Muerte de un genio

Los últimos años de Leonardo da Vinci, la agonía de un genio

El genio del Renacimiento italiano pasó los tres últimos años de su vida bajo la protección de Francisco I de Francia ocupando sus días en agasajar a su mecenas.

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World History Archive / Cordon Press

El 2 de mayo de 1519, postrado en la cama de su residencia en el valle del Loira desde hacía días, Leonardo da Vinci conversaba con el rey de Francia Francisco I cuando “sufrió un paroxismo presagio de la muerte. El rey se acercó y le sostuvo la cabeza para ayudarlo y demostrarle su favor, así como para aliviar su malestar. Entonces el divino espíritu de Leonardo, reconociendo que no podía gozar de mayor honor, expiró en los brazos del rey”. Así describiría su biógrafo Giorgio Vasari la muerte de Leonardo da Vinci a los 67 años, una escena legendaria que al menos refleja el aprecio mutuo que se profesaban el artista florentino y el monarca francés, que tres años antes lo había acogido en su corte de Amboise.

Leonardo da Vinci había llegado a Francia a finales de 1516 procedente de Roma, donde no había gozado del favor ni de los encargos que esperaba entre la curia papal. La muerte de su protector Giuliano de Médici y el ostracismo que sufría frente a estrellas más jóvenes como Rafael o Miguel Ángel acabó de convencerlo para aceptar la oferta de Francisco I de trasladarse a Francia como primer pintor, primer ingeniero y primer arquitecto del rey. 

Gran admirador de Leonardo

El monarca francés, igual que su suegro, Luis XII, sentía una gran admiración por Leonardo y quería tenerlo trabajando para él en exclusiva. A diferencia de los mecenas eclesiásticos, que lo tenían por un trabajador inconstante que dejaba numerosos proyectos a medias, Francisco I dio a Leonardo da Vinci libertad total para hacer lo que quisiera. De esta manera, liberado de la presión de hacer encargos concretos, Leonardo pasó los tres últimos años de su vida dedicado a contentar al monarca francés.

Francisco I y su predecesor Luis XII sentían una gran admiración por Leonardo da Vinci y querían tenerlo trabajando para ellos en exclusiva.

En 1517, Leonardo da Vinci recibió la visita del cardenal Luis de Aragón y su secretario, Antonio de Beatis, dejó constancia de algunos aspectos de la vida del artista en Francia y explicaba que, además de los gastos y el alojamiento, Leonardo da Vinci “ha obtenido del rey de Francia una pensión de 1.000 escudos al año para él y otros trescientos para su discípulo”, Francesco Melzi.

Grandiosas escenografías

Leonardo dedicó gran parte de su tiempo en Francia a deleitar a su generoso mecenas con máquinas y escenografías para fastuosas obras teatrales. Dos de esos montajes fueron especialmente celebrados. En 1518, Leonardo ideó una grandiosa obra para conmemorar la victoria de Francisco I en la batalla de Marignano, gracias a la cual tres años antes había obtenido el control de Milán. Da Vinci escenificó el asedio y la toma del mismo castillo de Amboise delante de un público maravillado. Culebrinas y bombardas disparaban globos que rebotan al caer en la plaza delante de un público maravillado.

En otra ocasión, Leonardo da Vinci recicló la "Fiesta del paraíso” que ya había ejecutado en Milán para Ludovico el Moro en 1490. Sobre el patio donde se sentaban los invitados, extendió una grandiosa cubierta de tela azul con estrellas doradas, imitando el firmamento que asistieron a una representación que incluía actores disfrazados de planetas y un portento mecánico: un orbe que se abría mostrando el paraíso.

Leonardo y Francisco I

A parte de estas ocupaciones como escenógrafo, Leonardo pasaba horas cada día conversando con su generoso mecenas. Se dice que el monarca lo visitaba casi cada día que se encontraba en Amboise y que había mandado construir un pasadizo subterráneo entre su castillo y la residencia de Da Vinci para poder visitarlo. Aunque esto último parece que también forma parte de la leyenda en torno al artista.

Sobre su actividad artística, De Beatis, explicaría que era más bien escasa debido a la parálisis que sufría en su mano derecha (producto tal vez de un ictus anterior): “ya no podemos esperar de él ninguna otra gran obra, pues tiene la mano derecha paralizada”, explica en su relato. Pero aunque Leonardo ya no “pueda colorear con aquella dulzura que le era propia, aún sigue dibujando y enseñando a otros”, añadía el secretario del cardenal.

Leonardo da Vinci sufría una parálisis en su mano derecha que le impedía pintar "con aquella dulzura que le era propia". 

A pesar de ello, Antonio de Beatis dejó constancia de tres obras que Leonardo conservaba consigo: “un retrato de cierta dama florentina, pintado del natural a instancias del difunto magnífico Giuliano de Medici, otro de un San Juan Bautista joven y un tercero de la virgen y el Niño en el regazo de Santa Ana, todos ellos perfectísimos”. Se refería, según todos los expertos al San Juan Bautista, Santa Ana, la Virgen y el Niño y, tal vez, aunque no hay consenso, a la Mona Lisa, todos ellos expuestos en la actualidad en el Museo del Louvre.

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El genio también conservaba consigo todo tipo de “escritos de anatomía que ha ilustrado con numerosos dibujos de las partes del cuerpo, tales como los músculos, los nervios, las venas o las marañas intestinales, y es ésta una forma de comprender el cuerpo de los hombres y las mujeres que hasta ahora nadie había intentado”, tal como explicaba De Beatis. “También ha escrito, como él mismo dijo, un sinfín de volúmenes sobre la naturaleza de las aguas, sobre diversos tipos de máquinas y sobre varias otras cosas más”, añadía De Beatis.

Con todo ello, la actividad del genio fue menguando con el tiempo y parece que al final apenas se dedicaba a la contemplación y a plasmar algunos bocetos en sus folios. Una actividad que le ocupó gran parte de su tiempo fue la de dibujar gatos en actitud juguetona.

Según Vasari, Da Vinci “estuvo enfermo muchos meses”, sin especificar más la naturaleza de esas dolencias. El fallecimiento de Leonardo “causó extraordinario pesar entre quienes le habían conocido, pues jamás había existido un hombre que diera tanto brillo a la pintura”, remató Vasari.

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