Justin Rose, campeón olímpico y del Open USA, ayer durante su participación en el Masters
Justin Rose, campeón olímpico y del Open USA, ayer durante su participación en el Masters
Golf

Augusta, el grande más europeo

A cinco meses de la Ryder, los golfistas del viejo continente buscan socavar desde ya la moral americana

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El golf ha sido un deporte de lo más tradicional, sobre todo hasta los años 80 del pasado siglo. Hasta entonces, los grandes torneos se solían decidir con las victorias de jugadores angloparlantes, herederos de los difusores de esta actividad por todo el mundo. Así, las victorias en los grandes se las repartían británicos, irlandeses, estadounidenses, sudafricanos y australianos. Y qué decir de la Ryder Cup, que directamente la jugaba Estados Unidos ante Gran Bretaña e Irlanda.

Pero la irrupción de Severiano Ballesteros, que ayer habría cumplido 64 primaveras, en el panorama internacional cambió todo radicalmente. Su impacto en 1976 fue tal que obligó a cambiar los reglamentos y el golf se hizo más internacional. De hecho, fue

 el propio Jack Nicklaus el que promovió la apertura de la Ryder a todo el continente europeo, lo que sucedió en 1979, justo el mismo año en el que el de Pedreña consiguió su primer British.

Al año siguiente se convirtió en el primer europeo en ganar en el Masters (lo que supuso un drama para los rectores del National, que cambiaron el diseño del campo y el tipo de hierba en un intento de preservar su herencia) y, a la postre, desencadenó allí un torrente de victorias del viejo continente que cambió la historia del torneo. Desde ese año hasta el presente se han producido 13 triunfos europeos en el Masters, que comparados con los cuatro en el Open USA y el PGAChampionship (los otros dos majors que se juegan en Estados Unidos) refrendan que es el grande en el que se encuentran más cómodos. Tanto es así que en el Open Británico, en este mismo periodo, la cifra es de 16, muy cercana a la de Augusta.

Todos estos datos se hacen más relevantes en los años de Ryder Cup, una competición en la que los de este lado del Atlántico han sido los dominadores en los últimos años. Desde 1979 la han ganado en 11 de las 19 ediciones disputadas, con una racha de siete las últimas nueve celebradas. Sí que es cierto que a los europeos les cuesta más ganar en suelo visitante (sólo lo han logrado en cuatro ocasiones) y este próximo mes de septiembre tratarán de aumentar la cifra en Whistling Straits (Wisconsin).

El milagro de Medinah

El último éxito a domicilio se logró en Medinah (Chicago) en 2012, con la capitanía de José Mari Olazábal. «Desde el comienzo Chema quiso que el espíritu de Seve estuviera presente y motivó especialmente a los jugadores con vídeos, charlas y el logotipo del cántabro en el polo. Y el resultado final demostró que fue así», comenta María Acacia López-Bachiller, jefa de prensa del Circuito Europeo durante 44 años. Para este año, en el que se cumplen diez años del fallecimiento de Ballesteros, los de Harrington tendrán también una estimulación extra, aunque no la necesitarán porque «a Seve siempre le tenemos presente, sobre todo los que tuvimos la suerte de jugar con él y siempre contamos anécdotas a los más jóvenes» confiesa Paul Casey, uno de los pilares del equipo.

De ahí que en este Masters todos se afanen por impresionar a sus rivales. Tanto veteranos, como Rose, Poulter, García, Westwood, Stenson, McIlroy o Molinari, como los jóvenes Fleetwood, Rahm, Fitzpatrick, Pérez, Wisberger, Pérez o Hovland. Europa une mucho.

Un campo con alma escocesa

Cuando Bobby Jones afrontó el diseño del Augusta National, la finca en la que se trabajó (una plantación de algodón y un vivero) difería mucho del entorno que le había enamorado en St. Andrews. Aun así, sus triunfos en el Open Británico los quiso reflejar en su campo soñado y fue desperdigando detalles escoceses a lo largo de todo el recorrido. Quizá por eso los europeos se sientan tan cómodos en el Masters, porque se sienten más cercanos a su propia historia.

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