La popularidad de Isabel II se mantuvo robusta hasta el final de lo que los historiadores definen ya como la “segunda era isabelina”.

REDACCIÓN.- Aunque disminuido el poder de la casa imperial británica en la vida política, la Reina Isabel jugó durante más de 5 décadas una discreta, cautelosa y efectiva influencia en la vida pública buscando equilibrio y estabilidad entre los británicos.

Lo largo reinado proporcionaron a la reina, nacida en Londres el 21 de abril de 1926, la experiencia y el tacto necesario para ganarse el respeto degrandes líderes como Winston Churchill, Margaret Thatcher, Tony Blair o Boris Johnson.

Aun delicada de salud por su avanzada edad a los 96 años, pudo recibir esta misma semana en su residencia escocesa al saliente, Boris Johnson, y de encargar a su sucesora, Liz Truss, la formación de un nuevo Gobierno en su nombre. Era el decimoquinto primer ministro que recibía una monarca que ha sido parte fundamental de la historia británica de la segunda mitad del siglo XX y de las dos primeras décadas del XXI. A pesar de las tormentas y contratiempos vividos por la Casa de los Windsor durante este tiempo, la popularidad de Isabel II se mantuvo robusta hasta el final de lo que los historiadores definen ya como la “segunda era isabelina”.

Setenta años de reinado proporcionaron a Isabel Alejandra María, la primogénita de Jorge VI e Isabel Bowes-Lyon, nacida en Londres el 21 de abril de 1926,la experiencia suficiente para seducir y granjearse el respeto de egos descomunales como Winston Churchill, Margaret Thatcher, Tony Blair o Boris Johnson.

Su longevo reinado es reconocido por las diferentes fuerzas políticas y sociales del Reino Unido como la representación visible y la búsqueda de unidad y de estabilidad y unidad de un país fragmentado al que se esforzó de evitar que perdiera prestigio internacional y cayera en una crisis irrecuperable.

Dos de sus muchas actuaciones estelares con esa finalidad se remontan a 1956, a raíz de la dimisión del entonces primer ministro Anthony Eden y también a 1963, con la dimisión de Harold Mcmillan, cuando la reina Isabel pudo ejercer su poder de designar un sucesor y dar de esa manera continuidad institucional a la política británica.