ornamentación incluyen collares, bandas y brazaletes, realizados con conchas, dientes caninos y falanges de ciervos. Otras personas eran enterradas sin ninguna de estas cosas. Se comerciaba con conchas y con obsidiana, y el control de este comercio, muy probablemente, era una fuente de desigualdad y acumulación de poder. Existen más pruebas de desigualdad económica y política en el sitio natufiense de Ain Mallaha, al norte del mar de Galilea. Entre un grupo de alrededor de cincuenta cabañas redondas y muchos pozos, claramente utilizados como almacén, existe un gran edificio intensamente enlucido próximo a una plaza central despejada. Lo más seguro es que fuera la casa de un jefe. Aparte de las sepulturas del lugar, algunas de las cuales son mucho más elaboradas, también hay pruebas del culto a las calaveras, lo que posiblemente indique adoración a los antepasados. Estos cultos están extendidos por los sitios natufienses, sobre todo en Jericó. El predominio de pruebas de lugares natufienses sugiere que probablemente ya se trataba de sociedades con instituciones elaboradas que determinaban la herencia del estatus de la élite. Comerciaban con lugares lejanos y tenían formas incipientes de jerarquías políticas y religiosas. Lo más probable es que la aparición de las élites políticas provocara, en primer lugar, la transición a la vida sedentaria y, después, a la agricultura. Tal y como muestran los lugares natufienses, la vida sedentaria no significaba necesariamente agricultura y ganadería. La población se establecía en un sitio, pero continuaba cazando y recolectando para vivir. Al fin y al cabo, el Largo Verano hizo que las cosechas silvestres fueran más abundantes y la caza y la recolección, probablemente, más atractivas. La mayoría de la población habría estado bastante satisfecha con una vida de subsistencia basada en la caza y la recolección, que no exigían mucho esfuerzo. Ni siquiera la innovación tecnológica conduce necesariamente a un aumento de la producción agrícola. De hecho, se sabe que una innovación tecnológica importante como la introducción del hacha de acero entre los aborígenes australianos conocidos como Yir Yoront no condujo a una producción más intensa, sino a más tiempo para dormir, porque les permitía alcanzar los requisitos de subsistencia con más facilidad y había pocos incentivos para trabajar para lograr más. La explicación tradicional, basada en la situación geográfica, para justificar la revolución neolítica (eje central del argumento de Jared Diamond, descrita en el capítulo 2) es que fue impulsada por la disponibilidad inesperada de muchas especies de plantas y animales que se podían domesticar fácilmente. Aquello hizo que la agricultura y la ganadería fueran atractivas y provocó la vida sedentaria. Después de que las sociedades se volvieran sedentarias y empezaran a dedicarse a la agricultura, comenzaron a desarrollarse la jerarquía política, la religión y otras instituciones significativamente más complejas. Las pruebas de los natufienses sugieren que esta explicación tradicional, aunque esté ampliamente aceptada, empieza la casa por el tejado. Los cambios institucionales tuvieron lugar en sociedades mucho antes de que iniciaran la transición a la agricultura y probablemente fueron la causa tanto del paso al sedentarismo, que reforzó los cambios institucionales, como, posteriormente, de la revolución neolítica. Este patrón es sugerido no solamente por las pruebas de los Hilly Flanks, el área estudiada con más intensidad, sino también por la mayoría de las pruebas encontradas en América, el África subsahariana y el este de Asia. Sin duda, la transición a la agricultura condujo a una mayor productividad agrícola y permitió una expansión significativa de la población. Por ejemplo, en lugares como Jericó y Abu Hureyra se observa que el pueblo agrícola inicial era mucho mayor que el preagrícola. En general, los pueblos crecieron entre dos y seis veces después de la transición. Además, muchas de las consecuencias que tradicionalmente se ha defendido que fluyeron tras esta transición sin duda tuvieron lugar. Hubo una mayor especialización en las profesiones, un progreso tecnológico mucho más rápido y, probablemente, se desarrollaron instituciones políticas más complejas y posiblemente menos igualitarias. Sin embargo, que esto ocurriera en un sitio concreto no estuvo determinado por la disponibilidad de especies de plantas y animales, sino porque la sociedad experimentó los tipos de innovaciones institucionales, sociales y políticas que habrían permitido que apareciera la vida sedentaria y, posteriormente, la agricultura. El Largo Verano y la presencia de cultivos y especies de animales permitieron que esto tuviera lugar, pero no determinaron dónde ni cuándo exactamente, sino que sucediera después de que el clima se hubiera vuelto más cálido. De hecho, lo determinaron la interacción de una coyuntura crítica, el Largo Verano, con pequeñas pero importantes diferencias institucionales. A medida que el clima se hizo más cálido, algunas sociedades, como la natufiense, desarrollaron elementos de jerarquía e instituciones centralizadas, pero a una escala muy pequeña en relación con la de los Estados-nación modernos. Como los bushongs bajo Shyaam, las sociedades se reorganizaron para aprovechar las mayores oportunidades que ofrecía el exceso de animales y plantas silvestres y, sin duda, fueron los miembros de la élite política los principales beneficiados de estas nuevas oportunidades y del proceso de centralización política. Otros lugares que tenían instituciones un poco distintas no permitieron a sus élites políticas que aprovecharan del mismo modo esta coyuntura y quedaron rezagados en su proceso de centralización política y en la creación de sociedades asentadas, agrícolas y más complejas. Aquello sentó las bases para una divergencia posterior exactamente del tipo que hemos visto con anterioridad. Una vez que aparecían estas diferencias, se extendían a algunos lugares pero no a otros. Por ejemplo, la agricultura se extendió a Europa desde Oriente Próximo a partir de 6500 a. C., sobre todo como consecuencia de la migración de agricultores. En Europa, las instituciones se distanciaron de otras partes del mundo, como África, donde las instituciones iniciales habían sido diferentes y las innovaciones puestas en marcha por el Largo Verano en Oriente Próximo sucedieron mucho más tarde, e, incluso entonces, adoptaron una forma muy distinta. Las innovaciones institucionales de los natufienses casi con toda probabilidad se fundamentaron en la revolución neolítica, pero no dejaron un simple legado en la historia del mundo y no condujeron inexorablemente a la prosperidad a largo plazo de sus tierras de origen en los actuales Estados de Israel, Palestina y Siria. Siria y Palestina son partes del mundo moderno relativamente pobres y la prosperidad de Israel fue, en general, importada por el asentamiento de población judía después de la segunda guerra mundial y su nivel elevado de educación y fácil acceso a tecnologías avanzadas. El desarrollo inicial de los natufienses no pasó a ser prolongado por la misma razón que se detuvo el desarrollo soviético. A pesar de que fue muy significativo, e incluso revolucionario para su tiempo, era un desarrollo bajo instituciones extractivas. Para la sociedad natufiense, también era probable que este tipo de desarrollo creara conflictos profundos sobre quién controlaría las instituciones y la extracción que permitía. Para cada élite que se beneficia de una extracción, existe una no élite que querría sustituirla. En ocasiones, las luchas internas simplemente sustituyen a una élite por otra. En otros casos, destroza toda la sociedad extractiva y desencadena un proceso de colapso estatal y social, como experimentó la espectacular civilización que construyó las ciudades-Estado mayas hace más de mil años. La extracción inestable La agricultura apareció de forma independiente en varios lugares del mundo. En lo que hoy es México, las sociedades formaron estos Estados y asentamientos estables y pasaron a la agricultura. Como los natufienses en Oriente Próximo, también consiguieron cierto nivel de desarrollo económico. De hecho, las ciudades-Estado mayas del área del sur de México, Belice, Guatemala y el oeste de Honduras, construyeron una civilización bastante sofisticada con su propio tipo de instituciones extractivas. La experiencia maya ilustra no solamente la posibilidad de desarrollo bajo instituciones extractivas, sino también otro límite fundamental para este tipo de crecimiento: la inestabilidad política que aparece y que, en última instancia, conduce al colapso tanto de la sociedad como del Estado a medida que los diferentes grupos y personas luchan para llegar a convertirse en los extractores. Las ciudades mayas se empezaron a desarrollar alrededor de 500 a. C. y finalmente fracasaron en algún momento del siglo I d. C. Entonces, apareció un nuevo modelo político, que sentó las bases para la era clásica, entre 250 y 900 d. C. Este período marcó el florecimiento total de la cultura y la civilización mayas. Sin embargo, esta civilización más sofisticada también sucumbiría en el curso de los siguientes seiscientos años. Cuando los conquistadores españoles llegaron a principios del siglo XVI, los grandes templos y palacios de sitios mayas como Tikal, Palenque y Calakmul se habían desvanecido en la selva y no se volverían a descubrir hasta el siglo XIX. Las ciudades mayas nunca se unieron en un imperio, aunque algunas estaban subordinadas a otras y, a menudo, parecen haber cooperado, sobre todo en guerras. La conexión principal entre las ciudades-Estado de la región, cincuenta de las cuales se pueden reconocer por sus propios glifos, es que sus habitantes hablaban unas treinta y una lenguas mayas, distintas pero estrechamente relacionadas. Los mayas desarrollaron un sistema de escritura, y existen como mínimo quince mil inscripciones que describen muchos aspectos de la cultura, la religión y la vida de la élite. Además, tenían la cuenta larga, un calendario sofisticado para registrar fechas que se parecía mucho a nuestro calendario, ya que contaba el transcurso de los años desde una fecha fija y era utilizado por todas las ciudades mayas. La cuenta larga empezó en el año 3114 a. C., aunque no sepamos qué significado daban los mayas a esta fecha, que hace referencia a un tiempo que precede a la aparición de cualquier cosa parecida a la sociedad maya. Los mayas eran albañiles hábiles que inventaron el cemento. Sus construcciones e inscripciones proporcionan información vital sobre las trayectorias de las ciudades, ya que a menudo registraban acontecimientos fechados de acuerdo con la cuenta larga. Al estudiar todas las ciudades mayas, los arqueólogos pueden contar cuántos edificios se acabaron en años concretos. Alrededor del año 500 a. C., había pocos monumentos fechados. Por ejemplo, la fecha de la cuenta larga correspondiente al año 514 a. C. registraba solamente diez. Hubo un aumento constante, que llegó a veinte en el año 672 d. C. y a cuarenta a mediados del siglo VIII. Después, el número de monumentos datados se desploma. En el siglo IX, es inferior a diez al año y en el siglo X, es de cero. Estas inscripciones que incluían fechas nos dan una imagen clara de la expansión de las ciudades mayas y su posterior declive a partir de finales del siglo VIII. Este análisis de fechas puede complementarse examinando la lista de reyes que registraron los mayas. En la ciudad maya de Copán, actualmente en el oeste de Honduras, hay un monumento famoso conocido como Altar Q que registra los nombres de todos los reyes desde el fundador de la dinastía K’inich Yax K’uk’ Mo’, o «Primer Rey Dios Sol Verde Quetzal Guacamayo», llamado así en honor no solamente al Sol, sino también al de dos pájaros exóticos de la selva de América Central cuyas plumas eran muy apreciadas por los mayas. K’inich Yax K’uk’ Mo’ llegó al poder en Copán en 426 d. C., dato que sabemos por la fecha de la cuenta larga del Altar Q, y fundó una dinastía que reinaría durante cuatrocientos años. Algunos de los sucesores de K’inich Yax también tenían nombres llamativos. El glifo del trigésimo gobernante se traduce como «18 Conejo», a quien siguieron «Humo Mono» y «Humo Concha», que murió en 763 d. C. El último nombre del altar es el rey Yax Pasaj Chan Yoaat o «Dios de la Primera Luz del Ocaso», que fue el decimosexto gobernante de esta línea y asumió el trono tras la muerte de Humo Concha. Después de él, solamente conocemos a un rey más, Ukit Took («Rey Patrono de Pedernal») a partir de un fragmento de un altar. Después de Yax Pasaj, las construcciones y las inscripciones se detuvieron y parece que la dinastía fue derrocada al cabo de poco tiempo. Ukit Took probablemente no fuera el pretendiente real al trono, sino un pretendiente más. Existe otra forma de ver estas pruebas de Copán, la desarrollada por los arqueólogos Ann Corinne Freter, Nancy Gonlin y David Webster. Estos investigadores registraron el auge y el declive de Copán examinando la extensión del asentamiento en el valle de Copán durante un período de 850 años, de 400 d. C. a 1250 d. C., utilizando una técnica denominada hidratación de obsidiana, que calcula el contenido de agua de ésta en la fecha en la que se extrajo. Una vez obtenida, el agua cae a un ritmo conocido, lo que permite calcular la fecha en la que se extrajo un trozo de obsidiana. Freter, Gonlin y Webster fueron capaces de trazar un mapa para situar en qué lugar del valle de Copán se habían encontrado los trozos de obsidiana datada y hacer un seguimiento de la expansión de la ciudad y su declive posterior. Como es posible hacer un cálculo razonable del número de casas y edificios de una zona en particular, se puede estimar la población total de la ciudad. En el período entre 400 y 449 d. C., la población era insignificante, estimada en unas seiscientas personas, y aumentó de forma constante hasta alcanzar un pico de veintiocho mil entre los años 750 y 799 d. C. Aunque no parezca una cifra elevada para los criterios urbanos contemporáneos, era enorme para aquel período; en aquel entonces, Copán tenía más habitantes que Londres o París. Sin duda, otras ciudades mayas, como Tikal y Calakmul, eran mucho más grandes. De acuerdo con las pruebas de las fechas de la cuenta larga, la población alcanzó su máximo histórico en Copán el año 800 d. C. Después empezó a descender y en el año 900 d. C. era de alrededor de quince mil personas. A partir de entonces, continuó la caída y, hacia el año 1200 d. C., el número de habitantes había vuelto a ser el mismo que ochocientos años antes. La base del desarrollo económico de la era clásica maya era la misma que para los bushongs y los natufienses: la creación de instituciones extractivas con algún tipo de centralización estatal. Estas instituciones tenían varios elementos clave. Alrededor del año 100 d. C. en la ciudad de Tikal de Guatemala, apareció un nuevo tipo de reino dinástico. Una clase dirigente basada en el ajaw (señor o gobernante) arraigó con un rey llamado k’uhul ajaw (señor divino) y, bajo él, una jerarquía de aristócratas. El señor divino organizaba la sociedad con la cooperación de estas élites y también se comunicaba con los dioses. Que sepamos, este nuevo grupo de instituciones políticas no permitió ningún tipo de participación popular, pero aportó estabilidad. El k’uhul ajaw cobraba impuestos a los agricultores y organizaba la mano de obra para que construyera los grandes monumentos, y la coalescencia de estas instituciones creó la base para que hubiera una impresionante expansión económica. La economía maya se basaba en una especialización ocupacional amplia, con hábiles alfareros, tejedores, carpinteros y creadores de herramientas y adornos. También comerciaban con obsidiana, pieles de jaguar, conchas marinas, cacao, sal y plumas, entre ellos y con otros Estados situados a largas distancias en México. Probablemente tuvieran dinero y, como los aztecas, utilizaban los granos de cacao como moneda. La era clásica maya se fundó sobre la creación de instituciones políticas extractivas, de una forma muy parecida a la de los bushongs, en la que el Yax Ehb’ Xook de Tikal tuvo un papel similar al del rey Shyaam. Las nuevas instituciones políticas condujeron a un aumento significativo de la prosperidad económica, gran parte de la cual fue extraída entonces por la nueva élite relacionada directamente con el k’uhul ajaw. Una vez que se consolidó este sistema, alrededor del año 300 d. C., hubo pocos cambios tecnológicos adicionales. Aunque haya pruebas de la mejora del riego y de las técnicas de gestión del agua, la tecnología agrícola era rudimentaria y, aparentemente, no cambió. Las técnicas artísticas y las de construcción se hicieron mucho más sofisticadas con el tiempo, pero, en conjunto, hubo poca innovación. Tampoco hubo destrucción creativa. Sin embargo, existieron otras formas de destrucción, ya que la riqueza que creaban las instituciones extractivas para el k’uhul ajaw y la élite maya condujo a una guerra constante que empeoró con el tiempo. La secuencia de los conflictos está registrada en las inscripciones mayas, con glifos especiales que indican que tuvo lugar una guerra en una fecha concreta en la cuenta larga. El planeta Venus era el patrón celestial de la guerra, y los mayas consideraban que algunas fases de la órbita de este planeta eran particularmente favorables para librar guerras. El glifo que indicaba la guerra, conocido como «estrella-guerra» por los arqueólogos, muestra una estrella tirando un líquido que podría ser agua o sangre sobre la Tierra. Las inscripciones también revelan patrones de alianza y competencia. Había largas luchas por el poder entre los Estados más grandes, como Tikal, Calakmul, Copán y Palenque, y otros más pequeños subyugados a un estatus de vasallos. Las pruebas de estas luchas proceden de los glifos que marcaban las ascensiones reales. Durante este período, empiezan indicando que los Estados más pequeños entonces estaban dominados por un gobernante exterior. En el mapa 10 se muestran las ciudades mayas principales y los distintos patrones de contacto entre ellas tal y como las reconstruyeron los arqueólogos Nikolai Grube y Simon Martin. Estos patrones indican que, a pesar de que las ciudades más grandes como Calakmul, Dos Pilas, Piedras Negras y Yaxchilán tuvieran amplios contactos diplomáticos, algunas a menudo estaban dominadas por otras y también luchaban entre sí. El hecho más importante del colapso maya es que coincide con el derrocamiento del modelo político basado en el k’uhul ajaw. Vimos que, en Copán, después de la muerte de Yax Pasaj en el año 810 d. C., no hubo más reyes. Aproximadamente en aquel momento, los palacios reales fueron abandonados. A unos 32 kilómetros al norte de Copán, en la ciudad de Quiriguá, el último rey, Jade Cielo, ascendió al trono entre 795 y 800 d. C. El último monumento datado es del año 810 d. C., según la cuenta larga, el mismo año en el que murió Yax Pasaj. Poco después, la ciudad fue abandonada. Por toda la zona maya, se repite esta historia: las instituciones políticas que habían proporcionado el contexto para la expansión del comercio, la agricultura y la población desaparecieron. Los tribunales reales no funcionaban, los monumentos y los templos no se tallaban y los palacios se vaciaron. A medida que se deshacían las instituciones políticas y sociales, revirtiendo así el proceso de centralización estatal, la economía se contrajo y la población descendió. En algunos casos, los principales centros se hundieron debido a la violencia generalizada. La región de Petexbatún de Guatemala (donde los grandes templos posteriormente fueron derribados y su piedra que utilizada para construir amplias murallas defensivas) proporciona un ejemplo claro. Como veremos en el capítulo siguiente, fue muy parecido a lo que sucedió en el Imperio romano. Más tarde, incluso en lugares como Copán, en los que hay menos signos de violencia en el momento del colapso, muchos monumentos fueron dañados o destruidos. En algunos lugares, la élite perduró incluso tras el derrocamiento inicial del k’uhul ajaw. En Copán hay pruebas de que continuó erigiendo edificios durante, como mínimo, otros doscientos años antes de desaparecer definitivamente. En otros lugares, las élites parecen haberse ido al mismo tiempo que el señor divino. Las pruebas arqueológicas existentes no nos permiten llegar a una conclusión definitiva sobre por qué el k’uhul ajaw y las élites que lo rodeaban fueron derrocados y las instituciones que habían creado los mayas en la era clásica desaparecieron. Sabemos que tuvo lugar en el contexto de intensas guerras entre ciudades y parece probable que la oposición y la rebelión dentro de las ciudades, quizá dirigidas por distintas facciones de la élite, derrocaran la institución. A pesar de que las instituciones extractivas que los mayas crearon suficiente riqueza para que florecieran las ciudades y la élite consiguiera ser rica y generara arte y edificios monumentales, el sistema no era estable. Las instituciones extractivas sobre las que gobernaba esta reducida élite crearon una importante desigualdad y, en consecuencia, generaron también la posibilidad de luchas internas entre aquellos que se podían beneficiar de la riqueza extraída al pueblo. Finalmente, este conflicto condujo a la ruina de la civilización maya. ¿Qué va mal? Las instituciones extractivas son muy habituales en la historia porque tienen una lógica aplastante: pueden generar cierta prosperidad limitada y, al mismo tiempo, repartirla entre una pequeña élite. Para que se dé este crecimiento, debe haber centralización política. Una vez que existe, el Estado (o la élite que lo controla) normalmente tiene incentivos para invertir y generar riqueza, animar a los otros a invertir para que el Estado pueda extraer recursos de ellos e incluso imitar algunos de los procesos que normalmente pondrían en marcha los mercados y las instituciones económicas inclusivas. En las economías de plantaciones caribeñas, las instituciones extractivas adoptaron la forma de una élite que utilizaba la coacción para obligar a los esclavos a producir azúcar. En la Unión Soviética, adoptaron la forma del Partido Comunista, que reasignaba recursos de la agricultura a la industria y estructuraba algún tipo de incentivos para los gestores y los trabajadores. Como hemos visto, estos incentivos fueron debilitados por la naturaleza del sistema. El potencial para crear un desarrollo extractivo da impulso a la centralización política y es la razón de que el rey Shyaam deseara crear el reino de Kuba, y probablemente explica por qué los natufienses en Oriente Próximo fijaron una forma primitiva de ley y orden, jerarquía e instituciones extractivas que, finalmente, conducirían a la revolución neolítica. Asimismo, también es probable que hubiera procesos similares que socavaran la aparición de sociedades estables y la transición a la agricultura en América, y se puede ver en la civilización sofisticada que construyeron los mayas en las bases establecidas por las instituciones muy extractivas que coaccionaban a muchos para provecho de sus reducidas élites. Sin embargo, el desarrollo generado por las instituciones extractivas es muy distinto del que se crea bajo instituciones inclusivas. Lo más importante es que no es sostenible. Por su propia naturaleza, las instituciones extractivas no fomentan la destrucción creativa y generan, en el mejor de los casos, solamente una cantidad limitada de avance tecnológico. Por lo tanto, el desarrollo que crean dura mientras duran dichas instituciones. La experiencia soviética es un ejemplo claro de este límite. La Unión Soviética generó un crecimiento rápido ya que pronto se puso al día de algunas de las tecnologías avanzadas del mundo y asignó recursos del muy ineficiente sector agrícola al sector industrial. Al final, los incentivos en todos los sectores, desde la agricultura hasta la industria, no pudieron estimular el avance tecnológico. Esto tuvo lugar solamente en algunos núcleos en los que se dirigían los recursos y donde la innovación era fuertemente recompensada debido a su papel en la competencia con Occidente. Sin embargo, el desarrollo soviético, a pesar de ser rápido, estaba condenado a durar poco, y ya perdía impulso en la década de los setenta. La falta de innovación y destrucción creativa no es la única razón por la que existen límites graves al crecimiento bajo instituciones extractivas. La historia de las ciudades-Estado mayas ilustra un fin más siniestro y, por desgracia, más común, de nuevo implícito en la lógica interna de las instituciones extractivas. Como éstas crean beneficios significativos para la élite, habrá fuertes incentivos para que otros luchen para sustituir a la élite actual. Por lo tanto, las luchas internas y la inestabilidad son rasgos inherentes de las instituciones extractivas y no solamente crean más ineficiencias, sino que también suelen revertir la centralización política, en ocasiones incluso conduciendo al fracaso total de la ley y el orden y al caos, como experimentaron las ciudades-Estado mayas tras su éxito relativo durante la era clásica. Aunque sea inherentemente limitado, el crecimiento bajo instituciones extractivas puede parecer espectacular cuando está en marcha. Muchas personas de la Unión Soviética y muchas más en el mundo occidental se quedaron asombradas con el crecimiento soviético de los años veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta e incluso setenta del siglo XX, de la misma forma que las fascina el ritmo vertiginoso del crecimiento económico chino actual. Sin embargo, como comentaremos con más detalle en el capítulo 15, China, bajo el control del Partido Comunista, es otro ejemplo de sociedad que experimenta un crecimiento bajo instituciones extractivas y es igualmente improbable que genere un desarrollo sostenido a menos que emprenda una transformación política fundamental hacia instituciones políticas inclusivas. 6 El distanciamiento Cómo se convirtió Venecia en un museo El grupo de islas que forman Venecia, en el extremo norte del mar Adriático, posiblemente fueran, en la Edad Media, el lugar más rico del mundo, con el conjunto más avanzado de instituciones económicas inclusivas apoyadas por la inclusividad política naciente. Venecia logró su independencia en el 810 d. C. en lo que resultó ser un momento fortuito. La economía de Europa se estaba recuperando del declive que sufrió tras el hundimiento del Imperio romano y reyes como Carlomagno estaban reconstituyendo un poder político central fuerte. Aquello condujo a la estabilidad, a una mayor seguridad y a la expansión del comercio, y Venecia estaba en una situación única para aprovecharlo. Era una nación de navegantes, situada justo en mitad del Mediterráneo. De Oriente llegaban especias, productos fabricados por los bizantinos y esclavos. Venecia se hizo rica. En el año 1050, un siglo después del inicio de su expansión económica, tenía una población de cuarenta y cinco mil personas, cifra que aumentó en más del 50 por ciento, a setenta mil en el año 1200. En 1330, la población había vuelto a aumentar otro 50 por ciento, a ciento diez mil; Venecia era entonces tan grande como París y probablemente tres veces mayor que Londres. Una de las causas principales de la expansión económica de Venecia fue una serie de innovaciones contractuales que hicieron que las instituciones económicas fueran mucho más inclusivas. La más famosa fue la commenda, un tipo de sociedad por acciones rudimentaria que se formaba solamente mientras durara una única misión comercial. En la commenda participaban dos socios, uno «sedentario», el que permanecía en Venecia, y otro que viajaba. El socio sedentario ponía capital en la empresa, mientras que el socio que viajaba acompañaba a la carga. Normalmente, el socio sedentario ponía la mayor parte del capital. Los jóvenes emprendedores que no tenían riquezas podían entrar así en el negocio del comercio viajando con la mercancía. Era una de las principales formas de ascenso social. Si había pérdidas, se repartían de acuerdo con el capital que habían puesto los socios. Si se ganaba dinero, los beneficios se basaban en dos tipos de contratos de commenda. Si la commenda era unilateral, el mercader sedentario proporcionaba el 100 por ciento del capital y recibía el 75 por ciento de los beneficios. Si era bilateral, el mercader sedentario proporcionaba el 67 por ciento del capital y recibía el 50 por ciento de los beneficios. Al estudiar documentos oficiales, se observa lo potente que era la commenda para fomentar el ascenso social. Estos documentos están llenos de nombres nuevos, personas que hasta entonces no habían figurado entre la élite veneciana. En documentos gubernamentales de 960, 971 y 982, el número de nombres nuevos es del 69, 81 y 65 por ciento, respectivamente, de los registrados. Esta inclusividad económica y el ascenso de nuevas familias a través del comercio obligaron al sistema político a ser más abierto todavía. El dux, que gobernaba Venecia, era elegido de por vida por la Asamblea General, que representaba a todos los ciudadanos, aunque en la práctica estaba dominada por un grupo de familias poderosas. El dux tenía mucho poder, pero con el tiempo lo fue perdiendo poco a poco debido a los cambios de las instituciones políticas. A partir de 1032, el dux fue elegido junto con el Consejo Ducal de nueva creación, cuya tarea era garantizar que aquél no llegara a tener un poder absoluto. El primer dux asediado por este Consejo, Domenico Flabianico, era un rico mercader de seda de una familia que no había ocupado ningún alto cargo con anterioridad. Tras el cambio institucional, se produjo una enorme expansión del poder mercantil y naval de Venecia. En 1082, la ciudad consiguió amplios privilegios comerciales en Constantinopla y se creó un barrio veneciano en aquella ciudad que rápidamente llegó a tener diez mil habitantes venecianos. Vemos en este caso que las instituciones económicas y políticas inclusivas empezaban a trabajar conjuntamente. La expansión económica de Venecia, que creó más presión para el cambio político, explotó después de los cambios en las instituciones políticas y económicas cuando el dux fue asesinado en 1171. La primera innovación importante fue la creación de un Gran Consejo que se convertiría en la fuente definitiva de poder político en Venecia a partir de aquel momento. El Gran Consejo estaba formado por quienes ocupaban cargos en el Estado veneciano, como los jueces, y estaba dominado por los aristócratas. Además de los titulares de los cargos, cada año eran nombrados cien miembros nuevos del Consejo por parte de un comité de nombramiento cuyos cuatro integrantes eran elegidos por sorteo por el Gran Consejo existente. Posteriormente, el Consejo también elegía a los miembros para dos subconsejos, el Senado y el Consejo de los Cuarenta, que tenían encomendadas varias tareas legislativas y ejecutivas. El Gran Consejo también elegía al Consejo ducal, que se amplió de dos a seis miembros. La segunda innovación fue la creación de otro consejo, elegido por el Gran Consejo por sorteo, para nombrar al dux. A pesar de que la elección debía ser ratificada por la Asamblea General, como solamente nombraban a una persona, en la práctica la elección del dux estaba en manos del Consejo. La tercera innovación fue que el nuevo dux debía jurar el cargo y atenerse al poder ducal. Con el tiempo, aquellas limitaciones se ampliaron continuamente, con lo que el dux que hubiera en aquel momento tuvo que obedecer a los magistrados y, posteriormente hacer que sus decisiones fueran aprobadas por el Consejo Ducal. Éste también adoptó el papel de garante de que el dux acatara todas las decisiones del Gran Consejo. Estas reformas políticas condujeron a otras innovaciones institucionales: en el ámbito jurídico, la creación de magistrados, tribunales, tribunal de apelación y nuevas leyes relativas a la bancarrota y al contrato privado independientes. Estas nuevas instituciones económicas venecianas permitieron, a su vez, la creación de nuevas formas de negocios legales y nuevos tipos de contrato. Hubo una rápida innovación financiera que, en realidad, supuso el inicio de la banca moderna en esta época en Venecia. La dinámica de Venecia hacia unas instituciones totalmente inclusivas parecía imparable. Sin embargo, Venecia estaba sometida a una gran tensión. El crecimiento económico al que daban apoyo las instituciones venecianas inclusivas iba acompañado de destrucción creativa. Cada nueva ola de jóvenes emprendedores que se hacían ricos a través de la commenda o de otras instituciones económicas similares tendía a reducir los beneficios y el éxito económico de las élites establecidas. Y no solamente redujo sus beneficios, sino también su poder político. Por lo tanto, las élites del Gran Consejo siempre tuvieron la tentación, si podían hacerlo y no sufrir consecuencia alguna, de cerrar el sistema a los nuevos candidatos. Al principio, los miembros del Gran Consejo se elegían cada año. Como vimos, a finales del primer año, se eligieron cuatro electores al azar para proponer a cien miembros durante ese año, que eran elegidos automáticamente. El 3 de octubre de 1286, se propuso al Gran Consejo cambiar las reglas de manera que los nombramientos tuvieran que ser confirmados por una mayoría en el Consejo de los Cuarenta, que estaba estrechamente controlado por las familias de la élite. Esto habría dado a esta élite poder de veto sobre los nuevos nombramientos para el Consejo, lo que no habían tenido anteriormente. La propuesta fue rechazada. El 5 de octubre de 1286, se presentó otra propuesta, y esta vez fue aprobada. A partir de aquel momento, habría una confirmación automática de una persona si sus padres y abuelos habían servido en el Consejo. En caso contrario, era necesaria la confirmación del Consejo Ducal. El 17 de octubre, se aprobó otro cambio de las reglas que estipulaban que el Consejo de los Cuarenta, el dux y el Consejo Ducal debían aprobar cualquier nombramiento para el Gran Consejo. Los debates y las enmiendas constitucionales de 1286 presagiaban la serrata («el cierre») de Venecia. En febrero de 1297, se decidió que quien hubiera sido miembro del Gran Consejo en los cuatro años anteriores recibiría automáticamente un nombramiento y su aprobación. A partir de entonces, los nuevos nombramientos tenían que ser aprobados por el Consejo de los Cuarenta, pero solamente con doce votos. Después del 11 de setiembre de 1298, los miembros y sus familias actuales ya no necesitaban confirmación. El Gran Consejo se cerraba para los de fuera, y los titulares iniciales se habían convertido en una aristocracia hereditaria. Esto se selló en 1315, con el Libro d’Oro, el registro oficial de la nobleza veneciana. Los que no pertenecían a la nobleza naciente no dejarían que sus poderes se erosionaran sin oponer resistencia, y las tensiones políticas fueron aumentando sin parar entre 1297 y 1315. El Gran Consejo respondió parcialmente a estas demandas haciéndose más grande. En un intento de neutralizar a sus adversarios más locuaces, pasó de 450 a 1.500 miembros. Pero esta expansión fue complementada por la represión. En 1310, se introdujo por primera vez una fuerza policial, y hubo un aumento constante en la coacción doméstica, sin duda como forma de solidificar el nuevo orden político. Tras la implantación de la serrata política, el Gran Consejo pasó a adoptar una serrata económica. Al establecimiento de instituciones políticas extractivas, le siguió el cambio a instituciones económicas extractivas. Lo más importante es que se prohibió el uso de los contratos de commenda, una de las grandes innovaciones institucionales que había hecho rica a Venecia. Y no debería ser una sorpresa: la commenda beneficiaba a los nuevos mercaderes y, a partir de aquel momento, la élite establecida intentó excluirlos. Aquél era solamente un paso hacia instituciones económicas más extractivas. El siguiente paso se dio cuando, a partir de 1314, el Estado veneciano empezó a controlar y nacionalizar el comercio. Organizó galeras estatales para que se dedicaran al comercio y, a partir de 1324, empezó a recaudar elevados impuestos a quienes querían dedicarse a esa actividad. El comercio a larga distancia se convirtió en dominio exclusivo de la nobleza, y aquello fue el principio del fin de la prosperidad veneciana. Cuando las principales líneas de negocios pasaron a estar monopolizadas por aquella élite cada vez más reducida, empezó el declive. Venecia iba camino de convertirse en la primera sociedad inclusiva del mundo, pero cayó por un golpe. Las instituciones políticas y económicas se hicieron más extractivas y la ciudad empezó a experimentar el declive económico. En el año 1500, la población se había reducido a cien mil habitantes. Entre los años 1650 y 1800, mientras Europa crecía rápidamente, Venecia se empequeñecía. Actualmente, la única economía de Venecia, aparte de algo de pesca, es el turismo. En lugar de ser pioneros en rutas comerciales e instituciones económicas, los venecianos hacen pizza y helados, y soplan cristal de colores para hordas de extranjeros. Los turistas acuden a ver las maravillas del período anterior a la serrata de Venecia, como el palacio del dux y los leones de la catedral de San Marcos, saqueados de Bizancio cuando Venecia dominaba el Mediterráneo. Venecia dejó de ser un motor económico y se convirtió en un museo. En este capítulo, nos centramos en el desarrollo histórico de instituciones en distintas partes del mundo y explicamos por qué evolucionaron de formas diferentes. En el capítulo 4, vimos cómo las instituciones de Europa occidental se diferenciaban de las de Europa oriental y cómo las de Inglaterra divergían de las del resto de Europa occidental. Fue consecuencia de pequeñas diferencias institucionales, en su mayoría causadas por la deriva institucional que interactuaba con coyunturas críticas. Por lo tanto, resultaría tentador pensar que estas diferencias institucionales son la punta de un iceberg histórico profundo y que, debajo del agua, encontraremos instituciones inglesas y europeas que se alejan inexorablemente de las de los demás lugares, según acontecimientos históricos que se remontan a milenios. Como se suele decir, el resto es historia. Pero el caso es que no es así, por dos motivos. En primer lugar, los movimientos hacia las instituciones inclusivas, tal y como muestra nuestro análisis de Venecia, pueden ser revertidos. Venecia llegó a ser próspera. Sin embargo, sus instituciones políticas y económicas fueron derrocadas, y esa prosperidad cambió por completo. Actualmente, solamente es rica porque muchas personas que consiguen ingresos en otros lugares optan por ir a gastarlos allí para admirar su glorioso pasado. El hecho de que las instituciones inclusivas puedan cambiar totalmente de rumbo muestra que no existe un proceso acumulativo simple de mejora institucional. En segundo lugar, las pequeñas diferencias institucionales que tienen un papel crucial durante las coyunturas críticas son efímeras por naturaleza. Como son pequeñas, se pueden revertir, y reaparecer y revertirse de nuevo. En este capítulo, veremos que, a diferencia de lo que se esperaría de las teorías de la situación geográfica o de las culturas, Inglaterra, donde tuvo lugar el paso decisivo hacia instituciones inclusivas en el siglo XVII, era un páramo, no solamente en los miles de años posteriores a la revolución neolítica en Oriente Próximo, sino también a principios de la Edad Media tras la caída del Imperio romano de Occidente. Las islas Británicas eran marginales para los romanos, y, sin duda, tenían menos importancia que Europa occidental, el Norte de África, los Balcanes, Constantinopla u Oriente Próximo. Cuando el Imperio romano de Occidente se hundió en el siglo V a. C., Gran Bretaña sufrió el declive más absoluto. No obstante, las revoluciones políticas que aportaría finalmente la revolución industrial no se producirían en Italia, en Turquía ni en la Europa continental occidental, sino en las islas Británicas. No obstante, para entender el camino de la revolución industrial inglesa y los países que la siguieron, el legado de Roma es importante por diversas razones. La primera es que Roma, como Venecia, pronto experimentó grandes innovaciones institucionales. Igual que en Venecia, el éxito económico inicial de Roma se basaba en instituciones inclusivas, según los cánones de su época. Como en Venecia, dichas instituciones se hicieron decididamente más extractivas con el paso del tiempo. En Roma, aquella situación fue consecuencia del cambio de la república (510 a. C.-49 a. C.) al imperio (49 a. C.-476 d. C.). Aunque durante el período republicano Roma construyó un imperio impresionante y el transporte y el comercio a larga distancia florecieron, gran parte de la economía romana se basaba en la extracción. La transición de la república al imperio aumentó la extracción y, finalmente, condujo al tipo de luchas internas, inestabilidad y colapso que vimos con las ciudades- Estado mayas. La segunda razón, más importante, es que, como veremos, el desarrollo institucional posterior de Europa occidental, a pesar de no ser un legado directo de Roma, fue consecuencia de las coyunturas críticas comunes a toda la región tras el hundimiento del Imperio romano de Occidente. Estas coyunturas críticas tienen pocos paralelismos con otras partes del mundo, como África, Asia o América, aunque también mostraremos, a través de la historia de Etiopía, que, cuando otros lugares experimentaron coyunturas críticas similares, en ocasiones reaccionaron de formas notablemente parecidas. El declive romano condujo al feudalismo, que, más adelante, hizo desaparecer la esclavitud, creó ciudades que estaban fuera de la esfera de influencia de monarcas y aristócratas y, en ese proceso, hizo posible la existencia de un conjunto de instituciones en las que los poderes políticos de los gobernantes se fueron debilitando. En esta época feudal, la peste negra causaría estragos y reforzaría más a los campesinos y las ciudades independientes a costa de los monarcas, los aristócratas y los grandes latifundistas. Y en este ámbito se desarrollarían las oportunidades creadas por el comercio atlántico. Muchas partes del mundo no experimentaron estos cambios y, en consecuencia, se fueron distanciando. Virtudes romanas... En el año 133 a. C., el tribuno plebeyo romano Tiberio Graco fue golpeado hasta la muerte por senadores romanos y arrojado sin contemplaciones al río Tíber. Sus asesinos eran aristócratas como el propio Tiberio y el asesinato fue orquestado por su primo Publio Cornelio Escipión Nasica. Tiberio Graco tenía un pedigrí aristocrático impecable como descendiente de uno de los líderes más ilustres de la República romana, Lucio Emilio Paulo, héroe de las guerras ilíricas y de las segunda guerra púnica, y Escipión el Africano, el general que derrotó a Aníbal en la segunda guerra púnica. ¿Por qué aquellos poderosos senadores, entre ellos su propio primo, se habían vuelto en su contra? La respuesta dice mucho de las tensiones en la República romana y de las causas de su declive posterior. Lo que enfrentó a Tiberio contra aquellos senadores poderosos fue su voluntad de hacerles frente en una cuestión crucial en aquel momento: la asignación de tierras y los derechos de los plebeyos, los ciudadanos romanos comunes. En la época de Tiberio Graco, Roma era una república bien establecida. Sus instituciones políticas y las virtudes de los ciudadanos-soldados romanos (tal y como captó la famosa obra de Jacques-Louis David Juramento de los Horacios, que muestra a los hijos jurando a sus padres que defenderán la República romana hasta la muerte) todavía son consideradas por muchos historiadores la base del éxito de la República... Los ciudadanos romanos crearon la República derrocando a su rey, Lucio Tarquinio el Soberbio, conocido como Tarquinio el Orgulloso , alrededor de 510 a. C. La república diseñó inteligentemente instituciones políticas con muchos elementos inclusivos. Estaba gobernada por magistrados elegidos por un año. El hecho de que el cargo de magistrado fuera elegido anualmente, y que fuera ocupado por varias personas al mismo tiempo, reducía la capacidad de que una persona en concreto consolidara o explotara su poder. Las instituciones de la República contenían un sistema de controles y equilibrios que repartían el poder bastante ampliamente, aunque no todos los ciudadanos tuvieran la misma representación, porque el voto era indirecto. También había un gran número de esclavos cruciales para la producción en gran parte de Italia, que representaban quizá un tercio de la población. Evidentemente, los esclavos no tenían derechos, y mucho menos representación política. Sin embargo, igual que en Venecia, las instituciones políticas romanas tenían elementos pluralistas. Los plebeyos contaban con su propia asamblea, que podía elegir a la tribuna plebeya, que tenía el poder de vetar acciones de los magistrados, convocar a la asamblea plebeya y proponer leyes. Fueron los plebeyos quienes pusieron a Tiberio Graco en el poder en 133 a. C. Su poder había sido forjado por la «secesión», una forma de huelga por parte de los plebeyos y, sobre todo, los soldados, que consistía en retirarse a una montaña fuera de la ciudad y negarse a cooperar con los magistrados hasta que sus quejas fueran atendidas. Evidentemente, aquella amenaza era particularmente importante en tiempos de guerra. Se supone que, durante una de aquellas secesiones del siglo V a. C., los ciudadanos ganaron el derecho a elegir su tribuna y a promulgar leyes que gobernaran su comunidad. Su protección política y legal, aunque parezca limitada según nuestro criterio actual, creó oportunidades económicas para los ciudadanos y cierto nivel de inclusividad en las instituciones económicas. En consecuencia, el comercio a través del Mediterráneo floreció bajo la República romana. Las pruebas arqueológicas sugieren que, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos y los esclavos no vivieran muy por encima del nivel de subsistencia, muchos romanos, e incluso algunos ciudadanos normales, obtenían rentas elevadas y tenían acceso a servicios públicos como iluminación en las calles y sistema de alcantarillado en las ciudades. Además, existen pruebas de que también hubo cierto crecimiento económico bajo la República romana. Podemos seguir la pista de las fortunas económicas de los romanos a partir de los naufragios. El Imperio que construyeron, en cierto sentido, fue una red de ciudades portuarias (desde Atenas, Antioquía y Alejandría en el este, vía Roma, Cartago y Cádiz, hasta llegar a Londres en el Lejano Occidente). A medida que se ampliaban los territorios romanos, también lo hacían el comercio y la navegación, que se pueden estudiar a partir de los pecios encontrados por los arqueólogos en el fondo del Mediterráneo. Dichos pecios pueden datarse de muchas formas. A menudo, los barcos llevaban ánforas llenas de vino o aceite de oliva, transportadas de Italia a la Galia, o aceite de oliva español que se vendería o repartiría gratis en Roma. Las ánforas, recipientes cerrados de arcilla, solían contener información sobre quién las había hecho y en qué fecha. Justo cerca del río Tíber en Roma, hay una colina, el monte Testaccio, también conocido como monte dei cocci, formado por aproximadamente 53 millones de ánforas. Tras descargar las ánforas de los barcos, éstas eran arrojadas en la colina que, con el paso de los siglos, creó un monte. Otros productos de los barcos, y los propios barcos, a veces se pueden fechar utilizando la datación por radiocarbono, una técnica potente utilizada por los arqueólogos para conocer la edad de los restos orgánicos. Las plantas crean energía mediante fotosíntesis, que utiliza la energía del sol para convertir el dióxido de carbono en azúcares. Mientras lo hacen, incorporan una cantidad de radioisótopos que aparecen de forma natural, el carbono 14. Cuando la planta muere, el carbono 14 se deteriora debido a la desintegración radiactiva. Cuando los arqueólogos encuentran un pecio, pueden datar la madera del barco comparando la fracción restante de carbono 14 que contiene con el que se espera del carbono 14 atmosférico. Así, obtienen una estimación de la fecha en la que se cortó el árbol. Solamente se han datado unos veinte pecios de 500 a. C. Probablemente no fueran barcos romanos; podrían ser cartagineses, por ejemplo. Sin embargo, después, el número de pecios romanos aumenta rápidamente. Alrededor del momento del nacimiento de Cristo, alcanzaron un máximo histórico de ciento ochenta. Los pecios son una forma convincente de descubrir los límites económicos de la República romana y realmente dan pruebas de cierto crecimiento económico, pero deben analizarse con perspectiva. Probablemente, dos terceras partes del contenido de estos barcos era propiedad del Estado romano, como impuestos y tributos que se enviaban de las provincias a Roma, o cereales y aceite de oliva del Norte de África para entregar gratuitamente a los ciudadanos. Son estos frutos de la extracción lo que construyó prácticamente todo el monte Testaccio. Otra forma fascinante de encontrar pruebas de desarrollo económico es mediante el GRIP (Proyecto del Núcleo de Hielo de Groenlandia). Cuando cae un copo de nieve, recoge pequeñas cantidades de contaminación de la atmósfera, sobre todo de metales como el plomo, la plata y el cobre. La nieve se congela y se acumula encima de la nieve que cayó en años anteriores. Este proceso hace milenios que se da, y proporciona una oportunidad inigualable para los científicos de comprender el alcance de la contaminación atmosférica de hace miles de años. Entre 1990 y 1992, el Proyecto sobre el Hielo de Groenlandia perforó tres mil treinta metros de hielo que cubrían unos doscientos cincuenta mil años de historia humana. Uno de los descubrimientos principales de este proyecto y de otros que lo precedieron fue que, a partir de alrededor del año 500 a. C. se había producido un aumento claro en los contaminantes atmosféricos. Las cantidades atmosféricas de plomo, plata y cobre aumentaron de forma constante y alcanzaron un punto máximo en el siglo I d. C. Cabe destacar que esta cantidad de plomo atmosférico solamente se vuelve a dar en el siglo XIII. Estos descubrimientos muestran lo intensa que fue la minería romana en comparación con lo que hubo antes y después. Este aumento de la minería indica claramente que hubo expansión económica. Sin embargo, el desarrollo romano no era sostenible, y se daba bajo instituciones en parte inclusivas y en parte extractivas. Los ciudadanos romanos tenían derechos políticos y económicos, pero la esclavitud estaba extendida y era muy extractiva, y la élite, la clase senatorial, dominaba tanto la economía como la política. A pesar de la presencia de la asamblea plebeya y el tribuno plebeyo, por ejemplo, el poder real descansaba en el Senado, cuyos miembros eran los grandes terratenientes que formaban la clase senatorial. De acuerdo con el historiador romano Livio, el Senado fue creado por el primer rey de Roma, Rómulo, y estaba formado por cien hombres. Sus descendientes formaban la clase senatorial, aunque también se añadió sangre nueva. El reparto de las tierras era muy desigual y lo más probable es que lo fuera todavía más en el siglo II a. C. Ésa fue la raíz de los problemas que Tiberio Graco llevó al foro como tribuno. A medida que continuaba su expansión por el Mediterráneo, Roma experimentó una gran entrada de riquezas. No obstante, la mayor parte de este botín se quedaba en manos de unas pocas familias de rango senatorial, lo que aumentó la desigualdad entre ricos y pobres. Los senadores debían su riqueza no solamente a su control de las provincias lucrativas, sino también a las enormes fincas que poseían por toda Italia, en las que trabajaban grupos de eslavos que normalmente habían sido capturados en las guerras contra Roma. Pero también tenía importancia de dónde procedían las tierras de estas fincas. Los ejércitos de Roma durante la República estaban formados por ciudadanos-soldados que eran pequeños terratenientes, primero en Roma y más tarde en otras partes de Italia. Tradicionalmente, luchaban en el ejército cuando era necesario y, después, volvían a sus parcelas. A medida que Roma se expandía y las campañas duraban más, este modelo dejó de funcionar. A veces, los soldados estaban fuera de las parcelas durante años, por lo que muchas tierras caían en desuso. Las familias de los soldados en ocasiones se encontraban asfixiadas por las deudas y prácticamente se morían de hambre. Por eso, muchas parcelas se fueron abandonando gradualmente y fueron absorbidas por las fincas de los senadores. A medida que la clase senatorial se hacía más y más rica, la gran masa de ciudadanos sin tierra se fue a Roma, a menudo después de haber sido despedidos del ejército. Y al no tener tierra a la que volver, buscaban trabajo en Roma. A finales del siglo II a. C., la situación había llegado a un punto peligroso, porque la brecha entre ricos y pobres había aumentado hasta llegar a niveles sin precedentes y porque había hordas de ciudadanos descontentos en Roma dispuestos a rebelarse y a enfrentarse a la aristocracia romana en respuesta a estas injusticias. Sin embargo, el poder político residía en los terratenientes ricos de la clase senatorial, que eran los beneficiarios de los cambios que se habían producido durante los dos últimos siglos. Y la mayoría no tenía intención de cambiar el sistema que le había ido tan bien. Según el historiador romano Plutarco, Tiberio Graco, cuando viajaba por Etruria, situada en lo que es actualmente el centro de Italia, se enteró de las dificultades por las que pasaban las familias de los ciudadanos-soldados. Ya fuera por esta experiencia o por fricciones anteriores con los poderosos senadores de su tiempo, pronto se embarcaría en un osado plan para cambiar la asignación de tierras en Italia. Se presentó a tribuno plebeyo en el año 133 a. C. y, después, utilizó su cargo para proponer una reforma de la tierra. Propuso que una comisión investigara si las tierras públicas se estaban ocupando ilegalmente y que las que superaran el límite legal de 300 acres se repartieran a los ciudadanos romanos que no tenían tierras. De hecho, el límite de los 300 acres formaba parte de una antigua ley que había sido ignorada y que no se había acatado durante siglos. La propuesta de Tiberio Graco causó conmoción en la clase senatorial, que pudo bloquear la implantación de estas reformas durante un tiempo. Cuando Tiberio logró utilizar el poder de la multitud que le apoyaba para eliminar a otro tribuno que amenazaba con vetar su reforma de tierras, finalmente se fundó la comisión que había propuesto. Sin embargo, el senado impidió su implantación dejando a la comisión sin fondos. La situación se agravó cuando Tiberio Graco reclamó para su comisión de reforma de la tierra los fondos legados por el rey de la ciudad griega de Pérgamo al pueblo romano. También intentó presentarse a tribuno una segunda vez, en parte porque tenía miedo de que el Senado le persiguiera tras haberse retirado. Aquel intento dio la excusa a los senadores para acusar a Tiberio de pretender declararse rey. Él y sus defensores fueron atacados y muchos fueron asesinados. El propio Tiberio Graco fue uno de los primeros en caer, a pesar de que su muerte no resolvía el problema. Hubo otros que intentaron reformar la distribución de la tierra y otros aspectos de la economía y la sociedad romanas. Muchos tendrían un destino similar. El hermano de Tiberio Graco, Cayo, por ejemplo, también fue asesinado por los terratenientes, tras haber tomado el testigo de su hermano. Estas tensiones volverían a aflorar de forma periódica durante el siglo siguiente cuando, por ejemplo, condujeron a la «guerra social» entre los años 91 y 87 a. C. El defensor agresivo de los intereses senatoriales, Lucio Cornelio Sila, no sólo suprimió brutalmente las demandas de cambio, sino que también redujo notablemente los poderes de los tribunos de la plebe. Las mismas cuestiones también serían un factor central para el apoyo que Julio César recibiría del pueblo romano en su lucha contra el Senado. Las instituciones políticas que formaban la base de la República romana fueron derrocadas por Julio César en el año 49 a. C. cuando trasladó su legión a través del Rubicón, el río que separaba las provincias romanas de la Galia Cisalpina de Italia. Roma cayó en manos del César y estalló otra guerra civil. Y aunque salió victorioso, fue asesinado por senadores descontentos dirigidos por Bruto y Casio en 44 a. C. La República romana nunca volvió. Estalló una nueva guerra civil entre los partidarios del César, sobre todo Marco Antonio y Octavio, y sus enemigos. Después de la victoria de Marco Antonio y Octavio, se enfrentaron entre ellos, hasta que Octavio venció en la batalla de Accio en el 31 a. C. Un año después, y durante los siguientes cuarenta y cinco años, Octavio, conocido después de 28 a. C. como César Augusto, gobernó Roma solo. Creó el Imperio romano, aunque él prefería el título de princep, «primero entre iguales», y denominó «principado» al régimen. En el mapa 11, se muestra el Imperio romano en su máxima extensión en el año 117 d. C. También incluye el río Rubicón, que César cruzó tan fatalmente. Fue esta transición de república a principado y, después, el imperio puro, lo que sentó las bases para el declive de Roma. Las instituciones políticas parcialmente inclusivas, que habían supuesto la base del éxito económico fueron socavadas gradualmente. Ni la República romana, que creó unas reglas de juego que favorecían a la clase senatorial y a otros romanos ricos, no fue un régimen absolutista y nunca había concentrado tanto poder en un único cargo. Pero Augusto desencadenó unos cambios políticos similares a los de la serrata veneciana, que posteriormente tendrían consecuencias económicas importantes. Y como resultado de estos cambios, en el siglo V d. C., el Imperio romano de Occidente, como fue denominado el oeste tras separarse del este, se había debilitado desde el punto de vista económico y militar y estaba al borde del colapso. ... Vicios romanos Flavio Aecio fue uno de los personajes fuera de lo común del Imperio romano tardío, llamado «el último romano» por Edward Gibbon, autor de Historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Entre 433 y 454 d. C., cuando fue asesinado por el emperador Valentiniano III, el general Aecio probablemente fuera la persona con más poder del Imperio. Desarrolló tanto la política nacional como la exterior, y libró varias batallas cruciales contra los bárbaros y contra otros romanos en guerras civiles. Era el único entre los generales con poder que luchaban en guerras civiles que no pretendía ser emperador. Desde el fin del siglo II, la guerra civil se había convertido en un hecho cotidiano en el Imperio romano. Desde la muerte de Marco Aurelio en 180 d. C. hasta la caída del Imperio romano de Occidente en 476 d. C., prácticamente no hubo ninguna década sin guerra civil un palace coup contra un emperador. Pocos emperadores murieron por causas naturales o en una batalla, la mayoría fueron asesinados por usurpadores o por sus propias tropas. La carrera de Aecio ilustra los cambios desde la República romana y el imperio inicial al Imperio romano tardío. No solamente esta participación en guerras civiles continuas y su poder en todos los ámbitos del imperio contrastan con el mucho más limitado poder de los generales y los senadores durante períodos anteriores, sino que también destaca cómo cambiaron radicalmente las fortunas de los romanos en los siglos intermedios en otros aspectos. Durante el Imperio romano tardío, los denominados bárbaros, que inicialmente fueron dominados e incorporados a los ejércitos romanos o utilizados como esclavos, pasaron a controlar muchas partes del imperio. De joven, Aecio había sido capturado por los bárbaros, primero por los godos comandados por Alarico y después por los hunos. Las relaciones romanas con estos bárbaros indican cómo habían cambiado las cosas desde la República. Alarico era tanto un enemigo feroz como un aliado, tanto que, en 405, fue nombrado uno de los generales de más alto rango del ejército romano. Sin embargo, el plan fue temporal. En 408, Alarico ya luchaba contra los romanos, invadió Italia y saqueó Roma. Los hunos también eran a la vez enemigos poderosos y aliados frecuentes de los romanos, y aunque también tomaron a Aecio como rehén, posteriormente lucharon a su lado en una guerra civil. Sin embargo, los hunos no se quedaban mucho tiempo en un mismo bando y, bajo Atila, libraron una gran batalla contra los romanos en 451, en el Rin. Esta vez eran los godos, bajo el mando de Teodorico, quienes defendían a los romanos. Nada de esto impidió que las élites romanas intentaran satisfacer a los jefes bárbaros, a menudo no para proteger los territorios romanos, sino para tener el control de las luchas de poder internas. Por ejemplo, los vándalos, con su rey Genserico al frente, devastaron grandes partes de la península Ibérica y, posteriormente, conquistaron los graneros romanos del Norte de África a partir de 429. La respuesta romana fue ofrecer como esposa para Genserico a la hija del emperador Valentiniano III, que entonces era una niña. En aquel momento, Genserico estaba casado con la hija de uno de los líderes de los godos, pero aquello no le detuvo. Anuló el matrimonio con la excusa de que su esposa intentaba asesinarlo y la envió de nuevo con su familia tras mutilarla cortándole las orejas y la nariz. Por suerte, la futura esposa, debido a su corta edad, permaneció en Italia y nunca consumó su matrimonio con Genserico. Posteriormente, se casaría con otro general poderoso, Petronio Máximo, el cerebro del asesinato de Aecio por parte del emperador Valentiniano III, quien, al cabo de poco tiempo, también fue asesinado en un complot urdido por Máximo. Posteriormente, Máximo se declaró emperador, pero su reinado sería muy corto. Acabó con su muerte durante la gran ofensiva de los vándalos, comandada por Genserico, contra Italia, que vio la caída y el salvaje saqueo de Roma. A principios del siglo V, los bárbaros estaban literalmente en las puertas. Algunos historiadores defienden que si llegaron hasta allí fue porque eran los oponentes más formidables a los que se enfrentaron los romanos durante el imperio tardío. Sin embargo, el éxito de los godos, los hunos y los vándalos contra Roma fue un síntoma, no la causa, del declive romano. Durante la República, Roma se había enfrentado a oponentes mucho más amenazadores y organizados, como los cartagineses. Las causas del declive de Roma fueron muy similares a las que llevaron a las ciudades-estado mayas a la decadencia. Las instituciones políticas y económicas de Roma eran cada vez más extractivas, y generaron su desaparición porque causaron luchas internas y guerras civiles. Los orígenes del declive se remontan, como mínimo, a la toma del poder por Augusto, que puso en marcha cambios que hicieron que las instituciones políticas fueran mucho más extractivas. Hubo cambios en la estructura del ejército, que hicieron que la secesión fuera imposible, con lo que eliminaron un elemento crucial que garantizaba la representación política para los romanos comunes. El emperador Tiberio, que siguió a Augusto en el año 14 d. C., abolió la asamblea plebeya y transfirió sus poderes al Senado. En lugar de una voz política, los ciudadanos romanos pasaron a recibir trigo gratis y, posteriormente, aceite de oliva, vino y cerdo, y gozaban de entretenimientos gracias al circo y a los combates de gladiadores. Con las reformas de Augusto, los emperadores empezaron a desconfiar del ejército formado por ciudadanos-soldados y a confiar más en la guardia pretoriana, el grupo de élite de soldados profesionales creado por Augusto. La guardia en sí pronto se convertiría en un intermediario independiente importante de aquel que se convirtiera en emperador, a menudo no por medios pacíficos, sino mediante intrigas y guerras civiles. Augusto también reforzó la aristocracia contra los ciudadanos romanos comunes, y la desigualdad creciente que había fundamentado el conflicto entre Tiberio Graco y los aristócratas continuó, quizá incluso se reforzara. La acumulación de poder en el centro hizo que los derechos de propiedad de los romanos corrientes fueran menos seguros. Las tierras del Estado también se ampliaron con el imperio como consecuencia de la confiscación y aumentaron hasta llegar a ser la mitad de las tierras en muchas partes del Imperio. Los derechos de propiedad se hicieron particularmente inestables por la concentración del poder en manos del emperador y su entorno. Era un modelo no demasiado distinto a lo que sucedió en las ciudades-Estado mayas, y aumentaron las luchas internas para hacerse con el control de esta posición poderosa. Las guerras civiles se convirtieron en algo habitual, incluso antes del caótico siglo V, cuando los bárbaros tenían el poder supremo. Por ejemplo, Septimio Severo se hizo con el poder de Didio Juliano, que se había nombrado a sí mismo emperador tras el asesinato de Pertinax en 193 d. C. Severo, el tercer emperador en el denominado «año de los cinco emperadores», declaró la guerra contra sus pretendientes rivales, los generales Pescenio Nigro y Clodio Albino, que fueron finalmente derrotados en los años 194 y 197 d. C., respectivamente. Severo confiscó todas las propiedades de estos adversarios perdedores en la guerra civil posterior. Hubo gobernantes capaces, como Trajano (98-117 d. C.), Adriano y Marco Aurelio en el siglo siguiente, que hubieran podido contener el declive, pero ninguno quiso abordar los problemas institucionales fundamentales. Ninguno de ellos propuso abandonar el imperio ni recrear instituciones políticas efectivas siguiendo la línea establecida por la República romana. Marco Aurelio, con sus éxitos, dio paso a su hijo Cómodo, que fue más como Calígula o Nerón que como su padre. El aumento de la inestabilidad era evidente por el diseño y la ubicación de los pueblos y las ciudades del Imperio. En el siglo III d. C., todas las ciudades grandes del Imperio tenían una muralla defensiva. En muchos casos, se derribaron monumentos para conseguir piedra con la que construir las fortificaciones. En la Galia, antes de que llegaran los romanos en 125 a. C., era habitual construir los asentamientos en la cima de las colinas, ya que así se defendían con más facilidad. Con la llegada inicial de Roma, los asentamientos se trasladaron a las llanuras, pero en el siglo III la tendencia se invirtió. Junto con la inestabilidad política creciente, llegaron cambios en la sociedad que hicieron que las instituciones económicas fueran más extractivas. Aunque el derecho a la ciudadanía se amplió hasta el punto de que en 212 d. C. casi todos los habitantes del Imperio eran ciudadanos, este cambio llegó acompañado de modificaciones en el estado de los ciudadanos, y cualquier posible igualdad ante la ley se deterioró. Por ejemplo, en el reino de Adriano (117-138 d. C.), había diferencias claras en los tipos de leyes aplicadas a distintas categorías de ciudadanos romanos. Y el papel de los ciudadanos era completamente distinto a como había sido en los días de la República romana, cuando eran capaces de ejercer cierto poder sobre las decisiones políticas y económicas a través de las asambleas de Roma. La esclavitud continuaba siendo una constante en todo el territorio romano, aunque existe controversia sobre si el porcentaje de esclavos con respecto del total de la población realmente se redujo con los siglos. También es importante destacar que, a medida que se desarrollaba el Imperio, cada vez más agricultores se veían reducidos a un estado de semiesclavitud y quedaban atados a la tierra. El estatus de estos coloni serviles se comenta ampliamente en documentos legales como el Codex Theodosianus y el Codex Justinianus, y probablemente se originó durante el reinado de Diocleciano (284-305 d. C.). Los derechos de los terratenientes sobre los coloni fueron aumentando progresivamente. En el año 332, el emperador Constantino permitió que los terratenientes encadenaran a un coloni si sospechaban que intentaba escapar y, a partir del 365 d. C., los coloni no podían vender sus propios bienes sin el permiso de su terrateniente. Los pecios y los núcleos de hielo de Groenlandia sirven para descubrir la expansión económica de Roma durante los períodos iniciales, pero también para hacer un seguimiento de su declive. En 500 d. C., sus ciento ochenta barcos se redujeron a veinte. Roma se hundía, así como el comercio en el Mediterráneo, y algunos estudiosos incluso afirman que no volvió a alcanzar el auge de los tiempos romanos hasta el siglo XIX. El hielo de Groenlandia nos cuenta una historia similar. Los romanos utilizaron plata para acuñar monedas y el plomo tenía muchos usos, como la fabricación de cañerías y vajillas. Tras llegar a un máximo histórico en el siglo I d. C., los depósitos de plomo, plata y cobre de los núcleos de hielo disminuyeron. La experiencia del desarrollo económico durante la República romana fue impresionante, similar al resto de los ejemplos de desarrollo bajo instituciones extractivas, como la Unión Soviética. Sin embargo, el crecimiento estaba limitado y no era sostenido, ni teniendo en cuenta que se produjo bajo instituciones parcialmente inclusivas. Se basaba en una productividad agrícola relativamente elevada, importantes tributos recaudados en las provincias y el comercio a larga distancia, pero no estaba fundamentado en el avance tecnológico ni en la destrucción creativa. Los romanos heredaron algunas tecnologías básicas, herramientas y armas de hierro, alfabetización, agricultura con arado y técnicas de construcción. Al principio de la República, crearon otras: la albañilería con cemento, las bombas y la rueda hidráulica. No obstante, la tecnología se estancó a lo largo del Imperio romano. Por ejemplo, en navegación, hubo pocos cambios en el diseño y aparejo de los barcos y los romanos nunca desarrollaron el timón de popa, sino que dirigían los barcos con remos. Las ruedas hidráulicas se extendieron muy despacio, de forma que la energía hidráulica nunca revolucionó la economía romana. Algunos grandes logros, como los acueductos y las alcantarillas de las ciudades, utilizaban tecnología ya existente, aunque los romanos la perfeccionaron. Podía haber cierto crecimiento económico sin innovación, debido a la tecnología existente, pero se trataba de crecimiento sin destrucción creativa. Y no duró. Como los derechos de propiedad se hicieron más inseguros y los derechos económicos de los ciudadanos siguieron al declive de sus derechos políticos, el desarrollo económico también se redujo. Cabe destacar que la creación y expansión de las nuevas tecnologías del período romano parecen haber sido impulsadas por el Estado. Es una buena noticia, hasta que el gobierno decide que no está interesado en el desarrollo tecnológico (un caso demasiado común debido al temor a la destrucción creativa). El gran escritor romano Plinio el Viejo cuenta la siguiente historia. durante el reinado del emperador Tiberio, un hombre inventó un vidrio irrompible y fue a ver al emperador pensando que conseguiría una gran recompensa. Hizo una demostración de su invento y Tiberio le preguntó si se lo había enseñado a alguien más. Cuando el hombre respondió que no, el emperador hizo que se lo llevaran y que lo mataran «para que el valor del oro no se reduzca al del barro». Esta historia nos enseña dos cosas interesantes. La primera es que aquel hombre se dirigió a Tiberio, en primer lugar, para obtener su recompensa, no pensó en crear una empresa y obtener beneficios vendiendo el vidrio, lo que ejemplifica el papel del gobierno romano en el control de la tecnología. La segunda es que Tiberio se alegró de destruir la innovación por los efectos económicos adversos que habría tenido. Éste es el temor a los efectos económicos de la destrucción creativa. También existen pruebas directas del período del Imperio del temor a las consecuencias políticas de la destrucción creativa. Suetonio cuenta que un hombre se dirigió al emperador Vespasiano, que gobernó entre 69 y 79 d. C., para decirle que había inventado un dispositivo para transportar columnas al Capitolio, la ciudadela de Roma, a un coste relativamente bajo. Las columnas eran grandes, pesadas y muy difíciles de transportar. Transportarlas desde las minas hasta Roma, donde se hacían, implicaba la mano de obra de miles de personas, lo que suponía un gran gasto para el gobierno. Vespasiano no mató al hombre, pero se negó a utilizar la innovación, y declaró: «¿Cómo podré entonces alimentar al pueblo?». De nuevo, un inventor se dirigía al gobierno. Quizá fuera más natural que con el vidrio irrompible, porque el gobierno romano estaba más implicado en el transporte y la elaboración de columnas. Pero, otra vez, la innovación fue rechazada por la amenaza que suponía la destrucción creativa, no tanto por su impacto económico, sino por el temor a la destrucción política creativa. Vespasiano estaba preocupado porque, a menos que mantuviera al pueblo feliz y bajo control, aquel cambio sería políticamente desestabilizador. Los plebeyos romanos tenían que mantenerse ocupados y debían ser maleables, así que estaba bien tener trabajo que darles, como trasladar columnas de un sitio a otro. Esto complementaba el pan y el circo, que también se daban gratis a la población para mantenerla contenta. Quizá sea revelador que ambos casos tuvieran lugar poco después del hundimiento de la República. Los emperadores romanos tenían mucho más poder para bloquear el cambio que los gobernadores romanos durante la República. Otra razón importante para la falta de innovación tecnológica fue la prevalencia de la esclavitud. A medida que los territorios controlados por los romanos se extendían, un gran número de personas eran esclavizadas y, a menudo, las llevaban a Italia para trabajar en grandes fincas. Muchos ciudadanos de Roma no necesitaban trabajar porque sus ingresos procedían del gobierno. ¿Dónde se iba a originar la innovación? Hemos defendido la idea de que ésta procede de personas nuevas, con nuevas ideas, que desarrollan nuevas soluciones para viejos problemas. En Roma, las personas que producían eran esclavos y, posteriormente, coloni semiserviles, que, obviamente, tenían pocos incentivos para innovar puesto que serían sus amos, y no ellos, quienes se beneficiarían de cualquier innovación. Como veremos muchas veces en este libro, las economías basadas en la represión del trabajo y los sistemas como la esclavitud y la servidumbre carecen claramente de innovación. Esto es así desde el mundo antiguo hasta la era moderna. Por ejemplo, en Estados Unidos, los estados del norte participaron en la revolución industrial, pero los del sur, no. Evidentemente, la esclavitud y la servidumbre crearon una riqueza enorme para quienes tenían esclavos y controlaban a los siervos, pero no crearon innovación tecnológica ni prosperidad para la sociedad. Ya nadie escribe desde Vindolanda Hacia 43 d. C., el emperador romano Claudio había conquistado Inglaterra, pero no Escocia. El gobernador romano Agrícola hizo un último esfuerzo infructuoso y abandonó y en 85 d. C. construyó una serie de fuertes para proteger la frontera norte de Inglaterra. Uno de los mayores se encontraba en Vindolanda, a 56 kilómetros al oeste de Newcastle. Aparece en el mapa 11 en el extremo noroeste del Imperio romano. Más tarde, Vindolanda fue incorporada al muro defensivo de 136 kilómetros que construyó el emperador Adriano, pero en 103 d. C., cuando el centurión romano Cándido fue estacionado allí, era un fuerte aislado. Cándido participaba con su amigo Octavio en el suministro de la guarnición romana y recibió la respuesta de Octavio a una carta que había escrito: Octavio a su hermano Cándido. Saludos. Te he escrito varias veces que he comprado alrededor de cinco mil modios de espigas de grano, por lo cual necesito efectivo. Si no me envías dinero, al menos quinientos denarios, la consecuencia será que perderé lo que he dejado en depósito, unos trescientos denarios, y quedaré avergonzado. Por eso, te pido que me envíes algo de dinero tan pronto como sea posible. El cuero que mencionas está en Cataractonium. Escribe para que me lo den, así como el carro que mencionas. Ya los habría recogido pero no quería que se lastimaran los animales mientras las carreteras todavía están mal. Habla con Tertio sobre los ocho denarios y medio que recibió de Fatalis. Él no los ha registrado en mi cuenta. Asegúrate de enviarme dinero para que pueda tener espigas de grano en la era. Saluda a Espectato y Firmo. Adiós. La correspondencia entre Cándido y Octavio ilustra algunas facetas significativas de la prosperidad económica de la Inglaterra romana. Revela que había una economía monetaria avanzada con servicios financieros, que existían carreteras, aunque a veces estuvieran en malas condiciones. También señala la presencia de un sistema fiscal que aumentaba los impuestos para pagar el sueldo de Cándido. Y lo más evidente, que ambos hombres estaban alfabetizados y eran capaces de beneficiarse de algún tipo de servicio postal. La Inglaterra romana también se benefició de la fabricación en masa de cerámica de alta calidad, sobre todo en Oxfordshire; de centros urbanos con baños y edificios públicos, y de técnicas de construcción de casas que utilizaban mortero y tejas para los tejados. Hacia el siglo IV, todo empezó a hundirse y, después de 411 d. C., el Imperio romano abandonó Inglaterra. Se retiraron las tropas, las que se quedaron no recibían sueldos y, cuando se hundió el Estado romano, la población local expulsó a los administradores. En el año 450 d. C., estos signos de prosperidad económica habían desaparecido. El dinero dejó de circular. Las áreas urbanas fueron abandonadas y los edificios, despojados de sus piedras. Las carreteras quedaron recubiertas de maleza. El único tipo de cerámica que se fabricaba era cruda y hecha a mano, no manufacturada. El pueblo se olvidó de utilizar el mortero para construir, y la alfabetización se redujo notablemente. Los tejados se hacían con ramas, no con tejas. Nadie escribía ya desde Vindolanda. Después de 411 d. C., Inglaterra experimentó tal hundimiento económico que se convirtió en un páramo (y no por primera vez). En el capítulo anterior, vimos que la revolución neolítica empezó en Oriente Próximo alrededor del año 9500 a. C. Cuando los habitantes de Jericó y Abu Hureyra vivían en pueblos pequeños y se dedicaban a la agricultura, los habitantes de Inglaterra todavía cazaban y recolectaban, y seguirían haciéndolo durante como mínimo otros cinco mil quinientos años. Ni siquiera entonces los ingleses inventaron la agricultura ni la ganadería, sino que ambas actividades les llegaron del exterior, gracias a los Inmigrantes que se extendieron por Europa durante miles de años procedentes de Oriente Próximo. Mientras los habitantes de Inglaterra se ponían al día de aquellas grandes innovaciones, los de Oriente Próximo inventaban ciudades, la escritura y la cerámica. En 3500 a. C. aparecieron grandes ciudades como Uruk y Ur en Mesopotamia, el Irak moderno. Uruk pudo haber tenido una población de catorce mil habitantes en 3500 a. C. y de cuarenta mil poco después. El torno de ceramista fue inventado en Mesopotamia aproximadamente al mismo tiempo que el transporte mediante ruedas. La capital egipcia de Menfis emergió como gran ciudad poco después. La escritura apareció de forma independiente en ambas regiones. Cuando los egipcios construían las grandes pirámides de Guiza alrededor de 2500 a. C., los ingleses levantaban su monumento antiguo más famoso, el círculo de piedras de Stonehenge. No estaba mal para los cánones ingleses, pero ni siquiera era lo bastante grande para haber albergado uno de los barcos ceremoniales enterrados a los pies de la pirámide del rey Keops. Inglaterra continuó atrasada y tomando elementos prestados de Oriente Próximo y del resto de Europa incluso hasta el período romano. A pesar de contar con una historia tan poco prometedora, fue allí donde apareció la primera sociedad realmente inclusiva y donde se puso en marcha la revolución industrial. Tal y como comentamos en el capítulo 4, dichos cambios fueron resultado de una serie de interacciones entre coyunturas críticas y pequeñas diferencias institucionales, como, por ejemplo, la peste negra y el descubrimiento de América. La divergencia inglesa tenía raíces históricas, pero la visión de Vindolanda sugiere que aquellas raíces no eran tan profundas y, sin duda, no estaban predeterminadas por la historia. No se plantaron durante la revolución neolítica ni durante los siglos de hegemonía romana. En 450 d. C., al principio de lo que los historiadores solían llamar la edad de las Tinieblas, Inglaterra había vuelto a la pobreza y al caos político. No habría un Estado centralizado efectivo en Inglaterra durante cientos de años. Caminos divergentes La creación de instituciones inclusivas y el desarrollo industrial posterior en Inglaterra no fue resultado de un legado directo de las instituciones romanas (ni de otras anteriores). Esto no significa que no ocurriera nada significativo con la caída del Imperio romano de Occidente, puesto que fue un acontecimiento crucial y afectó a la mayor parte de Europa. Distintas partes de Europa compartían las mismas coyunturas críticas, así que sus instituciones se separarían de una forma parecida, quizá de una forma típicamente europea. La caída del Imperio romano fue una parte crucial de aquellas coyunturas críticas comunes. Pero este camino europeo contrasta con los de otras partes del mundo, como el África subsahariana, Asia y América, que se desarrollaron de otro modo en parte porque no se enfrentaron a las mismas coyunturas críticas. La Inglaterra romana cayó con un gran estruendo. No ocurrió lo mismo en Italia, ni en la Galia romana (la Francia moderna), ni siquiera en el Norte de África, donde muchas de las viejas instituciones perduraban de alguna manera. Sin embargo, no hay duda de que el cambio del dominio de un Estado romano único a una plétora de Estados dirigidos por francos, visigodos, ostrogodos, vándalos y borgoñones fue significativo. El poder de aquellos Estados era mucho más débil y fueron sacudidos por una larga serie de incursiones de sus periferias. Desde el norte llegaban los daneses en sus barcos vikingos. Desde el este llegaban los jinetes hunos. Por último, la aparición del islam como religión y fuerza política en el siglo siguiente a la muerte de Mahoma, en 632 d. C., condujo a la creación de nuevos Estados islámicos en la mayor parte del Imperio bizantino, el Norte de África y España. Estos procesos comunes sacudieron Europa y, tras ellos, apareció un tipo concreto de sociedad que suele recibir el nombre de feudalismo. La sociedad feudal estaba descentralizada porque los Estados centrales fuertes estaban atrofiados, aunque algunos gobernantes como Carlomagno intentaran reconstruirlos. Las instituciones feudales, que se basaban en el trabajo por coacción (los siervos), eran evidentemente extractivas y fueron la base de un largo período de crecimiento lento y extractivo en Europa durante la Edad Media. Sin embargo, también fueron importantes para avances futuros. Por ejemplo, durante la reducción de la población rural al estatus de siervos, la esclavitud desapareció de Europa. Las élites podían reducir toda la población rural a la condición de siervo, por lo que no parecía necesario tener una clase distinta de esclavos como la que habían tenido sociedades anteriores. El feudalismo también creó un vacío de poder en el que las ciudades independientes especializadas en la producción y el comercio podían florecer. Sin embargo, cuando cambió el equilibrio de poder después de la peste negra y la servidumbre empezó a hundirse en Europa occidental, se sentaron las bases para el nacimiento de una sociedad más pluralista sin presencia de esclavos. Las coyunturas críticas que dieron lugar a la sociedad feudal eran evidentes, pero no estaban completamente limitadas a Europa. Se puede hacer una comparación relevante con el moderno país africano de Etiopía, que se desarrolló a partir del reino de Aksum, fundado en el norte del país alrededor de 400 a. C. Aksum era un reino relativamente desarrollado para su época que realizó transacciones comerciales internacionales con la India, Arabia, Grecia y el Imperio romano. En muchos aspectos, era comparable al Imperio romano de Oriente durante este período. Utilizaba dinero, construía carreteras y edificios públicos monumentales y tenía una tecnología muy similar, por ejemplo, en agricultura y navegación. También existen paralelismos ideológicos interesantes entre Aksum y Roma. En 312 d. C., el emperador romano Constantino se convirtió al cristianismo, igual que el rey Ezana de Aksum aproximadamente en el mismo momento. En el mapa 12, se muestra la situación del Estado histórico de Aksum en las actuales Etiopía y Eritrea, con puestos avanzados en el mar Rojo en Arabia Saudí y el Yemen. Roma cayó, igual que Aksum, y su declive histórico siguió un patrón similar al del Imperio romano de Occidente. El papel que representaron los hunos y los vándalos en el declive de Roma fue adoptado por los árabes que, en el siglo VII, se expandieron hasta el mar Rojo y la península Arábiga. Aksum perdió sus colonias de Arabia y sus rutas comerciales, y aquello precipitó el declive económico. Se dejó de acuñar moneda, la población urbana descendió y el Estado se volvió a concentrar en el interior del país y en las tierras altas de la Etiopía moderna. En Europa, las instituciones feudales aparecieron tras el hundimiento de la autoridad estatal central. Lo mismo ocurrió en Etiopía, de acuerdo con el sistema denominado gult, que suponía una concesión de tierra por parte del emperador. La institución se menciona en manuscritos del siglo XIII, aunque pudo haberse originado mucho antes. El término gult deriva de una palabra amárica que quiere decir «asignó un feudo». Significaba que, a cambio de la tierra, el poseedor del g u l t debía proporcionar servicios al emperador, sobre todo de tipo militar. El poseedor del gult tenía derecho a cobrar un tributo a quienes trabajaran la tierra. Varias fuentes históricas sugieren que los poseedores de un gult recaudaban entre la mitad y tres cuartas partes de la producción agrícola de los campesinos. Este sistema tuvo un desarrollo independiente con similitudes notables con el feudalismo europeo, pero probablemente fuera todavía más extractivo. En el momento álgido del feudalismo en Inglaterra, los siervos se enfrentaban a una extracción menos gravosa y debían entregar alrededor de la mitad de su producción a sus señores de una forma u otra. Sin embargo, Etiopía no representaba a África, puesto que en todo el resto del continente la esclavitud no fue sustituida por la servidumbre, sino que la esclavitud africana y las instituciones que la apoyaban continuaron durante muchos siglos más. Incluso el camino definitivo de Etiopía sería muy distinto. Después del siglo VII, permaneció aislada en las montañas del este de África de los procesos que posteriormente influirían en el camino institucional de Europa, como la aparición de ciudades independientes, las limitaciones nacientes sobre los monarcas y la expansión del comercio por el Atlántico tras el descubrimiento de América. Por lo tanto, en general, no se cuestionó su versión de las instituciones absolutistas. El continente africano interaccionaría posteriormente con una capacidad muy distinta con Europa y Asia. El este de África se convirtió en un proveedor principal de esclavos para el mundo árabe, y el oeste y el centro de África participarían en la economía mundial durante la expansión europea asociada al comercio atlántico como proveedores de esclavos. El hecho de que el comercio atlántico condujera a caminos tan marcadamente divergentes entre Europa occidental y África es otro ejemplo de la divergencia institucional resultante de la interacción entre coyunturas críticas y diferencias institucionales existentes. Mientras en Inglaterra los beneficios del tráfico de esclavos ayudaron a enriquecer a quienes se oponían al absolutismo, en África ayudaron a crear y reforzar el absolutismo. Más lejos de Europa, los procesos de deriva institucional obviamente tenían más libertad para ir por su propio camino. Por ejemplo, en América, que se separó de Europa alrededor de 15000 a. C. después de que se derritiera el hielo que unía Alaska y Rusia, había innovaciones institucionales parecidas a las de los natufienses, que condujeron a la vida sedentaria, la jerarquía y la desigualdad, en definitiva, a instituciones extractivas. Dichas innovaciones se produjeron primero en México y el Perú andino y Bolivia, y condujeron a la revolución neolítica americana, con la domesticación del maíz. En estos lugares tuvieron lugar las primeras formas de crecimiento extractivo, como vimos en las ciudades-Estado mayas. Sin embargo, de la misma forma que los grandes avances hacia las instituciones inclusivas y el desarrollo industrial en Europa no llegaron a sitios en los que el mundo romano tenía más control, las instituciones inclusivas en América no se desarrollaron en las tierras de aquellas civilizaciones incipientes. De hecho, como vimos en el capítulo 1, estas civilizaciones densamente pobladas interaccionaron de una manera perversa con el colonialismo europeo para provocar un «cambio drástico de la suerte» por el que lugares que habían sido relativamente ricos en América pasaron a ser relativamente pobres. Hoy en día, Estados Unidos y Canadá, que estaban entonces muy atrasados respecto a las complejas civilizaciones de México, Perú y Bolivia, son mucho más ricos que el resto de América. Consecuencias del crecimiento inicial El largo período entre la revolución neolítica, que comenzó en el 9500 a. C., y la revolución industrial británica de finales del siglo XVIII está lleno de impulsos acelerados de crecimiento económico provocados por innovaciones institucionales que finalmente fallaron. En la Roma antigua, las instituciones de la República, que crearon cierto grado de vitalidad económica y permitieron la construcción de un gran imperio, se deshicieron tras el golpe de Julio César y la construcción del imperio bajo Augusto. Pasaron siglos antes de que el Imperio romano finalmente desapareciera y empezara el declive, pero una vez que las instituciones republicanas relativamente inclusivas dieron paso a las instituciones más extractivas del Imperio, el retroceso económico pasó a ser inevitable. Las dinámicas de Venecia fueron parecidas. La prosperidad económica forjada por instituciones que tenían elementos inclusivos importantes fue socavada cuando la élite cerró las puertas a nuevos participantes y prohibió las instituciones económicas que habían creado la prosperidad de la República. Por muy notable que fuera la experiencia de Roma, no fue el legado romano lo que condujo directamente al auge de las instituciones inclusivas y a la revolución industrial en Inglaterra. Los factores históricos perfilan el desarrollo de las instituciones, pero no se trata de un proceso sencillo, acumulativo y predeterminado. Roma y Venecia ilustran cómo cambiaron de rumbo los pasos iniciales hacia la inclusividad. El paisaje económico e institucional que creó Roma en Europa y Oriente Próximo no condujo inexorablemente a las instituciones inclusivas más firmemente arraigadas de siglos posteriores. De hecho, éstas aparecerían primero y con más fuerza en Inglaterra, donde el dominio romano fue más débil y desapareció de forma fulminante, casi sin dejar rastro, durante el siglo V d. C. En su lugar, como comentamos en el capítulo 4, la historia tiene un papel destacado en la deriva institucional que creó diferencias institucionales, aunque fueran pequeñas en ocasiones, que después se ampliaron al interaccionar con coyunturas críticas. Como estas diferencias suelen ser pequeñas, pueden dar un giro radical fácilmente y no son necesariamente la consecuencia de un proceso acumulativo simple. Evidentemente, Roma tuvo efectos duraderos sobre Europa. Las instituciones y el derecho romanos influyeron en las instituciones y el derecho que los reinos bárbaros establecieron tras la caída del Imperio romano de Occidente. También fue la caída de Roma lo que creó el paisaje político descentralizado que llegaría a ser el orden feudal. La desaparición de la esclavitud y la creación de ciudades independientes fueron consecuencias largas, dilatadas (y, evidentemente, circunstanciales desde el punto de vista histórico), de este proceso. Éstas serían particularmente importantes cuando la peste negra sacudió profundamente la sociedad feudal. A partir de las cenizas de la peste negra, surgieron pueblos y ciudades más fuertes y los campesinos dejaron de estar atados a la tierra y fueron liberados de sus obligaciones feudales. Precisamente, estas coyunturas críticas desencadenadas por la caída del Imperio romano fueron las que condujeron a una gran deriva institucional que afectó a toda Europa de una forma que no tiene paralelismos en el África subsahariana, ni en Asia ni en América. En el siglo XVI, Europa era muy distinta, desde el punto de vista institucional, del África subsahariana y de América. No era mucho más rica que las civilizaciones asiáticas más espectaculares de la India o China, pero difería de estos Estados en algunos puntos clave. Por ejemplo, había desarrollado instituciones representativas de un tipo nunca visto allí, que iban a tener una importancia crucial para el desarrollo de instituciones inclusivas. Como veremos en los dos capítulos siguientes, las pequeñas diferencias institucionales serían las que importarían de verdad dentro de Europa y las que favorecieron a Inglaterra, porque fue allí donde el orden feudal había avanzado más ampliamente para los agricultores con mentalidad más comercial y los centros urbanos independientes en los que los mercaderes y los industriales pudieran florecer. Estos grupos ya exigían a sus monarcas derechos de propiedad más seguros, instituciones económicas distintas y voz política. Todo este proceso llegó a su punto álgido en el siglo XVII. 7 El punto de inflexión Problemas con medias En 1583, William Lee regresó tras finalizar sus estudios en la Universidad de Cambridge para convertirse en el sacerdote local de Calverton (Inglaterra). Isabel I (1558-1603) había dictado hacía poco una norma que obligaba a que su pueblo llevara siempre un gorro de punto. Lee anotó: «Los tejedores eran el único medio de producir aquellas prendas pero se tardaba mucho en hacerlas. Empecé a pensar. Veía a mi madre y a mis hermanas sentadas al atardecer moviendo sus agujas. Si las prendas se hacían con dos agujas y una línea de hilo, ¿por qué no utilizar varias agujas?». Ese pensamiento crucial fue el comienzo de la mecanización de la producción textil. Lee se obsesionó con crear una máquina que liberara al pueblo del tejido manual interminable. Recordaba: «Empecé a olvidar mis deberes respecto a la Iglesia y mi familia. La idea de mi máquina y su creación consumían mi corazón y mi mente». Finalmente, en 1589, tuvo lista su máquina de tejer medias. Viajó a Londres ilusionado para solicitar una entrevista con Isabel I y mostrarle lo útil que sería aquella máquina y para pedirle una patente que impidiera que otras personas copiaran el diseño. Alquiló un edificio para montar la máquina y, con la ayuda de su diputado local, Richard Parkyns, se reunió con Henry Carey, lord Hundson, miembro del consejo privado de la reina. Carey lo organizó todo para que la reina Isabel fuera a ver la máquina, pero la reacción de ésta fue devastadora. Se negó a otorgar una patente a Lee y le dijo: «Apuntáis alto, maestro Lee. Considerad qué podría hacer esta invención a mis pobres súbditos. Sin duda, sería su ruina al privarles de empleo y convertirlos en mendigos». Abatido, Lee se fue a Francia a buscar fortuna, pero también fracasó allí, y volvió a Inglaterra, donde pidió a Jacobo I (1603-1625), el sucesor de Isabel, una patente. Jacobo I se negó por las mismas razones que Isabel. Ambos temían que la mecanización de la producción de medias fuera un factor de desestabilización política. Dejaría al pueblo sin trabajo, crearía desempleo e inestabilidad política y supondría una amenaza para el poder real. La máquina de tejer medias fue una innovación que prometía aumentos enormes de la productividad, pero también la destrucción creativa. La reacción a la brillante invención de Lee ilustra una idea clave de este libro. El temor a la destrucción creativa es la razón principal por la que no hubo un aumento sostenido del nivel de vida entre la revolución neolítica y la revolución industrial. La innovación tecnológica hace que las sociedades humanas sean prósperas, pero también supone la sustitución de lo viejo por lo nuevo, y la destrucción de los privilegios económicos y del poder político de ciertas personas. Para el crecimiento económico sostenido, necesitamos nuevas tecnologías, formas nuevas de hacer las cosas, y lo más habitual es que procedan de recién llegados como Lee. Pueden hacer que la sociedad sea próspera, pero el proceso de destrucción creativa que inician amenaza el medio de vida de quienes trabajan con tecnologías viejas, como los tejedores manuales que se habrían encontrado sin empleo debido a la tecnología de Lee. Lo más importante es que las grandes innovaciones, como la máquina de tejer medias de Lee, también amenazan con cambiar el poder político. En última instancia, no era la preocupación sobre el destino de los que se quedarían sin trabajo debido a la máquina de Lee lo que provocó que Isabel I y Jacobo I se opusieran a su patente, sino su temor a convertirse en perdedores políticos. Les preocupaba que quienes quedaran desplazados por el invento crearan inestabilidad política y amenazaran su propio poder. Como vimos anteriormente (capítulo 3) con el caso de los luditas, suele ser posible evitar la resistencia de los trabajadores como en el ejemplo de los tejedores manuales. No obstante, la élite, sobre todo cuando ve amenazado su poder político, forma una barrera enorme frente a la innovación. El hecho de que tengan mucho que perder con la destrucción creativa significa no solamente que no serán los que introduzcan innovaciones, sino que también a menudo se resistirán a ellas e intentarán detenerlas. Por lo tanto, la sociedad necesita recién llegados que presenten las innovaciones más radicales, y estos recién llegados y la destrucción creativa que provocan a menudo deben superar varias fuentes de resistencia, entre ellas, las de las élites y los gobernantes poderosos. Antes de la Inglaterra del siglo XVII, las instituciones extractivas habían sido lo más habitual a lo largo de la historia. En ocasiones, han podido generar crecimiento económico, como se ha mostrado en los dos últimos capítulos, sobre todo cuando han contenido elementos inclusivos, como en Venecia y Roma. Sin embargo, no permitían la destrucción creativa. El desarrollo que generaban no era sostenido, y llegó a su fin por la ausencia de innovaciones, por las luchas políticas internas generadas por el deseo de beneficiarse de la extracción o porque los elementos inclusivos nacientes cambiaron radicalmente, como en Venecia. La esperanza de vida de un residente del pueblo natufiense de Abu Hureyra probablemente no era muy distinta de la de un ciudadano de la Roma antigua. La esperanza de vida de un romano corriente era bastante parecida a la de un habitante medio de la Inglaterra del siglo XVII. En lo que respecta a la renta, en 301 d. C., el emperador romano Diocleciano promulgó un edicto sobre precios máximos, que fijó los sueldos que se pagarían según el tipo de trabajador. No sabemos exactamente lo bien que se aplicaron los sueldos y los precios de Diocleciano, pero, cuando el historiador económico Robert Allen utilizó su edicto para calcular el nivel de vida de un trabajador sin formación tipo, averiguó que era prácticamente el mismo que el de un trabajador sin formación en la Italia del siglo XVII. Más al norte, en Inglaterra, los sueldos eran más altos e iban en aumento, y las cosas estaban cambiando. El tema de este capítulo es cómo se llegó a esta situación. El conflicto político permanente El conflicto por las instituciones y la distribución de los recursos ha existido a lo largo de la historia. Por ejemplo, vimos de qué forma el conflicto político perfiló la evolución de la Roma antigua y de Venecia, donde se resolvió finalmente a favor de las élites, que fueron capaces de aumentar su control sobre el poder. La historia inglesa también está llena de conflictos entre la monarquía y sus súbditos, entre distintas facciones que luchan por el poder y entre las élites y los ciudadanos. Sin embargo, el resultado no siempre ha sido reforzar el poder de los que ya lo poseían. En 1215, los barones, la capa de la élite por debajo del rey, se enfrentaron al rey Juan y le hicieron firmar la Carta Magna en Runnymede (véase el mapa 9). Este documento promulgaba varios principios básicos que suponían retos significativos para la autoridad del rey. Lo más importante es que establecía que el rey debía consultar a los barones antes de aumentar los impuestos. La cláusula más controvertida fue la número 61, que afirmaba que «los barones elegirán a veinticinco barones cualesquiera del reino que deseen, que, con todas sus fuerzas, deben observar, mantener y hacer que se respeten la paz y las libertades que les hemos concedido y confirmado por ésta, nuestra presente carta». Básicamente, los barones crearon un consejo para garantizar que el rey implantaba la carta, y, si no lo hacía, estos veinticinco barones tenían derecho a apoderarse de castillos, tierras y posesiones «hasta que, según su criterio, se hubiera hecho enmienda». Al rey Juan no le gustó la Carta Magna y, en cuanto se dispersaron los barones, hizo que el Papa la anulara. Pero tanto el poder político de los barones como la influencia de la Carta Magna perduraron. Inglaterra había dado su primer paso vacilante hacia el pluralismo. El conflicto por las instituciones políticas continuó, y el primer Parlamento electo en el año 1265 limitó aún más el poder de la monarquía. A diferencia de la asamblea plebeya en Roma o las legislaturas electas actuales, sus miembros habían sido originalmente los nobles feudales, y posteriormente fueron los caballeros y los aristócratas más ricos de la nación. A pesar de estar formado por élites, el Parlamento inglés desarrolló dos características distintivas. La primera es que representaba no solamente a las élites estrechamente aliadas con el rey, sino también a un amplio grupo de intereses, entre los que se incluían los aristócratas menores dedicados a distintas profesiones, como el comercio y la industria, y, posteriormente, a la gentry, una clase nueva de campesinos y comerciantes en ascenso social. Por lo tanto, el Parlamento confirió poder a una sección bastante amplia de la sociedad, teniendo en cuenta los cánones de la época. La segunda característica y, en gran medida, resultado de la primera, es que muchos miembros del Parlamento se oponían sistemáticamente a los intentos de la monarquía de aumentar su poder y se convertirían en el fundamento de los que lucharon contra ella en la guerra civil inglesa y, más tarde, en la Revolución gloriosa. A pesar de la Carta Magna y del primer Parlamento electo, continuaba el conflicto político sobre los poderes de la monarquía y la sucesión al trono. Este enfrentamiento entre distintas élites terminó con la guerra de las Rosas, un largo duelo entre las casas de Lancaster y York, dos familias con aspirantes al trono. Los vencedores fueron los partidarios de la Casa de Lancaster, cuyo candidato a rey, Enrique Tudor, fue coronado como Enrique VII en 1485. También se dieron dos procesos interrelacionados. El primero fue el aumento de la centralización política, iniciada por los Tudor. Después de 1485, Enrique VII desarmó a la aristocracia, desmilitarizándola y expandiendo así el poder del Estado central. Su hijo, Enrique VIII, implantó, a través de su primer ministro, Thomas Cromwell, una revolución en el gobierno. A partir de 1530, introdujo un Estado burocrático naciente: en lugar de que el gobierno fuera solamente la residencia privada del rey, se convertiría en una serie independiente de instituciones duraderas. Este cambio fue complementado con la ruptura de Enrique VIII con la Iglesia católica romana y la «disolución de los monasterios», mediante la cual el rey expropió todas las tierras de la Iglesia. La eliminación del poder de la Iglesia formaba parte del proceso para centralizar más el Estado, lo que significó que, por primera vez, fueran posibles las instituciones políticas inclusivas. Este proceso, iniciado por Enrique VII y seguido por su hijo, no solamente centralizó las instituciones estatales, sino que también aumentó la demanda de una más amplia representación política de una parte de la población. De hecho, el proceso de centralización política puede conducir a una forma de absolutismo, ya que el rey y sus asociados pueden destruir a otros grupos poderosos de la sociedad. Y ésa es una de las razones por las que habrá oposición contra la centralización estatal, como vimos en el capítulo 3. Sin embargo, en contra de esta fuerza, la centralización de las instituciones estatales también puede movilizar la demanda de una forma naciente de pluralismo, como sucedió en la Inglaterra de los Tudor. Cuando los barones y las élites locales reconocen que el poder político estará cada vez más centralizado y que este proceso es difícil de detener, pedirán opinar sobre cómo se utilizará ese poder central. En Inglaterra, a finales de los siglos XV y XVI, dichos grupos hicieron mayores esfuerzos para tener un Parlamento que contrarrestara a la Corona y que controlara parcialmente el funcionamiento del Estado. Por lo tanto, el proyecto Tudor no solamente inició la centralización política, uno de los pilares de las instituciones inclusivas, sino que también contribuyó indirectamente al pluralismo, otro pilar de las instituciones inclusivas. Este desarrollo de las instituciones políticas tuvo lugar en el contexto de otros grandes cambios en la naturaleza de la sociedad. Fue particularmente importante la intensificación del conflicto político que estaba iniciando el conjunto de grupos con capacidad para hacer demandas a la monarquía y a las élites políticas. La revuelta campesina (véase el capítulo 4) de 1381 fue crucial, y, a su fin, la élite inglesa fue sacudida por una larga secuencia de insurrecciones populares. El poder político estaba siendo redistribuido, no simplemente del rey a los lores, sino también de la élite al pueblo. Estos cambios, junto con las crecientes limitaciones al poder del rey, posibilitaron la aparición de una amplia coalición que se oponía al absolutismo y que sentó las bases para las instituciones políticas plurales. Aunque toparan con oposición, las instituciones políticas y económicas que heredaron y sostuvieron los Tudor eran claramente extractivas. En 1603, Isabel I, la hija de Enrique VIII que había ascendido al trono de Inglaterra en 1553, murió sin descendencia, y los Tudor fueron sustituidos por la dinastía de los Estuardo. El primer rey Estuardo, Jacobo I, heredó las instituciones, y también los conflictos entorno a éstas. Él deseaba ser un gobernante absolutista. El Estado había estado más centralizado y el cambio social estaba redistribuyendo el poder en la sociedad. Sin embargo, las instituciones políticas todavía no eran plurales. En economía, las instituciones extractivas se manifestaban no solamente en oposición a la invención de Lee, sino en forma de monopolios, monopolios y más monopolios. En 1601, se leyó una lista de monopolios en el Parlamento, y un diputado preguntó irónicamente: «¿No se ha incluido al pan aquí?». En 1621, había setecientos. Así lo expresó el historiador inglés Christopher Hill: [Un hombre] vivía en una casa construida con ladrillos de monopolio, con ventanas [...] de vidrio de monopolio; se calentaba con carbón de monopolio (en Irlanda, con madera de monopolio), que quemaba en una chimenea fabricada con hierro de monopolio [...] Se lavaba con jabón de monopolio, y en su ropa, ponía almidón de monopolio. Se vestía con encajes de monopolio, lino de monopolio, piel de monopolio, hilo de oro de monopolio [...]. Se sujetaba la ropa con cinturones de monopolio, botones de monopolio y alfileres de monopolio. Se teñía con tintes de monopolio. Comía mantequilla de monopolio, pasas de monopolio, arenques rojos de monopolio, salmón de monopolio y langostas de monopolio. Condimentaba la comida con sal de monopolio, pimienta de monopolio y vinagre de monopolio... Escribía con plumas de monopolio, papel de carta de monopolio, leía (con gafas de monopolio, a la luz de las velas de monopolio) libros impresos por un monopolio. Estos monopolios, y muchos otros, daban a los individuos o a los grupos el derecho único a controlar la producción de muchos productos, e impedían el tipo de asignación de talento que es tan crucial para la prosperidad económica. Tanto Jacobo I como su hijo y sucesor Carlos I aspiraban a reforzar la monarquía, reducir la influencia del Parlamento y establecer instituciones absolutistas parecidas a las que en España y Francia ampliaban el control de la economía, haciendo que las instituciones fueran más extractivas. El conflicto entre Jacobo I y el Parlamento llegó a su punto álgido en la segunda década del siglo XVII. En este conflicto, era crucial el control del comercio, tanto en el extranjero como dentro de las islas Británicas. La capacidad de la Corona para conceder monopolios fue una fuente de ingresos clave para el Estado, y se utilizó con frecuencia como forma de otorgar derechos exclusivos a los partidarios del rey. No es de extrañar que esta institución extractiva que bloqueaba la entrada e inhibía el funcionamiento del mercado también fuera altamente perjudicial para la actividad económica y para los intereses de muchos miembros del Parlamento. En 1623, el Parlamento consiguió una victoria notable al aprobar el Estatuto de los Monopolios, que prohibía al rey Jacobo I crear nuevos monopolios nacionales. Todavía sería capaz de conceder monopolios sobre el comercio internacional. Sin embargo, como la autoridad del Parlamento no llegaba hasta los asuntos internacionales, los monopolios existentes, internacionales o de otro tipo, no cambiaron. El Parlamento no se reunía regularmente y la sesión tenía que ser convocada por el rey. Pero tras la Carta Magna se acordó que el rey debía convocar al Parlamento para lograr la aprobación de los nuevos impuestos. Carlos I llegó al tronó en 1625, se negó a convocar al Parlamento después de 1629 e intensificó los esfuerzos de Jacobo I para construir un régimen absolutista más sólido. Fue responsable de los préstamos forzosos, lo que significaba que el pueblo debía «prestarle» dinero y después él, unilateralmente, cambiaba las condiciones de dichos préstamos y se negaba a pagar sus deudas. Creó y vendió Monopolios en la única dimensión que el Estatuto de los monopolios le había dejado: las aventuras comerciales de ultramar. Además, redujo la independencia del poder judicial e intentó intervenir para influir en el resultado de las causas judiciales. Impuso múltiples multas y cargas, la más polémica de las cuales fue el «dinero para la navegación» de 1634, un impuesto que debían pagar los condados costeros para apoyar a la marina real y que, en 1635, empezaron a pagar también los condados del interior. Fue recaudado todos los años hasta 1640. El comportamiento absolutista y las políticas extractivas crecientes de Carlos I crearon resentimiento y resistencia por todo el país. En 1640, se enfrentó al conflicto con Escocia y, al no tener suficiente dinero para formar un ejército, se vio obligado a convocar al Parlamento para pedir más impuestos. El denominado «Parlamento corto» solamente se reunió durante tres semanas. Los parlamentarios que llegaron a Londres se negaron a hablar de impuestos, y plantearon muchas quejas, hasta que Carlos los desconvocó. Los escoceses se dieron cuenta de que Carlos I no contaba con el apoyo de la nación, así que invadieron Inglaterra y ocuparon la ciudad de Newcastle. Carlos I inició negociaciones y los escoceses exigieron que se implicara el Parlamento. Aquello hizo que Carlos I convocara lo que se llegó a conocer como el Parlamento largo, ya que continuó reuniéndose hasta 1648, y se negó a disolverse incluso cuando Carlos I lo exigió. En 1642, estalló la guerra civil entre Carlos I y el Parlamento, aunque muchos miembros de éste apoyaban a la Corona. El patrón de los conflictos reflejaba la lucha por las instituciones económicas y políticas. El Parlamento quería poner fin a las instituciones políticas absolutistas, mientras que el rey quería reforzarlas. Aquellos conflictos tenían su origen en la economía, y muchos apoyaban a la Corona porque ésta les había concedido monopolios lucrativos. Por ejemplo, los monopolios locales controlados por los mercaderes ricos y poderosos de Shrewsbury y Oswestry estaban protegidos por la Corona de la competencia de los mercaderes de Londres. Aquéllos se pusieron del lado de Carlos I. Por otra parte, la industria metalúrgica había florecido alrededor de Birmingham porque los monopolios eran débiles allí y los recién llegados a la industria no tenían que trabajar siete años como aprendices, como sucedía en otros lugares del país. Durante la guerra civil, hacían espadas y aportaron voluntarios para el lado parlamentario. De forma similar, la falta de regulación de los gremios en el condado de Lancashire permitió el desarrollo, antes de 1640, de los «nuevos paños», un estilo nuevo de tejido más ligero. La zona en la que se concentraba la producción de este tejido era la única parte de Lancashire que apoyaba al Parlamento. Dirigidos por Oliver Cromwell, los parlamentarios (conocidos como roundheads, cabezas redondas, por el estilo de su peinado) derrotaron a los monárquicos, conocidos como cavaliers. Carlos I fue enjuiciado y ejecutado en 1649. Sin embargo, ni su derrota ni la abolición de la monarquía dieron como resultado instituciones inclusivas. La monarquía fue sustituida por la dictadura de Oliver Cromwell y, tras la muerte de éste, fue restaurada en 1660 y recuperó muchos de los privilegios que le habían arrebatado en 1649. El hijo de Carlos I, Carlos II, fijó entonces el mismo programa de creación del absolutismo en Inglaterra. Estos intentos se intensificaron cuando su hermano Jacobo II ascendió al trono tras la muerte de Carlos II en 1685. En 1688, el intento de Jacobo II de restablecer el absolutismo creó otra crisis y una nueva guerra civil. En esta ocasión, el Parlamento estaba más unido y organizado. Invitaron al estatúder holandés, Guillermo de Orange, y a su esposa, María II, la hija protestante de Jacobo II, a sustituir a Jacobo. Guillermo aportaría un ejército y reclamaría el trono, para gobernar, no como monarca absolutista, sino bajo una monarquía constitucional forjada por el Parlamento. Dos meses después de la llegada de Guillermo a las islas Británicas (véase el mapa 9) en Brixham (Devon), el ejército de Jacobo se desintegró y él huyó a Francia. La Revolución gloriosa Tras la victoria de la Revolución gloriosa, el Parlamento y Guillermo de Orange negociaron una nueva Constitución. Los cambios fueron anunciados por la «Declaración» de Guillermo, realizada poco antes de su invasión, y se consagraron en la Declaración de Derechos, redactada por el Parlamento en febrero de 1689. La Declaración fue leída a Guillermo en la misma sesión en la que se le ofreció la Corona. En muchos sentidos, la que se denominaría Bill of Rights (Declaración de Derechos) tras su aprobación era vaga. Sin embargo, realmente estableció algunos principios constitucionales fundamentales. Determinó la sucesión al trono de una forma muy distinta a los principios hereditarios que regían en aquel entonces. Si el Parlamento había desbancado a un monarca y lo había sustituido por otro que le gustaba más una vez, ¿por qué no lo iba a hacer de nuevo? La Declaración de Derechos también afirmaba que el monarca no podía suspender leyes ni deshacerse de ellas y reiteraba la ilegalidad de la fiscalidad sin consentimiento parlamentario. Además, afirmaba que no podía haber ejército permanente en Inglaterra sin consentimiento parlamentario. La vaguedad aparecía en cláusulas como la 8, que afirmaban: «La elección de los miembros del Parlamento debe ser libre», pero no especificaba cómo se determinaría que era «libre». Más vaga todavía era la cláusula 13, cuyo punto principal era que el Parlamento debía reunirse con frecuencia. Durante todo aquel siglo, la cuestión de cuándo debía reunirse y si debía hacerlo o no había sido controvertida, así que podrían haber especificado mucho más esta cláusula. No obstante, la razón para este texto vago es evidente. Las cláusulas debían cumplirse. Durante el reinado de Carlos II, estaba en vigor una ley trienal que afirmaba que el Parlamento tenía que ser convocado como mínimo una vez cada tres años. Sin embargo, Carlos hizo caso omiso de la ley, y no pasó nada porque no se había fijado ningún método para imponerla. Después de 1688, el Parlamento podía haber intentado introducir un sistema para imponer esta cláusula, como habían hecho los barones con su consejo después de que el rey Juan firmara la Carta Magna. Pero no lo hicieron porque no lo necesitaron. La razón fue que la autoridad y el poder de tomar decisiones pasaron al Parlamento después de 1688. Incluso sin reglas ni leyes constitucionales específicas, Guillermo sencillamente abandonó muchas de las prácticas de los reyes anteriores. Dejó de interferir en decisiones legales y cedió «derechos» anteriores, como recibir los ingresos de las aduanas de por vida. En general, estos cambios de las instituciones políticas representaron el triunfo del Parlamento sobre el rey y, por lo tanto, el fin del absolutismo en Inglaterra y, posteriormente, en Gran Bretaña (ya que Inglaterra y Escocia se unieron por la Ley de la Unión de 1707). A partir de entonces, el Parlamento ejerció un control firme de la política estatal, lo que supuso una diferencia abismal, ya que los intereses del Parlamento eran muy distintos de los de los reyes Estuardo. Como muchos de los miembros del Parlamento habían hecho importantes inversiones en el comercio y la industria, estaban muy interesados en imponer sus derechos de propiedad. Los Estuardo habían infringido frecuentemente los derechos de propiedad; pero, en adelante, aquellos derechos serían defendidos. Además, cuando los Estuardo controlaban cómo gastaba el dinero el gobierno, el Parlamento se oponía a aumentar los impuestos e impedía que se reforzara el poder del Estado. Ahora que el propio Parlamento controlaba el gasto, se encargaba de aumentar los impuestos y gastar el dinero en actividades que consideraba valiosas. La actividad principal fue el refuerzo de la marina, que protegería los intereses mercantiles de ultramar de muchos de los miembros del Parlamento. Más importante todavía que el interés de los parlamentarios fue la naturaleza pluralista emergente de las instituciones políticas. En aquel momento, el pueblo inglés tenía acceso al Parlamento, y a las instituciones económicas y la política hechas en éste, de una forma que nunca tuvieron cuando la política estaba dirigida por el rey. Evidentemente, esto era parcial, porque los miembros del Parlamento eran elegidos. Sin embargo, como Inglaterra estaba lejos de ser una democracia en este período, este acceso proporcionaba solamente una respuesta modesta. Entre sus muchas desigualdades estaba que menos del 2 por ciento de la población podía votar en el siglo XVIII, y solamente los hombres tenían derecho a hacerlo. Las ciudades en las que tuvo lugar la revolución industrial, Birmingham, Leeds, Mánchester y Sheffield, no tenían representación independiente en el Parlamento. No obstante, las zonas rurales estaban sobrerrepresentadas. También era negativo que el derecho a voto en las zonas rurales, los counties, se basaba en la propiedad de la tierra, y muchas zonas urbanas, los boroughs (burgos), estaban controladas por una pequeña élite que no permitía que los nuevos industriales votaran ni se presentaran a cargos. Por ejemplo, en el burgo de Buckingham, trece burgueses tenían derecho exclusivo a voto. Además, existían los denominados «burgos podridos», que históricamente habían tenido derecho a votar pero se habían «podrido», ya fuera porque su población se había trasladado con el tiempo o, en el caso de Dunwich, en la costa este de Inglaterra, porque, literalmente, había caído en el océano como resultado de la erosión de la costa. En cada uno de esos burgos podridos, un número reducido de votantes elegía a dos miembros del Parlamento. Old Sarum tenía siete votantes; Dunwich, treinta y dos, y cada uno elegía a dos miembros del Parlamento. Sin embargo, había otras formas de influir en el Parlamento y, por lo tanto, en las instituciones económicas. La más importante era a través de las peticiones, lo que era mucho más importante que el alcance limitado de la democracia para la aparición del pluralismo tras la Revolución gloriosa. Cualquier persona podía realizar peticiones ante el Parlamento, y se hacían. Lo importante era que, cuando el pueblo realizaba peticiones, el Parlamento escuchaba. Es esto, más que cualquier otra cosa, lo que refleja la derrota del absolutismo, la cesión de poder a un segmento bastante amplio de la sociedad y el aumento del pluralismo en Inglaterra después de 1688. La actividad frenética de peticiones muestra que, de hecho, eran muchos más miembros de la sociedad, mucho más allá que los que se sentaban o eran representados en el Parlamento, los que tenían el poder para influir en el funcionamiento del Estado. Y lo utilizaron. El caso de los monopolios es el que mejor lo ilustra. Anteriormente, vimos que los monopolios constituían un pilar central de las instituciones económicas extractivas del siglo XVII. Fueron atacados en el año 1623 con el Estatuto de los Monopolios y constituyeron un serio motivo de discordia durante la guerra civil inglesa. El «Parlamento largo» abolió todos los monopolios nacionales que tanto afectaban a la vida de las personas. A pesar de que Carlos II y Jacobo II no pudieron volver a imponerlos, consiguieron mantener la capacidad de conceder monopolios en el extranjero. Uno de ellos fue la Royal African Company, cuya carta de monopolio fue emitida por Carlos II en 1660. Esta empresa mantenía un monopolio sobre el lucrativo tráfico de esclavos africanos, y su gobernador y accionista principal era el hermano de Carlos, Jacobo, que pronto se convertiría en Jacobo II. Después de 1688, la Royal African Company no solamente perdió a su director, sino también a su defensor principal. Jacobo había protegido arduamente el monopolio de la empresa contra los «intrusos», los comerciantes independientes que intentaron comprar esclavos en África occidental y venderlos en América. Se trataba de un comercio muy rentable y la Royal African Company se enfrentó a muchas dificultades, ya que todo el resto del comercio inglés en el Atlántico estaba exento de cargas. En 1689, la Royal African Company se quedó con el cargamento de un intruso, de apellido Nightingale. Éste demandó a la compañía por incautación ilegal de bienes y el presidente del tribunal, Holt, consideró que la acción de la Royal African Company había sido ilegal porque había utilizado un derecho de monopolio creado por la prerrogativa real. Holt razonó que los privilegios de monopolio solamente podían crearse mediante estatuto y que esto lo debía hacer el Parlamento. Así que Holt puso todos los monopolios futuros, no solamente la Royal African Company, en manos del Parlamento. Antes de 1688, Jacobo II habría eliminado rápidamente a cualquier juez que hubiera tomado aquella decisión. Pero después de 1688, las cosas eran distintas. En aquel momento, el Parlamento debía decidir qué hacer con el monopolio, y las peticiones empezaron a volar. Ciento treinta y cinco procedían de intrusos que demandaban acceso libre al comercio atlántico. Aunque la Royal African Company respondía con la misma moneda, no podía esperar igualar el número o el alcance de las peticiones que solicitaban su desaparición. Los intrusos lograron exponer su oposición en términos no solamente de un interés propio, sino de interés nacional, y, de hecho, lo era. En consecuencia, solamente 5 de las 135 peticiones estaban firmadas por los propios intrusos y 73 procedían de las provincias de fuera de Londres, frente a 8 de la Royal African Company. Desde las colonias, donde también se permitía realizar peticiones, los intrusos reunieron 27 peticiones y la Royal African Company, 11. Los intrusos recogieron muchas más firmas para sus peticiones, en total, 8.000, frente a 2.500. La lucha continuó hasta 1698, cuando el monopolio de la Royal African Company fue abolido. Junto a este nuevo foco de determinación de las instituciones económicas y la renovada capacidad de respuesta después de 1688, los parlamentarios empezaron a hacer una serie de importantes cambios en la política gubernamental y las instituciones económicas que finalmente sentarían las bases para la revolución industrial. Se reforzaron los derechos de propiedad que se habían deteriorado bajo el control de los Estuardo. El Parlamento inició un proceso de reforma de las instituciones económicas para fomentar la manufactura, en lugar de fiscalizarla e impedirla. El impuesto por chimenea (la tasa anual que se pagaba por cada chimenea o estufa, y que afectaba sobre todo a los manufactureros, que se opusieron amargamente al impuesto) fue abolido en 1689, poco después de que Guillermo y María ascendieran al trono. En vez de recaudar por las chimeneas, el Parlamento empezó a cobrar impuestos por las tierras. La redistribución de la carga impositiva no fue la única política promanufacturera que apoyó el Parlamento. Se aprobó una serie completa de leyes y legislaciones que ampliaría el mercado y la rentabilidad de los textiles de lana. Todo esto tenía sentido desde el punto de vista político, porque muchos de los parlamentarios que se oponían a Jacobo habían invertido en estas empresas de manufactura nacientes. El Parlamento también aprobó leyes que permitían una reorganización completa de los derechos de propiedad de la tierra, lo que posibilitaba la consolidación y la eliminación de muchas formas arcaicas de derechos de propiedad y de uso. Otra prioridad parlamentaria era reforzar las finanzas. Se había producido una expansión de la banca y las finanzas en el período previo a la Revolución gloriosa, pero este proceso se consolidó todavía más con la creación del Banco de Inglaterra en 1694, como fuente de fondos para la industria. Ésta fue otra consecuencia directa de la Revolución gloriosa. La fundación del Banco de Inglaterra allanó el camino para una «revolución financiera» mucho más extensa que condujo a una gran expansión de los mercados financieros y la banca. A principios del siglo XVIII, habría préstamos disponibles para todo aquel que pudiera conseguir el aval suficiente. Los registros de un banco relativamente pequeño, el C. Hoare’s & Co. de Londres, que han sobrevivido intactos desde el período 1702-1724, ilustran este punto. A pesar de que el banco realmente prestaba dinero a aristócratas y lores, dos terceras partes de los mayores prestatarios durante este período no eran de las clases sociales privilegiadas, sino comerciantes y hombres de negocios, entre los que se incluía un John Smith, el nombre inglés más típico, a quien el banco prestó 2.600 libras esterlinas entre 1715 y 1719. Hasta ahora, hemos hecho hincapié en que la Revolución gloriosa transformó las instituciones políticas inglesas, haciéndolas más plurales, y también empezó a sentar las bases para las instituciones económicas inclusivas. Pero existe un cambio más significativo de las instituciones que apareció en la Revolución gloriosa. El Parlamento continuó el proceso de centralización política iniciado por los Tudor. No fue solamente que aumentaran los límites, o que el Estado regulara la economía de una forma distinta, o que el Estado inglés gastara dinero en otras cosas, sino que también la capacidad y la habilidad del Estado aumentaron en todas las direcciones. Esto vuelve a ilustrar los vínculos entre el pluralismo y la centralización política. El Parlamento se había opuesto a que el Estado fuera más efectivo y tuviera recursos mejores antes de 1688 porque no lo podía controlar. Después de 1688, era otra historia. El Estado se empezó a expandir, y los gastos pronto alcanzaron alrededor del 10 por ciento de la renta nacional. Esto se fundamentó en una ampliación de la base impositiva, sobre todo del impuesto especial, que se aplicaba a la producción de una larga lista de bienes que se producían en el país. Se trataba de un presupuesto estatal muy grande para aquel período y, de hecho, era mayor de lo que vemos hoy en día en muchas partes del mundo. Los presupuestos estatales de Colombia, por ejemplo, alcanzaron este tamaño relativo solamente en la década de los ochenta del siglo XX. En muchas partes del África subsahariana, como por ejemplo en Sierra Leona, el presupuesto del Estado incluso hoy sería mucho más pequeño en relación con el tamaño de la economía sin los grandes ingresos de la ayuda extranjera. Sin embargo, la expansión del tamaño del Estado es solamente parte del proceso de centralización política. Más importante fue la forma cualitativa en la que funcionó el Estado y el comportamiento de los que lo controlaban y trabajaban en él. La construcción de las instituciones estatales en Inglaterra se remonta a la Edad Media, pero, tal y como vimos en el capítulo 4, los pasos decisivos hacia la centralización política y el desarrollo de una Administración moderna los dieron Enrique VII y Enrique VIII. No obstante, el Estado todavía estaba lejos de la forma moderna que aparecería después de 1688. Por ejemplo, muchos nombramientos se hacían por razones políticas, no por mérito o talento, y el Estado todavía tenía una capacidad muy limitada para subir los impuestos. Después de 1688, el Parlamento empezó a mejorar la capacidad de aumentar los ingresos a través de los impuestos, un cambio bien ilustrado por la burocracia del impuesto especial, que se extendió rápidamente de 1.211 personas en 1690 a 4.800 en 1780. Se enviaron inspectores de impuestos especiales por todo el país, supervisados por recaudadores de impuestos que medían y comprobaban las cantidades de pan, cerveza y otros productos sujetos al impuesto especial. Un ejemplo del alcance de esta operación es la reconstrucción de las inspecciones del impuesto por parte del supervisor George Cowperthwaite realizada por el historiador John Brewer. Entre el 12 de junio y el 5 de julio de 1710, el supervisor Cowperthwaite viajó 466 kilómetros en el distrito de Richmond (Yorkshire). Durante este período, visitó a 263 vitualleros, 71 malteros, 20 veleros y 1 cervecero común. En total, tomó 81 medidas de producción distintas y comprobó el trabajo de 9 recaudadores de impuestos que trabajaban para él. Ocho años después, continuaba trabajando con la misma diligencia, pero en el distrito de Wakefield, en otra zona de Yorkshire. Allí, viajaba más de 30 kilómetros al día de media y trabajaba seis días a la semana, en los que, normalmente, inspeccionaba cuatro o cinco establecimientos. En su día libre, el domingo, preparaba sus libros, por lo que tenemos un registro completo de sus actividades. De hecho, el sistema de impuestos especiales tenía un registro muy elaborado. Los agentes mantenían tres clases de registros. Todos debían tener una correspondencia entre sí y cualquier manipulación de dichos registros era un delito grave. Este nivel destacable de supervisión estatal de la sociedad supera lo que pueden lograr los gobiernos de los países más pobres hoy en día, y esto era en 1710. También resulta significativo que, después de 1688, el Estado empezara a confiar más en el talento y menos en los nombramientos políticos y desarrollara una infraestructura potente para dirigir el país. La revolución industrial La revolución industrial se manifestó en todos los aspectos de la economía inglesa. Hubo grandes mejoras en el transporte, la metalurgia y la energía de vapor. Sin embargo, el área de innovación más importante fue la mecanización de la producción textil y el desarrollo de fábricas para producir artículos textiles manufacturados. Este proceso dinámico fue desencadenado por los cambios institucionales originados por la Revolución gloriosa. No se trataba solamente de la abolición de los monopolios nacionales, que se logró en 1640, ni de los distintos impuestos o del acceso a las finanzas. Se trataba de una reorganización fundamental de las instituciones económicas a favor de innovadores y emprendedores, basada en la aparición de derechos de propiedad más seguros y eficientes. La mejora de la seguridad y la eficiencia de los derechos de propiedad, por ejemplo, tuvieron una importancia crucial en la «revolución del transporte», lo que allanó el camino a la revolución industrial. La inversión en canales y carreteras, en las llamadas barreras de portazgo, aumentó enormemente después de 1688. Estas inversiones, al reducir los costes de transporte, ayudaron a crear un prerrequisito importante para la revolución industrial. Antes de 1688, la inversión en esta infraestructura había sido dificultada por actos arbitrarios de los reyes Estuardo. El cambio de situación a partir de entonces queda ilustrado claramente por el caso del río Salwerpe, en Worcestershire (Inglaterra). En 1662, el Parlamento aprobó una ley para fomentar la inversión y hacer que el río Salwerpe fuera navegable, y la familia Baldwyn invirtió seis mil libras esterlinas en este objetivo. A cambio, consiguieron el derecho a cobrar por navegar en el río. En 1693, se presentó un proyecto de ley en el Parlamento para transferir estos derechos de cobro por navegación al conde de Shrewsbury y a lord Coventry. El proyecto de ley fue cuestionado por sir Timothy Baldwyn, que inmediatamente presentó una petición al Parlamento en la que afirmaba que dicho proyecto esencialmente expropiaba a su padre, que ya había invertido una gran suma de dinero en el río teniendo en cuenta las tarifas que después podría cobrar. Baldwyn defendió que «el nuevo proyecto de ley invalida dicho acto y arrebata todo el trabajo y los materiales que se utilizaron para tal fin». La reasignación de derechos como éstos era exactamente el tipo de cosas que hacían los monarcas Estuardo. Baldwyn destacó: «Tiene consecuencias peligrosas arrebatar un derecho a una persona, comprado de acuerdo con una ley del Parlamento, sin su consentimiento». En aquel caso, la nueva ley fracasó y los derechos de Baldwyn se mantuvieron. Los derechos de propiedad eran mucho más seguros después de 1688, en parte porque garantizarlos coincidía con los intereses del Parlamento y en parte porque las peticiones podían influir en las instituciones pluralistas. Vemos aquí que, después de 1688, el sistema político se hizo significativamente más pluralista y creó unas condiciones de igualdad relativas dentro de Inglaterra. La base para la revolución del transporte y, en general, la reorganización de la tierra que tuvo lugar en el siglo XVIII fueron las leyes parlamentarias que cambiaron la naturaleza del régimen de propiedad. Hasta 1688, incluso había una ficción legal de que toda la tierra inglesa, en última instancia, era propiedad de la Corona, como legado directo de la organización feudal de la sociedad. Muchas tierras estaban gravadas por numerosas formas arcaicas de derechos de propiedad y reclamaciones cruzadas. Otras muchas estaban sujetas al denominado equitable estates, que significaba que el propietario de la tierra no podía hipotecarla, alquilarla ni venderla. La tierra común normalmente sólo se podía dedicar a usos tradicionales, y había numerosos impedimentos para utilizar la tierra de formas que fueran económicamente deseables. El Parlamento empezó a cambiar esta situación al permitir que grupos de personas hicieran peticiones para simplificar y reorganizar los derechos de propiedad, estas modificaciones posteriormente se tradujeron en cientos de leyes parlamentarias. La reorganización de las instituciones económicas también se manifestó en una agenda para proteger la producción textil nacional de las importaciones extranjeras. No es de extrañar que los parlamentarios y sus electores no se opusieran a todos los monopolios y obstáculos de entrada; aquellos que aumentaran su propio mercado y sus beneficios serían bien recibidos. Sin embargo, fue crucial que las instituciones políticas (el hecho de que el Parlamento representara, facultara y escuchara a un segmento amplio de la sociedad), con la creación de aquellas barreras de entrada, no ahogaran a otros industriales ni dejaran fuera completamente a los recién llegados, como hizo la serrata en Venecia, comentada en el capítulo 6. Los poderosos fabricantes de productos de lana pronto lo descubrieron. En 1688, algunos de los productos más importantes que llegaban a Inglaterra eran artículos textiles de la India, percales y muselinas, que representaban alrededor de una cuarta parte de todas las importaciones textiles. También eran importantes las sedas de China. Los percales y las sedas eran importados por la Compañía de las Indias Orientales, que, antes de 1688, disfrutaba de un monopolio autorizado por el gobierno sobre el comercio con Asia. Sin embargo, el monopolio y el poder político de la Compañía de las Indias Orientales se sostenían gracias a grandes sobornos a Jacobo II. Después de 1688, la Compañía estaba en una posición vulnerable y, al cabo de poco tiempo, se vio atacada. Se produjo una intensa guerra de peticiones en la que los comerciantes que deseaban hacer negocios en el Lejano Oriente y la India pedían que el Parlamento autorizara la competencia a la Compañía de las Indias Orientales, mientras que ésta respondía con contrapeticiones y ofertas para prestar dinero al Parlamento. La Compañía perdió y se fundó una nueva Compañía de las Indias Orientales para poder competir. No obstante, los fabricantes de artículos textiles no querían solamente más competencia en el comercio con la India, sino que las importaciones de artículos textiles indios baratos (percales) fueran gravadas o incluso prohibidas. Aquellos productores se enfrentaban a una fuerte competencia de las importaciones indias baratas. En aquel punto, los productores nacionales más importantes fabricaban artículos textiles de lana, pero los productores de tejidos de algodón estaban pasando a ser cada vez más importantes económicamente y más poderosos políticamente. La industria de la lana ya intentaba protegerse desde 1660. Fomentó las «leyes suntuarias» que, entre otras cosas, prohibían llevar tejidos ligeros. También presionó al Parlamento para aprobar nuevas leyes en 1666 y 1678 que ilegalizarían que en los entierros se empleara algo que no fuera un sudario de lana. Ambas medidas protegían el mercado de los artículos de lana y reducían la competencia asiática a la que se enfrentaban los fabricantes ingleses. Sin embargo, en este período, la Compañía de las Indias Orientales era demasiado fuerte para restringir la importación de artículos textiles asiáticos. La situación dio un giro después de 1688. Entre 1696 y 1698, los fabricantes de productos de lana de East Anglia y West Country se aliaron con los tejedores de seda de Londres, Canterbury y la Levant Company para limitar las importaciones. Los importadores de lana de la Levant Company, a pesar de haber perdido recientemente su monopolio, deseaban excluir a las sedas asiáticas para crear un nicho para las sedas del Imperio otomano. Esta coalición empezó a presentar proyectos de ley al Parlamento para limitar el uso de algodones y sedas asiáticos y restringir también el teñido y la estampación de artículos asiáticos en Inglaterra. En respuesta, en 1701, el Parlamento finalmente aprobó «una ley para el empleo más eficaz de los pobres, fomentando las manufacturas de este reino». A partir de setiembre de 1701, decretó: «No se llevarán sedas trabajadas, bengalas ni tejidos mezclados con seda de herba, fabricadas en Persia, China ni las Indias Orientales, ni se llevarán los percales pintados, teñidos o estampados allí que se hayan importado o se vayan a importar a este reino». A partir de ese momento, fue ilegal vestir sedas o percales asiáticos en Inglaterra. No obstante, todavía era posible importarlos para reexportarlos a Europa o a otros lugares, sobre todo a las colonias americanas. Además, se podía importar percal simple y hacer el acabado en Inglaterra. Las muselinas estaban exentas de la prohibición. Tras una larga lucha, aquellas lagunas jurídicas, según los fabricantes de artículos textiles de lana nacionales, se cerraron con la ley del percal de 1721: «Después del 25 de diciembre de 1722, no será legal que ninguna persona utilice ni lleve en Gran Bretaña, en prenda alguna, ningún percal estampado, pintado ni teñido». A pesar de que esta ley eliminaba la competencia de Asia para las prendas de lana inglesa, todavía dejaba una activa industria nacional del algodón y el lino que competía con los tejidos de lana: se mezclaban algodón y lino para producir un tejido popular llamado fustán. Así que después de haber excluido a la competencia asiática, la industria de la lana intentó frenar el lino. Éste se hacía principalmente en Escocia e Irlanda, lo que daba cierto margen a una coalición inglesa para demandar la exclusión de esos países de los mercados ingleses. Sin embargo, había límites para el poder de los fabricantes de lana. Sus nuevos intentos toparon con la fuerte oposición de los productores de fustán en los centros industriales crecientes de Mánchester, Lancaster y Liverpool. El hecho de que las instituciones políticas fueran pluralistas implicaba que todos aquellos grupos tuvieran entonces acceso al proceso político en el Parlamento a través de las votaciones, y, más importante aún, mediante las peticiones. A pesar de que las peticiones procedían de ambos bandos, y reunían firmas a favor y en contra, el resultado de este conflicto fue una victoria para los nuevos intereses contra la industria de la lana. La Ley de Mánchester de 1736 acordaba que «grandes cantidades de artículos hechos con hilo de lino y algodón se han fabricado durante varios años y se han estampado y pintado dentro de este reino de Gran Bretaña». Después, pasaba a afirmar que «nada en la citada ley [de 1721] se extenderá o será interpretado para prohibir llevar o utilizar en ropa, artículos de casa, mobiliario u otros usos cualquier tipo de artículo hecho con hilo de lino y lana de algodón, fabricado y estampado o pintado con cualquier color o colores dentro del reino de Gran Bretaña». La Ley de Mánchester fue una victoria importante para los nuevos fabricantes de algodón. Sin embargo, su importancia histórica y económica fue mucho mayor. En primer lugar, demostró los límites de los obstáculos de entrada que permitirían las instituciones políticas pluralistas de la Inglaterra parlamentaria. En segundo lugar, durante el medio siglo siguiente, las innovaciones tecnológicas en la fabricación de paño de algodón serían cruciales para la revolución industrial y transformarían fundamentalmente la sociedad introduciendo el sistema fabril. Después de 1688, a pesar de que aparecieran condiciones de igualdad dentro del país, internacionalmente, el Parlamento se esforzaba para que no las hubiera. Esta intención se hizo patente en las leyes del percal, pero también en las de navegación, la primera de las cuales se aprobó en 1651, y continuaron en vigor con cambios durante los doscientos años siguientes. El objetivo de aquellas leyes era facilitar el monopolio inglés del comercio internacional, y lo más remarcable era que dicho monopolio no estaba en manos del Estado, sino del sector privado. El principio básico era que el comercio inglés debía ser realizado con barcos ingleses. Las leyes hacían ilegal que los barcos extranjeros transportaran artículos de fuera de Europa a Inglaterra o a sus colonias y era ilegal también que barcos de otros países enviaran productos desde otro país europeo a Inglaterra. Esta ventaja para los comerciantes y fabricantes ingleses naturalmente aumentó sus beneficios y puede que fomentara más la innovación en esas actividades nuevas y altamente rentables. En 1760, la combinación de todos estos factores (derechos de propiedad nuevos y mejorados, progreso de la infraestructura, cambio del régimen fiscal, mayor acceso a finanzas y protección agresiva para comerciantes y fabricantes) estaba empezando a surtir efecto. Después de esa fecha, hubo un salto en el número de invenciones patentadas y el gran florecimiento del cambio tecnológico que iba a estar en el corazón de la revolución industrial empezó a ser evidente. Las innovaciones tuvieron lugar en muchos frentes, lo que reflejaba el entorno institucional mejorado. Una área crucial era la energía, y las transformaciones más famosas de este campo fueron los usos de la máquina de vapor que se lograron gracias a las ideas de James Watt a partir de 1760. La mejora inicial de Watt fue introducir una cámara de condensación independiente para el vapor, de forma que el cilindro en el que estaba el pistón pudiera mantenerse continuamente caliente en lugar de ser calentado y enfriado. Posteriormente, desarrolló muchas otras ideas, como métodos mucho más eficientes de convertir el movimiento de la máquina de vapor en energía útil, sobre todo sus engranajes de «sol y planetas». En todas estas áreas, las innovaciones tecnológicas se basaban en el trabajo anterior de otros. En el contexto de la máquina de vapor, incluía el trabajo inicial del inventor inglés Thomas Newcomen y de Dionysius Papin, físico e inventor francés. La historia de la invención de Papin es otro ejemplo de que, bajo instituciones extractivas, la amenaza de la destrucción creativa impide el cambio tecnológico. Papin desarrolló un diseño para un «sistema para digerir vapor» en 1679, y en 1690 extendió esta idea a un motor de pistones. En 1705, utilizó este motor rudimentario para construir el primer barco de vapor del mundo. En aquel momento, Papin era profesor de matemáticas en la Universidad de Marburgo, en el Estado alemán de Kassel. Decidió hacer que el barco navegara a vapor por el río Fulda hasta el río Weser. Cualquier barco que hacía ese trayecto estaba obligado a detenerse en la ciudad de Münden. En aquel momento, el tráfico fluvial del Fulda y el Weser era monopolio de un gremio de barqueros y Papin seguramente presintió que habría problemas. Su amigo y mentor, el famoso físico alemán Gottfried Leibniz, escribió al elector de Kassel, el jefe de Estado, pidiéndole que Papin tuviera permiso para «pasar sin ser molestado» a través de Kassel. Sin embargo, la petición de Leibniz fue rechazada y recibió la respuesta seca de que «los consejeros electorales han encontrado serios obstáculos para garantizar su petición y, sin dar sus razones, me han ordenado que le informe de la decisión que han tomado y de que, en consecuencia, la petición no ha sido concedida por esta alteza electoral». Sin dejarse intimidar, Papin decidió hacer el trayecto igualmente. Cuando su barco de vapor llegó a Münden, el gremio de barqueros intentó que un juez local embargara la embarcación, pero no lo consiguieron. Entonces, los barqueros se lanzaron sobre el barco de Papin y destrozaron la máquina de vapor a golpes. Papin murió pobre y fue enterrado en una tumba anónima. En la Inglaterra de los Tudor o de los Estuardo, Papin habría recibido un tratamiento hostil parecido, pero todo esto cambió después de 1688. De hecho, antes de que destruyeran la embarcación, Papin había intentado navegar con su barco hasta Londres. En el campo metalúrgico, las aportaciones de 1780 a 1790 llegaron por parte de Henry Cort, que introdujo técnicas nuevas para tratar con las impurezas del hierro, lo que permitió mejorar la calidad del hierro forjado que se producía. Fue un hecho determinante para la fabricación de tornillos, herramientas y piezas de máquinas. La producción de enormes cantidades de hierro forjado utilizando las técnicas de Cort fue facilitada por las innovaciones de Abraham Darby y sus hijos, que fueron pioneros en el uso de carbón para fundir hierro a partir de 1709. Este proceso fue mejorado en 1762 con la adaptación realizada por John Smeaton de la energía hidráulica para operar cilindros para hacer coque. A partir de entonces, el carbón vegetal desapareció de la producción de hierro y fue sustituido por carbón mineral, mucho más barato y fácil de conseguir. Aunque la innovación sea obviamente acumulativa, había una aceleración distinta a mediados del siglo XVIII. En ningún lugar era más visible que en la producción textil. La operación más básica en la producción de artículos textiles es hilar, que implica dar vueltas a fibras de plantas o animales, como algodón o lana, para formar hilo. Este hilo se teje para fabricar así el artículo textil. Una de las grandes innovaciones tecnológicas del período medieval fue la spinning wheel (rueca) que reemplazó al hilado manual. Esta invención, que apareció alrededor de 1280 en Europa, probablemente procedía de Oriente Próximo. Los métodos de hilado no cambiaron hasta el siglo XVIII. Se produjeron innovaciones importantes en 1738, cuando Lewis Paul patentó un nuevo método de hilado mediante rodillos para sustituir a las manos humanas para sacar las fibras que se hilaban. Sin embargo, la máquina no funcionaba bien, y fueron las innovaciones de Richard Arkwright y James Hargreaves las que revolucionaron realmente el hilado. En 1769, Arkwright, una de las figuras dominantes de la revolución industrial, patentó su «torno de hilar de agua», una mejora enorme de la máquina de Lewis. Formó una sociedad con Jedediah Strutt y Samuel Need, fabricantes de géneros de punto, y en 1771 construyeron una de las primeras fábricas del mundo, en Cromford. Las nuevas máquinas estaban impulsadas por agua, pero, posteriormente, Arkwright hizo la transición crucial a la energía de vapor. En 1774, la empresa empleaba a seiscientos trabajadores y crecía ampliamente, abrió fábricas en Mánchester, Matlock, Bath y también en New Lanark (Escocia). Las innovaciones de Arkwright fueron complementadas por la invención de Hargreaves, en 1764, de la hiladora de husos múltiples, modificada posteriormente por Samuel Crompton en 1779 con un invento que denominó mule, y más tarde modificada de nuevo por Richard Roberts y convertida en la llamada self-acting mule. Los efectos de aquellas innovaciones eran realmente revolucionarios. Anteriormente, en aquel siglo, se tardaban cincuenta mil horas en hilar manualmente 100 libras de algodón. El torno de hilar movido por agua de Arkwright podía hacerlo en trescientas horas y la self-acting mule, en ciento treinta y cinco. La mecanización del hilado llegó acompañada de la mecanización del tejido. Un primer paso importante fue la invención de la lanzadera volante de John Kay en 1733. A pesar de que al principio sólo aumentó la productividad de los tejedores a mano, su impacto más duradero sería abrir el camino a la mecanización del tejido. A partir de la lanzadera volante, Edmund Cartwright introdujo el telar mecánico en 1785, el primer paso en una serie de innovaciones que conducirían a máquinas que sustituirían la habilidad manual para tejer igual que estaban haciendo en el caso del hilado. La industria textil inglesa no fue solamente el motor de la revolución industrial, sino que también revolucionó la economía mundial. Las exportaciones inglesas, encabezadas por los artículos de algodón, se duplicaron entre 1780 y 1800. Fue el crecimiento en este sector lo que tiró de toda la economía. La combinación de innovación tecnológica y organizativa proporciona el modelo para el progreso económico que transformó las economías mundiales que llegarían a ser ricas. Para esta transformación, fue crucial la existencia de personas nuevas con ideas nuevas. Veamos la innovación en el transporte. En Inglaterra, hubo varias olas de innovación en este campo. Primero, los canales; después, las carreteras, y por último, el ferrocarril. En cada una de estas olas, los innovadores eran hombres nuevos. Los canales se empezaron a desarrollar en Inglaterra después de 1770, y en 1810 habían unido muchas de las áreas de fabricación más importantes. A medida que avanzaba la revolución industrial, los canales fueron cruciales para reducir el coste del transporte para trasladar los nuevos y voluminosos productos industriales, como los artículos de algodón, y los insumos necesarios para su fabricación, principalmente algodón en bruto y carbón para las máquinas de vapor. Los primeros innovadores en la construcción de canales fueron hombres como James Brindley, contratado por el duque de Bridgewater para construir el canal de Bridgewater, que acabó uniendo la ciudad industrial clave de Mánchester con el puerto de Liverpool. Brindley, nacido en el Derbyshire rural, era mecánico de molinos de profesión. Su reputación de encontrar soluciones creativas para problemas de ingeniería llamó la atención del duque. No tenía experiencia previa con problemas de transporte, igual que sucedía con otros grandes ingenieros de canales como Thomas Telford, que empezó a ganarse la vida como cantero, o John Smeaton, fabricante de instrumentos e ingeniero. Así como los grandes ingenieros de canales no tenían ninguna relación anterior con el transporte, tampoco la tenían los grandes ingenieros de caminos y ferrocarril. John McAdam, que inventó el asfalto alrededor de 1816, fue el segundo hijo de un aristócrata menor. El primer tren de vapor fue construido por Richard Trevithick en 1804. El padre de Trevithick estaba relacionado con las minas de Cornualles, y Richard entró en el mismo negocio a una edad temprana y quedó fascinado por las máquinas de vapor utilizadas para vaciar las minas. Más importantes fueron las innovaciones de George Stephenson, hijo de padres analfabetos e inventor del famoso tren The Rocket, que empezó a trabajar como maquinista en una mina de carbón. También fueron hombres nuevos quienes impulsaron la fundamental industria textil de algodón. Algunos de los pioneros de esta nueva industria eran las personas que previamente habían participado de forma importante en la producción y el comercio de tejidos de lana. Por ejemplo, John Foster empleaba a setecientos tejedores manuales en la industria de la lana en el momento en el que pasó al algodón y abrió Black Dyke Mills en 1835. Sin embargo, hombres como Foster eran una minoría. Solamente alrededor de una quinta parte de los industriales principales en aquel momento habían participado con anterioridad en algo relacionado con la fabricación. No es de extrañar. La industria del algodón se desarrolló en ciudades nuevas del norte de Inglaterra. Las fábricas eran una forma completamente nueva de organizar la producción. La industria de la lana se había organizado de un modo muy distinto, llevando materiales a casa de las personas, que hilaban y tejían por su cuenta. Por lo tanto, la mayoría de los que estaban en la industria de la lana estaban mal equipados para cambiar al algodón, a diferencia de Foster. Se necesitaba a aquellos recién llegados para que desarrollaran y utilizaran nuevas tecnologías. La rápida expansión del algodón diezmó la industria de la lana. Era pura destrucción creativa. La destrucción creativa redistribuye no solamente la renta y la riqueza, sino también el poder político, como William Lee averiguó cuando vio lo poco receptivas que eran las autoridades a su invento porque temían sus consecuencias políticas. A medida que la economía industrial se expandía en Mánchester y Birmingham, los nuevos propietarios de fábricas y grupos de clase media que aparecieron a su alrededor empezaron a quejarse porque no tenían derecho al voto y por las políticas gubernamentales que se oponían a sus intereses. Su primer objetivo fueron las leyes del maíz, que prohibían la importación de maíz (y de todo tipo de granos y cereales, pero sobre todo de trigo) si el precio bajaba demasiado, con lo que se garantizaba que los beneficios de los grandes terratenientes se mantuvieran altos. Esta política fue muy buena para los grandes terratenientes que producían trigo, pero mala para los fabricantes, porque tenían que pagar sueldos altos para compensar el precio elevado del pan. Como los trabajadores estaban concentrados en fábricas y centros industriales nuevos, la organización y los disturbios se hicieron más fáciles. A partir de 1820, la exclusión política de los nuevos fabricantes y centros de fabricación era insostenible. El 16 de agosto de 1819, se planeó una reunión para protestar por el sistema político y las políticas del gobierno en St. Peter’s Fields (Mánchester). El organizador fue Joseph Johnson, fabricante local de cepillos y uno de los fundadores del periódico radical The Mánchester Observer. Otros organizadores fueron John Knight, fabricante de algodón y reformista, y John Thacker Saxton, editor de The Mánchester Observer. Se reunieron sesenta mil manifestantes; muchos de ellos llevaban pancartas como «No a las leyes del maíz», «Sufragio universal» y «Voto mediante papeleta» (se referían a que el voto debía ser secreto, y no abierto, como se hacía en 1819). Las autoridades se pusieron muy nerviosas y reunieron una fuerza de seiscientos húsares de la caballería del decimoquinto regimiento. Cuando empezaron los discursos, un magistrado local decidió emitir una orden para detener a los oradores. Mientras la policía intentaba hacer cumplir la orden, topó con la oposición de la multitud y estalló una lucha. En ese momento, los húsares cargaron contra ella. En cuestión de unos pocos minutos caóticos, murieron once personas y probablemente unas seiscientas resultaron heridas. The Mánchester Observer lo llamó «la masacre de Peterloo». Sin embargo, dados los cambios que ya se habían producido en las instituciones económicas y políticas, la represión a largo plazo no era una solución en Inglaterra. La masacre de Peterloo continuaría siendo un incidente aislado. Tras los disturbios, las instituciones políticas inglesas cedieron a la presión y a la amenaza desestabilizadora de un descontento social mucho más amplio, sobre todo después de la revolución de 1830 en Francia contra Carlos X, que había intentado restaurar el absolutismo destruido por la Revolución francesa de 1789. En 1832, el gobierno aprobó la Primera ley de Reforma, que daba derecho a voto en Birmingham, Leeds, Mánchester y Sheffield y ampliaba la base de votantes para que los fabricantes pudieran estar representados en el Parlamento. El cambio consiguiente en el poder político movió la política en la dirección favorecida por esos intereses representados nuevamente; en 1846, consiguieron que se rechazaran las odiadas leyes del maíz, demostrando de nuevo que la destrucción creativa significaba redistribución no sólo de renta, sino también de poder político. Y, naturalmente, los cambios en la distribución del poder político a tiempo conducirían a una redistribución adicional de la renta. Fue la naturaleza inclusiva de las instituciones inglesas lo que permitió que se produjera ese proceso. Los que sufrían y temían la destrucción creativa ya no fueron capaces de detenerla. ¿Por qué en Inglaterra? La revolución industrial empezó y tuvo su mayor avance en Inglaterra debido a sus instituciones económicas especialmente inclusivas. Éstas, a su vez, se apoyaban en la base fijada por las instituciones políticas inclusivas creadas por la Revolución gloriosa. Fue esta revolución la que reforzó y racionalizó los derechos de propiedad, mejoró los mercados financieros, socavó los monopolios aprobados por el Estado en comercio exterior y eliminó las barreras para la expansión de la industria. Fue la Revolución gloriosa la que hizo que el sistema político se abriera y respondiera a las aspiraciones y necesidades económicas de la sociedad. Estas instituciones económicas inclusivas dieron a hombres de talento y visión como James Watt la oportunidad y el incentivo para desarrollar sus habilidades e ideas e influir en el sistema de manera que beneficiara a él y a la nación. Naturalmente, estos hombres, una vez alcanzado el éxito, tenían los mismos deseos que cualquier otra persona. Querían bloquear la entrada de otros en sus negocios y evitar que compitieran contra ellos, y temían el proceso de destrucción creativa que podía dejarlos sin negocio, igual que otros habían ido a la bancarrota antes que ellos. Sin embargo, después de 1688, el bloqueo se hizo más difícil de lograr. En 1775, Richard Arkwright solicitó una patente general que esperaba que le diera un monopolio futuro en la industria del hilado de algodón que se expandía con tanta rapidez, pero no consiguió que los tribunales la impusieran. ¿Por qué este proceso único empezó en Inglaterra y por qué en el siglo XVII? ¿Por qué Inglaterra desarrolló instituciones políticas pluralistas y rompió con las instituciones extractivas? Como hemos visto, el desarrollo político que condujo a la Revolución gloriosa se debió a varios procesos interrelacionados. Fue decisivo el conflicto político entre el absolutismo y sus adversarios. El resultado de este conflicto no solamente puso fin a los intentos de crear un absolutismo renovado y más fuerte en Inglaterra, sino que también confirió poder a los que deseaban cambiar profundamente las instituciones de la sociedad. Los adversarios del absolutismo no se limitaron a intentar construir un tipo de absolutismo distinto. No era simplemente que la Casa de Lancaster derrotara a la Casa de York en la guerra de las Rosas, sino que la Revolución gloriosa implicó la aparición de un régimen nuevo basado en el pluralismo y el orden constitucional. Este resultado fue consecuencia de la deriva de las instituciones inglesas y su forma de interactuar con coyunturas críticas. En el capítulo anterior, vimos que las instituciones feudales fueron creadas en Europa occidental tras la caída del Imperio romano de Occidente. El feudalismo se extendió por casi toda Europa, tanto occidental como oriental. Sin embargo, tal y como mostró el capítulo 4, Europa occidental y oriental empezaron a divergir radicalmente después de la peste negra. Las pequeñas diferencias en instituciones políticas y económicas significaron que, en Europa occidental, el equilibrio de poder condujera a la mejora institucional, mientras que en la oriental produjo deterioro institucional. Sin embargo, no era un camino que necesaria e inexorablemente condujera a instituciones inclusivas, sino que sería necesario que se produjeran muchos más cambios trascendentales. Así como la Carta Magna intentó establecer algunas bases institucionales básicas para el orden constitucional, muchas otras partes de Europa, incluso de la parte oriental, experimentaron luchas similares con documentos parecidos. No obstante, después de la peste negra, Europa occidental se había alejado significativamente de Europa oriental. Documentos como la Carta Magna empezaban a tener más efecto en la parte occidental. En la oriental, llegaron a ser prácticamente papel mojado. En Inglaterra, incluso antes de los conflictos del siglo XVII, se estableció la norma de que el rey no podía imponer nuevos impuestos sin la aprobación del Parlamento. Igual de importante fue la deriva de poder, lenta y progresiva, desde las élites hasta los ciudadanos en general, como ilustra la movilización política de las comunidades rurales, vista en Inglaterra en momentos como la revuelta campesina de 1381. Esta deriva de las instituciones ahora interaccionaba con otra coyuntura crítica provocada por la expansión masiva del comercio en el Atlántico. Como vimos en el capítulo 4, este cambio influyó de una forma decisiva en la dinámica institucional futura que dependía de si la Corona podía o no monopolizar este comercio. En Inglaterra, el poder en cierto modo mayor del Parlamento significaba que los monarcas Tudor y Estuardo no podían hacerlo. Esto creó una nueva clase de comerciantes y hombres de negocios que se opusieron enérgicamente al plan para crear absolutismo en Inglaterra. Por ejemplo, en 1686, en Londres, había 702 comerciantes que exportaban al Caribe y 1.283 que importaban. Norteamérica tenía 691 comerciantes que exportaban y 626 que importaban. Contrataban a almaceneros, marineros, capitanes, estibadores, oficinistas, y todos ellos compartían sus intereses en general. Otros puertos vibrantes, como los de Bristol, Liverpool y Portsmouth, también estaban llenos de comerciantes de este tipo. Estos hombres nuevos deseaban y exigían instituciones económicas distintas y, a medida que sus negocios los hacían más ricos, se hacían más poderosos. Las mismas fuerzas operaban en Francia, España y Portugal. Sin embargo, en aquellos países, los reyes eran mucho más capaces de controlar el comercio y sus beneficios. El tipo de grupo nuevo que iba a transformar Inglaterra también apareció en aquellos países, pero era considerablemente menor y más débil. Cuando el denominado «Parlamento largo» se reunió y estalló la guerra civil en 1642, aquellos comerciantes se pusieron sobre todo del lado de la causa parlamentaria. A partir de 1670, participaron activamente en la formación del partido whig, para oponerse al absolutismo de los Estuardo, y, en 1688, serían cruciales en la destitución de Jacobo II. Por lo tanto, las oportunidades de negocio creciente que presentaba América, la entrada masiva de comerciantes ingleses en este negocio y el desarrollo económico de las colonias y las fortunas que se amasaron durante el proceso inclinaron la balanza de poder en la lucha entre la monarquía y aquellos que se oponían al absolutismo. Quizá lo más crítico fuera la aparición y potenciación de intereses diversos —desde la gentry, la clase de agricultores y comerciantes que había aparecido en el período Tudor, hasta distintos tipos de fabricantes y comerciantes atlánticos— lo que significó que la coalición contra el absolutismo Estuardo no solamente era fuerte, sino también amplia. Y se reforzó todavía más por la formación del partido whig, hacia 1670, que proporcionó una organización para fomentar sus intereses. Esta potenciación fue lo que fundamentó el pluralismo tras la Revolución gloriosa. Si todos lo que luchaban contra los Estuardo hubieran tenido los mismos intereses y el mismo origen, el derrocamiento de la monarquía Estuardo habría tenido más probabilidades de ser una repetición de la Casa de Lancaster contra la Casa de York, enfrentando a un grupo contra un conjunto reducido de intereses y, finalmente, recreando una forma igual o distinta de instituciones extractivas. Una coalición amplia significaba que habría mayores demandas para la creación de instituciones políticas pluralistas. Sin algún tipo de pluralismo, habría el peligro de que uno de los intereses diversos usurpara el poder a costa del resto. El hecho de que el Parlamento después de 1688 representara una coalición tan amplia fue un factor crucial para hacer que los parlamentarios escucharan las peticiones, incluso las que procedían de personas externas al Parlamento y las de quienes no tenían derecho a voto. Esto fue un factor determinante para impedir los intentos de un grupo de crear un monopolio a costa del resto, como intentaron hacer los intereses de la lana antes de la ley de Mánchester. La Revolución gloriosa fue un acontecimiento decisivo precisamente porque fue dirigido por una coalición amplia y envalentonada que la dotó aún de más poder, y logró forjar un régimen constitucional que ponía límites al poder del ejecutivo y de cualquiera de sus miembros, lo que también fue determinante. Por ejemplo, fueron esos límites los que impidieron que los fabricantes de lana fueran capaces de acabar con la competencia potencial de los fabricantes de algodón y fustán. Por lo tanto, aquella coalición amplia fue esencial en el período preparatorio que conduciría a un Parlamento fuerte después de 1688, pero también significó que dentro de éste se comprobara si cualquier grupo llegaba a ser demasiado poderoso y abusaba de su poder. Fue el factor crítico para la aparición de instituciones políticas pluralistas. La cesión de poderes a una coalición tan amplia también fue crucial para la persistencia y el refuerzo de esas instituciones económicas políticas inclusivas, como veremos en el capítulo 11. Sin embargo, nada de esto hacía que el régimen pluralista fuera realmente inevitable. Su aparición, en parte, se debió al devenir circunstancial de la historia. Una coalición que no era demasiado diferente pudo salir victoriosa de la guerra civil inglesa contra los Estuardo, pero esto solamente condujo a la dictadura de Oliver Cromwell. La fuerza de esta coalición tampoco garantizaba la derrota del absolutismo. Jacobo II podría haber derrotado a Guillermo de Orange. El camino del gran cambio institucional fue, como siempre, no menos fortuito que el resultado de otros conflictos políticos. Fue así aunque el camino específico de la deriva institucional que creó aquella amplia coalición se opusiera al absolutismo y la crítica coyuntura de las oportunidades de comercio atlántico hiciera que los Estuardo llevaran las de perder. Por consiguiente, en este caso, la fatalidad y una amplia coalición fueron factores decisivos para la aparición del pluralismo y las instituciones inclusivas. 8 No en nuestro territorio: obstáculos para el desarrollo La prohibición de la imprenta En 1445, en la ciudad alemana de Mainz, Johannes Gutenberg presentó una innovación que tendría consecuencias profundas para la historia económica posterior: una imprenta basada en tipos movibles. Hasta aquel momento, los libros tenían que ser copiados a mano por los escribas, lo que hacía el proceso muy lento y laborioso, o se imprimían en bloques con piezas concretas de madera cortadas para imprimir cada página. Los libros eran un bien escaso y muy caro. Tras el invento de Gutenberg, las cosas empezaron a cambiar. Como los libros se imprimían, eran más fáciles de conseguir. Sin esta innovación, la educación y la alfabetización en masa habrían sido imposibles. En Europa occidental, se reconoció en seguida la importancia de la imprenta. En 1460, ya había una imprenta al otro lado de la frontera, en Estrasburgo (Francia). A finales de 1460, la tecnología se había extendido por Italia, con imprentas en Roma y Venecia, y pronto llegó a Florencia, Milán y Turín. En 1476, William Caxton montó una imprenta en Londres, y dos años después, había una en Oxford. Durante el mismo período, la imprenta se extendió por los Países Bajos, España e incluso Europa oriental. En 1473, se abrió una imprenta en Budapest y, un año más tarde, otra en Cracovia. Pero no todo el mundo consideraba que la imprenta fuera una innovación deseable. Ya en 1485, el sultán otomano Bayezid II emitió un edicto que prohibía expresamente a los musulmanes imprimir en árabe. Esta norma fue reforzada todavía más por el sultán Selim I en 1515. No fue hasta 1727 cuando se permitió la primera imprenta en tierras otomanas. Entonces, el sultán Ahmed III emitió un decreto por el que concedía a Ibrahim Müteferrika permiso para montar una imprenta. E incluso este paso tardío estuvo plagado de limitaciones. El decreto mencionaba «el afortunado día en el que esta técnica de Occidente se presente como una prometida y ya no se esconda», pero la imprenta de Müteferrika iba a estar controlada muy de cerca. El decreto establecía lo siguiente: Con el fin de que los libros impresos no tengan errores de imprenta, los eruditos religiosos especializados en ley islámica inteligentes, respetados y meritorios, el excelente cadí de Estambul, Mevlana Ishak, y el cadí de Selaniki, Mevlana Sahib, y el cadí de Galata, Mevlana Asad, que aumenten sus méritos, y de las órdenes religiosas ilustres, el pilar de los eruditos religiosos rectos, el jeque de Kasim Pasa Mevlevihane, Mevlana Musa, que crezcan su sabiduría y conocimiento, controlarán la revisión. Müteferrika obtuvo el permiso para montar una imprenta, pero cualquier cosa que imprimía debía ser examinada por un grupo de tres eruditos religiosos y legales, los cadíes. Quizá la sabiduría y el conocimiento de los cadíes, y de cualquier otra persona, habrían aumentado mucho más de prisa si la imprenta hubiera estado disponible con más facilidad. Pero no iba a ser así, ni siquiera después de que Müteferrika obtuviera el permiso para montar su imprenta. No es de extrañar que Müteferrika imprimiera pocos libros al final, solamente diecisiete entre 1729, cuando empezó a operar la imprenta, y 1743, cuando él dejó de trabajar. Su familia intentó continuar la tradición, pero solamente consiguieron imprimir otros siete libros antes de dejarlo finalmente en 1797. Fuera del corazón del Imperio otomano en Turquía, la imprenta se quedaba todavía más atrás. Por ejemplo, en Egipto, la primera imprenta se montó en 1798, por los franceses que formaban parte del intento fallido de Napoleón Bonaparte de conquistar al país. Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, la producción de libros del Imperio otomano todavía era realizada por escribas que copiaban a mano los libros existentes. A principios del siglo XVIII, se consideraba que había ochenta mil de estos escribas activos en Estambul. Esta oposición a la imprenta tuvo consecuencias obvias para la alfabetización, la educación y el éxito económico. En 1800, probablemente solamente el 2 o el 3 por ciento de los ciudadanos del Imperio otomano estaban alfabetizados, mientras que, en Inglaterra, el porcentaje de alfabetización era del 60 por ciento de los hombres adultos y el 40 por ciento de las mujeres adultas. En los Países Bajos y Alemania, los índices de alfabetización eran incluso superiores. Las tierras otomanas se quedaron rezagadas respecto a los países europeos que tenían menor nivel educativo de este período, como Portugal, donde probablemente solamente alrededor del 20 por ciento de los adultos sabía leer y escribir. Si se tiene en cuenta lo fuertemente absolutistas y extractivas que eran las instituciones otomanas, es fácil entender la hostilidad del sultán a la imprenta. Los libros propagaban ideas y hacían que la población fuera mucho más difícil de controlar. Algunas de estas ideas pueden ser formas nuevas y valiosas de aumentar el desarrollo económico, pero otras pueden ser subversivas y cuestionar el statu quo político y social existente. Además, los libros reducen el poder de los que controlan el conocimiento oral, ya que hacen que ese conocimiento esté disponible fácilmente para cualquier persona que sepa leer. Eso suponía una amenaza que afectaría al statu quo existente, en el que el conocimiento estaba controlado por las élites. Los sultanes otomanos y el establishment religioso temían la destrucción creativa resultante. Su solución fue prohibir la imprenta. La revolución industrial creó una coyuntura crítica que afectó prácticamente a todos los países. Algunos países, como Inglaterra, no solamente permitieron, sino que fomentaron activamente el comercio, la industrialización y el espíritu emprendedor, y crecieron rápidamente. Muchos, como el Imperio otomano, China y otros regímenes absolutistas, se quedaron atrás al bloquear o al no hacer nada para fomentar la extensión de la industria. Las instituciones políticas y económicas perfilaron la respuesta a la innovación tecnológica, creando de nuevo el patrón habitual de interacción entre las instituciones existentes y las coyunturas críticas que conducían a la divergencia en las instituciones y los resultados económicos. El Imperio otomano continuó siendo absolutista hasta su caída tras el fin de la segunda guerra mundial y, por lo tanto, fue incapaz de oponerse o impedir innovaciones como la imprenta y la destrucción creativa que habría provocado. La razón de que los cambios económicos que tuvieron lugar en Inglaterra no sucedieran en el Imperio otomano es la conexión natural entre instituciones políticas extractivas y absolutistas e instituciones económicas extractivas. El absolutismo es el control ilimitado por parte de una única persona, aunque, en realidad, los absolutistas gobiernan con el apoyo de alguna élite o algún grupo reducido. Por ejemplo, en la Rusia del siglo XIX, los zares eran gobernantes absolutistas apoyados por una nobleza que representaba alrededor del 1 por ciento de la población total. Este grupo reducido organizó las instituciones políticas para perpetuar su poder. No hubo Parlamento ni representación política de otros grupos de la sociedad rusa hasta 1905, cuando el zar creó la duma, aunque pronto redujo los pocos poderes que le había concedido. Como cabría esperar, las instituciones económicas eran extractivas, ya que estaban organizadas para conseguir la máxima riqueza para el zar y los nobles. La base de esta organización, como ocurre en muchos sistemas económicos extractivos, fue un sistema masivo de control y coacción de la mano de obra, en la servidumbre rusa, que era particularmente nocivo. El absolutismo no era el único tipo de institución política que impedía la industrialización. Los regímenes absolutistas no eran pluralistas y temían la destrucción creativa; muchos tenían Estados centralizados o, como mínimo, estaban lo suficientemente centralizados para imponer prohibiciones en innovaciones como la imprenta. Incluso hoy en día, países como Afganistán, Haití y Nepal tienen Estados nacionales que carecen de centralización política. En el África subsahariana, la situación es incluso peor. Como comentamos anteriormente, sin un Estado centralizado que proporcione orden, imponga reglas y defienda derechos de propiedad, no pueden aparecer instituciones inclusivas. En este capítulo, veremos que en muchas partes del África subsahariana (por ejemplo, en Somalia y el sur de Sudán), un gran obstáculo para la industrialización fue la falta de algún tipo de centralización política. Sin estos prerrequisitos naturales, la industrialización no tenía ninguna posibilidad de despegar. El absolutismo y la falta de centralización política, o la existencia de una centralización débil, son dos obstáculos distintos para la difusión de la industria. Sin embargo, también están conectados, ambos siguen funcionando por el temor a la destrucción creativa y porque el proceso de centralización política a menudo crea una tendencia hacia el absolutismo. La resistencia a la centralización política está motivada por razones similares a la resistencia a las instituciones políticas inclusivas: temor a perder poder político, esta vez, por el nuevo Estado centralizador y por las personas que lo controlan. En el capítulo anterior, vimos que el proceso de centralización política bajo la monarquía Tudor de Inglaterra aumentó la demanda de voz y representación de varias élites locales distintas en instituciones políticas nacionales como forma de evitar esta pérdida de poder político. Se creó un Parlamento más fuerte, con lo que, al final, se permitió que aparecieran instituciones políticas inclusivas. Sin embargo, en muchos otros casos, sucedió precisamente lo contrario, y el proceso de centralización política también marca el comienzo de una era de mayor absolutismo. Un ejemplo de ello son los orígenes del absolutismo ruso, forjado por Pedro el Grande entre 1682 y 1725, el año de su muerte. Pedro construyó una nueva capital en San Petersburgo, arrebatando poder a la vieja aristocracia, los boyardos, para crear un Estado burocrático y un ejército modernos. Incluso abolió la Duma de los boyardos que le habían hecho zar. Introdujo la tabla de rangos, una jerarquía social totalmente nueva cuya esencia era el servicio al zar. También tomó el control de la Iglesia, igual que Enrique VIII cuando centralizó el Estado en Inglaterra. Con este proceso de centralización política, Pedro quitaba poder a otros y lo redirigía hacia sí mismo. Sus reformas militares provocaron que se rebelaran los guardias reales tradicionales, los streltsy. Esta revuelta fue seguida por otras, como la de los baskires en Asia central y la rebelión de Bulavin, pero ninguna tuvo éxito. A pesar de que el proyecto de Pedro el Grande de centralización política fuera un éxito y superara a la oposición, el tipo de fuerzas que se oponían a la centralización estatal, como los streltsy, que vieron peligrar su poder, ganó en muchas partes del mundo y la falta resultante de centralización del Estado significó la persistencia de un tipo distinto de instituciones políticas extractivas. En este capítulo, veremos que, durante la coyuntura crítica creada por la revolución industrial, muchos países perdieron el tren y no aprovecharon la difusión de la industria. O bien tenían instituciones económicas extractivas y políticas absolutistas, como el Imperio otomano, o bien carecían de centralización política, como Somalia. Una pequeña diferencia que importó Durante el siglo XVII, el absolutismo fracasó en Inglaterra, sin embargo, en España se reforzó. El equivalente español del Parlamento inglés, las Cortes, solamente existían de nombre. España se formó en 1492 con la unión de los reinos de Castilla y Aragón a través del matrimonio de la reina Isabel y el rey Fernando. Aquella fecha coincidió con el fin de la Reconquista, el largo proceso de expulsión de los árabes que habían ocupado el sur de España, y que construyeron las grandes ciudades de Granada, Córdoba y Sevilla, desde el siglo VIII. El último Estado árabe de la península Ibérica, Granada, cayó en manos de España al mismo tiempo que Cristóbal Colón llegó a América y empezó a reclamar tierras para la corona española, que había financiado su viaje. La unión de las Coronas de Castilla y Aragón y sus herencias y matrimonios dinásticos posteriores crearon un super-Estado europeo. Isabel murió en 1504, y su hija Juana fue coronada reina de Castilla. Juana se casó con Felipe de la Casa de Habsburgo, el hijo del emperador del Sacro Imperio romano, Maximiliano I. En 1516, Carlos, hijo de Juana y Felipe, fue coronado Carlos I de Castilla y Aragón. Tras la muerte de su padre, Carlos heredó los Países Bajos y el Franco Condado, que añadió a sus territorios en la península Ibérica y América. En 1519, cuando murió Maximiliano I, Carlos también heredó los territorios de los Habsburgo de Alemania y se convirtió en el emperador Carlos V del Sacro Imperio romano. Lo que había sido una unión de dos reinos españoles en 1492 se convirtió en un imperio multicontinental, y Carlos continuó el proyecto para reforzar el Estado absolutista que habían comenzado Isabel y Fernando. El esfuerzo para construir y consolidar el absolutismo en España recibió la ayuda masiva del descubrimiento de metales preciosos en América. La plata ya había sido descubierta en grandes cantidades en Guanajuato (México), hacia 1520, y poco después se encontró en Zacatecas (México). La conquista de Perú después de 1532 creó todavía más riqueza para la monarquía. Llegó en forma de cuota, el «quinto real», que se recibía de cualquier botín de la conquista y también de las minas. Tal y como vimos en el capítulo 1, hacia 1540, aproximadamente, se descubrió una montaña de plata en Potosí, lo que llenó todavía más de riqueza los cofres del rey español. En el momento de la unión entre Aragón y Castilla, España era una de las partes de Europa con mayor éxito económico. Tras la solidificación de su sistema político absolutista, se produjo un declive económico relativo que, después de 1600, pasó a ser absoluto. Prácticamente una de las primeras acciones de Isabel y Fernando después de la Reconquista fue la expulsión de los judíos. Los aproximadamente doscientos mil judíos de España debían irse antes de cuatro meses. Debían vender todas sus tierras y bienes a precios muy bajos y no se les permitía llevarse oro ni plata fuera del país. Una tragedia humana similar se produjo unos cien años más tarde. Entre 1609 y 1614, Felipe III expulsó a los moriscos, descendientes de los ciudadanos de los anteriores Estados árabes del sur de España. Igual que en el caso de los judíos, los moriscos debían irse solamente con lo que pudieran llevar encima y no se les permitía llevarse oro, plata ni otros metales preciosos. Existía otro tipo de inseguridad de los derechos de propiedad bajo el dominio de los Habsburgo en España. Felipe II, que sucedió a su padre, Carlos V, en 1556, faltó al pago de sus deudas en 1557 y de nuevo en 1560, con lo que llevó a la ruina a las familias banqueras Fugger y Welser. El papel de los banqueros alemanes fue adoptado entonces por familias banqueras genovesas, que a su vez fueron arruinadas por los impagos españoles posteriores durante el reinado de los Habsburgo en 1575, 1596, 1607, 1627, 1647, 1652, 1660 y 1662. Igual de crucial para la inestabilidad de los derechos de propiedad en la España absolutista fue el impacto del absolutismo en las instituciones económicas del comercio y el desarrollo del imperio colonial español. Como vimos en el capítulo anterior, el éxito económico de Inglaterra se basaba en la rápida expansión mercantil. En comparación con España y Portugal, Inglaterra acababa de llegar al comercio atlántico, pero permitió una participación relativamente amplia en las oportunidades coloniales y el comercio. Lo que llenaba los cofres de la Corona española enriquecía a la nueva clase emergente de comerciantes en Inglaterra. Fue precisamente esta clase la que formaría la base del dinamismo económico inglés inicial y se convertiría en el baluarte de la coalición política antiabsolutista. En España, los procesos que condujeron al progreso económico y el cambio institucional no se produjeron. Después del descubrimiento de América, Isabel y Fernando organizaron el comercio entre sus nuevas colonias y España a través de un gremio de comerciantes de Sevilla. Éstos controlaban todo el comercio y se aseguraban de que la monarquía recibiera su cuota de la riqueza de América. No había comercio libre con ninguna de las colonias, y cada año una amplia flotilla de barcos volvía de América a Sevilla con metales preciosos y artículos de valor. La base estrecha y monopolizada de este comercio impidió la aparición de una clase amplia de negociantes que tuvieran oportunidades de comercio con las colonias. Incluso el comercio entre las colonias de América estaba fuertemente regulado. Por ejemplo, un comerciante que estuviera en una colonia como Nueva España, aproximadamente el actual México moderno, no podía comerciar directamente con nadie de Nueva Granada, la moderna Colombia. Estas restricciones al comercio dentro del Imperio español redujeron la prosperidad económica de éste, y también, indirectamente, los beneficios potenciales que España habría logrado al comerciar con otro imperio más próspero. Sin embargo, el atractivo de la situación era que se garantizaba que la plata y el oro continuarían fluyendo hasta España. Las instituciones económicas extractivas de España eran resultado directo de la construcción del absolutismo y del camino distinto, en comparación con Inglaterra, tomado por las instituciones políticas. Tanto el reino de Castilla como el de Aragón tenían sus Cortes, el equivalente del Parlamento inglés, que representaban a los distintos grupos o «estamentos» del reino. Igual que en el caso inglés, las Cortes de Castilla debían ser convocadas para aprobar impuestos nuevos. No obstante, las Cortes de Castilla y Aragón representaban sobre todo a las ciudades principales, y no a las zonas urbanas y a las rurales, como el Parlamento inglés. En el siglo XV, representaban solamente a dieciocho ciudades, cada una de las cuales enviaba a dos diputados. En consecuencia, las Cortes no representaban a una serie de grupos tan amplia como la que representaba el Parlamento inglés, y nunca se desarrollaron como un nexo de intereses variados que compitieran para imponer límites al absolutismo. No podían legislar, e incluso el alcance de su poder respecto a los impuestos era limitado. Todo esto facilitó que la monarquía española dejara fuera a las Cortes en el proceso de consolidación de su propio absolutismo. Incluso con la plata procedente de América, Carlos V y Felipe II necesitaban cada vez más ingresos fiscales para financiar una serie de guerras caras. En 1520, Carlos V decidió presentar a las Cortes demandas para subir los impuestos. Las élites urbanas aprovecharon el momento para exigir un cambio mucho más amplio en las Cortes y sus poderes. Esta oposición pasó a ser violenta y pronto se conoció como el levantamiento comunero. Carlos pudo aplastar la rebelión con las tropas leales. Sin embargo, a lo largo del resto de siglo XVI, hubo una batalla continua, ya que la Corona intentaba arrebatar a las Cortes el derecho a cobrar nuevos impuestos y aumentar los viejos que ya tenía. Aunque esta batalla fluctuó, finalmente resultó vencedora la monarquía. Después de 1664, las Cortes no se volverían a reunir hasta que volvieron a ser reconstruidas durante las invasiones napoleónicas, casi ciento cincuenta años más tarde. En Inglaterra, la derrota del absolutismo en 1688 condujo no solamente a instituciones políticas pluralistas, sino también a un mayor desarrollo de un Estado centralizado mucho más efectivo. En España, ocurrió lo contrario con el triunfo del absolutismo. A pesar de que el monarca ató de pies y manos a las Cortes y eliminó cualquier restricción potencial de su comportamiento, era cada vez más difícil aumentar los impuestos, incluso cuando se intentaba mediante negociaciones directas con ciudades concretas. Mientras el Estado inglés creaba una burocracia impositiva moderna y eficiente, el Estado español de nuevo se movía en sentido contrario. La monarquía, además de monopolizar el comercio y de no asegurar los derechos de propiedad para los emprendedores, vendía cargos, a menudo los hacía hereditarios, se permitía el lujo de cobrar impuestos agrícolas e incluso vendía inmunidad frente a la justicia. Las consecuencias de estas instituciones políticas y económicas extractivas en España eran previsibles. Durante el siglo XVII, Inglaterra se dirigía al crecimiento comercial y a una rápida industrialización, y España caía en picado y se sumía en un declive económico generalizado. A principios de siglo, una de cada cinco personas de España vivía en zonas urbanas. A finales de siglo, esta cifra era de una de cada diez, debido al aumento del empobrecimiento de la población española. Las rentas españolas caían, mientras que Inglaterra se hacía rica. La persistencia y el fortalecimiento del absolutismo en España, mientras en Inglaterra era extirpado, es otro ejemplo de que las pequeñas diferencias importan durante las coyunturas críticas. Estas diferencias radicaban en la fuerza y la naturaleza de las instituciones representativas; la coyuntura crítica fue el descubrimiento de América. La interacción de estos factores provocó que España recorriera un camino muy distinto al de Inglaterra. Las instituciones económicas relativamente inclusivas que aparecieron en Inglaterra crearon un dinamismo económico sin precedentes que culminó en la revolución industrial, mientras que la industrialización no tenía ninguna posibilidad en España. La tecnología industrial se extendía por muchas partes del mundo, pero la economía española se había hundido tanto que ni siquiera existía la necesidad de que la Corona o las élites terratenientes bloquearan la industrialización. El temor a la industria Sin cambios de las instituciones políticas y el poder político similares a los que se produjeron en Inglaterra después de 1688, había muy pocas posibilidades de que los países absolutistas se beneficiaran de las innovaciones y las nuevas tecnologías de la revolución industrial. En España, por ejemplo, la falta de derechos de propiedad seguros y el colapso económico generalizado significaba que las personas no tuvieran ningún incentivo para hacer los sacrificios e inversiones necesarios. En Rusia y Austria-Hungría, no fue simplemente el abandono y la mala gestión de las élites y el deslizamiento económico insidioso bajo instituciones extractivas lo que impidió la industrialización, sino que los gobernantes bloquearon activamente cualquier intento de introducir aquellas tecnologías e inversiones básicas en infraestructuras como ferrocarriles que podrían haber actuado de catalizadores. En la época de la revolución industrial, en el siglo XVIII y principios del XIX, el mapa político de Europa era muy distinto a como es actualmente. El Sacro Imperio romano era un enorme conglomerado de más de cuatrocientos Estados, la mayoría de los cuales finalmente se unirían en Alemania, que ocupaba la mayor parte de Europa central. La Casa de Habsburgo todavía era una gran fuerza política, y su Imperio, conocido como Imperio de los Habsburgo o austro-húngaro, se extendía por una amplia área de alrededor de 647.000 kilómetros cuadrados, aunque ya no incluyera a España, después de que los Borbones se hubieran apoderado del trono español en 1700. Respecto a su población, era el tercer Estado más grande de Europa y estaba compuesto por una séptima parte de la población europea. A finales del siglo XVIII, las tierras de los Habsburgo incluían, en Occidente, lo que hoy es Bélgica, conocida entonces como los Países Bajos austriacos. Sin embargo, la mayor parte era el bloque contiguo de tierras alrededor de Austria y Hungría, que incluía las actuales República Checa y Eslovaquia, al norte, y Eslovenia, Croacia y grandes partes de Italia y Serbia, al sur. Al este, incluía gran parte de lo que hoy son Rumanía y Polonia. Los comerciantes de los dominios de los Habsburgo eran mucho menos importantes que en Inglaterra, y la Servidumbre prevalecía en las tierras de Europa oriental. Como vimos en el capítulo 4, Hungría y Polonia estaban en el corazón de la segunda servidumbre de Europa oriental. Los Habsburgo, a diferencia de los Estuardo, lograron mantener un control absolutista fuerte. Francisco I, que gobernó como último emperador del Sacro Imperio romano, entre 1792 y 1806, y después como emperador de Austria-Hungría hasta su muerte en 1835, era un absolutista consumado. No reconocía ningún límite a su poder y, sobre todo, deseaba preservar el statu quo político. Su estrategia básica era oponerse al cambio, a cualquier tipo de cambio. En 1821, lo dejó claro en un discurso, característico de los gobernantes Habsburgo, que dio ante los profesores de una escuela de Laibach, en el que afirmó: «No necesito sabios, sino ciudadanos buenos y honestos. Su tarea es educar a estos jóvenes para que sean esto último. Aquel que me sirva debe enseñar lo que yo le ordeno. Si alguien no puede hacerlo, o viene con ideas nuevas, se puede ir, o yo haré que se vaya». La emperatriz, María Teresa, que reinó entre 1740 y 1780, frecuentemente respondía a las sugerencias sobre cómo mejorar o cambiar instituciones comentando: «Dejad todo como está». Ella y su hijo José II, que fue emperador entre 1780 y 1790, fueron responsables de un intento de construir un Estado central más poderoso y un sistema administrativo más efectivo. Sin embargo, lo hicieron en el contexto de un sistema político sin limitaciones reales sobre sus acciones y con pocos elementos de pluralismo. No había un parlamento nacional que ejerciera un mínimo control sobre el monarca, solamente un sistema de dietas y Estados regionales, que históricamente habían tenido poderes en materia de impuestos y reclutamiento militar. Había todavía menos controles sobre lo que podían hacer los Habsburgo austro-húngaros que sobre los monarcas españoles, y el poder político estaba concentrado estrechamente. A medida que el absolutismo de los Habsburgo se reforzaba en el siglo XVIII, el poder de todas las instituciones no monárquicas se debilitó aún más. Cuando una delegación de ciudadanos de la provincia austriaca del Tirol pidió a Francisco una Constitución, él respondió: «¡Así que queréis una Constitución! [...] ¡No me importa! Os daré una Constitución, pero tenéis que saber que los soldados me obedecen a mí y no os lo pediré dos veces si necesito dinero... En cualquier caso, os aconsejo que tengáis cuidado con lo que vais a decir». Ante esta respuesta, los líderes tiroleses respondieron: «Si lo creéis así, es mejor no tener Constitución», a lo que Francisco respondió: «Eso es lo que opino yo también». Francisco disolvió el Consejo de Estado que había utilizado María Teresa como foro de consultas con sus ministros. A partir de aquel momento, no habría consultas ni debates públicos sobre las decisiones de la Corona. Creó una policía del Estado y censuró despiadadamente cualquier cosa que pudiera considerarse mínimamente radical. Su filosofía de gobierno fue definida por el conde Hartig, su antiguo asesor, como «mantenimiento ilimitado de la autoridad del soberano y rechazo de todas las demandas por parte del pueblo a una participación en dicha autoridad». Le ayudó en todo esto el príncipe Von Metternich, nombrado ministro de Exteriores en 1809. De hecho, el poder y la influencia de Metternich sobrevivieron a los de Francisco, ya que continuó siendo ministro de Exteriores durante casi cuarenta años. En el corazón de las instituciones económicas de los Habsburgo estaban el orden y la servidumbre feudales. Más hacia el este dentro del Imperio, el feudalismo se hizo más intenso, como reflejo de la desigualdad más general en instituciones económicas que vimos en el capítulo 4, al ir de Europa occidental a la oriental. La movilidad de la mano de obra estaba muy restringida, y la emigración era ilegal. Cuando el filántropo inglés Robert Owen intentó convencer al gobierno austriaco de que adoptara algunas reformas sociales para mejorar las condiciones de los pobres, uno de los ayudantes de Metternich, Friedrich von Gentz, contestó: «No deseamos que todas las grandes masas sean ricas e independientes... ¿Cómo íbamos a gobernarlas entonces?». Además de la servidumbre, que bloqueaba completamente la aparición de un mercado laboral y eliminaba los incentivos económicos o la iniciativa de la población rural, el absolutismo de los Habsburgo prosperaba gracias a monopolios y otras restricciones del comercio. La economía urbana estaba dominada por gremios, que limitaban la entrada de nuevos miembros en las profesiones. Hasta 1775, hubo aranceles internos dentro de la propia Austria, y en Hungría los hubo hasta 1784. Los aranceles sobre los productos de importación eran muy elevados y había muchas prohibiciones explícitas en la importación y exportación de bienes. Es evidente que la eliminación de mercados y la creación de instituciones económicas extractivas son bastante características del absolutismo, pero Francisco fue más allá. No era solamente que las instituciones económicas extractivas eliminaran los incentivos para innovar o adoptar tecnologías nuevas. En el capítulo 2, vimos que en el reino del Congo fracasaron los intentos de fomentar el uso de arados porque la gente carecía de incentivos debido a la naturaleza extractiva de sus instituciones económicas. El rey del Congo se dio cuenta de que, si podía hacer que la gente utilizara arados, la productividad agrícola aumentaría y generaría más riqueza, de lo que él se beneficiaría. Éste es un incentivo en potencia para todos los gobiernos, incluso los absolutistas. El problema en el Congo era que sus habitantes comprendían que cualquier cosa que produjeran podía ser confiscada por un monarca absolutista y, en consecuencia, no tenían incentivos para invertir ni utilizar una tecnología mejor. En las tierras de los Habsburgo, Francisco no animó a sus ciudadanos a adoptar una tecnología mejor; al contrario, de hecho, se opuso a ella, y bloqueó la expansión de tecnologías que el pueblo habría estado dispuesto a adoptar con las instituciones económicas existentes. La oposición a la innovación se manifestó de dos formas. La primera fue que Francisco I se opuso al desarrollo de la industria. Ésta conducía a fábricas que concentrarían a los trabajadores pobres en ciudades, sobre todo en la capital, Viena. Y aquellos trabajadores podrían apoyar a los que se oponían al absolutismo. Las políticas de Francisco I tenían como objetivo fijar las élites tradicionales y el statu quo político y económico. Quería que la sociedad continuara siendo principalmente agrícola, y pensaba que la mejor forma de hacerlo era que, para empezar, no se construyeran fábricas. Esto lo hizo directamente él. En 1802, prohibió la creación de fábricas nuevas en Viena. En lugar de fomentar la importación y la adopción de maquinaria nueva, que constituyen la base de la industrialización, la prohibió hasta 1811. La segunda forma fue que se opuso a la construcción de vías férreas, una de las nuevas tecnologías clave que aportaba la revolución industrial. En una ocasión en la que le presentaron un proyecto para construir una vía férrea en el norte, Francisco I contestó: «No, no, no tendré nada que ver con esto, no vaya a ser que la revolución llegue al país». Como el gobierno no otorgaba una concesión para construir vías para el tren de vapor, la primera vía que se construyó en el Imperio tuvo que utilizar vagones tirados por caballos. La línea, que iba de la ciudad de Linz, en el Danubio, a la de Budweis, en Bohemia, sobre el río Moldova, se construyó con pendientes y esquinas, lo que significaba que sería imposible utilizarla después para los trenes de vapor. Así que continuó utilizando la fuerza de los caballos hasta 1860. El potencial económico del desarrollo de la vía férrea en el Imperio pronto fue percibido por el banquero Salomon Rothschild, representante en Viena de la gran familia de banqueros. Nathan, hermano de Salomon, que vivía en Inglaterra, se quedó impresionado por el motor de George Stephenson, The Rocket, y el potencial de la locomoción de vapor. Se puso en contacto con su hermano para animarle a buscar oportunidades de desarrollar vías férreas en Austria, ya que creía que la familia podía lograr grandes beneficios financiando el desarrollo del ferrocarril. Salomon estuvo de acuerdo, pero el plan no llegó a buen puerto porque el emperador Francisco volvió a decir que no. La oposición a la industria y al ferrocarril impulsado por vapor se debía a la preocupación de Francisco por la destrucción creativa que acompañaba el desarrollo de una economía moderna. Sus prioridades eran garantizar la estabilidad de las instituciones extractivas que gobernaba y proteger las ventajas de las élites tradicionales que le daban apoyo. No solamente había poco que ganar con la industrialización, que socavaría el orden feudal atrayendo la mano de obra del campo a las ciudades, sino que Francisco también reconoció la amenaza que supondrían los grandes cambios económicos para su poder político. En consecuencia, bloqueó la industria y el progreso económico, fijando el retraso económico, que se manifestó de muchas formas. Por ejemplo, corría ya el año 1883, el 90 por ciento del hierro mundial se producía utilizando carbón, pero la mitad de la producción del territorio de los Habsburgo todavía empleaba el mucho menos eficiente carbón vegetal. De forma similar, hasta la primera guerra mundial, cuando se hundió el Imperio, los artículos textiles nunca se llegaron a tejer de forma completamente mecánica, sino de forma manual. Austria-Hungría no era el único caso de temor a la industria. Más al este, Rusia tenía un conjunto igualmente absolutista de instituciones políticas, creadas por Pedro el Grande, como vimos anteriormente en este capítulo. Igual que Austria-Hungría, las instituciones económicas de Rusia eran altamente extractivas y se basaban en la servidumbre, con lo que mantenían como mínimo a la mitad de la población atada a la tierra. Los siervos tenían que trabajar a cambio de nada tres días a la semana en las tierras de sus señores. No se podían marchar, carecían de libertad de oficio y podían ser vendidos por capricho de su señor a otro señor. El filósofo radical Piotr Kropotkin, uno de los fundadores del anarquismo moderno, dejó una descripción clara del funcionamiento de la servidumbre durante el reinado del zar Nicolás I, que gobernó Rusia desde 1825 hasta 1855. Recordaba de su niñez: [...] historias de hombres y mujeres arrancados de sus familias y sus pueblos y vendidos, perdidos en apuestas o cambiados por un par de perros de caza, y transportados a alguna parte remota de Rusia[...], de niños arrebatados a sus padres y vendidos a amos crueles o disolutos, de azotes en los establos, lo que ocurría todos los días con una crueldad nunca vista; de una niña que encontró su única salvación en ahogarse; de un hombre que se había hecho viejo al servicio de su señor y que, finalmente, se ahorcó bajo la ventana de su señor, y de revueltas de siervos, que fueron suprimidas por los generales de Nicolás I golpeando hasta la muerte a cada décimo o quinto hombre que sacaban de las filas, y asolando el pueblo [...]. Respecto a la pobreza que vi durante nuestros viajes a ciertos pueblos, sobre todo los que pertenecían a la familia imperial, no hay palabras adecuadas para describir la miseria a los lectores que no la han visto. Exactamente como en Austria-Hungría, el absolutismo no solamente creó una serie de instituciones económicas que impidieron la prosperidad de la sociedad. Había un temor similar a la destrucción creativa, a la industria y al ferrocarril. En el corazón de esta oposición durante el reinado de Nicolás I estaba el conde Egor Kankrin, que fue ministro de Finanzas entre 1823 y 1844 y que tuvo un papel clave al oponerse a los cambios en la sociedad necesarios para fomentar la prosperidad económica. Las políticas de Kankrin tenían como objetivo reforzar los pilares políticos tradicionales del régimen, sobre todo los de la aristocracia terrateniente, y mantener a la sociedad rural y agrícola. Tras convertirse en ministro de Finanzas, Kankrin rápidamente anuló una propuesta del ministro de Finanzas anterior, Gurev, para desarrollar un Banco Comercial propiedad del gobierno para hacer préstamos a la industria. Kankrin reabrió el Banco de Préstamos Estatal, que había estado cerrado durante las guerras napoleónicas. Este banco se había creado originalmente para conceder préstamos a grandes terratenientes a tipos subvencionados, política que Kankrin aprobaba. Los préstamos exigían que los solicitantes presentaran siervos como «garantía» o aval, de forma que solamente los terratenientes feudales podían obtener aquellos préstamos. Para financiar el Banco de Préstamos Estatal, Kankrin transfirió activos del Banco Comercial, con lo que mataba dos pájaros de un tiro: de este modo, quedaría poco dinero para la industria. La actitud de Kankrin estaba proféticamente determinada por el temor de que el cambio económico conllevara el cambio político, unas ideas que compartía el zar Nicolás. La llegada al poder de Nicolás en diciembre de 1825 había sido casi abortada por un golpe frustrado de oficiales militares, los denominados decembristas, que tenían un programa radical de cambio social. Nicolás escribió al gran duque Mijaíl: «La revolución está a las puertas de Rusia, pero juro que no penetrará en el país mientras yo viva». Nicolás temía los cambios sociales que conllevaría la creación de una economía moderna. Tal y como dijo en un discurso que pronunció en una reunión de fabricantes en una muestra industrial de Moscú: Tanto el Estado como los fabricantes deben centrar su atención en un tema, sin el cual las fábricas en sí se convertirían en un mal y no en una bendición; el cuidado de los trabajadores que aumentan en número anualmente. Necesitan una supervisión enérgica y paternal de su moral; sin ella, esta masa de personas poco a poco se corromperá y, al final, se convertirá en una clase tan miserable como peligrosa para sus señores. Igual que en el caso de Francisco I, Nicolás temía que la destrucción creativa desencadenada por una economía industrial moderna socavara el statu quo político en Rusia. Alentado por Nicolás, Kankrin dio pasos específicos para ralentizar el potencial para la industria. Prohibió varias exposiciones industriales, que previamente se habían realizado periódicamente para mostrar tecnologías nuevas y facilitar la adopción de dichas novedades. En 1848, Europa fue sacudida por una serie de levantamientos revolucionarios. En respuesta a uno de ellos, A. A. Zakrevskii, gobernador militar de Moscú, encargado de mantener el orden público, escribió a Nicolás: «Para el mantenimiento de la calma y la prosperidad, que, en la actualidad, solamente disfruta Rusia, el gobierno no debe permitir la reunión de personas disolutas y sin hogar, que fácilmente se unirían a cualquier movimiento, destruyendo la paz social o privada». Su consejo fue llevado ante los ministros de Nicolás y, en 1849, se promulgó una ley que ponía límites severos al número de fábricas que se podían abrir en cualquier parte de Moscú. Prohibía específicamente la apertura de fábricas de hilado de lana o algodón y de fundiciones de hierro. Otras industrias, como el tejido y el teñido, tenían que hacer una petición al gobernador militar si querían abrir nuevas fábricas. Al final, el hilado de algodón se prohibió explícitamente. El objetivo de la ley era acabar con cualquier concentración de trabajadores potencialmente rebeldes en la ciudad. La oposición al ferrocarril acompañó a la oposición a la industria, exactamente como en Austria- Hungría. Antes de 1842, solamente había un ferrocarril en Rusia, el de Tsarskoe Selo, que recorría veintisiete kilómetros desde San Petersburgo hasta las residencias imperiales de Tsarskoe Selo y Pavlovsk. Kankrin se oponía a la industria, y no veía razones para fomentar el ferrocarril. Afirmaba que éste conllevaría una peligrosa movilidad social y destacaba que «los ferrocarriles no siempre son resultado de una necesidad natural, sino que son más bien un objeto de necesidad o lujo artificial. Fomentan el viaje innecesario de un lugar a otro, lo que es totalmente típico de nuestro tiempo». Kankrin rechazó numerosas ofertas para construir vías férreas y hubo que esperar hasta 1851 para que se creara una línea que uniera Moscú con San Petersburgo. La política de Kankrin continuó gracias al conde Kleinmichel, que fue nombrado jefe de la administración central de transportes y edificios públicos. Esta institución se convirtió en el árbitro principal de la construcción del ferrocarril y Kleinmichel la utilizó como plataforma para disuadir de su construcción. Después de 1849, incluso utilizó su poder para censurar el debate sobre el desarrollo del ferrocarril en los periódicos. En el mapa 13, se muestran las consecuencias de esta lógica. Mientras el ferrocarril atravesaba Gran Bretaña y la mayor parte del noroeste de Europa en 1870, muy pocas vías férreas penetraban en el vasto territorio de Rusia. La política contra el ferrocarril solamente cambió después de la derrota definitiva rusa a manos de las fuerzas británicas, francesas y otomanas en la guerra de Crimea (1853- 1856), cuando se consideró que el retraso de su red de transporte era una seria desventaja para la seguridad rusa. Además, hubo muy poco desarrollo del ferrocarril en el Imperio austro-húngaro fuera de Austria y las partes occidentales del Imperio; no obstante, las revoluciones de 1848 sí llevaron el cambio a aquellos territorios, sobre todo la abolición de la servidumbre. No se permite la navegación El absolutismo reinó no solamente en gran parte de Europa, sino también en Asia, y, de manera similar, impidió la industrialización durante la coyuntura crítica creada por la revolución industrial. Las dinastías Ming y Qing de China y el absolutismo del Imperio otomano ilustran este patrón. Durante la dinastía Song, entre los años 960 y 1279, China era líder mundial en muchas innovaciones tecnológicas. Inventaron el reloj, la brújula, la pólvora, el papel y el papel moneda, la porcelana y los altos hornos para hacer hierro fundido antes que Europa. Desarrollaron independientemente ruecas y energía hidráulica más o menos a la vez que aparecieron en el otro extremo de Eurasia. En consecuencia, en el año 1500, el nivel de vida era probablemente como mínimo tan alto en China como en Europa. Durante siglos, China también tuvo un Estado centralizado con una función pública contratada meritocráticamente. Sin embargo, China era absolutista y el crecimiento bajo la dinastía Song se realizaba con instituciones extractivas. No había representación política para ningún grupo que no fuera la monarquía en la sociedad, nada que se pareciera al Parlamento inglés o a las Cortes españolas. Los comerciantes siempre habían tenido un estatus precario en China, y los grandes inventos de los Song no fueron impulsados por incentivos del mercado, sino auspiciados o, incluso, ordenados, por el gobierno. Poco de aquello fue comercializado. Tras la dinastía Song, el control del Estado se intensificó durante las dinastías Ming y Qing. En la raíz de aquel control encontramos la lógica habitual de las instituciones extractivas. Como la mayoría de los gobernantes que presidían con instituciones extractivas, los emperadores absolutistas de China se oponían al cambio, buscaban la estabilidad y, esencialmente, temían la destrucción creativa. El caso que mejor lo ilustra es la historia del comercio internacional. Como hemos visto, el descubrimiento de América y la organización del comercio internacional tuvieron un papel crucial en los conflictos políticos y los cambios institucionales de la incipiente Europa moderna. En China, los comerciantes privados normalmente hacían negocios dentro del país, pero el Estado monopolizaba el comercio exterior. Cuando la dinastía Ming llegó al poder en el año 1368, el emperador Hongwu gobernó durante treinta años. A Hongwu le preocupaba que el comercio exterior fuera desestabilizador desde el punto de vista político y social, y permitió que hubiera comercio internacional solamente si estaba organizado por el gobierno y si implicaba recaudar impuestos, no llevar a cabo actividades comerciales. Hongwu incluso ejecutó a cientos de personas acusadas de intentar convertir las misiones tributarias en aventuras comerciales. Entre 1377 y 1397, no se permitieron misiones tributarias que supusieran navegar en el océano. Prohibió a las personas físicas comerciar con el extranjero y no permitió que los chinos navegaran fuera del país. En 1402, el emperador Yongle llegó al trono e inició uno de los períodos más famosos de la historia china reanudando el comercio exterior patrocinado por el gobierno a gran escala. Yongle patrocinó al almirante Zheng He para que realizara seis enormes misiones al sureste y al sur de Asia, Arabia y África. Los chinos conocían aquellos lugares por su larga historia de relaciones comerciales, pero nunca había sucedido nada a esa escala antes. La primera flota incluía a veintisiete mil ochocientos hombres y sesenta y dos grandes barcos de tesoros, acompañados por ciento noventa barcos más pequeños, entre los que se contaban algunos específicamente para llevar agua dulce, otros para provisiones y otros para tropas. Sin embargo, el emperador Yongle detuvo temporalmente las misiones después de la sexta en 1422. Esto se hizo permanente por parte de su sucesor, Hongxi, que gobernó de 1424 a 1425. La muerte prematura de Hongxi llevó al trono al emperador Xuande, que, al principio, permitió que Zheng He llevara a cabo su misión final, en 1433. No obstante, después de ésta, se prohibió todo el comercio exterior. En 1436, incluso se declaró ilegal construir barcos para la navegación marítima. La prohibición del comercio exterior continuó hasta 1567. Estos acontecimientos, aunque solamente eran la punta del iceberg extractivo que impedía muchas actividades económicas consideradas potencialmente desestabilizadoras, tuvieron un impacto crucial en el desarrollo económico chino. Justo en el momento en el que el comercio internacional y el descubrimiento de América estaban transformando fundamentalmente las instituciones de Inglaterra, China se apartó de esta coyuntura crítica y se replegó hacia el interior. Este cambio no acabó en 1567. La dinastía Ming fue derrocada en 1644 por el pueblo yurchen, los manchúes del interior de Asia, que crearon la dinastía Qing. Posteriormente, se vivió un período de intensa inestabilidad política. Los Qing expropiaron propiedades y activos de forma masiva. T’ang Chen, un erudito chino retirado y comerciante frustrado, escribió hacia 1690: Han pasado más de cincuenta años desde la fundación de la dinastía Ch’ing [Qing], y el Imperio cada día que pasa es más pobre. Los agricultores están en la miseria, los artesanos están en la miseria, los comerciantes están en la miseria y los oficiales también están en la miseria. El cereal es barato, pero es difícil tener suficiente para comer. La ropa es barata, pero es difícil cubrirse la piel. Cantidades enormes de productos viajan de un mercado a otro, pero hay que vender la carga con pérdidas. Al dejar sus puestos, los oficiales descubren que no tienen medios para ganarse la vida. De hecho, las cuatro profesiones están empobrecidas. En 1661, el emperador Kangxi ordenó que todas las personas que vivían en la costa desde Vietnam hasta Chekiang (básicamente, toda la costa sur, la que fue en el pasado la parte activa más comercial de China) debían irse a vivir veintisiete kilómetros hacia el interior. La costa fue patrullada por tropas para imponer aquella medida y, hasta 1693, se prohibió navegar por toda la costa. Esta prohibición se volvió a imponer periódicamente en el siglo XVIII, con lo que, de hecho, se atrofió la aparición del comercio extranjero chino. Aunque se desarrollaron algunas relaciones, pocas personas estaban dispuestas a invertir cuando el emperador podía cambiar de repente de idea y prohibir el comercio, con lo que la inversión en barcos, equipos y relaciones comerciales no valdría nada o incluso conduciría a una situación peor. El razonamiento de los Estados Ming y Qing para oponerse al comercio internacional ya resulta familiar: el temor a la destrucción creativa. El objetivo principal de los líderes era la estabilidad política. El comercio internacional era potencialmente desestabilizador ya que los comerciantes se enriquecían y se envalentonaban, como en el caso de Inglaterra durante la expansión por el Atlántico. No era solamente lo que creían los gobernantes durante las dinastías Ming y Qing, sino también la actitud de los gobernantes de la dinastía Song, aunque éstos sí estuvieron dispuestos a patrocinar innovaciones tecnológicas y permitir una mayor libertad comercial, pero bajo la condición de que estuvieran bajo su control. Las cosas empeoraron bajo las dinastías Ming y Qing cuando se intensificó el control del Estado sobre la actividad económica y se prohibió el comercio con el extranjero. Sin duda, había mercados y comercio en la China Ming y Qing, y el gobierno recaudaba impuestos bastante bajos en la economía nacional. Sin embargo, hacía poco para apoyar la innovación e intercambió la estabilidad política por el desarrollo de la prosperidad industrial o mercantil. La consecuencia de todo este control absolutista de la economía era previsible: la economía china estuvo estancada a lo largo del siglo XIX y principios del XX, mientras que otras economías se industrializaban. Cuando Mao estableció su régimen comunista en 1949, China se había convertido en uno de los países más pobres del mundo. El absolutismo del preste Juan El absolutismo como conjunto de instituciones políticas y las consecuencias económicas que provocaba no se limitaban a Europa y Asia. Estaban presentes en África, por ejemplo, en el reino del Congo, como vimos en el capítulo 2. Un ejemplo todavía más duradero del absolutismo africano es Etiopía o Abisinia, cuyas raíces vimos en el capítulo 6, cuando comentamos la aparición del feudalismo tras el declive de Aksum. El absolutismo abisino fue incluso más duradero que sus homólogos europeos porque se enfrentó a desafíos y coyunturas críticas muy distintos. Después de la conversión del rey Ezana de Aksum al cristianismo, los etíopes continuaron siendo cristianos y, en el siglo XIV, se habían convertido en el foco del mito del rey preste Juan. El preste Juan era un rey cristiano que había sido apartado de Europa por el auge del islam en Oriente Próximo. Inicialmente, se pensaba que su reino estaba en la India. Sin embargo, a medida que el conocimiento europeo sobre la India aumentaba, la gente se dio cuenta de que no era verdad. El rey de Etiopía, como era cristiano, se convirtió en un objetivo natural para el mito. De hecho, los reyes etíopes se esforzaron por forjar alianzas con los monarcas europeos contra las invasiones árabes, enviando misiones diplomáticas a Europa desde como mínimo el año 1300 en adelante, e incluso convencieron al rey portugués para que enviara soldados. Estos soldados, junto con diplomáticos, jesuitas y viajeros que deseaban conocer al preste Juan, dejaron muchos relatos sobre Etiopía. Algunos de los más interesantes desde el punto de vista económico son los de Francisco Álvares, capellán que acompañaba a una misión diplomática portuguesa que estuvo en Etiopía entre 1520 y 1527. Además, hay relatos del jesuita Manoel de Almeida, que vivió en Etiopía desde 1624, y de John Bruce, un viajero que estuvo en el país entre 1768 y 1773. En estos textos, se describen con todo lujo de detalle las instituciones políticas y económicas de aquel momento en Etiopía y no dejan lugar a dudas acerca de que Etiopía era un ejemplo perfecto de absolutismo. No había instituciones pluralistas de ningún tipo, ni controles ni limitaciones al poder del emperador, que reclamaba el derecho a gobernar basándose en sus supuestos antepasados legendarios, el rey Salomón y la reina de Saba. La consecuencia del absolutismo fue una gran inseguridad de los derechos de propiedad impulsados por la estrategia política del emperador. John Bruce, por ejemplo, anotó: Toda la tierra es del rey; él la da a quien él desea cuando le place y la recupera cuando le apetece. En cuanto muera, toda la tierra del reino estará a disposición de la Corona, y no sólo eso, sino que, si se produce la muerte del propietario actual, sus posesiones, por mucho tiempo que las haya disfrutado, pasan al rey, y no a su hijo mayor. Álvares aseguró que habría mucha más «fruta y labranza si los grandes hombres no trataran mal al pueblo». El relato de Manoel de Alameida sobre el funcionamiento de la sociedad concuerda con lo anterior. Alameida observó: Es tan habitual que el emperador intercambie, altere y arrebate las tierras que tiene cada hombre cada dos o tres años, en ocasiones cada año e incluso muchas veces al año, que no causa sorpresa alguna. A menudo, un hombre ara la tierra, otro siembra y otro recoge la cosecha. Por eso, sucede que nadie cuida de la tierra que disfruta, ni siquiera hay nadie que plante un árbol porque sabe que el que lo planta rara vez recoge el fruto. Sin embargo, para el rey, es útil que ellos dependan tanto de él. Estas descripciones sugieren que había grandes similitudes entre las estructuras políticas y económicas de Etiopía y las del absolutismo europeo, aunque también dejan claro que el absolutismo fue más intenso en Etiopía y las instituciones económicas, todavía más extractivas. Además, como destacamos en el capítulo 6, Etiopía no estaba sujeta a las mismas coyunturas críticas que ayudaron a minar el régimen absolutista de Inglaterra. Etiopía estaba aislada de muchos de los procesos que configuraron el mundo moderno. Incluso aunque no hubiera sido así, la intensidad de su absolutismo probablemente habría provocado que el absolutismo se reforzara aún más. Por ejemplo, como en España, el comercio internacional en Etiopía, incluido el lucrativo tráfico de esclavos, estaba controlado por el monarca. Etiopía no estaba completamente aislada. Los europeos realmente buscaron al preste Juan, y realmente tuvo que luchar contra los Estados islámicos circundantes. Sin embargo, el historiador Edward Gibbon observó con cierta precisión que «rodeados por todas partes por los enemigos de su religión, los etíopes durmieron casi mil años, olvidando al mundo, que también se olvidaba de ellos». Cuando empezó la colonización europea de África en el siglo XIX, Etiopía era un reino independiente bajo el mando de Ras Kassa, coronado como emperador Teodoro II en 1855. Teodoro se embarcó en la modernización del Estado y creó una burocracia y un poder judicial centralizados y un poder militar capaz de controlar el país y, posiblemente, de luchar contra los europeos. Destinó gobernadores militares, responsables de recaudar impuestos y enviárselos a él, para que se encargaran de todas las provincias. Sus negociaciones con las potencias europeas fueron difíciles y, debido a su exasperación, encarceló al cónsul inglés. En 1868, los ingleses enviaron una fuerza expedicionaria que saqueó la capital. Teodoro se suicidó. De todas formas, el gobierno reconstruido por Teodoro logró uno de los grandes triunfos anticolonialistas del siglo XIX, contra los italianos. En 1889, Menelik II llegó al trono, y se tuvo que enfrentar de inmediato al interés de Italia por establecer una colonia allí. En 1885, el canciller alemán Bismarck había convocado una conferencia en Berlín en la que las potencias europeas planearon la «lucha por África», es decir, decidieron cómo dividir África en distintas esferas de interés. En la conferencia, Italia aseguró su derecho a tener colonias en Eritrea, la costa de Etiopía y Somalia. Etiopía, aunque no estuviera representada en la conferencia, consiguió sobrevivir intacta. Sin embargo, los italianos todavía tenían los ojos puestos allí y, en 1896, enviaron un ejército hacia el sur desde Eritrea. La respuesta de Menelik fue parecida a la que hubiera dado un rey medieval europeo; formó un ejército haciendo que la nobleza convocara a sus hombres armados. Mediante este enfoque no se podía conseguir un ejército en el campo de batalla durante mucho tiempo, pero sí se conseguía un ejército enorme durante un período corto de tiempo. Este período corto bastó para derrotar a los italianos, cuyos quince mil hombres fueron aplastados por los cien mil de Menelik en la batalla de Adua de 1896. Fue la derrota militar más seria que pudo infligir un país africano precolonial a una potencia europea, y garantizó la independencia de Etiopía durante otros cuarenta años. El último emperador de Etiopía, Ras Tafari, fue coronado Haile Selassie en 1930. Gobernó hasta ser derrocado por una segunda invasión italiana, que empezó en 1935, pero volvió del exilio con la ayuda de los ingleses en 1941. Posteriormente, gobernó hasta ser derrocado en 1974 por un golpe efectuado por el Derg, «el Comité», un grupo de oficiales del ejército marxistas que empobrecieron y devastaron todavía más el país. Las instituciones económicas extractivas básicas del Imperio etíope absolutista, como el gult (mencionado anteriormente en esta obra) y el feudalismo creado tras el hundimiento de Aksum, duraron hasta ser abolidas tras la revolución de 1974. Actualmente, Etiopía es uno de los países más pobres del mundo. La renta del etíope medio es alrededor de una cuadragésima parte de la de un ciudadano medio inglés. La mayor parte de la población vive en zonas rurales y practica la agricultura de subsistencia. Carecen de agua potable, electricidad y acceso adecuado a la educación y la sanidad. La esperanza de vida es de unos cincuenta y cinco años y solamente una tercera parte de los adultos están alfabetizados. La comparación entre Inglaterra y Etiopía refleja la desigualdad mundial. La razón de que Etiopía esté donde está hoy es que, a diferencia de Inglaterra, el absolutismo etíope persistió hasta un pasado reciente. Y llegó acompañado de instituciones económicas extractivas y pobreza para la masa etíope, aunque, evidentemente, los emperadores y la nobleza salieron enormemente beneficiados. No obstante, la consecuencia más duradera del absolutismo fue que la sociedad etíope no pudo aprovechar las oportunidades de industrialización durante el siglo XIX y principios del XX, lo que reforzó la absoluta pobreza de sus ciudadanos hoy en día. Los niños de Samaale Las instituciones políticas absolutistas del mundo impidieron la industrialización, ya fuera indirectamente, mediante la organización de la economía, o directamente, como hemos visto en los casos de Austria-Hungría y Rusia. Sin embargo, el absolutismo no fue el único obstáculo para la aparición de instituciones económicas inclusivas. En los albores del siglo XIX, muchas partes del mundo, especialmente de África, carecían de un Estado que pudiera proporcionar un mínimo de ley y orden, el requisito previo esencial para tener una economía moderna. No había un equivalente a un Pedro el Grande de Rusia que iniciara el proceso de centralización política y que después forjara el absolutismo ruso, y mucho menos nadie parecido a los Tudor en Inglaterra, que centralizara el Estado sin destruir completamente (o, más apropiadamente, sin ser completamente capaz de destruir) el Parlamento y otros límites de su poder. Sin algún tipo de centralización política, aunque las élites de estos Estados africanos hubieran deseado recibir a la industrialización con los brazos abiertos, no habría habido mucho que pudieran hacer. Somalia, situada en el cuerno de África, ilustra los efectos devastadores de la falta de centralización política. Ha estado dominada históricamente por seis clanes familiares. Los cuatro clanes más grandes, Dir, Darod, Isaq y Hawiye, afirman que sus antepasados proceden de un ancestro mítico, Samaale. Estas familias de clanes se originaron en el norte de Somalia y poco a poco se extendieron al sur y al este, e, incluso hoy, son principalmente un pueblo de pastores que migran con sus rebaños de cabras, ovejas y camellos. En el sur, los Digil y los Rahanweyn, agrícolas sedentarios, forman las dos últimas familias de clanes. Los territorios de dichos clanes aparecen en el mapa 12. Los somalíes se identifican primero con su clan familiar, pero son muy extensos y contienen multitud de subgrupos. Los primeros son los clanes cuyos ancestros se remontan a uno de los grandes clanes familiares. Más significativas son las agrupaciones dentro de los clanes, que se denominan grupos de pago de la diya, formados por familiares con vínculos estrechos que pagan y recogen la diya, o «riqueza de sangre», una compensación que se paga tras el asesinato de uno de sus miembros. Los clanes somalíes y los grupos de pago de la diya estaban históricamente sumidos en un conflicto prácticamente continuo por los escasos recursos que tenían a su disposición, sobre todo los recursos hídricos y las tierras buenas de pastoreo para sus animales. Además, constantemente robaban los rebaños de los clanes y grupos de pago de la diya vecinos. Aunque los clanes tenían líderes llamados sultanes, y ancianos, estas personas no tenían un poder real. El poder político estaba muy disperso, ya que cada somalí adulto hombre podía opinar sobre las decisiones que podían afectar al clan o al grupo. Esto se logró a través de un consejo informal formado por hombres adultos. No había ley escrita, policía ni sistema legal, excepto la ley charía que se utilizó como marco dentro del cual incluir las leyes informales. Estas leyes informales para un grupo de pago de la diya se codificarían en lo que se denominó heer, un cuerpo de obligaciones y derechos formulados explícitamente que el grupo exigía que obedecieran otras personas en sus interacciones con el grupo. Con la aparición del gobierno colonial, se empezó a escribir todo el heer. Por ejemplo, el linaje Hassan Ugaas formó un grupo de pago de la diya de unos mil quinientos hombres y era un subclán del clan familiar Dir en la Somalilandia británica. El 8 de marzo de 1950, su heer fue registrado por el comisionado de distrito británico; las primeras tres cláusulas decían: 1. Cuando un hombre de los Hassan Ugaas es asesinado por un grupo externo, su familiar más próximo recogerá veinte camellos de su riqueza de sangre (cien) y los ochenta camellos restantes serán compartidos por todos los Hassan Ugaas. 2. Si un hombre de los Hassan Ugaas queda herido por alguien de fuera y sus heridas se valoran en treinta y tres camellos y un tercio, se le deben dar diez camellos y los restantes serán para su grupo jiffo (un subgrupo del grupo diya). 3. El homicidio entre los miembros de los Hassan Ugaas está sujeto a compensación a un precio de treinta y tres camellos y un tercio, pagables solamente al familiar más próximo. Si el culpable no puede pagarlo todo o parte de dicha compensación, recibirá la ayuda de su linaje. El hincapié que se hace en el heer por el asesinato y las heridas refleja el estado de guerra prácticamente constante entre los grupos de pago de la diya y los clanes. También la riqueza de sangre y la disputa de sangre fueron decisivas. Un crimen contra una persona se cometía contra todo el grupo de pago de la diya y exigía una compensación colectiva, la riqueza de sangre. Si no se pagaba dicha riqueza de sangre, el grupo de pago de la diya de la persona que había cometido el crimen se enfrentaba a la compensación colectiva de la víctima. Cuando el transporte moderno llegó a Somalia, la riqueza de sangre se extendió a gente que quedaba herida o que fallecía en accidentes de tráfico. El heer de los Hassan Ugaas no se refería solamente al asesinato, sino que la cláusula 6 decía: «Si un hombre de los Hassan Ugaas insulta a otro en un consejo de los Hassan Ugaas, pagará ciento cincuenta chelines a la parte ofendida». A principios de 1955, los rebaños de dos clanes, el Habar Tol Ja’lo y el Habar Yuunis, pasturaban cerca unos de otros en la región de Domberelly. Un hombre del Yuunis quedó herido tras una disputa con un miembro del Tol Ja’lo por una manada de camellos. El clan Yuunis se vengó inmediatamente, atacando al clan Tol Ja’lo y matando a un hombre. Siguiendo el código de la riqueza de sangre, aquella muerte condujo a que el clan Yuunis ofreciera una compensación al clan Tol Ja’lo, que fue aceptada. La riqueza de sangre se iba a entregar en persona, como siempre, en forma de camellos. En la ceremonia de entrega, uno de los Tol Ja’lo mató a un miembro de los Yuunis, al confundirlo con un miembro del grupo de pago de la diya del asesino. Aquello condujo a la guerra sin cuartel y, al cabo de cuarenta y ocho horas, trece Yuunis y veintiséis Tol Ja’lo habían sido asesinados. La guerra continuó otro año antes de que los ancianos de ambos clanes, unidos por la administración colonial inglesa, consiguieron negociar un acuerdo (el intercambio de riqueza de sangre) que satisfizo a ambas partes y se pagó durante los tres años siguientes. El pago de la riqueza de sangre tenía lugar bajo la sombra de la amenaza de fuerza y disputa. Incluso una vez pagada, no detenía necesariamente el conflicto, que normalmente moría y volvía a estallar de nuevo. Por lo tanto, el poder político estaba ampliamente disperso en la sociedad somalí, era casi pluralista. Sin embargo, sin la autoridad de un Estado centralizado que impusiera el orden, y los derechos de propiedad, no conllevó la aparición de instituciones inclusivas. Nadie respetaba la autoridad de los demás, y nadie, incluyendo al Estado colonial británico cuando llegó, fue capaz de imponer el orden. La falta de centralización política hizo imposible que Somalia se beneficiara de la revolución industrial. En este clima, habría sido inimaginable invertir o adoptar las nuevas tecnologías procedentes de Gran Bretaña ni crear el tipo de organizaciones necesarias para hacerlo. La compleja política de Somalia incluso tuvo implicaciones todavía más sutiles para el progreso económico. Anteriormente, mencionamos algunos de los grandes enigmas tecnológicos de la historia africana. Antes de la expansión del control colonial a finales del siglo XIX, las sociedades africanas no utilizaban el transporte con ruedas ni la agricultura con arados, y pocas tenían escritura. Etiopía sí que la tenía, como hemos visto. Los somalíes también tenían escritura, pero, a diferencia de los etíopes, no la utilizaban. Ya hemos visto ejemplos de esto en la historia africana. Las sociedades africanas puede que no utilizaran ruedas ni arados, pero no cabe duda de que los conocían. En el caso del reino del Congo, como hemos visto, esto se debía fundamentalmente al hecho de que las instituciones económicas no creaban incentivos para que el pueblo adoptara esas tecnologías. ¿Podían surgir los mismos problemas con la adopción de la escritura? Podemos hacernos una idea a partir del reino de Taqali, situado al noroeste de Somalia, en las montañas Nuba del sur de Sudán. El reino de Taqali, formado a finales del siglo XVIII por una banda de guerreros dirigida por un hombre llamado Isma’il, fue independiente hasta ser anexionado al Imperio británico en 1884. El rey y el pueblo Taqali tenían acceso a la escritura en árabe, pero sólo la utilizaban, excepto los reyes, para su comunicación externa con otros Estados y para la correspondencia diplomática. En principio, esta situación resulta muy desconcertante. La historia tradicional del origen de la escritura en Mesopotamia es que fue desarrollada por los Estados para registrar información, controlar al pueblo y recaudar impuestos. ¿Acaso no estaba el Estado Taqali interesado en estos asuntos? Estas cuestiones fueron investigadas por la historiadora Janet Ewald a finales de la década de los setenta cuando intentaba reconstruir la historia del Estado Taqali. Parte de la historia es que los ciudadanos se resistieron al uso de la escritura porque temían que se utilizara para controlar recursos como la tierra valiosa, al permitir que el Estado reclamara su propiedad. También temían que condujera a una recaudación de impuestos más sistemática. La dinastía que empezó Isma’il no condujo a un Estado potente. Aunque lo hubiera querido, el Estado no era lo suficientemente fuerte para imponer su voluntad contra las objeciones de los ciudadanos. Sin embargo, había otros factores más sutiles en juego. Varias élites también se oponían a la centralización política, por ejemplo, al preferir la interacción oral a la escrita con los ciudadanos, porque así tenían una libertad máxima. Las leyes u órdenes escritas no se podían retirar o negar y eran más difíciles de cambiar; establecían puntos de referencia que las élites gobernantes podrían querer cambiar por completo. Por lo tanto, ni los administrados ni los administradores de Taqali consideraron que la introducción de la escritura los fuera a beneficiar. Los administrados temían cómo la utilizarían los administradores, y los propios administradores vieron que la ausencia de escritura ayudaba a su ya precario control del poder. Fue la política de Taqali lo que impidió que se introdujera la escritura. Aunque los somalíes tenían una élite aún menos definida que la del reino Taqali, es bastante plausible que las mismas fuerzas inhibieran su uso de la escritura y la adopción de otras tecnologías básicas. El caso somalí muestra las consecuencias de la falta de centralización política para el crecimiento económico. La literatura histórica no registra ejemplos de intentos de crear esa centralización en Somalia. No obstante, es evidente por qué habría sido muy difícil. El hecho de centralizar políticamente habría significado que algunos clanes estuvieran sujetos al control de otros. Sin embargo, rechazaron este dominio, y la rendición de su poder que esto habría entrañado: el equilibrio de poder militar en la sociedad también habría dificultado crear esas instituciones centralizadas. De hecho, es probable que cualquier grupo o clan que hubiera intentado centralizar el poder no solamente se habría enfrentado a una resistencia férrea, sino que habría perdido su poder y los privilegios que tenía. Como consecuencia de esta falta de centralización política y la ausencia que implica de incluso la seguridad más básica de los derechos de propiedad, la sociedad somalí nunca generó incentivos para invertir en tecnologías que mejoraran la productividad. Mientras en otras partes del mundo se llevaba a cabo un proceso de industrialización en el siglo XIX y principios del XX, los somalíes luchaban y defendían su vida, y su retraso económico se hizo más fuerte. Soportar el retraso La revolución industrial creó una coyuntura crítica transformadora para todo el mundo durante el siglo XIX y más allá: las sociedades que permitieron a sus ciudadanos invertir en nuevas tecnologías podían crecer rápido. Sin embargo, muchas no pudieron hacerlo, o eligieron explícitamente no hacerlo. Los países controlados por instituciones políticas y económicas extractivas no generaron aquellos incentivos. España y Etiopía proporcionan ejemplos de que el control absolutista de las instituciones políticas y las instituciones económicas extractivas implicadas asfixiaban los incentivos económicos mucho antes de la llegada del siglo XIX. El resultado fue similar en otros regímenes absolutistas (por ejemplo, en Austria-Hungría, Rusia, el Imperio otomano y China, aunque, en estos casos, los gobernantes, debido a su temor a la destrucción creativa, no solamente dejaron de fomentar el progreso económico, sino que dieron pasos explícitamente para bloquear la extensión de las nuevas tecnologías que aportarían industrialización). El absolutismo no es la única forma de institución política extractiva y tampoco fue el único factor que impidió la industrialización. Las instituciones políticas y económicas inclusivas exigen cierto grado de centralización política para que el Estado pueda imponer la ley y el orden, defender derechos de propiedad y fomentar la actividad económica invirtiendo en servicios públicos cuando sea necesario. Sin embargo, todavía hoy, muchos países, como Afganistán, Haití, Nepal y Somalia, tienen Estados que son incapaces de mantener el orden más rudimentario y los incentivos económicos prácticamente se destruyen. El caso de Somalia ilustra que el proceso de industrialización también pasó de largo en aquellas sociedades. Existe resistencia a la centralización política por la misma razón que los regímenes absolutistas se resisten al cambio: el temor a menudo justificado de que el cambio reasignará el poder político y que éste pasará de los que lo dominan hoy a individuos y grupos nuevos. Por lo tanto, cuando los bloques del absolutismo se mueven hacia el pluralismo y el cambio económico, también lo hacen los clanes y las élites tradicionales que dominan la escena en sociedades sin centralización estatal. En consecuencia, las sociedades que todavía carecían de esta centralización en los siglos XVIII y XIX tenían una desventaja concreta en la era de la industria. Mientras que la variedad de instituciones extractivas del absolutismo y los Estados con poca centralización no aprovecharon la expansión de la industria, la coyuntura crítica de la revolución industrial tuvo efectos muy distintos en otras partes del mundo. Como veremos en el capítulo 10, las sociedades que ya habían dado pasos hacia las instituciones políticas y económicas inclusivas, como Estados Unidos y Australia, y aquellos en los que el absolutismo se cuestionaba más seriamente, como Francia y Japón, aprovecharon aquellas nuevas oportunidades económicas e iniciaron un proceso de rápido crecimiento económico. Como tal, el patrón habitual de interacción entre una coyuntura crítica y las diferencias institucionales existentes que conducen a una mayor divergencia institucional y económica se manifestó de nuevo en el siglo XIX, y esta vez con un mayor efecto sobre la prosperidad y la pobreza de los países. 9 Cómo revertir el desarrollo Especia y genocidio El archipiélago de las Molucas de la Indonesia moderna está formado por tres grupos de islas. A principios del siglo XVII, las Molucas del norte albergaban los reinos independientes de Tidore, Ternate y Bacan. Las Molucas medianas eran el hogar de la isla reino de Ambon. Al sur, se encontraban las islas de Banda, un pequeño archipiélago que todavía no estaba unificado políticamente. Aunque nos parezcan remotas hoy en día, las Molucas en aquel momento eran cruciales para el comercio mundial porque eran las únicas productoras de especias valiosas como clavo, macis y nuez moscada. La macis y la nuez moscada solamente crecían en las islas de Banda. Los habitantes de estas islas producían y exportaban estas especias escasas a cambio de comida y productos manufacturados procedentes de la isla de Java, del centro de distribución de Melaka en la península Malasia y de la India, China y Arabia. El primer contacto que tuvieron los habitantes con europeos fue en el siglo XVI, con marineros portugueses que llegaron para comprar especias. Antes de aquel momento, las especias tenían que enviarse por Oriente Próximo, a través de las rutas comerciales controladas por el Imperio otomano. Los europeos buscaban un paso alrededor de África o a través del Atlántico para lograr un acceso directo a las islas y al comercio de especias. El cabo de Buena Esperanza fue rodeado por el navegante portugués Bartolomeu Dias en 1488, y Vasco de Gama llegó a la India siguiendo la misma ruta en 1498. Por primera vez, los europeos tenían su propia ruta independiente a las islas de las Especias. Los portugueses inmediatamente se propusieron controlar el comercio de especias. Tomaron Melaka en 1511. Estratégicamente situada en el lado oeste de la península Malasia, los comerciantes de todo el Sudeste asiático llegaban allí para vender sus especias a otros comerciantes indios, chinos y árabes, que las enviaban a Occidente. Tal y como dijo el viajero portugués Tomé Pires en 1515: «El comercio entre los distintos países de mil leguas debe venir a Melaka [...]. Quienquiera que sea señor de Melaka tiene en sus manos la garganta de Venecia». Con Melaka en sus manos, los portugueses intentaron lograr el monopolio del valioso comercio de especias sistemáticamente, pero fracasaron. Los adversarios a los que se enfrentaban no eran desdeñables. Entre los siglos XIV y XVI, hubo un gran desarrollo económico en el Sudeste asiático basado en el comercio de especias. Ciudades-Estado como Aceh, Banten, Melaka, Makassar, Pegu y Brunéi se expandieron rápidamente y produjeron y exportaron especias junto con otros productos como maderas duras. Estos Estados tenían formas absolutistas de gobierno similares a los de Europa en el mismo período. El desarrollo de instituciones políticas fue impulsado por procesos similares que incluían el cambio tecnológico en métodos de guerra y comercio internacional. Las instituciones estatales se centralizaron más, con un rey en el centro que reclamaba el poder absoluto. Igual que los gobernantes absolutistas de Europa, los reyes del Sudeste asiático se basaban fuertemente en los ingresos del comercio, ya fuera dedicándose ellos mismos a la actividad comercial o concediendo monopolios a élites locales o extranjeras. Igual que en la Europa absolutista, aquello generó cierto crecimiento, pero distaba mucho de ser el ideal de instituciones económicas para la prosperidad económica, con obstáculos de entrada importantes y derechos de propiedad inseguros para la mayoría. Sin embargo, el proceso de comercialización estaba en marcha incluso cuando los portugueses intentaban establecer su dominio en el océano Índico. La presencia de europeos creció y tuvo un impacto mucho mayor con la llegada de los holandeses, que en seguida se dieron cuenta de que monopolizar la oferta de especias valiosas de las Molucas sería mucho más rentable que competir contra otros comerciantes europeos o locales. En el año 1600, convencieron al gobernante de Ambon para que firmara un acuerdo de exclusividad que les dio el monopolio del comercio de clavo en Ambon. Con la fundación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en 1602, los intentos holandeses de hacerse con todo el comercio de especias y eliminar a su competencia, por las buenas o por las malas, cambiaron a mejor para los holandeses y a peor para el Sudeste asiático. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales fue la segunda sociedad anónima europea, tras la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, que supuso un antes y un después en el desarrollo de la corporación moderna, que posteriormente tendría un papel crucial en el desarrollo industrial europeo. También fue la segunda empresa que tenía su propio ejército y el poder de hacer guerras y colonizar territorios extranjeros. Con el poder militar de la empresa, los holandeses procedieron a eliminar todos los intrusos potenciales para imponer su tratado con el gobernante de Ambon. Capturaron un fuerte clave en manos de los portugueses en 1605 y eliminaron por la fuerza a todos los demás comerciantes. Posteriormente, se expandieron al norte de las Molucas, obligando a los gobernantes de Tidore, Ternate y Bacan a acordar que no se cultivaría ni comerciaría con clavo en sus territorios. El tratado que impusieron en Ternate incluso permitía a los holandeses llegar y destruir cualquier árbol de clavo que encontraran allí. Ambon era gobernado de una forma similar a gran parte de Europa y América durante aquella época. La población tenía que pagar un tributo al gobernante y estaba sujeta a trabajos forzados. Los holandeses se apoderaron de aquellos sistemas y los intensificaron para extraer más mano de obra y más clavo de la isla. Desde siempre, las familias extensas pagaban tributos en clavos a la élite de Ambon. Pero, tras la llegada de los holandeses, todas las casas quedaron sujetas a la tierra y debían cultivar cierto número de árboles de clavo. Además, estaban obligadas a hacer trabajos forzados para los holandeses. Los holandeses también se apoderaron de las islas de Banda, en un intento de monopolizar la macis y la nuez moscada. Sin embargo, estas islas estaban organizadas de forma muy distinta a Ambon. Estaban formadas por muchas ciudades-Estado pequeñas y autónomas y no había ninguna estructura jerárquica social o política. Aquellos pequeños Estados, que, en realidad, no eran más que pueblos pequeños, estaban gobernados por reuniones de ciudadanos. No había ninguna autoridad central que los holandeses pudieran coaccionar para que firmara un tratado de monopolio y tampoco un sistema de tributos del que se pudieran apoderar para capturar toda la oferta de macis y nuez moscada. Al principio, esto significó que los holandeses tuvieron que competir con comerciantes ingleses, portugueses, indios y chinos, y perdieron especias cuando no pudieron pagar los precios elevados de su competencia. Dado que su plan inicial de establecer un monopolio de macis y nuez moscada quedó frustrado, el gobernador holandés de Batavia, Jan Pieterszoon Coen, presentó un plan alternativo. Coen fundó Batavia, en la isla de Java, como nueva capital de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en 1618. En 1621, navegó hasta Banda con una flota y masacró a prácticamente toda la población de las islas, probablemente quince mil personas. Todos sus líderes fueron ejecutados con el resto del pueblo, y solamente dejaron a unos cuantos vivos, los suficientes para conservar el saber hacer necesario para producir macis y nuez moscada. Tras acabar el genocidio, Coen creó la estructura política y económica necesaria para su plan: una sociedad de plantación. Las islas fueron divididas en sesenta y ocho parcelas, que se entregaron a sesenta y ocho holandeses, la mayoría de los cuales eran o habían sido empleados de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Los pocos bandaneses que habían sobrevivido tuvieron que enseñar a estos nuevos propietarios de plantaciones a producir las especias. Los propietarios podían comprar esclavos a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales para poblar las islas, que se habían quedado deshabitadas, y producir especias, que debían venderse a precios fijos a la empresa. Las instituciones extractivas creadas por los holandeses en las islas de las Especias tuvieron los efectos deseados, aunque en Banda fuera a costa de quince mil vidas inocentes y del establecimiento de un conjunto de instituciones económicas y políticas que condenaría a las islas al subdesarrollo. A finales del siglo XVII, los holandeses habían reducido la oferta mundial de estas especias alrededor del 60 por ciento y el precio de la nuez moscada se había duplicado. Los holandeses extendieron la estrategia que habían perfeccionado en las Molucas a toda la región, con implicaciones profundas para las instituciones económicas y políticas del resto del Sudeste asiático. La larga expansión comercial de varios Estados en el área que la había iniciado en el siglo XIV cambió drásticamente de rumbo. Incluso los Estados que no fueron colonizados y aplastados directamente por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales se replegaron sobre sí mismos y abandonaron el comercio. El cambio económico y político naciente del Sudeste asiático se detuvo en seco. Para evitar la amenaza de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, varios Estados dejaron de producir cultivos para la exportación y cesaron su actividad comercial. La autarquía era más segura que enfrentarse a los holandeses. En 1620, el Estado de Banten, en la isla de Java, cortó sus árboles de pimienta con la esperanza de que así los holandeses los dejaran en paz. Cuando un comerciante holandés visitó Maguindanao, al sur de las Filipinas, en 1686, le dijeron: «El clavo y la nuez moscada pueden cultivarse aquí, igual que en Malaku. Ahora no hay aquí porque el antiguo rajá hizo que se echaran a perder antes de su muerte. Temía que la Compañía Holandesa de las Indias Orientales viniera a luchar por ellos». Otro comerciante oyó una historia similar sobre el gobernante de Maguindanao en 1699: «Había prohibido la plantación continuada de pimienta para así no verse involucrado en guerras con la Compañía Holandesa de las Indias Orientales u otros potentados». Se produjo una desurbanización e incluso el declive de la población. En 1635, los birmanos trasladaron su capital desde Pegu, en la costa, hasta Ava, mucho más tierra adentro en el río Irrawaddy. No sabemos cuál habría sido el camino del desarrollo económico y político de los Estados del Sudeste asiático si no se hubiera producido la agresión holandesa. Quizá habrían desarrollado su propio tipo de absolutismo, habrían permanecido en el mismo estado que tenían a finales del siglo XVI o habrían continuado su comercialización adoptando gradualmente cada vez más instituciones inclusivas. Sin embargo, igual que en las Molucas, el colonialismo holandés cambió fundamentalmente su desarrollo político y económico. Los pueblos del Sudeste asiático dejaron de comerciar, se replegaron sobre sí mismos y se hicieron más absolutistas. En los dos siglos siguientes, no estarían en condiciones de aprovechar las innovaciones que surgirían en la revolución industrial. Y, finalmente, su retirada del comercio no los salvaría de los europeos, ya que, a finales del siglo XVIII, casi todos formaban parte de los imperios coloniales europeos. Como vimos en el capítulo 7, la expansión europea en el Atlántico impulsó el auge de las instituciones inclusivas en Gran Bretaña. Sin embargo, tal y como ilustra la experiencia de las Molucas bajo el dominio holandés, esta expansión sembró las semillas del subdesarrollo en muchos puntos distintos del mundo al imponer instituciones extractivas o reforzar las instituciones extractivas que ya existían. Éstas destruyeron directa o indirectamente la actividad comercial e industrial naciente en todo el mundo o perpetuaron instituciones que detuvieron la industrialización. En consecuencia, la industrialización se desarrollaba en algunas partes del mundo, pero no en las que formaban parte de los imperios coloniales europeos, que no tuvieron ninguna oportunidad de beneficiarse de aquellas nuevas tecnologías. Una institución demasiado habitual En el Sudeste asiático, la expansión del poder naval y comercial europeo a principios de la Edad Moderna limitó un período prometedor de expansión económica y cambio institucional. Durante el mismo período que la Compañía Holandesa de las Indias Orientales se expandía, un tipo de comercio muy distinto se intensificaba en África: el tráfico de esclavos. En Estados Unidos, la esclavitud del Sur a menudo recibía el nombre de «institución peculiar». No obstante, desde el punto de vista histórico, como señaló el gran erudito clásico Moses Finlay, la esclavitud era cualquier cosa menos peculiar, ya que estaba presente prácticamente en todas las sociedades. Como mencionamos anteriormente, la esclavitud era endémica en la Roma antigua y en África, y durante mucho tiempo constituyó una fuente de esclavos para Europa, aunque no la única. En el período romano, los esclavos procedían de los pueblos eslavos de la zona del mar Muerto, de Oriente Próximo y del norte de Europa. Sin embargo, en el año 1400, los europeos habían dejado de esclavizarse entre sí. Pero, como vimos en el capítulo 6, África no realizó la transición de la esclavitud a la servidumbre como la Europa medieval. Antes del inicio del período moderno, hubo un activo tráfico de esclavos en el este de África y un gran número de esclavos eran transportados a través del Sáhara hasta la península Arábiga. Además, grandes Estados medievales del África occidental, como Mali, Ghana y Songhai, utilizaron intensivamente esclavos en el gobierno, el ejército y la agricultura, adoptando modelos organizativos de los Estados norteafricanos musulmanes con los que comerciaban. Fue el desarrollo de las colonias de plantaciones de azúcar del Caribe a partir del siglo XVII lo que condujo a una intensificación espectacular del tráfico internacional de esclavos y a un aumento sin precedentes de la importancia de la esclavitud en la propia África. En el siglo XVI, se traficó probablemente con alrededor de 300.000 esclavos en el Atlántico. La mayoría procedían del África central, con una fuerte implicación del Congo y de los portugueses ubicados más al sur, en Luanda, capital actual de Angola. Por aquel entonces, el tráfico de esclavos a través del Sáhara todavía era importante, probablemente unos 550.000 africanos eran trasladados al norte como esclavos. En el siglo XVII, la situación cambió. Alrededor de 1.350.000 africanos fueron vendidos como esclavos en el comercio atlántico, la mayoría de los cuales eran enviados a América. Las cifras del comercio a través del Sáhara prácticamente no cambiaron. En el siglo XVIII, se produjo otro aumento espectacular, alrededor de 6.000.000 de esclavos fueron enviados a través del Atlántico y unos 700.000 a través del Sáhara. Si sumamos las cifras de todos los períodos y todos los lugares de África, más de 10.000.000 de africanos fueron enviados fuera del continente como esclavos. El mapa 15 da una idea de la escala del tráfico de esclavos. Utilizando las fronteras modernas de países, muestra estimaciones del alcance creciente de la esclavitud entre 1400 y 1900 como porcentaje de la población en 1400. Los colores más oscuros señalan los lugares en los que la esclavitud era más intensa. Por ejemplo, en Angola, Benín, Ghana y Togo, la exportación de esclavos acumulada total sumaba más que toda la población del país en 1400. La aparición repentina de europeos por toda la costa del África central y occidental dispuestos a comprar esclavos tuvo necesariamente un impacto transformador en las sociedades africanas. La mayoría de los esclavos que se enviaron a América eran prisioneros de guerra que posteriormente fueron transportados a la costa. El aumento de la guerra fue impulsado por enormes importaciones de armas y munición que los europeos intercambiaban por esclavos. En la década de 1730, alrededor de 180.000 armas de fuego se importaban cada año sólo en la costa occidental africana, y entre 1750 y principios del siglo XIX, solamente los británicos vendieron entre 283.000 y 394.000 armas al año. Entre 1750 y 1807, los británicos vendieron la increíble cifra de 22.000 toneladas de pólvora, es decir, una media de unos 384.000 kg al año, junto con 91.000 kg de plomo anuales. Más al sur, el comercio era igual de activo. En la costa de Loango, al norte del reino del Congo, los europeos vendían unas 50.000 armas de fuego al año. Estas guerras y conflictos no solamente causaban un enorme sufrimiento y la pérdida de vidas humanas, sino que, además, ponían en marcha un camino concreto de desarrollo institucional en África. Antes de la era moderna inicial, las sociedades africanas estaban menos centralizadas políticamente que las de Eurasia. La mayor parte de los Estados eran pequeños, con jefes tribales y quizá reyes que controlaban la tierra y los recursos. Muchos, como en el caso de Somalia, no tenían ninguna estructura jerárquica de autoridad política en absoluto. El tráfico de esclavos inició dos procesos políticos adversos. Primero, muchos Estados inicialmente se hicieron más absolutistas, organizados alrededor de un único objetivo: vender esclavos a los europeos. Segundo, como consecuencia del primer proceso, pero, paradójicamente, en oposición a éste, la guerra y la esclavitud finalmente destruyeron cualquier orden y autoridad estatal legítima que hubiera existido en el África subsahariana. Los esclavos eran prisioneros de guerra, pero también procedían de secuestros y capturas de asaltos a pequeña escala. La ley también se convirtió en una herramienta de la esclavitud. Independientemente del delito que se cometiera, la pena era la esclavitud. El comerciante inglés Francis Moore observó las consecuencias de esto en la costa de Senegambia del África occidental a partir de 1730: Desde que se utiliza el tráfico de esclavos, todos los castigos se han cambiado por la esclavitud; hay una ventaja en estas condenas, abusan de esa condena para delitos muy fuertes, para conseguir el beneficio que obtienen al vender al delincuente. No solamente el asesinato, el robo y el adulterio son castigados vendiendo al delincuente como esclavo, sino que cualquier caso sin importancia recibe el mismo castigo. Las instituciones, incluso las religiosas, se pervirtieron por el deseo de capturar y vender esclavos. Un ejemplo es el famoso oráculo de Arochukwa, en el este de Nigeria. Se creía que el oráculo hablaba en nombre de un importante dios de la región respetado por los grandes grupos étnicos locales, los ijaws, los ibibios y los igbos. El oráculo servía para zanjar disputas y arbitrar en desacuerdos. Los querellantes que viajaban a Arochukwa para enfrentarse al oráculo tenían que descender desde la ciudad hasta un desfiladero del río Cruz donde se encontraba el oráculo en una gran cueva, cuya parte delantera estaba cubierta con calaveras humanas. Los sacerdotes del oráculo, en complot con los esclavistas y comerciantes de Aro, ofrecerían la decisión del oráculo. A menudo, esto implicaba que la gente fuera «tragada» por el oráculo, lo que significaba, de hecho, que una vez que habían atravesado la cueva, se los conducía por el río Cruz a los barcos de los europeos que los estaban esperando. Este proceso, en el que todas las leyes y costumbres se distorsionaban y se rompían para capturar cada vez más esclavos, tuvo efectos devastadores en la centralización política, aunque, en algunos lugares, condujo a la creación de Estados poderosos cuya principal razón de ser eran las redadas y la esclavitud. El propio reino del Congo probablemente fue el primer Estado africano que experimentó una metamorfosis y llegó a convertirse en Estado esclavista antes de ser destruido por la guerra civil. Otros Estados esclavistas que surgieron sobre todo en el África occidental fueron Oyo en Nigeria, Dahomey en Benín y, posteriormente, Asante en Ghana. La expansión del Estado de Oyo a mediados del siglo XVII, por ejemplo, está directamente relacionada con el aumento de la exportación de esclavos en la costa. El poder del Estado era el resultado de una revolución militar que implicó la importación de caballos del norte y la formación de una caballería potente que podía diezmar los ejércitos enemigos. Cuando Oyo se expandió al sur hacia la costa, aplastó a los Estados que venció y vendió a muchos de sus habitantes como esclavos. En el período entre 1690 y 1740, Oyo estableció su monopolio en el interior de lo que se llegó a conocer como la costa de los esclavos. Se estima que del 80 al 90 por ciento de los esclavos vendidos en la costa fueron el resultado de estas conquistas. Una conexión espectacular similar entre la guerra y la oferta de esclavos tuvo lugar más hacia el oeste en el siglo XVIII, en la costa del oro, la Ghana actual. Después de 1700, el Estado de Asante se expandió desde el interior, de una forma muy parecida a la experimentada anteriormente por Oyo. Durante la primera mitad del siglo XVIII, esta expansión desencadenó las denominadas guerras akanas, mientras Asante derrotaba a un Estado independiente tras otro. El último, Gyaman, fue conquistado en 1747. La mayoría de los 375.000 esclavos exportados desde la costa de oro entre 1700 y 1750 eran prisioneros que se habían capturado en aquellas guerras. Probablemente, el impacto más obvio de aquella extracción masiva de seres humanos fuera demográfico. Es difícil saber con seguridad cuál era la población de África antes de la época moderna, pero los expertos han hecho varias estimaciones plausibles del impacto del tráfico de esclavos en la población. El historiador Patrick Manning estima que la población de estas áreas del África occidental y central-occidental que proporcionaban esclavos para la exportación era de entre 22 y 25 millones a principios del siglo XVIII. En el supuesto conservador de que durante el siglo XVIII y principios del XIX estas áreas hubieran experimentado un ritmo de crecimiento de la población de alrededor de la mitad de ese porcentaje al año sin el tráfico de esclavos, Manning estimó que la población de esta región en 1850 debía de haber sido, como mínimo, de 46 a 53 millones. De hecho, fue de alrededor de la mitad. Esta diferencia enorme no solamente se debió a los 8 millones de personas que se exportaron como esclavos desde esta región entre 1700 y 1850, sino a los millones que probablemente fueron asesinadas por las guerras internas continuas destinadas a capturar esclavos. La esclavitud y el tráfico de esclavos en África trastornaron las estructuras familiares y de matrimonio y puede que también redujeran la fertilidad. A partir de finales del siglo XVIII, un fuerte movimiento para abolir el tráfico de esclavos empezó a cobrar impulso en Gran Bretaña, dirigido por la figura carismática de William Wilberforce. Tras varios intentos fallidos, en 1807, los abolicionistas convencieron al Parlamento para que aprobara un proyecto de ley que declaraba ilegal el tráfico de esclavos. Un año más tarde, Estados Unidos tomó una medida similar. Sin embargo, el gobierno británico fue más allá: procuró implantar activamente esta medida desplegando escuadrones navales en el Atlántico para intentar erradicar el tráfico de esclavos. Aunque pasó algún tiempo hasta que estas medidas fueron realmente efectivas, y hubo que esperar hasta 1834 para que la esclavitud en sí fuera abolida en el Imperio británico, el tráfico de esclavos en el Atlántico, que constituía, con mucho, la mayor parte del tráfico, tenía los días contados. El fin del tráfico de esclavos después de 1807 realmente redujo la demanda externa de esclavos de África, pero este cambio no significó que el impacto de la esclavitud en las sociedades e instituciones africanas fuera a desaparecer como por arte de magia. Muchos Estados africanos se habían organizado alrededor de la esclavitud y, aunque los británicos hubieran puesto fin al tráfico, esta organización se mantuvo. Además, la esclavitud se había extendido mucho hacia el interior de África. Estos factores, finalmente, marcarían el camino del desarrollo en el continente no solamente antes de 1807, sino también después. En lugar de la esclavitud, llegó el «comercio legítimo», el nombre que se dio a la exportación desde África de productos nuevos que no guardaban relación con el tráfico de esclavos. Estos productos incluían aceite de palma y almendras, cacahuetes, ébano, goma y goma arábiga. A medida que las rentas europeas y norteamericanas crecían con la expansión de la revolución industrial, la demanda de muchos de aquellos productos tropicales aumentó notablemente. Las sociedades africanas que se habían aprovechado intensamente de las oportunidades económicas presentadas por el tráfico de esclavos hicieron lo mismo con el comercio legítimo. Sin embargo, lo hicieron en un contexto peculiar en el que la esclavitud era una forma de vida pero la demanda externa de esclavos de repente se había agotado. ¿Qué iban a hacer todos aquellos esclavos si ya no podían ser vendidos a los europeos? La respuesta era sencilla. Se podían poner a trabajar rentablemente, bajo coacción, en África, produciendo los nuevos productos del comercio legítimo. Uno de los ejemplos mejor documentados ocurrió en Asante, la Ghana moderna. Antes de 1807, el imperio asante había participado intensamente en la captura y exportación de esclavos, llevándolos a la costa para ser vendidos a los grandes castillos de esclavos de la Costa del Cabo y Elmina. Después de 1807, cuando aquella opción dejó de existir, la élite política de Asante reorganizó su economía. No obstante, la esclavitud no acabó. Los esclavos eran enviados a grandes plantaciones, inicialmente alrededor de la capital, Kumasi, pero, más tarde, a lo largo de todo el Imperio (correspondiente a la mayor parte del interior de Ghana). Fueron empleados en la producción de oro y nuez de cola para exportar, pero también para cultivar grandes cantidades de comida, y fueron utilizados intensamente como porteadores, ya que en Asante no se utilizaba el transporte con ruedas. Más al este, se llevaron a cabo adaptaciones similares. Por ejemplo, en Dahomey, el rey tenía grandes plantaciones de palmeras de aceite cerca de los puertos costeros de Whydah y Porto Novo, todas trabajadas por esclavos. Por lo tanto, la abolición del tráfico de esclavos, en lugar de hacer que la esclavitud africana se debilitara, simplemente condujo a una reorganización de los esclavos, que empezaron a utilizarse en África en lugar de en América. Además, muchas de las instituciones políticas que habían creado el tráfico de esclavos en los dos siglos anteriores no cambiaron y los patrones de comportamiento perduraron. Por ejemplo, en Nigeria, entre 1820 y 1840, el anterior gran reino Oyo desapareció. Fue socavado por guerras civiles y el auge de las ciudades-Estado yorubas, como Illorin e Ibadan, que participaron directamente en el tráfico de esclavos, al sur. Poco después de 1830, la capital de Oyo fue saqueada, como consecuencia de que las ciudades yorubas cuestionaran el poder de Dahomey por el dominio regional. Libraron una serie prácticamente continua de guerras en la primera mitad del siglo, que generaron una oferta masiva de esclavos. A esto había que sumar las rondas habituales de secuestros y condenas por parte de oráculos y redadas a menor escala. El secuestro era un problema de tal magnitud en algunas partes de Nigeria que los padres no dejaban a los niños jugar fuera de casa por miedo a que se los llevaran y fueran vendidos como esclavos. En consecuencia, la esclavitud, en lugar de reducirse, parece haberse ampliado en África a lo largo del siglo XIX. Es difícil encontrar cifras precisas, pero existen una serie de relatos escritos por viajeros y comerciantes durante esta época que sugieren que, en los reinos africanos occidentales de Asante y Dahomey y en las ciudades-Estado yorubas, más de la mitad de la población eran esclavos. Existen datos más precisos de los primeros registros coloniales franceses del Sudán occidental, una gran extensión del África occidental, que va desde Senegal, a través de Mali y Burkina Faso, a Níger y Chad. En esta región, el 30 por ciento de la población estaba esclavizada en el año 1900. Igual que con la aparición del comercio legítimo, la colonización formal tras la lucha por África no destruyó la esclavitud en África. A pesar de que gran parte de la penetración europea en África se justificó con el argumento de que la esclavitud debía ser combatida y abolida, la realidad era distinta. En la mayor parte del África colonial, la esclavitud continuó hasta bien entrado el siglo XX. En Sierra Leona, por ejemplo, hubo que esperar hasta 1928 para que la esclavitud fuera abolida finalmente, aunque la capital, Freetown, hubiera sido fijada originalmente a finales del siglo XVIII como refugio para esclavos repatriados desde América. Pronto se convirtió en una base importante para el escuadrón antiesclavitud británico y un nuevo hogar para los esclavos libertos rescatados de barcos de esclavos capturados por la armada británica. Incluso con este simbolismo, la esclavitud duró en Sierra Leona ciento treinta años más. Liberia, al sur de Sierra Leona, también fue fundada por esclavos americanos libertos a partir de 1840. Sin embargo, también allí la esclavitud duró hasta el siglo XX, hasta los años sesenta. Se estima que una cuarta parte de la mano de obra estaba coaccionada y trabajaba en condiciones parecidas a la esclavitud. Debido a las instituciones políticas y económicas basadas en el tráfico de esclavos, la industrialización no se extendió al África subsahariana, que se estancó o incluso experimentó un retraso económico, mientras otras partes del mundo transformaban sus economías. La creación de una economía dual El paradigma de la «economía dual», propuesto originalmente en 1955 por sir Arthur Lewis, todavía define la forma en la que la mayoría de los sociólogos piensan sobre los problemas económicos de los países menos desarrollados. Según Lewis, muchas economías menos desarrolladas o subdesarrolladas tienen una estructura dual y están divididas en un sector moderno y otro tradicional. El sector moderno, que corresponde a la parte más desarrollada de la economía, se asocia con la vida urbana, la industria moderna y el uso de tecnologías avanzadas. El sector tradicional se asocia con la vida rural, la agricultura e instituciones y tecnologías «atrasadas». Las instituciones agrícolas atrasadas incluyen la propiedad común de la tierra, que implica la inexistencia de derechos de propiedad privada sobre ésta. Según Lewis, la mano de obra se utilizaba con tanta ineficiencia en el sector tradicional que se podía reasignar al sector moderno sin reducir la cantidad que podía producir el sector rural. Para varias generaciones de economistas de desarrollo que se basaban en las ideas de Lewis, el «problema del desarrollo» ha llegado a significar el traslado de personas y recursos del sector tradicional, la agricultura y el campo, al sector moderno, la industria y las ciudades. En 1979, Lewis recibió el Premio Nobel por su trabajo sobre el desarrollo económico. Lewis y los economistas del desarrollo que se basan en su trabajo sin duda tenían razón al identificar las economías duales. Sudáfrica era uno de los ejemplos más claros, dividida en un sector tradicional que estaba retrasado y era pobre y un sector moderno que era activo y próspero. Incluso hoy en día, la economía dual que identificó Lewis está por todas partes en Sudáfrica. Una de las formas más espectaculares de verlo es conducir por la frontera entre el estado de KwaZulu-Natal, anteriormente Natal, y el estado del Transkei. La frontera sigue el río Gran Kei. Al este del río, en Natal, a lo largo de la costa, existen propiedades ricas frente al mar en amplias extensiones de playas de arena maravillosas. El interior está cubierto por plantaciones de caña de azúcar verde y exuberante. Las carreteras son bonitas; toda la zona rezuma prosperidad. Al otro lado del río, como si fuera otro tiempo y otro país, el área está prácticamente devastada. La tierra no es verde, sino marrón, y está fuertemente deforestada. En lugar de casas modernas y opulentas con agua corriente, inodoros y todas las comodidades modernas, la gente vive en cabañas provisionales y prepara la comida cocinando en fuegos al aire libre. La vida, sin duda, es tradicional, lejos de la existencia moderna que hay al este del río. Pero ahora el lector no se extrañará de que esas diferencias estén relacionadas con grandes diferencias en las instituciones económicas entre ambos lados del río. Al este, en Natal, hay derechos de propiedad privada, sistemas legales, mercados, agricultura comercial y una industria que funcionan. Al oeste, en el Transkei, tenían propiedad común de la tierra y jefes tradicionales todopoderosos hasta hace poco. Mirado con la perspectiva de la teoría de Lewis de la economía dual, el contraste entre el Transkei y Natal ilustra los problemas del desarrollo africano. De hecho, podemos ir más allá y destacar que, históricamente, toda África era como el Transkei; era pobre, tenía instituciones económicas premodernas, tecnología atrasada y estaba gobernada por jefes. Según esta perspectiva, por lo tanto, el desarrollo económico simplemente debería implicar garantizar que el Transkei finalmente se convierta en Natal. Esta perspectiva, a pesar de encerrar una gran parte de verdad, no considera toda la lógica de cómo llegó a existir la economía dual y cuál es su relación con la economía moderna. El atraso del Transkei no es solamente un vestigio histórico del atraso natural de África. La economía dual entre el Transkei y Natal, de hecho, es bastante reciente, y no tiene nada de natural. Fue creada por las élites blancas sudafricanas para producir una reserva de mano de obra barata para sus negocios y reducir la competencia de los africanos negros. La economía dual es otro ejemplo de subdesarrollo creado, no de subdesarrollo como apareció naturalmente y persistió durante siglos. Sudáfrica y Botsuana, como veremos después, evitaron la mayor parte de los efectos adversos del tráfico de esclavos y las guerras que comportó. La primera gran interacción de los sudafricanos con europeos se dio cuando la Compañía Holandesa de las Indias Orientales fundó una base en la bahía de la Mesa, que actualmente es el puerto de Ciudad del Cabo, en 1652. En aquel momento, la parte occidental de Sudáfrica estaba escasamente poblada, en su mayoría por cazadores-recolectores llamados khoikhois. Más al este, en lo que ahora se conoce como el Ciskei y el Transkei, había sociedades africanas con una alta densidad de población especializada en la agricultura. Inicialmente, no interactuaron fuertemente con la nueva colonia de holandeses, ni participaron en el tráfico de esclavos. La costa sudafricana estaba muy desconectada de los mercados de esclavos, y los habitantes del Ciskei y el Transkei, conocidos como xhosas, estaban muy tierra adentro, de modo que no atraían la atención de nadie. En consecuencia, estas sociedades no sufrieron el impacto de muchas de las corrientes adversas que golpearon el oeste y el centro de África. El aislamiento de estos lugares cambió en el siglo XIX. Para los europeos, había algo muy atractivo en el clima y el entorno de Sudáfrica. A diferencia del África occidental, por ejemplo, Sudáfrica tenía un clima templado en el que no había enfermedades tropicales como la malaria y la fiebre amarilla, que habían convertido a gran parte de África en «la tumba del hombre blanco» y que habían impedido que los europeos se establecieran e incluso que fijaran puestos de avanzada permanentes. Sudáfrica era una posibilidad mucho mejor para el asentamiento europeo. Así que la expansión europea hacia el interior empezó poco después de que los británicos arrebataran Ciudad del Cabo a los holandeses durante las guerras napoleónicas. Aquello precipitó una larga serie de guerras xhosas a medida que la frontera del asentamiento se ampliaba hacia el interior. La penetración en el interior de Sudáfrica se intensificó en 1835, cuando el resto de los europeos de origen holandés, que serían conocidos como afrikáneres o bóeres, empezaron su famosa migración en masa conocida como la gran marcha fuera del control británico de la costa y la zona de Ciudad del Cabo. Posteriormente, los afrikáneres fundaron dos Estados independientes en el interior de África, el Estado Libre de Orange y el Transvaal. La siguiente etapa en el desarrollo de Sudáfrica llegó con el descubrimiento de vastas reservas de diamantes en Kimberly en 1867 y de ricas minas de oro en Johannesburgo en 1886. Esta enorme riqueza mineral del interior convenció de inmediato a los británicos de ampliar su control sobre toda Sudáfrica. La resistencia del Estado Libre de Orange y el Transvaal condujo a las famosas guerras de los bóeres en los períodos 1880-1881 y 1899-1902. Tras una derrota inicial inesperada, los británicos consiguieron unir los Estados afrikáneres con la provincia del Cabo y Natal, para fundar la Unión Sudafricana en 1910. Más allá de las luchas entre afrikáneres y británicos, el desarrollo de la economía minera y la expansión del asentamiento europeo tuvieron otras implicaciones para el desarrollo de la zona. Lo más destacado es que generaban demanda de comida y otros productos agrícolas y crearon nuevas oportunidades económicas para los nativos africanos tanto en la agricultura como en el comercio. Los xhosas, en el Ciskei y el Transkei, reaccionaron rápidamente a aquellas oportunidades económicas, como documentó el historiador Colin Bundy. Ya en 1832, incluso antes del boom de la minería, un misionero moravo en el Transkei observó el nuevo dinamismo económico de estas áreas y destacó que los africanos demandaban los nuevos productos de consumo que la expansión de los europeos les había empezado a revelar. Escribió: «Para obtener estos objetos, intentan [...] conseguir dinero con el trabajo de sus manos, y compran ropa, palas, arados, carros y otros artículos útiles». La descripción del comisario civil John Hemming de su visita a Fingoland, en el Ciskei, en 1876, es igualmente reveladora: Estoy muy sorprendido por el gran avance realizado por los fingoes en pocos años [...]. Dondequiera que iba, encontraba cabañas o viviendas de ladrillo o piedra. En muchos casos, se habían levantado casas de ladrillos sustanciales [...]. Y se habían plantado árboles frutales; allí donde era posible hacer disponible un curso de agua, se había realizado y la tierra se había cultivado hasta donde podía regarse; las laderas de las montañas e incluso las cimas se cultivaban siempre que se pudiera introducir un arado. El alcance de la tierra me sorprendió; no he visto una zona tan grande de tierra cultivada durante años. Igual que en otras partes del África subsahariana, el uso del arado era nuevo en agricultura, pero, cuando se le daba la oportunidad, los agricultores africanos parecían estar bastante preparados para adoptar la tecnología. También lo estaban para invertir en carros y trabajos de riego. A medida que se desarrollaba la economía agrícola, las rígidas instituciones tribales empezaron a ceder terreno. Son muchas las pruebas de que se produjeron cambios en los derechos de propiedad de la tierra. En 1879, el magistrado de Umzimkulu, al este de Griqualandia, en el Transkei, observó «el deseo creciente por parte de los nativos de ser propietarios de la tierra: han comprado treinta y ocho mil acres». Tres años después, registró que alrededor de ochenta mil agricultores africanos del distrito habían comprado y empezado a trabajar en noventa mil acres de tierra. Es indudable que África no estaba al borde de la revolución industrial, pero se estaba produciendo un auténtico cambio. La propiedad privada de la tierra había debilitado a los jefes y posibilitó que hubiera hombres nuevos que compraban tierra y se enriquecían, lo que era impensable solamente unas décadas antes. También ilustra lo rápido que la debilitación de las instituciones extractivas y de los sistemas de control absolutista puede conducir al dinamismo de la economía recién descubierta. Una de las historias de éxito fue la de Stephen Sonjica en el Ciskei, un agricultor de origen humilde y artífice de su propio éxito. En un discurso de 1911, Sonjica comentó que, la primera vez que contó a su padre su deseo de comprar tierras, su padre respondió: «¿Comprar tierras? ¿Para qué quieres comprar tierras? ¿Acaso no sabes que toda la tierra es de Dios y que él se la dio solamente a los jefes?». La reacción del padre de Sonjica era comprensible, pero no sirvió para detener a su hijo, que consiguió un trabajo en la Ciudad del Rey Guillermo. Stephen señalaba lo siguiente: Abrí astutamente una cuenta de banco privada a la que desviaba parte de mis ahorros [...]. Lo hice hasta haber ahorrado ochenta libras ... Compré un par de bueyes con yunta, herramientas, arado y el resto de la parafernalia agrícola... Ahora, he comprado una granja pequeña [...]. No puedo recomendar encarecidamente la agricultura como profesión a los demás [...]. De todas formas, deberían adoptar métodos modernos para conseguir beneficios. Una prueba extraordinaria que apoyaba el dinamismo económico y la prosperidad de los agricultores africanos en este período se revela en una carta enviada en 1869 por un misionero metodista, W. J. Davis. Escribía a Inglaterra, y anotó con placer que había reunido cuarenta y seis libras en efectivo «para el Fondo de Ayuda del Algodón de Lancashire». En este período, ¡los prósperos agricultores africanos donaban dinero para ayudar a los pobres trabajadores textiles ingleses! No es de extrañar que este nuevo dinamismo económico no gustara a los jefes tradicionales que, en un patrón de comportamiento que ya nos resulta familiar, consideraban que aquello reducía su riqueza y su poder. En 1879, Matthew Blyth, el magistrado jefe del Transkei, observó que había oposición a medir la tierra para que pudiera ser dividida en propiedad privada. Registró que «algunos de los jefes se opusieron, pero la mayoría de la gente aprobaba la idea. Los jefes consideran que conceder títulos individuales destruirá su influencia entre los jefes de las tribus». Los jefes también se resistían a las mejoras realizadas en la tierra, como hacer canales de riego o construir vallas. Consideraban que aquellas mejoras eran solamente un preludio de los derechos de propiedad individual de la tierra, el principio del fin para ellos. Los observadores europeos incluso notaron que los jefes y otras autoridades tradicionales, como los médicos, intentaban prohibir todas las «maneras europeas», que incluían cultivos nuevos, herramientas como el arado o artículos de comercio. De todas formas, la integración del Ciskei y el Transkei en el Estado colonial británico debilitó el poder de los jefes y las autoridades tradicionales, y su resistencia no bastaría para detener el nuevo dinamismo económico de Sudáfrica. En Fingoland, en 1884, un observador europeo notó: [El pueblo] nos ha trasladado su lealtad. Sus jefes se han convertido en una especie de terratenientes con título nobiliario [...]. Sin poder político. Ya no temen los celos del jefe o el arma mortal [...], el curandero, que ataca al rico propietario de ganado, el consejero capaz, la introducción de costumbres nuevas, el agricultor diestro, reduciéndolos a todos al nivel uniforme de la mediocridad. Los miembros del clan fingo, que ya no temen todo esto [...], son hombres progresistas. Aunque todavía sean pequeños campesinos, son propietarios de carros y arados; abren canales de riego; son dueños de un rebaño de ovejas. Aquel nivel ínfimo de instituciones inclusivas y la erosión de los poderes de los jefes y de los límites que imponían bastaron para iniciar un vigoroso boom económico africano. Por desgracia, duraría poco. Entre 1890 y 1913, llegaría a un fin abrupto y daría un giro radical. Durante este período, hubo dos fuerzas que destrozaron la prosperidad y el dinamismo rural que habían creado los africanos en los cincuenta años anteriores. La primera fue el antagonismo de los agricultores europeos que competían con los africanos. Los agricultores africanos prósperos habían reducido el precio de los cultivos que también producían los europeos. La respuesta de los europeos fue hacer que las empresas africanas desaparecieran del sector. La segunda fuerza fue aún más siniestra. Los europeos querían tener mano de obra barata para su floreciente economía de minería y solamente se podían asegurar de tenerla empobreciendo a los africanos. Eso es lo que hicieron metódicamente durante las siguientes décadas. George Albu, presidente de la Asociación de Minas, dio un testimonio ante una comisión de investigación, en 1897, en el que describe brevemente la lógica de empobrecer a los africanos para obtener mano de obra barata. Explicó que proponía abaratar la mano de obra «sencillamente diciendo a los chicos que su sueldo había bajado». Éste es su testimonio: Comisión: ¿Suponga que los kaffirs [africanos negros] se retiran a sus kraal [corrales]? ¿Estaría a favor de pedir al gobierno que impusiera el trabajo forzado? Albu: Sin duda... Lo haría obligatorio... ¿Por qué se debería dejar que un negro no hiciera nada? Creo que un kaffir debería estar obligado a trabajar para ganarse la vida. Comisión: Si un hombre puede vivir sin trabajar, ¿cómo le puede obligar a hacerlo? Albu: Cóbrele impuestos, entonces... Comisión: Entonces, ¿no permitiría que el kaffir tuviera tierras en el país, pero debe trabajar para el hombre blanco y enriquecerlo? Albu: Debe hacer su parte del trabajo para ayudar a sus vecinos. Tanto el objetivo de acabar con la competencia de los agricultores negros como el de desarrollar una gran mano de obra barata se lograron al mismo tiempo gracias a la ley de las tierras de nativos de 1913. La ley, que anticipaba la idea de Lewis de la economía dual, dividía Sudáfrica en dos partes, una moderna y próspera y otra tradicional y pobre, pero esta prosperidad y esta pobreza de hecho las creó la propia ley. Declaraba que el 87 por ciento de la tierra debía entregarse a los europeos, que representaban alrededor del 20 por ciento de la población. El 13 por ciento restante sería para los africanos. Evidentemente, esta ley tuvo muchos precedentes, porque los europeos habían ido confinando poco a poco a los africanos a reservas cada vez más pequeñas. Sin embargo, fue la ley de 1913 la que institucionalizó definitivamente la situación y preparó el terreno para la formación del régimen del apartheid sudafricano, en el que la minoría blanca tenía tanto los derechos políticos como económicos y la mayoría negra estaba excluida de ambos. La ley especificaba que varias reservas de tierra, que incluían el Transkei y el Ciskei, se convertirían en los territorios nativos africanos (denominados homelands). Posteriormente, dichos territorios se conocerían como bantustans, otra parte de la retórica del régimen del apartheid de Sudáfrica, ya que afirmaba que los pueblos africanos de Sudáfrica no eran nativos de aquella zona, sino que descendían del pueblo bantú que había emigrado desde el este de Nigeria unos mil años atrás. Por lo tanto, no tenían más (y, evidentemente, en la práctica, tenían menos) derechos a la tierra que los colonos europeos. El mapa 16 muestra la ridícula cantidad de tierra asignada a los africanos en virtud de la ley de las tierras de nativos de 1913 y de la posterior ley de 1936. También registra información de 1970 sobre el alcance de una asignación de tierra similar que tuvo lugar durante la construcción de otra economía dual en Zimbabue, que comentaremos en el capítulo 13. La legislación de 1913 también incluía cláusulas destinadas a impedir que los aparceros y squatters negros trabajaran la tierra en propiedades de blancos con un oficio que no implicara alquilar su mano de obra. Como explicó el secretario de Asuntos Nativos: «El efecto de la ley era poner fin, para el futuro, a todas las transacciones que implicaban algo en la naturaleza de la colaboración entre europeos y nativos respecto a la tierra o los frutos de ésta. Todos los contratos nuevos con nativos deben ser contratos de servicio. Siempre que haya un contrato de buena fe de esta naturaleza, no hay nada que impida que un empleador pague a un nativo en especies, o mediante el privilegio de cultivar un trozo de tierra concreto... Sin embargo, el nativo no puede pagar al señor nada por su derecho a ocupar la tierra». Para los economistas de desarrollo que visitaron Sudáfrica en las décadas de los cincuenta y los sesenta, cuando la disciplina académica estaba tomando forma y las ideas de Arthur Lewis se expandían, el contraste entre estas homelands y la próspera y moderna economía europea blanca parecía exactamente el reflejo de la teoría de la economía dual. La parte europea de la economía era urbana, tenía formación y utilizaba tecnología moderna. Las homelands eran pobres, rurales y atrasadas; la mano de obra era muy poco productiva y las personas no tenían formación. Parecía la esencia del África eterna y retrasada. Sin embargo, la economía dual no era natural ni inevitable. Había sido creada por el colonialismo europeo. Sí, las homelands eran pobres y atrasadas tecnológicamente, y sus habitantes no tenían estudios. Pero aquella situación era el resultado de una política gubernamental, que había eliminado por la fuerza el desarrollo económico africano y creó una reserva de mano de obra africana barata y sin formación para ser empleada en minas y tierras controladas por europeos. A partir de 1913, una cifra enorme de africanos fueron echados de sus tierras, que pasaron a manos de los blancos, y fueron hacinados en las homelands, que eran unas tierras demasiado pequeñas para que pudieran ganarse la vida de forma independiente. Por lo tanto, tal y como se había previsto, se verían obligados a buscar sustento en la economía de los blancos, proporcionando mano de obra barata. Cuando se hundieron sus incentivos económicos, los avances que se habían producido en los cincuenta años anteriores dieron un giro radical. El pueblo dejó sus arados y volvió a trabajar la tierra con azadas. Eso, en el caso de que la trabajaran. Lo más habitual era que simplemente estuvieran disponibles como mano de obra barata, lo que la estructura de las homelands se encargó de garantizar. No solamente se habían destruido los incentivos económicos, sino que también dieron un vuelco los cambios políticos que se habían empezado a producir. El poder de los jefes y gobernantes tradicionales, que había disminuido anteriormente, se reforzó, porque parte del proyecto de crear mano de obra barata era eliminar la propiedad privada de la tierra. Así, se reafirmó el control de los jefes sobre la tierra. Estas medidas lograron su punto culminante en el año 1951, cuando el gobierno aprobó la ley de autoridades bantú. Ya en 1940, G. Findlay dio en el clavo al explicar lo siguiente: Mientras la tierra esté en manos de la tribu, existe la garantía de que nunca se trabajará de forma adecuada y nunca pertenecerá realmente a los nativos. La mano de obra barata debe tener un lugar de crianza barato, así que se entrega a los africanos, que deben asumir los gastos. El despojo de los agricultores africanos condujo a su empobrecimiento en masa. Además de crear la base institucional de una economía atrasada, creó a la gente pobre que la abastecía. Las pruebas disponibles demuestran el cambio radical del nivel de vida en las homelands después de la ley de las tierras de nativos de 1913. El Transkei y el Ciskei experimentaron un prolongado declive económico. Los registros de empleo de las empresas de minería de oro reunidos por el historiador Francis Wilson muestran que este declive era generalizado en la economía sudafricana. Tras la ley de las tierras de nativos y otras, los sueldos de los mineros se redujeron un 30 por ciento entre 1911 y 1921. En 1961, a pesar de un crecimiento relativamente estable de la economía sudafricana, estos sueldos todavía eran un 12 por ciento más bajos que en 1911. No es de extrañar que, durante este período, Sudáfrica se convirtiera en el país menos igualitario del mundo. Sin embargo, incluso en estas circunstancias, ¿no podrían los africanos negros haberse abierto camino en la economía moderna europea, crear una empresa o estudiar y empezar una carrera profesional? El gobierno se aseguró de que no pudieran hacer ninguna de esas cosas. No se permitía que ningún africano fuera propietario de ningún bien ni que creara una empresa en la parte europea de la economía, es decir, el 87 por ciento de la tierra. El régimen del apartheid también se dio cuenta de que los africanos con estudios competían con los blancos en lugar de proporcionar mano de obra barata a las minas y a la agricultura propiedad de blancos. Ya en 1904, se introdujo un sistema de reserva de trabajo para los europeos en la economía minera. No se permitía que un africano fuera amalgamador, ensayador, operador de tipo banksman, herrero, calderero, pulimentador de metales, moldeador de metales, albañil... y la lista seguía y seguía hasta llegar a operario de carpintería. De golpe, los africanos tenían prohibido ocupar cualquier puesto de trabajo cualificado en el sector minero. Fue el primer ejemplo de la famosa segregación racial, una de las diversas invenciones racistas del régimen sudafricano. La segregación racial se extendió a toda la economía en 1926 y duró hasta la década de los ochenta. No es de extrañar que los africanos negros no tuvieran estudios, el Estado sudafricano no solamente eliminó la posibilidad de que se beneficiaran económicamente de una educación, sino que también se negó a invertir en escuelas para ellos y desalentó la educación de los negros. Esta política llegó a su punto álgido en los años cincuenta, cuando, bajo la dirección de Hendrik Verwoerd, uno de los arquitectos del régimen del apartheid que duraría hasta 1994, el gobierno aprobó la ley de educación bantú. La filosofía que se escondía tras esta ley fue explicada con detalle por el propio Verwoerd en un discurso en 1954: El bantú debe ser guiado para servir a su propia comunidad en todos los sentidos. No hay lugar para él en la comunidad europea por encima del nivel de ciertos tipos de trabajo... Por esta razón, ¿de qué le sirve recibir una formación que tiene como fin la absorción en la comunidad europea, si no puede y no será absorbido allí? Naturalmente, el tipo de economía dual expresada en el discurso de Verwoerd es bastante distinta a la teoría de la economía dual de Lewis. En Sudáfrica, la economía dual no era el resultado inevitable del proceso de desarrollo, sino que fue creada por el Estado. En Sudáfrica, no iba a haber un movimiento eficiente de gente pobre del sector atrasado al moderno a medida que se desarrollara la economía. Al contrario, el éxito del sector moderno se basaba en la existencia del sector atrasado, que permitía que los empleadores blancos lograran enormes beneficios al pagar sueldos muy bajos a trabajadores negros sin cualificación. En Sudáfrica, no habría un proceso por el que los trabajadores sin formación del sector tradicional poco a poco pasaran a tener estudios y cualificaciones, tal y como afirmaba la teoría de Lewis. De hecho, se mantenía a los trabajadores negros sin cualificación a propósito y se les prohibía realizar trabajos de alta cualificación para que los trabajadores blancos cualificados no tuvieran competencia y pudieran disfrutar de sueldos elevados. De hecho, en Sudáfrica, los africanos negros estaban atrapados en la economía tradicional, en las homelands. Pero éste no fue el problema de desarrollo que mejoraría el crecimiento. Fueron las homelands lo que permitió el desarrollo de la economía de los blancos. Tampoco debería extrañar que el tipo de desarrollo económico que lograba la Sudáfrica blanca, en última instancia, fuera limitado, ya que se basaba en instituciones extractivas que los blancos habían construido para explotar a los negros. Los blancos sudafricanos tenían derechos de propiedad, invertían en educación y podían extraer oro y diamantes y venderlos a buen precio en el mercado mundial. Sin embargo, más del 80 por ciento de la población sudafricana estaba marginada y excluida de la gran mayoría de las actividades económicas deseables. Los negros no podían utilizar su talento; no podían ser trabajadores cualificados, empresarios, emprendedores, ingenieros ni científicos. Las instituciones económicas eran extractivas; los blancos se hacían ricos extrayendo de los negros. De hecho, los sudafricanos blancos tenían el mismo nivel de vida que la población de Europa occidental, mientras que los sudafricanos negros eran ligeramente más ricos que los del resto del África subsahariana. Este crecimiento económico sin destrucción creativa, del que solamente se beneficiaban los blancos, continuó mientras los ingresos del oro y los diamantes aumentaba. No obstante, en la década de los setenta, la economía dejó de crecer. Y, de nuevo, no será de extrañar que este conjunto de instituciones económicas extractivas se construyera basándose en un conjunto de instituciones políticas altamente extractivas. Antes de su derrocamiento en 1994, el sistema político sudafricano confería todo el poder a los blancos, que eran los únicos a los que se les permitía votar y presentarse como candidatos para ocupar cargos. Ellos dominaban la fuerza de policía, el ejército y todas las instituciones políticas. Éstas estaban estructuradas bajo la dominación militar de los colonos blancos. En el momento de la fundación de la Unión de Sudáfrica en 1910, los Estados afrikáneres, el Estado Libre de Orange y el Transvaal gozaban de un derecho a voto explícitamente racial en el que los negros tenían totalmente prohibida la participación política. Natal y la colonia del Cabo permitían que los negros votaran siempre que tuvieran suficiente propiedad, algo que, normalmente, no tenían. El statu quo de Natal y la colonia del Cabo se mantuvo en 1910, pero en los años treinta los negros ya no tenían derecho a voto explícitamente en toda Sudáfrica. La economía dual de Sudáfrica llegó a su fin en 1994, pero no por las razones que había presentado sir Arthur Lewis en su teoría. No fue el curso natural del desarrollo económico lo que acabó con la segregación racial y las homelands. Los sudafricanos negros protestaron y se alzaron contra el régimen que no reconocía sus derechos básicos y no compartía los beneficios del crecimiento económico con ellos. Tras el alzamiento de Soweto de 1976, las protestas se hicieron más organizadas y más fuertes, lo que, finalmente, acabó con el Estado del apartheid. Fue la atribución de poder de los negros que consiguieron organizarse y alzarse lo que finalmente puso fin a la economía dual sudafricana de la misma forma que la fuerza política de los sudafricanos blancos la había creado. El cambio de rumbo del desarrollo La desigualdad mundial existe actualmente porque, durante los siglos XIX y XX, algunos países fueron capaces de aprovechar la revolución industrial y las tecnologías y los métodos de organización que aportaba mientras que otros no. El cambio tecnológico solamente es uno de los motores de prosperidad, pero quizá sea el más crítico. Los países que no aprovecharon las nuevas tecnologías tampoco se beneficiaron de otros motores de prosperidad. Como hemos visto en este capítulo y en el anterior, este fracaso se debió a sus instituciones extractivas, como consecuencia de la persistencia de sus regímenes absolutistas o porque carecían de Estados centralizados. Sin embargo, en este capítulo también hemos mostrado que, en varios ejemplos, las instituciones extractivas que sustentaban la pobreza de esos países estaban impuestas, o, como mínimo, se veían reforzadas, por el mismo proceso que impulsaba el crecimiento europeo: la expansión comercial y colonial europea. De hecho, la rentabilidad de los imperios coloniales europeos a menudo se basaba en la destrucción de Estados independientes y de economías indígenas de todo el mundo o en la creación de instituciones extractivas esencialmente desde cero. Como en las islas del Caribe, donde, tras el declive prácticamente total de la población nativa, los europeos importaron esclavos africanos y establecieron sistemas de plantación. Nunca sabremos cuáles habrían sido las trayectorias de las ciudades-Estado independientes como las de las islas de Banda, Aceh o Birmania sin la intervención europea. Pudieron haber tenido su propia Revolución gloriosa indígena o haberse acercado lentamente a lograr instituciones políticas y económicas más inclusivas basadas en el comercio creciente de especias y otros productos valiosos. Sin embargo, esta posibilidad fue eliminada por la expansión de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que acabó con cualquier esperanza de desarrollo indígena en las islas de Banda al llevar a cabo su genocidio. Su amenaza también hizo que las ciudades-Estado de muchas otras partes del Sudeste asiático se retiraran del comercio. La historia de una de las civilizaciones más antiguas de Asia, la India, es parecida, aunque el cambio de rumbo del desarrollo no se debió a los holandeses, sino a los británicos. La India era el mayor productor y exportador de productos textiles del mundo en el siglo XVIII. Los percales y muselinas indios inundaban los mercados europeos y se vendían por toda Asia e incluso en el este de África. El agente principal que las llevaba a las islas Británicas era la Compañía Inglesa de las Indias Orientales. Fundada en 1600, dos años antes de su versión holandesa, pasó el siglo XVII intentando establecer un monopolio sobre las valiosas exportaciones de la India. Tuvo que competir con los portugueses, que tenían bases en Goa, Chittagong y Bombay, y con los franceses, que tenían bases en Pondicherry, Chandernagore, Yanam y Karaikal. Lo peor para la Compañía Inglesa de las Indias Orientales fue la Revolución gloriosa, como vimos en el capítulo 7. El monopolio de la Compañía había sido concedido por los reyes Estuardo, y fue inmediatamente cuestionado después de 1688 e incluso abolido durante más de una década. La pérdida de poder fue significativa, como vimos anteriormente (capítulo 7), porque los productores de artículos textiles británicos fueron capaces de convencer al Parlamento de que prohibiera la importación de percal, el artículo comercial más rentable de la Compañía. En el siglo XVIII, dirigida por Robert Clive, la Compañía cambió de estrategia y empezó a desarrollar un imperio continental. En aquella época, la India estaba dividida en muchos Estados que competían, aunque sobre el papel todavía estaban bajo el control del emperador mogol en Delhi. La Compañía primero se expandió por Bengala en el este, venciendo a los poderes locales en las batallas de Plassey en 1757 y Buxar en 1764. La Compañía saqueó la riqueza local y se apoderó de las instituciones impositivas extractivas de los gobernantes mogoles de la India, y quizá incluso las intensificó. Esta expansión coincidió con la contracción masiva de la industria textil india, ya que, al fin y al cabo, ya no quedaba mercado para aquellos productos en Gran Bretaña. La contracción fue acompañada por la desurbanización y el aumento de la pobreza. Se inició un largo período en el que el desarrollo dio un giro drástico en la India. Al cabo de poco tiempo, en lugar de producir artículos textiles, los indios los compraban a Gran Bretaña y cultivaban opio para que la Compañía Inglesa de las Indias Orientales lo vendiera a China. El tráfico de esclavos en el Atlántico repitió el mismo patrón en África, aunque empezara con unas condiciones menos desarrolladas que en el Sudeste asiático y la India. Muchos Estados africanos se convirtieron en máquinas de guerra cuyo objetivo era capturar y vender esclavos a los europeos. A medida que los conflictos entre distintos grupos políticos y Estados se convertían en una guerra continua, las instituciones estatales, que, en muchos casos, todavía no habían alcanzado un grado suficiente de centralización política, se derrumbaron en gran parte de África, y allanaron el camino para la persistencia de instituciones extractivas y de los Estados fracasados actuales que estudiaremos más adelante. En las pocas zonas de África que escaparon al tráfico de esclavos, como Sudáfrica, los europeos impusieron un conjunto distinto de instituciones, aunque esta vez destinadas a crear una reserva de mano de obra barata para sus minas y granjas. El Estado sudafricano creó una economía dual que impedía que el 80 por ciento de su población tuviera puestos de trabajo cualificados, realizara una actividad agrícola comercial y creara empresas. Todo esto no explica solamente por qué la industrialización pasó de largo en gran parte del mundo, sino que también describe que el desarrollo económico en ocasiones se alimenta del subdesarrollo, e incluso lo crea, en alguna otra parte de la economía nacional o mundial. 10 La difusión de la prosperidad Honor entre ladrones La Inglaterra del siglo XVIII o, para ser más exactos, la Gran Bretaña después de la unión en 1707 de Inglaterra, Gales y Escocia, tenía una solución muy sencilla para tratar a los delincuentes: alejarlos de su vista, de su mente o, como mínimo, de los problemas. Transportaron a muchos de los delincuentes a colonias penitenciarias en el imperio. Antes de la guerra de Independencia, los delincuentes condenados, los convictos, eran enviados principalmente a las colonias americanas. Después de 1783, tras la independencia, Estados Unidos dejó de recibir con los brazos abiertos a los convictos británicos y las autoridades británicas tuvieron que encontrarles otro hogar. Primero, pensaron en África occidental. Sin embargo, el clima, con enfermedades endémicas como la malaria y la fiebre amarilla, contra las que los europeos no estaban inmunizados, era tan mortífero que las autoridades decidieron que era inaceptable enviar a convictos a la «tumba del hombre blanco». La siguiente opción fue Australia. Su costa este había sido explorada por el capitán James Cook, un gran navegante. El 29 de abril de 1770, Cook llegó a una bahía maravillosa, que llamó bahía Botánica en honor a las ricas especies que encontraron los naturalistas que viajaban con él. Los oficiales del gobierno británico lo consideraron un enclave ideal. El clima era templado y el lugar estaba tan lejos de la vista y la mente como se podía imaginar. Una flota de once barcos llenos de presos se dirigió a la bahía Botánica en enero de 1788 bajo el mando del capitán Arthur Phillip. El 26 de enero, que ahora se celebra como el Día de Australia, montaron un campamento en Sydney Cove, el corazón de la moderna ciudad de Sídney. Denominaron a la colonia Nueva Gales del Sur. A bordo de uno de los barcos, el Alexander, capitaneado por Duncan Sinclair, había una pareja de presos que se habían casado, Henry y Susannah Cable. Susannah había sido declarada culpable de robo e, inicialmente, había sido condenada a muerte. Aquella condena fue conmutada posteriormente por catorce años de cárcel y traslado a las colonias americanas, pero no se pudo llevar a cabo debido a la independencia de Estados Unidos. Mientras tanto, en la cárcel del castillo de Norwich, Susannah conoció a Henry, también preso, y se enamoró de él. En 1787, fue elegida para ser transportada a la nueva colonia de presos en Australia con la primera flota que se dirigía a aquel destino. Sin embargo, Henry no fue elegido. Para entonces, Susannah y Henry tenían un hijo pequeño, que también se llamaba Henry. Aquella decisión significaba que la familia iba a ser separada. Susannah fue trasladada a un barco prisión amarrado en el Támesis. No obstante, alguien hizo que esta situación difícil llegara a oídos de una filántropa, lady Cadogan. Lady Cadogan organizó una campaña con la que logró reunir a la familia Cable. Ambos serían trasladados junto al pequeño Henry a Australia. Lady Cadogan también recaudó veinte libras para comprar productos para ellos, que recibirían en Australia. Zarparon en el Alexander; sin embargo, cuando llegaron a la bahía Botánica, el paquete había desaparecido, o, como mínimo, eso es lo que afirmaba el capitán Sinclair. ¿Qué podían hacer los Cable? No mucho, según la ley inglesa o británica. A pesar de que en 1787 Gran Bretaña tenía instituciones políticas y económicas inclusivas, aquella inclusividad no abarcaba a los presos, que prácticamente no tenían ningún derecho. No podían poseer bienes. Sin duda alguna, no podían llevar a nadie a juicio. De hecho, ni siquiera podían prestar declaración en un juicio. Sinclair lo sabía y probablemente se quedó con el paquete. Aunque nunca lo admitiera, sí que presumió de que no podía ser llevado a juicio por los Cable. De acuerdo con la ley británica, tenía razón. Y, en Gran Bretaña, ese asunto habría acabado allí. Pero no en Australia. El juez David Collins expidió la orden siguiente: Henry Cable y su mujer, nuevos colonos de este lugar, tenían, antes de dejar Inglaterra, cierto paquete enviado a bordo del barco Alexander capitaneado por Duncan Sinclair, formado por ropa y otros artículos adecuados para su situación actual, que fueron recogidos y comprados por varias personas caritativas para uso de los mencionados Henry Cable, su mujer y su hijo. Se han realizado varias solicitudes con el propósito expreso de obtener dicho paquete del capitán del Alexander, que ahora descansa en el puerto, sin efecto [excepto] una pequeña parte de dicho paquete que contiene unos cuantos libros, el resto, que es de un valor más considerable, todavía continúa a bordo de dicho barco, el Alexander, el capitán del cual parece muy negligente al no hacer que sean entregados a sus respectivos dueños, tal y como se ha mencionado anteriormente. Como Henry y Susannah eran analfabetos, no podían firmar la orden judicial y solamente pusieron sus cruces al final del escrito. Las palabras «nuevos colonos de este lugar» fueron tachadas más tarde, pero eran muy significativas. Algunos pensaron que, si Heny Cable y su mujer eran descritos como presos, el caso no tendría esperanzas de prosperar y alguien tuvo la idea de llamarlos nuevos colonos. Aquello quizá fuera un poco demasiado para el juez Collins, y lo más probable es que fuera él quien tachara aquellas palabras. Sin embargo, la orden judicial funcionó. Collins no desestimó el caso y convocó al tribunal, con un jurado compuesto totalmente por soldados. Sinclair fue llamado a declarar. A pesar de que Collins no mostraba mucho entusiasmo por el caso y que el jurado estaba compuesto por las personas que se enviaban a Australia para vigilar a presos como los Cable, ganaron éstos. Sinclair se defendió de las acusaciones alegando que los Cable eran delincuentes. Sin embargo, el veredicto fue que tuvo que pagar 15 libras. Para alcanzar aquel veredicto, el juez Collins no aplicó la ley británica, sino que hizo caso omiso de ella. Fue el primer caso civil juzgado en Australia. El primer caso criminal les habría parecido igual de extraño en Gran Bretaña. Un preso fue acusado de robar el pan de otro recluso, y el pan valía 2 peniques. En aquel momento, un caso de esas características no habría llegado al tribunal, porque los presos no tenían derecho a poseer bienes. Pero Australia no era Gran Bretaña y su ley no sería solamente británica. Y Australia pronto se distanciaría de Gran Bretaña en la ley criminal y civil y en una serie de instituciones económicas y políticas. La colonia penal de Nueva Gales del Sur inicialmente estaba formada por los presos y sus guardias, la mayoría de los cuales eran soldados. Hubo pocos «colonos libres» en Australia hasta 1820 y el traslado de presos, aunque se detuvo en Nueva Gales del Sur en 1840, continuó hasta 1868 en Australia occidental. Los convictos debían realizar un «trabajo obligatorio», esencialmente, trabajos forzados, y los guardias intentaban ganar dinero con ello. Al principio, los convictos no tenían sueldo; solamente les daban comida a cambio del trabajo realizado. Los guardias se quedaban lo que producían. No obstante, este sistema, como los impuestos por la Virginia Company en Jamestown, no funcionaba demasiado bien porque los convictos no tenían incentivos para esforzarse en el trabajo ni para trabajar bien. Los ataban o desterraban a la isla de Norfolk, solamente treinta y cuatro kilómetros cuadrados de territorio situado a más de mil quinientos kilómetros al este de Australia en el océano Pacífico. Pero como ni atarlos ni desterrarlos funcionaba, la alternativa fue ofrecerles incentivos. No era una idea natural para los soldados y los guardias. Los convictos eran convictos, y se suponía que ni vendían su trabajo ni podían tener propiedades. No obstante, en Australia no había nadie más para hacer el trabajo. Evidentemente, había aborígenes, posiblemente un millón cuando se fundó Nueva Gales del Sur. Sin embargo, estaban esparcidos en un continente enorme y la densidad de población en Nueva Gales del Sur era insuficiente para la creación de una economía basada en su explotación. No había una opción latinoamericana en Australia. Por lo tanto, los guardias se embarcaron en un camino que finalmente conduciría a instituciones incluso más inclusivas que las de Gran Bretaña. Los convictos recibían una serie de tareas que debían realizar y, si tenían tiempo libre, podían trabajar para ellos mismos y vender lo que producían. Los guardias también se beneficiaban de las nuevas libertades económicas de los convictos. La producción aumentó y los guardias fijaron monopolios para vender productos a los convictos. El negocio más lucrativo fue el del ron. En aquel momento, Nueva Gales del Sur, como el resto de las colonias británicas, estaba dirigida por un gobernador nombrado por el gobierno británico. En 1806, Gran Bretaña nombró a William Bligh, el hombre que, diecisiete años antes, en 1789, había sido capitán del H.M.S. Bounty, durante el famoso amotinamiento. Bligh era partidario de una disciplina férrea, un rasgo que probablemente fuera en gran parte responsable del amotinamiento. Sus formas no habían cambiado, e inmediatamente cuestionó a los monopolistas del ron. Aquello conduciría a otro motín, esa vez por parte de los monopolistas, dirigidos por un ex soldado, John Macarthur. Los hechos, que se conocerían como la Rebelión del ron, dieron lugar a que los rebeldes derrotaran a Bligh, esta vez en tierra firme y no a bordo del Bounty. Macarthur hizo que encerraran a Bligh. Posteriormente, las autoridades británicas enviaron más soldados para tratar la rebelión. Macarthur fue detenido y enviado de vuelta a Gran Bretaña. Pero al cabo de poco tiempo fue liberado y volvió a Australia, donde tuvo un papel crucial tanto en la política como en la economía de la colonia. Las raíces de la Rebelión del ron eran económicas. La estrategia de dar a los convictos incentivos estaba haciendo ricos a hombres como Macarthur, que fue a Australia como soldado en el segundo grupo de barcos que llegaron en 1790. En 1796, abandonó el ejército para concentrarse en los negocios. En aquel momento, ya tenía sus primeras ovejas y se dio cuenta de que se podía ganar mucho dinero con la cría de ovejas y la exportación de lana. Al lado de Sídney, hacia el interior, se encontraban las Blue Mountains, que se cruzaron finalmente en 1813, lo que reveló que, al otro lado de las montañas, había grandes extensiones de praderas abiertas. Era el paraíso para las ovejas. Macarthur pronto se convirtió en el hombre más rico de Australia. Los magnates de ovejas pasaron a conocerse como los squatters, ya que la tierra que utilizaban para el pastoreo no era suya, sino del gobierno británico. Pero, al principio, aquello era un pequeño detalle. Los squatters eran la élite de Australia, o, mejor dicho, eran la «squattocracia». Incluso con una «squattocracia», Nueva Gales del Sur no se parecía en nada a los regímenes absolutistas de Europa oriental ni a las colonias sudamericanas. No había siervos como en Austria- Hungría y Rusia, ni grandes poblaciones indígenas que explotar como en México y Perú. Nueva Gales del Sur tenía muchas cosas en común con Jamestown (Virginia). En última instancia, la élite vio que le interesaba crear instituciones económicas que fueran significativamente más inclusivas que las de Austria-Hungría, Rusia, México y Perú. Los convictos eran la única mano de obra, y la única forma de incentivarlos era pagarles sueldos por el trabajo que hacían. Al cabo de poco tiempo, les dieron permiso para convertirse en empresarios y contratar a otros convictos. Lo más destacable era que, tras cumplir sus condenas, recibían tierras y volvían a tener derechos. Algunos de ellos empezaron a enriquecerse, incluso el analfabeto Henry Cable. En 1798, era propietario de un hotel llamado The Ramping Horse, y también tenía una tienda. Compró un barco y empezó a comerciar con pieles de foca. En 1809, poseía como mínimo nueve granjas de unos cuatrocientos setenta acres y varias tiendas y casas en Sídney. El siguiente conflicto en Nueva Gales del Sur se produciría entre la élite y el resto de la sociedad, formada por convictos, ex convictos y sus familias. La élite, dirigida por antiguos guardias y soldados como Macarthur, incluía a algunos de los colonos libres que se habían sentido atraídos a la colonia por el boom de la economía de la lana. La mayor parte de la propiedad todavía estaba en manos de la élite, y los antiguos convictos y sus descendientes querían poner fin a las deportaciones, tener la oportunidad de ejercer de jurado de sus iguales y acceso a tierra libre. La élite no quería nada de aquello. Su preocupación principal era establecer un título legal en las tierras que ocupaban como squatters. La situación volvió a ser similar a los hechos que habían tenido lugar en Norteamérica más de dos siglos antes. Como vimos en el capítulo 1, tras las victorias de los sirvientes contratados frente a la Virginia Company se produjeron las luchas en Maryland y las dos Carolinas. En Nueva Gales del Sur, los papeles de lord Baltimore y sir Anthony Ashley-Cooper correspondieron a Macarthur y los squatters. El gobierno británico de nuevo estaba del lado de la élite, aunque también temía que algún día Macarthur y los squatters sintieran la tentación de declarar la independencia. El gobierno británico envió a John Bigge a la colonia en 1819 para dirigir una comisión que investigara lo que ocurría. Bigge se quedó perplejo al ver los derechos de los que disfrutaban los convictos y la naturaleza fundamentalmente inclusiva de las instituciones económicas de aquella colonia penal. Recomendó un cambio radical: los convictos no podrían ser propietarios de tierras, nadie tendría permiso para pagarles sueldo, se limitarían los perdones, los ex convictos no recibirían tierras y los castigos iban a ser mucho más draconianos. Bigge vio a los squatters como la aristocracia natural de Australia e imaginó una sociedad autocrática dominada por ellos. Aquello no era posible. Mientras Bigge intentaba hacer retroceder el tiempo, los ex convictos y sus hijos e hijas demandaban más derechos. De nuevo, se dieron cuenta de que lo más importante, como en Estados Unidos, para consolidar totalmente sus derechos políticos y económicos, era contar con instituciones políticas que los incluyeran en el proceso de toma de decisiones. Exigieron elecciones en las que pudieran participar como iguales, así como asambleas e instituciones representativas en las que pudieran ocupar cargos. Los ex convictos y sus hijos e hijas estaban dirigidos por el escritor, explorador y periodista William Wentworth. Este interesante personaje fue uno de los líderes de la primera expedición que cruzó las Blue Mountains, que abrieron las amplias tierras de pastoreo a los squatters. Existe un pueblo en esas montañas que todavía lleva su nombre. Sus simpatías estaban con los convictos, quizá porque su padre había sido acusado de asaltar caminos y había tenido que aceptar la expulsión a Australia para evitar el juicio y la posible condena. En aquel momento, Wentworth era un fuerte defensor de que hubiera instituciones políticas más inclusivas, de una asamblea electa, de los juicio con jurado para ex convictos y sus familias y del fin de las deportaciones a Nueva Gales del Sur. Creó un periódico, el Australian, desde el cual atacaría a las instituciones políticas a partir de ese momento. A Macarthur no le gustaba Wentworth y, sin duda, tampoco lo que pedía. A partir de una lista de nombres, describió así a los seguidores de Wentworth: Condenado a la horca desde que vino aquí. Repetidamente azotado en la parte posterior de la carreta. Judío londinense. Dueño de un bar judío privado posteriormente de su licencia. Subastero deportado por traficar con esclavos. A menudo azotado aquí. Hijo de dos convictos. Timador: profundamente endeudado. Aventurero americano. Abogado despreciable. Extranjero que hace poco que fracasó con una tienda de música. Casado con la hija de dos convictos. Casado con una convicta que antes tocaba la pandereta. La vigorosa oposición de Macarthur y los squatters no pudo detener la oleada en Australia. La demanda de instituciones representativas era fuerte y no se pudo suprimir. Hasta 1823, el gobernador había controlado Nueva Gales del Sur más o menos por su cuenta. Aquel año, su poder fue limitado mediante la creación de un consejo nombrado por el gobierno británico. Inicialmente, los designados pertenecían a la élite no convicta y squatter, Macarthur entre otros, pero aquello no podía durar. En 1831, el gobernador Richard Bourke cedió a la presión y, por primera vez, permitió que hubiera ex convictos que actuaran como jurados. Los ex convictos y, de hecho, muchos nuevos colonos libres también querían que cesara la deportación de convictos desde Gran Bretaña, porque creaba competencia en el mercado laboral y hacía descender los sueldos. Los squatters eran partidarios de los sueldos bajos, pero perdieron. En 1840, la deportación a Nueva Gales del Sur se detuvo y, en 1842, se creó un consejo legislativo con dos tercios de sus miembros elegidos (el resto fue nombrado). Los ex convictos se podían presentar como candidatos a cargos y votar si tenían la suficiente propiedad, y muchos lo hicieron. A partir de 1850, Australia introdujo el derecho a voto de los hombres adultos blancos. Las demandas de los ciudadanos, los exconvictos y sus familias, habían avanzado mucho más de lo que William Wentworth había imaginado. De hecho, en aquel momento, estaba del lado de los conservadores e insistía en un Consejo Legislativo no electo. Sin embargo, igual que Macarthur antes que él, Wentworth no fue capaz de detener la marea hacia la existencia de instituciones políticas más inclusivas. En 1856, el estado de Victoria, que se separó de Nueva Gales del Sur en 1851, y Tasmania se convertirían en los primeros lugares del mundo que introdujeron un voto secreto efectivo en las elecciones, lo que puso fin a la coacción y la compra de votos. Hoy en día, el método estándar de lograr secretismo al votar en unas elecciones todavía se denomina en inglés australian ballot (voto australiano). Las circunstancias iniciales de Sídney (Nueva Gales del Sur) eran muy parecidas a las de Jamestown (Virginia) ciento ochenta y un años antes, aunque la mayoría de los colonos de Jamestown no eran convictos, sino trabajadores contratados. En ambos casos, las circunstancias iniciales no permitían la creación de instituciones coloniales extractivas. Ninguna colonia tenía una densidad de población indígena que pudiera explotar, ni acceso fácil a metales preciosos como oro o plata, ni tierra y cultivos que hicieran que las plantaciones con esclavos fueran viables desde el punto de vista económico. El tráfico de esclavos todavía estaba activo hacia 1780 y Nueva Gales del Sur podría haber estado llena de esclavos si hubiera sido rentable. Pero no lo era. Tanto la Virginia Company como los soldados y colonos libres que dirigían Nueva Gales del Sur cedieron a las presiones, creando poco a poco instituciones económicas inclusivas que desarrollaron junto con instituciones políticas inclusivas. Esto sucedió con menos luchas en Nueva Gales del Sur que en Virginia, y los intentos posteriores de cambiar el rumbo de esta tendencia fracasaron. Australia, como Estados Unidos, experimentó un camino distinto hacia las instituciones inclusivas que el que tomó Inglaterra. Las mismas revoluciones que sacudieron a Inglaterra durante la guerra civil y la Revolución gloriosa no fueron necesarias en Estados Unidos ni en Australia por las circunstancias tan distintas en las que se fundaron aquellos países. Esto, evidentemente, no significa que las instituciones inclusivas se establecieran sin ningún conflicto, y, en el proceso, Estados Unidos tuvo que deshacerse del colonialismo británico. En Inglaterra había una larga historia de gobierno absolutista que estaba profundamente arraigada y fue necesaria una revolución para eliminarla, pero en Estados Unidos y Australia no existía. Aunque lord Baltimore en Maryland y John Macarthur en Nueva Gales del Sur pudieran haber aspirado a aquel papel, no pudieron establecer un control suficientemente fuerte en la sociedad para que sus planes dieran fruto. Las instituciones inclusivas establecidas en Estados Unidos y Australia significaron que la revolución industrial se extendiera rápidamente a aquellas tierras y empezaran a hacerse ricos. El camino que tomaron aquellos países fue seguido por colonias como Canadá y Nueva Zelanda. Había otros caminos posibles para lograr instituciones inclusivas. En muchos puntos de Europa occidental tomaron un tercer camino hacia las instituciones inclusivas bajo el impulso de la Revolución francesa, que derrocó el absolutismo en Francia y, posteriormente, generó una serie de conflictos entre Estados que extendieron la reforma institucional a través de gran parte de Europa occidental. La consecuencia económica de estas reformas fue la aparición de instituciones económicas inclusivas en la mayor parte de Europa occidental, la revolución industrial y el crecimiento económico. Romper las barreras: la Revolución francesa Durante los tres siglos anteriores a 1789, Francia fue gobernada por una monarquía absolutista. La sociedad francesa estaba dividida en tres segmentos, los denominados estados. Los aristócratas (la nobleza) formaban el primer estado; el clero, el segundo, y el resto de la población, el tercero. Los distintos estados estaban sujetos a leyes diferentes, y los dos primeros estados tenían derechos de los que carecía el resto de la población. La nobleza y el clero no pagaban impuestos, mientras que los ciudadanos tenían que pagar distintos impuestos, como cabría esperar de un régimen que era altamente extractivo. De hecho, la Iglesia no solamente estaba exenta de pagar impuestos, sino que, además, era propietaria de grandes extensiones de tierra y podía imponer sus propios impuestos a los campesinos. La monarquía, la nobleza y el clero disfrutaban de un estilo de vida lujoso, mientras que gran parte del tercer estado vivía en la miseria. Las leyes no solamente garantizaban una posición económica altamente ventajosa para la nobleza y el clero, sino que, además, les daban poder político. La vida en las ciudades francesas del siglo XVIII era dura e insalubre. La manufactura estaba regulada por gremios poderosos, que generaban buenos ingresos para sus miembros, pero impedían que otros se dedicaran a aquellos oficios o crearan nuevas empresas. El denominado Antiguo Régimen se enorgullecía de su continuidad y estabilidad. La entrada de emprendedores y personas con talento en profesiones nuevas podría crear inestabilidad y no era tolerada. Si la vida en las ciudades era dura, en los pueblos era probablemente peor. Como hemos visto, en este momento, la forma más extrema de servidumbre, que ataba las personas a la tierra y las obligaba a trabajar para los señores feudales y a pagarles impuestos, hacía tiempo que estaba en declive en Francia. Sin embargo, existían restricciones sobre la movilidad y los campesinos franceses debían pagar multitud de impuestos feudales al monarca, la nobleza y la Iglesia. Con este telón de fondo, se produjo la Revolución francesa, un acto radical. El 4 de agosto de 1789, la Asamblea Nacional Constituyente cambió por completo las leyes francesas proponiendo una nueva Constitución. El primer artículo afirmaba: La Asamblea Nacional suprime enteramente el régimen feudal y decreta que los derechos y deberes, tanto feudales como censales, todos los que se originan o representan la servidumbre real o personal, sean abolidos sin indemnización. Su artículo 9 proseguía: Los privilegios pecuniarios, personales o reales, en materia de impuestos, son abolidos para siempre. Los impuestos se cobrarán a todos los ciudadanos y sobre todos los bienes, de igual manera y en la misma forma. Se considerarán planes por los que los impuestos se pagarán de forma proporcional por parte de todos, incluso para los seis últimos meses del año en curso. De este modo, la Revolución francesa abolía de un plumazo el sistema feudal y todas las obligaciones y deberes que implicaba, y eliminaba totalmente las exenciones de impuestos de la nobleza y el clero. Pero, quizá lo más radical, e incluso impensable en aquella época, era el artículo 11, que afirmaba: Todos los ciudadanos, sin distinción de nacimiento, podrán ser admitidos en todos los empleos y dignidades eclesiásticas, civiles y militares, y ninguna profesión útil reportará deshonra. Por lo tanto, en lo sucesivo, habría igualdad ante la ley para todos, no solamente en los negocios y la vida diaria, sino también en el terreno político. Las reformas de la Revolución continuaron después del 4 de agosto. Posteriormente, se abolió la autoridad de la Iglesia para recaudar impuestos especiales y se convirtió a los miembros del clero en empleados del Estado. Junto con la eliminación de los rígidos papeles políticos y sociales, se eliminaron barreras críticas para las actividades económicas. Se abolieron los gremios y todas las restricciones ocupacionales, lo que creó una mayor igualdad de condiciones en las ciudades. Estas reformas fueron un primer paso hacia el fin del reino de los monarcas absolutistas franceses. Tras las declaraciones del 4 de agosto, hubo varias décadas de inestabilidad y guerra. Sin embargo, se había dado un paso irreversible para separarse del absolutismo y las instituciones extractivas y acercarse a las instituciones políticas y económicas inclusivas. Después de estos cambios, se producirían otras reformas en el terreno económico y político, que, finalmente, culminarían en la Tercera República de 1870, que llevaría a Francia el tipo de sistema parlamentario que la Revolución gloriosa puso en marcha en Inglaterra. La Revolución francesa creó mucha violencia, sufrimiento, inestabilidad y guerra. No obstante, gracias a ella, los franceses no quedaron atrapados en instituciones extractivas que bloqueaban el crecimiento y la prosperidad económicos, como hicieron los regímenes absolutistas de Europa oriental como Austria-Hungría y Rusia. ¿Cómo llegó la monarquía absolutista francesa al borde de la Revolución de 1789? Al fin y al cabo, hemos visto que muchos regímenes absolutistas fueron capaces de sobrevivir largos períodos de tiempo, incluso en mitad del estancamiento económico y la agitación social. Como en la mayoría de las revoluciones y cambios radicales, fue una confluencia de factores lo que posibilitó la Revolución francesa, y éstos estaban estrechamente relacionados con el hecho de que Gran Bretaña se estaba industrializando rápidamente. Y, evidentemente, el camino, como es habitual, era circunstancial, ya que muchos intentos de estabilizar el régimen por parte de la monarquía fracasaron y la Revolución resultó ser más eficaz para cambiar instituciones en Francia y otros puntos de Europa de lo que muchos podrían haber imaginado en 1789. Muchas leyes y privilegios de Francia eran vestigios de tiempos medievales. No solamente favorecían al primer y segundo estados respecto de la mayoría de la población, sino que, además, les daban privilegios frente a la Corona. Luis XIV, el Rey Sol, gobernó Francia durante cincuenta y cuatro años, desde 1661 hasta su muerte en 1715, aunque, de hecho, llegó al trono en 1643, a los cinco años. Consolidó el poder de la monarquía, apoyando el proceso hacia un mayor absolutismo que se había iniciado siglos antes. Muchos monarcas a menudo consultaban a la denominada Asamblea de Notables, formada por aristócratas clave elegidos por la Corona. A pesar de ser principalmente consultiva, la Asamblea todavía actuaba como una leve restricción al poder del monarca. Por esta razón, Luis XIV gobernaba sin convocar a la Asamblea. Bajo su reino, Francia logró cierto crecimiento económico, por ejemplo, a través de la participación en el comercio atlántico y colonial. El capaz ministro de Finanzas de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert, también supervisaba el desarrollo de la industria patrocinada y controlada por el gobierno, un tipo de crecimiento extractivo. Esta cantidad limitada de crecimiento beneficiaba prácticamente en exclusiva al primer y al segundo estados. Luis XIV también deseaba racionalizar el sistema impositivo francés, porque, a menudo, el Estado tenía problemas para financiar sus frecuentes guerras, su gran ejército permanente y el séquito, el consumo y los palacios lujosos del rey. Su incapacidad para cobrar impuestos incluso a la nobleza menor ponía graves límites a sus ingresos. Si bien es cierto que se había experimentado un leve desarrollo económico, cuando Luis XVI llegó al poder en 1774 se habían producido grandes cambios en la sociedad. Además, los antiguos problemas fiscales se habían convertido en una crisis fiscal, y la guerra de los Siete Años con Gran