Las misteriosas profecías que anticiparon la horrible muerte del rey Enrique II | Perfil
martes 29 de noviembre de 2022
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Las misteriosas profecías que anticiparon la horrible muerte del rey Enrique II

Cuando el monarca francés pidió la interpretación de su horóscopo, recibió una respuesta escalofriante, que a su vez coincidía con una profecía que formuló Nostradamus hacia 1555. Los detalles de la historia.

04-09-2022 15:00

El horóscopo del rey Enrique II de Francia (1519-1559) fue objeto de reiterados debates, a raíz de los oscuros pronósticos que formularon “los sabios” que asesoraban a la Corona. Al examinar las circunstancias trágicas en que murió el monarca, muchos creyeron encontrar una confirmación de las profecías astrológicas, mientras que otros aseguraron que las coincidencias entre el oráculo y lo sucedido fueron simplemente “casuales”, resultado del azar.

Las profecías

A la edad de 37 años, el rey Enrique II recibió una advertencia por parte del astrólogo italiano Luca Gaurico, quien le aconsejó enfáticamente que a los 42 años "tuviera cuidado" con una herida inevitable en la cabeza, que sería contraída en un combate individual.

Las precisiones de Gaurico fueron tomadas en serio por el hecho de que su reputación se había consolidado previamente sobre la base de algunos pronósticos “acertados” que involucraban a nobles y gobernantes de la época. Al parecer, el vidente predijo con exactitud la caída del régimen de Bentivoglio en Bolonia hacia 1506, además de anticipar con éxito la derrota de Francisco I en la batalla de Pavía y el fallecimiento de Carlos III de Borbón durante el saqueo de Roma en 1527.

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Luca Gaurico y Nostradamus anunciaron el destino funesto de Enrique II.

La interpretación “poco favorable” que propuso Gaurico sobre el destino de Enrique II coincidió a su vez con la profecía formulada en 1555 por Michel de Nôtre-Dame, más conocido como Nostradamus.

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«El león joven vencerá al viejo en el campo de torneo en una batalla singular. Sus ojos serán penetrados a través de la jaula de oro. Dos heridas serán una y tendrá una muerte cruel», profetizó el astrólogo predilecto de Catalina de Médici, esposa de Enrique II.

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El casco del monarca (imagen ilustrativa) | FOTO: Unsplash / Jonathan Kemper / @jupp

Un destino "funesto"

A fines de junio de 1559, se organizaron torneos con motivo de la celebración de 2 bodas de la realeza: la hija del rey, Isabel de Francia, se casaba con Felipe II de España, mientras que Margarita, hermana de Enrique II, formalizaba su vínculo con el duque de Saboya.

Se dispuso el escenario de combate en una plaza situada al extremo de la calle Sainte Antoine, entre el palacio de Tournelles y La Bastilla.

Como los festejos involucraban nada menos que a su amada hija y a su hermana, Enrique II optó por organizar el evento con la mayor magnificencia posible, convencido de que debía garantizar un espectáculo entretenido a la concurrencia.

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Los adivinos le habían revelado con antelación a Enrique II que su "sexto septenio" sería dramático. Durante un duelo "amistoso" con el conde de Montgomery, Su Majestad fue herido accidentalmente en el ojo derecho y la agonía subsiguiente se prolongó once días más, hasta que lanzó su último suspiro el 10 de julio de 1559. FOTO: Unsplash / Nik Shuliahin / @tjump

En Las muertes misteriosas de la historia, el Doctor Cabanès consigna que, en virtud de lo anterior, Enrique II decidió “tomar parte en el torneo”, para lo cual fueron designados sus tres rivales: primero el duque de Saboya, seguido por el duque de Guisa y, para finalizar, el joven Gabriel de Montgomery, conde de Lorges.

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Enrique II compitió sucesivamente con sus contrincantes armados. El vigor del monarca fue digno de mención. En cada combate lució su característico yelmo dorado (“la jaula de oro”, según Nostradamus). Sobre la brillante armadura vestía los colores de su amante Diana de Poitiers, la duquesa de Valentinois.

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El rey y su amante Diana.

Concluido el último duelo con el conde de Montgomery, contra la costumbre establecida, el rey lo desafió a “una corrida más”. En el combate los caballeros rompieron sus lanzas y, como el rey tenía la visera de su casco levantada, penetró en su ojo derecho la astilla de una lanza quebrada: entonces “vaciló sobre el caballo y, sostenido por sus oficiales, fue llevado al castillo de Tournelles”. Así reconstruyó el hecho Cabanès.

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El historiador francés Mézeray también ofreció detalles significativos sobre el dramático accidente: “Sucedió que este señor (Montgomery), habiendo roto su lanza contra su peto [parte de la armadura que protege el pecho] le alcanzó con el pedazo que todavía le quedaba en la mano, por encima de la ceja del ojo derecho. El golpe fue tan grande que lo derribó a tierra y le hizo perder el conocimiento y la palabra”, explicó el cronista.

El cirujano oficial de la Corona, Ambroise Paré, puso manos a la obra para la recuperación de Su Majestad. La astilla había penetrado profundamente hasta ocasionar una peligrosa lesión cerebral.

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"Ambroise Paré atendiendo a un enfermo". Pintura de Jean-Baptiste Bertrand | Google Arts & Culture

En una carta dirigida a su colega M. Chapelain, el médico lo describe de esta forma: “...varios pequeños fragmentos o esquirlas de la astilla quedaron en la sustancia de dicho ojo, sin producir ninguna fractura en los huesos. Pues a causa de tal conmoción o derrame cerebral falleció a los once días de ser herido” (Oeuvres d' Ambroise Paré, edición Malgaigne, tomo II).

Dada la complejidad y la urgencia del caso, Paré ordenó ejecutar a 4 prisioneros. con el propósito de ensayar en sus cráneos la herida exacta para encontrar el modo de sanar al rey. Sin embargo, los experimentos realizados en la cabeza de los ajusticiados no aportaron ningún hallazgo de valor en lo referido al tratamiento del moribundo rey.

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A pesar de la resistencia de la Iglesia Católica, las Cortes europeas solían consultar magos, tarotistas, hechiceros y adivinos que “leían” en sus oráculos el destino del rey soberano y lo orientaban en momentos decisivos. FOTO: Unsplash / T A T I A N A / @5_t_a_t_i_a_n_a_5
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Alquimia, ocultismo y tarot. FOTO: Unsplash / Jackie Hope / @jackieboylhart

En una carta enviada al mariscal de Brissac el 1° de julio de 1559, Ana de Cossé aludió a una leve mejoría de Enrique: “Esta mañana, hacia las diez, le han curado y le han encontrado mucho mejor de lo que se pensaba; sin embargo, creen que perderá el ojo (...) M. de Saboya le ha velado esta noche y le ha dado un refresco de cebada pura a las cuatro (...) y ha descansado, y otras buenas señales a Dios gracias”.

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La referencia optimista de la doncella no concuerda con la deliberada discreción del equipo médico, que se abstuvo hasta último momento de formular informes detallados sobre la evolución del soberano.

Enrique II no resistió mucho tiempo más: falleció el 10 de julio de 1559, 11 días después del accidente, como recordó el cirujano. Los Registres de la Ville atestiguan la conmovedora despedida: “Este día, hacia las diez de la mañana, el noble rey Enrique II (...) murió en Tournelles, por lo que experimentaron los habitantes de la ciudad de París tan gran duelo cual no hubo por rey alguno, porque este había sido en vida tan dulce, graciable y benigno como no se ha visto en cien años”.

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Insignias del rey Enrique II (la "H" de Henry) y de Catalina de Médici. FOTO: Wikipedia.org
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Enrique II y la reina consorte Catalina de Médicis, esculpidos en mármol por el artista renacentista Germán Pilón. Las esculturas yacen en la Basílica de St Denis (París), donde se hallan las tumbas del rey y su esposa. FOTO: Wikipedia.org

El sueño profético de Montluc

A las extrañas predicciones de Nostradamus y Gaurico se suma una llamativa experiencia onírica que el soldado Blaise de Montluc registró en sus Comentarios. El autor recuperó por escrito las imágenes de un aparente sueño "premonitorio" que tuvo en Guyena, justo un día antes del torneo en el cual se accidentó Enrique II: “Yo soñaba que veía al rey sentado en una silla, con la cara cubierta de gotas de sangre (...) no podía ver otra cosa que sangre en su rostro, no descubriendo ningún mal. Yo oía, o así me parecía, a los unos decir «ha muerto», y a los otros «todavía no lo está». Veía a los médicos y cirujanos entrar y salir en la cámara”, graficó en su obra.

ca / ds