La batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862 fue una victoria provisional que no impidió la invasión francesa. No obstante, se celebra como si el país hubiera ganado la guerra. Para los mexicanos que viven en Estados Unidos, y aún para los propios estadounidenses, el 5 de mayo es la fecha más importante de las efemérides mexicanas, muy por encima de la independencia. Y en cierto sentido tienen razón.

La derrota del ejército francés, que se suponía uno de los mejores del mundo, fue una humillación para el altivo colonialismo europeo. ¿Cómo un ejército de una “raza inferior”, indígenas y mestizos, pudo vencer a los franceses de piel blanca?

Lo que estaba en juego era mucho. Un año antes, en abril de 1861, había iniciado en Estados Unidos la Guerra de Secesión. Napoleón III consideraba al país de las barras y las estrellas como un peligro para las ambiciones francesas en el continente americano. Había que aprovechar el desorden en que habían caído para debilitarlos y desarticularlos. Ese era el principal interés que tenía el emperador francés en México. Mientras Estados Unidos se desangrara en una guerra fratricida, no había posibilidad de que se impusiera la doctrina Monroe (“América para los americanos”).

Si el ejército comandado por Ignacio Zaragoza hubiera perdido esa batalla del 5 de mayo de 1862, la historia geopolítica de América del Norte sería diferente. Pero corrimos todos con suerte, tanto los estadounidenses, como nosotros. Si los franceses hubieran ganado, habrían llegado a la Ciudad de México en las siguientes semanas y la toma de control sobre nuestro país habría sido mucho más rápida y efectiva. Con México como plataforma, Francia habría estado en aptitud de apoyar a los confederados. Al principio de la guerra civil no era posible prever un resultado favorable al gobierno de Abraham Lincoln. Por el contrario, parecía que los confederados se alzarían con la victoria. La batalla del 5 de mayo retrasó todo un año los planes de Napoleón III y fue oxígeno puro para los yankees, que sabían y temían el inminente apoyo de Francia a los confederados.

En un año pueden pasar muchas cosas. Ese engendro de confederación esclavista, fuente de la segregación y discriminación que aún hoy padece nuestro vecino del norte, fue perdiendo posiciones. Hubo una batalla fundamental que todos los historiadores consideran como el punto de quiebre en la guerra civil: la batalla de Gettysburg, en julio de 1863. Después de esa batalla, el camino para la victoria total de la Unión sobre los confederados quedó abierto.

Para darnos cuenta de la trascendencia de la batalla del 5 de mayo de un año antes, basta ver que los franceses sólo pudieron tomar la Ciudad de México hasta el 10 de junio de 1863, unas semanas antes de la batalla de Gettysburg. Así de fundamental y estratégico fue para el ejército de la Unión la derrota de los franceses en Puebla un año antes. El resultado de la batalla del 5 de mayo fue más importante para Lincoln que para Juárez, aunque en un primer momento ninguno de los dos lo supiera. Si los confederados hubieran ganado la guerra civil, simplemente hoy en día no existiría Estados Unidos como lo conocemos. La conformación de América del Norte sería totalmente otra.

El resto de la historia ya lo sabemos: los franceses impusieron a un emperador, Maximiliano de Habsburgo, y lo sostuvieron mientras pudieron. En ese ínterin, el presidente Juárez logró el apoyo de la triunfante Unión Americana (la Guerra de Secesión terminó en abril de 1865), mientras el panorama en Europa comenzó a ponerse muy adverso para Francia. Prusia se alzó como la gran potencia europea y el equilibrio político se tornó volátil. Prusia liquidó al Imperio Austríaco en el verano de 1866 –lo que abriría la puerta de la unificación italiana–, de tal suerte que el emperador Francisco José no podría ayudar a su hermano Maximiliano en caso necesario. Con Austria fuera de combate, Prusia puso en la mira a Francia e inició una política de hostigamiento de grandes magnitudes. Ese mismo verano de 1866, Napoleón III empezó a idear un plan de defensa que requería la presencia en Francia de sus tropas de ultramar. Así que fue cuestión de tiempo para que Maximiliano se quedara sin el apoyo de los franceses. Un año después, en el verano de 1867, Maximiliano fue fusilado junto con Mejía y Miramón, y Juárez entró triunfante en la Ciudad de México el 15 de julio. Francia sería aniquilada y humillada por los prusianos poco después.