Esa mujer, señor, ya no es precisa

Opinión

Esa mujer, señor, ya no es precisa

Si Macarena ganaba, bien para el partido. Si perdía, a medio plazo, también. Lo que ya no puedo saber es si todo esto estaba astutamente calculado

Esa mujer, señor, ya no es precisa
El presidente nacional de Vox, Santiago Abascal, y la candidata a la Presidencia de la Junta, Macarena Olona. Europa Press
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La frase que encabeza estas líneas es –ustedes se han dado cuenta perfectamente– un endecasílabo. Pertenece al acto final de la comedia Metternich, en mi opinión la mejor, con mucho, de las 93 obras de teatro que escribió José María Pemán, autor nada sospechoso de los pecados de herejía, librepensamiento y socialdemocracia. Metternich, estrenada en 1942, es una obra maestra del teatro burgués de aquel tiempo, variedad histórica. Hoy está olvidada pero es, creo yo, mil veces mejor que El divino impaciente, mucho más popular.

Les cuento un poco porque merece la pena. El conde Clemente Metternich es un diplomático austriaco de principios del siglo XIX cuyo objetivo en esta vida es acabar con Napoleón y con toda veleidad revolucionaria. Pretende restaurar el ya crepuscular ancien régimen y para conseguirlo no duda en utilizar su extraordinario atractivo con las mujeres, a las que seduce sin contemplaciones… sobre todo si son poderosas e influyentes. Y tienen información.

Pero comete un error: se enamora de verdad de la princesa Dorotea de Lieven, indomable y bellísima dama rusa, amiga del zar. La Lieven, como es lógico, desconfía de él pero también lo ama, aunque sea a guantazo limpio. Metternich consigue concertar, en el mayor de los secretos, una cita amorosa con su amada. Y en ese momento interviene el secretario –y amigo, y agente– del diplomático: Federico Gentz, quien está convencido de que Metternich, como tantas veces, lo único que pretende es utilizar a la dama para obtener los planes secretos del zar. Ah, pero él, Gentz, ya los ha conseguido. Así que irrumpe, eufórico, en el saloncito donde se van a reunir los amantes y, enarbolando el pliego con los detalles de la conspiración, le dice a Metternich: “Esa mujer, señor, ¡ya no es precisa!”.

En apenas tres horas, la que ya se veía triunfal vicepresidenta de la Junta de Andalucía –o incluso presidenta, con Moreno Bonilla subiéndole los cafés– se había vuelto irrelevante

Recordaba, cómo no, esa frase la otra noche, cuando veía a Macarena de Salobreña y olé –otra dama de muchísimo temperamento, como la Lieven– salir a dar la cara, qué remedio, después del recuento de los votos en las elecciones andaluzas. En apenas tres horas, aquel impetuoso carro de combate se había convertido en calabaza. En apenas tres horas, y después de perder medio millón de votos sobre los resultados de Vox en las últimas elecciones generales, todos sus planes se habían reducido al cuento de la lechera. En apenas tres horas, la que ya se veía triunfal vicepresidenta de la Junta de Andalucía –o incluso presidenta, con Moreno Bonilla subiéndole los cafés– se había vuelto irrelevante. Aquella mujer ya no era precisa.

¿Precisa para quién? Pues para nadie. Ahí está lo peor de la amargura. Cuando apareció ante las cámaras, aquella mujer había llorado, a mí eso no me lo quita nadie de la cabeza; esas cosas siempre se notan. Sonreía con esa sonrisa desolada que suele poner la viuda en el tanatorio. No entendía lo que estaba pasando. Hay que saber que ella no quería ser candidata en Andalucía. La convencieron, como otras veces, Abascal y Espinosa de los Monteros. Le dijeron que la gente votaría masivamente a la marca, al partido, a Vox, como venía sucediendo en todas partes. Y que si un palo de escoba como García Gallardo, un completo desconocido incluso dentro de la organización, había logrado meterse en el gobierno de Castilla y León, qué no lograría ella, que era una fuerza de la naturaleza; qué no conseguiría con su gracia, su salero, su vehemencia y su magnetismo personal. Y ella se lo creyó.

Macarena de Salobreña hizo una de las peores campañas electorales que yo recuerdo. La responsabilidad es solo suya porque a esta mujer es imposible decirle lo que tiene que hacer, eso no lo había conseguido nadie… hasta esas tres horas del recuento. Si eres de Alicante, si en tu puñetera vida has estado en Salobreña y pretendes ganarte a los andaluces, no te disfraces de flamenca, cariño, porque la gente tenderá a pensar que te estás riendo de ellos o que, como mínimo, no les estás tomando en serio, no les entiendes y crees que ni falta que te hace. No puedes ser candidata en Andalucía como lo serías en Arizona o en Escocia, vistiéndote con el traje regional de cada sitio, porque queda fatal.  Si tienes que competir con dos personas eminentemente moderadas, amables y buenagente, como son Juanma Moreno y Juan Espadas, deja de gritar, bonita; deja de amenazar, deja de lanzar improperios, deja de poner esa cara de hiperventilada. Y baja el tono porque asustas a los niños.

Así, dando sustos, dando voces y soltando imperialadas, es como se logra que buena parte de los que iban a votar a Vox acabasen votando al PP

Si pretendes ganar en una tierra que hasta hace muy poco votaba masivamente a la izquierda y ahora parece estar girando a estribor, deja en paz a don Pelayo y a la Reconquista, chiquilla; guarda para otra vez tu habitual retórica joseantoniana, porque la gente pensará que vienes de otro planeta o de otro siglo. Y no les faltará razón. Así, dando sustos, dando voces y soltando imperialadas, es como se logra que buena parte de los que iban a votar a Vox acabasen votando al PP; y que lo mismo hiciesen muchos votantes tradicionales del PSOE. Macarena de Salobreña ha hecho muy mala campaña para sí misma, pero muy buena para los demás: la posibilidad de tener a semejante furia como vicepresidenta ha cambiado el sentido de muchos votos. No tiene nada de extraño.

Esa mujer ya no es precisa. Había dos posibilidades: que ganase (es decir, que lograse entrar en el gobierno andaluz) o que se quedase como el gallo de Morón, que es lo que ha sucedido. Y aquí llega lo delicado y lo astuto. En Vox no falta quien, en voz baja, dice que se trataba de una celada. Abascal no es precisamente Einstein, pero Espinosa de los Monteros sí es un tipo muy inteligente. Si Macarena de Salobreña metía un pie en el gobierno autónomo, se quedaría en Andalucía. Pero si no lo lograba, había que conseguir a todo trance que se quedase en Andalucía. Esas fueron las tres horas del recuento de los votos. Costó mucho pero salió bien. Hubo que recurrir a las invocaciones al honor, a la fidelidad a la palabra dada, al heroísmo y a cosas parecidas, pero se las ingeniaron para que Macarena, noqueada como estaba, prometiese en público que, a pesar de no ser ya precisa, se quedaría en Andalucía. Prueba superada. Y suspiros de alivio. Porque Macarena, victoriosa, se volvería aún más inmanejable que antes, aunque al menos estaría en Andalucía. Pero una Macarena frustrada en su ambición se convertiría en una gaseosa a la que le quitas el tapón: perdería casi toda su fuerza. Si después de tanta bravuconada y tanta provocación y tanta alharaca y tanto órdago vas y pierdes (y no ganar es perder, en este caso), la gente se ríe de ti, te pone a escurrir. Eso es peligroso en todas partes, pero en Andalucía es letal. Y dejas de ser, en realidad, un activo para el partido. Eso es lo que ha sucedido. Si Macarena ganaba, bien para el partido. Si perdía, a medio plazo, también. Lo que ya no puedo saber es si todo esto estaba astutamente calculado.

Le pierde el corazón, la visceralidad, el sentimiento inmediato. La pasión. Vive en un mundo personal que no se rige por las reglas de los demás

Siento cierta compasión por esta mujer que, de pronto, ya no es precisa. Es inteligente pero también muy primaria. Le pierde el corazón, la visceralidad, el sentimiento inmediato. La pasión. Vive en un mundo personal que no se rige por las reglas de los demás. Eso es peligroso porque se pasa con gran facilidad de la euforia triunfal al abatimiento, a la desolación, al sentimiento trágico de la vida. En realidad, ella se apuntó al partido porque se lo pidieron. No la conocían de nada pero la buscaron porque era como era, no había otra razón. Lo que pasa es que ni Santiago ni Iván se dieron cuenta, al principio, de hasta qué punto Macarena era como era. Hizo lo que le pidieron. Se apasionó muchísimo, como suele. Ahora se preguntará qué es lo que ha hecho mal, por qué la han castigado así, en qué se ha equivocado. Por qué se tiene que tirar cuatro años viendo pasar los barcos desde el peñón de Salobreña cuando ella soñaba con estar, como dice aquel célebre discurso (29 de octubre de 1933), “arma al brazo y en lo alto las estrellas”. Pobre mujer.

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