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“Esta película es un homenaje a los raperos”: Henry Rincón

La ciudad de las fieras, del antioqueño Henry Rincón, hace parte de la Competencia Nacional del Festival Internacional de Cine de Cali 2021. Se estará proyectando en varios teatros con presencia del director. Entrevista.

Jaír Villano
19 de noviembre de 2021 - 05:27 p. m.
Según Henry Rincón, "La ciudad de las fieras" es un homenaje a los raperos de las comunas de Medellín, pero también es una crítica frontal a la ciudad y el país en el que la mayoría de los jóvenes de bajos recursos nacen.
Según Henry Rincón, "La ciudad de las fieras" es un homenaje a los raperos de las comunas de Medellín, pero también es una crítica frontal a la ciudad y el país en el que la mayoría de los jóvenes de bajos recursos nacen.
Foto: Ana Mayo

Tato y sus amigos solo quieren pasarla bien en las batallas de improvisación en las que les gusta participar. Pero la existencia en sí misma es una batalla implacable dura y difícil de explicar. Sobre todo cuando las adversidades surgen por razones ajenas a la voluntad personal. La calle, el barrio, la comuna, la ciudad y el país como óbice. El lugar de nacimiento como superación y no como oportunidad.

La ciudad de las fieras es un homenaje a los raperos de las comunas de Medellín, pero también es una crítica frontal a la ciudad y el país en el que la mayoría de los jóvenes de bajos recursos nacen. Un retrato descarnado y sincero de lo que es ser menor para muchos en Colombia. Más aún: de los riesgos de hallar en el arte un método para expresar la impotencia y la frustración, ese sin sentido de la vida y el entorno que censura lo que para otros es libertad: letras, líricas, grafitis. La manifestación artística como abismo que conduce a la muerte.

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Es también un homenaje a la soledad, ese estado al que las culturas modernas le huyen, dada la proliferación de positividad exigida por el régimen neoliberal. La soledad desde distintos matices: del huérfano, del abandonado, del amigo, del que no halla horizonte. Hablamos con el director de la película ganadora del Warnermedia Ibero-American Feature Film Award, en el Miami Film Festival.

La ciudad de las fieras genera incomodidad: nos habla de una realidad que parece manida, pero nunca superada, de un país y una ciudad de problemáticas interminables, del sin sentido de la juventud, de su incapacidad de hallar un horizonte, de la ausencia de futuro por razones ajenas a su voluntad. ¿Cuál es el efecto que busca Henry Rincón en el espectador de este largometraje?

Como bien lo dices, es una película que busca incomodar y cuestionar a la audiencia, porque es un cine que nos permite reconocernos y a partir de eso generar un diálogo alrededor de la violencia, la inequidad, la juventud sin un horizonte claro, por lo menos, esa juventud venida de las periferias donde en ocasiones las oportunidades son escasas.

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Mi búsqueda es la de confrontarnos como sociedad, porque al final, venimos viviendo una realidad que no es distante de lo que retrata la película. Precisamente esa mezcla ha sido, para bien o para mal, una generación del pasado que ven en los jóvenes contestatarios unos delincuentes sin metas ni sueños. Algo que dista mucho de lo que sucede en el pensar de los jóvenes que se cansaron del abuso y acuden al arte y la música un medio para alejarse de la violencia. Lastimosamente, la violencia está enquistada en la sociedad colombiana. Acá se normalizó la muerte, y por eso es que muchos de los jóvenes no ven un futuro. Es una película creada para que al final surjan muchas preguntas, que inviten al diálogo y la reflexión.

¿Por qué el interés por el retrato juvenil crudo y descarnado?

Porque es una de las etapas de la vida donde se está a un paso de la vida o de la muerte. Por lo menos acá en Colombia y algunos países. Porque tenemos una cultura de violencia muy arraigada: el joven sin recursos y sin oportunidades, va a querer hacer las cosas para su interés sin medir las consecuencias.

Porque la adolescencia y la juventud son momentos de incertidumbre que vivimos todos o casi todos y no sabemos cuál es nuestro lugar en el mundo. En mi caso, la historia responde muchas de las preguntas que hoy en día me planteo sobre lo que es ser joven en Colombia: mi papel en ese momento de mi vida, qué decisiones tomé para bien o para mal. Creo que ese universo de la juventud es un lugar sin entender del todo. Se vive en una constante exploración.

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Es un largometraje ubicado en Medellín, pero lo que viven Tato y sus amigos les podría pasar a muchos jóvenes de cualquier ciudad latinoamericana. La literatura ha hecho diversos retratos generacionales sobre esto desde Arlt (Argentina) hasta Ribeyro (Perú), desde Agustín (México) hasta Fonseca (Brasil). ¿Qué considera usted que le aporta el cine a estos tratamientos?

Creo que toda la literatura latinoamericana y el cine se han nutrido conjuntamente. Mucho de lo que es el cine tiene que ver con que en los libros, en las novelas, en las crónicas se retrata un común denominador: esa juventud olvidada narrada como una sombra. A lo largo de los años, los gobiernos de este lado del hemisferio han intentado cegar y silenciar la voz de la juventud. Algo que de unos años para acá ha cambiado. La literatura y el cine han logrado una amalgama artística que cambia al momento de leerse y después verse. En nuestro caso, tuvimos algunas referencias pictóricas y literarias, para retratar algunos momentos donde queríamos que la potencia de la imagen comunicara el momento sin ahogarnos en diálogos.

El rap y el hip-hop son un elemento fundamental, no solo porque a Tato le gusta enfrentarse en batallas de improvisación, sino también porque la película puede leerse como una representación de las circunstancias que atraviesan muchos de los artistas de este género musical. ¿Era esa la intención? ¿Un homenaje a los raperos?

Claramente era la intención. Parte de la película nace por mi interés o preocupación: durante un tiempo algunos artistas del género hip hop acá en Medellín, o que hacían parte de la cultura eran amenazados y, en muchos casos asesinados, desaparecidos, porque se convirtieron en protagonistas de la denuncia social de sus barrios, de su ciudad y de su país donde hablar es sinónimo de violencia. Un país donde estos chicos han encontrado en las rimas, en los grafitis, en el baile, unas armas increíbles para arrebatarle jóvenes a la violencia y acercarlos al arte.

Incluso hoy en día se sigue repitiendo esa premisa con la que inicié el viaje creativo de “La Ciudad de las Fieras”, ya que hace pocas semanas cuatro chicos fueron asesinados en el parque de San Rafael, Antioquia, mientras improvisaban y veían en este espacio un camino para encontrarse y generar conciencia.

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-Hay algo que me llama poderosamente la atención: la película se llama La ciudad de las fieras, pero hay un contraste interesante en las formas de representar la soledad: la de Tato, un chico de la urbe, y su abuelo, que habita en el campo y trabaja con flores…

La soledad adopta un significado diferente de acuerdo al contexto y en la película quería explorar esa soledad en la que uno no se encuentra, pero también la soledad del espacio, del amor, del que no halla su lugar en el mundo.

Siempre la soledad será un tema que uno puedo explorar. En la película busqué como llegar a la soledad cuando todo lo que te rodea ya no existe. La soledad en el campo, en la ciudad. La soledad cuando se está acompañado, pero también la soledad por decisión. Al final, siempre la soledad será ese momento donde el silencio llega para incomodarnos, pero también para traernos la calma y el reencuentro con nosotros mismos. Es por eso que desarrollo esta soledad en nuestros personajes que, en cada uno de esos momentos, piensan que no tienen el control de nada. Sus vidas dependen de la situación social del barrio, pero también de la partida de un ser querido; también de la soledad por decisión, y también están sujetos al momento en el que la muerte decida llegar.

¿Qué pasaría en ese momento? ¿Cómo lo asumiría?, quizás por eso la conclusión que se ve en la película es uno de los cinco finales que encontramos durante el proceso de montaje; precisamente porque intentábamos responder qué sensación dejarle al espectador. Y claro está, la soledad hizo parte de esos posibles finales.

Usted conoció a Bryan Córdoba -mejor conocido por su nombre artístico como Elepz- en una batalla de freestyle, cuéntenos cómo fue el proceso con alguien que nunca había actuado.

Lo desconocido siempre trae incertidumbre, un sin fin de sensaciones y un bombardeo de emociones. Esto precisamente fue mi sensación al conocer y trabajar con Elepz. Un joven que no estaba muy distante de la ficción que planteaba el guion. Un joven con una verdad en su sentir y en su vida. Un personaje cargado de matices que iban de la ira a la calma, de lo explosivo a lo silencioso. Ahí es donde uno se convierte un poco en ese amigo que aconsejaba, guiaba y también invitaba a equivocarse para entender, corregir y hacerlo cada día mejor.

Cada día de trabajo era un aprendizaje conjunto porque nunca quise enseñarles a actuar. Quisimos que aprendieran a conocer su cuerpo y, en especial Elepz, cuando fue entendiendo esto de manera consciente, organizó su estilo de vida para lo que en ese momento quería alcanzar como rapero.

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Al final, siempre tuvo un grado de disciplina admirable entendiendo el entorno y el contexto de dónde provenía. Todo era una sorpresa. Cada ensayo, cada día de rodaje era un choque con el desconocimiento porque nunca tuvo el guion y nunca le conté de dónde a dónde iba la historia. Simplemente, le dije a él y el resto de los actores no formados, que me tomaran de la mano, que creyeran en mí para embarcarnos y divertimos contando una historia que tiene muchos matices personales.

Muchos momentos de la película son grandes que, más allá de ser improvisaciones genuinas de Bryan, eran un grito de credibilidad y de compenetración con la historia y su entorno.

*En este enlace encuentra toda la programación del Festival Internacional de Cine de Cali: https://ficcali.online/programacion/

Por Jaír Villano

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