Guapo como un efebo y de "temperamento ruso": así fue el amante más querido de Lorca
Guapo como un efebo y de "temperamento ruso": así fue el amante más querido de Lorca
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Guapo como un efebo y de "temperamento ruso": así fue el amante más querido de Lorca

El poeta tuvo que huir a Nueva York para olvidar a Emilio Aladrén Perojo. Lo cuenta Pablo Ignacio de Dalmases en este adelanto de 'Los novios de Federico'

Foto: El escultor Emilio Aladrén, pareja de Lorca entre 1925 y 1927.
El escultor Emilio Aladrén, pareja de Lorca entre 1925 y 1927.

Quienes conocieron bien a Federico opinan que todos los hombres con los que mantuvo una relación más o menos estable, la más profunda fue la habida con un escultor bastante más joven que él llamado Emilio Aladrén Perojo. Para Pura Maortúa Lombera, más conocida como Pura Ucelay, fundadora del Lyceum Club, de la Asociación Femenina de Cultura Cívica y del Club Teatral Anfistora —amiga de García Lorca y con la que colaboró el dramaturgo—, alcanzó la categoría de “gran pasión de Federico” al punto de que, “después que Aladrén se casa, Federico estuvo desesperado. Casi se volvió loco”. Luis Antonio de Villena, por su parte, ha añadido que “tanto para Vicente Aleixandre, o Rafael Martínez Nadal, como para Eduardo Blanco-Amor, los tres íntimos de Lorca a los que traté con cercanía, el “gran amor” (realizado y no) de Federico, fue Emilio Aladrén, ocho años menor que Lorca”. Más concretamente se refiere a la conversación que había mantenido con el primero de los citados:

“Recuerdo una tarde en que, hablando del poeta granadino, Aleixandre me dijo: Tú habrás oído eso de que Federico se marchó a Nueva York, en 1929, para aprender inglés… Mentira. A Federico le hicieron casi ir allí (y él lo aceptó, porque estaba destrozado) para poner tierra por medio. Necesitaba huir de un gran amor, quizá del mayor amor de su vida, un escultor joven y guapo que se llamó Emilio Aladrén y a quien Federico dedicó un poema en su Romancero gitano, uno que se titula El emplazado y que comienza: “¡Mi soledad sin descanso!”, y que tiene después un fragmento muy "epéntico": «Los densos bueyes del agua/ embisten a los muchachos/ que se bañan en las lunas/ de sus cuernos ondulados…»”.

Emilio había nacido en Madrid en 1906 y sus padres fueron Ángel Aladrén Guedes, militar profesional, y Carmen Perojo Tomachevski, natural en Viena y con nacionalidad austríaca, pero cuya progenitora era originaria de San Petersburgo, un mestizaje poco habitual en aquella época. Sea por razones genéticas o por un puro capricho de la naturaleza, el escultor disfrutó de un palmito que sobresalía de lo común y que ha merecido diversos calificativos.

"Tú habrás oído eso de que Federico se marchó a Nueva York, en 1929, para aprender inglés… Mentira. Necesitaba huir de un gran amor"

Villena considera que unía “un aire levemente oriental a la belleza morena del chico”. Para Maruja Mallo, compañera de estudios del interfecto en la Academia de Bellas Artes y beneficiaria de los favores de Emilio antes que Federico, «Emilio era un lindo chico, muy guapo, muy guapo, como un efebo griego”. Maruja se lamentaba de que “me lo quitó, entre otras cosas porque tenía un temperamento ruso y le decía tantas cosas que, claro, Emilio se enardeció y se fue con él".

placeholder Maruja Mallo.
Maruja Mallo.

Se ha dicho que tenía un aire "entre tahitiano y ruso" y, según Ian Gibson, José María Alfaro le comentó que Aladrén era “extremadamente guapo, con el pelo azabache, ojos grandes algo oblicuos (como Dalí) que le prestaban un aire ligeramente oriental, pómulos marcados y temperamento fogoso”. Ahora bien, una vez observadas las fotos que se conservan y con la amplitud de miras que nos da el variopinto colectivo humano actualmente visible en nuestro derredor, resulta difícil encontrarle rasgos tahitianos, rusos u orientales; más bien diríase que su perfil responde al propio de un mafioso siciliano. En resumidas cuentas, aparenta ser más latino que oriental. Eso sí, un galán de rompe y rasga.

La relación de Emilio y Federico nos plantea numerosas dudas. La principal, una cuestión de fechas

La relación de Emilio y Federico nos plantea numerosas dudas. La principal, una cuestión de fechas. Según Gibson, Lorca lo había conocido allá por 1925, pero parece que no se hicieron amigos íntimos hasta 1927 y en otro de sus ensayos puntualiza que “parece que la amistad solo empezó a adquirir un carácter apasionado hacia finales de 1927, tras la segunda visita del poeta a Cadaqués aquel verano y el siguiente distanciamiento de Dalí, presionado por Buñuel”.

Por otra parte, los autores culpan a Federico de haberle “robado” el corazón de Aladrén a la pintora Maruja Mallo, pero el caso es que Shirley Mangini, en su biografía de la pintora gallega, no hace referencia alguna a dicha relación y sí en cambio se hace eco de la que mantuvo con Rafael Alberti entre 1925 y 1929, una vez el gaditano cesó su relación con Concha Méndez y hasta poco antes que conociera a María Teresa León, que sería su musa durante muchos años, lo que invita a pensar que, caso de haber sido cierto el noviazgo habido entre Maruja y Emilio, debió tener un tono más bien circunstancial, anterior a 1925 y poco profundo y en su final, además, solapado con la nueva amistad establecida con Federico.

Por otra parte, si nuestros personajes se conocieron el año que dice Gibson, el inicio de su trato tuvo lugar precisamente cuando la relación de Federico con Dalí permanecía viva y se producían las visitas del granadino a Cataluña para compartir vacaciones, viajes y escarceos varios con el pintor de Figueras. ¿Hubo pues una simultaneidad en ambas relaciones? En caso afirmativo ¿intuyó, sospechó o supo Dalí que Federico estaba compartiendo dos amores paralelos?

placeholder Emilio Aladrén junto a Federico.
Emilio Aladrén junto a Federico.

Según todos los testimonios, el tiempo que duró este apasionado romance Federico no tuvo problema alguno en mantenerlo de forma pública y ello pese a que no todo el mundo compartía su admiración por el galán. El granadino José María García Carrillo, como sabemos amigo de Lorca desde la infancia, le habló a Penón del amor que Federico tuvo, cuando ya vivía en Madrid, por un hombre que en su opinión no lo merecía. Se refería en concreto a Aladrén de quien dijo que “parecía un mono, algo así como el hombre de las cavernas; que era feo, que incluso tenía chepa (la verdad es que yo no me creo esta descripción tan poco objetiva del físico de aquel muchacho)” añade Penón, quien concluyó que “por lo visto Aladrén no debió ser tan horroroso, ni tan gorila, como me lo describió José María García Carrillo”. A la vista de las fotos que han pasado a la posteridad y de los testimonios que hemos aportado antes hay que convenir que el mozo no solo no era horroroso sino, muy al contrario, atractivo y sin duda algo exótico para la época. Pero a la vez resulta indudable que era alcohólico y gustaba de llevar una vida desordenada, algo que parece que a Federico no le preocupó en demasía.

Resulta indudable que era alcohólico y gustaba de llevar una vida desordenada, algo que parece que a Federico no le preocupó en demasía

Para Villena, Aladrén “pertenecía sin duda a esa clase de jóvenes —más frecuente entre los guapos— que, aunque básicamente heterosexuales, no dudan, en alas de la seducción y del agasajo, de utilizar ocasionalmente su bisexualidad. Lo que suele ser tan maravilloso como —eventualmente— dramático”. Y para ello no tuvo problema alguno en ir a la cama con Federico, la primera vez, según parece, en Ávila, como recuerda Villena que le contó Aleixandre: “Yo le pregunté: Debía ser un amor difícil, pero ¿se acostaban? A lo que Vicente me contestó muy picarón: Pues claro. Menos de lo que Federico deseaba, porque él estaba enamoradísimo, pero se acostaban. Una mañana (de Domingo, creo) recibí una llamada telefónica desde un hotel de Ávila, era Federico. Recuerdo muy bien que me dijo: Estoy aquí con Emilio, todavía no nos hemos levantado… Me parece que fue la primera vez que lo hicieron".

Penón relata lo que le contó el vitriólico García Carrillo: “como escultor era bastante malo y se aprovechaba descaradamente de la fama de Federico y del círculo de sus amigos en beneficio propio. Todos los amigos de García Lorca, que se daban cuenta de la situación, le aconsejaban que lo dejase. Pero Federico estaba profundamente enamorado. Y una de las veces en que volvió a Granada, se quejaba de que aquel hombre no lo quería tanto como a él le habría gustado. Entonces a José María, para desengañarlo, se le ocurrió decirle que el escultor no se merecía que sufriera de aquel modo por su culpa, que por dinero se iba con todos y que hasta con él mismo se había acostado. Federico se puso lívido al escucharle y dijo que eso no podía ser verdad, que le dijera en dónde vivía. Y que entonces no le quedó otro remedio que seguir mintiendo porque quería desilusionarle. Que no sabe cómo lo hizo, pero —igual que una bruja— fue describiendo la calle, la casa, unas viejas escaleras malolientes y has ta a la madre del artista que salió a abrirle la puerta.

placeholder 'Los novios de Federico' de Editorial Cántico.
'Los novios de Federico' de Editorial Cántico.

—Claro que la cosa no tenía mucho mérito —reconoce José María— porque en aquel barrio madrileño todas las casas son viejas y huelen mal y hasta las madres de un fulano como aquel se parecen. Federico se quedó muy impresionado.

José María continúa narrándonos que pocos meses después se des cubrió el pastel pues en un viaje que hizo por entonces a Madrid, nada más llegar, aquella misma noche, se fue a la peña que Federico frecuentaba en un café y en la que todos los que asistían eran también amigos suyos. Allí se estaba criticando al dichoso escultor y trataban de convencer a Federico para que lo dejara de una vez… la tranquilidad duró bien poco en la peña —sigue contando García Carrillo— pues al rato se presentó aquel indeseable. Y Federico aprovechó la ocasión de tenerme frente a él para aclarar ciertas cosas. «Y a este gitanico recién llegado de Granada no te lo presento porque ya lo conoces». Aquella mala bestia me miró extrañado: «No, es la primera vez que lo veo». Y yo sin poder disimular la antipatía que le tenía contesté con sinceridad: «Claro que no. Y me siento orgulloso de no haber conocido nunca a un tipo como usted». Y aquel gorila lleno de ira se me abalanzó dispuesto a romperme la cara de un puñetazo. Los amigos lo sujetaron y se interpusieron entre nosotros mientras Federico gritaba: «¡Dejadlo ya! ¿Es que queréis que acabemos todos en la comisaría?».

Martínez Nadal, buen amigo de García Lorca, recordaba que “Ahora, cuando desertaba de una reunión, era para irse con Emilio Aladrén a oír discos de cante jondo al estudio del joven escultor y entregarse a la ginebra, bebida predilecta de Aladrén…. No obstante críticas muy adversas respecto a las facultades artísticas de Aladrén, Federico creía que a su lado el joven escultor daría de sí todo lo que el poeta creía había en el joven Aladrén. Le llevaba a todas partes, lo presentaba a todo el mundo y era evidente que esa amistad fue para el poeta durante varios años fuente de alegría".

"Recuerdo una noche de comienzos de verano. Serían las dos o las tres de la madrugada. Yo regresaba a mi casa después de haber pasado la velada en una tertulia que en el entresuelo de la Granja El Henar tenían una vez a la semana un grupo de deportistas. En la calle de Alcalá, subiendo hacia la Plaza de la Independencia, me encontré con Ignacio Sánchez Mejías que bajaba llevando del brazo a la Argentinita con aquel gesto de propiedad amorosa que a ella tan to le deleitaba. «Encarna, vamos a acompañar un poco a Nadal para oler las acacias. Luego tomamos un taxi» De pronto por mitad de la plaza, riendo y cantando bajaban Lorca y Aladrén. «¡Comadre de mi alma!», Federico abrazaba a Encarna. Cuentos y chistes y, de pronto: «¿Habéis visto el nuevo circo?... ¡Emilio —gritó Federico—, quítate el impermeable y rueda por el suelo!» Había llovido y la plaza estaba cubierta de ese barrillo grasiento que dejan los breves chaparrones estivales. Emilio dio la gabardina a Lorca. Vestía un buen traje gris perla. Sin vacilar, se arrojó a la calzada y fingiendo rugidos de león rodaba por el suelo. A las tres o cuatro volteretas irrumpió Federico: «¡Emilio, en pie!» Le ayudó a ponerse la gabardina y haciendo los dos un cómico saludo de circo, se fueron abrazados, alegres, muertos de risa, la botella de ginebra asomando por el bolsillo de la gabardina de Emilio.

Ese Emilio es el que un año más tarde Federico recordaría en Nueva York, en el poema titulado Fábula y rueda de los tres amigos, junto con otros dos amigos que no me sería difícil identificar: Enrique, Emilio, Lorenzo, Estaban los tres helados:

Enrique por el mundo de las camas;

Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de las manos, Lorenzo por el mundo de las universidades sin tejados

Lorenzo, Emilio, Enrique,

Estaban los tres quemados:

Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de billar;

Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres blancos,

Enrique por el mundo de los muertos y los periódicos abandonados. Lorenzo, Emilio, Enrique,

Estaban los tres enterrados:

Lorenzo en un seno de Flora;

Emilio en la yerta ginebra que se olvida en el vaso,

Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos vacíos de los pájaros.

Emilio, Lorenzo, Enrique,

Fueron los tres en mis manos

Tres montañas chinas,

Tres sombras de caballo,

Tres paisajes de nieve y una cabaña de azucenas

Por los palomares donde la luna se pone plana bajo el gallo. A principios del año 29, Emilio Aladrén iniciaba relaciones con una muchacha que luego sería su mujer”.

La relación sentimental entre dramaturgo y escultor trascendió mucho más allá de los ambientes a que ambos estaban ligados: “Un día, en fecha imposible de determinar, Lorca invitó a Jorge Guillén y a su esposa Germaine a acompañarlo al estudio de Aladrén. Guillén encontró al escultor serio, envarado y ceremonioso… pero nada más. Fue Germaine la que se dio cuenta de que entre él y Federico había una relación apasionada. «A veces las mujeres tienen más olfato que los hombres para estas cosas» comentaría escuetamente Guillén mucho tiempo después”. El taimado Aladrén supo estimular la vanidad de su enamora do y en la primavera de 1928 le hizo su cabeza en escayola. García Lorca trató de que la prensa se hiciera eco de dicha obra y solicitó la mediación de Rivas Cherif con el fin de que gestionara la publicación de una foto en ABC. En agosto de 1928 le remitió una carta del siguiente tenor:

“Yo quisiera que se reprodujera en algún sitio, bien reproducido, no por mí naturalmente, sino por él y por su familia. Si en el ABC pudiera reproducirse bien, yo te enviaba la foto. Esto no es compromiso, de ninguna manera. Si a ti te ocasiona la más leve molestia, quiere decir que no se hace, pero si es fácil que salga decentemente puesto, me gustaría dar esta sorpresa a un buen amigo mío, artista novel. Esto en la más discreta reserva. Me sonrojo un poco de pedir que salga como foto mía en los papeles, pero te repito que se trata de otra persona, aunque sea yo el modelo. En esto me parezco a Melchorito [Fernández Almagro], que coloca poemas, dibujos y prosas de sus amigos y ha sido en cierto modo lanzador del pimiento picante de Maruja Mallo. Contéstame, Cipri. Ponte bueno y requetebueno. Te abraza estrechamente tu amigo Federico”.

Aladrén solo tenía un talento mediano. Sin embargo, las fotografías de la cabeza de Lorca demuestran que distaba de ser una mediocridad

Rivas Cherif se sacudió de encima el encargo con el pretexto de que Juan Ignacio Luca de Tena y Luis Calvo estaban fuera de Madrid y que además la solicitud tenía un inesquivable tufo publicitario. Ello no obstante, Federico sí consiguió al menos que la foto de la escultura de Aladrén apareciese en El Defensor de Granada el 11 de septiembre como ilustración a la segunda parte de un largo artículo de Valentín Álvarez Cienfuegos «El Romancero gitano de FGL» que se publicó los días 8, 11 y 15 de septiembre. “El pie, probablemente redactado por el propio Lorca, y sin duda con la connivencia del director del diario, Constantino Ruiz Ca mero, rezaba: «La personalidad de este joven escultor comienza a destacarse entre los artistas de la última generación como una de las más brillantes promesas de juventud”. Gibson añade que “en esto fracasó, porque, en realidad, Aladrén solo tenía un talento mediano. Sin embargo, las fotografías de la cabeza de Lorca (por lo visto desaparecida) demuestran que distaba de ser una mediocridad”

Una correspondencia banal

La correspondencia enviada por Aladrén a Federico cuando éste se iba a Granada y que se conserva constituye un sugerente elemento de juicio de la personalidad del escultor y del tipo de relación que mantuvo con el poeta y dramaturgo. Por de pronto llama la atención la escasa competencia literaria con que se expresa. Escribe de forma apresurada, con una redacción sincopada, repetitiva, entrecruza frases no siempre inteligibles, en ocasiones con la adición de algún dibujo. Lo hace, además, sobre cualquier papel que encuentra a mano, a veces el dorso de un folleto o un pliego de hotel. La reiteración de excusas banales con las que pretende justificar sus silencios o la tardanza en contestar las cartas que recibe de Federico acredita una evidente desidia. En un escrito sin fecha sobre dos piezas de papel, una en blanco y la otra aprovechada de un programa o invitación de la “Exposición de pintura de los alumnos pensionados de la Residencia de El Paular durante el curso de verano de 1925” se dedica a relatarle un sueño que habría tenido, fantasioso y laberíntico, por no decir punto menos que incomprensible, pero antes de ello se lamenta:

“Mi querido Federico, te escribo en un descanso del modelo. No te he escrito antes no sé por qué, pero te hubiera querido escribir todos los días, no te enfades. Todo este verano lo he pasado como si fuera un puente que al final (al) llegar a Madrid te encontraría, ahora llego y es como si el puente se terminara en el aire, no sabes cómo quisiera verte! ¡Escríbeme, escríbeme todos los días! No te vayas a enfadar porque yo tarde. Recibe todos los días una carta mía tú también porque yo te aseguro que todos los días pienso contarte algo”.

"¡Escríbeme, escríbeme todos los días! No te vayas a enfadar porque yo tarde"

En sus mensajes ofrece por lo general muy parva información sobre su vida en Madrid y sobre su actividad artística, aunque cuando lo hace es para manifestar la satisfacción que le produce el trabajo realizado. El 6 de enero de 1928 vuelve a disculparse por su silencio epistolar con una excusa inverosímil y aprovecha para felicitarse a sí mismo: “No te he escrito antes porque no me gustaba este papel negro y como pasan días y no encuentro otro me decido a escribirte una carta rodeada por todas partes de negro todo lo contrario de como yo estoy porque debes saber que estoy haciendo una obra estupenda por lo menos para mí y debe ser buena porque verás. Estoy en un estado que he convencido a todas las personas que la han visto de que es extraordinaria y no por su manera de juzgar propia, sino por la mía y cuando se está en esa fuerza todo lo que se hace se hace bien. Aparte a mí me da una alegría grande porque hago lo que quiero sin dificultades. Siento que no vengas, he recibido todas tus cartas y postales, tele(ilegible), yo te mandé dos telefonemas, uno a la vez que el último tuyo…”.

Pero lo cierto es que tiene que ganarse la vida con trabajos prosaicos. “Hago —le dice— retratos a señores con bigote y uniforme y a señoras semidesnudas, trabajo mucho para esa gente y para m. Es en esta última carta, sin fecha, escrita en papel timbrado del Hotel Nacional, en el que dice haber pernoctado unos días antes de regresar al domicilio paterno de Goya 61, donde detectamos el único párrafo algo más efusivo: “Adiós Federico, espero que me escribas a vuelta de correo. ¡Hazlo Poeta! Tú eres mi amigo de primavera de jardín de residencia recién florido. No tengas mala idea de mí… Emilio".

Quienes conocieron bien a Federico opinan que todos los hombres con los que mantuvo una relación más o menos estable, la más profunda fue la habida con un escultor bastante más joven que él llamado Emilio Aladrén Perojo. Para Pura Maortúa Lombera, más conocida como Pura Ucelay, fundadora del Lyceum Club, de la Asociación Femenina de Cultura Cívica y del Club Teatral Anfistora —amiga de García Lorca y con la que colaboró el dramaturgo—, alcanzó la categoría de “gran pasión de Federico” al punto de que, “después que Aladrén se casa, Federico estuvo desesperado. Casi se volvió loco”. Luis Antonio de Villena, por su parte, ha añadido que “tanto para Vicente Aleixandre, o Rafael Martínez Nadal, como para Eduardo Blanco-Amor, los tres íntimos de Lorca a los que traté con cercanía, el “gran amor” (realizado y no) de Federico, fue Emilio Aladrén, ocho años menor que Lorca”. Más concretamente se refiere a la conversación que había mantenido con el primero de los citados:

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