Jesmyn Ward escribe La canción de los vivos y los muertos


La tercera novela de la escritora estadounidense Jesmyn Ward se publicó en 2017 y llevaba por título Sing, unburied, sing. Se alzó con el Premio Nacional del Libro estadounidense en la categoría de Ficción, lo cual lograba por segunda vez, después de que seis años antes Ward lo obtuviera por Quedan los huesos (Salvage the bones) y se convirtiera en la única escritora que lo ha ganado en dos ocasiones. Traducida al año siguiente espléndidamente a mi idioma por Francisco González López como La canción de los vivos y los muertos, comienza así:

 

“Me gusta creer que sé lo que es la muerte. Me gusta creer que es algo a lo que podría mirar de frente”.

 

Más adelante leemos: “me gusta saber en qué cosas somos todos diferentes”.

Eso lo dice uno de los principales protagonistas, el niño Joseph, a quien llaman Jojo, quien nos pone en situación (él es uno de los tres narradores de esta historia tremenda y tremebunda):

 

          Aquí no hay felicidad”.

 

Su madre, la joven Leonie, cree que “a veces, el mundo no te da lo que necesitas, por más empeño que pongas en buscarlo: a veces, se lo queda para él”. También que el mundo no es un lugar justo, tampoco “un lugar para los vivos”.

Ward escribe una novela prodigiosa, con su brutalidad, hermosura y tristeza abarrotando las vicisitudes de sus personajes del profundo Estados Unidos, y, pese a la extrema dureza de cuanto se nos cuenta, hay en ella, aunque solamente sea por un instante, “un brillo de esperanza, remoto y reluciente como una luna llena”. Algo que nos hace olvidar que el dolor es “la gran llama que lo inmola todo”.

 

“No andamos en línea recta. Todo pasa a la vez. Todo. Estamos todos aquí a la vez”.

 

Los vivos. Los muertos. Y los que aún no han nacido.

Es muy real la novela, y eso que es, de algún modo (persistente), una novela de fantasmas (además de “un retrato del conflicto real estadounidense”, como se lee en uno de los paratextos de la edición que yo tengo ahora mismo en mi mano): Jojo nos cuenta del fantasma que él puede ver que “no sabría decir si se está comiendo el sol o repeliéndolo, en cualquier caso, es como si su sombra se proyectara sobre su propia piel, una máscara oscura de la cabeza a los pies que camina junto a él; tiene el pelo más largo que he visto, sobresale de su cabeza como una barba de viejo”.

Estamos ante una de esas pesadillas que brillan luminosamente hermosas gracias al poder fascinador de la literatura sin trampas, de una humanidad deslumbrante.

 


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