El canal de la Robine, navegando o a pedales

El canal de la Robine, navegando o a pedales

Escapada

Casi dos siglos y medio después de su inauguración, el itinerario se ha convertido en todo un reclamo turístico de Narbona y su entorno

El canal de la Robine en el centro de Narbona y al fondo el Pont des Marchands

El canal de la Robine en el centro de Narbona y al fondo el Pont des Marchands

Mónica Grimal

El Rey Sol, Luis XIV, ansiaba pasar a la posteridad como algo más que un simple monarca. Quiso asociar su nombre con la gloria de Francia. Y desde luego, con la perspectiva del tiempo no se puede dudar que lo consiguió gracias a obras como la ampliación del palacio de Versalles. No obstante, en su legado hay una construcción que destaca por ser literalmente la más grandiosa de todas: el canal del Midi.

En la segunda mitad del siglo XVII, se materializó el viejo anhelo de unir el Mediterráneo con el Atlántico. Para ello se trazó un canal de 241 kilómetros desde Toulouse, donde se toman las aguas del Garona para desviarlas de su destino oceánico y llevarlas hasta Marseillan, cerca del puerto mediterráneo de Sète. Sin embargo, ese trazado bien pudo ser más corto. Bastaba con empalmar el río Aude y una vieja canalización entre viñas que los romanos habían abierto en Narbona, cuando esta colonia de la Galia formaba parte de su imperio.

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Durante mucho tiempo la ciudad intentó que esa unión fuera efectiva. Algo que logró en 1787. Desde entonces los 32 kilómetros del canal de la Robine fueron una transitada vía navegable para personas y mercancías. Algo que con el paso de los años se considera patrimonio de la humanidad, integrado en el conjunto del canal de Midi. Un itinerario que se ha convertido en reclamo turístico de Narbona y su entorno.

Lo cierto es que esta ciudad posee un buen número de atractivos. Comenzando por sus vestigios más antiguos, cuando se trazó la Via Domitia, la primera calzada romana tendida en la Galia. El pavimento pétreo de esta carretera es visible en el centro de la urbe, a un paso de monumentos como el palacio de los Arzobispos o la catedral de los Santos Justo y Pastor.

Las orillas del canal son una vía ciclista y turística muy popular

Las orillas del canal son una vía ciclista y turística muy popular

Mónica Grimal

Este es un templo impresionante por su arquitectura gótica inacabada desde el siglo XIII. Lo que no impide que sea una de las iglesias más altas del país. ¡Hay que imaginársela de haberse construido completa! Sería descomunal y descompensada respecto al tamaño de la ciudad. Pero hay que pensar en una potente Narbona católica enfrentada a la herejía cátara de la vecina Carcasona.

Ese patrimonio y más se despliega a orillas del Canal de la Robine, cuyas aguas son salvables por el Pont des Marchands. Lugar de paso pero también de compras e incluso para vivir o alojarse. De hecho, es uno de los pocos puentes habitados en Francia y en más de una ocasión se lanza la odiosa comparación con el Ponte Vecchio florentino.

Con historia 

La ciudad posee vestigios de la Via Domitia, la primera calzada romana de la Galia, así como el palacio de los Arzobispos o la catedral de los Santos Justo y Pastor

Junto al puente se despliegan los amarres para embarcaciones que surcan el canal. Algunas se alquilan para las vacaciones. E incluso hay barcas eléctricas para hacer una excursión con rumbo a la población de Port-la-Nouvelle, situada en el extremo sur de la marisma donde definitivamente se une el agua dulce del canal con la salada del mar. No obstante para navegar hasta ahí es necesario gozar del espectáculo de ingeniería que supone salvar los desniveles del terreno mediante esclusas, en este caso la de Mandirac.

Mandirac es hito clave para quienes optan por recorrer en bici las riberas llanas y arboladas del canal. Desde aquí, a la ida o a la vuelta, se pueden desviar a Gruissan. Pueblo al norte de la marisma y merecedor de unas pocas pedaladas de más para conocer su ambiente relajado, las vistas desde su torreón, sus playas asalvajadas o unas salinas de vistosos efectos cromáticos.

Las salinas de Gruissan, una de las visitas obligadas en la zona

Las salinas de Gruissan, una de las visitas obligadas en la zona

Mónica Grimal

En definitiva, siempre hubo motivos para visitar Narbona: la riqueza monumental, los humedales y salinas integrados en el parque natural de la Narbonnaise al final del canal de la Robine, las bodegas que rodean la ciudad, el clima y las cercanas playas.

Sin embargo, Narbona nunca ha sido un destino muy visitado por los españoles. Pese a distar menos de 100 kilómetros por autopista desde La Jonquera. E incluso estando conectada con Madrid o Barcelona mediante los trenes de alta velocidad puestos en marcha por la cooperación entre Renfe y la francesa SNCF.

Fiesta gastronómica

Les Grands Buffets propone degustar los manjares de la cocina francesa hasta la saciedad y recibe 350.000 clientes al año

En cambio, esa tendencia se ha invertido últimamente. Y la razón es un restaurante único: Les Grands Buffets. Lo de único no es adjetivo gratuito. Se trata de todo un fenómeno económico. Es el restaurante con mayor facturación de Francia, cerca de 15 millones de euros anuales en tiempos prepandémicos. Un lugar por el que pasan más o menos 350.000 comensales al año, de los cuales 50.000 llegan desde España. ¿Por qué semejante éxito? Sin duda por la apuesta gastronómica y experiencial que propone.

Les Grandes Buffets supone degustar hasta la saciedad los manjares de la cocina festiva francesa. Entre otras muchas recetas se puede elegir entre la liebre a la royale, el pato a la sangre, los escargots de Borgoña, las ancas de rama de Grenouilles, las vieiras gratinadas a la nantesa, ostras, mejillones, surtidos de patés y foies, sopas, guisos, aves, carnes y pescados,… Por no hablar de los postres y helados que culminan el festín o los 111 quesos siempre disponibles.  ¡Un récord Guinness! Y lo mejor es que no hay que elegir. Es un bufet y se come a voluntad.

Tienda de lona dedicada a Luis XIV dentro del restaurante Les Grands Buffets

Carpa ceremonial dedicada a Luis XIV dentro del restaurante Les Grands Buffets

Mónica Grimal

Una fiesta gastronómica a la que contribuye la ambientación de sus salones. En ninguno de ellos falta el arte, sea antiguo o moderno. Y por supuesto abundan las menciones a las mejores galas del pasado francés. Ahí vuelven a aparecer Versalles y el Rey Sol.

Han sido los mismos artesanos que restauran el célebre palacio real los que han decorado el elegante salón Doré del restaurante. Mientras que otro de los ambientes se inspira en las carpas ceremoniales de los tiempos de Luis XIV. Un espacio impactante por sus grandes espejos, los textiles, las lámparas de araña o el mobiliario. Un viaje virtual a aquella época de esplendor. Un lugar donde se evoca la gran obra del reinado: el canal de Midi, representado en un mapa de 1697. Un documento histórico de Jean-Baptiste Nolin, cartógrafo del rey, donde se intuye el actual canal de la Robine.

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