Una contienda desdichada

Lo que la suerte y la superioridad moral tuvieron que ver en la derrota de la Armada Invencible

En 1588, la armada ideada por Felipe II para llevar a cabo su misión divina sufrió un fracaso estrepitoso debido a múltiples factores. Algunos fueron errores humanos y otros, fruto de la (mala) suerte.

La batalla de Gravelinas Nicholas Hilliard

La batalla de Gravelinas Nicholas Hilliard

La batalla de Gravelinas por Nicholas Hilliard.

Society of Apothecaries / Wikimedia Commons

¿Alguna vez ha sopesado el peso que la suerte puede haber jugado en sus logros? ¿Se ha quejado quizás de la mala fortuna por algún descalabro? Si tuviera que establecer un porcentaje que adjudicar a la suerte como factor del éxito o del fracaso en sus proyectos, ¿qué cantidad le asignaría? ¿Estaría más cerca del 30 % o del 10 %?

Con el favor de la providencia

El fracaso, en 1588, de la Grande y Felicísima Armada (o Armada Invencible) ideada por Felipe II es uno de los episodios de la historia donde más ha jugado un papel la suerte. También es uno de los ejemplos más palmarios de superioridad moral: Felipe II entendía que la suya era una misión divina y que el resultado sería propiciado por la providencia.

Ese mesianismo político se fundamentaba en la firme creencia de que estaba en posesión de la verdad y le llevó a poner todos los medios para alcanzar sus objetivos, que entendía como divinos.

Una de las obsesiones filipinas era la conversión de Inglaterra que, desde el reinado de Enrique VIII, había erradicado el catolicismo como religión oficial. Para lograr su propósito, el rey español planeaba invadir Inglaterra, deponer a Isabel I y entronizar a su prima María Estuardo, católica y reina de los escoceses. Tras varios años de lo que el historiador Geoffrey Parker califica como guerra fría entre España e Inglaterra, la reina Isabel, escudándose en su Consejo Privado, firmó la ejecución de María Estuardo, lo que aceleró los planes de conquista de Felipe II.

Vasto imperio español

El imperio español abarcaba entonces desde las Filipinas –que llevaban el nombre del rey– hasta América del Sur, de forma que alguno de los escudos reales portaban la leyenda “nihil nunquam occidit” (nada se oculta nunca), haciendo referencia a que el sol nunca se ocultaba en sus dominios. Curiosamente, Felipe II dirigía ese vasto imperio de una forma extremadamente centralizada, desde su despacho en El Escorial, al norte de Madrid.

La Armada reunió a más buques de los que nunca se habían reunido bajo una sola flota y mando: 132 barcos salieron desde la península ibérica al mando del Duque de Medina Sidonia, y se esperaba que fueran complementados por decenas de otros navíos que zarparían de Países Bajos, comandados por el duque de Parma.

El plan consistía en que ambas expediciones se encontraran en el canal de la Mancha y de allí emprendieran hacia la costa británica, llegaran a Londres y prendieran a la reina. Sólo había un leve error de partida: no se había decidido ni el lugar ni la fecha convenida para ese encuentro. O bien se había dejado esto al albur de la providencia o se confiaba excesivamente en la capacidad de comunicación entre los dos almirantes de la flota y el rey.

Armada en marcha

La flota de Medina Sidonia llegó al sur de Inglaterra, pero optó por no desembarcar en el puerto de Plymouth, donde hubiera podido obtener alguna ventaja. Por el contrario, algunas de sus naves entraron en combate con las inglesas. Medina Sidonia abandonó a las derrotadas y continuó hasta las costas francesas, donde esperaba reunirse con Parma.

No contaba con que su colega había recibido los mensajes tardíamente y que, en el ínterin, su flota se había desplazado, por lo que el encuentro se hacía imposible. En Calais es donde empezaron los infortunios. La flota inglesa comenzó a atacar con brulotes, pequeños navíos cargados de pólvora y aparato incendiario que, al llegar a sus blancos, generaban potentes explosiones. Estos ataques espantaron a las tripulaciones españolas, que emprendieron una desbandada descontrolada.

A partir de ese momento se inicia una huida de la Armada, primero hacia el mar del Norte, después a las costas escocesas, virando hacia el oeste en dirección a las costas occidentales de Irlanda. Aunque era agosto, se desató una inusual secuencia de tempestades que hizo que las condiciones de navegación fueran extremadamente adversas. Además, las temperaturas cayeron dramáticamente, aumentando las enfermedades y muertes en las tripulaciones, poco preparadas para esas circunstancias. Por otro lado, las dificultades de la navegación por corrientes desconocidas y por las costas abruptas del oeste de Irlanda amplificaron los peligros.

En este periplo, cualquier desembarco se presentaba peligroso porque los ingleses, y muchos irlandeses, aprovechaban la oportunidad para el pillaje o para entregar a los marinos españoles. De los barcos que salieron originalmente de España regresaron algo más de la mitad, aunque en muy malas condiciones, y perecieron o desaparecieron más de 500 marinos.

Los fallos del plan

Si se hubiera dado más autonomía a los dos almirantes, de forma que pudieran incursionar en territorio británico por separado, la misión hubiera tenido más posibilidades de éxito. Sin embargo, hubo otra serie de errores de los que se puede aprender, de cara a la dirección de empresas:

  • La obsesión de Felipe II por la microgestión y controlar todos los detalles de la operación, pese a no tener experiencia en combate naval. A ello se une el desprecio por el asesoramiento de sus consejeros, a los que no prestaba atención, confiado en que su inspiración procedía o estaba amparada por Dios. Según las teorías organizativas actuales, el sistema corporativo menos eficaz y exitoso es el modelo de gestión de crisis, en el que el líder intenta gestionar todo de forma dictatorial y sin compartir información. Esto reduce a los empleados de todos los niveles a simples peones y luego el líder, al verse abrumado por la carga de responsabilidades, reduce los objetivos a solucionar los sucesivos retos y a tratar de evitar los errores. Este estilo de liderazgo, que se ha llamado mentalidad de cero defectos, fue el que adoptó Felipe II.

  • Los buques ingleses eran más ágiles y navegaban más rápido. Muchos de los navíos españoles se construyeron precipitadamente para la misión y, como suele suceder con los proyectos que se ejecutan de este modo, tenían muchos fallos que dificultaban las operaciones de artillería y la logística a bordo. También se cuestionó la calidad de la pólvora y del armamento español.

  • Se ha hablado de la mayor pericia marinera de los mandos y la marinería inglesas frente a la incompetencia de algunos capitanes de la Armada, que habían sido ascendidos por su linaje y no por su experiencia.

  • Las tripulaciones de la Armada procedían de diversos países: había marineros alemanes, italianos, portugueses, españoles y africanos, entre otros. La diversidad cultural puede ser una importante ventaja competitiva si se sabe gestionar adecuadamente pero, en el fragor de la batalla, aquellas naves debían ser una especie de Babel moderna.

En busca de un culpable

En casos como este, una de las reacciones más comunes es buscar un chivo expiatorio. Aquí no se tardó mucho tiempo en culpar al duque de Parma por no haber acudido al encuentro del de Medina Sidonia. Sin embargo, sus mensajes y testimonios probaban que siempre había estado dispuesto a zarpar para llevar a cabo la misión. El problema fue la tardía comunicación, que le impidió encontrarse a tiempo con la otra mitad de la flota.

Luego, la opinión pública señaló a Medina Sidonia, especialmente por su rapidez en llegar al puerto de Santander y ocuparse de sus asuntos personales, sin reparar en las necesidades de los marineros heridos que regresaban con él. La falta de pericia de Medina Sidonia se mostró también en diversos episodios de combate, donde le faltaba decisión y empatía con sus mandos.

Finalmente, la última responsabilidad residía en el rey Felipe II, al que se atribuye la célebre expresión “no mandé mis barcos a luchar contra los elementos”, haciendo referencia a las inesperadas tempestades. Ciertamente, el mal tiempo fue el principal factor para la derrota pero existieron muchas otras causas que influyeron en el desastre.

Tolerancia y consenso

El filósofo John Rawls hace referencia a las guerras de religión europeas cuando explica que, en una sociedad con diversidad de creencias y distintas religiones, la convivencia solo se puede alcanzar mediante la tolerancia y un consenso solapado. Este consenso se consigue mediante el compromiso de que, siempre que no haya daños a terceros, se preserve la libertad personal, aunque no coincida con las creencias de parte de la población.

Una de las lecciones de la derrota de la Armada es el perjuicio que provoca la superioridad moral en la toma de decisiones, pues nubla el juicio y hace confiar el éxito a la providencia o al destino.

Desgraciadamente, todavía se viven episodios de superioridad moral o de mesianismo político en distintas partes del planeta. La historia se repite, y parece que no aprendiéramos de circunstancias pasadas.


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Santiago Iñiguez de Onzoño, Presidente IE University, IE University

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.