Los Judíos y la Masonería - Presbítero. Nicolás Serra y Caussa, 1907

Los Judíos y la Masonería - Presbítero. Nicolás Serra y Caussa, 1907

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LOS JUDIOS Y LA MASONERIA

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EDICIONES ANTIDOTO BUENOS AIRES

1992

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Y

L A M A S O N E R I A

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Nicolás Serra y Caussa

LOS JUDIOS Y LA MASONERIA

EDICIONES ANTIDOTO BUENOS AIRES

100?

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Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

Copyright by Ediciones Antídoto Buenos Aires 1992

Impreso en los Talleres Gráficos de la Editorial

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ha dicho contra eüosT Los han trata­

do de perturbadores de la tranquilidad pública, de impíos, de ateos y de qué se yo cuantas cosas más. Los han ar- tado de aflicciones; los han calumnia­

do, perseguid<?. Han intentado deste­

rrarlos, exterminarlos, como a nosotros.

“ Mas allí están en pie como nosotros.

No son rebeldes ni ateos. . . , son hom­

bres de corazón y de honor. Predican, al igual nuestro, la tolerancia y la cari­

dad; predican lo mismo que nosotros, la paternidad, el trabajo, la solidari­

dad humana. Por esto mismo unos y otros, vivimos a despecho de todos y contra todos” .

(Gran Rabino de Francia, en el Hotel del Gran Oriente, París 1879).

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a Claudio Janet el Obispo de Anthedon, Mons. Gay de cuyos méritos esclarecidos dan fe su dignidad eclesiástica y sus li­

bros, y el cual define la masonería con estos rasgos:

“ Aquella enorme boca, que la Escritura Dama el pozo del abismo. . . que tiene por rey al ángel del abismo, cuyo nom­

bre es el Exterminador (1 ); al mismo de quien habla Jesu­

cristo, al echarles en cara a los rebeldes judíos: Vosotros sois del diablo vuestro padre. . . que era homicida desde el prin­

cipio (2). Misterio de iniquidad, cuyo último fruto y agente soberano debe ser el hombre de pecado, hijo de perdición, el Anticristo. . . que ha de reinar por cuenta del Infierno. La masonería hace todos los preparativos para la venida y triun­

fo del Anticristo, concillándole los ánimos y ganándole las simpatías de los hombres, creándole recursos y formándole en todos los países un organismo político apropiado, popu­

larizando sus principios y formulando su credo, propagando su moral y fundando su enseñanza con privilegio de mono­

polio, reclutándole ejército, dotándole de arreo científico, literario y artístico, construyéndole teatros, levantándole tri­

bunas, preludiando su legislación y poniendo la prensa a sn servicio: con todo lo cual le va labrando el trono, qne bien sabe ella se habrá de convertir mañana en altar, y por osto

(1) Apoc. DL (2) Joan. VIII, 44.

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afanosamente trabaja en modelar a au imagen a ese pueblo ciego, degradado 7 servil, cual le importa ser aclamado, lle­

vado en palmas y obedecido.”

¡ Magnífica pintura de los fines y obras masónicas! ¡ Es­

pléndido testimonio del satanismo sectario.

Oigamos la voz de Alejandro de Saint-Albin, escritor con­

cienzudo, cuya autoridad es tanto más respetable, cuanto su obra (1 ) compuesta con materiales de cantera exclusivamen­

te masónica, le valió el honor de concitar contra sí las iras de la prensa sectaria de Francia y Bélgica, y la gloria de no ver contestado ninguno de sus terribles cargos y afirmacio­

nes. El cual en el epílogo de su riguroso, pero justo proceso se expresa así: “ Cuando en la primera página de los Santos Libros leemos que Satanás prometió al hombre la Ciencia del Bien y del Mal, nos detenemos poco en desentrañar el sentido de esta fr a s e .. . Véase en todo su horror cuál es esa Ciencia del Mal opuesta por Satanás a la Ciencia de Dios.

La francmasonería dice por cuenta propia y por cuenta de sus sociedades filiales: “ Y o lo domino todo desde las eleva­

das esferas en que me cierno ( 2 ) ” ; yo soy la Ciencia de la civilización (3 ); yo soy la Ciencia de Im Ciencias (4 ); yo soy el Verbo de la Razón (5). Sería la Ciencia del Bien y del Mal, si de las promesas de Satanás no se hubiese de, restar la parte de mentira; pues él es la Mentira, así como Dios es la Verdad. La francmasonería, que también dice a sus sedu­

cidos: todos los hh . son dioses; la francmasonería de los gra­

dos superiores, cualquiera que sea su nombre y el disfraz con que se encubra, sa da a conocer como hija de Satanás por esta divisa que en todas partes ostenta La Ciencia del MaL ’ ’ Posterior a de Saint-Albin, el R. P. Javier Gautrelet, cuyas virtudes y sabiduría fueron universalmente reverenciadas, demuestra con rigor científico que la masonería es la verda-

(1) Les franc-macons et lis sociétés secrètes.—Paris, 1867.

(2) Monde maconnique, feb. 1867. p. 631.

(3) H .'. Ragón. Orthodoxie maconnique. p. 34.

(4) Ibid. p. 10.

(5) Rituel du nouveau grade de Rose-Croix, p. 84.

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dera sinagoga de Satanás, en su carta 47* (1 ): “ Ahora, dice el docto jesuíta, ya podemos formarnos ideal cabal de la ma­

sonería y dar su definición exacta, que cifro yo en esta pa­

labra. la sinagoga de Satanás.

“ En efecto, Jesucristo, antes de subir a los cielos, insti­

tuyó su Iglesia, encargándola de continuar su obra repara­

dora hasta el fin da los siglos. Cabeza de ella invisible, bien que real, la dotó de gobierno regular y le dió por jefe, en ca­

lidad de vicario suyo, a uno de sus apóstoles, invistiéndole de plena potestad; le confió su Evangelio y sus Sacramentos, el tetsoro de sus méritos y satisfacciones, la distribución de sus gracias y la dispensación de la vida sobrenatural. Por esta Iglesia, como madre de todos los fieles, somos hechos hi­

jos de D io s...

“ Pues bien, en frente de esta y con un fin diametral­

mente contrario, el enemigo de Dios y de los hombres, Sata­

nás fundó la masonería, que no es sino la odiosa caricatura de la Iglesia, i Queréis convenceros de ello? Vedlo.

“ Los caracteres esenciales de la Iglesia son la catolicidad, la unidad, la apostolicidad y la santidad. Estos caracteres

&e arroga también la masonería a su modo.

“ Es universal. Lo dice y lo prueba de mil maneras.

“ Es una. Por unidad de incredulidad, porque su principio fundamental de libertad de pensamiento es la negación equi­

valente de toda verdad. Una en su odio a Jesucristo y a la Iglesia; una en su objeto final, la destrucción; una en sus secretos e iniciaciones y una en sus juramentos.

“ Si no procede de los Apóstoles, viene de más atrás, por­

que desciende derechamente del primero que alzó la bande­

ra de la libertad al grito de Non serviam. Si la Iglesia tiene su jerarquía, no le falta la suya a la masonería. . . levitas, sacerdotes, pontífices, etc.

“ Si la Iglesia tiende a restablecer el orden en la socie­

dad, en la familia y en el individuo, y pone toda su solicitud

(1) La Franc-maconnerie et la Révolution.— Lyon, 1872.

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en santificar al hombre, en traer el remado de la paz y la fe ­ licidad sobre la tierra, en consagrar el principio de autori­

dad, etc., la masonería se reserva el funesto encargo de in­

troducir la perturbación 7 la división en la familia, de en­

cender la revolución en los pueblos 7 destruir en los cora­

zones las bases mismas de la moral 7 de cualquiera idea de virtud. T si la Iglesia brinda campo abierto a las más nobles aspiraciones, a las virtudes más heroicas, a los sacrificios más sublimes, para gloria de Dios 7 salud de la humanidad; la masonería por I&^escala ascendente de iniciaciones 7 grados conduce al más subido punto 7 colmo de impiedad; díganlo si no los grados de Rosa-Cruz, Kadosch 7 otros” .

Luego la masonería es la sinagoga de Satanás.

Todo esto palmariamente demostrado con abundancia de comprobantes suministrados por el reo mismo, i Por la maso­

nería misma ? SL

Porque es de observar entre paréntesis, 7 valga esta obser vación para siempre, que la masonería que es con la más ex- tricta propiedad una sociedad secreta; cu7 a alma es en gran parte el secreto, cuyo señuelo 7 cebo para caza de incauto»

7 enganche de reclutas está en el secreto, que hace profesión de este secreto, 7 a cada paso, a cada palabra 7 tras cada ce­

remonia imperiosamente con formidables amenazas 7 exe­

crando juramentos lo intima; sin embargo, de mucho tiempo acá parece haberse transformado en sociedad pública, por su doctrina que llena el mundo 7 es la sangre emponzoñada que corre por las venas de las modernas generaciones; por sus principios, le7 es 7 máximas, que se han infiltrado y domi­

nan en todas las clases, formas, organismos 7 manifestacio­

nes varias de la vida de los pueblos; por su fin supremo 7 término último de sus ansias 7 por los medios generales ordenados al cumplimiento de este fin, sacados a plaza 7 clavados en la picota de la imprenta imparcial, razonable 7 cristiana; por sus misterios 7 prácticas más íntimas 7 ocultas, convertidas unas en materia de chacota 7 menos­

precio, consideradas otras como objeto de horror, ignomi­

nia 7 abominación. Y es mu7 de notar el gran partido que ella saca del mal aparente de su semi-publicidad con loa

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incautos, los distraídos 7 los necios, de los cuales infinitos est números, vendiéndose la mu7 bellaca por inocente 7 nada digna de ser temida con tantos espavientos, dado que trabaja a la luz 7 se ofrece al mundo en espectáculo, 7 aun sa entrega complaciente en su parte cómica como pábulo de risa 7 juguete de diversión; mientras por otra parte con refinada astucia y sin igual descaro niega embustera, en­

cubre, palia 7 desfigura doctrinas, ritos, interpretaciones 7 planes, que una vez puestos en evidencia 7 arrojados a la murmuración de las gentes, le arrebatarían el favor del silencio, la complicidad de esa indiferencia y descuido de muchos, tan ventajosa a su marcha tranquila 7 segura.

Tal es en puridad la clave del enigma, la explicación de esta aparente contrariedad 7 repugnancia entre ser la ma­

sonería secreta 7 mu7 secreta, 7 ser al mismo tiempo pú­

blica. Secreta, sí, para los que nunca la estudiaron en su naturaleza ni en sus propias confesiones, a veces impruden­

tes, a veces forzadas, ni se curaron de atisbar su interven­

ción o su influjo maléfico en los sucesos de la política y en las fortunas de las naciones; secreta para ciertos católicos ingenuos, que simples de puro maliciosos, como para hacer alarde de imparcialidad, antes que daferir en juicio a la sentencia y probanzas incontestables de observadores honra­

dos, prudentes y entendidos, quisieron más dar crédito a las interesadas protestas, negaciones y ambigüedades de los sectarios más o menos solapados, cayendo en la trampa de su lenguaje deslumbrador y artificioso; secreta, por fin, ge­

neralmente para todos en la trama de ciertas intrigas de mar yor trascendencia, en las relaciones íntimas de la madre con las hijas que salieron de su seno, en el desarrollo de algunos dramas sangrientos o fatales, en el señalamiento de sus su­

premos gobernantes u orden interior, como lo llaman, en su organización reservada y manera de gobierno superior, en algunas prácticas tan edificantes, por su impiedad como por su infamia, etc. Pero pública, manifiesta y patente a los ojos de los sagaces, infatigables y celosos inquisidores de la es­

condida realidad, en su esencia, objeto, hondos designios, pro­

cederes, estatutos, común organización, gobierno y empresas

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generales; pública y conocida hasta en gran parte de casos y cosas más veladas a la curiosidad de los profanos, por inferen­

cias, comparaciones, estudio de las causas, lecciones de la experiencia, sorpresas, inesperadas revelaciones o descubri­

mientos. Con lo cual a los beneméritos escritores que para bien de la cristiandad con tanta diligencia y asiduidad se han consagrado al estudio de la masonería, les basta y les sobra para hablar de ella con toda competencia y perfecto conocimiento de causa, a pesar de todos los misterios y reser­

vas, a despecho de la índole artificiosa y obscura política de aquella. - -

Así pudieron escribir como escribieron con tanta riqueza de noticias, con tanta penetración y golpe de vista tan cer­

tero, Barruel, Lefranc, Peraud, Saint-Albin, Gautrelet, Bres­

ciani, Neut, Deschamps, Janet, Benoit, y cien y cien más; así pudieron los Pontífices Romanos desde la sublime atalaya, en que la soberana Providencia las colocó para salvaguardia de la ley cristiana, denunciar con firme seguridad la ma­

licia de la nefanda secta y condenarla con la más alta justi­

ficación y autoridad.

Con el anterior presupuesto, que debemos gravar bien en la memoria, y después de esta digresión, que si se ha ido alar­

gando al correr de la pluma, no está desprovista de interés, reanudemos el hilo de nuestros razonados testimonios alle­

gados en confirmación del carácter diabólico de la secta, dan­

do la última mano a nuestra demostración.

Dígnese ahora venir a ilustramos más sobre el asunto el venerable actual obispo de Grenoble, Mons. Favá, quien en­

tre las tareas de su cargo pastoral, ha reputado como una de las más conducentes al beneficio de las almas, la de escribir contra el presente enemigo de Dios y de los hombres, mere­

ciéndole su nobilísimo empeño el lauro de sañuda persecu­

ción. De su obra sobre el Secreto de la Masonería (1), nos fijamos de preferencia en el artículo titulado. El panteísmo masónico es satánico, en el cual comienza por decir así:

“ Echar un velo sobre las infinitas perfecciones de Dios, y particularmente sobre su bondad, para que el hombre no le

(1) “ Le secret de la Franc-maconnerie” . Lille, 1888.

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ame; pintarle como un. cruel tirano, para que el hombre le blasfeme y le deteste; exaltar los derechos del hombre hasta la más absoluta independencia; finalmente derrocar a Dios de su trono y de sus altares, para sentar en su lugar a la criatura, tal ha sido siempre la diestra táctica de Satanás en su guerra contra Dios y los hombros; tal es la táctica des­

plegada en el panteísmo masónico, como resultado y medio de acción a la vez” .

A continuación manifiesta la ejecución de este plan inicuo en todas las grandes épocas del mundo antiguo, a contar des­

de la catástrofe del Edén, su insistente persecución en todas las siguientes edades hasta el día de hoy, y^vieaer a parar a es­

ta brillante conclución:

“ Concluyamos, pues, que el panteísmo masónico observa la misma táctica de Satanás. Trabaja de continuo por des­

figurar la verdad, por echar a Dios un velo, cuyos tupidos pliegues oculten a los pueblos los divinos atributos; presen­

ta a Jesucristo como simple hombre, siendo así que es el Hombre Dios, apelando al embuste, a la calumnia, a la vio­

lencia, a medios sangrientos, se esfuerza por destruir el reino espiritual y social de Jesucristo sobre la'" tierra, con la per­

secución de la Iglesia católica en su doctrina y en sus miem­

bros. Por esto afirmamos y sostenemos: que el panteísmo ma­

sónico es satánico” .

En el mismo sentir abunda el célebre y docto cardenal arzobispo de Malinas, Ilmo. Deschamps, quien en su opúsculo La franc-maconnerie (1) si por una parte repara mu­

cho en ciertos elementos secundarios, llamémoslos más ba­

jos y rastreros, de la masonería, y a consecuencia de esto pa­

rece inclinarse a juicios un tanto superficiales, mas por otra no vacila en dar a luz el pensamiento guardado en el fondo de su corazón, y lo hace en esta forma: “ Por su pretendida fe, por su moral nebulosa y llena de caprichos, por su simu­

lacro de culto, la masonería no es en realidad más que la mona de la Iglesia; pero por su doctrina negativa, por su objeto fundamental, negativo también, y por su organización es,

(1) La Franc-maconnerie.— Bar-le-Duc, 1874.— ps. 47 y «igs.

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repetimos, la Iglesia al revés.' Sin escrúpulos en la elección de los medios que emplea, en todas partes encuentra un pode­

roso aliado en el interés de las pasiones, y no diga de las po­

testades superiores (1 ), rebeldes antes que ella y siempre prontas a ayudarla. . . En fin, no niego. . . que la religión del porvenir sea, dentro y fuera de la masonería, la espe­

ranza de muchas, que sin caer en ello, son los pequeños pro­

fetas y los pequeños precursores del culto anticristiano, del anticristianismo positivo, del nuevo paganismo sobrenatural y satánico del fin de los tiempos” . Que es puro y escueto el fin primario y último, a que camina la masonería con las potestades superiores por auxiliares y el culto satánico por corona de sus esfuerzos y satisfacción de sus ansias.

Más que el Rmo. Deschamps y más que todos juntos, pa­

rece haber ahondado en las interioridades de la masonería el P. Bresciani, de la Compañía, de Jesús, quien encerró el fruto de sus largas vigilias y observaciones sobre la materia en su República romana, continuación del Hebreo de Verona, que es una novela verdaderamente histórica, que de novela solo tiene la forma literaria, pero de historia la realidad misma de los hechos. Allí, pues, el sapientísimo historiador novelista asigna por carácter y resultado último de la secta la demonolatría, como él la llama, discurriendo a este tenor:

“ Os preguntábamos, dice uno da los interlocutores, si creíais posible que en las sociedades secretas se rindiese por algunos jefes adoración al dem on io... —Ya respondí, ale­

gando aquel claro y terminante: adoraron al Dragón qne dió poder a la BESTIA. Este Dragón es aquella serpiente antigua, que ^e llama Diablo y Satanás, que engaña a todo el mundo (2). Como la Bestia tiene todos los caracteres de las sociedades secretas del Duminismo, que hoy ha invadido el mundo, se deduce perspicuamente, que cuantos tienen el CARACTER de la Bestia adoran al demonio. Mas sobre si se hacen diabólicos o se transmutan en Satanás, yo creo que

(1) ApoeaL c. XII.

(2) Apoc. XVTL

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sea este el verdadero y último misterio de esta congrega­

ción de pecado: Y en su frente hay escrito on. nombre: MIS­

TERIO ( 1 ) . . . Nada quita que la Demonolatría sea el último resultado a que conduzcan por su naturaleza las sociedades de los masones, de los carbonarios y de todos los demás vás- tagos de Weisshupt (2).

Hago punto final en esta larga serie de citaciones con la autoridad del religioso barnabita Bernardo Negroni, nombre desconocido al parecer a muchos autores franceses, que nun­

ca lo toman en boca, bien que no dejará alguno de aprove­

charse de sus informes y doctrinas, cuando bien le venga;

nombre con harto desdén pronunciado por algunos de sus mismos compatriotas italianos, más hábiles para la sátira que para rebatir las opiniones o asertos que ridiculizan. De quien, si hubiésemos de alegar todos los testimonios del satanismo masónico, acompañados de las correspondientes pruebas y comentos, en precisión nos veríamos de transcribir los siete cumplidos tomos de su obra (3). Por lo cual nos contentare­

mos con transladar uno de sus fundamentales enunciados o aserciones, qtie reza así:

“ Ella (la masonería) es del todo diabólica: es la hija pri- '•mogénita de Satanás, del roy del abismo, su Iglesia, su sina­

goga, su milicia, su sostén en la tierra. (Ella fué, es y será siempre hasta el fin de los siglos la antagonista de la Igle­

sia de Dios, y mientras esta sea militante en la tierra, habrá de pelear con ella a brazo partido. Ella ha sido profetizada y designada por el mismo Dios para engendrar en los tiempos últimos el Anticristo, para elevarle al señorío de todo el mun­

do, para ocasionar la última persecución de la Iglesia, para completar el coro prefijado de mártires, para hacer ver cuan­

to pueden de una parte, el infierno y el mundo coligados con­

tra Dios y su Iglesia, y cuanto de otra puede Dios contra ellos en la defensa de esta... Ella es la señalada para hacer

(1) Apoc. XVII.

(2) Repáblica Romana, c. IX» párrafo XIII. (3) Storia pastata, presente e futura de la setta anticristiana e anti­

sociale.

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resaltar los últimos triunfos del infierno contra Dios y su Iglesia, los últimos y más gloriosos triunfos de la misma Igle­

sia y de Dios contra ella. . . Gens astenia in qua nenio nas­

citur ( 1 ) ” .

Y aquí nos place dar fin al catálogo no escaso de autori­

zados y fundamentados testimonios, por considerarlos más que suficientes, aunque no agotados.

De ellos por sí solos, en razón del número, del carácter, res­

petabilidad y saber de los autores traídos a colación; por mérito de las .especialísimas investigaciones que consagra­

ron al asunto contro-vertido para fallar en la cuestión, resul­

ta a todas luces firme, incontestable, probada y asentada la tesis que venimos sosteniendo, y no queda más recurso que aceptarla o ahorcarse a quienquiera que tome partido en esta grave controversia. O no habría lógica en el mundo o debería­

mos de mandar noramal los consejos del sentido común, las re­

glas de la más severa crítica. Porque, vamos a ver ¿ de que se trata? De un hecho. ¿Este hecho es sensibles es perceptible?

Notorio y público además, es un hecho de la calle, por más em­

bozos con que lo cubran; y no pasajero y fugaz, que pareció y ya no parece, sino repetido y continuado, por más ficciones, ' marañas y embustes con que procuren despistarnos. Pero ¿es­

te hecho es notable por algún concepto y capaz de impresio­

nar? Atraa todas las miradas, provoca muchas y diligentes pesquizas, da margen a largas disquisiciones, conmueve los ánimos de juiciosos varones y de altos personajes. ¿Los testi­

gos? Conspicuos Prelados de la Iglesia, an virtudes y letras eminentes; escritores de cuyos méritos son ejecutoria la fama esclarecida y sus obras literarias. No es dudosa la sentencir y no resta escapatoria.

Aunque a decir verdad, con nuestra franqueza caracterís­

tica, por mucho que se eleve el argumento de autoridad por grande valor que se le atribuya, se apoca y desaparece ante la prueba de hecho, hecho evidente, divulgado por las voces de todos los entendidos observadores, hecho consignado en

(1) Ibid Ascvertefaza, p. 35.

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los libros oficiales de la secta, repetido en todos sus ritos, confirmado solemnemente con la fuerza de sus reiterados ju­

ramentos, robustecido y más y más patentizado con los actos exteriores de la misma. A esta prueba irresistible no hay que oponer excusas, subterfugios, mentiras ni cavilocidades: no hay más que enmudecer y confesar. La desarrollamos para cualquier hombre de entero ju icio: si no le dimos mayor ex­

tensión, fué porque no quisimos, que materiales todavía nos sobraron para utilizarlos en su día.

Conclusión: Luego la masonería en su constitución, en su vida interna, en su doctrina, en sus prácticas, en sus fines y tendencias, en táodo su ser y obrar está informada y compe­

netrada del espíritu de Satanás: la masonería es satánica.

Muy de pensado reservamos para el último lugar esta nueva opinión acerca del origen de la masonería. Bien la podemos llamar nueva, puesto que de pocos años á esta fa­

cha ha salido a campear. Algún indicio de ella se vislumbra en el tomo II de la grande obra del P. Barruel, y toma algún cuerpo la idea con la interesante carta dirigida al autor por aquel Simonini, de cuya probidad y veracidad el Pa­

pa, por conducto de su Secretario, hablaba con estimación a dicho P. Barruel.

De intento, repetimos, hemos diferido esta discusión has­

ta ahora; porque si los numerosos datos y razones de aquí y de allá recogidos, no llegan tal vez a constituir una prue­

ba victoriosa, nos servirán admirablemente para robustecer más los raciocinios y consideraciones históricas con que he­

mos demostrado la persistencia y continuidad de la secta

„ desde Manes hasta nuestros días. A este respecto téngase en debida cuenta, nótese con particular cuidado y pásese en todo su justo valor esta explicación, para añadirla a las muchas que llevamos dadas, porque es de importancia suma.

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Entremos ya en materia.

El que con más desenfado sienta la tesis del origen ju­

daico 7 con mayor brevedad 7 gallardía expone sus funda­

mentos generales, es Vicente de la Puente; 7 como el hermo­

so cuadro que traza no es largo, 7 extractado perdería mu- eho de su gracia, lo vamos a dar íntegro a pesar de las sombras que lo obscurecen:

“ Desde el siglo I de la Iglesia, dice, existe una socie­

dad maldita con la execración de Dios, semejante a Sa­

tanás en su caída^ en la privación de sus antiguas preemi­

nencias, en el destierro perpetuo de_ su patria, en el de­

seo de venganza, en el odio encubierto a todo principio de autoridad legítima, en aborrecer a todos 7 ser de to­

dos aborrecida. Esa sociedad proscrita en todas partes, 7 que en todas partes se halla sin patria; que varias veces ha querido constituir nacionalidad 7 nunca lo ha logrado;

que en tal concepto desprecia las ideas de nacionalidad y de patria, sustituyéndolas con un frío y escéptico cosmo­

politismo, esa tiene la clave de la francmasonería. El ca­

lendario, los ritos, los mitos, las denominaciones de varios objetos suyos, todos son tomados precisamente de esa so*

ciedad proscrita: el judaismo.

“ Pero i cómo han de confesar los francmasones que su origen es judaico, y que por espacio de mucho tiempo han sido unos dóciles instrumentos de los judíos, a quienes parecían avasallar! Esto los rebajaría en el concepto pú­

blico. .. .

“ Ese principio de odio, de venganza, subversión de todo principio de autoridad legítima, misterio impenetrable, sen­

sualidad encubierta, superstición, hipocresía, encono rabioso contra el cristianismo, ritos sanguinarios, apego a vanas fórmulas y ridiculas exterioridades, el francmasón necesita inventarlos y remedarlos; pero el judío los tiene como in­

génitos, los siente desde que nace y no puede menos de tenerlo en situación abyecta, despreciada y de proscripción.

A la luz de estas verdades innegables se aclara todo lo obscuro y desaparecen los orígenes misteriosos. La franc­

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masonería en su principio es una institución peculiar de los judíos, hija del estado en que vivían, creada por ellos para reconocerse, apoyarse y entenderse sin ser sorprendidos en sus secretos, buscarse auxiliares poderosos en todos los países, atraer a sí a todos los descontentos políticos, pro­

teger a todos los enemigos del cristianismo, incorporarse a todos sus renegados, halagar las pasiones de los poderosos para sojuzgarlos por medio de sus mismos vicios, cobiján­

dose luego bajo el manto de esos ilustres afiliados para eludir la ley y la justicia, proporcionándoles para sus vi­

cios dinero que no podían devolverles, y que los_ aprisio­

naban a ellos con aquellas cadenas, hijas de SU3 propios ex­

travíos, y hablando de libertad, instrucción, beneficencia, para encubrir sus verdaderos fines.

“ Claro está que la masonería ha mudado de carácter de un siglo a esta parte, y prescindido de los israelitas. En si genio altamente revolucionario, las sectas derivadas de aquella, como la Internacional, prescinden de la francma­

sonería, y aun se burla de ésta, como ésta desprecia a los israelitas, lo que no impide que estos sean en todas partes sus más poderosos auxiliares. Es público que todos los pe­

riódicos más revolucionarios e impíos de Europa están comprados por los judíos, o reciben subvenciones de ellos y de sus poderosos banqueros; los cuales a la vez son francma­

sones.

“ Por lo que hace a las logias, sucede lo mismo. Cuando han reñido sus adeptos, cuando todos se van cansando de sus farsas y charlatanismo, el judío no se cansa, el judío no consiente que se abatan las columnas, y sigue asistien­

do a la casi desierta logia.— ¿Sois muchos en la logiaí pre­

gunta Napoleón m a sus hermanos de Argel, al recibir la comisión que pasó a cumplimentarle con fraternal corte­

sía.—No por cierto, respondieron ellos: ¡solamente hemos quedado los israelitas!”

Vamos marcando ahora los no escasos lunares de este valiente discurso.

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Primeramente ¿dónde prueba D. Vicente que los ritos masónicos son judaicos! Sin que lo neguemos, era caso de manifestarlo.

En segundo lugar ¿quién le dijo a nuestro incomparable historiador alias doctor resoluto, que bien merece este apodo por el tono magistral que usa de vicio, quién le dijo, que los francmasones necesitaban inventar todas aquellas cosas, si otros se las daban hechas, los maniqueos, por ejemplo? ¿T qüién fué a divertirse con el pobre enja­

retándole los cuentos de que la masonería ha mudado de carácter de un siglo a esta parte, de que la masonería pres­

cinde de los israelitas, de que los desprecia, de que las sectas derivadas, como la Internacional, justamente la Internacional fundada y dirigida por judíos, prescinden y se burlan de la masonería? Respecto de lo último, otra cosa nos enseña León X111. cuando observa, que las demás sectas de la masone­

ría salen y a la masonería vuelven. Pero ¿quién le mintió tales noticias tan contrarias a lo que todos sabemos y pal­

pamos diariamente? ¿hoy, cuando el judaismo está más pre­

potente y descollado que nunca?

Y es que nuestro D. Vicente hablaba mucho de cabeza, poniendo por sello y garante de sus magistrales sentencias el gentil desembarazo con que las profería. Este defecto lo acentuaba más al tratar de la masonería, porque no veía en ella más que puro sainete, a pesar de que lo opuesto nos es­

tá predicando «LSum o Pontífice; y estoy cierto como si lo hubiera visto, que sin embargo de haber anunciado su his­

toria con el rumboso título que conocemos, él a sus solas se reía del camelo del siglo que estaba dando a sus lectores con la pobreza y superficialidad de las noticias y la falta absoluta de sistema fijo, motivadas parte por aquel su mi­

serable concepto de la secta, parte por la inconstancia de sus ideas, mucho por la pereza de investigar y ahondar en sus exploraciones y apego por otra dolencia crónica de su espíritu, el miedo de extralimitarse en hablar. De aquí que la historia completa e íntima de la masonería en España

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esté por hacer, pues también es pobre la de D. Mariano Tirado.

Con todo fuera injusticia negar a La Fuente buen golpe de vista y pulso firme para dar con breves rasgos la reca­

pitulación de todas las razones fundamentales, en que pue­

de basasrse la defensa del origen judaico: calendario, ritos, alegorías, denominaciones, naturaleza y particularidades del carácter judio, situación, circunstancias, procederes usuales, costumbres, pasiones, vicios, fines y esperanzas de ese pueblo, todo se halla sobria y enérgicamente compendia­

do. No es de extrañar que en ese alarde de fuerzas o pro­

banzas, el autor, lleno de confianza, prorrumpa en involunta­

rias exclamaciones, que denotan lo firme y arraigado de una convicción: osa raza “ tiene la clave de la francmasonería” ; con esto “ se aclara todo lo obscuro y desaparecen los oríge­

nes misteriosos” ; “ la francmasonería en su principio es una institución peculiar de los judíos.” A pesar de aque­

llas pifias o desafinaciones en que sorprendimos al autor,

¿quién al leer estas frases y reparar en el sentido enfático del pasaje íntegro, no se goza de antemano con la perspec­

tiva de un plan fijo, sabiamente combinado y ricamente de- desenvuelto? Quien acaricia tal ilusión, no contaría con la huéspeda, es decir, con La Fuente, el informal de siem­

pre. El cual después de referimos varias atrocidades de los judíos perpetradas en épocas muy distantes entre sí, de im­

proviso los hace desaparecer de la escena española como figurantes de tres al cuatro. Y el plan se desvaneció, y nuestras ilusiones lo mismo. Así es el hombre: propone, se olvida, no prueba y se va por otro camino ejerciendo de maestro y de gracioso.

De todos modos, para agregarlos a la cuenta general que hemos de llevar a los semitas deicidas, es preciso marcar sumariamente sus proezas conmemoradas por La Fuente.

En el siglo II el Concilio dé Híberis prohíbe las supers­

ticiones fomentadas por los judíos entre los cristianos. Se organizaron después en sociedad secreta, hasta que Sise- buto los obligó a rebautizarse o expatriarse, y no mejorando

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— 24 —

con el tiempo, Chintila se vió precisado a volverlos a ex­

pulsar.

Sublevados los narionenses contra 'Wamba, encuéntrase al punto a los israelitas al lado de los rebeldes. Procura Egica honrarlos y favorecerlos, y en agradecimiento al año siguiente faltan desleales a todos sus juramentos, bur­

lándose de la credulidad de sus favorecedores, y conspiran para alzarse con el país, y la corona. Hecho que no se ex­

plica, nota muy bien La Puente, sin. una organización se­

creta, misteriosa y pujante.

Witiza por contrariar el sentimiento católico, llegó a colocarlos en dignidades y cargos de jurisdicción. No hi­

cieron esperar su pago largo tiempo; por cuanto hicieron estallar en el reinado de D. Rodrigo la conspiración tramada en tiempo de Egica, y aun quizá abortada en tiempo de Chintila. Unidos los judíos de España con los judíos de Afri­

ca, vendieron a los musulmanes la independencia de la pa­

tria, combatiendo bajo las banderas enemigas, entregando a los invasores las ciudades más importantes, sin exceptuar la de Toledo, capital de la monarquía, poblando al par de los árabes en varios lugares y aun pretendiendo formar una monarquía independiente en la parte del Pirineo.

Su comportamiento entre los musulmanes fué tal, según las crónicas árabes, que llegaron a ser más aborrecidos de ellos que de los cristianos mismos.

Aquí el historiador da un grande salto hasta el siglo XV, sin habemos dicho una palabra de las relaciones que proba­

blemente los judíos de España mantuvieron con los nuevos maniqueos en los siglos X I y A ll, a imitación de los de Francia en el mediodía de este país. Eso sí, no cuenta lin­

dezas de nuestra gente en aquel siglo, y lo mejor de todo, que sus relatos proceden de buenas fuentes, verídicos por lo tanto.

Nos pinta a loa judíos unidos en sociedad tenebrosa, con los tres caracteres principales de secreto jurado hasta la muerte, hipocresía la más maliciosa, y rencor inextinguible contra los cristianos con sed insaciable de su sangre y es-

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pirita de venganza: item más, fanáticos, incrédulos, hechi­

ceros, asesinos salvajes y en correspondencia continua con

skis correligionarios de toda Europa y de Levante. Eran abogados, jueces, oidores de las chanchillerías, doctores de universidades, consejeros de la Corona, sus banqueros, re­

caudadores de tributos; véselos en fin, dice La Fuente,

“ apoderados de los tribunales y cargos públicos en Ara­

gón y Castilla, dueños por tanto, da la administración de justicia y de la administración económica, encubriendo los crímenes de sus correligionarios y aumentando sus fortu­

nas a expensas del pueblo y del tesoro.”

Entre sus innumerables crímenes de esteuperádo, ade­

más de horribles profanaciones bien comprobadas a satis­

facción de la crítica más exigente, se cuentan varios- asesi­

natos muy sonados, y más que todos, indubitables e invenci­

blemente confirmados contra el escepticismo y la impiedad más tramposa e impudente, el martirio de S. Pedro de Ar- bués, acaecido en 1485, y el del Santo Niño de la Guardia, en 1492.

Los Reyes Católicos, de memoria imperecedera, escuchan­

do la voz de la razón, de la justicia y del bien procomunal, y cediendo a las reiteradas instancias de todas las clases y al general clamor de sus pueblos, expulsaron por fin de sus reinos a aquellos grandes malhechores de la cristian­

dad y traidores jurados de la patria, imitando en esto los ejemplos antiguos de los soberanos de Inglaterra, Francia y de otras naciones.

Resumen de lo anterior en lo que dice relación a nuestro objeto conocido.

Partidas de cargo a la cuenta de los judíos rápidamente apuntadas por La Fuente:

Carácter general— Sociedad secreta y cosmopolita orga­

nizada.

Carácter religioso.— Incredulidad— fanatismo antirreligio- , so— odio a Cristo (crucifixión de cristianos, etc.)— espíritu de venganza contra los cristianos— alianza con infieles—

superstición.

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— 26 —

Fines.—Destrucción del nombre cristiano— dominación universal.

Medios y procedimientos.—Hipocresía— simulación— per­

jurio— todos los medios lícitos— auxilio mutuo y exclusivo

—favor de poderosos—sistema de corrupción— acción po­

lítica— traición a la patria— conspiración permanente.

Esto es secta; esto es masonería.—De secta lo tiene to d o : corporación numerosa y organizada con fines y medios de­

terminados ; su molde, su ley y código religioso, moral, político y social es el Talmud.

Una especie de tantas como suelta La Fuente, sin volver a acordarse de ellas después:

“ Los judíos fueron expulsados de Francia pocos años después de la extinción de los templarios, de quienes algu­

nos lo suponen cómplices."

En resumidas cuentas La Fuente indica y enumera los argumentos principales en que puede apoyarse el origen judaico de la masonería; pero ni los desarrolla, ni los uni­

fica, ni los sostiene: huesos sin músculos ni carne (1 ).

Los que intentan una verdadera demostración de la mis­

ma teoría, bien que por caminos diversos, son D. Mariano Tirado y Rojas, masón convertido, y el P. Heurclmans, de la Compañía de Jesús. Examinaremos sus pruebas.

Preparemos esta discusión formal con multitud de ante­

cedentes recogidos de Mr. Drumont en su France juive, del P. Deschamps y de Mr. Claudio Janet.

Del ■primeria "aprovechamos las observaciones acerca del carácter y costumbres de los judíos, noticias y apreciacio­

nes históricas.

Conocido es de todo el mundo el estrecho espíritu de cuerpo, o solidaridad, como ha dado en decirse, de los ju­

díos. Esta es su fuerza: todos los judíos son solidarios unos de otros, conforme lo proclama la Alianza Israelita Universal, que ha tomado por emblema de su publicación dos manos

(1) Historia de las sociedades secretas, etc. C. L, párrafos L, 3, 9.

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que se traban y estrechan bajo una aureola: cualquier des­

ventura que le pasa a un judío en el último rincón de¡

mundo, toma luego las proporciones de un acontecimiento.

El judío por necesidad es cosmopolita. Claro está: la primera condición para adoptar otra patria es renunciar a la propia. Pero el judío no renuncia jamás a la suya, que es Jerusalén, la santa y misteriosa ciudad. Jerusalén, triun­

fante o perseguida, triste o gozosa, sirve de lazo de unión entre todos sus hijos, quienes todos los años en su gran fiesta de Bosch Haschana, se animan recíprocamente con esta palabra: “ ¡E l año entrante a Jerusalén!” Para ellos ningún otro país es su patria.

Otro rasgo muy peculiar del judío es la profunda creen­

cia de su superioridad sobre todos los pueblos y todas las razas de la tierra, sea la arrogantia judoeorum, insolente e insoportable a la verdad, de que habla Drumont, sea ex­

traño presentimiento de su futuro destino anunciado por San Pablo. De aquí el pensamiento de la dominación uni­

versal y la invención de todos los medios a este fin supremo conducentes, cualesquiera que sean. Es digno de excitar la más seria atención de los pensadores ese sentimiento de la raza maldita, exaltado en la actualidad por el desvaneci­

miento de las riquezas hasta el grado de una verdadera demencia colectiva, extraviada por la ceguera de la infi­

delidad y la degradación más innoble. ~

Paralelo al anterior y fiel herencia de sus padres, el ju ­ dío presenta el otro rasgo de odio infernal a Jesucristo y al nombre cristiano. De infiel trata al cristiano, y con el Talmud todos los días repite:

“ Hay precepto de matar al infiel que más valga.”

“ La palabra empeñada a un infiel no obliga.”

“ Cada día en sus plegarias los judíos deben por tres ve­

ces echar maldiciones contra los ministros de la Iglesia, con­

tra los reyes y contra todos los enemigos de Israel.”

A esas condiciones de la infame raza añádase su tenaci­

dad en los propósitos; su paciencia para conseguir su objetivo a prueba de todos los desprecios, ultrajes, penalidades y

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tormentos; sa espirita abyecto; sa propensión al crimen y a la prostitución; su innata doblez y sangre fría, y se tendrá la materia más apta para francmasones de uno y otro sexo. Otra bella cualidad del judío se nos pasaba por alto: su afición constante a toda clase de supersticiones^

Un judío envenena a Carlos el Calvo, de Francia; un ju­

dío envenena a Enrique m , de Castilla; un judío propone en 1477 al Consejo de los Diez de Venecia el envenenamiento de Mahometo I I ; jal judío Goldsmith sirve de espía a Ta­

lleyrand en Inglaterra durante el primer imperio francés;

el judío Michel es guillotinado por haber entregado a Ru­

sia documentos militares; otro Goldsmith escamotea hace poco, los planos del Estado Mayor prusiano, etc.; los judíos hacen traición a los Cruzados; los judíos de la Edad Me­

día están en continua inteligencia con los sarracenos y les entregan las ciudades de Bezieres, Narbona y Tolosa.

Los reyes de Francia se ven repetidas veces obligados a expulsarlos.

Los templarios en tiempo de las Cruzadas eran los ban­

queros de los reyes y señores, pero hacían el juego a los judíos, que se servían de ellos como testaferros, dice Dru- mont.

La rapidez del golpe, afirma el mismo autor, con que Felipe el Hermoso arrestó en un mismo día a todos los templarios, salvó a la cristiandad del semitismo, al modo igual que seis siglos antes Carlos Martel la había salvado en Poitiers del mismo azote.

Conocida es la influencia maléfica de las escuelas ju­

días en las creencias, costumbres y revoluciones de la Edad Media.

De alta significación son los pasajes siguientes que Dru- mont transcribe de Michelet.

“ El elemento semítico, judío y árabe, dice Michelet, estaba pujante en el Languedoc: Narbona había 3Ído por mucho tiempo la capital de los sarracenos en Francia. In­

numerables eran los judíos: maltratados, pero tolerados, florecían en Carcasona, Montpeller y Nimes, y sus rabinos

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tenían escuelas públicas, poniendo en relación a cristianos con musulmanes, a Francia con España. Las ciencias apli­

cables a las necesidades materiales, la medicina y las mate­

máticas eran cursadas a las vez por individuos de las tres religiones. Más relacionada estaba Montpeller con Salemo y Córdoba, que con Roma. Después de las Cruzadas, el al­

to Languedoc sobre todo parecía haberse inclinado al Me- j diterráneo y vuelto la cara hacía el Oriente.”

' Aquel terrible levantamiento de los albigenses, acaecido en el mediodía de Francia y que puso en grave conflicto a la cristiandad, Drumont lo imputa, si no en un todo, en grandísima parte a los judíos, y apoya su sentir en pala­

bras de Michelet, el cual se expresa así:

“ Los judíos, imagen viva dal Oriente en el centra del cristianismo, parece que solo estaban allí para fomentar el odio a la religión. En los días de azotes de la naturaleza o de catástrofes políticas, ellos se ponían, seigún se decía, en correspondencia con los infieles, y los llamaban.”

T el mismo autor señala el estado de perversión a que los judíos habían conducido aquellas comarcas y carga a su responsabilidad los horrores cometidos.

“ La nobleza del mediodía, prosigue, que se distinguía poco de la clase media, se componía por entero de hijos de judíos y de sarracenos, gente culta y muy distinta de los ignorantes y piadosos caballeros del norte, y contaba por suyos y mostraba afecto a los montañeses. Estos pe­

cheros lo mismo maltrataban a los sacerdotes que a los campesinos, dei las ropas sagradas hacían vestidos para sus mujeres, golpeaban a los clérigos y les hacían cantar la misa por escarnio. Una de sus diversiones era también ensuciar, hacer pedazos las imágenes de Jesucristo, rom­

perles los brazos y las piernas. Por esto cabalmente los querían los príncipes, a causa de su impiedad que los tor­

naba insensibles a las censuras eclesiásticas. Impíos co­

mo nuestros modernos, impíos y feroces como los bárbaros, hacían estragos en el país, robando, secuestrando, degollan­

do al primero que se presentaba, haciendo una guerra de

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— 30 —

exterminio. Las damas más encopetadas tenían el alma tan corrompida como sus maridos o sus padres, y las poesías de los trovadores no eran más que sartas de impiedades amorosas. ’ ’

Tocante al parecer antes mencionado de Drumont sobre la revolución albigense, sin negar una parte muy activa y personal en aquellos trastornos e iniquidades a los judíos, nos parece que los maniqueos eran muy hom­

bres para semejantes hazañas; a no decirse, o que los ju­

díos habían penetrado en esta secta conforme a su impres­

criptible tradición de aliarse con todos los enemigos de la Iglesia, o que al cargo de los judíos se haya de aplicar ei mayor refinamiento de impiedad y exceso de barbarie en aquella guerra ominosa.

Continuando la hoja de servicios que trazamos a los judíos ¿qué plan más diabólico por ellos tramado para per­

dición de la Cristiandad y por ellos alentado a riesgo de todas sus fortunas, que el de principios del siglo XIV'?

Dirigir a loe países cristianos la expedición más numero­

sa posible de leprosos que por todos los medios esparciesen el contagio, mientras los endemoniados autores de la es­

pantosa conjuración con todo género de drogas y malefi­

cios procuraban envenenar a los perros cristianos entre quienes vivían; y en seguida, en medio del general azora- miento y consternación, arrojan sobre el mediodía de Eu­

ropa las armadas y ejércitos del rey moro de Granada y del sultán de Túnez, decididos a echar el resto y ciertos de que sus aliados habían de secundarlos con armas y con traiciones para asegurar el golpe. Consta de esta conjura­

ción infernal por documentos, cuya autencidad vindica Mr. Drumont contra las negativas y falacias de los ami­

gos públicos y vergonzantes de la raza maldita.

Por último, dando fin a nuestra caza de fieras, judío era el padre del iluminismo francés o martinista, el español Martínez Pascual o Pascual Martínez; judío el inventor del iluminismo alemán, Weishaupt; judíos Hertzen, Karl Marx y Lasalle, fundadores de la Internacional y maestros del

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nihilismo y anarquismo; judíos muchos diplomáticos y directores de la política moderna en todas las naciones europeas; judío, por no dejar, hijo de un judío aragonés, nuestro gran bandido, el ministro Mendizábal, según tes­

timonio de Disraelí, que le trató, en su Coningsoy; judíos los reyes de la banca, que hoy imponen la ley al mundo, y así anda él; judíos los que visitaron a Cromwell, masón, y en opinión de algunos, fundador de la masonería; ju­

dío quien brindó a Guillermo de Orange los millones necesarios para destronar a Jacobo II de Inglaterra, etc.

Todo hasta aquí espigado de Drumont. No hicimos mal acopio.

Tal es y tal ha sido el judío.

Antes de pasar adelante, no podemos dispensarnos de una reflexión que abona y fortifica nuestros razonamientos o consideraciones históricas, con que en las disquisiciones sobre el origen templario y el mañiqueo hemos cuidado de mostrar ante la buena fe y desprocupación de nuestros lectores la cadena no interrumpida de la tradición masó­

nica desde Manes hasta nuestros bienhadados tiempos de masonismo universal; cadena nunca rota, aunque no siem­

pre fácil de percibirse, invisible en algunos momentos histó­

ricos y forzosamente invisible en cualquiera versión, aun la más modernista, que se adopte para satisfacer la cu­

riosidad acerca de la primera cuna de la secta condenada;

forzosamente invisible, digo, a lo menos en algunos momen­

tos históricos, en razón de su carácter secreto; secreto imperioso, necesariamente exigido e impuesto por la na­

turaleza misma de los dogmas, fines y medios de la secta, o no es tal secta, o nunca existió y se desvanece en som­

bra como un fantasma, contra el cual han esgrimido y esgrimen los Santos Padres, los Concilios y los Papas sus armas espirituales en la obscuridad de la ignorancia más absurda, como el necio de D. Quijote blandía su tizona contra los gigantes de la venta, que no eran gigantes sino viles y fementidos pellejos de vino.

Mi reflexión es esta. La raza judía es la raza, que habiendo

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crucificado al Señor de la gloria, desde la triunfante resu­

rrección de éste y desde el día de la solemne promulgación de la Iglesia por S. Pedro como arca de salud para el género humano, desde este instante se convierte en secta para per­

seguir, crucificar y sepultar según su siniestra intención el cuerpo moral de Jesucristo, como antes hiciera con el cuer­

po real, en Jerusalén, en Oriente, en Grecia, en Roma; des­

componiéndose muy luego en fracciones o partidos subalter­

nos de error y malignidad varia, pero informados del mis­

mo espíritu, para allegar gentes y dar más fiero impulso al ataque: es la raza" que dispersada por todo el mundo y ani­

quilada su nacionalidad, reconociendo en este riguroso cum­

plimiento de los oráculos otra victoria de su incontrastable enemigo, entra en nuevo paroxismo de furor y sedienta de sangre por todo el mundo busca a su vencedor para acabar con é l; cual si un sino fatal, y así es. pesase sobre ella; cual si el mismo Satanás hubiese transfundido, y también es es cierto, en las venas y en las entrañas de ella todo su odio inmortal: es la raza que arrebatada por el frenesí de la venganza, escoge para sí un código de impiedad, de injusticia, de rabia y exterminio, el Talmud, y alzándolo por bandera y al grito de “ muerte al perro cristiano” , se lanza a la guerra desesperada contra Cristo en su Igle­

sia y en sus fieles, guerra de perfidia y traiciones, de corrupción, de violencias, de planes infernales, de activas e incesantes conspiraciones, por todos los caminos, con todas las artes reprobadas, en todas las formas, con todo género de alianzas, y así atraviesa las edades sin agradecer beneficios, sinT respetar leyes ni moral ninguna, sin acep­

tar paces ni treguas, sin cejar ni descansar un punto en su nefando intento, siempre igual, tan sañuda, rencorosa e implacable hoy como ayer, como el día mismo que en el Gól- gota cayó sobre su cabeza la sangre del Justo. Esto en­

seña y testifica la historia; este fué el clamor de todos los siglos; esto denuncian los archivos de todos los pueblos;

esta es la trama de la política moderna; esta la llaga so­

cial de nuestra era desdichada; esto vieron nuestros padres

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y esto presenciamos nosotros hoy mismo con doloroso y general escándalo. Esta es la raza, esta es la secta judía.

Ahora bien, y aquí en breve discurso condensaremos to­

da la fuerza de nuestra observación: una secta que nunca muere, que nunca duerme, que en medio de su aparente indolencia nunca está quieta, que nunca ni por un solo instante pierde de vista su objetivo único, que nunca ja­

más dejó de trabajar por él ¿esta secta, digo, habría pa­

sado inactiva los largos siglos de la Edad Media y algu­

nos de la Edad Moderna, mucho antes de los albigenses y después de ellos, se habría estado con los brazos cruzados, sin hacer nada o casi nada en orden a su fin perseverante, a su destino providencial, a la satisfacción de su odio inex- tingible, que es todo su goce, aliento y vida, contentándose con la diversión de escamotear fortunas a los cristianos y de cometer, en personas de ellos por supuesto, asesina­

tos sueltos más o menos salvajes! ¿Esta secta vilipendiada, con razón perseguida, maltratada, exasperada por los mismos con solo el ceño de su rostro sombrío habría querido exterminar, nada habría intentado para compensar tantos ultrajes y penas tantas con un desquite de algo mayor cuantía que sus montones de oro, algo más sabroso que la sangre de unos cuantos cristianos! ¿una secta inagotable en dolosas industrias y destituida de toda honradez y vergüenza en la elección de medico! ¿ en los siglos primeros de tanto desquiciamiento social y en medio de una sociedad tan desprevenida y poco cautelosa contra secretas manio­

bras y osadas empresas! ¿en tiempos posteriores dé tanta confusión e inquietud de los espíritus, de tanta afición a juntas clandestinas, que constituía un vicio de la época, de tan hondas revoluciones que traían a los pueblos per­

turbados y brindaban con la oportunidad del desorden!

De tal secta no es creíble ni siquiera verosímil el perdón, el olvido, la insensibilidad a los agravios, la apatía o el descuido en preparar la revancha, ni aun el aplazamiento a sus proyectos vengativos, cuando ve en frente y siente pesar sobre sí al cristiano a quien ofender, a quien dañar,

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a quien tal vez aplastar bajo su planta y perderlo para siempre.

Ni para invalidar nuestro raciocinio se nos venga a de­

cantar unas cuantas valientes muestras de la innata proter­

via de los judíos, que de buen grado admitimos; como la detestable y colosal traición, con que por las columnas de Hércules abrieron las puertas de Europa al torrente aso- lador de Islam; la execrable perfidia con que al decir de algunos autores, inutilizaron las expediciones de los Cru­

zados, imposibilitando sus grandiosos efectos prometidos;

su eficaz participación en los preparativos y en los lances de la guerra impía y más que vandálica de los Albigenses;

sus tratos continuos con los árabes y el temible proyecto abor­

tado de entregar nuevamente los países cristianos en las ga­

rras de los musulmanes; su actual predominio e insopor­

table tiranía ejercitada para esclavitud y aflicción de la Iglesia, para ruina de la civilización cristiana. Mas el recuento de todas estas importantes manifestaciones del espíritu judaico en nada aminora el valor de nuestro razo­

namiento, antes lo acrecienta, demostrando por una parte la vitalidad enérgica de la raza o secta maldecida, y con­

firmando por otra nuestros juicios acerca de su genio y abominables designios.

Por consiguiente ¿quién podrá persuadirse que su ac­

ción funesta no se haya hecho sentir, bien que encubierta e invisible algunas veces, en todas las épocas de la histo­

ria, y que aquel odio ingénito del nombre cristiano, ya que no se considere como la explicación total y adecuada de todas las contradicciones y amarguras sufridas por la Iglesia, deba a lo menos numerarse entre las primeras cau­

sas parciales y haya influido con mayor o menor exten­

sión en todos los sucesos y revoluciones que la conturba­

ron y a las veces la pusieron en grave peligro? ¿Quién, después de todo lo dicho, y aquí de una vez desembozamos nuestro pensamiento, quién se asombrará de aquellas singulares demostraciones anticristianas y antisociales, que

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de cuando en cuando vienen a despertar fuertemente la atención del hombre pensador al recorrer la historia de los últimos tiempos de la Edad Media y primeros de la Mo­

derna? ¿quién se manifestará sorprendido de ciertas obs­

curidades y lagunas incomprensibles, que a veces se inter­

ponen entre la mente del observador y la realidad de al­

gunos notables acontecimientos, para darse perfecta razón de ellos? ¿quién no se lisonjeará de haber encontrado la ci­

fra o solución de varios enigmas históricos relativos a la masonería en la intervención e influjo pertinaz del elemento judaico? ¿quién, atendida la naturaleza de este elemento y su ordinario modo de funcionar, será tan exigente en lo su­

cesivo, que no preste crédito sino a los comprobantes de cosas y hechos, que no los pudieron dejar tras sí, o raras veces los dejaron, ni siquiera rastro de ellos sujeto a examen o revisión ?

Entiéndanlo de una vez ciertas gentes; para estudiar la verdadera historia masónica, o no se ha de contar en abso­

luto con la raza judía, y esto fuera un absurdo histórico, o se cuenta con ella, como es razón, y entonces se le ha de dar cabida tal cual ella es, con su invariable e inflexible carácter tradicional, con su diabólico ideal conocido, que es el aliento de su vida, con sus acostumbrados procedimientos; y enton­

ces cesan las dificultades, se aclara todo lo obscuro y desapa­

recen los misterios, repetiremos con La Fuente; entonces, por fin. la tradición masónica desde Manes hasta el día de hoy, no solo ae hace aceptable, sino forzosa, para el hombre que con voluntad resuelta y ánimo libre de prejuicios y pa­

siones ahonda en las cosas y se aplica al conocimiento de la historia.

A esta conclusión veníamos encaminando esta larga plá­

tica: ya llegamos.

Si alguno dijere, que el alcance de nuestros argumentos pudiera tal vez habernos llevado más lejos de lo que no»

propusimos, hasta probar el origen judaico de la masonería;

si es que en realidad esto prueban los argumentos, dése

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— 36 —

por probado, pues suponiendo que la verdad por su propia fuerza se abre paso, nadie en el mundo es dueño de ce­

rrárselo.

Después de la precedente digresión, que era necesaria, réstanos completar los datos de Mr. Drumont con algunos de Mr. Janet, que evidencian el papel preponderante de­

sempeñado por los judíos en todo el teje y maneje de la per­

niciosa institución.

En el capítulo especial que Mr. Janet dedica a este ob­

jeto, comienza por asentar, que “ los israelitas fueron por largo tiempo excluidos de la mayor parte de las logias ale­

manas, inglesas y francesas” . Mas ya corrige luego él mis­

mo su aserto, declarándose abiertamente contra la vulgar creencia de que los judíos no habían sido admitidos hasta estos últimos tiempos, y asegurando que en la “ época pri­

mitiva” , como él la llama, eran recibidos en las logias sim­

bólicas: como que en una de Londres, por más señas el au­

tor de loe Francmasones aplastados vió por sus ojos in­

gresar a tres de aquellos.

La invención de la Masonería cristiana fué un ardid sectario del apóstata aleman Fessler, aconsejado por las circunstan­

cias del momento. Ni por chanza puede pasar semejante des­

atino de un veto esencialmente antimasónico, cuando los dos patriarcas üuministas, Pascual Martínez, en Francia, y Weisshaupt, en Alemania, eran judíos. ,

Dice Janet, y a fe tiene razón, que es algo que sorprende a cualquier observador, que los principales agitadores nihilistas y comunistas, los responsables de los partidos radi­

cales en Alemania, en Rusia y en Suiza, son todos israeli­

tas, y acentúa su observación con un artículo, La aurora de una época revolucionaria, del Nineteenth Century, de 1882. del cual entresaca estas frases:

“ El rasgo más notable de todos los trastornos que acae­

cen en el continente, es el papel preponderante de los ju­

díos. Mientras una parte de ellos se enseñorea de los do­

minios de la banca, otros miembros de la misma raza se ponen a la cabeza de los movimientos revolucionarios que hemos bosquejado... ”

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Y confirma esto con Las siguientes notas al P. Deschamps:

1. El rito de Misraim o de Egipto, engendro de Caglios­

tro, es judaico de pies a cabeza.

2. En 1811 el conde de Maistre, hombre de tan seguros informes, escribía al rey de Cerdeña:

“ He leído un papel muy secreto y muy importante sobre la representación que tienen los judíos en la revolución actual y sobre su alianza con los Iluminados para la des­

trucción, como objetivo capital, del Papa y de la casa de los Borbones. Este documento sumamente c u r io s o ...”

En 1816 el mismo de Maistre hablando, en una memoria dirigida a Alejandro II, de los ^artificios de la masonería pa­

ra embaucar a los soberanos, y su habilidad para propor­

cionarse alianzas, dice:

‘ ‘ La secta que de todo saca partido, parece que en estos mo­

mentos cuenta por mucho con los judíos, de los cuales im­

porta sobre manera desconfiar” .

3. La Alta Venta, compuesta de algunos grandes señores corrompidos y de judíos, era la continuación de la orden interna, que se formó antes de la revolución de 1789

4. Eckert, Gougenot, Desmousseuaux, Disraelí afirman que los judíos son los verdaderos inspiradores de la ma­

sonería y que se hallan siempre en mayoría en el consejo superior de las sociedades secretas. . . El judío domina hoy al cristiano por el poder del oro, de la prensa y de los primeros empleos científicos.

El Congreso de Berlín en 1879 decretó la emancipación de los judíos en Rumania contra el clamor de todo el pue­

blo. El célebre h .'. Bluntschli entonces publicó un folleto a favor de los judíos rumanos. Bismarck en aquella ocasión no hizo más que pagar su deuda con loe judíos, porque es­

tos al abandonar a Mazzini contribuyeron poderosamente a traspasar a manos del canciller la dirección de las socie­

dades secretas; y ellos fueron los que prepararon, sostuvie­

ron y completaron la obra de la unificación alemana.

Los judíos también en 1830 habían estado al frente de la Joven Alemania.

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