“Mi boda con el Gourdouuu”, de Fabiola Sánchez (fragmento)

"La verdadera historia de La Mujer Lagarto", de Fabiola Sánchez Palacios, es una novela publicada por Nitro Press. El siguiente fragmento está contenido dentro de dicho libro, estructurado alrededor de epístolas y cuentos insertos en la narración. ¡Dale una mordida a este texto...!

“En esta novela, Fabiola Sánchez Palacios ofrece una narrativa que entreteje lo real y lo fantástico, una característica que invita a adentrarse a sus páginas. La historia se despliega a través de una serie epistolar y de diálogos, revelando las profundidades de la experiencia humana en un estilo que, en su singularidad, refleja la complejidad de la vida”. Adolfo Calderón Sabido

El Gordouuu es mi novio y todos lo llaman respetuosamente “el Ingeniero”, con “I” mayúscula, porque es el Ingeniero de ingenieros, el más Puma de los Pumas de la UNAM, el más Carlos de los Carlos, el más Gordo de los Gordos, el más hombre de los hombres. El más Slim de todos los Slim. ¡Slim el Magnífico!

Pero para mí, es simplemente ¡Gordouuu! Yo soy la prometida de Gordouuu. Sé que es increíble que el Gordouuu tenga una novia nacional y autóctona, pero así es. ¿Que cómo lo logré? Verán, lo conocí aquí, en México, en el Museo Soumaya.

Él no había visto antes algo más “raro-hermoso” que yo. Digo “algo” porque para él, la palabra “alguien” se refiere solamente a los cinco primeros lugares de la lista publicada cada año por la revista Forbes. Todos los demás somos “algo”.

Llegó en su helicóptero (que está mejor que el del presidente de Estados Unidos). Carlos Slim Helú, que ahora es mi prometido, aterrizó en el helipuerto del Museo Soumaya para inaugurar la exposición Arrebatos Místicos y Eróticos, para la cual convocó a una rueda de prensa a la que mis amigos, reporteros de la revista Contenido, me invitaron.

Decidí hacerme pasar por reportera de la revista Actual, la rama de sociales de Editorial Contenido. ¡Ya se imaginarán mi disfraz! Pedí joyas, ropa y hasta zapatos prestados porque ese era mi momento único e irrepetible. Faltaba una semana para el evento, sería poco tiempo para preparar la conquista. A veces es necesario recurrir al más allá con tal de conseguir lo que deseas en el más acá, y así lo hice. Compré el libro con su biografía para tener algunas de sus imágenes. Consulté el Manual de Psicomagia de Jodorowsky y puse en práctica todo lo que leí: conseguí un corazón de cordero, una foto de Gordouuu, vertí siete gotas de mi sangre y con un alfiler clavé su amada imagen en el corazón ovino mientras repetía cien veces Carlos, Carlos, Carlos…

Después recurrí al espiritismo, casi incendio mi casa con tantas velas prendidas. Consulté a astrólogos, adivinos y brujas. La diosa Oshún me dio el triunfo. Hice cada una de las cosas que me aconsejaron para agradarla. En un cirio amarillo escribí cinco veces el nombre de Gordouuu, entrelazándolo con el mío en las vocales donde coinciden, enganchándonos. Después embarré la vela con aceites comprados en el mercado de Sonora: Sígueme; Vente conmigo; Yo puedo y tú no; Amor, amor; y Dominante. Mandé a amplificar la foto que más me gustaba de él, la de la portada de un libro. Puse la imagen en el fondo de un tazón y la cubrí con miel. Prendí la vela en nombre de la santa Oshún y le pedí que perturbara sus cinco sentidos para que me amara solamente a mí. Mis santos son cumplidores.

La noche en que conocí a Slim yo me veía bien, sin llamar demasiado la atención; sólo había que modificar algunos detalles de mi apariencia. Hojeando el libro sobre su vida vi una foto de mi muy respetable suegra y me di cuenta de que era una dama de su tiempo. Entonces estudié muy bien su peinado y lo copié, anchoa por anchoa (así se llamaban los rizos con que las mujeres se adornaban la cabeza en el siglo pasado, ese peinado que usaban las actrices de cine mudo). Arribé a la inauguración cuidadosa y contemporáneamente vestida, pero con un peinado de los años veinte. Puse atención en que mi maquillaje se adaptara a la época y usé pupilentes color miel para darme un aire lejano de familiaridad que impregnaría su inconsciente. La señora Slim tenía los ojos y el cabello mucho más claros que los míos, pero eso no sería impedimento, también me teñí el cabello. Y funcionó, Carlos Slim Helú se enamoró de mí porque lo embrujé.

El día de la exposición ubiqué a su jefe de escoltas y le dije que deseaba saludar al ingeniero, que no portaba nada peligroso. Carlos me vio de lejos y le sonreí mientras le gritaba: ¡Ingeniero, quiero saludarlo! Todas las miradas se centraron en él, que soberbio y con displicencia dijo: ¡Acérquese!

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Cuando me dio la mano se la retuve y miré fijamente a sus ojos mientras le decía:

—Me quedé soltera por culpa suya.

—¿Por qué? —respondió sorprendido.

 

—Decidí esperar a un hombre con una inteligencia siquiera parecida a la de usted, pero nunca llegó, ni llegará —dije, y a él le dio risa.

Después continué con discretos halagos que fueron endulzando sus oídos y se dejó seducir por los mismos. Le salí con el cuento de que quería una entrevista.

—Que mi asistente le dé una cita.

Inmediatamente me acerqué a la señorita Cora, asistente del Gordouuu y me aseguré del encuentro.

¡Por fin llegó el día! Él se encontraba cómodamente vestido en ropa deportiva, en uno de los amplios salones de su casa de Bosques de las Lomas. En la “entrevista” le dejé ver que sabía todo sobre su vida. Como regalo le obsequié un libro de cuentos sobre beisbol, un deporte que le apasiona. De vez en cuando le deslizaba alguno que otro chiste que lo hacía reír. Así transcurrió una hora muy agradable. Por supuesto, coincidíamos en todo: nuestro gusto por la historia patria; nuestra devoción por los libros antiguos; mi escultor favorito, Rodin; mi pasión por la cultura libanesa; mi admiración por sus antepasados; lo bueno que fue haber estudiado en la UNAM; lo maravilloso de haber crecido en el barrio de La Merced, etcétera.

Entendí que si quería que me mirara debía reflejarse en mí, y logré ser para él como un espejo desde la primera cita. Después le dije que no había terminado y pedí una segunda entrevista.

—Ven mañana —me dijo.

Otros treinta minutos de su atención. Cerré aquella conversación con un “¡No sabe cómo admiro su inteligencia, es un privilegio conversar con usted!” Le propuse escribir juntos un libro sobre beisbol en México. Aceptó.

Hablarle de mi admiración, peinarme como mi suegra, adelantarme a sus pensamientos, fue como convertirme en humedad filtrándose en el ancho muro que alberga su soberbia. Polvo de mis uñas, vello púbico y gotas de toloache en unos provocativos “dedos de novia” (esos dulces árabes tan deliciosos que a él lo vuelven loco), me hicieron ganarme su confianza aún más. Comí pastelillos junto con él, golosinas que ya habían sido revisadas por su jefe de escoltas y por el cocinero. Esa tarde la plática versó sobre la comida libanesa. El lunar que tiene junto a la boca, del lado izquierdo, me indica que es un glotón de cosas dulces y un hombre muy celoso.

Según el feng-shui, su papada indica prominencia, las bolsas bajo los ojos, importancia y su enorme frente, inteligencia.

Dicen que los hombres piden de las mujeres tres cosas: Apoyo, Lealtad y Sexo. Yo podía ofrecerle sólo lealtad y sexo. Carlos ya no necesita el apoyo de nadie, ni el de Dios, creo.

Al siguiente encuentro llevé como obsequio un delicioso keppe charola aderezado con mi sangre menstrual. A él le pareció exquisito y me dijo que parecía una mujer libanesa.

—Daría el resto de mi vida por serlo —respondí.

— ¿Por qué? —preguntó gozoso de saberse mi dueño.

—Para que el hombre que amo me mirara siquiera —respondí con una intensa caída de pestañas.

Soltó la carcajada; mis embrujos estaban haciendo efecto, iba por buen camino.

Un día, mientras trabajábamos en nuestro libro de beisbol, paramos un rato para comer y durante el café tomó dos copas de coñac, ¡Él, que disciplinadamente sólo acostumbra una! Eso me dio la pauta y yo le acepté una. Soy tan abstemia como un teporocho, pero al tomar media copa me fingí mareada e indispuesta, entonces avanzó e intentó darme un beso.

—Ingeniero, no juegue con mis sentimientos —le dije con gesto temeroso, como paloma espantada en las manos de un niño.

Cuando requirió mis favores, yo sabía que ése era mi pase de salida y seguí el viejo consejo de las abuelas: “Dáte a desear y olerás a azahar”.

—Ingeniero, ambiciono algo más importante que lo que usted me ofrece: deseo ardientemente su amistad.

Supongo que, en el fondo, él no quería que yo dijera sí. En mis investigaciones averigüé que tiene un marcapasos en su dulce y tierno corazón y, por supuesto, la más interesada en cuidar que no se agite por ningún motivo soy yo. A mí lo que menos me importaba era tener sexo con él. Carlos es la empresa de mi vida y no iba a echarla a perder con esa descomunal vulgaridad. Como todo hombre de negocios, es un cazador. Pasé airosa la prueba.

Este novela forma parte de la colección “Habitaciones propias” de Nitro Press.

Entonces me pidió que fuera su novia y yo le dije que no, porque no sabría cómo manejar algo que ni siquiera había imaginado posible. Pronuncié esas palabras con un tono de voz tan ingenuo que ni la más excelsa actriz hubiera igualado, jamás. Así, aseguré el noviazgo, pero nada de sexo.

Le juré que era célibe. Si Ana Bolena lo hizo y ganó un reino, ¿Qué me lo impedía a mí? No me creyó, pero mi cara de emperatriz ofendida ante su escepticismo lo hizo dudar. Por supuesto, antes de que se diera el primer encuentro sexual tuve buen cuidado de someterme a una himenoplastía. Estuve a punto de decirle que trajera a mi amigo Cisneros como madrina Muxe que certifica la virginidad de la novia.

Ya era Gordouuu para mí y todavía no pasaba nada. Nos dábamos besos en la mejilla y en la boca, pero nada más. Lo que aprendí a hacer rápidamente fue sorprenderlo con mis ocurrencias, que por bobas lo divertían. Le platicaba tonterías y minucias que él disfrutaba. A mí no me importaba parecerle frívola pero divertida, ni siquiera me preocupaba parecer tonta, aceptaría todo con tal de conseguirlo como esposo.

Negar es interesar; poco a poco fue ofreciendo más, como si se tratara de una subasta. Primero me habló de ponerme una “casita”. Me ofendí. Le di las gracias y dije que quizá sería mejor no vernos más. Me jugaba el todo por el todo, dejó de buscarme tres semanas y pensé que lo había perdido. Mi casa se convirtió en un infierno de invocaciones, embrujos y cirios encendidos. Volvió a llamar. Fue entonces cuando supe que se casaría conmigo.

Llegó con un anillo de compromiso bastante sencillo, para venir de quien viene. Me habló de un contrato matrimonial y acepté. A fin de mes me dijo que quería una ceremonia discreta y sin prensa.

 

—Por supuesto, jamás cometería la torpeza de los excesos.

—Me encanta tu prudencia —respondió.

Iba mi resto, estaba a punto de ganar la partida.

*Puedes leer el desenlace de este texto adquiriendo el libro “La verdadera historia de La Mujer Lagarto” en la tienda en línea de la editorial Nitro Press.

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