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Puebla, México, 15 de mayo de 2024 (Neotraba)

Prólogo del libro Contra las máscaras, de Víctor Roura, que la Cofradía de Coyotes acaba de editar en tres tomos roqueros, mismos que están disponibles en la página cofradiadecoyotes.com. Hugo César Moreno Hernández (Ciudad de México, 1978). Doctor en Ciencias Sociales y Política por la Universidad Iberoamericana. Obtuvo la beca del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico del Fondo Especial para la Cultura y las Artes del Estado de México, 2009. Es autor de Cuentos para acortar la esperanza (2006), Cuentos porno para apornar la semana (2007), Cuentos cortos para acortar el domingo (2008), Así aprendió a volar José (2009), Enseres de supervivencia (2011) y Masturdating o apornarse las manos (2012). Aparece en las antologías Abrevadero de dinosaurios, Ardiente coyotera (2008), Coyotes sin corazón, El infierno es una caricia (2011). Actualmente es profesor investigador en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

oOo

1. El rock ha muerto

    Hay un susurro a lo largo de este libro de Víctor Roura, susurro a veces pleno lamento, otras, grito de reclamo o clara denuncia: el rock ha muerto. No es declaración inédita. Tampoco el único muerto. Así como el rock, el hip hop murió, según sus principales hacedores, a principios de la década del ochenta, incluso el reguetón también ha muerto, según el Chombo, personaje a quien debemos piezas como “El gato volador”, “Chacarrón” o “Papi chulo”. El punk también fue asesinado, quizá también el reggae, el ska, el blues, la salsa, la cumbia, es decir todos esos géneros musicales creados por músicos con búsquedas signadas por sus tiempos y deseos estéticos, músicas originales inventadas en la cotidianidad de los barrios, motivadas por la necesidad de expresión humana, siempre capaz de extender su voz a través del arte, siendo la música canal expansivo a través del cual los sujetos se conectan entre sí, se reconocen y logran identificación.

    “Ahora todo es rock, aunque deformado”, nos dice Roura en la presentación de este segundo volumen que colecciona diversos textos, que funcionan como herramientas para conocer el cadáver del rock a través de un estudio forense profundo, donde se puede conocer la vida de la víctima a través de los personajes más insignes del género, elegidos por el perito, y comprender cómo ha llegado a su fin. En apariencia, esta declaración desmiente mi primera observación: si todo es rock, ¿cómo puede estar muerto?

    Así como es plausible la declaración “ahora todo es rock”, me parece igualmente certero presumir que ahora todo es hip hop (o, si se quiere, rap, aunque no es del todo correcto, pero quizá sí más comprensible), incluso decir que ahora todo es reguetón puede funcionar como verdad para describir el fenómeno de la música comercial. Ahí está la primera clave para descubrir al asesino: música comercial. ¿A qué nos referimos con “música comercial”? ¿A todo lo que se vende? ¿A todo lo que se hace para vender? No toda la música con éxito comercial es, necesariamente, música comercial. Nadie se atrevería a reducir las creaciones de Tom Waits a música comercial y, sin embargo, como nos muestra Roura en esa pieza magnifica contenida en este volumen titulada “Tom Waits: No me pongo al lado del alcalde”, su disco de 1999 Mule Variation fue un éxito de ventas moderado (porque para la industria de la música un millón es casi poco), además es clara la estética waitseana, deambulante de los arrabales, etnólogo bukowskiano que no vampiriza la experiencia de los despojos humanos, sea con buenas o malas intenciones, como describe Geoffrey Himes, citado por Roura en el capítulo mencionado: “A Bruce Springsteen le gusta cantar sobre los personajes y los escenarios que describe Waits en sus canciones (borrachos, putas, ladronzuelos, refugiados en pequeñas poblaciones, tugurios grasientos, viajes nocturnos, establecimientos de coches usados, tiroteos en hoteles), pero Waits canta como uno de ellos”. No digo que Springsteen vampirice la miseria humana, sólo que estoy de acuerdo con Himes: Waits te hace sentir no sólo identificación, sino vida a través de su canto lacerante. A riesgo de ser lapidado por personajes más sapientes y enterados, me da la gana decir que encuentro entre Waits y Bukowski la misma autenticidad y por ello, a pesar de haber conquistado el mercado con relativo éxito, ninguno es productor de artefactos culturales con función puramente mercantil. Son artistas completos, no mercachifles.

    Ahí está otra pista. La música comercial no es la que vende sino aquella diseñada para venderse, carente de originalidad, sin autenticidad, sin vida. Mecánica. Producida en masa y para las masas, sin que esto signifique considerar a los consumidores idiotas culturales, sino comprender que hay músicas fáciles, incapaces de confrontar al escucha con sus emociones y sentimientos. Músicas artificiales en su búsqueda por complacer cualquier oído. Sin duda, esta es sólo una aproximación a una definición más ambiciosa, pero me parece posible resumir la música comercial en una expresión: el pop. Sin mayores indagaciones, es posible comprender la palabra pop como una contracción de popular, palabra de origen latino que se escribe igual tanto en inglés como en español. El pop, como fenómeno social, es complejo, hay una cultura pop o popular, sin embargo para lograr mayor especificidad es necesario distinguir entre cultura pop y popular, atendiendo a que la segunda acepción refiera a culturas con historia a veces milenaria, mientras que la primera a las producciones culturales desprendidas de las industrias culturales contemporáneas, desde la televisión a los videojuegos y productos multimedia realizados en el mundo digital, hasta la moda y, por supuesto, las músicas. El rock, el punk, el hip hop, la salsa, el reguetón, etcétera, pueden considerarse parte de la cultura pop, sin contar todas sus ramificaciones y riquezas estilísticas, promovidas, sobre todo, por los consumidores y practicantes de la cultura pop.

    Guns N’ Roses en Monterrey. Foto de Clars
    Guns N’ Roses en Monterrey. Foto de Clars

    En ese sentido, la cultura pop no es “el pop”, no al menos según la manera que quiero referirme aquí para sustentar mi dicho inicial, que el rock ha muerto, y para explicar por qué no hay contradicción con la declaración: “Ahora todo es rock”. Ya mencioné a El Chombo, personaje central para la explosión comercial del reguetón, el género que, quizá, más dolores de estómago provoca a los roqueros de una pieza…

    [Antes de seguir, una aclaración para curarme en salud: no considero a Víctor Roura un roquero anquilosado, sino un melómano, pero creo que no disfruta del reguetón ni de sus variantes, como el trap o, incluso, el corrido tumbado. El Chombo, cuyo nombre en la cédula es Rodney Clark, me parece también un melómano y no un reguetonero de una pieza, productor y ahora youtuber, tiene la intención de educar, a través de su canal, a las nuevas generaciones sobre las músicas contemporáneas. En Roura hay más que crítica musical, hay necesidad por historizar, por colocar a los artistas y sus producciones más allá del contexto o la coyuntura. Trata, en todo caso, de comprender cómo se articula la música, el mercado y el consumidor frente a los fenómenos musicales. Roura lo hace a través del medio que mejor conoce: la escritura. El Chombo a través de medios digitales. Encuentro, entonces, cierto paralelismo (Víctor, no me odies) en esa intención por comprender la música y compartir dicha comprensión… continúo]

    … tiene una definición del pop certera. En principio, asume que el pop no es un género musical, sino una deformación de todos los géneros mediante la “suavización”. De alguna manera, se emparienta con la salvedad hecha por Roura en su declaración sobre que “ahora todo es rock”, y continúa después de una coma: “Aunque deformado”. Esa deformación es la cirugía comercial aplicada al rock para convertirlo en una música asequible para cualquiera, elimina asperezas, violencias y verdades para iluminar sus discursos con florituras digeribles para cualquiera. El Chombo, tras esa indicación, entonces define lo que sí es el pop: “El pop es un parásito de todos los géneros, que necesita pegarse a los demás y sigue luego su camino. El pop es como un agujero negro y absorbe todo a su alrededor”. Creo que hemos encontrado al asesino, un matón capaz de incrustarse en su víctima y manipular su cuerpo para dejarlo seguir andando sin conciencia, sin pasión, sin vida. Un muerto vivo, un zombi.

    Así que ahora todo sea rock o hip hop o reguetón significa que nada es rock o hip hop o reguetón. No importa la filiación, sino la certeza de que existe un parásito tan mortal e incluyente como para lograr alianzas estéticas y promover circuitos auténticos para lograr el disfrute melómano sin ser engañados por la industria que sólo quiere vender. El rock ha muerto y sigue vivo en todo: “El buen rock ya está muerto, hoy vivimos otra época, quizá la del rock domesticado, dosificado, la etapa de la impostura del rock, la etapa de la simulación de las rebeldías roqueras”, dice Roura. Creo que el panorama es peor si asumimos la muerte del hip hop y el reguetón. La fórmula parasitaria del pop que hace que todo sea todo (todo es rock, hip hop, reguetón) implica la ausencia de lo auténtico y hoy, en 2023, parece que nada es rock, ya no se escucha, las grandes estrellas hacen cualquier cosa menos rock usando al rock.

    ¿Nos queda algo de rock?

    Sí. Nos queda todo el rock. Nos queda Víctor Roura. Nos quedan los tugurios donde todavía una banda amateur intenta un riff crudo, lacerante, encantador. Nos queda la nostalgia como motor, ni modo, comercial para poder escuchar, de repente, a Kate Bush o lo mejor de Metallica gracias a series en plataformas de streaming. De eso se trata este libro, del rock y sus diversas expresiones. Por eso dejo en este párrafo la desazón por la muerte del rock y paso a celebrar los textos del maestro Roura.

    2. El rock vive

    Este libro puede ser tratado como un instrumento para comprender la historia de la música del siglo XX y su influencia en la música del siglo XXI a través de una selección de artistas que nunca están aislados; en este sentido, cada capítulo, a pesar de centrarse en algún creador, forma una cartografía de relaciones, afinidades o contradicciones complejas. El libro va desde la recepción por parte de la crítica intelectual, tomando a Alejo Carpentier como observador sensible del nuevo género musical, a su incorporación a la industria musical. Roura consigue encadenar procesos para brindar una panorámica dinámica sobre la historia del rock. De esa manera, no sería torpe asumir esta propuesta como un libro de historia. Pero no es un libro de historia, sino una colección de postales que arman un afiche móvil, cuya ductilidad es derecho y obligación del lector.

    Este libro no ofrece definiciones sobre música, industria, arte o rock, no es un diccionario, es un compendio de encuentros articulados por filias y fobias, más filias, por lo que se trata de un acercamiento amoroso a la música y sus creadores. Hay mucho aroma a nostalgia, cómo no, si la música es el hilo plateado a través del cual nos comunicamos con nuestro otro yo del pasado. A través de la música podemos charlar con esa versión, quizá menos sabia, pero sí más simple y esperanzada. Comunicarnos con nosotros mismos a través de la música es un fenómeno cuántico, podemos hacernos preguntas y respondernos con total certeza de verdad, hasta cuando nos mentimos. Roura le pregunta a su yo del pasado porque le pareció tan bueno el All Things Must Pass de George Harrison, cuando treinta años después le descorazonó. Sabe la respuesta, pero es preciso hacer la pregunta para llegar a conclusiones más o menos terminantes. Pero diez años después, o quince o más, se podrá hacer la misma pregunta a esas dos versiones y quizá el Roura del futuro haya encontrado el corazón de All Things Must Pass que no pudo el Roura del 2001 y entonces tenga mejor vínculo con aquel muchacho de los setenta.

    Esos viajes en el tiempo son reales. Cambian el semblante de las cosas. El presente moviliza al pasado, le transforma. Por eso el pasado nunca es inmóvil, no queda impávido a nuestras experiencias presentes. Lo mismo con el futuro. Hoy el futuro del rock es desolador (tanto así que ya casi nada es rock, casi todo es reguetón, porque todo está infectado por el pop), pero esa visión del futuro puede ser movilizada por las historias que cuenta Roura en este libro, los Fogerty, los Waits, los Manzanera son manijas en la máquina del tiempo con las cuales se puede modificar el futuro gracias a la deliciosa manera de Roura para ponerlos en nuestro presente. En ese sentido, este es un libro de historia para cambiar nuestra historia futura.

    Lars Ulrich Aaaarrrrrggghhh! Metallica. Fotografía de Lee Jeffries
    Lars Ulrich Aaaarrrrrggghhh! Metallica. Fotografía de Lee Jeffries

    La nostalgia, sin duda, puede ser utilizada por la industria, es comercializada y de repente Depeche Mode desplaza a Bad Bunny en Spotify, 1987 revive en 2023 y un brote de alivio musical deja ver en las caras juveniles la recuperación estética. Sólo por un momento. Sólo mientras pasa la semana y sale el siguiente capítulo de la serie de moda. Pero existió ese momento. Existió esa apertura en la espesura de la violencia musical totalizadora del pop. Ese momento explota en el pasado, hace presente y modifica el futuro. Esperanza. Quizá.

    Pero este no es un libro sobre la esperanza en el futuro del rock. Insisto. Es una máquina del tiempo. Nostalgia. Sí, nostalgia. Se palpa. Se paladea. Se disfruta. Es, perdón por recurrir a este lugar común, pero es maravillosa la manera de Roura para expresar el amor por la música. Lo mismo pasa con la firmeza de su convicción cuando desgrana las falencias de estrellas pop como Cristina Aguilera, Amy Winehouse o Lady Gaga. Sería muy interesante conocer su análisis crítico sobre ese monstruo pop que significa la estrategia de tecnología cultural coreana del sistema idol. Se puede adivinar un poco tras el breve pasaje dedicado a Menudo, esa banda juvenil que llenó estadios y nos heredó a un tal Ricky Martin.

    Este libro sí es un texto de crítica musical. Entre sus párrafos se descubre el crítico. El crítico se arma con principios casi epistemológicos en el primer capítulo. Descubre su rostro adusto para dejar clara su posición. No será blando, nada de eso. ¿Justo? ¿Duro pero justo? ¿Qué carajos es la justicia en el marco de la crítica? ¿Está en la objetividad? ¿Es posible la objetividad en temas estéticos? No lo creo, mucho menos en temas estéticos populares. Quizá en el arte elevado (cualquier cosa que sea eso), no en el arte popular. El arte popular es visceral y no escapan a esto ni Yes, King Crimson o Pink Floyd, por mencionar algunas bandas de rock capaces de colocar al género en los cielos de lo inalcanzable de las artes cultas. Roura asume esta posición subjetiva, “profunda, valiente y apasionadamente subjetiva”. Pasión. Los clásicos de la filosofía disponen en el lado opuesto a la pasión, la razón. Lo pasional es irracional. Pero este no es un libro irracional. Todo lo contrario. Lo que no significa que sea un libro atiborrado de cálculos efectistas. Es apasionadamente subjetivo. Porque la música nos subjetiva a través de aquello amado desde donde nos apasionamos y vivimos. No puede ser de otra forma y, sin embargo, desde esa forma, este texto tiene vocación pedagógica sin la prepotencia del pedagogo. Se aprende a través de la pasión del maestro Roura. Eso sí, exige cierto desapasionamiento cuando se mete con lo que a uno le apasiona. La crítica musical es brutal porque moviliza pasiones. Muchas veces, los recuerdos sobre mi juventud me envían la imagen de un radioescucha (especie hoy casi extinta, sobre todo los radioescuchas musicales), rock 101 fue una estación que pude experimentar en su última etapa, pero la que sí viví en todo su esplendor fue la existencia de RadioActivo 98.5, tan innovadora como la otra, más significativa para mí que la otra. En su programación regular tenían espacio para programas especiales. Uno de sus locutores, no recuerdo quién, contó una anécdota capaz de mostrar la cualidad volitiva de la música: cuando hicieron el programa especial sobre el movimiento social del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, antes de terminar el siglo XX, recibieron un par de llamadas, quizá para precisar algún dato, quizá para felicitar la osadía, pero no hubo apercibimiento gubernamental, no reclamos aireados por tocar el tema. Posteriormente, hicieron un especial dedicado a los músicos más sobrevalorados en la historia del rock. Uno de dichos músicos era Eric Clapton. Sólo un locutor se atrevió a esgrimir los argumentos sobre la sobrevaloración del inglés, el Warpig, Roberto Muñoz, también músico, integrante de la banda Lost Acapulco. Si al tratar un tema social complejo y de importantes repercusiones para la historia mexicana recibieron algunas docenas de llamadas y mensajes, tras la transmisión del especial sobre músicos sobrevalorados las llamadas y mensajes fueron miles, en su mayoría para reclamar e insultar ante el agravio contra su ídolo. La música moviliza. Produce tumultos. Este libro, sin dudas, provocará un par de tumultos. Porque al ser nostálgico, atenta contra la nostalgia ajena.

    James Hetfield Papa Het!! Metallica. Fotografía de Lee Jeffries
    James Hetfield Papa Het!! Metallica. Fotografía de Lee Jeffries

    Este libro atentó contra mi nostalgia. Nunca fui muy fan de Blink 182 o Limb Bizkit, de esa camada, quizá un poco anterior, prefiero a Korn. Pero son reflejos inmediatos de mi pasión roquera, que es, sobre todo, grungera y un tanto punk. Green Day sí es de mis bandas favoritas, aunque no seguí mucho el happy punk o pop punk. Es claro que para Roura estas bandas son ejemplos de zombis infectados por el parasito pop, ¿lo son? ¿En qué medida? Sí. Limb Bizkit y Blink 182 son ejemplos sobre cómo el rock, el punk, el hip hop, la música electrónica y buena promoción, maquinalmente ensamblados, resultan en un muy buen producto pop, la prueba está en sus trayectorias, incapaces de reinventarse por el simple hecho de que no se habían inventado ellos mismos. No creo que sea el caso de Green Day, que ha dado saltos estéticos en su trayectoria, a veces más suave, a veces más crítica, tuvo cierta resurrección con el disco American Idiot. Roura atenta contra mi nostalgia cuando define al Festival de Woodstock 1999 como “grungeramente enfermizo”, pero quiero creer que se refiere a que en ese festival lo más cercano al grunge fueron Bush (ingleses), Creed (de Florida, Estados Unidos) y Live (de Pensilvania). No estuvieron Soundgarden, Mudhoney, Pearl Jam o Alice in Chains (todas de Seattle), por mencionar algunas de la escena grungera. En todo caso, quiero establecer la cualidad de este libro para implicar al lector al pulsar las fibras más sensibles forjadas por el gusto musical.

    Pero sobre todo, este libro es una expresión vital motivada por la música, en especial por el rock. Es un libro gozoso y disfrutable, anima, lo hace en todos los sentidos. La escritura de Víctor Roura es implacable y sencilla, escribe cuentos para materializar la historia de una banda, recurre a fuentes secundarias para ilustrar sus argumentos y abre mil caminos para descubrir más rock, más bandas, más posibilidades. Este es un libro para jóvenes, para quienes quieren descubrir las peripecias del pasado y hacer futuro. Porque gracias a eso, a que el rock está vivo en la nostalgia, a que la música es la máquina del tiempo con la cual podemos charlar con nuestra versión del pasado, que el rock está tan vivo como cuando nació, por eso el rock sigue vivo en el futuro, quizá no en nuestro presente. Pero dejemos al pasado y al futuro comunicarse. Este libro es una buena vía de comunicación.

    Ah, Víctor, yo sí te creo, no sólo fuiste amigo de John Fogerty, lo sigues siendo, porque sí, está claro, la canción dice “Rooouura, Roooura, Roooura on the river…”, jamás podré escucharla de otra manera.

    Ciudad de Puebla


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